lunes 16 de enero de 2012

II Domingo del tiempo ordinario (ciclo B)

1Sam 3,3b-10.19: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aevv0c.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3lnhc.htm

1Co 6,13c-15a.17-20: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9audf5f.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a0jeyf.htm

Jn 1,35-42: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bwd2da.htm

La liturgia de la Palabra de este domingo está centrada en dos relatos vocacionales que aparecen en la primera lectura y en el Evangelio. El primero de ellos tiene por protagonista a Samuel, llamado a ser profeta y sacerdote; el segundo se refiere a los dos hermanos, Andrés y Pedro, llamados a ser Apóstoles.

Hay que destacar enseguida un aspecto relevante: la iniciativa de la llamada siempre parte de Dios, que actúa con perseverancia y delicadeza. En el caso de Samuel, el Señor llama durante la noche, en el silencio del descanso, reiteradamente, para que el hombre comprenda y acoja la llamada.

En el caso de Pedro y Andrés, Jesús se entretiene dialogando con ellos. “¿A quién buscáis?”. Después propone: “Venid y lo veréis”. La iniciativa vocacional de Dios, pues, se desarrolla a través de recursos humanos, respetando plenamente el tiempo para responderle; es perseverante y al mismo tiempo delicado.

Un ulterior elemento particularmente significativo, en la misma línea de la concreción de la llamada de Dios, parece surgir del recurso a los sentidos que Él hace.

Para Samuel, Dios recurre al oído: el joven “siente” la voz de Dios que lo llama y la reconoce como familiar; tres veces la confunde con la de su maestro Helí. Para Pedro y Andrés, el Señor recurre al sentido de la vista: Andrés “ve” pasar a Jesús y lo sigue; Jesús “ve” que lo siguen y luego les dice: “Venid y veréis”. Ellos “vieron” dónde vivía Jesús. Cuando después viene acompañado también Pedro, el Señor fija su mirada en él, revelándole su nueva identidad: “Tú te llamarás Cefas”. En el contexto de la vocación adquieren una particular importancia los verbos “buscar” y “encontrar”. En la primera lectura es Dios quien busca a Samuel y éste, por invitación de Helí, se deja encontrar. En el Evangelio, en cambio, son los futuros Apóstoles quienes van al encuentro de Cristo, movidos por la invitación de Juan el Bautista, que lo ve pasar y lo reconoce. Jesús, deteniéndose, se deja encontrar. En esta dinámica, los dos relatos presentan la figura fundamental de un mediador entre Dios y el que es llamado, para ayudar a este último a reconocer la llamada.

La vocación asume plenamente la humanidad del llamado. Cuando quien es buscado y llamado se deja encontrar, asume plenamente la propia identidad. Samuel, en las tres primeras llamadas, se presenta como el “servidor que escucha”; pero cuando reconoce la voz de Dios y acoge la llamada, es hecho profeta y sacerdote. De aquí surge –y lo vemos con estupor- que en la vocación se manifiesta plenamente la identidad de Dios: Andrés, en el primer encuentro con Jesús, ya lo llamó “Rabí”, pero cuando encuentra a su hermano Pedro y lo invita a acercarse a Jesús, lo llama “el Mesías” que ha sido encontrado.

Estos elementos que hemos destacado, nos recuerdan que toda vocación es siempre la expresión de una profunda relación de amor entre Dios y el que es llamado. Si éste se deja guiar por quien sabe reconocer la voz de Dios y se atreve a responder afirmativamente al proyecto que el Señor tiene para él, la relación de amor se transforma radicalmente, cambia el modo de ver a Dios y el modo de ser vistos por Él.

María Santísima, en cuya vocación surge de modo insuperable la plenitud de lo humano y la manifestación de Dios, guíe y custodie la vocación de cada uno, para que pueda “ver” y “encontrar” al Señor cada día de la propia existencia.

domingo 1 de enero de 2012

Santa María, Madre de Dios, homilía de la Congregación para el Clero



Num 6,22-27: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bcawkf.htm
Gal 4,4-7:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aggmzd.htm
Lc 2,16-21:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxwpb.htm
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a422ub.htm
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9baokzb.htm

El ligamen entre el Nacimiento del Señor y la Maternidad divina de María Santísima está claramente expresada en uno de los doce anatemas de san Cirilo de Alejandría († 444), recogidos por el Concilio de Éfeso, que en el año 431 definió como dogma de fe que María de Nazareth es la Madre de Dios: “Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema” (Dz 72 - www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/fcs.htm#a33 e www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8c3ba54.htm ).
Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.
En tiempos recientes, la devoción a la Madre de Dios se ha debilitado en ciertos sectores de la Iglesia. Algunos han tenido temor de que honrando demasiado a María, de alguna manera se habría podido provocar una separación de la adoración a Cristo. Por eso les pareció necesario radicalizar el cristocentrismo, subrayando unilateralmente la unicidad de la mediación salvífica de Cristo, endesmedro de las mediaciones participadas de los Santos, de los Ángeles y de la misma Madre de Dios. Obrando así, se ha olvidado el antiguo adagio: ad Jesum per Mariam.
La Madre nos acompaña siempre hacia su Hijo y nunca nos aleja de Él. El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho con estas palabras: ”Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la mismna saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” (Lumen Gentium, n. 60 - cf. www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8cjb1.htm ).
Se debe reconocer que el papel de María no es un obstáculo, sino de completo respeto al reconocimiento de Cristo en la fe. La Madre de Dios, con su pureza virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En el Breviario y en la “forma extraordinaria” (o rito antiguo) del Misal se encuentra la hermosa antífona mariana «Gaude, Maria Virgo, cunctas haereses tu sola interemisti in universo mundo – Alégrate, Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».
Esta antífona ha sido comentada por el famoso biblista Ignace de la Potterie en ests términos: «No es que María haya hecho en su vida algo contra las herejías, sino que el reconocimiento cierto de María en los dogmas marianos es baluarte de la verdadera fe. Tambien el Cardenal Ratzinger, en su libro-entrevista con Vittorio Messori (Informe sobre la fe), subraya que María “triunfa sobre todas las herejías”: si se da a María el lugar que le corresponde en la ininterrumpida Tradición y en el dogma, se llega al centro de la cristología de la Iglesia. Los primeros dogmas, que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también los últimos (Inmaculada Concepción y Asunsión corporal al Cielo), son la base segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia, la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en el reconocimiento de los dogmas marianos. También por esto se espera que se concretará el “proyecto de reintroducir, ojalá que en la fiesta de la Asunción corporal de María al Cielo, el 15 de agosto, la bella antífona separada de la reforma litúrgica” (en 30 Giorni, 12 [octubre 1995], p. 71).
No es posible ser cristocéntrico si no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmemnte por la paz. Y es justamente a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.

