martes, 7 de marzo de 2017

VIACRUCIS EUCARÍSTICO. San Jose María Robles





ORACIÓN PREPARATORIA



Creo  firmemente,  Dios  mío,  que  estoy  en  vuestra  presencia  divina;  os  adoro  desde  el   abismo  de  mi  nada  y  os  doy  gracias  con  todo  mi  corazón por los incontables beneficios que os dignáis concédeme. Me  humillo  y  confundo  por  lo  mucho  que  os  he  ofendido.  «He  pecado,  Padre  mío  contra  el  Cielo  y  en  vuestra  presencia,  no  soy  digno  de  llamarme  hijo  vuestro,  pero  admitidme  siquiera  como  uno  de  vuestros  esclavos».  «Señor,  tened  piedad  de    por vuestra  misericordia  infinita».  Yo  os  prometo  con  todo  mi  corazón,  y  ayudado  de  Vos  mismo, nunca más volver a ofenderos. ¡Perdón, Señor; misericordia! Os  suplico,  Jesús  mío,  me  otorguéis  la  gracia  de  practicar digna, atenta y devotamente este santo ejercicio, imprimiendo en mi alma vuestros dolores infinitos y las virtudes de las cuales sois ejemplar divino en vuestra sacratísima Pasión y en el Santísimo Sacramento. Abrasad  con  vuestro  amor  mi  helado  corazón; obligadme a corresponderos ya con una vida santa y unidme estrechamente con Vos, en la Eucaristía. A Vos acudo también, Madre afligidísima, a Vos que fuisteis la primera en recorrer esta  senda  del  dolor,  para  ofreceros  mi  tierna  compasión,  y  para  que  llenéis  mi  alma  de  los  mismos sentimientos que entonces experimentasteis. Padre  eterno,  uno  este  santo  ejercicio  a  los  méritos  infinitos  de  vuestro  Hijo  y  a  los  dolores  de  mi  adorada,  Madre,  y  así  unido,  me  atrevo  a  presentarlo  a  vuestra  soberana  Gracia. Dignaos aceptarlo según las intenciones del Corazón Eucarístico de mi Salvador, y aplicad, os ruego humildemente, todas las indulgencias que ganare en sufragio de las almas del Purgatorio. Así sea.







JESÚS ES CONDENADO A MUERTE



CONTEMPLACIÓN. Contempla, alma mía, a tu divino Redentor en el Pretorio. Es crudelísimamente azotado,  coronado con agudas espinas, burlado y sentenciado a muerte. Jesús todo lo sufre por ti en  silencio y con amor infinito. Vuelve  ahora  tu  mirada  al  Sagrario.  Considera  el  silencio  de  Jesús  y  el  amor  sin   medida  que  te  tiene,  no  obstante  que  con  tus  irreverencias,  pensamientos  malos,  afectos pecaminosos  y  demás  crímenes,  de  continuo  lo  azotas,  escarneces,  coronas  con  bárbara   crueldad y sentencias a muerte.



ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón,  misericordia;  yo  soy  el  verdugo  en  vuestra   pasión! Vos  inocentísimo,  y  yo  el  abominable  reo  que  merece  sentencia  de  muerte  eterna....   Pero  no  la  deis  contra  quien  tanto  os  ha  costado;  os  prometo  no  más  pecar,  imitaros  en   vuestro silencio en medio de mis penas y volveros amor por amor.







JESÚS SE ABRAZA CON LA CRUZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús es cargado con la pesadísima cruz de tus iniquidades. Con qué alegría, con cuánto  amor la recibe, la abraza, la estrecha contra su divino Corazón y la lleva por ti. También  en  el  Sagrario,  ¡qué  cruces  tan  pesadas  cargas  s obre  Jesús!  tus  frialdades,  ultrajes  y  tal  vez  sacrilegios.  Y  Jesús  abraza  estas  cruces  con  amor  infinito  y  las  aceptaría   aún más pesadas con tal de ganarte, alma mía.



ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón  misericordia;  yo  soy  el verdugo  en  vuestra  Pasión! Es  cierto  que  os  he  cargado  con  las  cruces  de  mis  iniquidades;  pero  yo  os  prometo  aliviaros  con  mi  respeto,  alabanzas,  al  amor  y  reparaciones  a  Vos  en  el  Sagrario,  y  con  la  aceptación amorosa de todas las cruces que os dignéis mandarme.







JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús cae por primera vez bajo el peso de la cruz. Tu Salvador yace por tierra; su rostro  divino, encanto de los cielos, confundido con el asqueroso polvo. A  Jesús  en  la  Eucaristía  no  le  faltan  mortales  caídas.  Muchas  veces   habrá  tenido  que descender, por fuerza de la obediencia a sus ministros; a ti, mal dispuesto a recibirle. Jesús  se ha visto entonces obligado a unir su Corazón Santísimo contigo, tierra sucia y hedionda, charca de vicios. ¡Qué humillación, qué caída, qué amor de Jesús!



ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón,  misericordia;  yo  soy  el  verdugo  en  vuestra  Pasión! Cómo me angustio, Dueño mío, al considerar vuestra caída bajo el peso de la Cruz y las incontables  que  habéis  sufrido,  con  tanta  paciencia, viniendo sacramentado a mi corazón.  Perdonadme, Señor, y ya me apresuro a levantaros con mi arrepentimiento y a consolaros  con  el  firme  propósito  de  jamás  acercarme  a  la  Mesa  de  los  Ángeles sin  una  fervorosa  y   digna preparación.







JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE



CONTEMPLACIÓN. María  encuentra al Hijo de sus entrañas en la calle de la amargura. ¿Cómo lo ve? Sangre, lodo  y  esputos  velan  su  encantadora  Faz.  Agudas  espinas ciñen  sus  sienes;  su  cuerpo  es  una fuente de sangre. La  Madre  sufre  el más  cruel  de  los  martirios,  contemplando  de  esta  suerte  a  su  Hijo  Divino. El Sagrario es frecuentemente calle de amargura para María; ahí contempla a su Jesús de  nuevo perseguido, llagado, agonizante por los crímenes de sus mismos hijos.



ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón,  misericordia;  yo  soy  el  verdugo  en  vuestra  Pasión! Virgen   dolorosa   y   Madre   tiernísima,   cese   vuestro   llanto,   cese   vuestra   agonía.   El  verdadero  culpable  y  verdugo,  así  como  de  Jesús,  os  ofrece  sus  lágrimas  y  su  dolor,  y  os  promete  no  olvidar  vuestras  penas,  amaros  con  todo  el  corazón  y,  unido  a  Vos,  amar  sin  medida a vuestro Hijo en la Eucaristía.







EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A CARGAR CON LA CRUZ



CONTEMPLACIÓN. Los sayones obligaron al Cirineo a llevar la Cruz del moribundo Salvador, no porque la compasión  los  moviera a  ello,  sino  para  tener  el  infernal  capricho  de  con templarlo crucificado en el Gólgota. Desde el Tabernáculo, Jesús está continuamente pidiendo un Cirineo que lo consuele y  repare  con  amor  y  servicio  las  ingratitudes  de  sus  hijos.  «¿No  habrá  un  alma  que quiera  sacrificarse por mí? Busco una víctima para mi Corazón, ¿dónde la hallaré?



ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón,  misericordia;  yo  soy  el verdugo  en  vuestra  Pasión! Si  hasta  ahora  he  sido  vuestra  cruz,  de  hoy  para  siempre  seré  vuestro  Cirineo;  he  oído   vuestras  angustias quejas  y  me  determinan  a  deciros  desde  lo  íntimo  de  mi  alma:  «Yo quiero sacrificarme por Vos, víctima vuestra quiero ser; dadme vuestra cruz, dadme vuestro  amor, nada más os pido».







LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE  JESÚS



CONTEMPLACIÓN. La Verónica enjuga con su velo el rostro de Jesús. No la retraen de acto tan piadoso, la ferocidad  de  los  verdugos  ni  el  temor  de  aparecer  ella  sola como  la  única  que  no  se   avergüenza del divino Sentenciado a la muerte en cruz. Aunque pocas, no faltan almas abrasadas de amor por la Eucaristía; almas que, hollando el  infierno, el funesto «qué dirán» del mundo y su propia flaqueza, tienen su morada en el Sagrario y ahí, como otras Verónicas, dulcifican las amarguras de Jesús con sus constantes reparaciones. Alma mía, ¿no envidias morada y ocupación tan santas?







