
viernes 13 de noviembre de 2009
Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de oración (XII)

jueves 12 de noviembre de 2009
Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (VI)
Carmelo de Lisieux, 14 de julio de 1897Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un bebé que está aprendiendo a hablar". Pues bien, desde hace cinco o seis semanas, también yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche, pero pronto iré a sentarme en el banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed en las aguas de la vida eterna. Para cuando usted reciba esta carta, seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor, en su infinita misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus tesoros para prodigarlos a las almas que amo.
Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando. Lo sé, hermano mío: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegría y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más eficazmente en sus tareas apostólicas.
Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mí imitarlos? Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoísta de irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza. Será necesario que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo contrario, no podré soportar las delicias eternas. Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.
Hermano mío, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el cielo, pero los adivino. Además, sólo tiene que decírmelos muy bajito, y yo le escucharé y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre Inmaculada, a los ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa, y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las almas que usted ha conquistado. Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a cuyo corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida. Cuento con usted para consolarla. Soy, para toda la eternidad, su hermanita.
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
miércoles 11 de noviembre de 2009
San Martín de Tours, obispo:
martes 10 de noviembre de 2009
San León Magno: Conviene referir a Dios el honor del sacerdocio.

Sermon III, En el Aniversario de su Coronación.
lunes 9 de noviembre de 2009
Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de la Palabra (XI)

