viernes 13 de noviembre de 2009

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de oración (XII)


Carácter especial de la oración rigurosamente sacerdotal. Todos los hombres tienen necesidad de orar; han de hacerlo por sí y por sus hermanos, no ha querido Jesucristo olvidemos a éstos; fórmula de orar dada a los Apóstoles; tiene esa oración virtud; sube, pero es acto privado. Doble personalidad del Sacerdote, como fiel su oración es privada, pero ora como ministro del Evangelio, y su oración es pública. .Es la oración de la Iglesia. Es oración en este sentido siempre valiosa. Es gratísima. Es altísima.
Espíritu y modo de practicar la oración sacerdotal. Cristo orando, con Él debe unirse nuestra oración; profundo respeto, religiosa aten­ción, reposadamente, tiempos oportunos. La oración mental como ayuda al oficio divino.

Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

jueves 12 de noviembre de 2009

Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (VI)

Carmelo de Lisieux, 14 de julio de 1897
+
Jesús
Hermano:
Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un bebé que está aprendiendo a hablar". Pues bien, desde hace cinco o seis semanas, también yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche, pero pronto iré a sentarme en el banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed en las aguas de la vida eterna. Para cuando usted reciba esta carta, seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor, en su infinita misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus tesoros para prodigarlos a las almas que amo.
Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando. Lo sé, hermano mío: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegría y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más eficazmente en sus tareas apostólicas.
Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mí imitarlos? Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoísta de irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza. Será necesario que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo contrario, no podré soportar las delicias eternas. Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.
Hermano mío, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el cielo, pero los adivino. Además, sólo tiene que decírmelos muy bajito, y yo le escucharé y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre Inmaculada, a los ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa, y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las almas que usted ha conquistado. Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a cuyo corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida. Cuento con usted para consolarla. Soy, para toda la eternidad, su hermanita.

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.

miércoles 11 de noviembre de 2009

San Martín de Tours, obispo:

"Señor, si aun soy necesario a tu pueblo,
no rehuyo el trabajo, hágase tu voluntad".
***
Sancte Martine Turoniensis,
ora pro universo clero,
intercede pro Papa nostro Benedicto XVI
et pro omnibus episcopis .

martes 10 de noviembre de 2009

San León Magno: Conviene referir a Dios el honor del sacerdocio.


Cuantas veces la divina misericordia se digna renovar el día de sus celestiales dones, oh carísimos, hay justa y razonable causa de alegría; siempre que el origen del cargo sacerdotal se convierta en alabanza de su autor. Tal conducta es lógico que sigan todos los sacerdotes, pero yo principalmente lo considero necesaria en mi caso, teniendo en cuenta lo poco que valgo y la magnitud del ministerio que se me ha encomendado, viéndome obligado a proclamar aquello del profeta: Señor, escuche tu voz y temblé, reflexioné sobre tus obras y me aterré. (Hab 3,2). ¿Hay algo más extraordinario y que más miedo que el trabajo fuerte al apocado, la grandeza sublime al humilde y la dignidad al que se considera incapaz de sobrellevarla? Mas con todo, no perdemos la esperanza ni desconfiamos, puesto que no lo esperamos de nosotros, sino de aquel que ha obrado esto en nosotros. Y así cantaremos con el salmo de David, amados hermanos, refiriéndolo no al propio envanecimiento, sino a gloria de Cristo, Señor nuestro: Tu eres Pontífice eternamente, según el oden de Melquisedec (Sal 109, 5); esto es, no según el orden de Aaron cuyo sacerdocio, trasmitiéndose por la generación carna, tuvo un destino temporal y ceso con la ley del Antiguo Testamento, sino según el orden de Melquisedec, en el cual se plasmó el sacerdocio del Pontífice eterno. Y en que no se haga mención de la ascendecia de sus padres, ya de por sí se colige que hace referencia a aquel, cuya generación no puede contarse. Por último cuando este divino y misterioso sacerdocio lo ejercen fundaciones humana, no se propaga por el sistema de herencia, ni se tiene en cuanta para elegir la carne y la sangre, sino que cesando ya el privilegio de los patriarcas y dando de lado la lista de las tribus, la Iglesia elige para que la gobiernen a aquellos que el Espíritu Santo tiene preparados, para que en el pueblo adoptivo de Dios, que todo él es sacerdotal y real, no alcance la unción, la prerrogotiva de origen terreno, sino que por voluntad de la gracia celestial se hagan los Prelados. (...)