ORACIÓN. ¡Oh  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón,  misericordia;  yo  soy  el  verdugo  en  vuestra  Pasión! Bien  conocéis  y  sufrís  hondamente  mi  debilidad  y  bajeza  al  obrar  a  impulsos  de  mis   pasiones  y  del  respeto  humano.  ¡Cuántas  veces,  a  la  sombra  de  qué  dirán,  os  he abandonado y he renegado de Vos! ¿Qué hacer ahora? Venceré mis pasiones, pisotearé el respeto humano y viviré mis pasiones, pisotearé el respeto humano y vivirécon Vos en el Sagrario.







JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús cae por segunda vez en tierra. Sus dolores son más intensos que en su primera caída. Con qué dificultad se levanta; le falta el alimento. Y a medida que decrece su fortaleza, multiplicase el encarnizamiento de sus verdugos. A golpes y fuertes sacudidas, como si tu Dios fuera una bestia, lo obligaban a proseguir. Así de crueles y humillantes son las segundas caídas de Jesús Hostia, al ser recibido sacrílegamente por aquellos corazones que han gustado las delicias de su amor, y a quienes incontables veces ha dado el abrazo y el ósculo del perdón. ¿Has sido tú del número de estas almas verdugos?



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! He abusado de vuestro amor paciente; me he escudado con vuestra misericordia para ofenderos con más saña y libertad. Perdón, mil veces perdón, y haced que vuestras misericordias las aproveche en lo venidero para reparar, con todos mis actos, los sacrilegios que sufrís en el Santísimo Sacramento.







JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES



CONTEMPLACIÓN. Jesús consuela a las hijas de Israel. ¡Oh, caridad incomparable del Salvador! Hallase sumergido en el mar amargo de todas las angustias y de todos los dolores, y, no obstante, como que olvida sus propios tormentos para consolar a las afligidas mujeres que lloran por Él. No de otra suerte, sino como Consolador divino, aparece Jesús en el Sagrario. A los que sufren, a los que lloran, a los fatigados por la cruz, a todos sin excepción llama y dice: «Venid a Mí y yo os aliviaré». Ve, alma mía, vuela al Corazón de Jesús que te espera en su  prisión de amor. Él te dará paz, consuelo, fortaleza y perseverancia.



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! Consoladme, Jesús mío; Vos no ignoráis mis necesidades y mis angustias; y enseñadme, como a las hijas de Jerusalén, a llorar primero mis pecados que se ha multiplicado sobre los cabellos de mi cabeza, para llorar después con un corazón muy puro, vuestra sacratísima pasión.







JESÚS CAE POR TERCERA VEZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús cae por tercera vez en tierra. Si su omnipotencia y el deseo omnipotencia y el deseo infinito de padecer aún más por ti, no lo animaran, no hubiera podido levantarse. Tan lastimosa fue la caída de tu Salvador. ¡Se levanta por fin! Contempla la cumbre del Calvario, y agonizante, pero gozoso sigue subiendo. Estas terceras caídas, mortales y doloras sobre toda ponderación, las sufre Jesús en la Eucaristía al descender al criminal corazón de las personas que le están especialmente consagradas. «Si mi enemigo me ultrajase, lo sufriría ciertamente, pero que tú, hijo mío, quien se sienta conmigo a la Mesa; que tú me ultrajes, ¡ah!, no lo puedo sufrir».



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! Os agradezco con vuestro mismo amor infinito la paciencia que me habéis tenido: ¡Cuánto me amáis y a qué precio tan subido me habéis rescatado! A vuestro ejemplo, os prometo levantarme siempre que tenga la desgracia de caer, subir gozoso el Calvario que me preparéis y reparar con especialidad las ofensas que recibís de vuestras almas predilectas.







JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS



CONTEMPLACIÓN. Bárbaramente, arrancan a Jesús sus vestiduras, renovando todas sus llagas y exacerbando todos sus dolores. Pero sobre todo considera, alma mía, la afrenta que recibe tu Redentor y la vergüenza que sufre al quedar desnudo ante la soldadesca. ¡Cómo satisface por las deshonestidades! Mil cruces le hubieran sido menos duras que esta ultraje a su santidad. Contempla la desnudez de Jesús en el Sagrario. ¡Qué pobreza! Los palacios de los hombres están recubiertos de oro y seda, mientras que el olvidado Tabernáculo carece, a las veces, aún de los blancos pañales de Belén. Es más pobre que la pobre choza del mendigo.