martes 25 de octubre de 2011

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO: homilía de la Congregación para el Clero



Domingo XXX del Tiempo Ordinario

ciclo A


Ex 22,20-26: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a44adv.htm
1Ts 1,5c-10: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9adepma.htm
Mt 22,34-40:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bushwv.htm


En la primera Lectura se lee: “No maltratarás al extranjero, ni lo oprimirás, porque vosotros fuisteis extranjeros en Egipto” (Ex 22,20). Es bien natural que, antes de la venida de Cristo, la Escritura invitara a esta clase de acogida. Pero con Cristo, y en su Cuerpo que es la Iglesia, ninguno es extranjero. Cada uno, tomado por Cristo y hecho, en Cristo, hijo del Padre y hermano entre los hermanos, es a pleno título miembro de la Civitas Dei y, por lo tanto, ciudadano de la Iglesia.
Así como ninguno es extranjero en la Iglesia, así cada uno de nosotros, cada día, experimenta una “extranjería” respecto a todo lo que existe, incluso a sí mismo.
Podemos decir que existe una “extranjería”, un “ser extranjero” que es consecuencia del pecado de los hombres – y contra este debemos luchar constantemente, con la ayuda de la gracia, para limar las asperezas de nuestra humanidad- y existe una “extranjería”, un “ser extranjero” que es constitutivo de la existencia humana y proporcional a la profundidad de nuestra vida espiritual.
El cristiano es necesariamente extranjero en un mundo que no reconoce a Dios; es extranjero en un mundo que no ama la vida y está inmerso en la cultura de la muerte; es extranjero en un mundo que ignora el orden natural y olvida las leyes de la creación; es extranjero en un mundo donde n hay lugar para la persona, para el último y para el pobre, sino sólo para los individuos, el poder, el dinero.
El cristiano, y más aún el sacerdote, es necesariamente extranjero en un mundo inmerso en el relativismo, en el hedonismo, en una cultura del placer que, en realidad, se anega en una anestesia general de la razón, la cual tiene como único resultado una profunda lejanía de los hombres.
En un contexto tal, “ser extranjeros” no es un mal, sino el indicador de nuestra fidelidad a Cristo y al Evangelio, y es el presupuesto de la fuerza profética del ministerio al que hemos sido llamados.
Los dos grandes mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo, referidos en el pasaje evangélico, representan la síntesis suprema del camino correcto: reconociendo la primacía de Dios, somos capaces de amar a los hermanos.
Es necesario superar todas las formas de antropocentrismo, tan difundido en las décadas pasadas, que imaginaban una propedéutica de la promoción humana en cualquier forma de evangelización. Decían: “Primero démosles de comer y después anunciaremos a Cristo”.
La Doctrina social de la Iglesia, en cambio, enseña que la evangelización y la promoción humana constituyen una unidad inseparable que en ningún caso se puede dividir. Justamente, es anunciando el Evangelio como se dilata la posibilidad de una auténtica promoción humana y, en definitiva, no hay mejor promoción humana que ayudar a nuestros hermanos a que encuentren a Cristo, introduciéndolos progresivamente y eficazmente en el misterio de la relación con Él y en la comunión de la Iglesia.
En cualquier parte donde nos encontremos, en cualquier circunstancia de la vida, podemos extender el buen aroma de Cristo, que es, esencialmente, fruto de nuestra identidad de cristianos y de la comunión auténticamente vivida. Que nos proteja la Santísima Virgen María, Esclava del Señor, Tabernáculo de Dios y Estrella refulgente de la Caridad. Quien vive con María no puede nunca extraviarse, porque en ninguna parte del mundo es extranjero.

lunes 17 de octubre de 2011

MOTU PROPRIO "PORTA FIDE", DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI


CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE MOTU PROPRIO

PORTA FIDE

DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI

CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE



1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.


BENEDICTO XVI


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[1] Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.
[2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pag. 8-9.

[3] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.

[4] Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4, en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.

[5] Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.

[6] Ibíd., 198.

[7] Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión del “Año de la fe” (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.

[8] Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.

[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.

[10] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.

[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.

[12] De utilitate credendi, 1, 2.

[13] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.

[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.

[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.

[16] Sermo215, 1.

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.

[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.

[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.

[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.

[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.

[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.

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XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: homilía de la Congregación para el Clero







