domingo, 19 de octubre de 2014

ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI



Ven, oh Espíritu Santo, y da a los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, un corazón nuevo que actualice toda su educación y toda su preparación, que les haga conscientes cual sorprendente revelación del sacramento recibido, y que responda siempre con nueva ilusión a los incesantes deberes de su ministerio, en orden a tu Cuerpo Eucarístico y a tu Cuerpo Místico. Dales un corazón nuevo, siempre joven y alegre.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a nuestros sacerdotes, discípulos y apóstoles de Cristo Señor, un corazón puro, capaz de amarle solamente a Él con la plenitud, el gozo, y la profundidad que solo Él sabe dar, cuando constituye el exclusivo y total objeto del amor de un hombre que vive de tu gracia; dales un corazón puro que sólo conozca el mal para denunciarlo, combatirlo y huir de él; un corazón puro como el de un niño, pronto al entusiasmo y a la emoción.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a los ministros del pueblo de Dios un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora; cerrado a toda ambición mezquina, a toda miserable apetencia humana; impregnado totalmente del sentido de la Santa Iglesia; un corazón grande, deseoso únicamente de igualarse al del Señor Jesús, y capaz de contener dentro de si las proporciones de la Iglesia, las dimensiones del mundo; grande y fuerte para amar a todos, para servir a todos, para sufrir por todos; grande y fuerte para superar cualquier tentación, dificultad, hastío, cansancio, desilusión, ofensa; un corazón grande, fuerte, constante, si es necesario hasta el sacrificio, feliz solamente de palpitar con el Corazón de Cristo y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad divina. Amén.

A LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI


Gracias por vuestra presencia, que nos demuestra ya vuestra buena voluntad, vuestro afecto y vuestra comunión. Que el Señor os lo recompense y dé a este encuentro cuaresmal la virtud de infundir en vuestros ánimos el consuelo que puede necesitar vuestro ministerio, no sólo en el actual momento litúrgico, sino en la conciencia habitual de vuestra vocación sacerdotal. Porque es de esta vocación de lo que ahora tenemos intención de hablaros sencilla y brevemente, aunque nada nuevo podremos decir sobre tema tan estudiado y meditado, tratado por nosotros mismo en otras ocasiones. Pero es tema que atañe a la experiencia espiritual de la vida de cada uno de nosotros más que los libros que magistralmente lo describen e iluminan; y es tema que nos parece responder tanto a la necesidad de nuestras almas, polarizadas hacia el misterio pascual de próxima celebración, como a los requerimientos de nuestro ministerio en general.
Pues bien, os diremos que hemos meditado sobre la relación eclesial y sobrenatural que une nuestra persona y el ministerio apostólico, que ésta tiene a su cargo, a vosotros, hermanos del clero romano, y hemos buscado una palabra que pudiera tener resonancia en vuestros corazones sacudidos por la experiencia sacerdotal del momento, y que fuese eco de la voz que Cristo, nuestro Maestro, nuestro Pastor, nuestro Salvador y nuestro Todo, quisiese sugerirnos; y ésta parece haber sido la voz pascual de la resurrección: Pax vobis; sí, la paz con vosotros, nuestros sacerdotes, nuestros colaboradores en el servicio pastoral en esta bendita y dramática sede romana; hermanos nuestros e hijos nuestros: ¡la paz con vosotros!
Así intentamos corresponder a un deseo que brota de vuestra alma atormentada por el problema de vuestra condición de personas especiales, dedicadas al culto y a la profesión religiosa, problema que se ha desplomado como un peñasco sobre la conciencia sacerdotal contemporánea, abrumándola y aplastándola, en algunos hermanos nuestros, con una pregunta tan elemental como terrible: Yo ¿quién soy?, es decir, con la cuestión denominada de la propia identidad. La respuesta a la cuestión no era sino una nueva presentación de la pregunta: Yo soy cura, soy sacerdote; pero, ¿qué significa y qué lleva consigo ser sacerdote? Este interrogante, por su mismo carácter radical, crea un tormento interior y a veces preludia las respuestas más dudosas y más tristes.
Con estremecimiento contemplamos este estado de ánimo de algunos sacerdotes, y querríamos reconfortarles enseguida con la respuesta serena y segura que vosotros mismos, aquí presentes, dais a vuestras almas, hablando al Señor: Tuus sum ego!, experimentando enseguida la sensación de embriaguez y seguridad que caracteriza la conciencia del sacerdote humilde y fiel.
Nos abstenemos ahora de considerar las formas y las proporciones del fenómeno de las defecciones sacerdotales que estos últimos años ha afligido a la Iglesia y que está presente cada día en nuestra pena y en nuestra oración.
Las estadísticas nos abruman; la casuística nos desconcierta; las motivaciones, sí, nos imponen respeto y nos mueven a compasión, pero nos causan un dolor inmenso; la suerte de los débiles que han encontrado fuerza para desertar de su compromiso nos confunde y nos hace invocar la misericordia de Dios. Que sean justamente los predilectos de la Casa de Dios quienes impugnen su estabilidad y violen sus costumbres tiene para nosotros algo de inverosímil, qué nos pone en los labios las angustiadas palabras del Salmo: "...Si inimicus meas maledixisset mihi, sustinuissem...:Si me hubiese injuriado un enemigo, lo habría soportado; si se hubiese alzado contra mí un adversario, me habría escondido de él. ¡Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente! ¡Nos unía una dulce amistad, caminábamos jubilosos hacia la casa de Dios!" (Sal 54, 13-15).
Una táctica calculada se ha apoderado de la sicología de algunos hermanos en el sacerdocio —queremos creer que pocos— para desconsagrar su figura tradicional; un proceso de desacralización se ha apoderado de la institución sacerdotal para demoler su consistencia y cubrir sus ruinas, una manía de aseglaramiento ha arrancado las ínfulas exteriores del hábito sagrado y ha extirpado del corazón de algunos la sagrada reverencia debida a su propia persona, para sustituirla con una exhibida vanidad de lo profano y a veces incluso con la audacia de lo ilícito y de lo intemperante (cf. F. Galot. Visage nouveau du prétre, I, Lethielleux 1970).
Pero hoy querríamos invitaros a cada uno de vosotros, a título penitencial, o mejor, a título de conversión cuaresmal y como preludio casi del renacimiento pascual, a rememorar el momento interior en que se encendió en vuestro espíritu la lámpara de la vocación sacerdotal o religiosa.
¿Cómo fue? Cada uno se lo repita a sí mismo. No fue ciertamente un momento fácil. La conciencia del sacrificio no estuvo ausente en el cálculo decisivo y prevalente de la elección suprema del género de vida preferido: preferido como inmolación voluntaria, victoriosa frente a las renuncias que llevaba consigo, y extrañamente amada justamente por la amargura de que llenaba el corazón, algo semejante a la célebre crisis de San Agustín en el huerto milanés, cuando, pagano todavía, narra de sí mismo: ...flebam amarissima contritione cordis mei. Et ecce audio vocem de vicina domo, cum canto dicentis, et crebro repetentis, quasi pueri aut puellae, nescio: tolle, lege; tolle, lege(cf. Confess. 1, 8; c. 12; cf. también Leo Trese, Il sacerdote oggi, Morcelliana, Brescia, 1958; e igualmente los demás escritos del mismo autor, ib).
Retornemos, pues, con conmovido recuerdo, al esquema esencial de la vocación eclesiástica, al punto de convergencia de las dos voces, que se hacen eco la una a la otra; la voz interior, personalísima, que se ha insinuado en la, sicología sobre el propio destino y que tiene un extraño acento de suavidad y autoridad: "¡Ven! ¡Ten confianza! ¡Este es el el camino de tu verdad! ". Y luego la voz exterior, bendita, grave, paternal, llena de sufrimiento y de seguridad, la del hombre de Dios, en función de maestro de espíritu, que, poniendo fin a tantas cavilaciones, solicitando un tremendo juego de libertad, se pronuncia: ¡Tú puedes, tú debes! Voz que se repite en labios afables, respetuosa siempre de la decisión que brota de la libertad personal, pero revestida ya de una autoridad que ahuyenta toda vacilación, toda duda, y termina entrando en el alma como espada tajante (cf. Heb 4, 12): "Sí, hijito; ven, prueba y verás" (cf. Jn, 1, 39); ¡la voz del obispo! (cf.Seminarium, 1, 1967; Yves Congar, Vocation sacerdotale, págs. 7-16).
¿Por qué estas alusiones? Por varias razones. Primera: son hermosas, son transparentes, son características. En torno a ellas cada uno de nosotros puede rehacer la historia de su vocación. Cada uno tiene su propia historia a este respecto; un drama personal; es una página autobiográfica que cada uno de nosotros debe recordar, reconstruir, venerar. Es nuestra phase, nuestro episodio del tránsito de Dios, con el acostumbrado comentario: Timeo transeuntem Deum
En segundo lugar: estos recuerdos tienen carácter, por decirlo así, adivinatorio, y ofrecen la base humana, personal, de lo que después construyó encima la gracia sacramental; un carácter definitivo:sacerdos in aeternum. Cosa inefable. Otro tema para meditaciones encantadoras. Hay una literatura, también profana, sobre este aspecto de la ordenación sacerdotal: ¡irrevocablemente impresa en las entrañas de nuestra personalidad, terriblemente indeleble y capaz a veces de inefable reviviscencia!
Y más aún. ¿Quién podrá agotar el tema de la reflexión sobre el misterio de la identificación de nuestra pobre vida con Cristo mismo? No en vano podemos y debemos repetirnos a nosotros mismos: Sacerdos alter Christus! ¡Demasiadas, demasiadas cosas, todos lo sabemos, habría que decir a este propósito! Nosotros querríamos pediros, justamente como práctica cuaresmal, que retornaseis con toda vuestra mente a este aspecto de nuestra personalidad sacerdotal.
Para que tengáis la paradójica valentía de repetir cada uno para sí: "Christo confixus sum cruci:estoy crucificado con Cristo" (Gál 2, 19). Y para que cada cual sienta y convierta en ministerio sacerdotal esta inmolación que nos asemeja a Jesús, nuestro modelo y Salvador, y experimente en sí la felicidad del misterio pascual que estamos viviendo: "superabundo gaudio in omni tribulatione nostra: reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor 7, 4).
¡Así sea, así sea para todos vosotros! Queridísimos hijos, con nuestra bendición apostólica.
10 de febrero de 1978

jueves, 16 de octubre de 2014

INTENCIONES DEL PAPA PARA EL AÑO 2015


INTENCIONES DE ORACIÓN DEL SANTO PADRE
CONFIADAS AL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN PARA EL AÑO 2015

ENERO
General: Para que quienes pertenecen a tradiciones religiosas diversas y todos los hombres de buena  voluntad colaboren en la promoción de la paz.
Misionera: Para que en este año dedicado a la vida consagrada, los religiosos y las religiosas redescubran la  alegría de seguir a Cristo y se dediquen con celo al servicio de los pobres.

FEBRERO
General: Para que los encarcelados, en especial los jóvenes, tengan la posibilidad de reconstruir una vida  digna.
Misionera: Para que los cónyuges que se han separado encuentren acogida y apoyo en la comunidad cristiana.

MARZO
General: Para que quienes se dedican a la investigación científica se pongan al servicio del bien integral de la persona humana.
Misionera: Para que se reconozca cada vez más la contribución propia de la mujer a la vida de la Iglesia.

ABRIL
General: Para que las personas aprendan a respetar la creación y a cuidarla como don de Dios.
Misionera: Para que los cristianos perseguidos sientan la presencia reconfortante del Señor Resucitado y la solidaridad de toda la Iglesia.

MAYO
General: Para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren, en particular a los  enfermos y a los pobres.
Misionera: Para que la intercesión de María ayude a los cristianos que viven en contextos secularizados a hacerse disponibles para anunciar a Jesús.

JUNIO
General: Para que los inmigrantes y los refugiados encuentren acogida y respeto en los países a donde llegan.
Misionera: Para que el encuentro personal con Jesús suscite en muchos jóvenes el deseo de ofrecerle la propia vida en el sacerdocio o en la vida consagrada.

JULIO
General: Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.
Misionera: Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a  los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

AGOSTO
General: Para que quienes colaboran en el campo del voluntariado se entreguen con generosidad al servicio de los necesitados.
Misionera: Para que, saliendo de nosotros mismos, sepamos hacernos prójimos de quienes se encuentran en las periferias de las relaciones humanas y sociales.

SEPTIEMBRE
General: Para que crezcan las oportunidades de formación y de trabajo para todos los jóvenes.
Misionera: Para que la vida toda de los catequistas sea un testimonio coherente de la fe que anuncian.

OCTUBRE
General: Para que sea erradicada la trata de personas, forma moderna de esclavitud.
Misionera: Para que con espíritu misionero, las comunidades cristianas del continente asiático anuncien el Evangelio a todos aquellos que aún lo esperan.

NOVIEMBRE
General: Para que nos abramos al encuentro personal y al diálogo con todos, también con quienes piensan distinto de nosotros.
Misionera: Para que los pastores de la Iglesia, con profundo amor por su rebaño, acompañen su camino y  animen su esperanza.

DICIEMBRE
General: Para que todos experimentemos la misericordia de Dios, que no se cansa jamás de perdonar.
Misionera: Para que las familias, de modo particular las que sufren, encuentren en el nacimiento de Jesús un signo de segura esperanza.

En el Vaticano, 3 de enero de 2014

Francisco

martes, 1 de octubre de 2013

Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C. Homilía de la Congregación del Clero


Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C

Cita de:
Am 6,1-7:                                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9absuhf.htm
1Tim 6,11-16:                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ara2mf.htm
Lc 16,19-31:                 www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3nylp.htm
 
El tema de la riqueza, sobre el cual hemos meditado el domingo pasado, prosigue en la liturgia de la Palabra de hoy: ella pretende advertir al cristano, acerca de los riesgos que se corren cuando la fortuna no sirve para tender puentes de fraternidad entre los hombres o para crear relaciones de solidaridad con los pobres y necesitados. En definitiva, todo será aclarado cuando nos encontremos delante de la infinita justicia de Dios.
El domingo pasado, Jesús les había dado a conocer a los cristianos el camino seguro para alcanzar el Reino, un camino abierto también para los que poseen riquezas, de manera que les sirvan para ayudar a quienes pasan necesidad y para crecer en el amor a Dios.
Hoy, la palabra de Dios nos lleva a reflexionar sobre el peligro que corren quienes se enfrentan con las riquezas, en sí mismos y cara los otros, como el “administrador infiel”: se gozan egoístamente con sus bienes, sin pensar en otra cosa.
Este peligro no es imaginario sino concreto, y el relato evangélico crea, en quien lo escucha, la impresión de encontrarse frente a un asunto real, tomado por Jesús como modelo de la dureza de los corazones en la relación con los hermanos necesitados, por parte del hombre concentrado solo en la riqueza.
En esta línea nos guía ya la primera lectura, tomada del libro del profeta Amós, el cual, como defensor de los pobres, arremete contra los que se han enriquecido rápidamente en tiempos de ganancias fáciles, denunciando su lujo desenfrenado.
El profeta describe sus sentimientos, destacando el contraste entre los pocos que viven en la riqueza y la mayoría de la gente, que vive en la miseria. Él condena a los privilegiados que viven en palacios suntuosos, banqueteando al sonido de la música y bebiendo sin medida, perfumándose con perfumes refinados y sin preocuparse de las dificultades en las que se encuentran sus conciudadanos. 
Todo ese esplendor, sin embargo, no hace más que anticipar y simbolizar la destrucción de Samaría. Ella debe afrontar una suerte terrible, reservada a los ricos y a todos los que, como ellos, no se convierten, permaneciendo ciegos cara a la miseria del prójimo y sordos frente a los reclamos de los profetas, los cuales, hablando en nombre de Dios, les invitan a socrrer a los pobres, a los huérfanos, a las viudas.
También la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, narrada en el Evangelio de hoy, presenta de forma dramática toda la fuerza destructiva de la riqueza. Cuando se reduce a ser solamente un medio de satisfacción personal, ella cierra de tal manera el corazón a las necesidades ajenas que lleva a ni siquiera advertirlas. Por esto, precisamente, Lucas usa un lenguaje fuerte, para que quede claro que el episodio es simbólico, pero el mensaje que contiene no puede minimizarse.
El relato de Jesús está ambientado en dos escenarios distintos, el primero de los cuales describe la situación de un rico y de un pobre.
El hombre rico, del cual no se dice el nombre, es el típico bonvivant que se preocupa únicamente de saborear las alegrías de la vida presente, sin pensar ni en Dios ni en los otros, y tampoco en la vida eterna. Aparentemente, no hace nada de malo gozando de la vida... pero ni siquiera se da cuenta de que en la puerta de su casa yace un pobre, enfermo, con el cuerpo lleno de llagas... Más aún, el pobre es atormentado no sólo por sus llagas, sino más bien por el hambre que padece y, a pesar de todo, debe contentarse con las migas que caen de la mesa del rico.
La escena que describe san Lucas es una escena terrenal, provisoria, destinada a cambiar radical e irreversiblemente después de esta vida.
He aquí la segunda representación, que se desarrollla en el más allá, donde los destinos se revelan tan diferentes: Lázaro está en en el lugar reservado a los justos, que se sientan con Abraham en la mesa celestial; el rico, en cambio, está en el lugar reservado a los pecadores, un lugar de tormentos e infelicidad.
El contraste entre los protagonistas de esta parábola, ya evidente en la tierra, es acentuado en la vida ultraterrena y con tonos realmente dramáticos en su diversidad.
Lázaro no pedía nada, mientras yacía a la puerta del rico; éste, en cambio, invoca clemencia para sí y para sus parientes, pidiéndole a Abraham, que no puede acceder a la súplica puesto que la situación es ya irremediable...

Por esto, en la segunda lectura, el apóstol Pablo exhorta a combatir la nueva batalla de la fe para alcanzar la vida eterna, una vida que Cristo nos ha mostrado cuando dio a todos el testimonio de fe en la Cruz. Por tanto, es necesario el testimonio de los cristianos que hagan resplandecer en su ambiente cotidiano el amor de Dios en Cristo Jesús. También un rico puede convertirse y abrir su corazón al prójimo, compartiendo sus bienes y haciéndose instrumento de fraternidad y de amor, y asegurándose un lugar en la vida eterna. 

martes, 16 de julio de 2013

Domingo XV del tiempo ordinario. Homilía de la Congregación para el clero


Dt 30,10-14:                                        www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9appgk3.htm  
Col 1,15-20:                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9axgu3a.htm  
Lc 10,25-37:                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bgwnjj.htm  

En este domingo, la Liturgia hace que recorramos el camino que baja de Jerusalén a Jericó, para hacernos considerar la caridad del buen samaritano, pero las lecturas pueden ofrecer innumerables referencias para educar nuestra alma, más profundamente que la simple consideración del hermoso signo de solidaridad humana del samaritano.
La primera lectura nos recuerda el valor de la exacta observancia de los preceptos divinos que no se puede conseguir sin un cambio de mentalidad (metanoia) con todo el corazón y con toda el alma.  Operari sequitur esse.
Los Santos Padres decían que la gloria de Dios es el hombre que vive (Ireneo). “El Señor volverá a complacerse en tu prosperidad, como antes se había complacido en la prosperidad de tus padres” (Dt 30 9). El re-nacimiento del hombre y de la sociedad, así como el de la Iglesia, se concretan en una dinámica de obediencia: para el hombre nada sucede mecánicamente, sino que todo pasa a través del consentimiento o del rechazo del plan creador y salvífico de Dios. Las leyes divinas son la expresión externa de lo que es íntimamente necesario al hombre para su bien. El mal es, por lo demás, como un boomerang, que siempre vuelve al que lo lanzó.
El principio de la sabiduría es el temor del Señor; sabio es aquel que le es fiel”, nos recuerda el salmo 110. Los mandamientos son siempre para nosotros, hombres, y para nuestra salvación. Pero la palabra del Deuteronomio de hoy nos recuerda que las obras y el corazón no pueden separarse, y que el Señor mira al corazón (1 Sam 16, 7) y ninguno será justificado si se corrige solamente como el fariseo en el templo (Lc 18, 10-14) o, como hoy se diría, si sólo es políticamente correcto.
En el evangelio de hoy vemos que Jesús es consultado por un doctor de la ley, que conocía perfectamente la respuesta a su pregunta. Él quiso poner a Jesús en un aprieto, pero al final será él quien termine así. Jesús derriba los muros que el hombre se construye para no caer en el océano de la caridas. Los doctores de la ley habían diluido el precepto del amor al prójimo en una sofisticada red de distinciones: por nacionalidad, por práctica de la ley, por condición social, edad, sexo... Pero Jesus recuerda que la caridad tiene un solo objeto: el hombre.
La Santa Madre Iglesia nos recuerda, en este sentido, que “la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno. Porque así como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Así, pues, como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades como prueba de la llegada  del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa (AG 12) . Y también: “Conságrense con especial cuidado a la educación de los niños y de los adolescentes por medio de escuelas de todo género, que deben ser consideradas no sólo como medio extraordinario para formar y atender a la juventud cristiana, sino también como servicio extraordinariamente valioso a los hombres, y sobre todo a las naciones en vías de desarrollo, para elevar la dignidad humana y preparar condiciones de vida más favorables. Tomen parte, además, los cristianos en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando con el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan por conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo” (AG 12).
En la segunda lectura, San Pablo se enfrenta con algunos problemas de la Iglesia de Colosas, donde algunos rebajaban la persona y el primado soteriológico de Cristo, aduciendo que la verdad sería universal y estaría disponible en cualquier parte. Jesús sería persona salvífica de “primer nivel”, pero no él unico. Por eso el Apóstol de los gentiles, salvando de la descomposición a la comunidad de Colosas, nos ofrece un magnífico himno sobre el primado de Cristo. Él no se detiene para refutar las teorías aparenteente “abiertas” de los colosenses, pero que en realidasd eran sutiles y perniciosas, sino que les indica quién es verdaderamente Cristo.
Él es imagen del Dios invisible,  no se corresponde con una semejanza, sino que es igual en su naturaleza divina al Padre y al Espíritu Santo. Él es también el inicio de la creación porque es su autor. Pertenece a la Divinidad, aunque siendo verdaderaente hombre. Él es el primogénito de toda criatura, el origen de todo el universo creado y posee, en consecuencia, el primado. Todo ha sido creado por Él y en vista de Él. Así, es también Cabeza de la Iglesia, es decir, de la parte de la humanidad que ya ha sido alcanzada por la redención.
Si la gloria de Dios es el hombre vivo, entonces el hombre no puede subsistir si no es con Cristo, por Cristo y en Cristo. S. Ignacio de Loyola nos recuerda el fin, para el cual el hombre y la creación salieron del corazón de Dios según un proyecto de bondad. El hombre fue creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y así alcanzar la salvación; las otras realidades de este mundo son creadas para el hombre y para ayudarlo a alcanzar el fin para el que fue creado. De aquí se sigue que el hombre debe servirse de ellas en tanto en cuanto lo ayuden para su fin y debe alejarse de ellas en tanto en cuanto le sean un obstáculo.

lunes, 15 de julio de 2013

Iglesia particular y vida consagrada. Conferencia Episcopal Española


Introducción teológica

Introducción

Las relaciones entre los obispos y la vida consagrada –en sus diferentes formas– han sido, desde hace decenios, tema de especial interés en la Conferencia Episcopal Española, como lo demuestra el hecho de la creación y funcionamiento de una Comisión Mixta formada por obispos y superiores mayores, a partir del año 1966. La XXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia episcopal (24-29 de noviembre de 1980), respondiendo a la Instrucción Mutuae relationes, de las Sagradas Congregaciones para los Obispos y para los Religiosos e Institutos Seculares de 1978, aprobó un documento titulado Cauces operativos con el fin de facilitar las relaciones mutuas entre obispos y religiosos. Se trataba de un documento breve, de carácter práctico en aplicación de la Instrucción Mutuae relationes y de carácter pastoral[1]. Le faltaba, en cambio, un fundamento teológico que la Asamblea reservaba a la Instrucción colectiva que, con el título de La vida religiosa, un carisma al servi cio de la Iglesia, aprobaría algunos meses después la XXXV Asamblea Plenaria (25 de noviembre de 1981).

Durante estos decenios, las relaciones mutuas entre obispos e institutos de vida consagrada han ido recorriendo un camino no exento de dificultades y tensiones, que se van resolviendo con el firme compromiso de trabajar en favor de la comunión, con los gestos y actitudes que ello implica. Desde la eclesiología de comunión, la vida consagrada reconoce en los pastores a los sucesores de los Apóstoles, quienes con su autoridad y su primacía jerárquica, querida por Cristo, guían, pastorean y gobiernan al Pueblo de Dios del que los consagrados forman parte como miembros solícitos del bien común, poniendo al servicio de toda la Iglesia su vida y carisma específico.

lunes, 8 de julio de 2013

Discurso del Papa Francisco a los jóvenes seminaristas y consagrados, el 6 de julio de 2013 en el Aula Pablo VI

Discurso del Papa Francisco a los jóvenes seminaristas y consagrados, el 6 de julio de 2013 en el Aula Pablo VI



¡Buenas tardes!


Preguntaba a mons. Fisichella si entendéis el italiano, y me ha dicho que todos vosotros tenéis la traducción… ya estoy más tranquilo.



Agradezco a mons. Fisichella sus palabras y también le agradezco su trabajo: ha trabajado mucho no solo para hacer esto, sino todo lo que ha realizado para el Año de la Fe ¡Muchas gracias! Mons. Fisichella ha dicho una cosa que yo no sé si es verdad pero la repito: ha dicho que todos vosotros queréis dar la vida a Cristo ¡para siempre! Vosotros ahora aplaudís, hacéis fiesta, porque es el momento de la boda… pero cuando termina la luna de miel ¿Qué sucede? Escuché a un seminarista, un gran seminarista, que decía que él quería servir a Cristo, pero solo diez años, y luego comenzar una nueva vida… ¡Esto es peligroso! Escuchad bien: todos nosotros, incluso nosotros los más viejos, también nosotros, estamos bajo la presión de esta cultura de lo pasajero; y esto es peligroso, porque uno no se juega la vida una vez para siempre. Me caso, pero hasta que se acabe el amor, me hago monja, pero solo para una “temporadilla”, un “poco de tiempo”, después veré; me hago seminarista para ser sacerdote, pero no sé como terminará esta historia. ¡Esto no sirve con Jesús!



No os culpo a vosotros, culpo a esta cultura de lo provisional, que nos golpea a todos, porque no nos hace bien: hacer una elección definitiva hoy es muy difícil. En mis tiempos era más fácil, porque la cultura favorecía una elección definitiva, ya sea para la vida matrimonial, ya sea para la vida consagrada o la vida sacerdotal. Pero en esta época no es fácil hacer una elección definitiva. Nosotros somos víctimas de esta cultura de lo pasajero. Quisiera que pensaseis en esto: ¿Cómo puedo ser libre, como puedo liberarme de esta cultura de lo pasajero? Debemos aprender a cerrar la puerta de nuestra celda interior, desde dentro. Una vez, un sacerdote, gran sacerdote, que no se sentía bueno porque era humilde, se sentía pecador y rezaba mucho a la Virgen, y le decía esto a la Virgen –lo diré en español porque es una poesía muy bella-. Él decía a la Virgen que nunca, nunca se alejaría de Jesús y decía: "Esta tarde, Señora, la promesa es sincera. Por las dudas, no olvide dejar la llave afuera". Pero esto se dice pensando siempre en el amor a la Virgen, se dice a la Virgen. Pero cuando deja la llave siempre fuera, por lo que pueda suceder… ¡No funciona! ¡Debemos aprender a cerrar la puerta desde dentro! Y si no estoy segura, si no estoy seguro, pienso, me tomo el tiempo necesario, y cuando ya estoy seguro, en Jesús, se entiende, porque ¡sin Jesús nadie está seguro! Cuando me siento seguro, cierro la puerta ¿Lo entendéis? ¿Qué es la cultura de lo pasajero?



Cuando entré, miré lo que había escrito. Quería deciros una palabra, y la palabra es alegría. Siempre donde están los consagrados, los seminaristas, las religiosas y los religiosos, los jóvenes, hay alegría ¡Siempre hay alegría! Es la alegría de la frescura, el gozo de seguir a Jesús, la alegría que nos da el Espíritu Santo, no la alegría de este mundo. ¡Hay alegría! ¿Pero de dónde nace? Nace… ¿Sábado por la tarde vuelvo a casa y me iré a bailar con mis antiguos compañeros? ¿De esto nace la alegría? ¿De un seminarista, por ejemplo? ¿No? ¿o sí?



Algunos dirán: el gozo viene de las cosas que se tienen, por tanto de ahí la búsqueda del último modelo de Smartphone, el Scooter más veloz, el coche que destaca… Pero yo os digo, verdaderamente, a mi me hace daño cuando veo a un sacerdote o religiosa con un coche último modelo: ¡Esto no puede ser! ¡No puede ser! Vosotros pensáis: entonces ¿Debemos ir, Padre, con la bicicleta? ¡Es buena la bicicleta! Mons. Alfred va en bici: él va con la bici. Creo que el coche es necesario porque se debe hacer mucho trabajo e ir de un lado a otro.. ¡Pero usad una más humilde! Y si te gusta la cara piensa en los niños que se mueren de hambre. ¡Solo esto! ¡La alegría no viene de las cosas que se tienen!



Otros dicen que viene de las experiencias más extremas para sentir la emoción de las sensaciones más fuertes: a los jóvenes les gusta ir por el filo de la navaja, por placer. Otros se decantan por el vestido de última moda, por la diversión en los locales más en boga –con esto no digo que las monjas vayan a estos sitios, lo digo de los jóvenes en general. Otros piensan que viene del éxito con los chicos o las chicas, pasando de uno a otro o de una a otra. Y esta inseguridad del amor, que no es seguro; es el amor “por probar”. Y así podríamos continuar… También vosotros estáis en contacto con esta realidad que no podéis ignorar.



Nosotros sabemos que todo esto puede apagar algún deseo, crear alguna emoción, pero al final es una alegría que permanece en la superficie, no desciende a lo íntimo, no es un gozo íntimo: es la emoción de un momento que no te hace verdaderamente feliz. La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa!



La verdadera alegría no viene de las cosas, del tener ¡No! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace del sentirse aceptado, comprendidos, amados y del aceptar, del comprender y del amar; y esto no por el interés de un momento, sino porque el otro, la otra es una persona. ¡La alegría nace de la gratuidad de un encuentro! El escuchar: “Tú eres importante para mí”, no necesariamente de palabra. Esto es bello… Y es exactamente lo que Dios nos hace entender. En el llamarnos, Dios nos dice: “Tú eres importante para mí, te quiero mucho, cuento contigo”. Jesús nos dice esto a cada uno de nosotros. ¡De aquí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús nos ha llamado. Entender y escuchar esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirnos amados por Dios, escuchar que para él no somos números, sino personas; y escuchar que es Él el que nos llama. Convertirse en un sacerdote, religioso, religiosa, no es primariamente una elección nuestra. Yo no me fío de aquel seminarista, de aquella novicia que dice: “He elegido este camino”. ¡Esto no me gusta! ‘No está bien! Sino que es la respuesta a una llamada, a una llamada de amor. Escucho algo dentro, que me inquieta y yo respondo que sí. En la oración el Señor nos hace sentir este amor, pero también a través de muchos signos que podemos leer en nuestra vida, en tantas personas que pone en nuestro camino.



Es la alegría del encuentro con él y su llamada nos lleva a no encerrarnos sino a abrirnos: lleva al servicio en la Iglesia. Santo Tomás decía "bonum est diffusivum sui" –no es un latín muy difícil- El bien se difunde. Y también se transmite la alegría. No tengáis miedo de mostrar la alegría de haber respondido a la llamada del Señor, a su elección de amor, y de testificar su Evangelio al servicio de la Iglesia. Y la alegría, la verdadera es contagiosa; contagia… hace ir adelante. Sin embargo, cuando te encuentras con un seminarista demasiado serio, demasiado triste, o con una novicia así, tu piensas: ¡Aquí hay algo que no funciona! Falta la alegría del Señor, la alegría que te lleva al servicio, la alegría del encuentro con Jesús, que te lleva al encuentro con los demás para anunciar a Jesús ¡Falta esto! ¡No hay santidad en la tristeza, no la hay! Santa Teresa –hay tantos españoles que la conocen bien- decía: “¡Un santo triste es un triste santo!” Es poca cosa… Cuando te encuentras un seminarista, un sacerdote, una religiosa con cara larga, triste que parece que sobre su vida han colocado una manta mojada, de estas pesadas… que aplasta… ¡algo no funciona! Pero por favor: nunca religiosas, nunca sacerdotes con la cara “de pepinillos en vinagre”, ¡Nunca!



La alegría que viene de Jesús. Pensad esto: cuando a un sacerdote –digo sacerdote pero también un seminarista- cuando a un sacerdote, una religiosa le falta la alegría, está triste, podéis pensar: ¡Será un problema psiquiátrico! No, es verdad: puede pasar. Sucede, algunos pobres se ponen enfermos… Puede pasar. Pero normalmente no es un problema psicológico. ¿Es un problema de insatisfacción? Eh, sí. ¿Pero donde está el origen de la falta de alegría? Es un problema de celibato. Os explico. Vosotros seminaristas, religiosas, consagrados vuestro amor es un amor a Jesús, un amor grande; el corazón es para Jesús y esto nos lleva a hacer un voto de castidad, el voto del celibato. Pero el voto de castidad y el voto del celibato no termina con el momento del voto, sigue adelante… Un camino que madura, madura hacia la paternidad pastoral, hacia la maternidad pastoral, y cuando un sacerdote no es un padre de su comunidad, cuando una monja no es una madre de todos con los que trabaja, se entristece. Este es el problema. Por esto os digo a vosotros: la raíz de la tristeza e la vida pastoral está exactamente en la falta de paternidad y maternidad que viene del vivir mal esta consagración, que sin embargo nos debe llevar a la fecundidad. No se puede pensar en un sacerdote o una religiosa que no sea fecunda: ¡esto no es católico! ¡Esto no es católico! Esta es la belleza de la consagración: es la alegría, el gozo…



Yo no quisiera avergonzar a esta santa religiosa (Se dirige a una monja anciana de la primera fila), que está en primera fila, pobrecilla, estaba casi sofocada, pero tenía una cara feliz. ¡Me ha hecho bien mirar su rostro, hermana! Quizás usted lleve ya muchos años de vida consagrada, pero tiene unos ojos muy bellos, usted sonreía, no se quejaba de los empujones… Cuando encontréis ejemplos como tantos, tantos y tantas religiosas, tantos sacerdotes que están contentos y que son fecundos, dan vida, vida, vida… ¡Esta vida la dan porque la encuentran a Jesús! ¡En la alegría de Jesús! Alegría no tristeza, fecundidad pastoral.
Para ser testigos gozosos del Evangelio es necesario ser auténticos, coherente. Y esta es otra palabra que quiero deciros: autenticidad. Jesús arremetía contra los hipócritas, los que pensaban por debajo, los que tienen –por decirlo francamente- doble cara. Hablar de autenticidad a los jóvenes no cuesta, porque los jóvenes –todos- tienen este deseo de ser auténticos, de ser coherentes. ¡Y a todos ellos les da asco cuando encuentran en nosotros a sacerdotes que no son auténticos o religiosas que no son auténticas!