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en  vuestra Pasión! Me avergüenzo y arrepiento de mis impurezas, causa de vuestra afrentosa desnudes, y os pido, por esta vuestra pena, imprimáis en mi alma un odio constante e inmenso a vicio tan detestable y bestial. Desnudadme de todo apego a las criaturas y cubridme con el ropaje de vuestra gracia, para abrigaros con él siempre que tenga la felicidad de recibiros en mi pecho.







JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús es clavado en la Cruz. Le mandan los verdugos se tienda sobre ella y obedece al punto. «Jesús fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Taladran después con  gruesos clavos sus santísimos pies y manos. Contempla, alma mía, a tu Padre; te espera con los brazos abiertos. El amor tiene como clavado a Jesús en la Eucaristía. «Estaré con vosotros hasta la  consumación de los siglos»... «Mis delicias son estar con vosotros, hijos de los hombres». Y  la obediencia de Jesús en este Sacramento, ¡qué incomprensible es! Aunque el sacerdote sea otro Judas, lo obedece ciegamente ¡Qué responderás de tu falta de sujeción, de tu  habitual desobediencia a tus superiores?



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! Para enseñarme a obedecer, Vos, nuestro Dios, os sujetáis a vuestros verdugos, y yo, vilísima criatura a Vos mismo desobedezco, como otro ángel rebelde. Pero, Salvador y modelo mío, ya no será así; os prometo sujetarme pronta, voluntaria y ciegamente a todos mis superiores, sean quienes fueren.







JESÚS MUERE EN LA CRUZ



CONTEMPLACIÓN. Jesús muere en la Cruz: «E inclinando su cabeza, entregó su espíritu». Alma mía, contempla, si puedes, tu obra. No los sayones, sino tus propios pecados, han arrancado la han arrancado la vida a tu Salvador. ¿Aunque no estás satisfecha? Jesús no puede hacer nada más por ti: su inmaculada Madre, su sangre, su vida, todo te han entregado. La muerte de Jesús se repite sin cesar en nuestros altares. Bajo las especies de pan y de vino es inmolado por el Sacerdote y ofrecido al Padre como Hostia de propiciación por los pecados. También aquí se entrega totalmente a sus hijos: cuerpo, sangre, alma y divinidad; todo se da a quien lo quiere recibir. Jesús, en el Sagrario, ¿qué más puede hacer por ti?



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! Yo, inhumano, os he dado la muerte, y Vos, misericordiosísimo, me habéis dado la vida y vida eterna. «¿Qué devolveré al Señor por todos sus beneficios?» Aquí estoy, Señor, dispón de mí según vuestra divina voluntad. Mas no sé ni puedo deciros.







JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ



CONTEMPLACIÓN. Bajan de la Cruz el cuerpo divino del Salvador y lo depositan en los brazos de su afligidísima madre, ¿No conocéis a vuestro Hijo, Señora? Es el mismo «hermosísimo entre los hijos de los hombres que llevabais a vuestros pechos virginales». Su amor lo ha desfigurado. Y tú eres, alma mía, el reo y eres también el verdugo. El sacerdote puede bajar algunas veces a Jesús, Hostia del Sagrario donde ha sido ultrajado, al corazón de verdaderos amantes; de almas que saben como María, compadecer a su Dios y lavar y ungir su destrozado cuerpo con lágrimas de arrepentimiento y con besos de amor. Sé tú, alma mía, no ya verdugo, sino del número dichoso de estas almas reparadoras.



ORACIÓN. ¡Oh Corazón Eucarístico de Jesús, perdón, misericordia; yo soy el verdugo en vuestra Pasión! Virgen dolorosa, yo quiero reparar mi  crimen y así mitigar vuestro quebranto. Para  conseguirlo, adoptadme por hijo, hacedme participante de vuestros dolores y dadme con largueza vuestra compasión y amor siempre que tenga la felicidad de recibir a vuestro Jesús en la Eucaristía, para consolarlo y amarlo dignamente.