En el pasaje evangélico que la Liturgia nos presenta este Domingo, el Señor se dirige a nosotros en distintos planos: desde su actitud e infinita paciencia que manifiesta a sus interlocutores; desde el contenido mismo de su respuesta; desde la clara indicación de método que en ella se presenta. Vamos a detenernos especialmente en este último aspecto: la indicación sobre el método.
Se le pregunta y se le pone a prueba en relación con las llamadas “cuestiones temporales”. El Verbo encarnado no inventa una nueva doctrina, no revoluciona el orden de las cosas, no pretende el reconocimiento abstracto de su propia divina Realeza, sino que, sencillamente, lleva a sus adversarios a “leer” la realidad, la realidad misma en la cual Él, que es verdadero Dios, ha querido entrar definitivamente como verdadero hombre.
“Enseñadme la moneda del tributo”. Para comprender el real valor de las cosas, de las relaciones interpersonales, de los propios deberes y responsabilidades, para recibir la respiesta auténtica a cada pregunta, el método es uno solo: presentar cada realidad a la mirada de Cristo. Haciéndolo así no se recibirá una indicación extraña a la inteligencia humana. Los mismos fariseos y herodianos que interrogaban a Jesús, no recibieron de Él una respuesta basada sobre criterios nuevos y desconocidos, que podría ser rechazada por ellos como incomprensible o subversiva del orden constituido.
“Él les preguntó: ¿de quién es esta imagen y esta inscripción? – Del César, contestaron”. Cristo no le responde al hombre saltando por encima de su inteligencia y libertad, sino, más bien, a través de ellas. Al mismo tiempo, no obstante, la verdad y profundidad de su respuesta son siempre increíblememnte nuevas. “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. El les pide que le muestren la realidad en cuestión –la moneda del tributo-, para después guiar a los presentes a la observación simple y atenta de ese objeto. Cristo no ofrece doctrinas nuevas, en virtud de su Sabiduría divina, ni quiere sobrepasar a los hombres en virtud de su perfección humana. Él decide vivir desde dentro nuestra propia condición, para llevarnos como de la mano al real significado de las cosas que nos rodean, a la verdad de nuestro corazón y de todo nuestro ser, a la verdad del prójimo, a la Verdad última que sostiene todo y que es Dios: hasta alcanzar una familiaridad “ontológica” con Él, que es llegar a participar de su misma filiación divina.
“¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” ¿Dónde podemos experimentar hoy una compañía tal en nuestra existencia, que alcanza a ofrecer el propio amor a cada hombre, incluso al más hostil? ¿Dónde podemos experimentar al Emmanuel, el Dios-con-nosotros que, poniéndose a nuestro lado, camina con nosotros para llevarnos, a través de su humanidad perfecta, al océano eterno de la Divinidad? ¿Dónde permanece hoy la presencia de Cristo, que sigue dirigiéndole a los hombres la misma pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripciòn?”.
Es en la unidad de quienes Él ha querido asociar a Sí mismo, como los sarmientos a la vid, donde Él continúa presente y operante en la historia de la humanidad. Es en la comunidad de los creyentes, regenerados a una Vida nueva en el Bautismo, conformados cada vez más a su Corazón adorable, a través de la comunión del Pan eucarístico y guiados en el camino por el “dulce Cristo en la tierra”, el Sucesor de Pedro, que Él recuerda a los hombres: “Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Pero, ¿qué es lo que pertenece al César? ¿Qué es lo que él puede, también hoy, reclamar a los hombres? Puede exigir el tributo; el respeto por su autoridad, indispensable para la convivencia; la colaboración en favor de la paz social, que permite al hombre cumplir con las exigencias propias de su altísima dignidad. Esta colaboración se presta con la honradez de la propia vida y la obediencia, en las materias legales-administrativas que están “disponibles” a la voluntad del legislador.
¿Y qué es lo que pertenece a Dios? ¿En dónde está impresa su imagen y la inscripción? Todo, también el César, es decir, la autoridad, que nunca está solamente más allá de cada uno para servir al pueblo, sino que con cada uno y con el pueblo, está “bajo el Cielo”, bajo la mirada de Dios, teniendo como coordenadas de la propia actuación la naturaleza y la razón. Como afirmaba Tertuliano: “¡Es grande el emperador porque es más pequeño que el Cielo!”.
El hombre, pues, tiene como coordenadas fundamentales para comprender qué es lo justo, la ley natural, que está inscrita en las cosas, y la intelgencia, capaz de reconocerla.
Como ha enseñado recientemente el Santo Padre Benedicto XVI en su visita al Parlamento federal, en el Reichstag de Berlín: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín. Nosotros, los alemanes, (...) hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada (...)Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente”.Queridos hermanos, miremos el mandamiento de amor que Cristo nos ha dado en la misma comunión con la vida divina; seamos promotores auténticos de los “derechos de Dios”, sin relativimos ni anarquías, sino conscientes de la única verdadera dependencia que anima y sostiene toda la realidad: la dependencia de Dios, Creador y Redentor. Y repitamos al mundo, junto con la Santísima Virgen: “Familia de los pueblos, dad al Señor la gloria de su nombre”.

El Papa anuncia un año dedicado a la fe

¡Queridos hermanos y hermanas!Ayer y hoy ha tenido lugar en el Vaticano un importante encuentro sobre el tema de la nueva evangelización, encuentro que se concluyó esta mañana con la Celebración eucarística por mí presidida en la Basílica de San Pedro. La iniciativa, organizada por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, tuvo la finalidad principal de profundizar en los ámbitos de un renovado anuncio del Evangelio en los Países de antigua tradición cristiana, y al mismo tiempo ha propuesto algunos testimonios y experiencias significativas. A esta invitación han respondido numerosas personas de todas partes del mundo, empeñadas en esta misión, que el Beato Juan Pablo II había ya claramente indicado a la Iglesia como un urgente y apasionante desafío. El, en la huella del Concilio Vaticano II y de aquel que puso en marcha su actuación - el Papa Pablo VI - ha sido de hecho un incansable defensor de la misión ad gentes, o sea a los pueblos y a los territorios donde el Evangelio aún no ha echado raíces, y un heraldo de la nueva evangelización. Son, estos, aspectos de la única misión de la Iglesia, y es por lo tanto significativo considerarlos juntos en este mes de octubre, caracterizado por la celebración de la Jornada Misionera Mundial, justamente el próximo domingo.Como hace poco hice durante la homilía de la Misa, con gusto aprovecho de esta ocasión para anunciar que he decidido convocar un especial “Año de la Fe”, que tendrá inicio el 11 de octubre de 2012 – 50° aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II – y se concluirá el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del universo. Las motivaciones, las finalidad y las líneas directivas de este “Año”, las he expuesto en una Carta Apostólica que será publicada en los próximos días. El Siervo de Dios Pablo VI convocó un análogo “Año de la fe” en 1967, con ocasión del décimo noveno centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, durante un periodo de grandes cambios culturales. Considero que, transcurrido medio siglo de la apertura del Concilio, ligada a la feliz memoria del Beato Juan XXIII, sea oportuno recordar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario, y hacerlo en perspectiva no tanto celebrativa, sino más bien misionera, en la óptica, justamente, de la misión ad gentes y de la nueva evangelización.Queridos amigos, en la Liturgia de este domingo se lee aquello que san Pablo escribió a los Tesalonicenses: “Nuestro Evangelio no se difundió entre ustedes solo por medio de la palabra, sino también con la potencia del Espíritu Santo y con profunda convicción”. Que estas palabra del Apóstol de las gentes sea auspicio y programa para los misioneros de hoy – sacerdotes, religiosos y laicos – comprometidos en anunciar a Cristo a quien no lo conoce, o a quien lo ha reducido a simple personaje histórico. Que la Virgen María ayude a cada cristiano a ser un válido testimonio del Evangelio.