Cuando dirigimos nuestras exhortaciones a vuestros piadosos oídos, creed que os habla aquel a quien representamos, porque ademas de amonestaros con el mismo afecto suyo os enseñamos lo mismo que él enseñó: rogándoos que teniendo ceñidos los lomos del alma llevéis una vida pura y sencilla con temor de DIos, sin consentir el alma en las concupiscencias de la carne, olvidándose de su primacía. Fugaz y caduco es el goce de los placeres terrenos, que intentan apartar del recto camino de la vida a los que han sido llamados a la eternidad. Más el ánimo fiel y religioso apetezca más bien las cosas celestiales y con el deseo de las divinas promesas láncese al amor de los bienes imperecederos y a la consecución de la verdadera luz. Estad muy seguros, mis amados hermanos de que vuestro trabajo al resisitr los vicios y al rechazar los afectos carnales , agrada mucho a Dios y es tenido en aprecio a sus ojos, y estad ciertos que no sólo os aprovecharña a vosotors, sino que también espero que me reportará benecficio a mí ante la divina misericordia, porque los progresos que hace la grey del Señor redundan en gloria del celoso Pastor. Vosotros sois mi corona -dice el Apóstol- vosotros sois mi gozo (1Tes 2,19), si vuestra fe que desde los comienzos del Evangelio fue predicada por todo el mundo , perdura en santidad y amor. Pues aunque está bien que la Igelsia, desparramada por todo el orbe, florezca en todas las virtudes, es necesario, sin embargo, que vosotros soblesalgáis entre los demás por especiales méritos de piedad, ya que habéis sido cimentados sobre la misa dureza de la roca apóstolico y nuestro Señor Jesucristo os redimió como a los otros y el bienaventurado apóstol Pedro os adoctrinó particularmente. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.


San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Sermon III, En el Aniversario de su Coronación.

lunes 9 de noviembre de 2009

9 de noviembre: La dedicación de la Basílica de Letrán, catedral del Papa


Oremus pro Pontifice nostro Benedicto XVI.
Dominus conservet eum, et vivificet eum,
et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum ejus.

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de la Palabra (XI)


El sacerdote puede con su palabra imitar, aunque sea de lejos, a Cristo, y ejecutar las maravillas que hacía con la suya el celestial Maestro; pero para que la palabra sacerdotal posea tamaña eficacia es menester que sea total y verdaderamente divina, lo cual no se verificará cumplidamente, sino sometiéndose el ministro del Evangelio a un doble procedimiento, a saber: lo primero, esto es, vaciarnos de nosotros mismos, lo realiza la humildad, la que nos desnuda del amor propio que nos hincha, nos engríe, nos enorgullece. Lo segundo, el llenarnos de Dios, es obra de otra virtud, no menos necesaria que la humildad, la cual ha sido por cierto objeto de preferencias más señaladas de Cristo, y tema querido y por tanto favorito de sus predicaciones: la caridad.
La caridad es el amor de Dios, y el amor, bien sabido es, nos liga al ser amado con lazos que son más o menos fuertes, más o menos estrechos, según suben o bajan los grados del amor mismo.
Cuando éste se eleva a su última potencia; cuando amamos todo lo que podemos amar, entonces el amado nos llena, y está en nuestra mente, porque en él pensamos de día y de noche; está en nuestro corazón, porque por él suspiramos a toda hora; está en nuestros labios, porque de él hablamos sin cesar; está en nuestras empresas, porque para él trabajamos; está en nuestros caminos, porque por él nos movemos.
Así pues, cuando la caridad, que es el amor de Dios, de nosotros se enseñorea, literalmente podemos decir que Dios se hace nuestro dueño: su Espíritu, al modo que el día de Pentecostés, llenó como dicen los libros sagrados el Cenáculo en que los Apóstoles y discípulos estaban reunidos «Replevit totam domum ubi erante sedentes», llena la casa de nuestro pecho, donde vienen a juntarse todas las fuerzas, energías, afectos y pensamientos del alma, o diciéndolo de otro modo, donde el alma se recoge toda entera.
Después que hayamos empleado el doble procedimiento de que hablamos, y el sacerdote se haya vaciado de sí propio y se haya llenado de Dios, hablará palabra divina, y se verificará en él lo que en el diácono Esteban, cuando salían a discutir con el célebre levita los diputados de las más insignes sinagogas de Jerusalén. Ninguno podía contrarrestar su sabiduría, ni resistir al Espíritu Santo que hablaba por su boca: «Nemo poterat resistere sapientiae et Spiritui qui loquebatur».
Así de este modo la santidad sacerdotal, porque los polos sobre que gira toda santidad son la humildad y la caridad, dará eficacia a la palabra nuestra, y será no sólo ella misma, es decir, nuestra san­tidad, predicador elocuente, sino alma y vida y fuerza de nuestra predicación.
BIOGRAFÍA DEL BEATO MARCELO SPÍNOLA
Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

viernes 6 de noviembre de 2009

Javier Leoz: DECALOGO PARA EL MES DE NOVIEMBRE


1.No olvides que, si vives, es porque otros lo existieron antes que tú. Da gracias a Dios por tus familiares difuntos. Reza todos los días, durante este mes, por ellos. (Jn 11,1-45)

2.Lee la Palabra de Dios que habla de esperanza, eternidad y perdón. Te situará y te hará ver que Dios cumple lo que promete. (Rm 5,5)

3.Relativiza situaciones y conflictos. No merece la pena vivir con caras largas ni con cargas. La vida es demasiado corta como para recorrerla sin amor y sin humor. (Mt 18,21-35)

4.Piensa en qué puedes mejorar y a quién le puedes hacer un inmenso bien. Todos podemos superarnos en algo: carácter, lenguaje, actitudes o egocentrismo. (Jn 8,12)

5.Lucha por la vida. “Mientras hay vida hay esperanza” canta un viejo proverbio. Defiéndela, en este año de la vida, especialmente en nombre de aquellos que por injustas leyes son aniquilados antes de nacer. (Jn 10,10)

6. “Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”. No te dejes vencer por las dificultades. Agárrate a la oración.(Mt 16,14-66)

7.Vive el presente como si fuera el último día de tu vida. Encara la noche poniendo tu historia en manos de Dios, como si no fueras a despertar. Te llenará de paz.(Mt 6,19-20)

8.No olvides los pequeños detalles con los que te rodean. No esperes a que la gente muera para demostrarles lo mucho que les querías. La conciencia, el día de mañana, te lo agradecerá. (Lc 6,36-38)

9.Vive con intensidad cada momento. Pero, sobre todo, llénalo de fe, esperanza y amor. Entre otras cosas porque, ese momento, puede ser decisivo en tu encuentro personal con Dios: “al atardecer de la vida me examinarán del amor”.(Jn 15,9-17)

10.Irradia alegría. Ello denotará muchas cosas: el contenido de tu corazón y que, el Señor, camina junto a ti. En el mundo sobran muchas cosas, pero andamos deficitarios de sonrisas, de payasos divinos. (Fil 4,4)

jueves 5 de noviembre de 2009

Pensamientos sobre el cielo y la eternidad

"Tú me has enseñado el camino a Ars,
yo te enseñaré el camino del cielo. "

I
Hay dos tipos de avaros: el del cielo y el de la tierra. El de la tierra no lleva su pensamientos más lejos que el tiempo; nunca tiene suficiente riqueza; amasa, amasa siempre. Pero en el momento de la muerte no tendrá nada.Os lo he dicho a menudo: es como los que guardan demasiado para el invierno, que cuando llega la cosecha siguiente, ya no saben que hacer; sólo les sirve para tener problemas. Así mismo, cuando la muerte llega, los bienes no sirven más que para preocupar. No nos llevaremos nada, lo dejaremos todo.¿Qué diríais de una persona que amontonase en su casa provisiones que tuviera que tirar porque se pudren; y que, sin embargo, dejase piedras preciosas, oro, diamantes que podría conservar y llevarlos a todas partes donde fueres, y con los que haría fortuna?Pues bien, hijos, nosotros hacemos eso mismo; nos atamos a la materia, a lo que necesariamente se termina, y no pensamos en adquirir el cielo, ¡el único verdadero tesoro!
II
La tierra es comparable a un puente que nos sirve para cruzar un río; sólo sirve para sostener nuestros pies.Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo, puesto que decimos todos los días: Padre nuestro que estás en el cielo. Hay que esperar nuestra recompensa cuando estemos en nuestra casa, en la casa paterna.
III
El mundo pasa, nosotros pasamos con él. Los reyes, los emperadores, todo se va. Nos introducimos en la eternidad, de donde no se vuelve nunca. Sólo se trata de una cosa: salvar tu pobre alma.Los santos no estaban atados a los bienes de la tierra; no pensaban más que en los bienes del cielo. Las gentes del mundo, al contrario, no piensan más que el tiempo presente.Hay que hacer como los reyes. Cuando van a ser destronados, envían sus tesoros por delante, y estos tesoros les esperan. De la misma manera, el bueno cristiano envía todas sus buenas obras a la puerta del cielo.
IV
El buen Dios nos ha puesto en la tierra para ver cómo nos comportaremos y si le amaremos, pero nadie se queda en ella.Si pensáramos un poco, elevaríamos sin cesar nuestras miradas hacia el cielo, nuestra verdadera patria. Pero dejamos llevarnos por el mundo, por las riquezas, por los gozos.Ved a los santos: ¡cómo estaban despegados del mundo y de la materia! ¡Miraban todo eso con desprecio!
V
Un mal cristiano no puede comprender esta bella experiencia del cielo, que consuela y anima a un buen cristiano. Todo lo que hace ser felices a los santos, le parece duro e incómodo.Ved, hijos míos, estos pensamientos que consuelan: ¿Con quién estaremos en el cielo? Con Dios que es nuestro Padre, con Jesucristo que es nuestro hermano, con la Santa Virgen que es nuestra Madre, con los Santos que son nuestro amigos.Si comprendiésemos bien nuestra felicidad, casi podríamos decir que somos más felices que los santos en el cielo. Ellos viven de sus rentas; no pueden ganar nada más; mientras que nosotros todavía podemos, en cada instante, aumentar nuestro tesoro.No hay que considerar sólo el trabajo sino la recompensa. Un vendedor no tiene en cuenta la dureza de su negocio, sino la ganancia que obtiene. ¿Qué son veinte o treinta años comparados con la eternidad?Mientras vivimos en el mundo, se nos esconde el cielo y el infierno: el cielo, porque si conociésemos su belleza, querríamos ir allí a cualquier precio y con toda tranquilidad dejaríamos este mundo; el infierno, porque si conociésemos sus tormentos, querríamos evitarlos costase lo que costase.
VI
Si un príncipe, un emperador, hiciese comparecer ante él a uno de sus súbditos y le dijera:
-Quiero hacerte feliz; quédate conmigo, goza de todos mis bienes; pero intenta no desagradarme en todo lo que es justo.
¡Imaginad qué gran cuidado, qué ardor pondría este sujeto para satisfacer a su príncipe! Pues bien; Dios nos hace los mismo, y no nos preocupamos de su amistad; no hacemos ningún caso de sus promesas. ¡Qué lástima!
VII
Si anduviéramos siempre hacia delante, como los buenos soldados, al llegar la guerra o la tentación, elevaríamos nuestro corazón a Dios y volveríamos a tomar ánimo. Pero al quedarnos atrás decimos: Ojalá me salve, es todo lo que necesito. No quiere ser un santo. Si tú no eres un santo serás un reprobado; no hay término medio; hay que ser una cosa o la otra: anda con cuidado, ¡todos los que posean el cielo un día serán santos!
El demonio nos divierte hasta el último momento, como se divierte un pobre hombre hasta que la policía viene a detenerle. Cuando la policía llega, él grita, se atormenta; pero no le sueltan por eso.
VIII
Nuestro ángel de la guarda está siempre ahí, a nuestro lado, con la pluma en la mano para escribir nuestras victorias. Tenemos que decirnos todas las mañanas: Vamos, alma mía, trabajemos para obtener el cielo.
IX
Los mandamientos de Dios son las enseñanzas que nos da para seguir la ruta del cielo, como los carteles que se ponen a la entrada de las calles o al comienzo de los caminos para indicar los nombres.
X
La vida en esta tierra es como un puente que nos sirve para pasar desde un lado de la eternidad al otro… Al morir hacemos una restitución: devolvemos a la tierra lo que nos ha dado. Un poco de polvo, eso es en lo que nos convertiremos. No hay razones para estar orgullosos.
Humanamente hablando, nos parecemos a los montoncitos de arena que el viento recoge por el camino, que giran unos momentos y se deshacen rápidamente. Nuestros hermanos y hermanas que están muertos están reducidos a ese puñado de ceniza.
Para nuestro cuerpo, la muerte sólo es una limpieza a fondo. ¡En este mundo hay que trabajar, hay que combatir! ¡Mucho tiempo habrá para descansar toda la eternidad!
XI
En el cielo nosotros seremos dichosos según la dicha de Dios y hermosos según la hermosura de Dios.
Tomados de
Manglano Castellary, Orar con el Santo Cura de Ars, DDB