JESÚS ES DEPOSITADO EN EL SEPULCRO



CONTEMPLACIÓN. La  Santísima  Virgen  deja  el  cuerpo  de  su  Hijo en  el  sepulcro  y  ahí  deja  también  su  purísimo y lacerado corazón, como guardia fiel que cuida el más rico de los tesoros. María  tiene  que  volver  al  a  ciudad  deicida. «¡Grande  como  el  mar  es  su  quebranto!»....  «¡Oh,   vosotros  que  cruzáis  por  el  camino  de  la vida, atended y ved si hay dolor semejante a su dolor! »El  Sagrario  es,  ¡ay!,  por  el  abandono  en  que  se  halla,  un  sepulcro  para  el  Corazón  amante  de  Jesús.  Ahí  está  Él,  por  el  amor  infinito  que  te  tiene,  real  y  verdaderamente presente,  de  día  y  de  noche y  siempre  esperándote.  Alma  mía,  enciérrate  con  Jesús  en  el  Sagrario, haz ahí tu morada eterna. Jesús es tu tesoro, tu corazón, tu bienaventuranza.



ORACIÓN. ¡Oh,  Corazón  Eucarístico  de  Jesús,  perdón  misericordia;  yo  soy  el  verdugo  en  vuestra  Pasión! Recibid, en reparación de mis crímenes que claman venganza al Cielo, mi última y la  más  fervorosa  y  humilde  de  mis promesas:  llorar  mis  pecados,  nunca  más  ofenderos, vivir con Vos en el Tabernáculo y trabajar cuanto pueda, por vuestra gloria. Corazón  Eucarístico  de  mi  Dios,  si  tengo  que  separarme  del  Sagrario  por  mis  deberes,  concededme  el  inmerecido  don  de  que  mi  alma  jamás  se  separe  de   este  divino  Nido,   testimonio  el  más  elocuente  del  infinito  amor  que  me  tenéis.  Ahí  en  el  Sagrario,  quiero  vivir eternamente. ¡Jesús está vivo! ¿Dónde está, muerte, tu victoria?











ORACIÓN FINAL. Amabilísimo Redentor mío, con el alma transida de dolor os he seguido, paso a paso, en vuestros   sufrimientos   infinitos;   he   visto   vuestro   rostro   ensangrentado,   vuestras   sienes heridas,  vuestros  hombros  surcados,  vuestra  espalda  desgarrada,  vuestros  pies  y  mano  atravesados,  vuestro  Corazón  abierto  de  par  en  par,  y  todo  vuestro  cuerpo  exangüe  y  sin  parte sana: desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies, sois una llaga y «más parecéis gusano que hombre». Mis pecados, con furia infernal, os han destrozado a Vos, Víctima inocentísima y divina. A la vez que os contemplaba en el Pretorio, en la Calle de la Amargura y en el Gólgota, os  veía  también  en  el  Sagrario,  y  puede  descubrir,  Jesús  mío,  que  aquí,  donde  no  debíais  de  tener  sino  gratitud,  el  servicio  y  la  alabanza  de vuestros  hijos,  tenéis  de  ellos  y particularmente de mí, cruces, espinas, clavos, azotes, hiel y vinagre de nuestras frialdades,  ultrajes,  sacrilegios  y  mil  otras  abominaciones  que  sólo  Vos,  de  paciencia  y  misericordia infinitas, podéis tolerar. ¡Ah!,  cuánto  me  pesa  haberos  ofendido  y  con  qué  profunda  e  inmensa  gratitud  quiero   corresponder a vuestras fineza. Ahora, especialmente, os agradezco las gracias que en este santo  ejercicio  me  habéis  otorgado,  y  las  resoluciones  que  me  habéis,  hecho  formar; dadme vuestro auxilio poderosos para cumplirlas fielmente. No tengo, Señor, sino este miserable corazón, pero animado de muy buen os deseos, os lo  entrego  para  siempre.  Recibidlo  con  agrado  y  dignaos  imprimir  en  él,  os  ruego nuevamente, vuestra Pasión, vuestras virtudes, un odio a muerte al pecado, y hombre y sed insaciables de vivir con Vos en el Sagrario y de recibiros así diaria como dignamente.  Y Vos, Madre mía, reina de los mártires, aceptad una vez más mi tierna compasión y no me olvidéis. Asistidme  en  mi  postrera  agonía  y,  en  vuestras  manos,  presentad  mi  alma  a  Jesús.  Así  sea.