miércoles 28 de septiembre de 2011

Fiesta de los Santo Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael: Homilía de la Congregación del Clero



Fiesta de los Santos Miguel, Gabriel y Rafael,

Arcángeles


Da 7,9-10.13-14: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9an35hg.htm
Ap 12,7-12a:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ak1eel.htm
Gv 1,47-51:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ciutqa.htm

La Sagrada Escritura y la ininterrumpida Tradición de la Iglesia hacen ver dos aspectos significativos de la identidad del Ángel. Ante todo, es una criatura qe “está delante de Dios”, orientada con todo su ser hacia Dios. Es sintomático que los nombres de los tres Arcángeles terminen con la palabra ‘El’: Dios está inscrito en sus nombres, en su misma identidad. Su naturaleza es la existencia en Él y para Él.
Esto nos lleva a otra dimensión de los Ángeles: son mensajeros de Dios, llevan Dios a los hombres, abren el Cielo y, de este modo, abren la tierra a la Verdad, como lo atestigua el Evangelio de hoy. Precisamente porque están delante de Dios, pueden estar también muy cerca de los hombres. Los Ángeles nos invitan a descubrir que, como ellos, nosotros recibimos continuamente nuestro ser de Dios y somos llamados a estar delante de Él: esta es nuestra común identidad y verdad. ¡Dios está inscrito en el nombre de ellos y en nuestro nombre! Mirando de cerca a los tres Arcángeles, se hace aún más luminosa su fisonomía y más preciosa su misión.
Del Arcángel San Miguel, la Escritura presenta dos tareas, dos misiones. Miguel defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, el diabólico tentativo, en cada época de la historia, de hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer para que ellos puedan llegar a ser grandes.
Pero el dragón no acusa sólo a Dios; acusa también al hombre. Satanás es “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de Dios día y noche” (Ap 12,10). Alejarse de Dios no hace grande al hombre, sino que, por el contrario, lo priva de su dignidad y lo hace insignificante. La fe en Dios, en cambio, defiende al hombre y lo hace libre, desvelándole, en Dios, su grandeza.
La otra gran misión de Miguel es ser protector del Pueblo de Dios (cfr Dn 10,13.21;12,1). Donde resplandece la gloria de Dios en la Santa Iglesia, allí se desencadena fuertemente la envidia del demonio. La cristiandad medieval comprendió bien esta específica misión de protección y dedicó al arcángel San Miguel espléndidas y atrevidas iglesias: basta pensar en el tríptico de abadías: S. Michele sul Gargano, la Sacra de San Miguel de Turín y la del Monte San Miguel en Francia. Son lugares sagrados que, incluso en su colocación geográfica (equidistantes 1.000 kilómetros y colocadas sobre un único eje orientado exactamente hacia Jerusalén), dan testimonio de la fe eclesial en su protección celestial sobre toda Europa. Hoy, más que nunca, es necesaria su poderosa protección.
San Gabriel es el mensajero de la Encarnación de Dios (Lc 1,26-38). Él llama a la puerta de María y, por medio suyo, Dios mismo pìde a la Virgen su “sí” para llegar a ser la Madre del Redentor. El Señor está incansablemente llamando a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón: “Miro que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo vendré y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Llama para pedirle la libertad de abrirle. Él, entrando en nosotros y habitando entre nosotros, desea que nuestra vida tenga el respiro de Dios y la grandeza del Cielo. En la comunión con Cristo, estamos asociados tambièn nosotros a la misión de Gabriel: llevar a los hombres la llamada de Cristo y darles la buena noticia de su presencia.
San Rafael, finalmente, es presentado en el libro de Tobías como el Ángel a quien se le confía la misión de curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, a la tarea de anunciar el Evangelio le añade también la de sanar. Anunciar el Evangelio significa, ya por sí mismo, sanar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor de Dios. El Arcángel San Rafael cura la comunión entre hombre y mujer. Cura su amor y les da la capacidad de acogerse mutuamente y para siempre. En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de los ojos que están ciegos. Hoy tocamos con las manos que estamos amenazados por la ceguera para con Dios. Cuando mayor sea el peligro por lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que podemos hacer con ellas, más podemos hacernos ciegos para la luz de Dios. No captamos más la realidad del cielo, abierto sobre nosotros. Esto empobrece la tierra y hace triste nuestra vida. Curar esta ceguera de los corazones con el anuncio de Cristo, es la tarea sublime que, junto a Rafael, se nos ha confiado. Sólo la experiencia de la presencia regeneradora de Cristo puede hacer brillar con luz nueva nuestra mirada y abrir el Cielo, en el cual los Ángeles “suben y bajan” sirviendo y alabando la comunión entre el cielo y la tierra.
Hoy, en los santos Arcángeles, el cielo de Dios brilla luminoso y se abre nuevamente para nosotros: como defensa y protección, como alegre anuncio de su presencia y como luz que sana nuestros ojos. Agradezcamos a Dios el don de estos poderosos Amigos e invoquémosles como protectores celestiales, juntamente con Aquella que es Reina de los Ángeles, para nuestro bien y el de toda la Iglesia.

domingo 14 de agosto de 2011

La Asunción de la Virgen María: Homilía de la Congregación para el Clero




SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN

DE LA BEATA VIRGEN MARÍA


(Ap 11,19; 12,1-6.10; Sal 44; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56)

