lunes, 27 de abril de 2015

ORACIÓN POR LOS MINISTROS DE LA IGLESIA. Oración de Santa Catalina de Siena


ORACIÓN POR LOS MINISTROS DE LA IGLESIA. 
Oración de Santa Catalina de Siena
¡Deidad, Deidad, eterna Deidad! Confieso y no niego que eres mar de tranquilidad, donde se alimenta y nutre el alma que conforma su voluntad con tu elevada y eterna voluntad, que no desea sino nuestra santificación. Por eso, el alma que esto medita se despoja de su voluntad y se viste de la tuya.
¡Oh Amor dulcísimo! Me parece señal muy cierta de que se hallan en ti los que siguen tu voluntad a tu modo y no al suyo. El mejor indicio de que se han revestido de tu voluntad es que la buscan y no la de las criaturas racionales, y el no alegrarse de las cosas prósperas, sino de las adversas, a las que consideran ordenadas por tu voluntad, que se mueve únicamente por amor. Por eso aman las cosas como creadas por ti y a todas las juzgan buenas, y por lo tanto, dignas de amor; excepto el pecado , que no procede de ti, y , por consiguiente, no es digno de ser amado. Yo miserable entre los miserables, pequé amando el pecado.
Pequé contra el Señor; ten misericordia de mí.
Señor mío: castiga mis pecados. Purifícame, Bondad eterna, inefable Deidad. Escucha a tu sierva, no mires la multitud de mis maldades.
Te ruego que dirijas por el camino de la santísima cruz, a tu modo y no al suyo, el corazón y la voluntad de los ministros de la santa Iglesia, tu esposa. Que te sigan, Cordero degollado, pobre, humilde y manso; que sean criaturas angelicales, ángeles terrestres de esta vida, puesto que han de administrar el cuerpo y la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero Inmaculado; que no sean como los animales, porque estos no gozan de la razón y nos son dignos de ti. Reúnelos y báñalos, piedad divina en el mar tranquilo de tu bondad, de modo que, por lo inútil que esperan, no estén perdiendo más tiempo lo que tienen.
Pequé contra el Señor; ten misericordia de mí.

Escucha a tu sierva. Yo miserable, te pido que escuches mi voz que te llama. También te ruego por los hijos que has querido que yo ame con singular amor a causa de tu inestimable caridad, ¡oh suma , eterna e inefable Bondad! Amén. 

miércoles, 22 de abril de 2015

ORACIÓN PIAMARTINA POR LAS VOCACIONES


ORACIÓN PIAMARTINA POR LAS VOCACIONES 
Señor de la Mies, Pastor del rebaño, que resuene en nuestros oídos tu fuerte y suave llamado: “Ven y Sígueme”. Derrama sobre nosotros tu Espíritu Santo, que nos dé sabiduría para ver el camino, y generosidad para seguir tu voz. Padre bueno, que la mies no se pierda por falta de obreros. Haz que nuestra comunidad se abra a la misión, y despierta entre nosotros muchas y santas vocaciones. Santa María, Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, fortalece a los llamados y dónales perseverancia y generosidad. Amén.

sábado, 14 de marzo de 2015

VIA CRUCIS POR LOS SACERDOTES Y CONSAGRADOS EN EL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


VIA CRUCIS
POR LOS SACERDOTES Y CONSAGRADOS
Compuesto por los sacerdotes
de la Iglesia del Salvador de Toledo - España


OFRECIMIENTO DE OBRAS
DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN
Ven, Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con Él, por la redención del mundo.  Señor mío y Dios mío Jesucristo: Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón, y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar, con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino. Te pido en especial por el Papa y sus intenciones, nuestro Obispo y sus intenciones y nuestro párroco y sus intenciones.

PRIMERA ESTACIÓN.
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE.
Al contemplar a Cristo condenado injustamente, le presentamos a  los sacerdotes y consagrados que por diversas causas y en diferentes situaciones son perseguidos, calumniados, difamados por causa del Evangelio, llegando incluso a la tortura y el martirio. En ellos se cumplen las palabras del Maestro: “Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo." Para ellos pedimos, la fortaleza de ánimo para soportar con alegría los sufrimientos morales y físicos.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Al contemplar a Cristo condenado a muerte, queremos también reparar por aquellos sacerdotes y consagrados que son causa de escándalo y piedra de tropiezo, también por aquellos sacerdotes y consagrados que se encuentran en manos de la justicia civil por algún delito. Pedimos para ellos la conversión. R/. Kyrie, eleyson.

SEGUNDA ESTACIÓN.-  
JESÚS CARGA CON LA CRUZ.
Comienza el ascenso al Calvario, monte de salvación, y cargan a Cristo con la cruz, instrumento cruel de tortura, pero que se ha convertido en instrumento de amor. En este comienzo del ascenso, presentamos al Señor  a los sacerdotes más jóvenes y aquellos consagrados que han hecho su profesión recientemente. Se han terminado las mieles del noviazgo (noviciado) y comienza el áspero camino de la entrega diaria y el cumplimiento de las obligaciones de su estado y ministerio. Para ellos pedimos la perseverancia y la valentía para la donación de sí mismos, teniendo presentes las palabras del Maestro: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.” V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Y al ver a Cristo cargado con la cruz, queremos reparar por tantos sacerdotes y consagrados que llevados por el cansancio, el desánimo, la pereza y desidia dejan de cumplir las obligaciones que adquirieron el día de su ordenación y de su consagración, así como las de su ministerio y vida apostólica.  R/. Kyrie, eleyson.

TERCERA ESTACIÓN.-  
JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ.
Estremece contemplar a todo un Dios totalmente agotado y extenuado a ras de suelo por el peso de la cruz. Solo hay una explicación: Amor. La vocación del sacerdote y del consagrado es cuestión de amor, un amor que se realiza en la fidelidad y entrega diaria a Aquel a quién se ama. Amor que solo busca el bien del Amado. ¡Sacerdotes y consagrados enamorados del Señor! Pedimos para que nunca su amor se apague, que cada día crezca y aumente más, que aquellos que se han enfriado vuelvan al amor primero que los cautivó. Recordando siempre que “el amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.” V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Y contemplando el amor del Señor manifestado en su Pasión, reparemos por aquellos sacerdotes y consagrados que ya no aman, que se han olvidado del sentido de sus vidas, que se conforman con la mediocridad de un vida sin amor. Reparemos también por aquellos que no aspiran a la santidad, que viven abandonados en el pecado, que no frecuentan la confesión.  R/. Kyrie, eleyson.

CUARTA ESTACIÓN.-  
JESÚS ENCUENTRA A SU SANTÍSIMA MADRE.
Jesús y María: el Corazón del Hijo y el Corazón de la Madre. Dos corazones que se palpitan al mismo ritmo, que aman y buscan lo mismo, dos corazones con los mismos sentimientos, con los mismos intereses, dos corazones que se entregan e inmolan.  Presentamos al Señor a los sacerdotes y consagrados: para que sus corazones sean semejantes al de Jesús y al de María. Pedimos también por aquellos que sienten la orfandad al haber perdido a sus seres queridos, particularmente a sus padres, para que la verdad de la resurrección los conforte, recordando las palabras del Maestro: “Todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos a los Sagrados Corazones por aquellos sacerdotes y consagrados que viven apegados y dominados por los afectos humanos. Queremos reparar también por aquellos que por falta de confianza en las palabras del Señor y por las renuncias que implican se resisten a seguir la llamada al sacerdocio o la vida consagrada.  R/. Kyrie, eleyson.


QUINTA ESTACIÓN.-  
EL CIRINEO AYUDA A LLEVAR LA CRUZ.
La cruz se hace pesada para el mismo Jesús. Un hombre es obligado por la tropa a ayudarle, pero ¡cuál no sería su dicha! Recordando las palabras del Maestro: “Lo que hagáis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis”, pedimos por los sacerdotes y especialmente por tantas almas consagradas que dedican sus vidas a la obras de misericordia espirituales y corporales en colegios, centros de atención, hospitales, asilos, residencias  de forma asociada o individual y de muchas otras formas… Pedimos también por los sacerdotes que se encuentran en dificultades tanto físicas como espirituales, para que encuentren siempre ayuda por parte de sus superiores, de sus confesores y directores espirituales, así como de sus comunidades y parroquias. V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos por aquellos sacerdotes y consagrados que cegados por el egoísmo y la comodidad se hacen indolentes ante el dolor ajeno y cierran sus corazones ante las necesidades de sus hermanos. R/. Kyrie, eleyson.

SEXTA ESTACIÓN.-  
LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS.
Una mujer valiente, sin dejarse llevar por los respetos humanos, sale de entre la multitud para enjugar el rostro ensangrentado de Jesús. En esa mujer vemos la virtud de la piedad y de la delicadeza que los sacerdotes y las almas consagradas han de tener hacia el Señor y hacia sus cosas. ¡Almas piadosas y delicadas! Pedimos por los sacerdotes y consagrados que se esmeran en todo lo relativo a la celebración del oficio y de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, para dar culto a Dios de la mejor manera posible  para que no se desanimen aunque su esfuerzo no sea valorado o incluso a veces sea ridiculizado o criticado.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Y al contemplar esta estación, reparamos al Señor por aquellos sacerdotes y consagrados que creen que pueden manipular la liturgia a su gusto y antojo; reparamos también por aquellos que no respetan las normas litúrgicas y celebrativas. Queremos también reparar por aquellos que consienten y callan ante los sacrilegios, profanaciones y blasfemias contra el Señor. R/. Kyrie, eleyson.

SÉPTIMA ESTACIÓN.-  
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ.
Una nueva caída de Jesús en su ascenso al Calvario. ¡Qué frágil te has hecho, Jesús! En esta estación presentamos a los sacerdotes y consagrados que han llegado a la madurez para que a pesar de las dificultades y sufrimientos, a pesar también del propio pecado y fragilidad, sigan esforzándose en la búsqueda de la santidad fortaleciendo su unión con Jesús. Presentamos también al Señor a los sacerdotes y consagrados que se encuentran en crisis, que ha perdido el sentido de sus vidas y de su vocación, para que no sucumban ante la tentación del abandono por una vida más fácil y sin dificultades.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Queremos reparar también por aquellos sacerdotes y consagrados que de forma consciente rechazan la llamada de Dios a convertirse, por aquellos que se resisten a obedecer y que no admiten las correcciones y consejos de los superiores.  Reparamos también por aquellos que viven la vocación como una profesión civil y como un medio de vida más. R/. Kyrie, eleyson.

OCTAVA ESTACIÓN.-   
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
“No lloréis por mí, llorad más bien por vosotros y por vuestros hijos” – le dice Jesús a aquellas mujeres. Los sacerdotes y consagrados están llamados a ser colaboradores particulares de Jesús en la redención de sus hermanos mediante su vida de oración y sacrificio; no solo han de ofrecerse por sí mismos y hacer penitencia por sus pecados, sino también han de hacerlo por sus hermanos. Presentamos al Señor a los sacerdotes y consagrados para que renueven cada día su conciencia de ser corredentores con Cristo y que descubran el valor sacrificial de sus vidas entregándose a la oración y  a la penitencia.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos por sacerdotes y consagrados que viven inmersos en la sociedad del consumo y del materialismo, por aquellos que buscan afanosamente la comodidad y la vida placentera, por aquellos que son inconscientes de la responsabilidad que tienen sobre las almas. R/. Kyrie, eleyson.


