viernes, 5 de febrero de 2016

LA VIRGEN MARIA Y EL SACERDOTE. Del libro “Amor Eterno” de D. Antonio Pacios


LA VIRGEN MARIA Y EL SACERDOTE.
Del libro “Amor Eterno” de D. Antonio Pacios
Esto nos lleva a esclarecer otro punto, que esperamos nos ilumine algo la relación de la Virgen María con el sacerdote.
El sacerdocio implica fundamentalmente un doble poder: poder de consagrar el Cuerpo físico de Cristo; poder de santificar el Cuerpo místico de Cristo. El primero se ejerce por consagración en la Santa Misa; el segundo, de modos varios, pero principalmente en el sacramento de la confesión o penitencia, que devuelve la justificación al pecador que la ha perdido, y cuya administración es exclusiva del sacerdote.
Dos cosas extrañas cabe observar en la institución del sacerdocio. La primera es que es escalonada y como sucesiva.
El sacerdocio en su función primaria y mas excelente, la de consagrar el Cuerpo físico de Cristo, dándole a si en cierto modo poder sobre ese mismo Cuerpo, es instituido en la Ultima Cena, estrechamente vinculado a la misma Eucaristía, cuando Jesús dice a sus Apóstoles: “Haced esto en memoria (o conmemoración) mía”.
El sacerdocio en su segunda función de santificar el cuerpo Místico de Cristo, mediante la justificación del pecador por la absolución sacramental, es más bien instituido tras la resurrección de Cristo. Es Cristo, ya resucitado quien confiere el poder de perdonar pecados a los mismos  apóstoles a los que ya en la Ultima Cena confiriera poder sobre su Cuerpo físico: “Alentó sobre ellos y díjoles: Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonareis los pecados les serán perdonado; y a quienes los retuviereis, les serán retenidos” (Jo. 20,22,23).
La segunda es el distinto grado de validez de los poderes así sucesivamente concedidos.
Sabido es que la validez del poder consecratorio es absoluta: una vez que el sacerdote haya sido ordenado, su consagración es valida para siempre, aunque rompa con la Iglesia: la validez no depende así de su unión con la Iglesia, no depende de la Iglesia (y por o tanto no deriva de ella), sino de que haya sido de verdad ordenado.
La validez, en cambio, de su absolución depende ciertamente de su ordenación sacerdotal; pero no solo de ella, sino también de su unión con la Iglesia, e incluso de la delegación expresa o implícita de la Iglesia.
Y es que por la absolución sacramental ejerce un poder judicial de su ordenación sacerdotal; pero no solo de ella, sino también de su unión con la Iglesia, e incluso de la delegación expresa o implícita de la Iglesia.
Y es que por la absolución sacramental ejerce un poder judicial sobre los hijos de la Iglesia, en quienes por lo mismo no puede potestativamente actuar sin la anuencia de esta. Es la Iglesia la única que, en definitiva, tiene poder y autoridad sobre sus hijos, y así nadie puede ejercer en ellos poder o autoridad sino en cuanto de ella los reciba.
Otros actos sacerdotales sobre esos hijos de la Iglesia tendrán validez si no implican ejercicio de poder o dominio sobre ellos, sino simple favor o beneficio—cual sucede, vgr con la extremaunción administrada a los fieles, o incluso con la misma ordenación sacerdotal: ambas dan algo sobrenatural al ungido u ordenado; pero en ninguno de los dos casos se da sumisión o subordinación alguna al ungido u ordenado al ordenante o al que ha ungido—
En una palabra; el poder sobre los hijos de la Iglesia- Cuerpo Místico de Cristo-que por la absolución ejerce el sacerdote, lo recibe de la Iglesia, y de ella actualmente depende la validez de su ejercicio. Mas el poder que por la consagración ejerce el sacerdote sobre el cuerpo físico de Cristo, no lo recibe de la Iglesia, y así tampoco de ella depende la validez de su ejercicio.
Esto parece claramente indicar que si bien se da a la Iglesia directamente el poder en exclusiva sobre el Cuerpo Místico de Cristo-“lo que en la tierra atares será atado en el reino de los cielos” (Mt.16,19)-, no se le da de la misma manera el poder sobre el Cuerpo físico de Cristo, del cual es mas bien receptora mediata y beneficiario no exclusiva- recibiéndolo de manos de María, su Madre-, a la vez que en cierto modo transmisora por la ordenación- cuando es dentro de ella que se ordena,- pero sin modificar en nada en esa transmisión las características de ese poder y de su ejercicio.
De ahí la división y separación de los dos poderes en la institución del sacerdocio, y que el poder sobre el Cuerpo físico de Cristo se diera antes de que la Iglesia misma naciera del costado abierto de Cristo, mientras el poder de perdonar pecados se les otorga ya nacida la Iglesia, para que aparezca que solo en la Iglesia y con la Iglesia pueden ejercerlo.



UNIÓN ESPECIALÍSIMA DEL SACERDOTE, EN SU FUNCIÓN EUCARÍSTICA, CON LA VIRGEN MARÍA
Esto nos indica la unión especialísima que el sacerdote, en su función eucarística, tiene con la Virgen MarÍa.
La Eucaristía, según vimos, se entrega a la Virgen MarÍa para alimento de sus hijos. Ella, en todo de acuerdo con su Hijo, se elige en los apóstoles las causas instrumentales de su acción. Y como los dones de Dios y su vocación son sin arrepentimiento (Rom. 11,29; Dios no se arrepiente de sus dones ni de su vocación), así los de MarÍa en todo unida y asimilada a su Divino Hijo. Por ese el poder dado a los apóstoles- así como a los sacerdotes suyos, llamados por dios (Hebr. 5,4)- es de validez y eficacia irretractables, sin que en nada dependa en cada uno de ellos de las disposiciones de la iglesia- a la que, en cuanto constituida por hombres viadores, afecta el arrepentimiento y la mudanza-.
La Iglesia, visible entre nosotros como hija de María, será la que después normalmente designe las personas que han de servir a María de instrumentos para la acción eucarística, y les transmite el poder sacrificial; pero no entra en sus atribuciones el limitar o circunscribir ese poder, por lo que a su eficacia mira, ya que de él no es autora, sino simple transmisora.
Y ni siquiera transmisora necesaria o exclusiva, ya que es bien sabido que la ordenación sacerdotal es valida aunque la haga un obispo que ya no pertenece a la Iglesia.
Diríamos que el sacerdote, una vez constituido en su orden, por lo que mira a su poder consecratorio del Cuerpo de Cristo, dice ya solo relación directa con la Virgen, y de Ella solo directamente depende: de Ella, que nunca se arrepiente de haberlo escogido sacerdote, nunca se volverá atrás de su elección, nunca le retirara el poder concedido.
Dada la presencia eucarística de María, de que hablamos mas arriba, es evidente que el sacerdote, en su función eucarística, y por pecador y aun maligno que sea, nunca se encuentra solo, sino acompañado de la Virgen María, que prodiga todas sus atenciones de amor al Jesús que el sacerdote consagra, y que le hace grato venir a las manos del sacerdote, incluso pecador y del todo indigno, porque con ello también viene a las manos de María.
En realidad es la Virgen María, a quien directamente se ha entregado el Cuerpo de Cristo, la que lo pone en manos del sacerdote que consagra- como otrora en Belén lo pusiera en manos de los pastores y de los reyes-, la que por manos de ellos lo distribuye como  alimento entre sus hijos.
Síguese de esto la estrechísima unión que ha de tener el sacerdote con María en su culto y amor al Jesús Eucaristía, al Jesús que cada día consagra y hace venir sobre el altar del sacrificio, al Jesús que por sus manos distribuye María, usando de él como de hermano mayor que la ayude y sirva en su atender a los mas pequeñuelos.
En esa intimidad, María desea verlo asociado en todo a Ella, como vio y tuvo asociado a San José en el culto y veneración y servicio del Verbo encarnado.
Ella quiere comunicar al sacerdote, y hacerle participar con Ella, todo su amor, toda su santidad, toda su ternura para con Jesús, que con tanto amor y absolutez pone en sus manos. Ella da todo lo suyo al sacerdote para que, si quiere, como propio a Jesús lo ofrezca- todo lo de la Madre es de los hijos-.
Ella quiere que el sacerdote de tal modo se le entregue y le sea dócil que pueda Ella amar a su Jesús en, con, y desde el corazón de su sacerdote. Que si este, al ser canal del amor de María, limita con su pequeñez la cuantía de las aguas de su amor, no mude la naturaleza de ellas: que aunque sea para Jesús pequeñita, Jesús halle en esa fuente limpia y fresca, aunque en chorro pequeño, el agua del amor de María, con sabor solo de María. Que también Jesús y María hallan su encanto en reposar y deleitarse cabe la fuente pequeña y llena de verdor y de frescura.
Ella suple y compensa todas las deficiencias, toda la frialdad, incluso toda la iniquidad del sacerdote. Pero, ¡con cuanta pena por él, al verle separado de Ella, disociado de Ella, desconocedor del Don divino sabrosísimo que Ella pone en sus manos!
Ella inenarrablemente goza –cual madre orgullosa de su hijito-, cuando puede presentarlo a su Jesús estrechamente unido y asociado a Ella en la adoración y en el amor, aunque sea con todas las deficiencias inherentes a la debilidad y fragilidad humanas, que Ella no se cansa de lavar, purificar y compensar con su amor materno. Los limacos no nos impiden beber con gusto el agua que esta manado de la fuente; tampoco Jesús tendrá asco de beber el agua de nuestra fuente si al agua de que ella brota es agua y amor de María, aunque nosotros pongamos los limacos.
Son así los sacerdotes, como unidos íntimamente a Ella en el trato con Jesús Eucaristía- cual José lo estuviera en Belén, Egipto y Nazaret-, quienes mas pueden alegrar, consolar y dar gozo al Corazón de María, si, pese a  toda su fragilidad y miseria, a Ella se unen, para en Ella, con Ella y por Ella amar a Jesús Eucaristía, amándole con el amor de Ella, ofreciéndole como propio el amor de Ella, pues todo lo de la Madre es verdaderamente propio de los hijos.
Y su gozo es sobre todo ponderación cuando de tal modo le entregamos nuestro corazón y se lo damos que Ella pueda, como poseedora de él, amar a su Jesus en nuestro corazón, ser ella misma el amor de nuestro corazón, el que de nuestro corazón mane para saciar la sed de amos de su Jesús.
Y son también los sacerdotes quienes mas la contristan, cuando estando físicamente tan unidos a Ella y a su Jesús, su corazón se halla lejano, su pensamiento ausente, sus afectos extraviados, por no asociarse a su Dulce Madre en el amor, ni servirse en su trato con Jesús en el amor de Ella.
¡Si supiéramos servirnos de María, asociándonos a Ella en nuestro trato con Jesús, sirviéndonos del amor de Ella como propio! Pues es tal el deseo que la Virgen Madre tiene, por el honor de su Hijo, de que sus sacerdotes lo traten bien con Ella y como Ella, que por poco que a Ella recurran la hallaran siempre su aliada para asociarlos a su santidad y a su amor.
A esa santidad esta Ella siempre llamando al sacerdote, que quiso asociarse al amor a su Jesús.
Por eso nunca es tarde para que el sacerdote alcance la santidad o conversión total a que la Virgen le invita. Por muchos años que un sacerdote lleve de pecados, frialdad y sacrilegios, en el momento que el quiera, aunque sea el ultimo día de su vida, hallara siempre a la Virgen, no solo dispuesta, sino ansiosa de revestirlo de la santidad de Ella, para gloria y gozo del Corazón de su Hijo.
Ojala comprendiera el sacerdote que para él nunca es tarde; que en cualquier momento que él lo quiera, la encontrara para abrazarlo, como Madre de misericordia, que supla y compense todas las deficiencias.
Madre de misericordia inagotable es María para todos sus hijos. Para sus hijos sacerdotes es “la Madre de todas las misericordias” y como tal la hallaran siempre.
Y cuando decimos de todas, es porque su efusión sobre el sacerdote que a Ella recurre será tal que ni vestigio o consecuencia alguna quedara en él, ni este mundo ni en la eternidad, de todas sus anteriores miserias, frialdades o pecados. No se vera eternamente en él mas que el amor de la Virgen amando a Dios en y por su pequeñito corazón humano; mas que la santidad de la Virgen que como sol viste de luz todo su ser.
Si cuando no amaba todavía, ha puesto en sus manos la Santidad infinita que es su Hijo, mucho mas la  pondrá en su alma no más ame.


MISERICORDIA TOTAL E INIMAGINABLE COMPRENSIÓN DE LOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA CON RELACIÓN A SUS SACERDOTES.
Esto nos lleva como de la mano a tratar de un ultimo aspecto de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, que nos muestra hasta que extremo llega la totalidad de la misericordia del Corazón de Jesús y del de su Madre -hechos en todo uno- para con sus sacerdotes, y la comprensión inimaginable que tiene de sus flaquezas, y aun apostasías, para olvidarlas totalmente todas cuando a Ellos se vuelven y convierten.
Cuando Jesús da por primera vez la comunión a sus apóstoles, y les hace sacerdotes eucarísticos, dándoles dominio y poder sobre su Cuerpo, ordenándoles hagan en lo sucesivo lo mismo que El ha hecho, en la primera consagración eucarística, Jesús sabe –y así incluso lo anuncia- que la misma noche le abandonaran todos, que incluso el jefe de ellos le va tres veces a negar, apostatando. Y como lo sabe Jesús, lo sabe también la Virgen María, en todo a El asociada.
¿Por qué no espero Jesús tres días más a instituir la Eucaristía, cuando ya resucitado le seguirían ya felices sus apóstoles, hasta recibir la confirmación en gracia con la venida del Espíritu Santo?
Porque tanto El como María querían poner de manifiesto el misericordiosísimo y sincero amor con que aman, y la totalidad con que se entregan a los sacerdotes, y aun a cuantos comulgan, por pecadores que sean o hayan de ser, para que así nunca desconfiemos de su amor.
Nos maravilla el amor con que se entrega a sus apóstoles, el amor inefable que les muestra, tener en toda la conversación de la Ultima Cena con ellos, la delicadeza con que les consuela. Y todo eso sabiendo y anunciándoles, que esa misma noche le abandonarían todos, todos le serian infieles. Para que sepan, en la humillación de su caída, que no por eso el Corazón de Jesús ha cambiado para ellos, que los sigue amando como siempre, que los compadece en su desgracia, y que esa compasión tendrá eficacia para sacarlos de ella.
Por eso, anunciada su caída, les consuela asegurándoles su conversión –“y tu, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc. 22,23)-, certificándoles que como Buen Pastor volverá a reunirlos consigo tras haber sido dispersados en el día de la tormenta.
¿Se habría dado esta conversión, al menos en todos ellos, sino hubieran todos experimentado en la Ultima Cena el dulce atractivo del amor fidelísimo y a toda prueba con que Jesús les amaba, amor que fue como el imán irresistible que de nuevo a El los atrajo?
Y así quiso Jesús consolar, y hasta enseñar, a su Dulce Madre, para que no la desanimara la inconstancia de los corazones a los que le entrega como alimento, de las manos sacerdotales en las que lo pone como victima y compañero de viaje.
¡Cuantas veces sabe Ella que el sacerdote en cuyas manos lo pone en la Santa Misa será tan inconstante y lábil en su amor que es ese mismo día le  traicionara y entregara por el pecado grave!. ¡Cuantas veces sabe lo mismo de tantos de sus hijos en cuyo corazón lo siembra por la comunión!
Mas aleccionada por la conducta de Jesús, nos lo entrega igualmente con amor de Madre; amor lleno de ternura, de pena, de compasión hacia nosotros, que llora ya de antemano nuestra caída para ya de antemano impetrarnos con sus lagrimas el perdón de su Jesús.
Y si mil veces se repiten nuestras caídas y traiciones, mil veces vuelve Ella a darnos su Jesús, con el mismo amor misericordioso.
Ella sabe la eficacia salvadora y transformadora de ese manjar divino que nos da; que aunque no asegure la impecabilidad de aquellos hijos suyos que con amor lo reciben, como no la aseguro en los apóstoles, si asegura siempre su conversión y resurrección, cual aseguro en ellos. Conversión quizá muchas veces reiterada –casi infinitas veces reiterada, cual sucede en la mayoría de nosotros-: pero que Ella sabe que al final acabara siendo total, definitiva, irretractable, con nuestra entrega total al amor.
Ella sabe la verdad absoluta de la promesa de su Hijo; El que como no morirá jamás, tendrá vida eterna, vivirá por y de la misma vida de Jesús, como Este  vive por y de la misma vida del Padre, y hasta a su cuerpo lo resucitara como propio en el ultimo día.(Jo.6)
Todo en futuro. Pero un futuro que la fe de la Virgen fidelísima ya ve y gusta como presente. Y exulta de gozo contemplando, no la miseria que somos cuando Ella nos alimenta con su Hijo, sino la hermosura divina de que Ella sabe que su Hijo nos revestirá.
Hermosura cuya consumación Ella apresura con su amor y adoración al Hijo en nosotros, con sus plegarias al Hijo por nosotros, con los cuidados, mimos, la inefable constancia y paciencia con que vuelve siempre a lavarnos de todas nuestras manchas y suciedad como la mama hace con su pequeñín.
¡Si penetráramos como ella que todo el que con amor, aunque pequeño y lábil, come a Jesús, tendrá vida eterna! ¡Como nos esforzaríamos en hacer y reiterar lo mejor y más frecuentemente posible nuestras comuniones, por más que de presente no percibamos su eficacia!

Y que seguros nos sentiríamos siempre del perdón de Jesús, aunque cada media hora tuviéramos que volver a pedírselo, si le suplicáramos ese perdón para que con él consuele a nuestra Madre, que sufre al vernos manchados, y exulta de alegría al contemplarnos limpios y luminosos.

martes, 5 de enero de 2016

Oración a la Virgen María por los sacerdotes en el misterio de la Visitación. Beato Manuel González


Oración a la Virgen María por los sacerdotes en el misterio de la Visitación. 
Beato Manuel González
Madre de Jesús, que no haya en tu Iglesia sacerdotes sin celo de Jesús. Multiplica sacerdotes que lleven a Jesús sin malas compañías de los celos propios, que lleven a solo Jesús y a donde él quiera, a las almas de los ricos y de los pobres, de los sabios y de los ignorantes, de los grandes y de los pequeñuelos, de los que halagan y de los que repugnan...¡Qué el único tesoro en que confiemos, la única carga que nos preciemos de llevar los sacerdotes sea sólo Jesús solo. Que todo nuestro ingenio, nuestro poder, nuestro valer, lo que gaste nuestras fuerzas, nuestro tiempo, nuestra salud, se empleen en llevar a Jesús siempre y con la prisa y el gozo que tú lo llevaste y con el gozo que Él se dejo llevar por ti y con el gozo de las almas que sin conocerlo lo esperan, lo llaman, lo necesitan...!
¡Madre Sacerdotal que en la Visitación llevas a tu Jesús con prisa, que la prisa de llevarlo a los que lo necesitan no deje vivir quietos a tus sacerdotes!

domingo, 3 de enero de 2016

PRECES PARA PEDIR VOCACIONES. Beato Manuel González, obispo



Señor Jesucristo, Sumo y eterno Sacerdote:
A vista de tantos Seminarios y Noviciados sin vocaciones, y de tantos pueblos sin sacerdotes ni apóstoles, movido nuestro corazón de la pena que arrancó del tuyo aquel angustioso lamento: la mies es mucha y los operarios pocos, obedientes a tu mandato de pedir por éstos, te suplicamos:  (Respondemos: Envía operarios a tu mies, Señor)
Para que no falte quien lleve los niños a ti.
Para que vean los ciegos del alma y oigan los sordos, y resuciten los muertos y se evangelicen los pobres.
Para que los oprimidos del diablo sean libertados, y los justos se justifiquen más y los santos más se santifiquen.
Para que no deje de haber en cada pueblo quien diga a sus moradores:  he ahí vuestra Madre, mostrando a la tuya.
Para que todos los que sufren vayan a ti y,  descansado sobre tu pecho, encuentren la paz.
Para que en todo lugar se ofrezca a tu nombre la limpia oblación de la Hostia pura, santa e inmaculada.
Para que diariamente se realice tu gran deseo de que tus  discípulos coman tu Pascua y la casa de tu festín esté siempre llena.
Para que no quede un solo pueblo sin sagrario y sin sacerdote que lleve sus vecinos a él.
Para que tu nombre sea santificado, venga a nosotros tu reino eucarístico y por todos los hombres en la tierra se cumpla tu voluntad como por los ángeles en el cielo.
Señor, que la mies es mucha y los operarios muy pocos.
REnvíanos santos sacerdotes y religiosos, según tu Corazón.
María Inmaculada, Madre y Reina de los consagrados a Dios.
RDi a tu Hijo con la misma eficacia que en las bodas de Caná: Mis hijos de la tierra no tienen sacerdotes ni religiosos.
Ángeles de la guarda de los niños y de sus padres, san José, patrón de la Iglesia Universal.

RPedid y trabajad por el fomento de vocaciones sacerdotales y religiosas.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Oración por las vocaciones. S.S. Francisco


Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización. Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso. Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.
Vaticano, 29 de noviembre de 2015

miércoles, 25 de noviembre de 2015

REFLEXIÓN DEL SACERDOTE ANTE JESÚS MAESTRO. Beato Santiago Alberione


REFLEXIÓN DEL SACERDOTE ANTE JESÚS MAESTRO. 
Beato Santiago Alberione

Tu misericordia es infinita: nunca podré entenderla del todo. Más quiero adorarla que escrutarla. ¿Cómo así has elegido para ser sacerdote, hombre de Dios, a un ser tan mezquino, tan gran pecador, de quien preveías que te habría traicionado en tus expectativas?... ¡Todo fue sólo misericordia tuya! ¡Soy un milagro de Dios! Infinitas misericordias tuyas me han llevado al sacerdocio: «Por favor de Dios soy lo que soy» [1Cor 15,10].3 La ordenación transformó a los Doce; la ordenación me hizo un ser nuevo, Dios en la tierra. Me he ensimismado con Cristo: sus intereses son los míos; sus intenciones las mías; hablo con sus palabras; mi doctrina es la suya; mi vida es la de Cristo; yo realizo las obras de Cristo; o mejor, es Cristo quien las realiza por mí: «Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza ... Judas bautiza, es Cristo quien bautiza». Estoy obligado a Dios: debo vivir según Jesucristo. Debo ocuparme sólo de lo que concierne a su honor: «¿No sabíais que yo tengo que estar en lo que es de mi Padre?» [Lc 2,49]. Perdóname tanta indignidad, el despilfarro de gracias y de tiempo. 

martes, 3 de noviembre de 2015

Oración por los sacerdotes. Oración del Beato Manuel Lozano Garrido (Lolo)


Oración por los sacerdotes. 
Oración del Beato Manuel Lozano Garrido (Lolo)


A.- Por él, Señor, que es un hombre «pinzado», despojado, por tu llamamiento de servicio, como yo lo fuera por tu requerimiento de dolor.

B.- Señor: yo, que ya nunca podré ser tentado de fuga en la soledad, porque la tengo hecha piedra en la vida, pero que sé del poderío de su sorbo, te vengo a pedir que robustezcas el temple de esos grandes y generosos solitarios, que no abren el picaporte de una puerta para huir, buscando la barra del bar, la taquilla del cine o el asiento del autocar de turismo, cuando la orfandad se les monta como un gorila y las paredes del pecho les crujen como los muelles por el hambre de caricias humanas, porque, más que la suya, les duele tu infinita soledad de Padre y, para aliviarla, trituran su corazón, como una espiga que, sembrada, ha de germinar en el surco cordial de los hombres.

A.- Jesús, a solas en el desierto, la montaña, el amor de los hombres, Getsemaní, la Cruz y el Sepulcro: hoy, en tu inmensa soledad, quiero comulgar con la mía en esa hostia de las vidas que se molieron en la piedra de su renuncia por Ti.

B.- Cuando a la tarde oscura el sufrimiento irremediable me haga sentir ciudadano de un universo de angustia, que la agonía esté aquí toda y ellos, en cambio, sientan un alivio, que sea como el del enfermo que vuelve a respirar sin fatiga.

A.- Cuando, recordando un camino, mis pies, que nunca se mueven, sientan como si temblara el pájaro de la nostalgia, que dos golondrinas levanten el vuelo en fe desde los suyos.

B.- Cuando la tarde pase su negra e insípida factura de monotonía y la ilusión únicamente parezca ser un capullo que puede malograrse, quédate con todos los centelleos, para que el gozo de la vocación les explote a ellos, luminosamente, en el pecho, como una estrella nueva.

A.- Cuando, Señor, la melancolía de no verte me despierte en la madrugada y me haga gritar de hambre de Ti, que tu ausencia me deje el desgarrón que el sol le hace al amanecer, pero que la noche, en cambio, siga siendo mía porque toda la luz se ha hecho en el alma de los que se te han consagrado.

B.- Que el postre que a veces necesito, se haga fruta de consolación sobre el humilde mantel de su alma.

A.- Que cuando añore una risa, sorba una lágrima, me urja compañía, rebusque un consuelo o necesite un diálogo, la risa vuele, se quede la lágrima, no venga el amigo, se ancle la tristeza, y el silencio se agigante, porque, lejos, la alegría, la paz, la solidaridad, el gozo y la palabra están en la vida de los hombres que por Ti se entierran en el olvido de las aldeas.

TODOS: Señor: por ellos y por su fruto, en tu soledad, el gozo de nuestras soledades.

jueves, 8 de octubre de 2015

CRISTO,SACERDOTE Y VÍCTIMA. SERMÓN DEL CARDENAL BEATO JOHN HENRRY NEWMAN


Hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz.
Fil. II:8
Aquel que se humilló de tal modo―haciéndose hombre primero, luego muriendo, y eso sobre la vergonzosa y agonizante cruz―fue el mismo que desde toda la eternidad, “siendo su naturaleza la de Dios” era “igual a Dios”, tal como lo declara el Apóstol en el versículo precedente. “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios; Él era en el principio, junto a Dios” (Jn. I:1,2); así habla San Juan, un segundo testigo de la misma gran y tremenda verdad. Y él también añade, “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (I:14). Y sobre el final de su evangelio, como sabemos, nos suministra una relación de la muerte de Nuestro Señor sobre la cruz.
Nos aproximamos a ese día, el más sagrado de todos, cuando conmemoramos la pasión y muerte de Cristo. Tratemos de fijar nuestras mentes sobre este pensamiento tan grande. Intentemos también, lo que es tan difícil, dejar de lado otros pensamientos, despejar nuestras mentes de cosas transitorias, temporales y mundanas, y ocupémonos exclusivamente de contemplar al Sacerdote Eterno y su sacrificio único y perenne―ese sacrificio que, aunque completado de una vez y para siempre en el Calvario, sin embargo permanece siempre y que con su poder y gracia podamos tenerlo siempre presente, puesto que en todo tiempo debe ser conmemorado con gratitud y reverente temor, bien que ahora más especialmente, cuando llega el tiempo del año en que sucedió. Contemplemos a Aquel que fue levantado para atraernos hacia Sí; y que merced a que fuimos atraídos hacia Él, resultemos atraídos los unos hacia los otros, de tal modo que podamos comprender y sentir que nos ha redimido a cada uno de nosotros y a todos, y recordemos que a menos que nos amemos, en verdad no podemos amar a Quién dio su vida por nosotros.
Por tanto, con la esperanza de sugerir algunos pensamientos graves para la semana que empieza con este día, haré algunas observaciones que sugiere el texto acerca de aquel acontecimiento tan terrible y a la vez tan gozoso, como lo es la pasión y muerte de Nuestro Señor.
Y en primer lugar, no debería hacer falta decirlo, aunque a lo mejor sí lo es de tan obvio que resulta (pues a veces se dan por sobreentendidas ciertas nociones que así nunca llegan a ser conocidas por quiénes las ignoran), como digo, en primer lugar, siempre deberá recordarse que la muerte de Cristo no constituyó un mero martirio. Mártir es uno que muere por la Iglesia, que es muerto por predicar y sostener la verdad. En verdad, Cristo fue muerto por predicar el Evangelio; y con todo no fue un mero mártir, sino mucho más que eso. Si hubiese sido un hombre solamente, bien podríamos llamarlo mártir, pero no era un hombre solamente, de modo que no es un mero mártir El hombre muere como un mártir, pero el Hijo de Dios muere como sacrificio reparador.
Aquí entonces, como ven, se nos introduce inmediatamente en un tema harto misterioso, por mucho que nos toca de muy cerca. Había una virtud en su muerte que no podría haber en ninguna otra, pues Él era Dios. Por cierto que nosotros no podríamos haber anticipado lo que se seguiría de un acontecimiento tan magno como este, de Dios encarnándose y muriendo en la cruz; pero que algo extraordinario y de gran valor se seguiría de semejante cosa, bien podríamos haberlo adivinado aunque nada se nos dijera sobre el particular. No se habría humillado de tal modo para nada; no podría haberse humillado así (discúlpenme la expresión) sin consecuencias importantísimas. No estaría mal que reflexionáramos un poco sobre lo que se significa con la doctrina del Hijo de Dios muriendo en la cruz por nosotros. No diré que alguna vez terminaremos de agotar el misterio que hay en esto, pero sí podemos entender en qué consiste el misterio; y en esta materia mucha gente se muestra deficiente. No tienen idea acerca de la verdad en este asunto; si la tuvieran, se mostrarían más serios de lo que son. Que se comprenda, entonces, que el Hijo de Dios Todopoderoso, que había estado en el seno del Padre desde toda la eternidad, se hizo hombre; se hizo hombre tanto como que siempre fue