La celebración de la Asunción es un día de alegría: es la fiesta de la grandeza de Dios y de la grandeza del hombre en Él. Hoy resuena el alegre Magníficat, esta extraordinaria poesía inmersa del Corazón Inmacolado de María y florecida en sus labios.
El cantico evangelico es un retrato de la Virgen, en el cual podémos verla así como Ella es. Este inicia con la exclamación: «Mi alma glorifica al Señor», o sea, “proclama grande” al Señor. María desea que Dios sea grande en el mundo y en su vida personal. Ella no teme que el Señor sea contendiente: no tiene miedo que Él, con su grandeza, pueda quitarle algo a la libertad humana o sustraer cualquier cosa de su espacio vital. Ella sabe bien, que Dios es grande, entonces también nosotros somos grandes. Nuestra vida no se empobrece, si no más bien se ensalza, exalta y enriquece de la grandeza de Dios: Y es entonces que se convierte grande en el esplendor del Señor.
En el hecho que nuestros progenitores pensáran al contrario, tocamos precisamente el nucleo del pecado original. Temían que, si Dios hubiéra estado muy grande, habría quitado cualquier cosa a sus vidas; tenían la idea de hacerlo a un lado, para tener más espacio para si mismos. Esta es también la grande tentación de cada hombre; esta es también la grande tentación de cada ideología; es esta también la grande tentación de la secularización. Pero donde desaparece Dios, el hombre no se convierte en grande; pierde antes bien, la dignidad divina, pierde el esplendor del cielo en su rostro. Solamente si Dios es grande, también el hombre es grande.
La humildad alegre de María, nos ayuda a comprender que es precisamente así. Debémos cuidarnos del no alejarnos de Dios; debémos más bien reconocer que que nosotros somos grandes solo en su presencia; por esto debémos permitir que el sea grande en nuestra vida y todo el esplendor de la dignidad divina será nuestro. Es importante por lo tanto, que Dios sea grande entre nosotros, en nuestra vida personal y en la vida pública. Como hizo María es necesario que hagámos espacio cada día al Señor, en nuestra vida, iniciando precisamente por la oración, dando tiempo a Dios. No perdémos el tiempo si se lo ofrecémos a Él. Si el Señor entra en “nuestro” tiempo, todo el tiempo se conviérte en más amplio y más rico. Nuestro pobre tiempo se conviérte en tiempo de Dios, toca la eternidad.
La solemnidad de este día, abre para nosotros el horizonte del cielo, como signo de la gradeza del Señor, cantado por la Virgen; con el termino “cielo”, no se refiere esclusivamente a un “lugar” físico que se encuentra sobre nosotros, si no más bien a una realidad extraordinaria que nos toca désde ahora de cerca.
Se pretende afirmar que Dios, en Cristo, definitivamente superó y venció el tiempo y el espacio para el hombre, introduciéndolo en su eternidad. El Señor no se oculta jamás, y nosotros existímos porque el nos ama, porque nos ha pensado creativamente, así como nosotros somos. “Nuestra eternidadad” no es ontológica, si no más bien se funda en su amor misericordioso. Quien es amado por Dios, y acepta su amor, no morirá nunca. En Él, en su pensamiénto en su amor nosotros estamos para siempre custodiados y por esto mismo inmortales, en todo nuestro ser personal.
Este amor es portador de la inmortalidad, que nosotros llamamos “cielo”: Dios es tan grande de tener un puesto también para nosotros. Esto manifiésta la expresión dogmática de la «Asunción corporal a la gloria celestial» de la Beata Virgen María.
La fe no promete solo la salvación del alma en la imprecisión del más allá, en el cual todo lo que en este mundo a sido precioso y apreciado desaparece, pero anuncia el valor eterno de lo que ha sucedido en esta tierra. Nada de lo que es precioso y apreciado se arruinara: «Ustedes tienen contados todos sus cabellos» (Mt 10,30).
El mundo definitivo será el cumplimiento también de esta tierra y de nuestra historia personal. El Señor conoce y ama a todo el hombre, lo que nosotros hoy concretamente somos. La totalidad integral de la persona es “presa” por Dios, Él nos atíra y nosotros obtenémos así la eternidad en Dios mismo. Esta es la verdad que hoy nos impregna de alegria profunda; con la asunción al cielo, Maria Santisima testimónia el significado auténtico de nuestra humana existencia. En ella descubrímos que nuestra vida porta en sí mísma la profundidad, la altúra y pedasos del cielo y es llamada désde ahora a hablar, como siempre lo hace el cielo, de Dios.
Dios ha asumído en la gloria celestial a Aquella que el Hijo ha donado en la cruz como Madre; ahora en el corazón mismo de Dios, hay espacio para la maternidad de María y para sus cuidadosas atenciónes. Siendo en Dios y con Dios, la Virgen María esta cerca a cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, escucha nuestras oraciónes, esta siempre cerca en nuestras necesidades y aflicciónes y nos sostiene con su materna bondad.
Podémos siempre confiar nuestra entera vida a esta dulce Madre, que no esta lejos de ninguno; antes bien, en Ella, nuestra vida presente esta désde ahora en Dios. Demos gracias al Señor por el don de su Obra Mestra, de la Madre Celestial asumida en la gloria y oremos para que la Iglesia, mostrando la belleza de María, ayude a los hombres a reconocer la propia inaudita dignidad que es reflejo de la grandeza de Dios.
¡Hoy, viviendo la Asunción, comprenderémos que es la fiesta del humanismo plenario!.

domingo 7 de agosto de 2011

P. Marco Antonio Foschiatti OP, homilía para el domingo XIX del tiempo ordinario (Ciclo A)



Homilía para el Domingo XIX durante el año


Jesús vive de cara al Amor del Padre.

“Subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba allí solo”[1]

“Se escuchó el susurro de una brisa suave, al oírlo Elías, cubrió su rostro, salió y se puso a la entrada de la cueva”[2]

El evangelio de hoy, entre otros grandes temas, quiere que nos detengamos en la oración y la soledad de Jesús. Los primeros versículos nos invitan a entrar en Jesús que vive de cara al Padre, de cara al Amor. Ese Jesús cuya alma silenciosa tiene sed de soledad, de amor, de cercanía con el Padre. ¡Alma silenciosa de Jesús, santifícame!