martes, 21 de febrero de 2017

PALABRA DE DIOS Y VOCACIÓN ESPECÍFICA. Benedicto XVI, Verbum Domini

PALABRA DE DIOS Y VOCACIÓN ESPECÍFICA. Benedicto XVI, Cfr. Verbum Domini
Meditemos también en el hecho de que la Palabra llama a cada uno personalmente, manifestando así que la vida misma es vocación en relación con Dios. Cuanto más ahondemos en nuestra relación personal con el Señor Jesús, tanto más nos daremos cuenta de que Él nos llama a la santidad mediante opciones definitivas, con las cuales nuestra vida corresponde a su amor, asumiendo tareas y ministerios para edificar la Iglesia.
Todo fiel está llamado a la santidad, cada uno en el propio estado de vida y es en la Sagrada Escritura es donde encontramos revelada nuestra vocación a la santidad: «Sed santos, pues yo soy santo». Y san Pablo muestra la raíz cristológica: el Padre «nos eligió en la persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). «A quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Rm 1,7).
La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra. Los obispos, presbíteros y diáconos no pueden pensar de ningún modo en vivir su vocación y misión sin un compromiso decidido y renovado de santificación, que tiene en el contacto con la Biblia uno de sus pilares.
A los que han sido llamados al episcopado, y son los primeros y más autorizados anunciadores de la Palabra. Para alimentar y hacer progresar la propia vida espiritual, el Obispo ha de poner siempre en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno. A imitación de María, Virgo audiens y Reina de los Apóstoles, recomiendo a todos los hermanos en el episcopado la lectura personal frecuente y el estudio asiduo de la Sagrada Escritura.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2,16). Consiguientemente, sus palabras, sus decisiones y sus actitudes han de ser cada vez más una trasparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; solamente “permaneciendo” en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre».
La llamada al sacerdocio requiere ser consagrados en la verdad: Santifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo (Jn 17,17-18).
La Palabra de Dios es el baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de Dios. Y, puesto que Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn1,14), es «la Verdad» (Jn14,6), la plegaria de Jesús al Padre, «santifícalos en la verdad», quiere decir en el sentido más profundo: «Hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo».
La espiritualidad específica del diácono es esencialmente de servicio. El modelo por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por el bien de los hombres.
El diácono está llamado a ser mensajero cualificado de la Palabra de Dios, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña.
Los candidatos al sacerdocio deben aprender a amar la Palabra de Dios. La Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión.
Su relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas.
Se les ha de ayudar concretamente a ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina, alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra como amor infinito. Por tanto, se deberá poner el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas se cultive esta reciprocidad entre estudio y oración.
La vida consagrada nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte «en “exegesis” viva de la Palabra de Dios.
El Espíritu Santo, en virtud del cual se ha escrito la Biblia, es el mismo que ha iluminado con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica.
Quisiera recordar que la gran tradición monástica ha tenido siempre como elemento constitutivo de su propia espiritualidad la meditación de la Sagrada Escritura, particularmente en la modalidad de la lectio divina. También hoy, las diferentes formas de vida consagradas deben ser verdaderas escuelas de vida espiritual, en las que se leen las Escrituras según el Espíritu Santo en la Iglesia, de manera que todo el Pueblo de Dios pueda beneficiarse, por ello es necesaria una formación sólida para la lectura creyente de la Biblia.
Las formas de vida contemplativa dedican mucho tiempo de la jornada a imitar a la Madre de Dios, que meditaba asiduamente las palabras y los hechos de su Hijo (cf. Lc 2,19.51), así como a María de Betania que, a los pies del Señor, escuchaba su palabra (cf. Lc 10,38). Con su separación del mundo se encuentran más íntimamente unidos a Cristo, corazón del mundo dando testimonio de «no anteponer nada al amor de Cristo». Con su vida de oración, escucha y meditación de la Palabra de Dios, nos recuerdan que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cf. Mt 4,4), «indicando al mundo de hoy lo más importante, más aún, en definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable».