jueves, 30 de octubre de 2014

MENSAJE DEL SANTO PADRE EN EL V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA


Querido Hermano:
El 28 de marzo de 1515 nació en Ávila una niña que con el tiempo sería conocida como santa Teresa de Jesús. Al acercarse el quinto centenario de su nacimiento, vuelvo la mirada a esa ciudad para dar gracias a Dios por el don de esta gran mujer y animar a los fieles de la querida diócesis abulense y a todos los españoles a conocer la historia de esa insigne fundadora, así como a leer sus libros, que, junto con sus hijas en los numerosos Carmelos esparcidos por el mundo, nos siguen diciendo quién y cómo fue la Madre Teresa y qué puede enseñarnos a los hombres y mujeres de hoy.
En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres.  ¿Por qué caminos quiere llevarnos el Señor tras las huellas y de la mano de santa Teresa? Quisiera recordar cuatro que me hacen mucho bien: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo.
Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque "un santo triste es un triste santo". Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,l). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf.  Fundaciones 12,l). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!
La Santa transitó también el camino de la oración, que definió bellamente como un «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabernos nos ama» (Vida 8,5). Cuando los tiempos son "recios", son necesarios «amigos fuertes de Dios» para sostener a los flojos (Vida 15,5). Rezar no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (Vida 22,6). Para orar «no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho» (Moradas IV,1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de mirarnos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4). Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia sí, pero la oración es el «camino seguro» (Vida 213). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad. ¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada. En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del «para siempre, siempre, siempre» (Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un «corazón enamorado» (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que «solo Dios basta» (Poesía 9).
Este camino no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno de la Iglesia madre. Esta fue su respuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del "colegio apostólico", siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. «Para esto os junto El aquí, hermanas» (Camino 2,5) y tal fue la promesa: «que Cristo andaría con nosotras» (Vida 32,11). ¡Que linda definición de la fraternidad en la Iglesia: andar juntos con Cristo como hermanos! Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que «aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas» (Camino 4,4). ¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres! ¡Nada hay más hermoso que vivir y morir como hijos de esta Iglesia madre!
Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel «agua viva» (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separo del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII, 4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: «Estamos de camino» (Carta 469,7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!
«¡Ya es tiempo de caminar! » (Ana de San Bartolomé, Últimas acciones de la vida de santa Teresa). Estas palabras de santa Teresa de Ávila a punto de morir son la síntesis de su vida y se convierten para nosotros, especialmente para la familia carmelitana, sus paisanos abulenses y todos los españoles, en una preciosa herencia a conservar y enriquecer.
Querido Hermano, con mi saludo cordial, a todos les digo: ¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús.
Les pido, por favor, que recen por mí, pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.
Fraternalmente,
PapaFrancisco

ORACIÓN DE v CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA

Dios, Padre nuestro,
te alabamos y te bendecimos,
porque nos concedes la gracia de celebrar
el V centenario del nacimiento
de Santa Teresa de Jesús.

Señor Jesucristo, "amigo verdadero",
ayúdanos a crecer en tu amistad,
para que, como Teresa, hija de la Iglesia,
demos testimonio de tu alegría ante el mundo,
atentos a las necesidades
de la Humanidad.

Espíritu Santo,
ayúdanos a avanzar,
"con limpia conciencia y humildad",
en el camino de la vida interior,
cimentados en la verdad,
con renovado desprendimiento,
y amor fraterno incondicional.

Como Teresa de Jesús,
maestra de espiritualidad,
enséñanos a orar de todo corazón:
"Vuestra soy, Señor, para Vos nací
¿qué mandáis hacer de mi? Amén.

INDULGENCIAS EN EL AÑO JUBILAR DEL V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA


PENITENCIARÍA APOSTÓLICA
Por mandato del Santísimo Padre Francisco, manifestada de buen grado su paternal benevolencia, concede el Año Jubilar Teresiano en España con la siguiente indulgencia plenaria a los fieles verdaderamente arrepentidos, con las condiciones acostumbradas: confesión sacramental, Comunión Eucarística y oración por las intenciones del Romano Pontífice, que podrá lucrarse una vez al día y también podrán aplicar por las almas de los fieles todavía en el Purgatorio si visitan en forma de peregrinación alguna catedral, templo o santuario jubilar y allí asisten a algún rito sagrado o, al menos, oran durante un tiempo suficiente ante alguna imagen de santa Teresa solemnemente expuesta, terminando con la oración del Padrenuestro, Credo, invocación a la Virgen María y a santa Teresa de Jesús.
Los devotos cristianos que estuvieran impedidos a causa de la ancianidad o por grave enfermedad, igualmente podrán lucrar la indulgencia plenaria si, arrepentidos de sus pecados y con propósito de realizar lo antes posible las tres acostumbradas condiciones, ante alguna pequeña imagen de santa Teresa de Jesús, se unieran espiritualmente a las celebraciones jubilares o peregrinaciones y rezan el Padrenuestro y el Credo en su casa o en el lugar donde permanezcan a causa de impedimento, ofreciendo los dolores y molestias de la propia vida.
Todos los fieles de España, si estuvieran en cama, también podrán alcanzar indulgencia parcial, incluso varias en un mismo día, cuantas veces con corazón contrito practicaran obras de misericordia, actos penitenciales o de evangelización propuestos por el obispo diocesano, invocando a santa Teresa de Jesús, que compensó su deseo de martirio con limosnas y otras buenas obras.
Finalmente, para poder acceder con más facilidad al divino perdón conforme a la autoridad sacramental de la Iglesia, en aras de la caridad pastoral, esta Penitenciaría ruega encarecidamente que los penitenciarios de las iglesias catedrales, los canónigos y clero, y además los Rectores de los santuarios se dispongan con ánimo generoso a la celebración penitencial y administren la Sagrada Comunión a los enfermos.
El presente decreto tendrá validez durante todo el Año Jubilar Teresiano no obstando nada en contra.
Maurus S.R.E.
Card. Placenza
Penitenciario Mayor

viernes, 24 de octubre de 2014

LA ENTREGA DE LOS TALENTOS Y LOS SACERDOTES. San Antonio María Claret


El primer siervo significa un misionero apostólico a quien el Señor, a más del talento de la dignidad sacerdotal, le ha encomendado otros cuatro, que son los cuatro ángulos de la tierra, cuando dijo: Euntes in universum mundum, praedicate evangelium omni creaturae (96).
El segundo significa un párroco a quien el mismo Señor, a más del talento de la dignidad sacerdotal, le ha confiado el otro de la parroquia.
El tercero es cualquier sacerdote, a quien el Señor ha entregado el único talento de la dignidad sacerdotal. ¡Ay de él si no negocia! ¡Ay de él si lo esconde por temor o pereza! ¡Ay de él! Como criado malo, será echado a las tinieblas exteriores (97); esto es, al infierno, como dicen los expositores sagrados. Sufficit mihi anima mea, dice San Agustín en boca de este mal sacerdote (98); lo que yo quiero es salvar mi alma, no sea que la pierda queriendo salvar la de los otros; y le responde el mismo Santo Padre: Eia, non tibi venit in mentem servus ille qui abscondit talentum? (99). ¡Ay de ti!, que, si no da fruto este árbol de la dignidad sacerdotal, se te dirá: Ut quid terram occupat? (100), y se mandará cortarlo y echarlo al fuego del infierno (101).
El Concilio de Colonia a este sacerdote le trata de lobo y de ladrón, asegurando que infaliblemente experimentará un grande castigo: Quod ingens ultio tandem certo subsequetur (102). Claro está que un tal sacerdote es lobo de las ovejuelas de Jesucristo, pues que las mata directamente con sus escándalos o vicios, indispensable consecuencia de su ociosidad, o indirectamente, dejándolas perecer de hambre como el epulón, que dejó víctima de la miseria al pobre Lázaro (103). Los pobrecitos piden pan, y no hay quien se lo reparta (104); este pan es la santa instrucción en la ley del Señor y la administración de los sacramentos. Además, un tal sacerdote es ladrón, porque la Iglesia lo mantiene y él no trabaja por ella; como ladrón es aquel criado que, mantenido por su amo para que trabaje, se está mano sobre mano. Sabemos que Jesucristo nos ha llamado a su santa casa para trabajar como Él: Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (105). Sí, todos debemos trabajar según los talentos y gracias que hemos recibido del Señor (106), y quien no pueda por los achaques o vejez, que lo supla con la oración (107).
Es tan importante el trabajo de cada uno según su talento, que sin él todo se pierde. Por ejemplo: ¿qué será del fruto de las misiones si, después de convencidos los pecadores y puestos, con el auxilio del Señor, en estado de gracia, los sacerdotes que viven en cada parroquia no trabajan? Como no es posible que estén siempre allí los misioneros, es preciso que los sacerdotes del país vayan fomentando con el pábulo del sagrado misterio el divino fuego que aquellos hayan encendido; de lo contrario, natural e insensiblemente se extinguirá la santa llama. La buena semilla sembrada en un campo, si se abandona, será sofocada de las malas yerbas (108); de poco servirá que los misioneros engendren en Cristo a muchísimos (109). Si después los otros sacerdotes no procuran, como buenas amas, conservar y aumentar la vida espiritual de estos hijos con el pecho lleno de santo celo.
Copiaré aquí las fulminantes palabras del apóstol San Pablo a Timoteo: Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos al tiempo de su venida y de su reino; predica la divina palabra oportuna e importunamente; reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios para sus desordenados deseos y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas; tú entre tanto vigila en todas las cosas del ministerio; soporta las aflicciones; desempeña el oficio de evangelista; cumple con todos los cargos de tu ministerio (110).
Sobre esta doctrina del Apóstol quiero añadir, especialmente para los párrocos, los siguientes avisos.
1. Pondrás tu principal mira en cuidar bien tu conciencia y la de los feligreses, y para esto te ocuparás algunas veces entre día en pensar en asunto de tanta importancia.
2. Ya sabes que nemo dat quod non habet (111); por cierto, no podrás dar luz a los feligreses si primero no pides a Dios que te ilumine, ni los encenderás en la caridad si Dios no te enciende a ti primero con aquel fuego que comunica en la meditación (112), la oración y lectura espiritual, para lo cual no te faltará tiempo si con un método prudente lo tienes distribuido y arregladas todas las cosas.
3. Procurarás catequizar y predicar a tus feligreses no sólo con el buen ejemplo, sí que también con la divina palabra, usando más de la suavidad que del rigor, y del rogar y persuadir más que del mandar (113).
4. Procurarás encender en tus feligreses la llama del divino amor; para esto haz que en todos los días, a lo menos en los domingos, se tenga oración mental en la parroquia; incúlcales esta ciencia divina, manifestándoles su excelencia, utilidad, necesidad y facilidad, como que pueden practicarla en medio de sus ocupaciones; enséñales el modo de hacer jaculatorias. Inspírales la devoción al Santísimo Sacramento, a la Beatísima Trinidad, a la purísima Virgen, a los santos patronos y a los ángeles custodios. Exhórtales a la frecuencia de los santos sacramentos, y para esto les darás ocasión poniéndote muy de mañana en el confesonario; si no vienen un día, vendrán otro, viendo la proporción que les ofreces todos los días; los cazadores, aunque no pasan pájaros a todas horas, no se mueven del lugar, esperando que vengan. ¡Ah, si nosotros los sacerdotes fuéramos todos muy fervorosos, qué otro sería el pueblo!
5. Cumplirás lo que todos los días dices al Señor en la santa misa: Domine, dilexi decorem domus tuae (114); ama la limpieza del templo y de los ornamentos y ofrece siempre al Señor lo mejor, a imitación de Abel; no seas como Caín, que lo mejor se lo quedaba para sí y lo más despreciable lo sacrificaba a Dios (115). ¡Ay de ti si tienes más cuidado de las cosas de tu casa que de las de la Iglesia! ¡Ay de ti si lo bueno, precioso y limpio lo reservas para ti, y lo malo, vil y sucio lo ofreces al Señor! Vae tibi!
6. No sólo procurarás con todo esmero la limpieza y aseo del templo, sí que también guardarás y harás se guarde en él un religioso silencio: aprende del celo del divino Maestro, que sufrió calumnias, azotes, espinas, clavos y muerte de cruz sobre sí, pero no sufrió ni toleró a los que profanaban el templo (116).
7. Desterrarás de ti aquellos vicios que tú reprendes o debes reprender en tus feligreses y, adornado con las virtudes que les persuades, pórtate de manera que les puedas decir como el Apóstol: Imitatores mei estote, sicut et ego Christi (117).