Esta es una responsabilidad antes que nada de los adultos, de los formadores. Y a vosotros, formadores, que estáis aquí: dad siempre un ejemplo de coherencia a los más jóvenes. ¿Queremos jóvenes coherentes? ¡Seamos nosotros coherentes! Al contrario, el Señor nos dirá lo que le decía a los fariseos del pueblo de Dios: “Haced lo que dicen, pero ¡no lo que hacen”!¡Coherencia y autenticidad!



Pero también vosotros, por vuestro lado, intentad seguir este camino. Yo digo siempre lo que decía San Francisco de Asís: Cristo nos ha enviado a anunciar el Evangelio también con la palabra. La frase es así: “Anunciad el Evangelio siempre. Y si fuese necesario, con las palabras”. ¿Qué quiere decir esto? Anunciar el Evangelio con la autenticidad de vida, con la coherencia de vida. Pero en este mundo en el que las riquezas hacen tanto mal, es necesario que nosotros los sacerdotes, las religiosas, ¡seamos coherentes con nuestra pobreza! Cuando ves que el primer interés de una institución educativa o parroquial es casi siempre el dinero, no hacen bien ¡no hacen bien! ¡Es una incoherencia! Debemos ser coherentes, auténticos. En este camino, hagamos lo que dice San Francisco; prediquemos el Evangelio con el ejemplo, con las palabras. Pero antes que nada ¡es nuestra vida donde los demás deben leer el Evangelio! Sin temor, con nuestros defectos que intentamos corregir, con nuestros límites que el Señor conoce, pero también con la generosidad en el dejar que Él actúe en nosotros. Los defectos, los límites y –yo añado algo más- con los pecados…Yo quisiera saber una cosa: aquí en el Aula ¿hay alguien que no sea pecador, que no tenga pecados? ¡Qué levante la mano! ¡Qué levante la mano! Nadie, nadie. De aquí al fondo… ¡todos! ¿Pero cómo llevo mi pecado, mis pecados? Quiero aconsejaros esto, tened transparencia con el confesor. Siempre. Decidle todo, no tengáis miedo. “Padre, ¡he pecado!” Pensad en la samaritana, que para probar, para decirle a sus conciudadanos que había encontrado al Mesías, dijo: “Me ha dicho todo lo que he hecho” y todos conocían la vida de esta mujer. Decir siempre la verdad al confesor. Esta transparencia os hará bien, porque nos hace humildes a todos”.



“Pero Padre, me he quedado en esto, he hecho esto, he odiado”… lo que sea. Decir la verdad, sin esconderme, sin media palabra, porque estás hablando con Jesús en la persona del confesor. Y Jesús sabe la verdad ¡Solo Él te perdona siempre! Pero el Señor solo quiere que tú le digas lo que Él ya sabe. ¡Transparencia! Es triste cuando uno se encuentra con un seminarista, con una monja que hoy se confiesa para limpiar la mancha; mañana va con otro, con otro, una peregrinatio a los confesores para esconder su verdad. ¡Transparencia! Es Jesús el que te está escuchando. ¡Tened siempre esta transparencia ante Jesús en el confesionario! ¡Pero esta es una gracia!. Padre he pecado, he hecho esto, esto, esto… con todas las palabras. ¡Y el Señor te abraza, te besa! Ve ¡no peques más! ¿Y si vuelves? Otra vez. Yo esto lo digo por experiencia. He encontrado a muchas personas consagradas que caen en esta trampa hipócrita de la  falta de transparencia. “He hecho esto”, humildemente. Como aquel publicano que estaba al final del templo: “He hecho esto, he hecho esto…” Y el Señor te tapa la boca: ¡es Él el que la tapa! ¡No lo hagas tú! ¿Has entendido? ¡Del propio pecado sobreabunda la gracia! Abrid la puerta a la gracia, con esta transparencia.



Los santos y los maestros de la vida espiritual nos dicen que para ayudar a hacer crecer en autenticidad nuestra vida es muy útil, incluso indispensable, la práctica cotidiana del examen de conciencia. ¿Qué sucede en mi alma? Así abierto, con el Señor, y después con el confesor, con el Padre espiritual. ¡Esto es muy importante! ¿Hasta que hora..? ¿Mons. Fisichella tenemos tiempo?



 [Mons. Fisichella: Si Usted habla así, estamos aquí hasta mañana, absolutamente.]



Si él dice que hasta mañana… que os traigan un bocadillo y una Coca-cola a cada uno, si es hasta mañana… al menos….



La coherencia es fundamental para que nuestro testimonio sea creíble. Pero no basta, quiere también una preparación cultural, preparación cultural destaco, para dar razón de la fe y de la esperanza. El contexto en el que vivimos solicita continuamente este “dar razón”, y es una cosa buena, porque nos ayuda a no dar nada por descontado. ¡Hoy no podemos dar nada por descontado! Esta civilización, esta cultura… no podemos. Pero ciertamente es trabajoso, exige una buena formación, equilibrada, que une a todas las dimensiones de la vida, la humana y la espiritual, la dimensión intelectual con la pastoral. En vuestra formación hay cuatro pilares fundamentales: formación espiritual, o sea la vida espiritual; la formación intelectual, este estudiar para “dar razón”; la vida apostólica, comenzar a anunciar el Evangelio; y cuarto, la vida comunitaria. Cuatro. Y para este último es necesario que la formación sea en comunidad en el noviciado, en el priorato, en el seminario… Pienso siempre en esto: es mejor el peor seminario que ningún seminario. ¿Por qué? Porque es necesaria esta vida comunitaria. Recordad estos cuatro pilares: vida espiritual, vida intelectual, vida apostólica y vida comunitaria. Estos cuatro. Sobre estos cuatro debéis edificar vuestra vocación.



Aquí quisiera destacar la importancia, en esta vida comunitaria, de las relaciones de amistad y de fraternidad que forman parte integrante de esta formación. Llegamos aquí a otro problema. Por lo que digo esto: relaciones de amistad y de fraternidad. Muchas veces me he reunido con comunidades, seminaristas, religiosos, o comunidades diocesanas donde las jaculatorias más comunes son las murmuraciones. ¡Es terrible! Se pelan unos a otros… Esto en el mundo clerical, religioso… Disculpadme pero es común: celos, envidias, hablar mal del otro. No solo hablar mal de los superiores, ¡esto es un clásico! Pero yo quiero decir que esto es común, muy común. También yo he caído en esto, muchas veces, ¡muchas veces! ¡Y me avergüenzo! ¡Me avergüenzo de esto! No está bien hacerlo: murmurar contra los demás. “Has escuchado esto… has escuchado esto…” ¡es un infierno esa comunidad! Esto no hace bien. Y por esto es importante la relación de amistad y de fraternidad. Los amigos son pocos. La Biblia dice esto: los amigos: uno, dos… Pero la fraternidad entre todos. Si tengo algo contra una hermana o con un hermano, se lo digo a la cara, o se lo digo a quien puede ayudar, pero no lo digo a los demás para “ensuciarlo”. Y las murmuraciones ¡es terrible! Detrás de los comentarios, están las envidias, los celos, las ambiciones. Pensad en esto. Una vez escuché decir a una persona que, después de los ejercicios espirituales –una persona consagrada, una religiosa.. ¡Esto es bueno! Esta hermana había prometido al Señor que no iba a hablar mal de otra. ¡Este es un bello camino a la santidad! No hablar mal de los demás. “Pero padre, ¡Hay problemas!...: díselo al superior, a la superiora, díselo al obispo, que puede hacer algo para remediarlo. No decirlo a quien no pueden ayudar. Esto es importante: ¡Fraternidad! Pero dime, ¿Tú hablarías mal de tu madre, de tu padre, de tus hermanos? Nunca. Y ¿por qué lo haces en la vida consagrada, en el seminario, en la vida presbiterial? Sólo esto: pensad, pensad… ‘Fraternidad! Este es amor fraterno.



Hay dos extremos: en este aspecto de la amistad y de la fraternidad, hay dos extremos: tanto el aislamiento como la disipación. Una amistad t una fraternidad que me ayude a ni caer en el aislamiento ni en la disipación. Cultivar las amistades, son un bien precioso: deben educaros no en la clausura, pero si a salir de vosotros mismos. Un sacerdote, un religioso, una religiosa no puede estar nunca sola, sino ser una persona siempre disponible para el encuentro. Las amistades después se enriquecen por los diversos carismas de vuestras familias religiosas. Es una riqueza grande. Pensemos en las bellas amistades de tantos santos.
Creo que debo acortar un poco, ¡tenéis mucha paciencia!



 [Seminaristas: "Noooo!"]



Quisiera deciros: salid de vosotros mismos para anunciar el Evangelio, pero para hacer esto debéis salir de vosotros mismos para uniros a Jesús. Hay dos salidas: una hacia el encuentro con Jesús, hacia la trascendencia; la otra hacia los demás para anunciar a Jesús. Estas dos van juntas. Si vas solo por una, ¡esto no funciona! Yo pienso en la Madre Teresa de Calcuta. Era muy valiente esta monja… No tenía miedo de nada, iba por las calles… pero esta mujer tampoco tenía miedo de arrodillarse, dos horas, ante el Señor. No tengáis miedo de salir de vosotros mismos en la oración y en la acción pastoral. Sed valientes para rezar y para anunciar el Evangelio.



Yo quisiera una Iglesia misionera, no tan tranquila. Es una Iglesia bella la que camina hacia delante. En estos días han venido muchos misioneros y misioneras en la Misa de la mañana, aquí en Santa Marta, y cuando me saludaban me decía; “Soy una mujer ancuana; hace cuarenta años que estoy en el Chad, o aquí o allá…” ¡Qué belleza! Pero entiendes que esta monja ha pasado muchos años allí porque no ha dejado nunca de encontrarse con Jesús en la oración. Salir de sí mismos, hacia la trascendencia de Jesús en la oración, hacia la trascendencia a los demás en el apostolado, en el trabajo. Dad la contribución por una Iglesia así: fieles al camino que Jesús quiere. No aprendáis de nosotros, de nosotros, que no somos los más jóvenes: no aprendáis de nosotros ese deporte que nosotros, los viejos, practicamos a menudo: ¡el deporte del lamento! No aprendáis de nosotros el culto a la “diosa lamentos”. Sed positivos, cultivad la vida espiritual, y al mismo tiempo, sed capaces de reunir a las personas, especialmente a las más despreciadas y pobres. No tengáis miedo de salir y de caminar a contracorriente. Sed contemplativos y misioneros. Tened siempre a la Virgen con vosotros, rezad el Rosario, por favor… ¡No lo dejéis! Tened siempre a la Virgen con vosotros en vuestra casa, como la tenía el Apóstol Juan. Que ella siempre os acompañe y os proteja. Y rezad también por mí, porque yo necesito las oraciones, porque soy un pobre pecador pero seguimos adelante.



Muchas gracias y nos volveremos a ver mañana. Adelante con alegría, con coherencia, siempre con la valentía de decir la verdad, ese coraje de salir de nosotros mismos para encontrar a Jesús en la oración y salir de nosotros mismos para encontrar a los demás y darles el Evangelio. ¡Con la fecundidad pastoral!



Por favor, no seáis “solterones” y “solteronas”. ¡Adelante!



Ahora, decía mons. Fisichella que ayer habéis recitado el Credo, cada uno en su propia lengua. Como somos todos hermanos, tenemos un mismo Padre. Ahora, cada uno que rece el Padrenuestro en su propia lengua. Rezamos el Padrenuestro.
 [Rezo del Padrenuestro]



Y tenemos también una Madre. En nuestra propia lengua digamos el Avemaría.
 [Rezo del Avemaría]

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