viernes 6 de noviembre de 2009
Javier Leoz: DECALOGO PARA EL MES DE NOVIEMBRE

2.Lee la Palabra de Dios que habla de esperanza, eternidad y perdón. Te situará y te hará ver que Dios cumple lo que promete. (Rm 5,5)
3.Relativiza situaciones y conflictos. No merece la pena vivir con caras largas ni con cargas. La vida es demasiado corta como para recorrerla sin amor y sin humor. (Mt 18,21-35)
4.Piensa en qué puedes mejorar y a quién le puedes hacer un inmenso bien. Todos podemos superarnos en algo: carácter, lenguaje, actitudes o egocentrismo. (Jn 8,12)
5.Lucha por la vida. “Mientras hay vida hay esperanza” canta un viejo proverbio. Defiéndela, en este año de la vida, especialmente en nombre de aquellos que por injustas leyes son aniquilados antes de nacer. (Jn 10,10)
6. “Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”. No te dejes vencer por las dificultades. Agárrate a la oración.(Mt 16,14-66)
7.Vive el presente como si fuera el último día de tu vida. Encara la noche poniendo tu historia en manos de Dios, como si no fueras a despertar. Te llenará de paz.(Mt 6,19-20)
8.No olvides los pequeños detalles con los que te rodean. No esperes a que la gente muera para demostrarles lo mucho que les querías. La conciencia, el día de mañana, te lo agradecerá. (Lc 6,36-38)
9.Vive con intensidad cada momento. Pero, sobre todo, llénalo de fe, esperanza y amor. Entre otras cosas porque, ese momento, puede ser decisivo en tu encuentro personal con Dios: “al atardecer de la vida me examinarán del amor”.(Jn 15,9-17)
10.Irradia alegría. Ello denotará muchas cosas: el contenido de tu corazón y que, el Señor, camina junto a ti. En el mundo sobran muchas cosas, pero andamos deficitarios de sonrisas, de payasos divinos. (Fil 4,4)
jueves 5 de noviembre de 2009
Pensamientos sobre el cielo y la eternidad
-Quiero hacerte feliz; quédate conmigo, goza de todos mis bienes; pero intenta no desagradarme en todo lo que es justo.
¡Imaginad qué gran cuidado, qué ardor pondría este sujeto para satisfacer a su príncipe! Pues bien; Dios nos hace los mismo, y no nos preocupamos de su amistad; no hacemos ningún caso de sus promesas. ¡Qué lástima!
El demonio nos divierte hasta el último momento, como se divierte un pobre hombre hasta que la policía viene a detenerle. Cuando la policía llega, él grita, se atormenta; pero no le sueltan por eso.
Humanamente hablando, nos parecemos a los montoncitos de arena que el viento recoge por el camino, que giran unos momentos y se deshacen rápidamente. Nuestros hermanos y hermanas que están muertos están reducidos a ese puñado de ceniza.
Para nuestro cuerpo, la muerte sólo es una limpieza a fondo. ¡En este mundo hay que trabajar, hay que combatir! ¡Mucho tiempo habrá para descansar toda la eternidad!
Manglano Castellary, Orar con el Santo Cura de Ars, DDB
miércoles 4 de noviembre de 2009
Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (V)
Jesús
He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a bien enviarme. Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al leerla, me parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus antepasados en el apostolado. En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable: el comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él levantó el estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y alcanzar la victoria. «La vida de todo misionero es fecunda en cruces», decía T. Vénard, y también: «La verdadera felicidad consiste en sufrir. Y para vivir, tenemos que morir». Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el sello de la cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar su reinado en las almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que por medio de brillantes predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un niñito que no sabe hablar». El P. Mazel, que fue ordenado sacerdote el mismo día que usted, tampoco sabía hablar, y, sin embargo, ya recogió la palma... ¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...! Al conocer la muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera vez, me sentí movida a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el glorioso coro de los mártires. Sí, lo sé, a los ojos de los hombres su martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de Dios, ese sacrificio sin gloria no es menos fecundo que los de los primeros cristianos que confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso su divino Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que no sea para aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega aquí abajo.
No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada inmediata en el cielo si los infieles le quitasen la vida. Yo sé que hay que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles...». Al escuchar, hermano, estas hermosas y consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda abrir las puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta sacrificarlo todo por él, que no sólo han dejado su familia y su patria para darle a conocer y hacerlo amar, sino que incluso desean entregar su vida por el que aman...? ¡Jesús tenía mucha razón cuando decía que no hay amor más grande que ése!
¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a purificar en las llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas por el fuego del amor divino? Es cierto que ninguna vida humana está exenta de faltas, que sólo la Virgen Inmaculada se presenta absolutamente pura delante de la Majestad divina. ¡Y qué alegría pensar que esta Virgen es nuestra Madre! Puesto que ella nos ama y conoce nuestra debilidad, ¿qué podemos temer? ¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar a hacerlo! Sencillamente quería decir que me parece que todos los misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al purgatorio. Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han merecido. Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.
Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no quisiera estar muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que aquí en la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones naturales, participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su hermano.
El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El alma cuyos despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que sonreírle y prometerle su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le agradezco que me cuente entre ellos! Estoy también profundamente emocionada y agradecida por el recuerdo que usted tiene de mis queridos padres en la santa Misa. Espero que estén ya en posesión del cielo, hacia el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide rezar por ellos, pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria con las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer en favor de otras almas que sufran. Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y bendecir al hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener un hijo misionero...! Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres esperaban que al fin su deseo iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido penetrar el velo del futuro, habrían visto que, en efecto, por medio de mí, su deseo se haría realidad. Puesto que un misionero se ha convertido en hermano mío, él es también su hijo, y en sus oraciones ya no pueden separar al hermano de su indigna hermana. Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo rezo con frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste un deber muy dulce para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente, incluso si dejo el destierro, e incluso entonces tal vez más, pues conoceré mejor las gracias que necesiten. Y luego, cuando terminen su carrera aquí en la tierra, yo vendré a buscarlos en nombre de usted y los introduciré en el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia que gozaremos durante toda la eternidad! Mientras esperamos esta bienaventurada eternidad, que dentro de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es más que un día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. Lo que me consuela es pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el cero por sí solo no tiene valor, pero colocado junto a la unidad se hace poderoso, ¡con tal de que se lo coloque en el lugar debido, detrás y no delante...! Y ahí precisamente es donde Jesús me ha colocado a mí, y espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos con la oración y el sacrificio.
Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a final del silencio y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está esperando. Le ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero que Dios ha colocado a su lado.
rel. carm. ind.
lunes 2 de noviembre de 2009
Oraciones por los sacerdotes difuntos

sábado 31 de octubre de 2009
Estanislao León: El sacerdote, testigo de la alegría

“Como cristianos estad siempre alegres. Os lo repito: Estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca. No os agobiéis por nada”
Estad siempre alegres.- La alegría, aunque las circunstancias digan lo contrario, es uno de los distintivos más importantes que tenemos los cristianos. No debe depender sólo de las circunstancias, porque si no estaríamos muy tristes. Hay que estar alegres en todo momento.
El Señor está cerca.- Nuestra alegría se basa en la cercanía de Dios, pero un Dios que es alegre, justo, total y absolutamente comprensivo, en definitiva, un Dios cercano al hombre, que se preocupa por entero por cada uno de nosotros, que sufre cuando hacemos sufrir a los demás, que busca lo mejor para sus hijos. Tenemos que esperar con alegría nuestra unión con El. Todo problema tiene solución, incluso la muerte para el cristiano, entonces ¿qué sentido tiene esos rostros tristes, esas conversaciones frías?
Nuestras alegrías.- Abundan las alegrías superficiales, las alegrías que dependen de las circunstancias, de lo que tenemos, somos o/y hacemos. Creemos que las circunstancias son la llave de nuestra alegría. Surge una alegría falsificada. La verdadera alegría no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta.
Características de nuestra alegría
- Libre: Transciende la propia realidad. No se siente apegada a nada ni a nadie. No nace del tener, porque descubre que las cosas no dan la felicidad plena. No necesita del triunfo, el halago o el dominio; más bien crece en el servicio, la entrega y el silencio.
- Pacífica: Ama el diálogo; evita la agresividad; no pierde el control de sí misma, no pierde los estribos, evita el resentimiento.
- Profunda: Va al interior de la persona.
Inagotable: Está centrada en el manantial del Espíritu Santo. - Humilde: Evita toda vanagloria; se considera muy poca cosa. No necesita manifestarse ruidosamente.
- Solidaria: Siente como propio el dolor que le ocurre al prójimo.
- Contagiosa y comunicativa: No se reserva nada para sí misma. La alegría llama a la alegría. Crece en la profundidad del encuentro y en lo íntimo de la amistad. Nace de dentro.
¿De dónde surge, cuál es la raíz de nuestra alegría?
- De la certeza de la salvación en Cristo.
- Del sentirse incondicionalmente amado en Cristo.
- Del sentirse constantemente protegido: “No temas”.
- Del saber que nunca estás solo. “Yo estoy contigo”.
- Porque puede convertir los sufrimientos en materia de salvación y de dicha.
- Porque comparte la alegría y los sufrimientos de los demás.
- Porque vive en el amor, que es don de Dios y tiene relación directa con la alegría.
- Y, sobre todo, porque lleva dentro la verdadera fuente de la alegría, que es inagotable y que todo lo transforma en caudal de más alegría. Es una participación del gozo eterno de Dios.
Ideas-clave sobre la felicidad y la sonrisa
El hombre no está hecho para la felicidad; está hecho para amar y ahí encuentra la felicidad.
La sonrisa es la mejor expresión de la alegría. A primera vista parece que una sonrisa significa muy poca cosa o que es sólo la señal de un carácter juvenil o de un momento de buen humor, pero una sonrisa constante lo mismo en los ratos de alegría o tristeza que en la alegría o tristeza que en las horas de entusiasmo y de optimismo, cuando el pesimismo nos desalienta, en una palabra sonreír siempre, una sonrisa así no puede ser más que el fruto de una virtud madura y auténticamente cristiana.
La sonrisa ayuda a conservar la alegría interior y el buen humor exterior. Es un verdadero apostolado porque Dios se comunicará a todos a través de tu sonrisa: Los tristes, los desanimados, los enfermos, los pobres, todos aquellos que sufren alguna pena, al ver la luz de tu sonrisa, sentirán renacer en su corazón la alegría, el gozo y la paz. Sonríe a los que te critican, a quien te cae “gordo”, incluso a Dios cuando parezca que no te hace caso; no te enfades con El, sonríele: vive siempre contento/a con El. Sonríe a pesar de las dificultades, sonríe a todo y a todos, a los que te aman y a los que te miran con indiferencia o te hieren. Sonríe siempre y que tu sonrisa ingenua y sencilla sea el velo que oculta a los ojos de los demás las heridas de tu corazón. Sonríe siempre y en recompensa de tu sonrisa alcanzarás para ti la sonrisa de Dios, esa sonrisa suya que dura siempre. Sonríe a los rostros desolados, tímidos, tristes, enfermos, a los rostros frescos y juveniles, a los viejos y los arrugados. Una sonrisa puede llenar una nueva vida de esperanza, de ánimo en los corazones cansados, oprimidos, tentados, desesperados. Una sonrisa de un sacerdote o de una religiosa, puede suscitar una vocación: Una sonrisa, ¡qué fácil! “Quiero ser como este padrecito, como esa madrecita”. Una sonrisa puede ser principio de conversión a la fe. Puede preparar el camino para el regreso de un pecador a Dios.
¿Verdad que merece la pena sonreír aunque tu corazón esté triste?
LA ALEGRÍA ESTA EN UNO MISMO.
***
Cuestiones para meditar
Signos de alegría o tristeza en nuestra vida.
¿Cómo puedo hacer de mi vida una alegría continua?
Nuestro agradecimiento a Estanislao León
365 PENSAMIENTOS PARA EL AÑO SACERDOTAL
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Compilación de 365 textos de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia, de los Santos y Teólogos, del Magisterio de los Fundadores: Una guía para el Año Sacerdotal que invita a anclarse en lo esencial. Se presentan en cuatro etapas que abarcan dimensiones fundamentales en la vida de los presbíteros: el Ser, el Actuar, los Desafíos, las Perspectivas.
Atenta a los tiempos litúrgicos, esta selección en la que colaboraron expertos de distintos países, surge apartir de la convicción de que:"El Cura sirve": para hacer de la Iglesia una familia, para incrementar e el mundo la fraternidad.
viernes 30 de octubre de 2009
Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de Dios (X)

La santidad sacerdotal en la esencia es la de todos; la santidad de Dios. Hay algo que baja del cielo, descansa en el hombre y vuelve a subir, es el amor divino. Vehículo de la vida divina. Y porque el amor divino, como todo amor goza en hacer la voluntad del amado, el santo en esto se complace. Y porque el amor es activo no se está nunca ocioso. Y porque el amor no quiere otra recompensa que tener contento al amado, eso le pasa a todo santo. Y porque el amor en los sacrificios se satisface, ahí están las delicias del justo. Sacerdotes y laicos santos todos fueron lo mismo. En una palabra idénticos caracteres muestra la santidad de unos y de otros.
Se diferencian sin embargo; y lo damos a entender hablando de virtudes sacerdotales, que se distinguen de las virtudes de los otros. Cuáles son los signos o modalidades peculiares de la santidad sacerdotal. Se revela en su grado. [...] El sacerdote por serlo debe subir más arriba. A ello le obligan además los beneficios, y sobre todo la voluntad de Dios, que en ambos testamentos pide santidad superior a sus sacerdotes.
Se revela en su matiz, «homo Dei», hombre del cielo. Se revela en sus efectos, el escándalo y el buen ejemplo. La santidad en todos es predicador, en el Sacerdote es apologética.
miércoles 28 de octubre de 2009
Oración del sacerdote a san Simón y Judas Tadeo
Oh gloriosos San Simón y Judas;Apóstoles del Señor;
a quienes la Iglesia celebra unidos;
a vuestra intercesión acudo confiado.
Oh glorioso San Simón llamado el Cananeo o el Zelota,
“celoso por servir al Dios único con plena entrega”
que te distinguiste por un celo ardiente por la identidad judía
y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina.
En tu elección veo como a Jesús
no le importan los diferentes grupos sociales y religiosos,
sino que a él le interesan las personas.
Haz que yo, sacerdote de Cristo,
me caracterice también por mi celo a Dios,
a sus mandamientos, a la Iglesia , a las almas…
que mi corazón abrasado de amor de Dios
irradie el Evangelio a todos
hasta los confines de la tierra.
Oh glorioso San Judas Tadeo, "magnánimo"
que en la última cena preguntaste al Señor:
“¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?".
También nosotros preguntamos al Señor:
¿por qué el Resucitado no se ha manifestado
en toda su gloria a sus adversarios
para mostrar que el vencedor es Dios?
¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos?
La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda.
El Señor dice: "Si alguno me ama, guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él,
y pondremos nuestra morada en él".
Esto quiere decir que al Resucitado
hay que verlo y percibirlo también con el corazón,
de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros.
El Señor no se presenta como una cosa.
Él quiere entrar en nuestra vida
y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto.
Sólo así vemos al Resucitado.
En tu carta, San Judas nos enseñas a conservar la fe recibida,
ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios
para disculpar sus costumbres depravadas
y para desviar a otros hermanos con enseñanzas inaceptables,
introduciendo divisiones dentro de la Iglesia "alucinados en sus delirios".
Enséñame a permanecer fiel a la fe recibida,
al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas del Papa…
No permitas que los sacerdotes seamos
“nubes sin agua zarandeadas por el viento,
árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos,
arrancados de raíz; son olas salvajes del mar,
que echan la espuma de su propia vergüenza,
estrellas errantes
a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre”;
sino que defendamos la fe con todo nuestros empeño,
esforzándonos en el estudio y la predicación.
Haz que como tú,
yo viva en plenitud la fe,
en la integridad moral y en la alegría,
en la confianza y, por último, en la alabanza.
San Simón el Cananeo y San Judas Tadeo
ayudadme a redescubrir siempre y a vivir incansablemente
la belleza de la fe cristiana,
sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad.