miércoles 4 de noviembre de 2009

Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (V)

NOTA: En esta carta, Santa Teresita expresa circunstancialmente -al hablar de la posibilidad del martirio y del juicio de Dios- su doctrina sobre el camino de infancia espiritual que se caracteriza por el abandono total y confiando en Dios. También hace referencia a la santidad de sus padres, que han sido beatificados el 19 de octubre de 2008.

J.M.J.T.
Jesús
+
9 de mayo de 1897
Hermano:
He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a bien enviarme. Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al leerla, me parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus antepasados en el apostolado. En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable: el comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él levantó el estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y alcanzar la victoria. «La vida de todo misionero es fecunda en cruces», decía T. Vénard, y también: «La verdadera felicidad consiste en sufrir. Y para vivir, tenemos que morir». Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el sello de la cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar su reinado en las almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que por medio de brillantes predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un niñito que no sabe hablar». El P. Mazel, que fue ordenado sacerdote el mismo día que usted, tampoco sabía hablar, y, sin embargo, ya recogió la palma... ¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...! Al conocer la muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera vez, me sentí movida a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el glorioso coro de los mártires. Sí, lo sé, a los ojos de los hombres su martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de Dios, ese sacrificio sin gloria no es menos fecundo que los de los primeros cristianos que confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso su divino Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que no sea para aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega aquí abajo.
No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada inmediata en el cielo si los infieles le quitasen la vida. Yo sé que hay que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles...». Al escuchar, hermano, estas hermosas y consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda abrir las puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta sacrificarlo todo por él, que no sólo han dejado su familia y su patria para darle a conocer y hacerlo amar, sino que incluso desean entregar su vida por el que aman...? ¡Jesús tenía mucha razón cuando decía que no hay amor más grande que ése!
¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a purificar en las llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas por el fuego del amor divino? Es cierto que ninguna vida humana está exenta de faltas, que sólo la Virgen Inmaculada se presenta absolutamente pura delante de la Majestad divina. ¡Y qué alegría pensar que esta Virgen es nuestra Madre! Puesto que ella nos ama y conoce nuestra debilidad, ¿qué podemos temer? ¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar a hacerlo! Sencillamente quería decir que me parece que todos los misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al purgatorio.
Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han merecido. Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.
Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no quisiera estar muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que aquí en la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones naturales, participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su hermano.
El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El alma cuyos despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que sonreírle y prometerle su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le agradezco que me cuente entre ellos! Estoy también profundamente emocionada y agradecida por el recuerdo que usted tiene de mis queridos padres en la santa Misa. Espero que estén ya en posesión del cielo, hacia el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide rezar por ellos, pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria con las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer en favor de otras almas que sufran. Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y bendecir al hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener un hijo misionero...! Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres esperaban que al fin su deseo iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido penetrar el velo del futuro, habrían visto que, en efecto, por medio de mí, su deseo se haría realidad. Puesto que un misionero se ha convertido en hermano mío, él es también su hijo, y en sus oraciones ya no pueden separar al hermano de su indigna hermana. Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo rezo con frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste un deber muy dulce para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente, incluso si dejo el destierro, e incluso entonces tal vez más, pues conoceré mejor las gracias que necesiten. Y luego, cuando terminen su carrera aquí en la tierra, yo vendré a buscarlos en nombre de usted y los introduciré en el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia que gozaremos durante toda la eternidad! Mientras esperamos esta bienaventurada eternidad, que dentro de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es más que un día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. Lo que me consuela es pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el cero por sí solo no tiene valor, pero colocado junto a la unidad se hace poderoso, ¡con tal de que se lo coloque en el lugar debido, detrás y no delante...! Y ahí precisamente es donde Jesús me ha colocado a mí, y espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos con la oración y el sacrificio.
Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a final del silencio y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está esperando. Le ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero que Dios ha colocado a su lado.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. F.
rel. carm. ind.