Luego de la multiplicación de los panes, como signo de su compasión por la multitud, como signo de su futuro ser partido y entregado en la Pasión, Jesús necesita la soledad y el desierto para expansionar su alma ante el Padre. Jesús es el orante y el mediador por excelencia, debe presentar al Padre sacerdotalmente, todos aquellos corazones sedientos de la Palabra, todas aquellas personas que le seguían y por las cuales las entrañas de su compasión se parten. Jesús debe hablarle al Padre, como hombre verdadero que es, como Sacerdote fiel y compasivo, de las ovejas dispersas y abatidas por la falta de pastor. Debe hablarle de sus discípulos, rogar por ellos, por la firmeza de su fe, por su fidelidad. Debe hablarle de su Hora…esa Pascua definitiva que ya ha anticipado en cierta manera con la multiplicación de los panes, cuando Él, el Pan verdadero que baja del Cielo, entregue su carne por la vida del mundo.

Jesús en soledad. Jesús ante el Padre. Jesús en la caída de la tarde. Me gusta, cuando medito en las parábolas del Señor, el detenerme en el alma contemplativa y hasta poética del Señor. Si hay un Poeta en el mundo ese es Él. Los demás serán poetas en la medida en que se adentren en la contemplación de ese hijo del carpintero, en la mirada sencilla y penetrante de Jesús que sabe lo que hay en el interior del hombre. Las parábolas nos están mostrando esa alma contemplativa de Jesús: cada tarde al finalizar el duro trabajo en el taller de José se sentaría en silencio, luego de haber rezado con José los salmos, para contemplar el horizonte y ver las ovejas y los pastores que regresaban a sus apriscos, que abrevaban en la fuente. Miraba con detención ese Pastor bueno que llevaba en su regazo la oveja herida, y se veía a sí mismo, veía allí la razón de su espera y su silencio en el taller de Nazareth. El había venido para buscar a su única oveja perdida para llevarla en su regazo al Padre[3].

En la caminata vespertina de los sábados, cuando María y José le llevaban para solazarse en las colinas blancas de Nazareth, contempla en la lejanía la hermosura del Tabor y mucho más allá la selvática exuberancia del Carmelo[4]. Mientras caminan Jesús se detiene en los surcos abiertos.

Con qué emoción Jesús tomaría en sus manos las semillas guardadas, tal vez por su madre en el arca, para la pequeña siembra familiar. El Verbo, la Palabra hecha carne, ha tomado en sus manos el misterio de la vida que palpita en la semilla: la ha tomado como una imagen de su Palabra, de ese derroche de Gracia que es la siembra de la semilla del Reino[5].

Jesús contemplaba a su madre santísima, una ama de casa laboriosa, fiel, entregada, silenciosa y alegre, que guarda las penas en lo hondo del alma, pero que ofrece siempre a los demás la sonrisa dulce de la confianza y del aliento, como toda buena madre. Jesús contempla a su madre barriendo la casa, preparando la masa del pan con la levadura, preparando el candil para la noche, remendando la ropa roída del pobre carpintero…las más pequeñas realidades cotidianas en esa alma adquieren la potencialidad y la densidad para manifestar los Misterios más grandes del Reino, para hablarnos de la Gracia, del amor misericordioso del Padre, para hablarnos de nuestro corazón: de sus durezas y resistencias para acoger la semilla del Reino, para recibirle a Él mismo, la Palabra. ¿Quién es el Contemplativo sino Él? ¿Quién es el Poeta sino Él?

Jesús vive de cara al Padre, es el Verbo que como Niño eterno reposa en el “regazo” del Padre[6], que juega en su Presencia, que todo lo recibe de Él, que hace siempre lo que es de su agrado. Su primer balbuceo en el seno de María es hacia el Padre: ¡Heme aquí, vengo a hacer tu voluntad![7] A sus doce años proclama abiertamente que Él debe estar en las cosas y en la Casa de su Padre, o sea vivir constantemente en su Presencia. Debe estar en la Casa del Padre y en las cosas del Padre[8], buscando constantemente su Voluntad, haciendo de esta Voluntad su Pan, su alimento[9], su Alegría, la razón de su Vida.

Jesús en la montaña, en la soledad…hablándole al Padre de las aflicciones humanas que él, como Sacerdote compasivo[10], vino a hacer suyas. Hablándole de la oscuridad del alma humana sin la Luz de la Palabra Divina, hablándole al Padre de la dureza del corazón humano sin la Gracia, manifestando al Padre las heridas de la humanidad, su hambre de vida y de sentido. Su sed de bienaventuranza. Su hambre de Pan, su hambre de Dios.

Jesús en la montaña en la soledad…adorando y alabando. La creación nace del Amor gratuito de Dios como ámbito en donde se pueda desarrollar la alianza entrañable entre el corazón de Dios y el corazón del hombre[11]. La creación es el espacio revelador de los atributos divinos, es el primer gran libro en donde estamos llamados a leer la firma de Dios, sus huellas, su pasar. La creación es una sinfonía maravillosa. Para quién tiene un oído atento, para aquel que sabe callar y dejar que la gracia despierte sus sentidos interiores, la creación está cantando y traduciendo los ecos del Verbo, canta la eterna eucaristía del Verbo de cara al Padre… La creación canta, agradece, alaba. Ha sido llamada a la existencia precisamente para eso: para hacerse acción de Gracias a su Creador y de esta manera encontrar su plena vivificación, ya que la Gloria de Dios es la vida de la criatura. Una criatura, en la medida en que se transforme en glorificación, se va sumergiendo en la Vida de Dios que no perece. Los salmos son un claro testimonio de ello. La alabanza de Dios es algo tan grande, tan sabroso, tan vivificante que no puede existir muerte ni abismo que quiebre esa alabanza. La vida del corazón humano es poder alabar al Dios que se revela en la creación y que invita a entrar en su Comunión por la alianza. Esa alabanza pide la eternidad, la perennidad, no hay ruptura para el corazón que ha experimentado el ofrecimiento de la comunión divina: ¡Tu amor vale más que la vida![12] ¡Se consumen mi corazón y mi carne por Dios mi herencia eterna![13]