NOVENA ESTACIÓN.-  
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
En esta última caída de Jesús antes de llegar al Calvario, en la que nuevamente se levanta para cumplir la voluntad del Padre, presentamos al Señor a los sacerdotes y consagrados ancianos. Ellos acumulan años de entrega, de sacrificio y de perseverancia. Pedimos por ellos para que ahora en su ancianidad vean recompensados sus trabajos y como el anciano Simeón aguarden en oración el momento de la manifestación del Señor que vendrá a buscarlos para sentarlos en las bodas eternas. Pedimos también para que se sientan valorados por su Iglesia y sus comunidades, que nunca se sientan solos y abandonados, que nunca le venza la tentación de sentirse inútiles por verse incapacitados para el trabajo apostólico.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos también por aquellos sacerdotes y consagrados que llegados a la ancianidad han perdido la fe y la esperanza, se han enfriado en la caridad, han endurecido sus corazones al amor de Cristo. R/. Kyrie, eleyson.

DECIMA ESTACIÓN.-  
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS.
Al contemplar a Jesús despojado de su túnica recordamos que la misma pureza se ha dejado desnudar para revestirnos a nosotros con el vestido de la gracia. Pedimos al Señor por los sacerdotes y consagrados para que su interior y también por su porte externo –cumpliendo la norma de la Iglesia respeto al traje eclesiástico y el hábito religioso- sean ejemplo de pureza, pudor y modestia, de desprendimiento y pobreza.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos por todos los sacerdotes y consagrados que con su forma de vestir buscan disimular su condición y privan al mundo del signo sensible de su consagración. Reparamos también por los pecados de impureza en los que puedan haber caído por descuido y debilidad. R/. Kyrie, eleyson.




UNDÉCIMA ESTACIÓN.-  
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ.
Al contemplar a Jesús que se dejó clavar por nosotros para mostrarnos su amor, para que conociésemos cuánto nos ama, presentamos a los sacerdotes y consagrados que postrados en sus camas e impedidos ofrecen su enfermedad junto con Cristo como ofrenda agradable por la salvación de los hombres. Pedimos por aquellos que tienen enfermedades terminales para que acepten los sufrimientos con espíritu de fe uniéndose a Cristo crucificado.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Ante Jesús clavado en la cruz por cumplir la voluntad del Padre, reparamos por aquellos sacerdotes y consagrados que ante la experiencia de dolor y sufrimiento se han revelado contra Dios, que no han sabido aceptar la cruz, que viven amargados y llenos de rencor. R/. Kyrie, eleyson.

DUODÉCIMA ESTACIÓN.-  
JESÚS MUERE EN LA CRUZ.
“Todo está cumplido” –dijo Jesús antes de expirar. Realizó hasta el fin la voluntad del Padre. Pedimos para que los sacerdotes y consagrados no tenga más motivación en su vida que hacer la voluntad de Dios a semejanza de Cristo Sacerdote y de la Virgen Corredentora. Presentamos al Señor también a todos los sacerdotes y consagrados que en países de misión ponen en peligro su salud y hasta la propia vida por el anuncio de la Evangelio.  V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Al contemplar la humildad del Hijo de Dios que se hizo obediente hasta la muerte, reparamos por los sacerdotes y consagrados que han abandonado su vocación por miedo a la cruz. También reparamos por  aquellos que han apostado de la fe o la han adulterado desfigurando el rostro de Cristo Crucificado. R/. Kyrie, eleyson.

DECIMO TERCERA ESTACIÓN.-  
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ.
Los brazos de María acogen el cuerpo sin vida del Hijo de Dios: un verdadero martirio para la Virgen María que nos engendró a la vida con dolor al pie de la cruz. Pedimos por los sacerdotes y consagrados para que vean en María a su Madre verdadera que los acompaña en sus caminos, que los consuela en sus soledades y abatimientos, que los fortalece en los momentos de dolor, que los mira con compasión y misericordia cuando pecan, que los lleva siempre a su Hijo. Pedimos por los sacerdotes y consagrados que moribundos se encuentran en la agonía para que sientan la paz de Dios que viene a buscarlos.    V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparamos los Corazones de Jesús y de María por aquellos sacerdotes y consagrados que –por una falsa concepción de la fe-  no aman y veneran a María como deberían, no propagan su culto, no infunden en los niños y en los jóvenes la piedad y la devoción hacia esta Madre Inmaculada, despreciando incluso sus imágenes y diferentes formas de devoción. Reparamos también por los sacerdotes, especialmente de los hospitales y de las residencias de mayores, que por respetos humanos y por miedo al rechazo no ofrecen el Sacramento de la Unción y el Santo Viático a los enfermos graves esperando a ser avisados. R/. Kyrie, eleyson.

DECIMO CUARTA ESTACIÓN.-
LA SEPULTURA DE JESÚS.
Al contemplar a Jesús puesto en el sepulcro presentamos al Señor a todos los sacerdotes y consagrados que silenciosamente, sin ruido ni artificios, sin propaganda hacen tanto bien a las almas para que el Señor los siga bendiciendo y protegiendo. Presentamos también a todos aquellos que han muerto para que el Señor los juzgue según su infinita misericordia y no se acuerde de los pecados de quienes le sirvieron en esta vida. Pedimos especialmente y que nuestra oración sirva de reparación por aquellos sacerdotes y consagrados que se encuentran en el purgatorio para que por la comunión de los santos puedan gozar pronto de la gloria de los santos.
V/. Unidos a la oración de Jesús, pedimos:
R/. Padre, Padre, hazlos santos en la verdad. Tu palabra es la verdad.
Reparemos el Corazón de Jesús, llagado por aquellos sacerdotes y consagrados que murieron en pecado sin arrepentimiento ni contrición de sus pecados, y estarán por toda la eternidad alejados del Amor de Dios.   
R/. Kyrie, eleyson.

² Para ganar la indulgencia concedida al Viacrucis. Por el Santo Padre, su persona e intenciones.  

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

miércoles, 25 de febrero de 2015

ORACIÓN A LA VIRGEN MARÍA POR LOS QUE VAN A SER ORDENADOS




 
Oh María, a quien Jesús confió sus primeros Sacerdotes en la persona de sus Apóstoles, y que tan justamente has sido llamada Reina del Clero y Madre de los Sacerdotes, a Ti vengo con confianza a recomendarte todos los levitas del Santuario que participarán en un grado cualquiera en las próximas Ordenaciones.
Disponlos a todos para recibir dignamente la gracia de la Ordenación. Llénalos del espíritu sobrenatural de desprendimiento, y del deseo de la gloria de Dios, a medida que suban las gradas del Santuario, hasta el día en que, por su Sacerdocio, sean exclusivamente consagrados a las cosas de Dios, para santificación propia y salvación de las almas. Penétralos de los sentimientos de la Santa Iglesia, su Madre, que al llamarlos a cooperar eficazmente en el seguimiento de su Divina Misión, quiere ver en ellos, desde ahora, sus hijos más queridos, sus más puros Ministros y sus auxiliares más celosos.

Dígnate, oh María, tender una mirada de la más grande ternura sobre los privilegiados del Señor, que van a ser llamados al Presbiterado; prepáralos para recibir con fervor la Unción Sacerdotal, y para asumir loas terribles responsabilidades del Sacerdocio, que sean puros, que sean santos, ellos que tendrán aquí abajo el lugar de su Divino Maestro, y deberán reflejar sus virtudes.

Que marchen siempre los primeros en la vía de la santidad a fin de que, por sus ejemplos, atraigan almas a su seguimiento. Destinados por elección divina, para ofrecer el Augusto Sacrificio del Calvario, suban ellos siempre al Altar, con las disposiciones de Jesús, el Soberano Sacerdote, enciendan por su amor, y sean siempre Sacerdotes según el Corazón de Dios.
Oh María, ama a los Sacerdotes, y comunícanos el amor que les tienes. AMÉN.

domingo, 15 de febrero de 2015

LA DIGNIDAD SACERDOTAL. Beato José Allamano


Temo que no se haga el caso debido y no se dé la debida importancia a las gracias frecuentes que el  Señor nos otorga con las órdenes sagradas. Para un país, para una comunidad es signo de predilección divina.  Cada vez que se ordena uno en un Instituto, es para mí una fiesta, un verdadero gozo del corazón. Es como una confirmación de la estabilidad de nuestro Instituto; es una gracia extraordinaria que el Señor nos concede. Es señal de que el Señor quiere bien al Instituto, quiere sostenerlo y multiplicarlo. Pero, ¿habéis reflexionado sobre esta gracia? Nosotros formamos un solo cuerpo y gozamos de una vida común; por lo mismo, todas las gracias que el Señor derrama sobre un miembro  –gracias materiales y espirituales–, las derrama sobre toda la comunidad. ¡Qué desgracia la de los países de los que no sale un sacerdote y de los Institutos que carecen de candidatos!...
Detengámonos, pues, a considerar la dignidad del sacerdocio, por la senda de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. El sacerdocio es la máxima dignidad: dignidad regia, angélica, divina.
1.  –  Dignidad regia.  Cabe parangonar al sacerdote con un rey. ¿Qué es el  rey? ¿Qué hace el rey? Gobierna a los vasallos, los rige, procura su bienestar material, ¿Y el sacerdote? Busca el bien de las almas, las defiende, las manda, no las abandona hasta la muerte. Es un rey que reina y domina sobre las almas, y, por lo tanto,  superior en dignidad a los reyes de la tierra que gobiernan los cuerpos de los súbditos, pero no pueden imponerse a los corazones. Por eso dice san Ambrosio que los sacerdotes son tanto más superiores a los reyes de la tierra cuanto el oro es superior al plomo. El sacerdote ha sido siempre considerado como un rey e incluso como superior al rey. En toda la  antigüedad hubo tal estima del sacerdocio, que los emperadores paganos trataron siempre de asumir en sus  manos el poder civil y la potestad religiosa. Y  aun en los tiempos posteriores, ¿es casualidad que los emperadores de Rusia y de Inglaterra usurparan la autoridad sacerdotal? Y esto porque se daban cuenta de la elevación y sublimidad de semejante autoridad. Consecuencia: tener un sentimiento adecuado a  nuestra dignidad sin ensoberbecerse, pues no es cosa nuestra.
2. –  Dignidad angélica. Está escrito en Malaquías: Los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia  y en su boca buscarán la ley, porque él es el ángel  del Señor de los ejércitos (Ml 2, 7). Su dignidad es, por tanto, angélica. Como de hecho los ángeles están destinados a ejecutar la voluntad de Dios junto a los hombres, así también los sacerdotes son mediadores entre los hombres y Dios. San Pablo dice: Nosotros somos... embajadores de Cristo (2 Co 5, 20). El sacerdote es también más que un ángel, porque le han sido encomendados más altos ministerios en el cielo y en la tierra. Tales son los poderes de consagrar y de absolver. ¿Hay ángel que pueda celebrar la misa? El ángel, además, no puede absolver ni siquiera un pecado venial. Decía san Francisco de Asís que, si se encontrara en el camino con un ángel y un sacerdote, primero reverenciaría al sacerdote y luego al ángel. En el  Apocalipsis está escrito que, habiéndose encontrado san Juan con un  ángel, quiso arrodillarse para adorarlo, pero el ángel no se lo permitió y le dijo: Cuídate de hacerlo; soy consiervo tuyo (Ap 19, 10).
3.  –  Dignidad divina.  San Clemente dice claramente que el sacerdote viene inmediatamente después  de Dios y es como un Dios en la tierra: Después de Dios, el Dios terrenal. San Dionisio Areopagita afirma  que la dignidad sacerdotal es más divina que angélica. Es dignidad divina, porque participa del poder de Dios.Las turbas se preguntaban ya en aquel entonces:  ¿Quién sino solo Dios puede perdonar los pecados?  (Mc 2, 7). Cuando Nuestro Señor preguntó a los Apóstoles: «¿Quién dice la gente que es el hijo del  hombre?» (Mt 16, 13), ellos le respondieron que algunos lo consideraban como Elías, otros le tomaban por  Juan Bautista,  etc. Entonces replicó el Señor: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Mirad: les separó del  resto de los hombres. Así lo hace notar san Jerónimo, y dice: «Jesús separa a los Apóstoles de los demás;  éstos eran simples fieles, en cambio los Apóstoles eran sus ministros, sus representantes. Cuando el sacerdote absuelve, dice: «Yo te absuelvo...». Cuando consagra, dice: «Esto es mi cuerpo...». El sacerdote ya no es él. Nuestro Señor se ha incorporado en él. Vosotros veis al sacerdote y debéis decir: «Es nuestro Señor  bajo la forma de tal o cual sacerdote». El sacerdote tiene, pues, una autoridad regia, angélica, divina. Los escritos de los Santos Padres están rebosantes de textos relativos a la dignidad del sacerdote. Cuando veáis pasar junto a vosotros a un sacerdote, pensad estas cosas. A los ojos de la fe son otro Cristo, merecedores, por lo mismo, de sumo respeto y veneración.Por desgracia el mundo no aprecia la dignidad sacerdotal, y hasta en algunas comunidades no se la estima suficientemente. Es preciso, al menos, que nosotros la conozcamos a fondo, de otro modo no podremos estimarla convenientemente. Quien no estima en los demás la propia dignidad, no sabrá tampoco estimarla en sí mismo. Dice san Ambrosio que es sumamente conveniente que la dignidad del  sacerdote la reconozcamos primero nosotros para poder conservarla en nosotros.
Entre los sacerdotes no todos son santos, los hay por desgracia que son tibios. Si desdichadamente un sacerdote perdiera la cabeza, la celebración de la misa vale lo mismo, así como la absolución. Respetemos, pues, el carácter sacerdotal, aunque no vaya acompañado de todo el cortejo de virtudes que debiera acompañarle. Sepamos distinguir las miserias humanas de lo que es el carácter y de la dignidad sacerdotales. Nadie puede eliminar el carácter sacerdotal. Este carácter será su gloria en el paraíso o su mayor condena en el infierno. El emperador Constantino decía: «Si veis pecar a un sacerdote, en vez de correr a divulgar su falta, cubridla con mi manto real». Y nosotros la cubriremos con el manto de la caridad y rezaremos. Otra consecuencia a inferir de cuanto venimos diciendo es la de prepararos con todo el ánimo para ser un día menos indignos de tan sublime dignidad. San Francisco de Asís permaneció diácono durante toda su vida. Sus frailes querían que recibiese el presbiterado; pero se le presentó un ángel con un vaso de agua transparente, nítida, y le dijo: «Si eres tan límpido como esta agua, ¡adelante!» San Francisco se aterró y se quedó en el diaconado. A la dignidad sacerdotal debe, en efecto, corresponder la santidad proporcionada.
En el Antiguo Testamento el sacerdote llevaba escrito en la frente:  Santo para el Señor, para que se acordase de ser santo (Ex 28, 36-37). En los primeros siglos, la iglesia no admitía al sacerdocio a los que, después del bautismo, hubieran cometido públicamente una falta grave, y deponía para siempre a quienes hubiesen incurrido en culpa grave después de la ordenación. El Concilio de Nicea decía:  Los que no son santos, no deben tratar cosas santas. El que no es santo, no debe tratar las cosas santas. Si más tarde admitió también a los pecadores, no lo hizo sin someterlos primero a una larga y dura penitencia.La santidad sacerdotal es como una ciencia y un arte, que normalmente no se logran sino mediante un largo noviciado, mediante un esmerado aprendizaje. Es cierto que el carácter lo imprime la ordenación, pero, si uno trata de prepararse a tiempo, ya desde que es seminarista, el día de la ordenación resultará colmado y recibirá las bendiciones de David, no las de Saúl. Desde luego, siempre habrá que decir: «No soy digno»,