lunes 2 de noviembre de 2009

Oraciones por los sacerdotes difuntos


Te pedimos, Señor,
que tu(s) siervo (s) N., sacerdote (s),
a quien(es) encomendaste durante su vida
el ministerio sagrado,
llegue(n) a participar eternamente
en la gran asamblea de tu Reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

***

Escucha con bondad, Señor,
las plegarias que te dirigimos
por el eterno descanso de tu(s) siervo(s) N., presbítero(s),
y recibe en el gozo de todos tus santos
a quien(es) en tu nombre desempeñó(aron) fielmente su ministerio.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

***

Te suplicamos, Señor,
concedas que el(las) alma(s) de tu siervo(s) N., sacerdote(s),
a quien(es) morando en este siglo,
le(s) adornaste con los dones sagrados,
goce(n) siempre en de la morada gloriosa del cielo.
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

sábado 31 de octubre de 2009

Estanislao León: El sacerdote, testigo de la alegría


“Como cristianos estad siempre alegres. Os lo repito: Estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca. No os agobiéis por nada”
Flp 4, 4-6

Que la esperanza os tenga alegres. Sed enteros en las dificultades y asiduos en la oración”
Rm 12, 12

Estad siempre alegres.- La alegría, aunque las circunstancias digan lo contrario, es uno de los distintivos más importantes que tenemos los cristianos. No debe depender sólo de las circunstancias, porque si no estaríamos muy tristes. Hay que estar alegres en todo momento.
El Señor está cerca.- Nuestra alegría se basa en la cercanía de Dios, pero un Dios que es alegre, justo, total y absolutamente comprensivo, en definitiva, un Dios cercano al hombre, que se preocupa por entero por cada uno de nosotros, que sufre cuando hacemos sufrir a los demás, que busca lo mejor para sus hijos. Tenemos que esperar con alegría nuestra unión con El. Todo problema tiene solución, incluso la muerte para el cristiano, entonces ¿qué sentido tiene esos rostros tristes, esas conversaciones frías?
Nuestras alegrías.- Abundan las alegrías superficiales, las alegrías que dependen de las circunstancias, de lo que tenemos, somos o/y hacemos. Creemos que las circunstancias son la llave de nuestra alegría. Surge una alegría falsificada. La verdadera alegría no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta.
Características de nuestra alegría

  • Libre: Transciende la propia realidad. No se siente apegada a nada ni a nadie. No nace del tener, porque descubre que las cosas no dan la felicidad plena. No necesita del triunfo, el halago o el dominio; más bien crece en el servicio, la entrega y el silencio.
  • Pacífica: Ama el diálogo; evita la agresividad; no pierde el control de sí misma, no pierde los estribos, evita el resentimiento.
  • Profunda: Va al interior de la persona.
    Inagotable: Está centrada en el manantial del Espíritu Santo.
  • Humilde: Evita toda vanagloria; se considera muy poca cosa. No necesita manifestarse ruidosamente.
  • Solidaria: Siente como propio el dolor que le ocurre al prójimo.
  • Contagiosa y comunicativa: No se reserva nada para sí misma. La alegría llama a la alegría. Crece en la profundidad del encuentro y en lo íntimo de la amistad. Nace de dentro.

¿De dónde surge, cuál es la raíz de nuestra alegría?