Y uno se pregunta: ¿Jesús sólo se sumergía en la soledad de los montes y espesuras para gemir ante el Padre presentándole el llanto y el gemido de toda criatura? ¿Jesús sólo ha saboreado la hiel amarga de la existencia humana? Ciertamente que Él vino, en su admirable intercambio en la Encarnación, a ser el hombre que vive por los demás, ha venido a asumir toda la pobreza y las enfermedades de nuestra herida naturaleza para ofrecernos su Riqueza, su Vida de Hijo, su Sabiduría, su Justicia, su Santificación y Redención[14]. Jesús es el Hombre de dolores, el Siervo sufriente[15] pero es también el más bello de los Hijos de los hombres[16], aquel que vive el Gozo del Amor Divino que inunda su existencia de manera única. Él se vive Hijo amado…su alma se expansiona no sólo en la contemplación de las miserias del corazón humano que debe redimir sino que, también, su Corazón y su carne[17], se alegran en el Dios vivo a quién contempla cara a cara.

Jesús deber ser el Sacerdote que reconduzca la creación y la persona humana en el sacrificio perfecto de la alabanza. La creación ha cumplido su sentido de ser revelación de la Gloria del Dios vivo desde el momento en que el Hombre Dios la ha devuelto en canto, en poema agradecido, en salmo de júbilo al Creador, a su Padre. Desde la más pequeña flor del campo, hasta el pajarillo que alaba sin saberlo, hasta la más mínima hormiga, pasando por los venados y gacelas, todo ha encontrado ya su plenitud y su sentido desde el momento en que el Corazón humano de Jesucristo, en contemplación agradecida y exultante, las ha devuelto en ofrenda, al Corazón del Padre. La Eucaristía de la Cruz, la alabanza dolorosa de la Cruz, no hará sino ratificar esa continua ofrenda de toda criatura, de toda persona, del Hijo de Dios mismo al Padre. El mundo ha sido creado para que el Hijo de Dios hecho hombre lo devolviera en eucaristía y adoración al Padre.

La creación ha podido llegar a ser, de verdad, una sinfonía de Belleza, de respuesta a la belleza donada por el Creador, cuando el Verbo, que ha llamado y ha potenciado para el canto a todas las cosas, se ha convertido en miembro de esa Sinfonía. El es el Solo[18] que aúna todas las voces y todos los gemidos en una armonía única:

“A través de su revelación, Dios ejecuta una sinfonía, en la que no se sabe qué es más rico, si la armonía de su composición o la orquesta polifónica de su creación, que la interpreta. Antes de que el Verbo de Dios se hiciese hombre, la orquesta que es el universo tocaba algo así como melodías aisladas y sin unidad…era sólo el ensayar. Entonces vino el “Heredero Universal” por cuya causa había sido reunida también toda la orquesta. La pluralidad de instrumentos que la componen adquiere sentido cuando interpreta, bajo la dirección de Cristo, la sinfonía de Dios” ( cf. H. Balthasar, La verdad es sinfónica).

El gran secreto de Jesús, su buscar la soledad de los campos, montes y desiertos tiende a esto: Jesús quiere cantar, alegrarse y casi gritar de júbilo por vivirse de cara al Amor del Padre y, por esta su oración y ofrenda, abrir los torrentes de ese Amor a todo corazón humano por la redención. Lo dice intuitivamente el voluminoso Chesterton:

“Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en El algo demasiado grande para que nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era Su Alegría”.

¡Oh montes de Galilea, oh lago de Genesareth…en vosotros, la alabanza del Hijo de Dios, ha vuelto a sembrar el Paraíso! Ya Dios no es el distante, ya no es el fuego abrasador que consume a la criatura, ya no es el terremoto ante el cual todo vacila, que infunde el miedo y el temblor…Tu Dios es Jesús. En Él la brisa suave del perdón y de la misericordia viene a visitarnos. La brisa suave de la tarde como en los primeros días del Paraíso [19]nos vuelve a visitar en Jesús. Dios con nosotros viene a buscar a su criatura no para oprimirla sino para conversar en familiar apertura. Ya quedan atrás los torrentes y los vientos del pecado, del mundo, de la carne, todos aquellos torrentes que deseaban destruir el amor[20]. Sólo se escucha en la tarde de la montaña, al caer el ocaso, la brisa suave del Amor, la brisa suave de un Nombre “Jesús”… El reanuda la Alianza para siempre en su Sangre preciosa, el nos da un nombre nuevo, el anillo de los hijos, nos reviste de su Vida y de su justicia[21]. Cae la tarde, Jesús se abisma ante el Padre, ofrece nuevamente la creación. Cae la tarde, Jesús se acerca a la criatura, perdida en las tempestades, para decirle: “¡No temas, Yo soy tu Salvador! Soy la brisa suave…se ha manifestado la humanidad de tu Dios y su amor por el hombre. Mírame y no vacilarás…pisarás las tempestades, los vientos se cambiaran en bonanza, las tormentas en brisa suave. ¡Vive de cara a mi amor, sumérgete en mi oración! Ya que las aguas torrenciales no podrían apagar el amor ni anegarlo los torrentes. Aférrate de mi mano, camina conmigo, y haz también de tu vida una alabanza en Mí”.

Nuestra alma es como la barquita de Pedro, es una Iglesia en pequeño. Ya Orígenes hablaba del “Alma Iglesia”. La nave de los discípulos zarandeada a merced del viento y de las olas es imagen de la Iglesia y es imagen de nuestra vida. Necesitamos clamar constantemente a Jesús: ¡Señor, sálvame! Necesitamos mirarle a Él, tan sólo a Él para no tener miedo, para no dejarnos hundir por la desesperanza, por la tentación, por el tedio, por las ventoleras de hielo que tienden a enfriar y petrificar el alma en el pecado, en la soberbia, en las vanidades, en un Evangelio a la carta –según las modas y caprichos-, por último en la rigidez de la muerte. Necesitamos el soplo cálido del Rostro del Señor, su Teofanía en su humanidad apacible, en la humanidad de Jesús de Nazareth, que nos sostenga de la mano, que nos arranque de la muerte y de las aguas caudalosas, repitiéndonos con su palabra firme y eficaz: ¡No temas, Yo estoy contigo; Soy Yo! ¡Yo Soy Jesús! Y nosotros, arrojemos nuestra fe vacilante y pobre en la súplica confiada de Agustín: ¡Sé Jesús para mí!