pero es el Señor quien se ha complacido en elevarnos a tan alta dignidad. Él es quien  levanta de la tierra al miserable y del polvo iza al pobre (Ps 112, 7). Trochon, que es  un buen autor, dice, hablando de los requisitos del sacerdote, que el sacerdote y el candidato a sacerdote debe evitar las culpas, incluso las más leves, que en él serían graves; evitar también la apariencia del mal para ser verdaderamente luz y sal de la tierra; estar dispuesto a hacer toda especie de bien, sea todo el bien que Dios pide de él; afanarse por ser virtuoso en grado heroico, sin temor de caer en exceso.

domingo, 8 de febrero de 2015

VALOR DEL BUEN EJEMPLO DEL CLERO. Beato Pío IX


Pero, para apartar al pueblo de las asechanzas de los impíos, para mantenerlo en la profesión de la Religión católica, e inducirlo a practicar las verdaderas virtudes, es de gran valor, como sabéis, el ejemplo y la vida de aquellos que se han consagrado al sagrado ministerio. Mas, ¡oh dolor! se ven en Italia algunos eclesiásticos, pocos es verdad, que pasándose al campo de los enemigos de la Iglesia, les han servido de poderosa ayuda para engañar a los fieles. Pero para vosotros, Venerables Hermanos, la caída de éstos ha sido un estímulo para que, con renovado empeño, día a día, veléis por la disciplina del Clero. Y ahora, deseando prevenir el futuro, según es Nuestro deber, no podemos dejar de recomendaros nuevamente, lo que en Nuestra primera Carta Encíclica[25] a los Obispos de todo el orbe os inculcamos, a saber: que no impongáis jamás precipitadamente las manos a nadie[26], antes bien uséis de toda diligencia en la selección de la milicia eclesiástica. Es necesario practicar una larga y minuciosa investigación y prueba sobre todo en aquellos que deseen recibir las sagradas órdenes; si son de tal modo recomendables por su ciencia, por la gravedad de sus costumbres y por su celo del culto divino, que se pueda abrigar la esperanza cierta de que podrán ser como lámparas ardientes en la casa del Señor, por su buena conducta y por sus obras y han de reportar a vuestra grey edificación y utilidad espiritual.

martes, 3 de febrero de 2015

LOS SACERDOTES Y LAS REVELACIONES DE LA BEATA ISABEL CANORI


"De repente, dice, le fue mostrado el mundo. Lo veía todo en revolución, sin orden ni justicia. Los siete vicios capitales (soberbia, lujuria, ira, envidia, pereza, guía y avaricia) eran llevados en triunfo, y por todas partes se veía reinar la injusticia

El fraude, el libertinaje y toda clase de iniquidades. Vio también Sacerdotes despreciando la Santa Ley de Dios y cómo se cubría el Cielo de nubes negras; se levantaba un tremendo huracán y en el mayor desconcierto se mataban los hombres unos a otros.

En castigo de los soberbios que con impía presunción intentaban demoler la Iglesia desde los cimientos, permitía Dios a los poderes de las tinieblas abandonar los abismos del infierno...ʼʼ
 

Isabel Canori-Mora nació en Roma, en 1774, de familia de noble linaje. A los veintidós años contrajo matrimonio con el doctor Mora, del que tuvo numerosos hijos. Después de la maduración de su santidad heroica en el crisol purificador del sufrimiento, recibió de Nuestro Señor gracias innumerables, como el don de la transverberación del corazón, ilustraciones grandiosas sobre el porvenir de la Iglesia y los terribles combates que tendrá que sostener contra el poder de las tinieblas en los últimos tiempos. 

Bajo la representación de CINCO ÁRBOLES FATÍDICOS que infectan la TIERRA, se le dio a entender los CINCO GRANDES ERRORES de los tiempos modernos y los terribles castigos que se ciernen sobre la HUMANIDAD. (Estos errores parecen ser, según algunos comentaristas, el PANTEÍSMO,  RACIONALISMO, INDIFERENTISMO, MODERNISMO Y COMUNISMO.) “Estos cinco árboles representan -le dice el Señor- las cinco herejías modernas que infestan al mundo en nuestros tiempos en oposición enteramente al Santo Evangelio y que buscan su destrucción. Estos árboles, con sus venenosas raíces, dan vigor a todas aquellas plantas que se desarrollan en la floresta. Estas plantas perniciosas representan la esterilidad digna de llanto de innumerables pobres almas que por la depravación de sus conciencias pueden decirse sin FE y sin RELIGIÓN… Trastornadas y entregadas a las falsas máximas de la filosofía moderna, conculcan la Ley santa de Dios y sus divinos preceptos. Estas plantas son consideradas por el DIVINO DUEÑO no sólo como estériles sino como nocivas y perversas, dignas de se arrojadas al fuego eterno.”

Otra vez vio cuatro árboles de BENDICIÓN, debajo de los cuales se cobijaban los hombres que se mantenían fieles a la ley de Jesucristo y de entre los sacerdotes seculares a los que habían seguido siendo fieles, separándoles de los otros que iban en pos de las máximas de la filosofía moderna , despreciando la santa LEY DE DIOS. A los que se mantenían en el espíritu y amor de Jesucristo los veía bajo el símbolo de blancas ovejitas conducidas por San Pedro a la sombra del misterioso ramaje. De repente se cubría el cielo de un tétrico tenebroso azul que causaba espanto el sólo contemplarlo. Se desencadenaba entonces sobre la tierra un furioso vendaval que, con su agudo y terrorífico silbido, se dejaba sentir en el aire, como tremendo rugido de feroz león, cuyo eco hacía retumbar el universo. Vio entonces también una inmensa legión de demonios que, como ministros de la justicia divina, corrían de una parte a otra, reduciendo a ruinas palacios y villas, destruyendo aldeas, ciudades y provincias enteras y haciendo cruel escarmiento en una multitud de hombres que eran sometidos a una muerte cruel. 

El 15 de octubre de 1818 tuvo otra terrible visión: “De repente me fue mostrado el mundo.” “Lo veía todo en revolución, sin orden ni justicia. Los SIETE PECADOS CAPITALES eran llevados en triunfo, y por todas partes se veía reinar la injusticia, el fraude, el libertinaje de toda suerte de iniquidades. El pueblo estaba mal formado, sin fe y sin caridad. Todos estaban sumergidos en la crápula (vicios) y en las perversas máximas de la filosofía moderna. Observaba que tenían más fisonomía de bestias que de hombres, de tal modo los tenía el vicio desfigurados.”

Y en otra visión vio “a los miserables que cada día con mayor orgullo y desfachatez de palabra y de obra, con incredulidad y apostasía, van pisoteando la santa RELIGIÓN y la DIVINA LEY. Se sirven de las palabras de la SAGRADA ESCRITURA y del EVANGELIO, corrompiendo su verdadero sentido, para respaldar así sus perversas intenciones y sus torcidos principios”. (Parece que la vidente no puede puntualizar con mayor claridad y precisión el desorden y la desorientación en que nos debatimos en la actualidad.)

El Señor quiso consolar a su sierva con la seguridad del triunfo de la Iglesia, diciéndole en 1821: “Voy a renovar a mi pueblo y a mi Iglesia, voy a enviar celosos sacerdotes que derramaran mi espíritu para renovar la faz de la tierra. Voy a reformar las Ordenes por medio de hombres santos y sabios. Voy a dar a mi Iglesia un nuevo Pastor que, lleno de mi espíritu y animado de mi celo, ha de guiar mi grey".