  • De la certeza de la salvación en Cristo.
  • Del sentirse incondicionalmente amado en Cristo.
  • Del sentirse constantemente protegido: “No temas”.
  • Del saber que nunca estás solo. “Yo estoy contigo”.
  • Porque puede convertir los sufrimientos en materia de salvación y de dicha.
  • Porque comparte la alegría y los sufrimientos de los demás.
  • Porque vive en el amor, que es don de Dios y tiene relación directa con la alegría.
  • Y, sobre todo, porque lleva dentro la verdadera fuente de la alegría, que es inagotable y que todo lo transforma en caudal de más alegría. Es una participación del gozo eterno de Dios.
    Ideas-clave sobre la felicidad y la sonrisa

El hombre no está hecho para la felicidad; está hecho para amar y ahí encuentra la felicidad.
La sonrisa es la mejor expresión de la alegría. A primera vista parece que una sonrisa significa muy poca cosa o que es sólo la señal de un carácter juvenil o de un momento de buen humor, pero una sonrisa constante lo mismo en los ratos de alegría o tristeza que en la alegría o tristeza que en las horas de entusiasmo y de optimismo, cuando el pesimismo nos desalienta, en una palabra sonreír siempre, una sonrisa así no puede ser más que el fruto de una virtud madura y auténticamente cristiana.
La sonrisa ayuda a conservar la alegría interior y el buen humor exterior. Es un verdadero apostolado porque Dios se comunicará a todos a través de tu sonrisa: Los tristes, los desanimados, los enfermos, los pobres, todos aquellos que sufren alguna pena, al ver la luz de tu sonrisa, sentirán renacer en su corazón la alegría, el gozo y la paz. Sonríe a los que te critican, a quien te cae “gordo”, incluso a Dios cuando parezca que no te hace caso; no te enfades con El, sonríele: vive siempre contento/a con El. Sonríe a pesar de las dificultades, sonríe a todo y a todos, a los que te aman y a los que te miran con indiferencia o te hieren. Sonríe siempre y que tu sonrisa ingenua y sencilla sea el velo que oculta a los ojos de los demás las heridas de tu corazón. Sonríe siempre y en recompensa de tu sonrisa alcanzarás para ti la sonrisa de Dios, esa sonrisa suya que dura siempre. Sonríe a los rostros desolados, tímidos, tristes, enfermos, a los rostros frescos y juveniles, a los viejos y los arrugados. Una sonrisa puede llenar una nueva vida de esperanza, de ánimo en los corazones cansados, oprimidos, tentados, desesperados. Una sonrisa de un sacerdote o de una religiosa, puede suscitar una vocación: Una sonrisa, ¡qué fácil! “Quiero ser como este padrecito, como esa madrecita”. Una sonrisa puede ser principio de conversión a la fe. Puede preparar el camino para el regreso de un pecador a Dios.
¿Verdad que merece la pena sonreír aunque tu corazón esté triste?

LA ALEGRÍA ESTA EN UNO MISMO.

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Cuestiones para meditar
Signos de alegría o tristeza en nuestra vida.
¿Cómo puedo hacer de mi vida una alegría continua?

Nuestro agradecimiento a Estanislao León

365 PENSAMIENTOS PARA EL AÑO SACERDOTAL


El P. Danilo Ariza de la Diócesis de Vélez, Párroco de Chipatá nos ha mandado un e-mail donde nos da a conocer un nuevo blog para el Año Sacerdotal. El blog publica diariamente un pensamientos para cada día del año sacerdotal.
Estos 365 pensamientos están sacados de libro titulado COMO EL PADRE ME HA AMADO, escrito por HUBERTUS BLAUMEISER-TONINO GANDOLFO editado por CIUDAD NUEVA.
Compilación de 365 textos de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia, de los Santos y Teólogos, del Magisterio de los Fundadores: Una guía para el Año Sacerdotal que invita a anclarse en lo esencial. Se presentan en cuatro etapas que abarcan dimensiones fundamentales en la vida de los presbíteros: el Ser, el Actuar, los Desafíos, las Perspectivas.
Atenta a los tiempos litúrgicos, esta selección en la que colaboraron expertos de distintos países, surge apartir de la convicción de que:"El Cura sirve": para hacer de la Iglesia una familia, para incrementar e el mundo la fraternidad.

Hubertus Blaumeiser Sacerdote y Teólogo, experto en formación sacerdotal, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana y Consulor de la Congregación para la Educación Católica.
Tonino Gandolfo, Párroco, Periodista y Docente de Ciencias, compromentido desde hace años en la formación permanente de Presbíteros.
Con la colaboración de un grupo de Sacerdotes de Caracas, entre ellos el P. Eudo Rivera, traducen del italiano al español el texto para cada día que les propongo como material para insertar en su página. El blog es http:/annussacerdotalissp.blogspot.com.