P. Marco Antonio Foschiatti OP
Casa San Pablo, primer ermitaño, Santa Fe de la Vera Cruz.


[1] Mt 14, 23.
[2] 1 Reyes 19 12-13.
[3] Lc 15, 4.
[4] Mt 6, 28-30.
[5] Mt 13, 3ss.
[6] Jn 1, 18.
[7] Heb 10, 7.
[8] Lc 2, 49.
[9] Jn 4, 34; 6, 38-40; 17, 4; 19, 30.
[10] Heb 2, 17.
[11] “La alianza, la comunión entre Dios y el hombre, está ya prefigurada en lo más profundo de la creación. Sí, la alianza es la razón intrínseca de la creación así como la creación es el presupuesto exterior de la alianza. Dios ha hecho el mundo para que exista un lugar donde poder comunicar su amor y desde el que la respuesta de amor regrese a Él. Ante Dios, el corazón del hombre que le responde es más grande y más importante que todo el inmenso cosmos material, el cual nos deja, ciertamente, vislumbrar algo de la grandeza de Dios” Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual de 2011.
[12] Cf Salmo 62.
[13] Salmo 72, 26.
[14] I Cor 1, 30.
[15] Isaías 53, 3.
[16] Salmo 44.
[17] Cf Salmo 83.
[18] “Podemos contemplar así la profunda unidad en Cristo entre creación y nueva creación, y de toda la historia de la salvación. Por recurrir a una imagen, podemos comparar el cosmos a un “libro” –así decía Galileo Galilei- y considerarlo como la obra de un Autor que se expresa mediante la “sinfonía” de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en el lenguaje musical se llamaría el “solo”, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este “sólo” es Jesús…El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen, sin confundirse, el Autor y su obra.” Benedicto XVI, Verbum Domini n 13.
[19] “Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa…” Gen 3, 8.
[20] “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo” Cantar de los cantares 8, 7.
[21] Lc 15, 22-24.

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, Homilía de la Congregación para el Clero



XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

AÑO A



1 Re 19,9.11-13

Rm 9,1-5

Mt 14,22-33


Después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces con los cuales había alimentado a la multitud, Jesús nos invita a nosotros, sus discípulos, a verificar nuestra fe en cada pasaje en el cual estamos llamados a confiar y a dirigir la mirada hacia Él, el Salvador que responde al grito del hombre.
El contexto de la narración evangélica se presenta como limitado en el contraste entre la paz que Jesús vive en oración en el monte y el escenario del lago en el cual navegan los discípulos, acompañados por un viento contrario que pone en peligro la travesía. Viento contrario, signo de un aparente fin, que provoca miedo en el corazón de los discípulos. Un miedo que hace dramatica, trágica la travesía: las aguas turbulentas, la figura de Jesús confundido con un fantasma, el terror de Pedro de ahogarse cuando camina sobre las aguas hacia su Señor.
En la noche, especialmente cuando es trágica, estamos llamados a hacer un camino que va de la perturbación al valor de la fe, provada por las dudas y las caídas; del miedo a la tranquilidad de la oración, camino que se lleva a cabo en la experiencia de la salvación.
Pedro representa a cada hombre: cuando la mirada esta fija en Cristo y la fe es obediente abandono, entonces en la confianza se puede avanzar. Por el contrario, la mirada encerrada en sí misma y en las dificultades, en la presunción de bastarse a sí mismos, determina la prevalencia del miedo y, nos podemos ahogar.
Es por la fe que tenemos que estar seguros de que el Señor está cerca, está presente, está con nosotros y nos repite: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis». Estas palabras de Jesús deberían ser suficientes para avanzar en el camino de la vida con seguridad y decisión.Pero el miedo, en Pedro como en nosotros, se convierte en duda: «Señor, si eres Tú...» Y la condición que se plantea con la propuesta de Dios, se transforma durante la prueba y el fortalecimiento de la fe: «¡Ven!».
¿Qué es lo que salva a Pedro y con él a todos los hombres?
No es la frenética búsqueda de certezas humanas, no la confianza en sí mismo, incapaz de soportar el peso del mundo y sus olas, sino la respuesta de Cristo al grito de Cristo: «¡Señor, sálvame!».
Es un grito de oración al cual responde la potencia de Dios que salva. El ingenio del hombre no es suficiente para encontrar al Señor, el miedo ahoga al hombre, la ilusión de tener todo en sus manos se derrumba miserablemente; sólo la humildad de la fe puede salvar, y, de hecho, salva.
El viaje de la perturbación al valor de la fe se lleva a cabo en aquella mano que salva de los frutos agitados por el viento: es la experiencia que lleva a reconocer quien es Aquel que se revela a nosotros: «Verdaderamente tú eres Hijo de Dios». La salvación que Cristo ofrece es la única certeza para poder continuar a creer aunque tocados por la experiencia de la angustia; reconocer, como los discípulos, que Él es Señor de la creación y de todas las cosas es una garantía de la victoria en la lucha contra el mal. «Jesucristo tiene un significado y un valor para el género humano y su historia, singular y único, sólo de él propio, esclusivo, universal y absoluto. (Declaración Dominus Iesus, 15).
En este tiempo, para muchos de reposo y tranquilidad de las fatigas cotidianas, pidamosle al Señor un corazón que sea capaz de una auténtica fe en Él, capaz de reconocerlo y seguirlo, porque Él es la Verdad de nuestras vidas; en la celebración de los Sacramentos, encontramos la salvación de Dios para nosotros .La Santísima Virgen María, mujer de fe y abandono total de confianza, nos obtenga «un corazón sencillo, que no disfrute de sus penas, un corazón magnánimo, lleno de compasión, un corazón fiel y generoso, que no se olvide de ningún bien y no conserve rencor de ningún mal» (Oración del Padre de Grandmaison)