Y, por último, le certificó que tal obra no tardaría DOSCIENTOS AÑOS en llevarse a feliz término, como ella pensaba, sino que el Señor abreviará ese tiempo en gracia a la oración y penitencia de los hombres: “El tiempo está en mis manos… Ora y mortifícate…, que el tiempo no está tan lejos como tú crees.” Murió la sierva de Dios llena de merecimientos y suspirando por el TRIUNFO DE LA IGLESIA el día 5 de febrero de 1825. Es, por lo tanto, natural que la VERDADERA PAZ NO VENDRÁ SOBRE EL MUNDO hasta que no se hayan desarraigado los CINCO ÁRBOLES FATÍDICOS que infestan el bosque y que, como hemos indicado anteriormente, son, según la opinión del Cardenal SALOTTI, el NACIONALISMO, LIBERALISMO, MASONERIA, MODERNISMO Y COMUNISMO.

A continuación declara la Venerable Isabel Canori que no podía revelar los detalles de esta REFORMA GENERAL, que El le dio a conocer, por habérselo PROHIBIDO EL SEÑOR: “Lo único que sí puedo decir, es que no se realizará esta gran obra sin un profundo trastorno de todo el mundo, de todas las poblaciones, incluso de todo el clero secular y regular, de todas las corporaciones religiosas de uno y otro sexo; debiendo todos ser reformadas según el espíritu del Señor y los dictados de las primitivas reglas de sus santos fundadores”.

DIOS se servirá de la OSCURIDAD para castigar a los IMPIOS. A una señal de su Mano Poderosa, El castigará a todos los BLASFEMOS. Permitirá que estos HIPOCRITAS sean castigados por la crueldad de los mismos demonios: “En seguida una claridad deslumbradora se extenderá sobre la tierra, como señal de la reconciliación de Dios y los hombres. La iglesia será totalmente renovada y los hogares cristianos parecerán conventos; tan grande será la renovación de los hombres." ¡Luego esa transformación de la Iglesia y renovación de la sociedad tendrá lugar después de 1921 y antes del 2021!
(Todas estas manifestaciones y otras muchas referentes a estos temas las encontrará el lector en la “Vida de la Venerable”, por Monseñor Antonio Pagani, o en la de Fray Pedro de Santa Teresa, Provincial de los Trinitarios (1919), sacados de los procesos de Beatificación. Cf. López Galúa, páginas 45-53: “Futura grandeza de España”. “Los Estigmatizados”, Johannes María Hocht, Madrid, 1954, páginas 193-99.)

viernes, 30 de enero de 2015

Textos de San Juan Bosco, sobre el sacerdocio


Textos de Don Bosco, sobre el sacerdocio
(Palabras de Mamá Margarita cuando Juan Bosco entra en el seminario y se le impone la sotana) “Ya has vestido la sotana de sacerdote. Sin embargo, acuérdate de que el hábito no hace al monje. Si alguna vez llegas a dudar de tu vocación, ¡por amor de Dios!, no la deshonres; quítatela, pues prefiero tener un hijo campesino antes que un sacerdote negligente”.
(Palabras oídas a los quince años del labios del clérigo Cafasso): “Quien abraza el estado eclesiástico se entrega al Señor, y nada de cuanto tuvo en el mundo debe preocuparle, sino aquello que puede servir para gloria de Dios y provecho de las almas”.
“El sacerdocio es «el estado más hermoso y más noble que pueda existir en la tierra… La vocación al estado eclesiástico es un don de Dios, el don más grande que Dios puede hacer… Reconozco el favor incalculable de ser llamado por el Señor a su divino servicio…¡Qué contento estoy de ser sacerdote”.
“Las virtudes que más insistentemente deben tener los sacerdotes son la fe y la caridad, el celo apostólico y la laboriosidad, la oración acompañada de la práctica de los sacramentos y la vida interior, la castidad y la pobreza, la humildad y la templanza, el estudio y la mortificación, la pureza de intención y la devoción a María”.
«Ser sacerdote quiere decir tener continuamente la obligación de mirar por los intereses de Dios y por la salvación de las almas. Sacerdote quiere decir ministro de Dios y no negociante. El sacerdote debe trabajar por la salvación de muchas almas y no en pensar que marchen bien sus asuntos temporales”.
“Hacerse sacerdote quiere decir renunciar a los placeres terrenos, a las riquezas, a los honores del mundo, a los cargos brillantes; estar pronto para soportar desprecios por parte de los malos y dispuesto a hacerlo todo, a soportarlo todo para promover la gloria de Dios, ganarse alma y, en primer lugar, salvar la propia”.
“El sacerdote ni se salva ni se condena solo. El sacerdote no va solo al cielo ni va solo al infierno. Si obra bien, irá al cielo con las almas que salve con su buen ejemplo. Si obra mal, y da escándalo, irá a la perdición con las almas condenadas por su escándalo”.
“Mira, amigo mío, un sacerdote fiel a su vocación es un ángel; y quien no es así, ¿qué resulta? Se convierte en objeto de compasión y de desprecio para el mundo”.
“Lo que quiero, y en lo que insisto e insistiré mientras tenga aliento y voz, es que el que se hace clérigo sea un clérigo santo y el que se hace sacerdote sea un sacerdote santo. Que el que quiere tener parte en la herencia del Señor abrazando el estado eclesiástico, no se enrede en asuntos mundanos, sino que atienda solamente a la salvación de las almas. Esto pido: que todos, especialmente el eclesiástico, sean luz que ilumine a todos los que los rodean y no tinieblas que engañen a quien las sigue”.
“El que se hace sacerdote solamente debe buscar almas para Dios… Cada palabra del sacerdote debe ser sal de vida eterna, en todo lugar y con cualquier persona. Quien se acerca a un sacerdote debe sacar siempre de su trato alguna verdad que sea de provecho para su alma”..

martes, 27 de enero de 2015

LA VIRGEN MARÍA , MADRE DE LOS SACERDOTES. Beato Columba Marmión


Puede decirse, en términos generales, que la devoción del sacerdote a la Santísima Virgen consiste en comportarse con ella de la misma manera que lo hizo Jesucristo.
¿Cuál debe ser la práctica fundamental de nuestra devoción?
La Santísima Trinidad eligió libérrimamente a Nuestra Señora para que fuese la madre de Jesucristo. También nosotros podemos imitar esta santa elección divina consagrándonos a ella. Debemos ofrecer a María espontáneamente nuestra persona y nuestra vida, y esta práctica fundamental de la devoción mariana la debemos renovar con mucha frecuencia, por ejemplo, después de la Misa, ofreciéndonos a nuestra Madre y rogándola que vele sobre nosotros como veló sobre su Hijo.
Debemos, también, honrar a María con algunas prácticas especiales de piedad. No es que yo quiera sobrecargaros con demasiados ejercicios. Las devociones son como las flores de un jardín, que se van cortando una a una para formar un ramillete.
¿No es verdad que haríamos una cosa agradabilísima a la Santísima Virgen si cada día pusiéramos especial empeño en guardar escrupulosamente una prescripción litúrgica con la intención de honrar con ello a nuestra Madre? Así, por ejemplo, al decir el Communicantes en la santa Misa, las rúbricas nos mandan que hagamos una inclinación de cabeza al pronunciar el nombre de María; pues hagamos esta inclinación con todo respeto y amor. Tengamos también especial cuidado en decir con espíritu de piedad el Avemaría, que tantas veces repetimos al rezar el oficio divino, y lo mismo cabe decir del himno mariano que solemos rezar al fin del oficio.
Cuando la liturgia celebra las fiestas de la Bienaventurada Madre de Jesús, formemos explícitamente la intención de ofrecer el oficio divino y la Misa en honor de María y agradezcamos al Señor por «haber hecho maravillas en ella» (Lc., I, 49). Una de las más elevadas formas de amor divino es el admirar las perfecciones de Dios, complaciéndose en exaltarlas. Pues lo mismo puede decirse del amor a Nuestra Señora: el gozarse de sus privilegios, de la plenitud de su gracia y de la belleza incomparable de su santidad, bendiciendo por ello al Señor, es un hermoso homenaje de amor. Y cada una de las fiestas que la liturgia ha instituido en honor de la Virgen es un maravilloso cántico, en el que se exaltan todos estos privilegios.
Por lo que respecta a la devoción del rosario, hay algunos temperamentos que la menosprecian, diciendo que es una devoción propia de niños o de sencillas mujeres. Pero, ¿no fue, por ventura, el mismo Jesucristo quien dijo que para entrar en el cielo debemos ser humildes como los niños? (Mt., XVIII, 3).
Os voy a proponer una comparación que os ayudará a comprender la eficacia del santo rosario. ¿Os acordáis de la historia de David cuando derrotó a Goliat? ¿De qué se valió el joven israelita para derribar al gigante? De su honda, con la que le lanzó un guijarro que le dio en mitad de la frente. Si el filisteo es el representante de todas las potencias del mal, la herejía, el orgullo, la impureza…, las piedras de la honda, que son capaces de derribar al enemigo, son el símbolo de las Avemarías del rosario. Los caminos de Dios son completamente distintos de los nuestros. Solemos creer que para producir grandes efectos hay que emplear poderosos medios. Pero los criterios de Dios son completamente contrarios a los nuestros y se complace en emplear para sus obras los instrumentos más débiles: Infirma mundi elegit ut confundat fortia (I Cor., I, 27).
¿De dónde le viene al rosario su eficacia?
Ante todo, de las oraciones tan sublimes que lo forman. El Padrenuestro lo recibimos de labios de nuestro Señor Jesucristo como un trasunto del amor y de la santidad del Padre celestial; el Avemaría nos vino del cielo cuando el arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora. Y la Iglesia, que conoce perfectamente las necesidades de sus hijos, ha añadido una plegaria, que nos hace repetir ciento cincuenta veces, para pedir a la Santísima Virgen que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. ¿Hay, acaso, aún para los sacerdotes, petición que sea más oportuna y conveniente que ésta?
Además, la recitación del rosario nos trae al recuerdo los misterios más principales de nuestra redención. Aunque ya os lo he dicho en otras ocasiones, no está de más que os repita en este lugar que, de todos los pasos de la vida de Cristo, se desprende como una virtud de la que nos beneficiamos siempre que meditamos en las escenas del Evangelio. Esta devoción del rosario, hace que tributemos al Señor, por mediación de María, el homenaje de una consideración amorosa, al paso que vamos recorriendo los misterios de su infancia, los de su pasión y los de su triunfo glorioso y contribuye, por lo mismo, a que desciendan sobre nosotros con gran abundancia los auxilios divinos.
Añádase a esto que en todas y cada una de las acciones de la Santísima Virgen, tan sencillas y tan generosas, encontramos magníficos ejemplos de virtudes que imitar, al mismo tiempo que grandes motivos de esperanza, de caridad y de alegría.
Veamos, por ejemplo, el primer misterio: la Anunciación. ¿Hay algo más estimulante y provechoso que contemplar a la Virgen dialogando con el ángel? También nosotros saludamos a María, llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres. Dice San Juan, a propósito de la encarnación: «el Verbo habitó entre nosotros», in nobis. Cuando contemplamos este sublime misterio, podemos acomodar el texto del evangelista, y decir: Verbum habitat in illa: «El Verbo habita en María», y reside en su seno virginal como Hijo suyo concebido por el Espíritu Santo.
Es un motivo de gran consuelo saber que nuestro Salvador, al entrar en el mundo, encontró un corazón como el de su madre, que le estuvo enteramente consagrado. Es verdad que Jesús vive también en cada uno de nosotros, pero nuestros pecados impiden que su vida alcance el debido desarrollo. Aún en las almas santas, su reinado se ve entorpecido por las imperfecciones a que están sujetas. Pero en María no ocurría así, porque le estaba enteramente consagrada hasta el punto de que no vivía sino de su amor: por eso el ángel la llamó gratia plena. Pidámosle, pues, que nos dé a este Cristo que ella concibió para nosotros.
En el misterio de la Visitación admiramos la caridad de la Virgen. La avanzada edad de Isabel y la proximidad del nacimiento de San Juan Bautista reclamaban la presencia de María en casa de su prima. La Virgen se trasladó allí «con diligencia»: Abiit… cum festinatione (Lc., I, 39), y apenas entró en la casa, Isabel, movida por el Espíritu Santo, la saludó con esta exclamación: «Bendita tú entre las mujeres», y añadió: «Dichosa tú que has creído. Porque, siguiendo una conducta completamente distinta a la de mi marido, que dudaba en dar fe a las palabras del ángel, tú has creído inmediatamente la maravillosa embajada que te trajo el arcángel San Gabriel».
La Virgen, al oír esto, prorrumpió en un cántico de agradecimiento al Señor: «Ha mirado la humildad de su sierva… Ha hecho en mí maravillas…» Las fórmulas del Magnificat están tomadas de diversos lugares de la Biblia y la Virgen las hizo suyas para poder expresar mejor los sentimientos de reconocimiento y de alegría que desbordaban su corazón. Todo el mundo interior de María –su humildad, su santa admiración, su amor– se revelan en estos admirables versículos. El espíritu de Jesús, que llenaba su alma, es el que le inspiró estas expresiones.
La Iglesia ha elegido sabiamente este himno para que lo cantemos nosotros todos los días en Vísperas, enseñándonos a alabar al Señor con los mismos acentos que su Madre
De forma parecida podemos meditar los demás misterios que recordamos en el santo rosario. Si nuestra alma llegara a impregnarse de los sublimes misterios que evocamos al practicar esta devoción, encontraríamos una facilidad mucho mayor para nuestra oración.
Nos quejamos, a veces, de que al hacer la meditación nos encontramos vacíos de ideas. Nada tiene esto de extraño si no procuramos que nuestra alma se alimente de santos pensamientos.
¿No se podría afirmar que, si alguno no tiene aprecio a la devoción del santo rosario, es ordinariamente señal de que no se ha esforzado durante algún tiempo en recitarlo con la debida piedad?
No faltan quienes piensan que se pueden desgranar las cuentas del rosario sin prestar la menor atención a lo que dicen. Y están en un lamentable error, porque en toda oración, para que merezca el nombre de tal, hay que fijar la atención o en las palabras que recitamos o en Aquél a quien nos dirigimos.
Cuando el alma llega a penetrar el espíritu de la devoción del rosario, encuentra en su práctica las mayores delicias. San Alfonso María de Ligorio, durante su última enfermedad, no lo soltaba de la mano. Un día que el Hermano de su Congregación que le cuidaba estaba impaciente para llevarle a la mesa y servirle la comida, cuanto todavía no había terminado las Avemarías de la decena que estaba rezando, le repuso el santo: «Espere un momento, porque un Avemaría vale más que todas las comidas del mundo». Otro día que el Hermano le dijo: «Pero, Monseñor, ya habéis rezado el rosario y no es cosa de repetirlo diez veces», le respondió el santo: «Ignoráis, acaso, que mi salvación depende de esta devoción?».
¿No os habéis encontrado con sencillas ancianitas que lo rezan siempre con gran fervor? Pues haced cuanto está de vuestra parte para imitar su ejemplo. Humillaos a los pies de Jesús, porque nada hay mejor que hacerse niño cuando nos encontramos en presencia de un Dios tan grande.
Además de honrarla con el santo rosario, debemos guardar un recuerdo permanente y filial de Nuestra Señora. ¿No es, acaso, verdad que todo buen hijo se complace en recordar todo lo que en otro tiempo hizo su madre por él y cómo aún ahora viene en su ayuda en los trances difíciles de la vida? No olvidemos en nuestras predicaciones el hablar con frecuencia de la Virgen María, que es Madre de Jesús y Madre nuestra.
Fuera de las prácticas de piedad, debemos, también, mostrarnos filialmente obedientes a Nuestra Señora en todo el curso de la vida.
¿Pero es que María nos manda alguna cosa para que podamos decir que debemos obedecerla?
La respuesta a esta importante pregunta nos la da el mismo Evangelio. En las bodas de Caná, María dijo a los criados, señalándoles a Jesús: «Haced lo que Él os dijere» (Jo., II, 5). ¿No es verdad que también a nosotros nos dice lo mismo? ¿Queremos agradar a Nuestra Señora? Pues imitemos a los criados de Caná. Jesús les habla y ellos escuchan lo que les dice y hacen lo que les manda. Jesús les ordena que llenen de agua las vasijas destinadas a la purificación de los judíos y ellos ejecutan la orden, a pesar de que parecía que aquello no conducía a nada.
Pues lo mismo puede decirse de nosotros, ya que obedeceremos a María si nos sometemos en todo a Jesús, atendiendo a lo que nos dice y siguiendo sus ejemplos; y conformando nuestra conducta a las normas que recibimos de los que hacen sus veces. Lo que más ambiciona su corazón es que nosotros seamos discípulos fieles y ministros celosos de Jesucristo, animados de las mismas disposiciones interiores que tenía Jesús para con su Padre, para con los hombres y para con ella misma. Tal es nuestra mejor devoción a nuestra Madre celestial.
Debemos también confiar en la ayuda de la Virgen María para que podamos celebrar dignamente nuestra Misa. Aunque no había recibido la dignidad del sacerdocio, con todo, al pie de la cruz, tomó más parte que nadie en el sacrificio de su Hijo. Se unió a Él con todo el afecto de que era capaz su corazón, hasta el punto de que no hubiera sido posible separar su dolor, su ofrenda, su aceptación y su inmolación de las de Jesús.
¿No podemos, acaso, afirmar de su «compasión» en el Calvario, lo mismo que dijo Jesús de su propia pasión: que aquélla fue «su hora» por excelencia?
¿Quién podría enseñarnos mejor que ella cuáles son los sentimientos que Jesucristo quiere encontrar en el corazón del sacerdote cuando celebra los santos misterios? Si no contamos con una gracia especial, no debemos intentar gozar durante la santa Misa de una unión continua y sentida con la Santísima Virgen, porque se trata de un favor excepcional que Dios no lo concede a todos los sacerdotes. Pero haremos muy bien si, antes de subir las gradas del altar, nos acogemos a la protección de la Santísima Virgen. Y esta práctica filial es una de las más recomendables. Para ello, podemos servirnos de la siguiente oración, que fue aprobada por León XIII: «Oh Madre de piedad y de misericordia…, te ruego que así como asististe a tu Hijo amadísimo cuando estaba pendiente de la cruz, así también te dignes asistir clemente a mí, pobre pecador, y a todos los sacerdotes que aquí y en toda la Iglesia van a ofrecer hoy el divino sacrificio; para que, ayudados de tu favor, podamos ofrecer una hostia digna y aceptable ante la soberana e indivisible Trinidad».
Antes de terminar, sólo me queda por recordaros que Jesús, momentos antes de exhalar su último suspiro, confió su madre a San Juan. En aquel momento solemne, Jesús hizo a su discípulo amado el más rico de sus legados.
Ahora bien, ¿cuál fue la conducta que siguió aquel apóstol, aquel sacerdote a quien Jesús confió el cuidado de su Madre? Como buen hijo, desde aquel momento, el discípulo «la tuvo en su casa»: Accepit eam in sua (Jo., XIX, 27).
Recibamos también nosotros a María en nuestra casa como todo buen hijo recibe a su madre; vivamos con ella, es decir, asociémosla a nuestros trabajos, a nuestras penas y a nuestras alegrías.
¿No es, por ventura, verdad que ella desea más que nadie ayudarnos para que lleguemos a ser sacerdotes santos y a reproducir en nuestras almas las virtudes de Jesús?

lunes, 19 de enero de 2015

TEXTOS SOBRE EL SACERDOCIO. Beato Marcelo Spínola

Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén 
que en el Año Sacerdotal nos envío la totalidad de estos textos. 

La Persona de Cristo
- 1 -

            Su exterior;  es el más bello de los hijos de los hombres; sus pensamientos, son todos grandes, nobles, elevados. Sus efectos son puros, santos. Sus virtudes, las posee todas en grado sumo, exentas de exageraciones; sus designios son sublimes, nadie los concibió semejantes; sus obras son grandiosas «pertransiit bene­faciendo... sanando omnes.»

- 2 –

            La conducta de Cristo con sus Sacerdotes. No es un caudillo que huya de sus compañeros de armas; anda entre ellos. No es duro y áspero, al contrario, su trato no puede ser más afectuoso y dulce. No es egoísta; la caridad es su carácter distintivo. Toma para sí lo más arduo y difícil y deja para los otros lo más llano y hacedero. No es variable; siempre el mismo. No hay para Él acepción de personas: accesible a todos. No es reservado, descubre sus secretos. Hermoso es servir bajo tal caudillo.

- 3 -
El estipendio

            Paz... Gozo en el Espíritu Santo... Fortaleza para resistir. Valor para acometer... Paralelo entre el mundo y sus sacerdotes, y Jesu­cristo y los suyos.
            Reinado sobre los demás. El mundo a sus plantas, los corazo­nes en su derredor, las almas a sus órdenes.
                                                                                                          F.33,   p. 42
257.- El celo sacerdotal

            Clara muestra nos dio Cristo de ese celo durante su vida terrestre, pues desde el pesebre hasta la Cruz no cesó de ocuparse de nuestro bien, dedicándonos sus pensamientos, su palabra, sus milagros, sus oraciones, sus sacrificios y su existencia toda.
            [...] El celo del Corazón de Jesús por las almas es idéntico siem­pre, siempre el mismo, activo, generoso, ardiente, constante, inago­table.
            Jesucristo, sin embargo, por una maravillosa condescendencia y bondad de su Corazón divino, ha querido que los hombres sean cola­boradores de su celo Altísimo ministerio estamos llamados a desempeñar los que en la milicia clerical nos hemos alistado, y sin caer en monstruoso yerro, no podríamos pasar en el ocio una vida, destinada al trabajo.
            [...] Operarios evangélicos apellidó Jesucristo y ha apellidado siem­pre la Iglesia a sus ministros, y sería enorme contrasentido titulándonos así, nada hacer en la viña del Señor, que son las almas. Yo, decía el Salvador a sus Apóstoles y en ellos a todos los sacerdotes, yo os elegí, no a mí vosotros, y os he elevado a los puestos en que estáis colocados, para que marchéis y recojáis frutos duraderos; palabras que nos revelan cuan ajena cosa es al ministerio eclesiástico la vida de reposo y de inacción; de lo cual ni aún sombra de duda puede quedarnos, cuando oímos a San Pablo explicar con su lenguaje propio la misión augusta de los que de la potestad sacerdotal se hallan adornados: «Todo Pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es constituido cuando a lo que a Dios pertenece, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados; pudiendo compadecerse de los que ignoran y yerran, toda vez que de flaqueza se halla él mismo cercado».
            No es, pues, obra de supererogación en nosotros el trabajar por nuestros hermanos, sino antes cumplimiento de un apretadísimo deber, del que habremos de dar cuenta a Dios en su día.
                                                                                              Past. 11-9-1888
258.- Grandeza del sacerdocio
Jesucristo no es un mito, un ente lejos de nosotros; vive y difunde la vida por todas partes. Le oímos hablar, y su palabra obra maravillas, despierta, ilumina, enseña, consuela. Presenciamos sus prodigios, porque realiza milagros : leprosos, enfermos, ciegos, paralíticos, muertos Está entre nosotros oculto, envuelto en manto de misterios, pero vivo y colmando de ventura a los que le invocan.
Vive Jesucristo y esparce y siembra vida. ¿ Cómo y por qué? Hay una institución, hoy perseguida, en las épocas de fe respetada y amada, el sacerdocio católico. En los labios del sacerdote encarna la palabra de Cristo; por eso sube al púlpito y hace lo que Antonio de Papua, lo que Vicente Ferrer, lo que Francisco Javier, lo que Francisco Solano, lo que Diego de Cádiz, lo que nuestros misioneros en los pueblos que evangelizan.
En las manos del sacerdote se deposita la virtud de Cristo, por eso las extiende; da vida a los que estaban muertos; las impone; resucita, absolviendo de los pecados.
Recibe estos poderes el sacerdote mediante el sacramento del Orden; Jesucristo le infunde su vida, con lo cual el sacerdote habla palabras de Cristo, hace obras de Cristo, que son obras de vida, y nace Cristo entre nosotros viviendo vida nueva, pero vida vivificante.
¡ Oh grandeza del  orden que nos obliga a los sacerdotes a no deshonrar nuestro ministerio, a llevar con honor nuestra dignidad, a asemejarnos cuanto podamos a Cristo, ya que Él está como encarnado en nosotros.
¡ Oh grandeza del orden que obliga a los pueblos a dar gracias a Dios, pues por el orden sacerdotal Cristo vive, y su vida se propaga por la palabra y las obras del  sacerdote.
                                                                                                            F. 5,5. pp. 39-40