NUESTRO AGRADECIMIENTO AL P. DANILO

En la izquierda de nuestro blog pondremos un enlace.

DEL AÑO SACERDOTAL

viernes 30 de octubre de 2009

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de Dios (X)


La santidad sacerdotal en la esencia es la de todos; la santidad de Dios. Hay algo que baja del cielo, descansa en el hombre y vuelve a subir, es el amor divino. Vehículo de la vida divina. Y porque el amor divino, como todo amor goza en hacer la voluntad del amado, el santo en esto se complace. Y porque el amor es activo no se está nunca ocioso. Y porque el amor no quiere otra recompensa que tener contento al amado, eso le pasa a todo santo. Y porque el amor en los sacrificios se satisface, ahí están las delicias del justo. Sacerdotes y laicos santos todos fueron lo mismo. En una palabra idénticos caracteres muestra la santidad de unos y de otros.

Se diferencian sin embargo; y lo damos a entender hablando de virtudes sacerdotales, que se distinguen de las virtudes de los otros. Cuáles son los signos o modalidades peculiares de la santidad sacer­dotal. Se revela en su grado. [...] El sacerdote por serlo debe subir más arriba. A ello le obligan además los beneficios, y sobre todo la voluntad de Dios, que en ambos testamentos pide santidad superior a sus sacerdotes.

Se revela en su matiz, «homo Dei», hombre del cielo. Se revela en sus efectos, el escándalo y el buen ejemplo. La santidad en todos es predicador, en el Sacerdote es apologética.

Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

miércoles 28 de octubre de 2009

Oración del sacerdote a san Simón y Judas Tadeo

Oh gloriosos San Simón y Judas;
Apóstoles del Señor;
a quienes la Iglesia celebra unidos;
a vuestra intercesión acudo confiado.

Oh glorioso San Simón llamado el Cananeo o el Zelota,
“celoso por servir al Dios único con plena entrega”
que te distinguiste por un celo ardiente por la identidad judía
y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina.
En tu elección veo como a Jesús
no le importan los diferentes grupos sociales y religiosos,
sino que a él le interesan las personas.
Haz que yo, sacerdote de Cristo,
me caracterice también por mi celo a Dios,
a sus mandamientos, a la Iglesia , a las almas…
que mi corazón abrasado de amor de Dios
irradie el Evangelio a todos
hasta los confines de la tierra.

Oh glorioso San Judas Tadeo, "magnánimo"
que en la última cena preguntaste al Señor:
“¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?".
También nosotros preguntamos al Señor:
¿por qué el Resucitado no se ha manifestado
en toda su gloria a sus adversarios
para mostrar que el vencedor es Dios?
¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos?
La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda.
El Señor dice: "Si alguno me ama, guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él,
y pondremos nuestra morada en él".
Esto quiere decir que al Resucitado
hay que verlo y percibirlo también con el corazón,
de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros.
El Señor no se presenta como una cosa.
Él quiere entrar en nuestra vida
y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto.
Sólo así vemos al Resucitado.

En tu carta, San Judas nos enseñas a conservar la fe recibida,
ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios
para disculpar sus costumbres depravadas
y para desviar a otros hermanos con enseñanzas inaceptables,
introduciendo divisiones dentro de la Iglesia "alucinados en sus delirios".
Enséñame a permanecer fiel a la fe recibida,
al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas del Papa…
No permitas que los sacerdotes seamos
“nubes sin agua zarandeadas por el viento,
árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos,
arrancados de raíz; son olas salvajes del mar,
que echan la espuma de su propia vergüenza,
estrellas errantes
a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre”;
sino que defendamos la fe con todo nuestros empeño,
esforzándonos en el estudio y la predicación.
Haz que como tú,
yo viva en plenitud la fe,
en la integridad moral y en la alegría,
en la confianza y, por último, en la alabanza.

San Simón el Cananeo y San Judas Tadeo
ayudadme a redescubrir siempre y a vivir incansablemente
la belleza de la fe cristiana,
sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad.