viernes, 24 de mayo de 2013

CANTO: OH VIRGEN MARÍA, MADRE DE CRISTO SACERDOTE (video y partitura)



OH VIRGEN MARÍA, MADRE DE CRISTO SACERDOTE
CUIDA DE TUS HIJOS SACERDOTES, Y HAZLOS FIELES MINISTROS DEL DIOS VIVO.

1. Madre toda pura e inmaculada / preserva con tu pureza a tus sacerdotes
Que no se dejen vencer por el pecado/ y sus vidas sean sal y luz de la tierra.

2. Madre Virgen y sin pecado / custodia con tu humildad a tus sacerdotes
Que no haya en ellos soberbia ni arrogancia / que solo busquen la gloria de tu Hijo. 

3. Madre de Dios y Madre de los hombres / rodea con tu amor a tus hijos sacerdotes
Que no se busquen ni se sirvan a sí mismos / que sean servidores de sus hermanos.

4. Madre asunta al cielo y reina / intercede por todos los sacerdotes
Que su afán no esté en la tierra / y caminen con su pueblo hacia el cielo. 

5. Madre Corredentora y mediadora / defiende del mal a tus sacerdotes
Que no entreguen su corazón al mundo / sino a la vida de oración y de la gracia. 

CANTO DE LAS LETANÍAS DE CRISTO SACERDOTE (vídeo y partitura)


miércoles, 22 de mayo de 2013

HORA SANTA EN LA FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Letanías de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote (PDF bilingüe)



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sábado, 11 de mayo de 2013

Discurso del Papa Francisco a las religiosas; pero nos sirve para todos.