259.- Deberes del ministerio sacerdotal

El sacerdote es predicador de la divina palabra, Resuene, pues, esa palabra en todas partes cuantas veces la caridad lo pida y la discreción lo permita.
El sacerdote es maestro; enseñe por lo mismo la doctrina cristiana a los ignorantes y a los niños.
El sacerdote perdona los pecados; siéntese pues en el confesionario para ejercitar ese augusto poder, esperando allí paciente la llegada del pecador, que viene a buscarle para recibir el agua viva de que hablaba Jesucristo a la Samaritana junto al pozo de Siquém.
El sacerdote  es el bienhechor de los pueblos; hagan gustar las dulzuras de la piedad cristiana a los creyentes, promoviendo y dirigiendo devotos ejercicios.
En suma; ya que tanta autoridad  nos ha dado Dios, no nos la guardemos; no la tengamos cohibida; pongámosla en acción, y con ella ganemos para Cristo cuantos corazones podamos.
                                                                                  BOAS,  23-2-1897, p. 140

260.- Fecundidad del ministerio sacerdotal

Hay sacerdotes, y hasta párrocos, que se lamentan de no tener nada que hacer en los pueblos que rigen. Jamás hemos comprendido ese dicho, pues mientras haya tabernáculos, en los que mora el Dios Eucaristía, mientras haya ignorantes que enseñar, y pecadores que convertir; mientras haya libros que revolver, parece de todo punto imposible que algún sacerdote se queje de que le falte asunto o materia de ocupación .
Pero la virtud del sacerdote no puede consistir simplemente en no hacer mal; fuerza es que se signifique en la práctica del bien.
No hay operario evangélico que no conozca la serie de trabajos a que le obliga su amplísimo ministerio; porque el sacerdote es maestro que enseña, censor que corrige, médico que proporciona medicamentos para las enfermedades del espíritu, padre que vela sobre la familia puesta bajo su custodia, jefe que gobierna, amigo que consuela, bienhechor que socorre y hasta juez que sentencia.
                                                                                             BOM, 30-4-1896, p. 263
261.- Necesidad de la  oración

Entre los medios principales que debe utilizar el sacerdote para la fecundidad de su ministerio, el primero es la oración. Destinado está a ser luz del mundo, según la palabra de Jesucristo lo enseña; y como no la tiene propia, menester es que se la comunique Dios, y para ello que el sacerdote se ponga a su alcance, lo que se consigue por la oración; doctrina elemental que corrobora la experiencia cotidiana; advirtiéndose que ni el talento, ni las ciencias dan al ministerio sacerdotal fecundidad y vida, sino únicamente la oración.
A la oración debe unirse la mortificación. La oración nos ilumina, la mortificación nos fortalece. En aquella vemos el camino que debemos seguir; ésta nos infunde bríos para emprenderlo. La oración es a la ciencia de los santos lo que el estudio a las ciencias humanas. La mortificación es a la práctica de la cristiana perfección lo que el ejercicio físico al desarrollo de las fuerzas corporales.
(…) La santidad sacerdotal supone todavía algo más de lo dicho. La oración ilumina al sacerdote; la mortificación lo robustece y da vigor; pero necesita aún el operario evangélico la actividad que se mueve, haciéndolo todo y nada omitiendo, y todo haciéndolo bien.
Esta es la obra de la caridad. La caridad, la primera entre las virtudes, puede asegurarse que las encierra todas y da su vida, su perfección y su belleza a nuestras obras.
Un sacerdote en quien el amor de Dios y el amor al prójimo imperen, vivirá vida fe cunda y producirá obras virtuosas.
                                                                        BOM, 30-4-1896, pp. 263-265

262.- Dispensador de los divinos misterios

El sol alumbra. Da además vida al mundo. Jesucristo es luz. Jesucristo es vida. El sacerdote vehículo de la luz de Cristo, lo es también de la vida.
El hombre tiene dos vidas, natural y sobrenatural; el principio de la vida sobrenatural es Cristo, que por su gracia nos mueve. El órgano por donde comunica la vida es el sacerdote, su dispensador.
Cuando Dios llama a la vida se sirve del sacerdote, éste es el instrumento de sus misericordias , el ministro del bautismo
Muchos de los llamados a la vida, vuelven a la muerte. Dios no agota sus misericordias y las resurrecciones se repiten. Y su misericordia trae las almas muertas al confesionario, y allí se les restituye la vida. ¿ Por quién? Por el sacerdote.
                                                                                                           F.32,   pp.30-31

263.- Firmeza en el ejercicio del ministerio.

Predica la palabra, decía S. Pablo a su discípulo Timoteo; apremia e insta  oportuna e inoportunamente : “ Predica verbum; insta opportune importune”.
Da así el Apóstol una importante lección acerca del celo apostólico, enseñándole que ha de ser ardiente, activo, libre de humanos respetos y constante.
No quiere decir con el insta opportune importune que nos metamos a predicar en todas partes y a deshora, sino que seamos firmes y tenaces, que no desmayemos ni desfallezcamos, que no cejemos ni retrocedamos por los obstáculos que se nos presenten, que mostremos una santa insistencia, en fin, que con caritativa importunidad exhortemos; pero evidente es que todos nuestros pasos han de ir regulados por la prudencia, la cual nos dirá cuándo conviene hablar y cuándo callar, cuándo será el silencio más elocuente que la palabra y cuándo la palabra romperá con fruto y con ventaja el silencio
Mas en esto de escuchar los avisos de la prudencia es menester que andemos con cautela, pues es fácil que nos engañemos y tomemos por prudencia lo que es pereza, temor, miedo, respeto humano, egoísmo, y viceversa, que temerarias audacias, atrevimientos injustificados nos parezcan manifestaciones de un celo purísimo..
Callamos muchas veces porque no tenemos ganas de trabajar, porque tememos que aquellos cuyos desórdenes reprendemos se alcen contra nosotros, porque recelamos que se disguste el protector de quien esperábamos mercedes y por mil otras causas a este tenor, pretendiendo bajo color de prudencia justificar nuestra conducta.
Posible es y frecuente, como se deduce de lo expuesto, engañarse en el particular que nos ocupa; pero nos libraremos de todo yerro consultando con Dios cuándo hemos de hablar y cuándo enmudecer, y lo que conviene callar, y lo que conviene decir.
Procediendo de esta forma, haremos la voluntad de Dios, y nuestras palabras serán semilla que germinará abundante,  y nuestro silencio elocuente, con elocuencia, si bien muda, más persuasiva tal vez que los discursos de famosos oradores.
Es un modo de ejercer el celo con fruto, porque obras de celo serán nuestras obras; así cumpliremos el encargo del Apóstol de predicar en todo tiempo.” Insta opportune, importune, argue, obsecra, increpa, in ovni patientia et doctrina.”
                                                                                              BOAS, 15-1-1903, pp. 13-15
264.- Diversidad de dones en el ministerio

“Ministerium tuum imple”. Cumple tu ministerio Este es otro aviso de S, Pablo, no menos importante que los anteriores, y sobre el cual no podemos menos de llamar la atención de nuestros sacerdotes. Las gracias son muchas aunque uno el Espíritu que las reparte; varios también los ministerios, pero uno el Señor que los confiere.
El clero católico constituye un cuerpo. Todos están llamados a una misma obra, la de glorificar a Dios y salvar almas, la de ministrar en la casa de Cristo, que es la Iglesia.
Pero cada cual dentro de ese llamamiento general y común, tiene vocación  especialísima. Hay apóstoles, es decir, sacerdotes predestinados a la predicación de la palabra divina; hay profetas…, hay doctores…, hay juristas
Pues bien, si el sacerdote ha de ser en la Iglesia de Dios tal  como Jesucristo quiere, menester es que cumpla su ministerio, es decir, el oficio particular que le incumbe..
La Providencia ha dotado a cada sacerdote de las cualidades que ha menester para llenar su peculiar misión. Al que ha de predicar le dio el don de la palabra, de la persuasión y de la unció. Al que ha de ser maestro lo enriqueció con talentos, y le otorgó la facilidad de apropiarse los pensamientos, el saber de las generaciones y de trabajar sobre ellos, para hacerlos producir crecidos réditos.
Al que ha de ejercer la autoridad le franqueó la prudencia, el discernimiento, la flexibilidad y la firmeza, prendas de un perfecto gobernante. Y así los demás.
Evidente es que aquel que acierta con su vocación, no sólo encontrará llano el camino, sino obtendrá frutos excelentes en su labor.
Cumpla cada uno su ministerio, y los triunfos del sacerdote no se harán esperar.
                                                                                  BOAS, 15-1-1903,  pp. 15-17
 265.- Laboriosidad del sacerdote

Causa pena profunda ver al sacerdote malograr momentos preciosos que debía emplear en el estudio, en el confesionario, en el púlpito, en visitar enfermos y en practicar toda clase de obras de caridad.
La ociosidad en el sacerdote supone un amor muy tibio a Jesucristo y a su Iglesia, una indiferencia casi absoluta por las necesidades de las almas, y hasta una fe muy lánguida o débil, y engendra o es causa de desórdenes, que deploramos a veces en el clero, según sabio principio : la ociosidad es madre de todos los vicios.
Sacerdote ocioso no se concibe; habiendo libros, plumas, altares y miserias, que falte tiempo se explica; que sobre, no.
Por eso deseamos que la laboriosidad sea un distintivo de nuestras eclesiásticos; y que se les vea siempre ocupados en los trabajos de su ministerio, sentándose en el confesionario todos los días algunas horas, estudiando otras y promoviendo empresas caritativas en honra de Dios y bien de sus hermanos.
                                                                                                BOC, 1885, pp. 616-617


266- Coherencia de vida

El sacerdote debe enseñar con la palabra y con el ejemplo, mostrando en su persona la práctica realización de lo que predica. Su virtud no puede ser la virtud vulgar del simple fiel, sino una virtud muy subida, proporcionada a los altos ministerios que desempeña, y que piden corazón y manos limpísimas, generosa abnegación, laboriosidad incansable, constancia superior a toda prueba y otras condiciones, que bien saben los que del sacerdote murmuran, si por desgracia se permite algo que no se halle en perfecto acuerdo con lo sublime de su vocación.  - BOAS, 579, 14-10-1905, p.328 -

Maestros de la doctrina y la moral, los sacerdotes son  la luz del mundo y la sal de la tierra. Fijas están en ellos las miradas de todos,  y si hablan como enviados del padre celestial y obran en conformidad a lo que dicen los pueblos les siguen edificados; pero si su palabra tiene más de humano que de divino, y sus obras no guardan relación con su fe, entonces el escándalo es inevitable; los impíos se frotan las manos y los que vacilaban acaben por caer.
                                                                                              F.65,    p. 5