8. Nunca jamás trates mal de palabra ni de obra a tus feligreses, eligiendo antes penar que darles que sufrir; y, cuando tengas que reprender, mezclarás siempre la dulzura con la corrección, teniendo presente que se cogen más moscas con una gotita de miel que con un barril de vinagre (118); que ha curado más llagas el aceite y vino del samaritano que todo el vino agrio de los fariseos (119), y que aquellas acrimonias y palabras fuertes que a veces salen de la boca de algunos sacerdotes, les parecerá que salen de puro celo, pero en verdad no salen del celo, sino de la pasión; no saben de qué espíritu están animados (120) y qué poco imitan la mansedumbre de Jesucristo, nuestro divino Maestro: Bienaventurados los mansos, que ellos poseerán los corazones terrenos y, por último, la tierra de promisión o la gloria (121).
9. Procurarás que en la misa te vean devoto; en la mesa, templado; en la calle, modesto; en las palabras, cuerdo; en las obras, casto; en las operaciones del santo ministerio, diligente, y en todo cuanto mira al servicio de Dios, fervoroso. Mal cumplirías con estos deberes si no tuvieses bien arreglada tu casa: Si quis autem domui suae praeese nescit, quomodo Ecclesiae Dei diligentiam habebit? (122). Pondrás, pues, todo cuidado en escoger gente de bien para el servicio de tu casa, y si con el tiempo viene alguno a ser motivo de escándalo a ti o tus feligreses, arráncalo, échalo luego de casa, aunque sea tan útil y necesario como los ojos, manos y pies, como dice el Evangelio (123). ¡Ay de ti si, en lugar de edificar, escandalizares!; mejor te fuera que colgasen una piedra de molino a tu cuello y te anegasen en el profundo del mar (124). Por esto, procurarás que todos tus domésticos vistan modestamente, no hablen mal ni anden en tratos, bailes y otras diversiones mundanas, antes bien que sean amantes del retiro, de la oración y lectura espiritual; que frecuenten los santos sacramentos; en una palabra, que posean aquellas virtudes que tú persuades a los otros y que ninguno de ellos tenga los vicios que tú reprendes en los feligreses. Si quis autem suorum, et maxime domesticorum curam non habet fidem negavit et est infideli deterior (125). Por ningún motivo permitas que tus domésticos se entrometan en negocios parroquiales o en las personas que tú diriges; ni tampoco seas fácil en hablar con ellos de tales asuntos. Mira bien qué gente viene a tu casa; a los que vengan por asuntos del ministerio recíbelos con toda urbanidad y amor; si lo que te piden lo debes hacer, hazlo tan pronto como puedas y tan bien como sepas; si no lo puedes hacer, no por esto te alborotes ni les riñas; consuélalos con buenas razones, que así no les agraviarás. Si los que acuden a tu casa son gente ociosa, húyeles luego el cuerpo, diciendo que tienes que hacer, porque algunos de éstos todo lo que ven lo publican, con no poco perjuicio de la edificación de los fieles (126); estas gentes, además, son muchísimas veces causa de sospechas, de celos y rivalidades y de otros gravísimos males, como he visto en algunas parroquias (127).
10. Anda con mucho tiento en orden a visitas, tertulias o reuniones, convites y actos semejantes, que de vez en cuando podrá exigir la prudencia, urbanidad o caridad; todos los extremos son viciosos; si un sacerdote se familiariza demasiado con algunos, se atraerá el desprecio de éstos y el odio de los demás, y, si nunca se deja ver ni en los actos indispensables, incurre en la nota de grosero e incivil. Quisiera que no faltases a ninguna de aquellas atenciones que exige la prudencia y el desempeño del sagrado ministerio; pero te suplico, por lo más santo y sagrado, no seas fácil en hacer visitas, mayormente a personas de diferente sexo. ¡Ay, qué males y desgracias he visto seguirse de aquí! ¡Ay, qué escándalos! Ni basta decir: "Son gente de bien, son personas piadosas"; a lo que responde San Agustín: Nec tamen quia sanctiores sunt minus cavendae: uo enim sanctiores sunt, eo magis alliciunt, et sub praetextu blandi sermonis immiscent se vitiis impiisimae libidinis: crede mihi, episcopus sum, in Christo loquor, non mentior; cedros Libani, id est, altissimae contemplationis homines sub hac specie corruisse reperi, de quorum casu non magis praesumebam quam Hyeronimi et Ambrosii (128). Lo mismo advierten Santo Tomás (129), San Ignacio (130), San Francisco de Sales (131) y San Buenaventura, con el cual concluyo: Sequamur consilium B. Hyeronimi dicentis: foeminam quam vides bene conversantem, mente dilige, non frequentia corporali, quia initium libidinis est in visitatione mulierum (132).
11. Guárdate también de los juegos de naipes, dados, etc., teniendo presente lo que dicen de ellos los sagrados cánones y Santos Padres; especialmente el segundo concilio de Constantinopla (133) y el IV de Letrán prohiben a los clérigos los juegos de azar (134). San Juan Crisóstomo dice: Diabolus est qui in artem ludos dlgessit (135); y San Ambrosio escribe: Non solum profusos, sed omnes iocos declinandos arbitror... Iicel interdum honesta ioca sint, tamen ab ecclesiastica abhorrent regula (136). No es menos impropio de los sacerdotes el ejercicio de la caza. San Jerónimo dice: Nullum sanctum legimus esse venatorem (137); almas quisiera que cazasen y no bestias. Dirá alguno: "Lo hago para pasar el tiempo". ¡Válgame Dios!, no saben cómo pasar el tiempo, y a mí no sé cómo se me pasa (138). Otro alegará que es para recrearse o aliviarse un poco de la carga del espíritu; en tal caso, que se vaya un rato a paseo o se ocupe en otra honesta recreación y que se deje de visitas, juegos y cacerías.
12. Tendrás particular cuidado en todo cuanto digas y hagas de mirar por el bien de tus feligreses, manifestándoles e! deseo que tienes de su bien espiritual y temporal y cuánto sientes sus trabajos, mientras procuras su socorro; así los ganarás de tal suerte que te mirarán como su estimado padre y vigilante pastor; y serás tan dueño de su corazón, que les merecerás toda su confianza; muy al contrario te saldrá si te portas de otra manera; créeme, lo sé por experiencia (139).
13. Estarás siempre prevenido con la templanza y la modestia para cualquier lance que te pudiera dar que sufrir, advirtiendo que entonces serás mayor cuando tolerarás más, y que vence y convence con doblada fuerza la paciencia que la ira; lo que rehusarán los feligreses cuando se lo digas colérico, lo ejecutarán después gustosos cuando se lo propongas sufrido y apacible.
14. No te desconsueles ni desconfíes aunque no consigas lo que deseas en el aprovechamiento espiritual de los feligreses; pues, aunque no consigas aprovechando, consigues mucho cumpliendo, y, si no los salvas a ellos, te salvas a ti mismo (140). Obremos nosotros lo que conviene, que Dios obrará lo que más nos convenga; hasta el último punto de la vida se ha de agonizar por lo bueno (141), dejando a Dios lo demás.
15. Ten presente en la vida la muerte; en lo que haces, la cuenta que te espera, corona o pena eterna; lo de este mundo dura un soplo, y el gozar de Dios o padecer, para siempre jamás.

Ad maiorem Dei gloriam

martes, 21 de octubre de 2014

AVISOS A UN SACERDOTE. SAN ANTONIO MARÍA CLARET


1. El primero de los avisos que voy a darte, ¡oh amadísimo hermano en Jesucristo!, es que ames a Dios, ya porque es infinitamente amable, ya porque Él primero te ha amado (1); y este amor no debe ser únicamente de palabra, sino de obra y de verdad (2).
2. Acuérdate a menudo de tu vocación al estado sacerdotal; que de Dios has recibido tan grande dignidad (3), la que te hace superior a los ángeles del cielo y reyes de la tierra y venerable a todos; debes, pues, dar las correspondientes gracias a tan liberalísimo bienhechor.
3. Considera el poder divino que se te ha dado sobre el cuerpo real y místico de Jesucristo; porque se te ha confiado un triple poder, y éste muy sublime; a saber, el ministerio del sacrificio, el ministerio de la reconciliación de los pecadores con Dios y el ministerio de la divina palabra. En esto está tu mayor gloria; pero de esto dimanan también tus obligaciones.
4. Para desempeñar dignamente tus ministerios no basta una santidad cualquiera, sino que es indispensable una santidad excelente; ya, pues, que por el sagrado orden eres sublimado sobre la plebe, debes ser superior al pueblo en méritos y santidad.
5. La santidad supone dos cosas: limpieza de pecado y eminencia en la virtud. A fin de adquirirla, debes tomar por modelo a Jesucristo, primer sacerdote y pontífice, meditando su vida y procurando tenerle siempre presente en los pensamientos, en los afectos, en las palabras, en las obras y en el padecer por su amor.
6. Aborrece en gran manera toda suerte de pecado, pues que en el sacerdote es más deforme y criminal, estando como está obligado a mayor santidad que los demás y a ser más rico de gracias y resplandecer más en virtud que los otros.
7. No será coronado sino el que legítimamente habrá peleado (4); por tanto, ármate de fortaleza en las tentaciones, ora sea que vengan de tu misma naturaleza, ora del demonio o del mundo. Y, cuando te sientas tentado, recurre a Dios con toda prontitud, con humildad y con confianza filial.
8. Combate el desorden de tus pasiones, y particularmente de la soberbia, de la avaricia, de la intemperancia, de la incontinencia y pereza, etc. Para ello es muy del caso que tengas conocimiento de los medios [de] que te has de servir para vencer; éstos son: la oración, la penitencia y el multiplicar los actos de las virtudes opuestas.
9. Arranca de tu corazón toda soberbia, que es la raíz y el principio de todos los pecados (5). El sacerdote debe hacer profesión de humildad, puesto que a ninguno mejor le cuadra que al sacerdote aquel dicho del sabio:Quanto magnus es, humilia te in omnibus, et coram Deo invenies gratiam 6.
10. No aspires a las dignidades y beneficios eclesiásticos, si Dios no te llama a ellos, como a Aarón (7); y, si la divina Providencia en ellos te ha colocado, considera con mucha frecuencia el grande peso que gravita sobre tus hombros, tanto respecto de Dios como respecto de ti mismo y de los demás que son tus súbditos. Ten presente el día de la cuenta, y que tal vez está más cerca de lo que piensas. Acuérdate que, aunque llamados por Dios al sacerdocio, Nadab y Abiú se perdieron (8); y Judas, también llamado de Dios, perdió la grande dignidad del apostolado (9).
11. Huye todas las ocasiones de pecar, singularmente contra la pureza, evitando mayormente las ocasiones próximas y aun las que sean remotas. Jamás vayas a casas sospechosas, ni frecuentes mucho las otras, a no ser por necesidad o caridad, porque la mucha familiaridad trae el desprecio. Guárdate de conversar por pasatiempo con las mujeres, aunque sean parientas o hijas espirituales; y si por urbanidad alguna vez te hallas obligado a ello, sé breve y grave y muy remirado en la vista 10. No fíes de tu virtud y saber, porque las mujeres hacen caer a los virtuosos Davides y a los sabios Salomones (11).
12. No te familiarices con los secuaces del mundo, ni tomes parte en sus costumbres y divertimientos, como son teatros, bailes, festines, juegos de suerte, cacerías estrepitosas, etc.; en una palabra, guárdate de todo lo que reprueban los sagrados cánones de la Iglesia y los estatutos de tu diócesis.
13. Resplandezca tu modestia delante de Dios y de los hombres (12); y entiende que, si ésta no te acompaña en el ejercicio de tu ministerio, aunque éste sea santo, será para ti un lazo: por tanto, guarda con suma diligencia los sentidos corporales, particularmente los ojos, los oídos y la lengua. Ama el silencio, y, cuando hayas de hablar, sean tus palabras de edificación. Cuida de la compostura de tu rostro, de la gravedad en el andar y que todos los movimientos de tu cuerpo correspondan a la santidad de tu grado.
14. Sé moderado con tu cuerpo y huye toda delicadeza y refinamiento mundano, porque desdice mucho, y aun es monstruoso, un miembro delicado bajo una cabeza coronada de espinas. Con todo, sé prudente, y no suceda que las muchas mortificaciones impidan otras cosas que son de mayor servicio de Dios. Tu habitación sea decente, sencilla y limpia, y tu vestido, por la calidad, por la forma y color, modesto, grave y canónico.
15. Abomina la avaricia, porque el avaro cae en la tentación y en el lazo del diablo, dice el Apóstol (13). No seas demasiadamente rígido en tus derechos ni te entrometas en negocios seculares, porque desdicen mucho del soldado de Cristo, dice el mismo Apóstol (14). Procura que el pueblo no te vea factor, secretario, mayordomo, procurador de grandes, y que vas andando por las plazas, mercados y ferias, a no obligarte una grande y cierta necesidad de tu oficio (15).
16. En los casos adversos, guarda tu ánimo en paz. El justo vive de la fe (16) y Dios prueba a aquel que ama (17). Esta vida es el tiempo de la guerra (18), de la tribulación y del llanto; a su vez, ya vendrá la felicísima y tranquila inmortalidad. Entonces quien haya padecido más por la justicia, más grande consuelo recibirá de la liberalidad del Señor (19), y su luz resplandecerá mucho más en la perpetuidad de los siglos (20).
17. No te dejes arrastrar del demasiado afecto a tus parientes o a tu casa; en lo que con sumo cuidado has de procurar ayudarlos es en el espíritu, velando sobre sus almas, poniendo y conservando el buen orden en la casa y, sobre todo, siendo modelo de toda virtud para los habitantes de ella (21).
18. Sé más fácil en dar que en recibir (22), porque las dádivas y regalos que se reciben, muchas veces manchan las manos más limpias. Ama socorrer a los pobrecitos de Cristo, porque tienen derecho a lo que te sobra del comer y vestir. Si socorres al indigente, a más de cumplir con ello una estrecha obligación, darás un realce al honor sacerdotal, tendrás grande paz y alegría de corazón, te harás rico de tesoros para el cielo y tendrás grande estima y amor en el pueblo.
19. Honra como verdadero hijo a la santa madre Iglesia; ama a su cabeza visible el sumo pontífice y reconócele por piedra y fundamento de la fe; obedece a él y a tu obispo o vicario general con las obras y corazón, ora sea que te manden, ora que te adviertan o exhorten.
20. Ama el decoro de la casa del Señor en los ornamentos y alhajas (23), sobre todo la gravedad en los divinos oficios, en la administración de sacramentos, de la divina palabra, etc., haciéndolo todo con tal reverencia que avive la fe y fomente la piedad en el pueblo.
21. Arda en tu corazón el celo de la salvación de las almas, que será fruto y argumento del amor de Dios en la tuya. "¿Me amas? - dijo Jesucristo a San Pedro -; apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (24). Para que crezca más este fuego de santo celo en tu pecho, piensa a menudo cuánto Dios las ha amado y las ama aún; cuánto cuesta a Jesucristo; cuán lacerado le ponen todos los días los pecados de los hombres, en cuanto está de su parte, tornando a crucificarle; cuánto siente su perdición; la mayor gloria accidental que Dios reportaría de su salvación y el empeño que ponen tanto los demonios, sus agentes, como los hombres malos para su perdición y eterna ruina, revolviéndolo y agitándolo todo con tal que puedan conseguir lo que pretenden.
22. Tu celo debe ser eficaz, pues que, si no obra, no es verdadero celo. ¡Ea, que se dilate tu corazón, que desee siempre la gloria de Dios y de la virgen Santísima y que procure salvar a todo el mundo! Todos los días has de rogar entre el vestíbulo y el altar con suspiros del corazón por las almas cautivas del vicio y del error (25). Vela, en cuanto puedas, de día y de noche, sobre los libros, para instrucción del ignorante y para confusión del impío soberbio, que cual otro Goliat, provoca al desafío a los ministros del santuario (26), aunque no sea sino con el sofisma y con su desvergüenza e insolencia.
23. En el ejercicio de tu celo confórmate siempre con el divino Maestro, y así tendrás las cualidades que exige el Apóstol escribiendo a los de Corinto (27). El será sencillo y puro en su fin, universal en su objeto, suave en ganarse los corazones, al propio tiempo que fuerte en las contradicciones, benéfico hacia las almas y cuerpos, incansable en las fatigas, prudente en los medios, constante en los sucesos y perseverante en la duración.
24. En la presencia de Dios no hay diferencia de personas (28), puesto que Él no se para en las apariencias ni vestidos de sus hijos, sino en sus almas (29), que a todas crió iguales, redimió con el mismo precio infinito de su pasión y muerte y quiere que todas se salven (30). si en alguna cosa hizo diferencia el divino Maestro, fue en amar con afecto especial a los pecadores (31), a los enfermos, a los pobrecitos (32) y a los párvulos (33). sigue, pues, sus pisadas; ama con preferencia a éstos; búscalos, en cuanto buenamente puedas, en el confesonario, en la enseñanza de la doctrina cristiana, en los hospitales, en cárceles, etc.
25. Si la caridad, la necesidad o el mandato de tu superior te llama al ministerio de la divina palabra, retírate antes, como tu divino Maestro, a orar un poco en la soledad (34), para adquirir, meditando en las penas de Jesús crucificado, aquella ciencia del corazón sin la cual tu palabra sería como el sonido de la campana (35). Guárdate de contaminar la palabra de Dios, no poniendo en su predicación más tu cuidado en la sublimidad del estilo, en las flores y en otras persuasivas palabras del humano saber (36) (de las que sólo hace pompa y vanidad quien se predica a sí mismo), sino en los efectos sensibles del espíritu y de la virtud de Dios, como lo hacía el Apóstol: in ostensione spìrìtus et virtutis (37); y no como para agradar a los hombres, sino sólo a Dios, que sondea el corazón. Sobre aquellas palabras del Apóstol: Non sumus sicut caeteri, adulterantes verbum Dei (38), dice San Anselmo: "Esta es la diferencia que hay entre el padre y el adúltero; que el padre pretende hijos, pero el adúltero no más que el gusto y deleite" (39). Debes imitar al mismo Dios, quien dice por Isaías: Ego Dominus Deus tuus docui te utilia (40): non subtilia, añade San Jerónimo (41); y el P. Alápide, sobre este mismo verso, dice: Notent hoc praedicatores, si velint esse praecones veritatis et non vanitatis (42). Asimismo, tendrás presente lo que sienten doctores graves acerca de aquellos predicadores (43) que cuidan más del adorno de la oración que de la reforma de las costumbres, predicando cosas fútiles, aéreas, sin sustancia, de juegos de palabras y de cláusulas retumbantes y términos escogidos y poco inteligibles. El P. Miranda los llama "azotes de la Iglesia" (44); el P. Jerónimo López, "peste de la cristiandad" (45); el P. Díez, "verdugos del Evangelio" (46); el venerable Gaspar Sánchez, "los mayores perseguidores de la católica Iglesia" (47); y de este sentir es el P. Vivaldo, quien añade que en los últimos tiempos del mundo abundarán más dichos predicadores y que servirán para autorizar las abominables doctrinas del anticristo (48). y lo que más debe atemorizar es lo que resuelve el P. Alápide:Praedicator, qui ex concione sibi plausum quaerit, non conversionen animarum, atque hanc vanam gloriam suae concionis, velut fructum et mercedem, praestituit, et captat, hic damnabitur (49); por tanto, si no te quieres perder, antes bien, si quieres mucho merecer, imita al divino Redentor, lee el santo Evangelio y hallarás las materias que trataba y con qué estilo las proponía; y no sólo en las aldeas, sino también en la ciudad y ante los sabios de Jerusalén, a quienes hace la comparación de la gallina, cómo reúne sus polluelos debajo de sus alas (50) y, si así a los sabios, cuánto más se debe al vulgo; por esto dice el Crisólogo: Populo populariter est loquendum (51). De aquí comprenderás que debes poner cuidado en preparar las materias y que el estilo y modo de tratarlas debe ser inteligible, adaptándole a la capacidad de los oyentes, y, sobre todo, agradable. Procura instruir en la fe y en la ley; pinta amabilísima la virtud y abominable el vicio, estudiando a mover el corazón empedernido de los pobres pecadores con toda especie de argumentos de razón y de fe, y más aún con la llama del amor y del santo celo. Después del sermón has de procurar con fervorosas oraciones suplicar al autor de la mies (52) que guarde y haga fructificar con su divina gracia la semilla que por tu medio se ha servido sembrar en el corazón de tus hermanos; y, sobre todo, confirmar, con el ejemplo de una vida santa, aquello que hayas dicho de palabra, enseñándoles así a que las obras correspondan con las palabras.
26. En espíritu de caridad, ofrécete espontáneamente a oír las confesiones sacramentales, siempre que buenamente puedas; y haz que el pueblo te vea que, como buen pastor, buscas y estás esperando a las ovejuelas para recogerlas en el divino tribunal, como en un lugar, que lo es, de gracia; y verás cómo por tu caridad se aumentará la frecuencia de los santos sacramentos y cómo se salvarán muchas almas.
27. Como elegido que eres por Dios en aquel asilo de misericordia, vístete de entrañas paternales. "Padre" (53) te llama el pobrecito penitente, y como a padre te descubre con toda confianza las llagas de su alma. ¡Oh, qué gusto y qué alegría le darás si tú te portas como padre suyo en su situación! Si viene a tu presencia, cual otro hijo pródigo, desnudo de todo bien espiritual, feo, asqueroso y abominable, ¡por Dios!, no lo eches de ti, antes al contrario, cuando es más miserable, tanto mayor debe ser el afecto con que le debes acoger y abrazar (54), sufriendo con paciencia su rusticidad, su ignorancia y sus imperfecciones; abrazándole y apretándole contra el seno de tu alma; limpiándole sus inmundicias; vistiéndole el ropaje de la divina gracia y haciéndole sentar en la mesa del común Padre celestial (55). Así, no pocas veces sucederá lo que a todos los obispos del mundo católico escribía el sumo pontífice León XII, que los indispuestos para la absolución se dispondrán por la caridad del confesor que con ellos se sepa portar con todo amor, mansedumbre y paciencia (56).
28. Pastor que sea solamente bueno de corazón, pero no de entendimiento, éste poco ayudará a las ovejas. El debe unir, a la caridad de padre, la pericia de médico. Has de ser muy diestro, pero más cauteloso aún, buscando la enfermedad espiritual de tu penitente y mirando que el demonio, que con sus artes se dará la mano con el orgullo humano y procurará ocultarla, no consiga su intento. Descubierto que hayas el mal júzgale con recto y maduro juicio, distinguiendo una lepra de otra lepra (57), una fiebre de otra fiebre, una llaga de otra llaga; y, según la índole del mal y la calidad y condición del enfermo, échale sobre sus heridas el bálsamo del aceite y del vino (58) en mayor o menor graduación según que conocieres ser más o menos necesario; esto es, aplicándole remedios e imponiéndole mayores o menores penitencias.
29. Si el penitente ignora la doctrina de la fe y de la ley, las obligaciones de su estado, las culpas, sus principios y los medios necesarios y útiles para evitarlas, tú, que eres maestro, debes disipar las tinieblas de su entendimiento con la luz de la santa doctrina, a fin de que así se quite el pecado y se impidan las caídas. Con fuertes impresiones e imágenes vivas sugeridas por la fe, has de procurar compungir su corazón, excitándole a odio del vicio y del pecado y animándole con confortativos cristianos; dándole, al propio tiempo, un método de vida acomodado a su estado. La unción del Espíritu Santo, las consultas en libros ascéticos y morales, el celo industrioso y benéfico, el consejo de los sabios y prácticos en el ministerio, deben ser tu guía para estas instrucciones, exhortaciones y consejos. Así, pues, no cumplen con su obligación, antes se hacen reos de un gravísimo delito aquellos confesores que sin solicitud alguna, oída la confesión de sus penitentes, sin preguntarles nada ni avisarles de nada, les echan luego la absolución (59).
30. Como juez, pronunciarás el juicio y sentencia de Dios y no de hombre, siguiendo con toda rectitud el camino del medio, que no declina ni a la derecha del rigor, que desespera, ni a la izquierda de la laxitud, que engendra presunción. Te guardarás muy mucho de la inconsideración de la impaciencia, de la precipitación y de fines torcidos o menos puros, como acepción de personas, tierna tendencia a otras de otro sexo y a parientes; no fuera caso que, no curándote de estas y de otras semejantes flaquezas humanas, salieses reo de tu propio juicio delante de aquel divino Juez que escudriña lo más recóndito de nuestro corazón (60). Te portarás, sí, como guiado por una doctrina sana y recta que, mirando por el honor de Dios y por la salud de las almas, atempere tus sentencias a aquella rectitud y pureza de intención, que está santamente hermanada con una caridad prudente e ilustrada. Si el pobrecito que tienes a tus pies es un consuetudinario, un reincidente o está en ocasión próxima, a quien por entonces no te sea dado el poderle desatar, no le riñas, por Dios, ni le exasperes, antes bien, procura con buenos modos y con mucho amor hacerle ver los vivísimos deseos que tienes de que se salve; que conozca el infeliz estado en que se halla y los medios que debe practicar si quiere salir de él, y así verás cómo vuelve y cómo le has ganado para el cielo.
31. No sólo has de ser buen ministro del sacramento de la penitencia, sino también de los demás sacramentos, poniendo en la administración de cada uno de ellos todo esmero, para que Dios sea glorificado y quien los recibe santificado. Así quedarán edificados los circunstantes, y tú, como buen ministro, lleno de merecimientos.
32. Finalmente, te acordarás que eres vicario de Jesucristo en la tierra, puesto entre los hombres, para continuar aquella divina misión que Él comenzara al descender de los cielos, no sólo con el triple ministerio que se te ha confiado, sino también con el buen ejemplo. Preséntate, pues, a los fieles, a imitación de tu divino Maestro, como un dechado perfecto de santidad y virtud. Que vean en ti una viva imagen de aquel divino ejemplar los secuaces del mundo, y así se avergonzarán de su vida disoluta y sensual; los buenos se sentirán animados y estimulados a perfeccionarse en la virtud, y los enemigos del nombre cristiano, cuando no se conviertan, respetarán, a lo menos, nuestro estado sacerdotal. O quanta bonorum et malorum seges a clero! (61). Las palabras reforma y protestantismo tal vez no se hubieran jamás oído en el mundo, a lo menos en el sentido de los herejes, si el escándalo de algunos eclesiásticos no las hubiesen introducido en la rebelión de muchos millares de católicos separados del gremio de su madre la verdadera Iglesia de Jesucristo: la católica romana; puesto que en donde el sacerdocio fue modelo al pueblo de virtud y de religión, allí, por lo regular, se conservó intacto el puro depósito de la fe, no degeneraron las costumbres, antes bien se manifestó todo aquel esplendor que tanto brilla en las virtudes morales.
Ad maiorem Dei gloriam
FRUTO
que de los ejercicios de San Ignacio sacara en los que en el año 18... hizo el reverendo sacerdote D. N. N., propuesto para modelo e imitación, en la parte que cada uno buenamente pueda a los reverendos sacerdotes que por unos cuantos días se han retirado a hacerlos
Omnia... honeste et secundum ordinem fiant (I Cor 14 v. 40) 62
Una de las causas principales por que caen tantas almas en el infierno es el vivir al acaso; por esto, los santos, y especialmente San Gregorio Nacianceno, creen tan importante y necesario un reglamento de vida, que dicen ser el fundamento y la base de las buenas o malas costumbres y, por consiguiente, la causa de la salvación o condenación.

Viendo esta necesidad, un buen sacerdote deseoso de su salvación hizo los santos ejercicios de San Ignacio, y en ellos su reglamento de vida, del tenor siguiente (63),

domingo, 19 de octubre de 2014

ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI



Ven, oh Espíritu Santo, y da a los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, un corazón nuevo que actualice toda su educación y toda su preparación, que les haga conscientes cual sorprendente revelación del sacramento recibido, y que responda siempre con nueva ilusión a los incesantes deberes de su ministerio, en orden a tu Cuerpo Eucarístico y a tu Cuerpo Místico. Dales un corazón nuevo, siempre joven y alegre.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a nuestros sacerdotes, discípulos y apóstoles de Cristo Señor, un corazón puro, capaz de amarle solamente a Él con la plenitud, el gozo, y la profundidad que solo Él sabe dar, cuando constituye el exclusivo y total objeto del amor de un hombre que vive de tu gracia; dales un corazón puro que sólo conozca el mal para denunciarlo, combatirlo y huir de él; un corazón puro como el de un niño, pronto al entusiasmo y a la emoción.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a los ministros del pueblo de Dios un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora; cerrado a toda ambición mezquina, a toda miserable apetencia humana; impregnado totalmente del sentido de la Santa Iglesia; un corazón grande, deseoso únicamente de igualarse al del Señor Jesús, y capaz de contener dentro de si las proporciones de la Iglesia, las dimensiones del mundo; grande y fuerte para amar a todos, para servir a todos, para sufrir por todos; grande y fuerte para superar cualquier tentación, dificultad, hastío, cansancio, desilusión, ofensa; un corazón grande, fuerte, constante, si es necesario hasta el sacrificio, feliz solamente de palpitar con el Corazón de Cristo y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad divina. Amén.

A LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI


Gracias por vuestra presencia, que nos demuestra ya vuestra buena voluntad, vuestro afecto y vuestra comunión. Que el Señor os lo recompense y dé a este encuentro cuaresmal la virtud de infundir en vuestros ánimos el consuelo que puede necesitar vuestro ministerio, no sólo en el actual momento litúrgico, sino en la conciencia habitual de vuestra vocación sacerdotal. Porque es de esta vocación de lo que ahora tenemos intención de hablaros sencilla y brevemente, aunque nada nuevo podremos decir sobre tema tan estudiado y meditado, tratado por nosotros mismo en otras ocasiones. Pero es tema que atañe a la experiencia espiritual de la vida de cada uno de nosotros más que los libros que magistralmente lo describen e iluminan; y es tema que nos parece responder tanto a la necesidad de nuestras almas, polarizadas hacia el misterio pascual de próxima celebración, como a los requerimientos de nuestro ministerio en general.
Pues bien, os diremos que hemos meditado sobre la relación eclesial y sobrenatural que une nuestra persona y el ministerio apostólico, que ésta tiene a su cargo, a vosotros, hermanos del clero romano, y hemos buscado una palabra que pudiera tener resonancia en vuestros corazones sacudidos por la experiencia sacerdotal del momento, y que fuese eco de la voz que Cristo, nuestro Maestro, nuestro Pastor, nuestro Salvador y nuestro Todo, quisiese sugerirnos; y ésta parece haber sido la voz pascual de la resurrección: Pax vobis; sí, la paz con vosotros, nuestros sacerdotes, nuestros colaboradores en el servicio pastoral en esta bendita y dramática sede romana; hermanos nuestros e hijos nuestros: ¡la paz con vosotros!
Así intentamos corresponder a un deseo que brota de vuestra alma atormentada por el problema de vuestra condición de personas especiales, dedicadas al culto y a la profesión religiosa, problema que se ha desplomado como un peñasco sobre la conciencia sacerdotal contemporánea, abrumándola y aplastándola, en algunos hermanos nuestros, con una pregunta tan elemental como terrible: Yo ¿quién soy?, es decir, con la cuestión denominada de la propia identidad. La respuesta a la cuestión no era sino una nueva presentación de la pregunta: Yo soy cura, soy sacerdote; pero, ¿qué significa y qué lleva consigo ser sacerdote? Este interrogante, por su mismo carácter radical, crea un tormento interior y a veces preludia las respuestas más dudosas y más tristes.
Con estremecimiento contemplamos este estado de ánimo de algunos sacerdotes, y querríamos reconfortarles enseguida con la respuesta serena y segura que vosotros mismos, aquí presentes, dais a vuestras almas, hablando al Señor: Tuus sum ego!, experimentando enseguida la sensación de embriaguez y seguridad que caracteriza la conciencia del sacerdote humilde y fiel.
Nos abstenemos ahora de considerar las formas y las proporciones del fenómeno de las defecciones sacerdotales que estos últimos años ha afligido a la Iglesia y que está presente cada día en nuestra pena y en nuestra oración.
Las estadísticas nos abruman; la casuística nos desconcierta; las motivaciones, sí, nos imponen respeto y nos mueven a compasión, pero nos causan un dolor inmenso; la suerte de los débiles que han encontrado fuerza para desertar de su compromiso nos confunde y nos hace invocar la misericordia de Dios. Que sean justamente los predilectos de la Casa de Dios quienes impugnen su estabilidad y violen sus costumbres tiene para nosotros algo de inverosímil, qué nos pone en los labios las angustiadas palabras del Salmo: "...Si inimicus meas maledixisset mihi, sustinuissem...:Si me hubiese injuriado un enemigo, lo habría soportado; si se hubiese alzado contra mí un adversario, me habría escondido de él. ¡Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente! ¡Nos unía una dulce amistad, caminábamos jubilosos hacia la casa de Dios!" (Sal 54, 13-15).
Una táctica calculada se ha apoderado de la sicología de algunos hermanos en el sacerdocio —queremos creer que pocos— para desconsagrar su figura tradicional; un proceso de desacralización se ha apoderado de la institución sacerdotal para demoler su consistencia y cubrir sus ruinas, una manía de aseglaramiento ha arrancado las ínfulas exteriores del hábito sagrado y ha extirpado del corazón de algunos la sagrada reverencia debida a su propia persona, para sustituirla con una exhibida vanidad de lo profano y a veces incluso con la audacia de lo ilícito y de lo intemperante (cf. F. Galot. Visage nouveau du prétre, I, Lethielleux 1970).
Pero hoy querríamos invitaros a cada uno de vosotros, a título penitencial, o mejor, a título de conversión cuaresmal y como preludio casi del renacimiento pascual, a rememorar el momento interior en que se encendió en vuestro espíritu la lámpara de la vocación sacerdotal o religiosa.
¿Cómo fue? Cada uno se lo repita a sí mismo. No fue ciertamente un momento fácil. La conciencia del sacrificio no estuvo ausente en el cálculo decisivo y prevalente de la elección suprema del género de vida preferido: preferido como inmolación voluntaria, victoriosa frente a las renuncias que llevaba consigo, y extrañamente amada justamente por la amargura de que llenaba el corazón, algo semejante a la célebre crisis de San Agustín en el huerto milanés, cuando, pagano todavía, narra de sí mismo: ...flebam amarissima contritione cordis mei. Et ecce audio vocem de vicina domo, cum canto dicentis, et crebro repetentis, quasi pueri aut puellae, nescio: tolle, lege; tolle, lege(cf. Confess. 1, 8; c. 12; cf. también Leo Trese, Il sacerdote oggi, Morcelliana, Brescia, 1958; e igualmente los demás escritos del mismo autor, ib).
Retornemos, pues, con conmovido recuerdo, al esquema esencial de la vocación eclesiástica, al punto de convergencia de las dos voces, que se hacen eco la una a la otra; la voz interior, personalísima, que se ha insinuado en la, sicología sobre el propio destino y que tiene un extraño acento de suavidad y autoridad: "¡Ven! ¡Ten confianza! ¡Este es el el camino de tu verdad! ". Y luego la voz exterior, bendita, grave, paternal, llena de sufrimiento y de seguridad, la del hombre de Dios, en función de maestro de espíritu, que, poniendo fin a tantas cavilaciones, solicitando un tremendo juego de libertad, se pronuncia: ¡Tú puedes, tú debes! Voz que se repite en labios afables, respetuosa siempre de la decisión que brota de la libertad personal, pero revestida ya de una autoridad que ahuyenta toda vacilación, toda duda, y termina entrando en el alma como espada tajante (cf. Heb 4, 12): "Sí, hijito; ven, prueba y verás" (cf. Jn, 1, 39); ¡la voz del obispo! (cf.Seminarium, 1, 1967; Yves Congar, Vocation sacerdotale, págs. 7-16).
¿Por qué estas alusiones? Por varias razones. Primera: son hermosas, son transparentes, son características. En torno a ellas cada uno de nosotros puede rehacer la historia de su vocación. Cada uno tiene su propia historia a este respecto; un drama personal; es una página autobiográfica que cada uno de nosotros debe recordar, reconstruir, venerar. Es nuestra phase, nuestro episodio del tránsito de Dios, con el acostumbrado comentario: Timeo transeuntem Deum
En segundo lugar: estos recuerdos tienen carácter, por decirlo así, adivinatorio, y ofrecen la base humana, personal, de lo que después construyó encima la gracia sacramental; un carácter definitivo:sacerdos in aeternum. Cosa inefable. Otro tema para meditaciones encantadoras. Hay una literatura, también profana, sobre este aspecto de la ordenación sacerdotal: ¡irrevocablemente impresa en las entrañas de nuestra personalidad, terriblemente indeleble y capaz a veces de inefable reviviscencia!
Y más aún. ¿Quién podrá agotar el tema de la reflexión sobre el misterio de la identificación de nuestra pobre vida con Cristo mismo? No en vano podemos y debemos repetirnos a nosotros mismos: Sacerdos alter Christus! ¡Demasiadas, demasiadas cosas, todos lo sabemos, habría que decir a este propósito! Nosotros querríamos pediros, justamente como práctica cuaresmal, que retornaseis con toda vuestra mente a este aspecto de nuestra personalidad sacerdotal.
Para que tengáis la paradójica valentía de repetir cada uno para sí: "Christo confixus sum cruci:estoy crucificado con Cristo" (Gál 2, 19). Y para que cada cual sienta y convierta en ministerio sacerdotal esta inmolación que nos asemeja a Jesús, nuestro modelo y Salvador, y experimente en sí la felicidad del misterio pascual que estamos viviendo: "superabundo gaudio in omni tribulatione nostra: reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor 7, 4).
¡Así sea, así sea para todos vosotros! Queridísimos hijos, con nuestra bendición apostólica.
10 de febrero de 1978

jueves, 16 de octubre de 2014

INTENCIONES DEL PAPA PARA EL AÑO 2015


INTENCIONES DE ORACIÓN DEL SANTO PADRE
CONFIADAS AL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN PARA EL AÑO 2015

ENERO
General: Para que quienes pertenecen a tradiciones religiosas diversas y todos los hombres de buena  voluntad colaboren en la promoción de la paz.
Misionera: Para que en este año dedicado a la vida consagrada, los religiosos y las religiosas redescubran la  alegría de seguir a Cristo y se dediquen con celo al servicio de los pobres.

FEBRERO
General: Para que los encarcelados, en especial los jóvenes, tengan la posibilidad de reconstruir una vida  digna.
Misionera: Para que los cónyuges que se han separado encuentren acogida y apoyo en la comunidad cristiana.

MARZO
General: Para que quienes se dedican a la investigación científica se pongan al servicio del bien integral de la persona humana.
Misionera: Para que se reconozca cada vez más la contribución propia de la mujer a la vida de la Iglesia.

ABRIL
General: Para que las personas aprendan a respetar la creación y a cuidarla como don de Dios.
Misionera: Para que los cristianos perseguidos sientan la presencia reconfortante del Señor Resucitado y la solidaridad de toda la Iglesia.

MAYO
General: Para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren, en particular a los  enfermos y a los pobres.
Misionera: Para que la intercesión de María ayude a los cristianos que viven en contextos secularizados a hacerse disponibles para anunciar a Jesús.

JUNIO
General: Para que los inmigrantes y los refugiados encuentren acogida y respeto en los países a donde llegan.
Misionera: Para que el encuentro personal con Jesús suscite en muchos jóvenes el deseo de ofrecerle la propia vida en el sacerdocio o en la vida consagrada.

JULIO
General: Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.
Misionera: Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a  los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

AGOSTO
General: Para que quienes colaboran en el campo del voluntariado se entreguen con generosidad al servicio de los necesitados.
Misionera: Para que, saliendo de nosotros mismos, sepamos hacernos prójimos de quienes se encuentran en las periferias de las relaciones humanas y sociales.

SEPTIEMBRE
General: Para que crezcan las oportunidades de formación y de trabajo para todos los jóvenes.
Misionera: Para que la vida toda de los catequistas sea un testimonio coherente de la fe que anuncian.

OCTUBRE
General: Para que sea erradicada la trata de personas, forma moderna de esclavitud.
Misionera: Para que con espíritu misionero, las comunidades cristianas del continente asiático anuncien el Evangelio a todos aquellos que aún lo esperan.

NOVIEMBRE
General: Para que nos abramos al encuentro personal y al diálogo con todos, también con quienes piensan distinto de nosotros.
Misionera: Para que los pastores de la Iglesia, con profundo amor por su rebaño, acompañen su camino y  animen su esperanza.

DICIEMBRE
General: Para que todos experimentemos la misericordia de Dios, que no se cansa jamás de perdonar.
Misionera: Para que las familias, de modo particular las que sufren, encuentren en el nacimiento de Jesús un signo de segura esperanza.

En el Vaticano, 3 de enero de 2014

Francisco