¡Queridas hermanas!
Estoy muy contento de encontraros hoy y deseo saludar a cada una de vosotras, agradeciéndoos por lo que hacéis para que la vida consagrada sea siempre una luz en el camino de la Iglesia. Queridas hermanas, antes que nada agradezco al querido hermano cardenal João Braz de Aviz, por las palabras que me ha dirigido y también me complace la presencia del Secretario de las Congregaciones. El tema de vuestro congreso me parece particularmente importante para el deber que se os ha confiado: «El servicio de la autoridad según el Evangelio». A la luz de esta expresión quisiera proponeros tres sencillos pensamientos, que dejo a vuestra profundización personal y comunitaria.
1. Jesús, en la Última Cena, se dirige a los Apóstoles con estas palabras: «No me habéis elegido a mí, yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16), que nos recuerdan a todos, no solo a los sacerdotes, que la vocación es siempre una iniciativa de Dios. Es Cristo el que os ha llamado a seguirlo en la vida consagrada y esto significa realizar continuamente un «éxodo» de vosotras mismas para centrar vuestra existencia en Cristo y en su Evangelio, en la voluntad de Dios, despojándoos de vuestros proyectos, para poder decir con San Pablo: «No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Este «éxodo» de uno mismo es ponerse en un camino de adoración y de servicio. Un éxodo que nos lleva a un camino de adoración del Señor y de servicio a Él en los hermanos y hermanas. Adorar y servir: dos actitudes que no se pueden separar, sino que deben ir siempre unidas. Adorar al Señor es servir a los demás, no teniendo nada para sí: esto es el «despojarse» de quien ejercita la autoridad. Vivid y recordad siempre la centralidad de Cristo, la identidad evangélica de la vida consagrada. Ayudad a vuestras comunidades a vivir el «éxodo» de uno mismo en un camino de adoración y de servicio, sobre todo a través de los tres pilares de vuestra existencia.
La obediencia como escucha de la voluntad de Dios, en la moción interior del Espíritu Santo autentificada por la Iglesia, aceptando que la obediencia pasa también a través de las mediaciones humanas. Recordad que la relación entre la autoridad y la obediencia se coloca en el contexto más amplio del misterio de la Iglesia y constituya una particular actuación de su función mediadora (cfr. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, El servicio de la autoridad y de la obediencia, 12).
La pobreza como superación de todo egoísmo en la lógica del Evangelio que enseña a confiar en la Providencia de Dios. Pobreza como indicación a toda la Iglesia de que no somos nosotros quienes construimos el Reino de Dios, no son los medios humanos los que hacen crecer, sino que es en primer lugar el poder, la gracia del Señor, que actúa a través de nuestra debilidad. «Te basta mi gracia; la fuerza de hecho se manifiesta plenamente en la debilidad», afirma el Apóstol de los gentiles (2Cor12,9). Pobreza que enseña la solidaridad, el compartir y la caridad, y que se expresa también en unasobriedad y gozo de lo esencial para poner en guardia contra los ídolos materiales que ofuscan el sentido auténtico de la vida. Pobreza que se aprende con los humildes, los pobres, los enfermos y todos aquellos que están en las periferias existenciales de la vida. La pobreza teórica no nos sirve. La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre, en los humildes, en los pobres, en los enfermos, en los niños.
Y después la castidad como carisma precioso, que engrandece la libertad del don a Dios y a los demás, con la ternura, la misericordia, la cercanía de Cristo. La castidad por el Reino de los Cielos muestra cómo la afectividad tiene su lugar en una libertad madura y se convierte en un signo del mundo futuro, para hacer resplandecer siempre la primacía de Dios. Pero por favor, una castidad «fecunda», una castidad que engendre hijos espirituales en la Iglesia. La consagrada es madre, debe ser madre y no «solterona»Perdonadme si hablo así pero es importante esta maternidad en la vida consagrada, esta fecundidad. Que esta alegría de la fecundidad espiritual anime vuestra existencia: sed madres, como figura de María Madre y de la Iglesia Madre. No se puede entender a María sin su maternidad, no se puede entender a la Iglesia sin su maternidad, y vosotras sois iconos de María y de la Iglesia.
2. Un segundo elemento que quisiera subrayar en el ejercicio de la autoridad es el servicio: no debemos olvidar nunca que el verdadero poder a cualquier nivel es el servicio, que tiene su culmen luminoso en la Cruz. Benedicto XVI, con gran sabiduría, recordó muchas veces a la Iglesia que si para el hombre, a menudo, la autoridad es sinónimo de posesión, de dominio, de éxito, para Dios autoridad es siempre sinónimo de servicio, de humildad, de amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina a lavar los pies a los Apóstoles (cfr Angelus, 29 enero 2012), y que dice a sus discípulos: «Sabéis que los que gobiernan las naciones las dominan… no sea así entre vosotros; - precisamente el lema de vuestra asamblea, ¿no? ‘que no sea así entre vosotros’- sino que quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,25-27). Pensemos en el daño que acarrean al Pueblo de Dios los hombres y mujeres de la Iglesia que quieren hacer carrera, subir, que «usan» al pueblo a la Iglesia, a los hermanos y hermanas- aquellos a quienes deberían servir -, como trampolín para sus propios intereses y las ambiciones personales. Estos hacen un daño grande a la Iglesia.
Que sepáis ejercer siempre la autoridad acompañando, comprendiendo, ayudando, amando; abrazando a todos y todas, especialmente a las personas que se sienten solas, excluidas, áridas, las periferias existenciales del corazón humano. Tengamos la mirada dirigida a la Cruz: allí se coloca toda autoridad en la Iglesia, donde Aquel que es el Señor se hace siervo hasta la entrega total de sí.
3. Finalmente, la eclesialidad como una de las dimensiones constitutivas de la vida consagrada, dimensión que debe ser constantemente retomada y profundizada en la vida. Vuestra vocación es un carisma fundamental para el camino de la Iglesia, y no es posible que una consagrada o un consagrado no «sientan» con la Iglesia. Un «sentir» con la Iglesia, que nos ha engendrado en el Bautismo: un «sentir» con la Iglesia que encuentra su expresión filial en la fidelidad al Magisterio, en la comunión con los Pastores y el Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, signo visible de la unidad. El anuncio y el testimonio del Evangelio, para cada cristiano, nunca son un acto aislado. Esto es importante, el anuncio y el testimonio del Evangelio para cada cristiano nunca son un acto aislado o de grupo, y ningún evangelizador actúa, como recordaba muy bien Pablo VI, «en base a una inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en nombre de ella»(Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 80). Y proseguía Pablo VI: Es una dicotomía absurda pensar en vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin amar a la Iglesia (cfr ibid., 16). Sentid la responsabilidad que tenéis de cuidar la formación de vuestros institutos en la sana doctrina de la Iglesia, en el amor a la Iglesia, y en el espíritu eclesial.
En resumen, centralidad de Cristo y de su Evangelio, autoridad como servicio de amor, «sentir» en y con la Madre Iglesia: tres indicaciones que deseo dejaros, a las que uno una vez más mi gratitud por vuestra obra no siempre fácil. ¿Qué sería de la Iglesia sin vosotras? ¡Le faltaría maternidad, afecto, ternura! Intuición de Madre.
Queridas hermanas, estad seguras de que os sigo con afecto. Rezo por vosotras, pero vosotras también rezad por mí. Saludad a vuestras comunidades de mi parte, sobre todo a las hermanas enfermas y a las jóvenes, A todas va mi aliento a seguir con parresia y con gozo el Evangelio de Cristo. Sed alegres, porque es bonito seguir a Jesús, es hermoso convertirse en icono viviente de la Virgen y de nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica. Gracias.

PRECES POR TODOS LAS PERSONAS CONSAGRADAS



Invoquemos con confianza al Señor, que está aquí vivo en la Eucaristía y atento a nuestras súplicas por los que Él eligió con especial amor:
- Tú que en la Santa montaña te has revelado como Hijo muy amado por el Padre, esplendor de la belleza divina que brilla en Ti, que has cautivado con tu amor a los que has querido sean tuyos y no del mundo,
TODOS: SANTIFÍCALOS EN LA VERDAD; GUÁRDALOS EN TU AMOR; LIBÉRALOS DE LA SEDUCCIÓN DEL MUNDO.
- Tú que eres el Verbo Encarnado, bello en el seno de la Virgen, en los brazos de la Madre, sobre los hombros de José, tú que has querido vivir siempre en obediencia al Padre,
TODOS: FORTALÉCELOS EN LA INCOMPRENSIÓN; HAZ FECUNDA SU ENTREGA.
- Tú que nos has mostrado tu Corazón abierto y nos has dicho: mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres... y en respuesta no recibo sino ingratitud... pero lo que es mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan.., preserva a los que elegiste de la ingratitud y de la tibieza espiritual. 
TODOS: TEN MISERICORDIA DE SUS INFIDELIDADES Y OLVIDOS; INFÚNDELES TU AMOR.
- Tú que eres bello en las palabras y en los milagros, en la amistad de Betania, en el amor por los pobres, en la intimidad con los Apóstoles, haz fecundos los trabajos de tus siervos.
TODOS: HAZLES AMIGOS Y SIERVOS FIELES; DALES ANSIAS DE LA GLORIA DEL PADRE.
- Tú que eres hermoso en los suplicios, el Desfigurado sin belleza del Calvario, sobre la Cruz, tendido y amortajado en el sepulcro, cuyo Rostro ensangrentado ha cautivado el corazón de tus elegidos.
TODOS: CONFÓRTALOS EN LA TRIBULACIÓN; DALES LA FORTALEZA. 
- Tú que eres esplendor de belleza en la resurrección, en la paz donada a los discípulos, en el camino de Emaús, en la gloria de tu Ascensión; llena de gozo, consuelo y alegría a los tuyos. TODOS: DALES LA VICTORIA SOBRE EL MALIGNO; CÓLMALOS DE TU PAZ.
- Tú que eres en la Eucaristía esplendor de belleza escondida, presencia amiga, alimento para nuestro camino, concede a los consagrados ser transparencia de tu amor, pan partido para los hermanos, reflejo en la tierra de tu belleza infinita.
TODOS: PERDONA SUS INFIDELIDADES Y TIBIEZAS; CURA SU CORAZÓN HERIDO.
- Corazón de Jesús, cuidad especialmente a los sacerdotes, de cuya vida santa depende en gran parte la santidad de los fieles, protégelos del mundo, del maligno y sus seducciones, confórtalos cuando su vida de sacrificio no sea apreciada, guárdalos puros, desprendidos de los bienes. Acógelos en tu Corazón. 
TODOS: SANTIFÍCALOS EN LA VERDAD; GUÁRDALOS EN TU AMOR; TEN MISERICORDIA DE SUS INFIDELIDADES; CONFÓRTALOS EN LA TRIBULACIÓN; DALES LA VICTORIA SOBRE EL MALIGNO; HAZLES AMIGOS Y SIERVOS FIELES. AMÉN.

miércoles, 8 de mayo de 2013

LA VIRGEN MARÍA Y LOS SANTOS EN LA FORMACIÓN, LA VIDA Y EL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES.- P. François-Marie Léthel, OCD