267.- El sacerdote, luz del mundo

Jesucristo, hablando con sus apóstoles, les decía : “Vos estis lux mundi”. Lo son bajo muchos aspectos; lo son  señaladamente por uno de sus particulares ministerios :el de  la palabra.
Jesucristo, Sol del mundo; el sacerdote, vehículo de esa luz; la santidad sacerdotal, cielo diáfano, sin nubes.
Jesucristo, Sol de justicia, luz que hizo visible la majestad de Dios, que aclaró el misterio del hombre, y que ilumina los caminos del hombres. En todos los pueblos se han cantado himnos al sol; todas las generaciones de la tierra deben entonarlos al Sol de justicia.
¿ Cómo se difundió esa luz? Por la palabra apostólica, que reproducía los ecos de la palabra de Cristo. ¿ Cómo continúa su propagación? Por la palabra sacerdotal, que es palabra de Cristo.
La Iglesia ha hecho siempre de la palabra uno de sus más poderosos instrumento de sus obras. Nació de la Palabra, el Verbo de Dios; por la palabra creció; por la palabra llegó a los últimos confines del mundo; la palabra conserva la vida en los pueblos creyentes. Por eso la Iglesia es tan devota de la palabra, y manda a los Obispos, a los párrocos, a los curas que prediquen.
La palabra sacerdotal, que es palabra de Cristo, alumbra.
                                                                                                             F.32,   pp. 23-25

268.- La devoción a la Virgen

El culto a la Virgen  Madre formó parte muy principal del culto católico de todos los tiempos. Y es justamente el motivo por el que en las supremas crisis de la sociedad cristiana a María se han vuelto siempre instintivamente todas las miradas… Es la obra de la Providencia que desea nuestra salvación. Pero a tan generoso pensamiento aquel Dios de bondad, de quien somos ministros y del que hemos recibido el carácter de dispensador de sus misterios, debemos cooperar, esforzándonos en la medida de nuestra posibilidad, en extender la devoción a la Santísima Virgen.
                                                                                          BOM, 21-4-87,   p.77

269.- Importancia de la predicación

No se puede dudar de la importancia que tiene la predicación parroquial.
Hoy, cuando no existe pueblo, por insignificante que sea, donde no se escuche una predicación constante de impiedad, porque en todos los centros se alza una voz contra Dios y contra las cosas santas, cuando cunde la hostilidad a nuestras creencias seculares o por lo menos la indiferencia más absoluta, el mutismo de los párrocos, tengan los motivos que tengan, es verdaderamente insoportable.

(..) Cierto es que Dios reparte sus dones, y que no a todos concede el talento de la predicación; pero es de observar, lo primero, que para hablar un poco de Dios, de los deberes que con Él tenemos, y de las virtudes que hemos de practicar, no es preciso ser orador; basta sentir lo que se ha de decir, según aquella antigua máxima : lo que bien se siente, bien se expresa.
                                                                        BOAS,  15-6-1905, p. 227

270.- Atención a la catequesis

El catequista debe prepararse en doble manera; por medio de la oración y por medio del estudio. La oración hace bajar a nosotros las luces del cielo, indispensables para que acertemos en nuestras empresas, y particularmente para llegar hasta el corazón de nuestros hermanos; y el estudio nos pone en condiciones de no cometer yerros en lo que digamos, de encontrar para explicar las verdades de la religión las fórmulas más claras, más precisas y más acomodadas a las inteligencias de los que nos escuchan, y de dar a nuestra exposición el giro más conveniente, habida consideración a las circunstancias especiales de nuestro auditorio.
El que sin oración se lanza a buscar almas, si logra algo, será poco; el que sin estudio se atreve a tratar cosas, tan serias y graves como son las divinas, raras veces atinará a dar en el blanco.
El catecismo o los Catecismos marcharán bien si se organizan; pero para lograr este resultado se necesita que aquel que esté al frente de la catequesis ordene su labor, lo cual no es tan llano como a primera vista parece.
                                                                           BOAS, 15-5-1905, p. 351
271.- El sacerdote, consejero  desinteresado

El sacerdote, consejero desinteresado, consolador discreto, pacificador. Tres títulos del sacerdote respecto al pueblo. Situaciones difíciles se multiplican, sobrevienen inesperadamente más en este tiempo que nunca, cambios bruscos, complicaciones en los interesados, atrevimientos. Se reúnen los hombres de negocio, se juntan los abogados, se congregan los doctores, perfectamente; pero los puntos de vista suelen no satisfacer el hombre de conciencia.
El sacerdote consejero, desnudo de pasiones, exento de todo interés, luz del cielo; Hay algo sobrenatural en un sacerdote.
Las dudas piden consejero; necesitan los hombres además consuelo. Las penas de la vida; no es sólo la pobreza; otros dolores, esposos, hijos, enfermedades, desamparos, accidentes. Se llora mucho; la viuda, la madre, la esposa abandonada, la doncella en desamparo, la joven seducida; se necesita un consolador, pero el egoísmo abunda, la caridad escasea …El sacerdote.
Las discordias frecuentes en el seno de las familias, entre los particulares, entre las familias unas con otras, entre los pueblos…Existe el oficio de pacificador.
                                                                                                               F.33,  p. 66
272.- Necesidad de los ejercicios espirituales

Nunca como hoy sintieron los sacerdotes la necesidad de acercarse a Dios. Necesitan mucha luz, y no de aquella que procede del ingenio y del estudio, sino de la que sólo Dios da para ver en medio de las tinieblas que nos rodean, y para iluminar a los que entre ellas viven.
Necesitan grande ánimo para luchar contra los adversarios de Cristo. Han menester actividad extraordinaria, que no es tiempo este nuestro de quietismo ni de ocio, sino de trabajo no interrumpido; y esa actividad no en otra parte puede buscarse sino en Dios.
Por eso, si constantemente recomendó la Iglesia a los ministros del Evangelio que para mejor comunicarse con el Padre celestial se apartasen por algunos días de todo asunto, y se consagrasen a la oración y a santas meditaciones, ahora, con más empeño, les encarga que no olviden esta recomendación, y que procuren ocasión y momento para dedicarse a tratar de las cosas del alma con el Padre de las misericordias, es decir, a la obra de los Ejercicios.
Y en efecto, sólo los Ejercicios nos armarán para resistir a las tentaciones que cercan al sacerdote; nos permitirán conservarnos castos y puros; nos harán fuertes; nos alumbrarán para ser luz de la tierra; nos inflamarán para llevar fuego a todas partes; y en una palabra, nos santificarán, para que podamos ayudar a la santificación de nuestros hermanos.
Es el alto concepto que de los Ejercicios tenemos.
                                                                                  BOAS,  17-10-1901, pp 225-226
.- Los Ejercicios sostienen nuestra fe, elevan nuestro espíritu, cambian la dirección de nuestros pensamientos y de nuestra voluntad, curan nuestras pasiones.
Se comprende y se explica que un Obispo, no indiferente a las necesidades de su pueblo y al bien de su clero, procure que éste practique periódicamente Ejercicios Espirituales,
dado que a la santificación de ambos, pueblo y clero, contribuyen.
                                                                                          BOAS, 15-7-1895, p. 606
273.- El anticlericalismo

Hace ya tiempo que los enemigos de la Iglesia trabajan por quitar al Clero su prestigio, no perdonando medio para lograrlo. Si un miembro suyo comete una falta, se publica al punto, se comenta, se abulta, se agiganta y se hace resaltar su malicia. Si la falta no resulta comprobada, en vez de esperar la confirmación de éstos o un mentís que los desvanezca, se acogen con fruición las acusaciones, se dan a la luz, bien que con disimuladas reservas para evitar responsabilidades ante la justicia, y se difunden con afanosa solicitud. Y si luego los hechos ponen de manifiesto que los rumores carecían en absoluto de fundamento, aquellos que alzaron la voz para extenderlos y propagarlos, enmudecen, negándose a devolver la perdida fama a quien deshonraron villanamente.
Esta táctica, estos manejos, estos esfuerzos de los impíos de toda clase son patente prueba de una consoladora verdad, a saber, de que el Clero, no obstante lo mucho que por desautorizarlo se hace, conserva todavía un gran ascendiente sobre los pueblos. (…)
El anticlericalismo, no obstante, ha hecho y continúa haciendo ruda campaña contra nosotros, solícito de formar una sociedad completamente laica, enemiga declarada del Clero; mas no logrará su intención.
Y es que no puede la mano del hombre, por fuerte que sea, borrar en éste el sentimiento religioso; y es que la fe cristiana responde tan perfectamente a aquel sentimiento, que en vano se le pretende sustituir o suplantar.
                                                                                              BOAS,  15-1-1903, pp. 5-7.
274.- La castidad en el sacerdote
Hay entre las virtudes una capaz de enamorar al más insensible, la castidad. El paganismo, a pesar de sus instintos, la tuvo en alta estima : las vestales. En medio de las aberraciones de un mundo de vicios, sobrenadaban restos del sentido moral, y la castidad se estimaba ofrenda digna de los dioses.
El cristianismo elevó  la virginidad. Una virgen fue la Madre de Cristo, un varón virgen el que hace los oficios de padre, y virgen el discípulo amado. Era esto la proclamación de la soberanía del espíritu.
El sacerdocio cristiano, desde la edad apostólica hizo de la castidad una de sus condiciones, y el celibato fue guardado como ley. Desde entonces acá la corrupción ha querido minarle el terreno; el concubinato hizo estragos. La Iglesia se sostuvo con firmeza; y cuando el protestantismo echó abajo esta ley, la afirmó en Trento, conservando la aureola de la castidad en torno a sus sacerdotes, como un distintivo que les es propio.
La castidad del sacerdote es expresión fiel de la alteza de sus ministerios. ¿ Por qué María fue virgen? Porque debía ser Madre de Dios. El sacerdote da vida a Cristo. Las vidas de Cristo, terrestre y mortal, inmortal e impasible, sacramental en la Eucaristía, por gracia en las almas; las dos últimas son obra del sacerdote. Si María fue virgen ¿ por qué fue virgen José? Debía ser guarda, tutor y padre legal de Cristo, llevarle en sus brazos, compartir con María presentarlo a pastores y reyes. El sacerdote que anda constantemente con Cristo y lo da a todos debía ser  casto. Por otro lado, el sacerdote debía ser el hombre de la caridad, y para serlo era menester que fuera el hombre de la castidad.
“ Beati mundo corde”. El sacerdote debe estar lleno de luz y ser luz, pero no lo estará si no es casto.    F.32,  pp. 6-7.

275.- Necesidad de santidad
Siempre los sacerdotes debiéramos ser santos, pero hoy es esto más necesario que nunca, pues todos los ojos están fijos en ellos para espiar hasta sus más leves movimientos; y por otro lado tenemos una difícil obra que cumplir, la cual no se podrá llevar a término sin grandes virtudes en los que han de realizarla. Mas esas virtudes, así lo creemos, no escasean en aquellos que el Señor nos ha dado por cooperadores, cuyas tareas no pueden por lo mismo dejar de obtener la bendición del Padre de las misericordias.
Hasta de los alumnos de nuestro seminario nos prometemos mucho. Ellos son la esperanza de la Iglesia, por lo cual no perdonamos diligencia para que en la Santa Casa donde moran aprendan ciencia y virtud, armas necesarias a todo el que, soldado de Cristo, ha de reñir sus batallas; más aún antes que la hora del combate llegue para estos nuevos adalides de la causa de Dios, harán mucho bien al mundo si en su escondido retiro dan santos ejemplos, pues demostrado está que un Seminario bien ordenado, y en el que se respira todas las virtudes, es no sólo semillero de excelentes sacerdotes y solaz de los que por las cosas de la Religión se interesan, sino también espectáculo que edifica demostrando el poder del catolicismo, que sabe formar ángeles en medio de una sociedad como la nuestra, toda corrupción.   BOM, 23-9-1886, pp. 245-246
276.- El sacerdote, representante de Cristo

El sacerdote, representante de Cristo, tiene como el Divino Salvador  el poder de mandar a los vientos y a las borrascas, y devolver al mar embravecido su calma y su perdida serenidad.
Si por sus virtudes es otro Cristo, si habla palabras de Dios, no palabra de hombre, si movido del celo más puro abre a todos el seno misericordioso del Altísimo, mostrando en él el verdadero paraíso, que buscan en otro lugar, sin jamás encontrarlo, si desempeña como bueno el ministerio que se le ha confiado, los montes de la soberbia se aplanarán; se alzarán los valles recobrando los humillados su dignidad desconocida; los caminos torcidos se enderezarán, fijando la vista en el fin los que de él se olvidaron; los senderos ásperos y quebrados se harán llanos convirtiéndose el deber, la ley, que para muchos era tiranía, en suave yugo, que se soporta no sólo con resignación, sino con gozo, y toda carne verá en Jesucristo al único Salvador  de los individuos, a los que colma de paz; del hogar, donde se siembra el consuelo, y de las naciones, en las que introduce el orden, y con él la felicidad.  BOAS, 15-1-1903

277.- Sicut populus, sic Sacerdos.
Más de una vez leemos en los libros santos estas palabras : “ Sicut populus, sic Sacerdos” . Las dijo Isaías, al vaticinar grandes calamidades, que iban a caer sobre Judea en pena de sus prevaricaciones; y las repitió Oseas al anunciar a Israel castigos semejantes.
Es ciertamente uno de los azotes más duros, que descarga el Señor sobre los pueblos corrompidos, el permitir que sus sacerdotes participen de la corrupción común, siendo en vez de ejemplares de virtud y maestros de las costumbres, dechados de maldad y doctores de pecado.
Pero la sentencia puede invertirse, sin que pierda nada de su verdad, diciéndose :” Sicut Sacerdos, sic populus; como es el sacerdote es el pueblo, máxima tan cierta que ninguno que se halle versado en la historia de la sociedad cristiana, o sea simplemente varón de mundo y de experiencia, dejará de proclamarle como incuestionable principio,
El Sacerdote recto, justo y santo atrae como el imán. Su vista sola cautiva. Las palabras que salen de sus labios, parecen rocío del cielo, caído en tierra seca. Sus obras, marcadas con el sello de la caridad, conmueven y desarman a los mismos detractores, obligándoles a enmudecer, y aún el pecado se diría que le huye. Ante él, ante el buen
sacerdote el impío se siente avergonzado de sí propio, el justo experimenta que el corazón se le dilata; el tibio cree oír  voces que le reprochan su indiferencia y su cobardía, y el ateo percibe misteriosos resplandores  que atraviesan las tinieblas en que anda envuelto, y le hacen preguntarse, a despecho de sus rotundas negaciones : ¿ Es posible que el Dios, que éste adora, no sea sino una quimera, como yo hasta aquí he imaginado?
Si ahondando más, penetramos en el interior del Sacerdote santo, quedaremos asombrados. (..) Las pruebas, por que toda alma pasa en este mundo, no hacen en el Sacerdote puro más efecto que el que produce el viento en las plantas; esto es, sacudirlas, para que se desprendan de las hojas secas, que las dañan en lugar de beneficiarlas, y les roban parte de su belleza.
El sacerdote, pues, no debe omitir diligencia para santificarse. Haciéndolo así, mirará por sus propios intereses, que nada como santificarse le importa para su bienestar temporal y para su felicidad eterna; cumplirá el solemne compromiso, que con Dios contrajo el día memorable de su ordenación, pues no de balde le otorgó el Señor los derechos, las prerrogativas y los poderes, que puso entonces en sus manos ungidas con el sagrado óleo; estará en condiciones de manejar sin profanarlas las cosas santas, que santamente se han de tratar, y ejercerá con esto provechosa influencia en los pueblos.
La santidad sacerdotal es, en efecto, prueba más concluyente de la verdad religiosa que los mejores tratados apologéticos, pues en la vida pura del Sacerdote bueno se halla argumento  irrefragable a favor de aquella, al que nada sabe oponer la incredulidad, así como la vida depravada del mal sacerdote suministra al impío fuerte objeción, tras de la cual se parapeta ufano para sostenerse y afirmarse en sus negaciones.
La santidad sacerdotal además enseña, siendo maestro más elocuente que los más elocuentes predicadores. En efecto, aquel que con torvo ceño mira los sacrificios que la virtud impone, y para justificar su conducta nada edificante, los declara imposibles a la humana flaqueza, se desconcierta al ver al Sacerdote olvidado de sí y viviendo una vida de perfecta abnegación, es decir, siendo siempre el hombre de Dios y el hombre de sus hermanos.
Es, en fin, la santidad sacerdotal a manera de visible encarnación de la bondad divina, que desvanece y disipa las prevenciones que a muchos alejaban de Dios, y les mueve a contemplar con la  simpatía de hijos al que antes sólo veían inexorable juez, no dispuesto sino a castigar.
Por eso la primera cosa que ha de procurar el Sacerdote, si desea trabajar en bien de los pueblos, es santificarse. El buen ejemplo es la mejor de todas las predicaciones.      BOAS, 15-1-1903, pp. 7-9

278.-  Generosidad en el quehacer parroquial

Vivir para Dios y para el prójimo; estar de día y de noche a disposición de todo el que lo necesita; no tener nada propio; luchar incesantemente con los enemigos, y por premio de tanto heroísmo no esperar otro galardón que el testimonio de la buena conciencia y de la bendición de Dios, todo eso no es ya simplemente bello, sino hasta sublime.
Fui Cura  durante ocho largos años de una dilatada parroquia, y no puedo menos de confesarlo, cuando vuelvo los ojos a ese periodo de mi vida, en el que no tuve un instante de reposo, siento inefable fruición; tan grato me es el recuerdo de aquellos días de afanoso trabajo; de aquellas noches pasadas en vela junto a la cabecera de los enfermos, y de aquellas horas, que se me iban veloces, entre los pequeños, a quienes instruía en el catecismo, y los desgraciados cuyas lágrimas procuraba enjugar.
Por eso admiro y amo mucho a los Párrocos, cuya heroica abnegación comprendo; y porque los amo y los admiro, deseo que no empañen el brillo de su incomparable misión.    BOC, 6-10-1885, p.662

279.- Apoyados en el Corazón de Cristo

Hay una receta infalible para convertir la palabra y la acción del sacerdote, y fecundizar con  ella las arenas del desierto, obligándolas a producir frutos de vida eterna.Y el secreto se reduce  a que trabajemos en nombre del Corazón de Jesús, penetrados y poseídos de ferviente devoción a Él, apoyados en su omnipotente  fuerza, y buscando sólo su honra y su gloria.
Jesucristo nos ofrece seguro medio para que nuestro apostolado no sea estéril, y es lanzar la red al mar revuelto y borrascoso en nombre de su Divino Corazón.    BOAS, 20-5-1888, p. 112.
280.- En la beatificación de Juan Bautista Vianney

Entre los hechos del Pontificado de Pío X, más gratos a los que conocen la historia íntima de la Iglesia, y señaladamente al Clero, ocupa lugar muy preferente la beatificación del Cura de Ars, que se verificó el 8 del mes corriente.
Bien  conocida es la biografía de ese varón de Dios, contemporáneo de muchos de los que al presente vivimos ; porque aunque jamás salió del pobre pueblo, casi sin nombre, en que ejercía la cura de almas, y su humildad le movía a ocultarse, sus virtudes resplandecían con resplandor vivísimo, y atravesaban las sombras, en que intentaba el modesto Sacerdote envolverse, llegando a largas distancias
No fue Juan Bautista Vianney una brillante lumbrera por el ingenio y el saber.
No fue un hombre de acción que llevara a término altas empresas.
No fue un prelado insigne, que sobresaliera por sus dotes singulares de gobierno, rigiendo dilatada diócesis.
Era simplemente lo que se suele llamar un cura de aldea, que trabajosamente siguió su carrera y llegó al sacerdocio, porque se  le tuvo por inepto; que tenía por feligreses a sencillos labriegos, y que nunca buscó otra cosa sino el bien de aquellas almas, que el cielo le había encomendado.
Y sin embargo, ¡ oh poder de la santidad, este cura predica, y habla mejor que Bossuet, pues aunque no tiene su gran elocuencia, ni su sabiduría, sus grandes pensamientos, directamente extraídos del Corazón Divino, son luz que ilumina y fuego que inflama.
Este sacerdote arrinconado conmueve a Francia desde su oscuro albergue, al que acuden los varones más eminentes de la Iglesia y el Estado para pedir luz, guía, aliento, salud y fuerzas, convirtiéndose Ars en un lugar de peregrinación, a causa de que todos los que llegan en demanda de socorro, salen remediados de una o de otra forma.
Y es que Juan Bautista Vianney es todo un santo. Olvidado de sí mismo no vuelve hacia su propia persona los ojos del alma sino para considerar sus miserias, que la humildad profunda de que está dotado, agranda; y por eso, y porque anhelaba convertirse en víctima de caridad, practica ásperas penitencias.
Pero en cambio en el Sagrario hallaba su descanso, su pan, sus goces, su bienestar, y de sus comunicaciones con el Dios del Tabernáculo sacaba aquellas claridades de mente, tan distintas y tan superiores  a las del talento, aquel conocimiento del corazón humano, aquel tino para guiar los espíritus, aquella iluminación, en una palabra, de su alma, llena totalmente de Dios.
Y porque estaba lleno de Dios, que es el Padre de los hombres, y nos ama a todos por manera sin semejante, no habiendo quien no sienta el calor de su caridad :” nec est qui se abscondat a calore ejus”, por eso es Vianney para todos tan bueno y cumple con tanta solicitud sus obligaciones parroquiales.
Contempladle en el altar, encendido en amor; y cuando se acuerda de su grey, se diría que es Moisés, deteniendo el brazo justiciero del Altísimo…
Escuchadle cuando predica: lo hace como S. Pablo : “nom persuasibilibus  humanae sapientiae vervbis”;  no con palabras de sabiduría humana, sino con la virtud de Dios, no olvidando lo que el mismo S. Pablo recomienda a su discípulo Timoteo :” insta opportune importune”, y habla a su pueblo continuamente sin excusarse.
Vedle en el confesionario, esperando a las almas y nunca negándose a nadie, sino antes  facilitando a todos los medios de reconciliarse con Dios.
Miradle entre los niños, a quienes instruye en el catecismo. Seguidle, en fin, a la casa del enfermo. ¡ Con qué bondad consuela al que padece! ¡ Cómo ilumina a esperar en Dios! ¡ Con qué alegría los estrecha cuando se han confesado! ¡ Con cuánta asiduidad los visita! ¡ Con cuánta generosidad los socorre, si a la prueba de la enfermedad junta la de la pobreza!
Es, en una palabra, el Cura de Ars espejo en que debieran mirarse los párrocos; libro en que habían de estudiar; aguijón y espuela que les moviera a sacudir la pereza y a cumplir fielmente sus deberes.
Por estas tan fuertes y tan poderosas razones recomendamos a nuestros colaboradores en el ministerio de las almas la meditación de la vida del Cura de Ars y la devoción a este varón de virtudes.  BOAS, 31-1-1905, pp. 49-52
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