LA VIRGEN MARÍA Y LOS SANTOS
EN LA FORMACIÓN, LA VIDA Y EL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES

            El Venerable Papa Pablo VI definía el capítulo VIII de la Lumen Gentium sobre la Santísima Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesiacomo «la cumbre y la coronación» de toda la Constitución dogmática acerca de la Iglesia del Concilio Vaticano II, declarando al mismo tiempo a María Madre de la Iglesia (Discurso en el Concilio para la promulgación de la Lumen Gentium, 21 de noviembre de 1964). Este capítulo final es inseparable de los capítulos V sobre la Vocación universal a la santidad, y VII sobre la Índole escatológica de la Iglesia Peregrina y su unión con la Iglesia Celestial. Son las grandes enseñanzas del Concilio, que arrojan una luz más profunda sobre nuestro tema: La Virgen María y los Santos en la formación, la vida y el ministerio de los sacerdotes. De hecho, en la Luz de Cristo (Lumen Gentium) resplandece de modo nuevo la santidad de María y de la Iglesia en Cielo como en la Tierra y la gran vocación común a la santidad de todos los miembros de la Iglesia. La profunda espiritualidad del Concilio que vivió Pablo VI es inseparablemente Amor a Cristo, a María y a la Iglesia. Según sus palabras, «el amor a la Iglesia se traducirá en amor a María y viceversa; porque la una no puede subsistir sin la otra» (Marialis Cultus, n. 28), y en este mismo sentido: «Quien ama a María debe amar a la Iglesia; como quien quiere amar a la Iglesia debe amar a la Virgen» (Audiencia General, 27 de mayo de 1964).
            Más tarde el beato Juan Pablo II desarrolló maravillosamente la misma espiritualidad cristocéntrica, mariana y eclesial del Concilio. En la homilía por su Beatificación (1 de mayo de 2011), el Santo Padre emérito Benedicto XVI nos ofrecía al respecto una luminosa síntesis:

«Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios —obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas— estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una “eme” abajo, a la derecha, y el lema: “Totus tuus”, que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: “Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria – Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón”» (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

            Así, los dos grandes capítulos V y VIII de la Lumen Gentium se interpretan a la luz del Evangelio y en sintonía con el libro que más influyó en la vida de Karol Wojtyła, desde la edad de 20 años hasta su muerte, es decir, desde el inicio de su vocación sacerdotal hasta el último cumplimiento de su misión como Sucesor de Pedro (Juan Pablo II abría cada día el Tratado de Montfort, lo último que escribió y sus últimas palabras fueron: Totus Tuus). Por tanto, es el mejor ejemplo del tema que nos ocupa, o sea, del lugar de la Virgen María en la formación, la vida y el ministerio sacerdotal de Karol Wojtyła. En efecto, su descubrimiento del Tratado se remonta a 1940, los años dramáticos de la opresión nazi, cuando tuvo que trabajar como obrero y después vivir como seminarista clandestino. A partir de ese momento, este «hilo mariano» será el continuo hilo conductor de toda su vida.
            Karol Wojtyła copia continuamente en las primeras páginas de sus manuscritos esas palabras de Montfort en latín, que son el resumen de toda su doctrina espiritual, como seminarista, como sacerdote, después como Obispo y Papa. Son la apropiación personal de las palabras del Evangelio, cuando Juan recibe de Jesús en la cruz el don de María como Madre: «El discípulo la recibió como algo propio» (Accepit eam discipulus en sua; Jn 19, 27). Sin embargo, para aceptar verdaderamente este gran don de la Madre de parte de Jesús, de parte del discípulo es indispensable la entrega total de sí mismo que expresa el Totus Tuus. En efecto, según las palabras de santa Teresa de Lisieux en su última poesía Porque te amo, ¡oh María!: «Amar es darlo todo y entregarse a sí mismo» (P 54, str 22). No hay verdadero amor sin entrega total de sí mismo. Decir de verdad: Te amo significa necesariamente: Me entrego totalmente a Ti, soy todo Tuyo para siempre. Este acto de amor va dirigido a Jesús por medio de María, pero también se dirige a María para amar a Jesús con su propio Corazón. Así, la petición: «Dame tu corazón, oh María» es escuchada hasta tal punto que Juan Pablo II osa hablar de una auténtica «identificación del fiel con María en su amor por Jesús, en su servicio a Jesús», subrayando el hecho que esa «identificación mística con María está totalmente orientada a Jesús» (Carta a la Familia Monfortiana, 8 de diciembre de 2003). Según las palabras de Montfort, es el Espíritu Santo quien «reproduce María en las almas» y estas se transforman en copias vivientes de María para amar y glorificar a Jesucristo (Verdadera Devoción, n. 217). Así, en la espiritualidad monfortiana, al igual que en la doctrina del Concilio, sintetizadas por Juan Pablo II, es evidente que «la verdadera devoción mariana es cristocéntrica" (Carta a la Familia Monfortiana).           
            El beato Juan Pablo II presenta esta profunda espiritualidad como camino eclesial de santidad que recorre con María, compartiendo su caridad perfecta, sufe pura y su esperanza segura (ibídem). Es la gracia del bautismo, que María nos ayuda a vivir en plenitud, en la escucha de la Palabra y en la comunión con elCuerpo y la Sangre de su Hijo. Es una espiritualidad para todo el Pueblo de Dios, llamado por entero a la santidad, pero que tiene un valor especial y una particular eficacia para todos aquellos que son llamados al sacerdocio ministerial, a causa de su relación privilegiada con Cristo, con su Palabra y su Cuerpo. Como Madre de Cristo y de la Iglesia, María es la gran educadora de los seminaristas y sacerdotes, y les ayuda a crecer siempre en el amor del Señor inseparablemente en la Eucaristía diaria y en la Lectio Divina.
            Como Madre toda santa e inmaculada, María es de modo único la formadora del corazón del sacerdote como hombre consagrado en el celibato, le enseña el amor verdadero y puro a Jesús y al prójimo, es decir, a todas las personas encomendadas a su solicitud pastoral, hombres y mujeres. El celibato, como renuncia al matrimonio por amor a Jesús y a su Iglesia, sume la persona del sacerdote en el Misterio insondable del amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. El beato Juan Pablo II, san Maximiliano Kolbe y el Venerable Pablo VI, son ejemplos recientes de santos sacerdotes verdaderamente enamorados de Jesús, de María y de la Iglesia, y por ello fueron capaces de amar a todas las personas de modo absolutamente puro, desinteresado, sin ánimo de posesión. En particular, un gran amor por la Virgen da al sacerdote una relación justa con la mujer, como padre, hermano e hijo. En este sentido, santa Catalina de Siena llamaba a su amigo sacerdote: «Queridísimo padre, hermano e hijo en Jesucristo» (Carta 225). De hecho, en la relación con el sacerdote, la mujer no es sólo una hija y una hermana, sino también una madre que lo ayuda a crecer espiritualmente. Este aspecto de la maternidad espiritual hacia los sacerdotes, que han vivido tantas santas mujeres consagradas o casadas (por ejemplo, la Ven. Louise-Marguerite Claret de la Touche y la Ven. Concepción Cabrera de Armida), lo ha puesto de relieve en particular el Magisterio reciente (cfr. Carta de Juan Pablo II a los sacerdotes para el Jueves Santo 1995, Catequesis de Benedicto XVI sobre las santas, y Documento de la Congregación para el Clero: Adoración, Reparación, Maternidad espiritual para los sacerdotes, en 2007). Así, el sacerdote puede vivir bien su identidad sacerdotal sin ninguna forma de paternalismo o clericalismo, con gran respeto y estima por la dignidad de la mujer.
            Junto con María, los Santos y las Santas ocupan un lugar importante en la formación y la vida de los sacerdotes, como los mejores amigos y maestros de santidad. El primer lugar corresponde a san José, Esposo de María, Padre legal de Jesús y patrono de la Iglesia Universal, el ejemplo más perfecto de esponsalidad y paternidad para todos los hombres, casados o consagrados en el celibato, gran maestro de vida interior a causa de su intimidad con Jesús y María en la vida escondida (cfr. Santa Teresa de Ávila y la Redemptoris Custos de Juan Pablo II).
            Por último, en la formación teológica de los sacerdotes, conviene siempre privilegiar la «Gran Ciencia de los Santos» (San Luis María de Montfort). Después de los Apóstoles y Evangelistas, son los Padres de la Iglesia, los grandes Doctores del Medievo y todos los Místicos, que han bebido esta ciencia de la misma fuente de la oración, según las palabras de santa Teresa de Lisieux: «¿No fue acaso en la oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios?» (Manuscrito C, 36r).

P. François-Marie Léthel, OCD