Dios. Era Dios de Dios, como dice el Credo; esto es, en tanto Hijo del Padre, contaba con todas aquellas infinitas perfecciones que tenía el Padre. Era de una sustancia con el Padre, y era Dios, porque el Padre era Dios. Era verdaderamente Dios, pero se convirtió en verdadero hombre. Se convirtió en hombre y sin embargo sin cesar de ser, en todos los respectos, lo que había sido antes. Se agregó a Sí mismo una nueva naturaleza, y con todo no tan íntimamente que fuera como si de hecho dejara de ser lo que había sido antes, cosa que no hizo. “El Verbo se hizo carne”: incluso esto parecería misterio y maravilla bastantes, pero ni siquiera eso es todo; no sólo fue “hecho hombre” sino que, tal como continúa diciendo el Credo, también “fue crucificado por nosotros en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado”.
Ahora bien, aquí, digo, hay un nuevo misterio en la historia de su humillación, y si pensamos en eso veremos que contamos con una nueva y solemne iluminación al leer los capítulos que tocan esta semana. He dicho que después de su Encarnación la naturaleza del hombre era tan verdaderamente de Cristo como lo eran sus atributos divinos; San Pedro incluso llega a hablar de Dios “comprándonos con su propia sangre” (I Pet. I:18,19) y San Pablo de que “crucificaron al Señor de la Gloria” (I Cor. II:8), expresiones que, más que otras, muestran cómo absoluta y sencillamente Él se puso sobre Sí la naturaleza del hombre. Así como el alma actúa a través del cuerpo como su instrumento―de un modo más perfecto, pero con igual grado de intimidad, el Verbo Eterno de Dios actuó a través de la humanidad que había adquirido. Cuando hablaba era literalmente Dios hablando; cuando sufrió, era Dios sufriendo. No que la misma Naturaleza Divina pudiera sufrir, así como nuestra alma no puede ver ni oír; pero, así como el alma ve y oye a través de los órganos del cuerpo, así Dios Hijo sufrió en aquella naturaleza humana que había adquirido para Sí y hecha propia. Y en aquella naturaleza en verdad sufrió Él; tan verdaderamente como decimos que creó los mundos mediante su poder Todopoderoso, así también, mediante su naturaleza humana, Él sufrió; pues cuando vino sobre la tierra, su humanidad se convirtió tan verdadera y personalmente en cosa suya, como que su poder Todopoderoso había durado por los siglos de los siglos.
Considerad esto vosotros todos los de corazón superficial, y considerad si con todo esto sois capaces de leer los últimos capítulos de los cuatro evangelios sin temor y temblor.
Por ejemplo, “Uno de los satélites, que se encontraba junto a Jesús, le dio una bofetada, diciendo «¿Así le respondes Tú al Sumo Sacerdote?»” (Jn. XVIII:22). Habrá que decirlo, aunque casi no me animo: aquel satélite del templo levantó su mano contra Dios Hijo. No es una manera de hablar figurativamente, no es un forma retórica de expresarlo, ni tampoco una manera extremista, excesivamente dura e imprudente de efectuar una afirmación; se trata de una verdad sencilla y que debe tomarse al pie de la letra: es una gran doctrina católica.
En otro lugar, “Entonces le escupieron en la cara, y lo golpearon, y otros lo abofetearon” (Mt. XXVI:67). “Y lo hombres que lo tenían a Jesús se burlaban de Él y lo golpeaban. Y habiéndole velado la faz, le preguntaban diciendo: «¡Adivina! ¿Quién es el que te golpeó?» Y proferían contra Él muchas otras palabras injuriosas.” (Lc. XXII:63-65).
“Y Herodes lo despreció, lo mismo que sus soldados; burlándose de Él, púsole un vestido resplandeciente y lo envió de nuevo a Pilato” (Lc. XXIII:11).
“Entonces, pues, Pilato tomó a Jesús y lo hizo azotar. Luego los soldados trenzaron una corona de espinas, que le pusieron sobre la cabeza, y lo vistieron con un manto de púrpura. Y acercándose a Él, decían: «¡Salve, rey de los judíos!» y le daban bofetadas.” (Jn. XIX:1-3). “Doblando la rodilla delante de Él, lo escarnecían, diciendo: «¡Salve rey de los judíos!»; y escupiendo sobre Él tomaban la caña y lo golpeaban en la cabeza. Después de haberse burlado de Él, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y se lo llevaron para crucificarlo” (Mt. XXVII:29-31).
Por último: “Cuando hubieron llegado al lugar llamado del Cráneo, donde lo crucificaron” (Lc. XXIII:33)―entre dos malhechores, y ni siquiera entonces dejaron de insultarlo y de burlarse de Él; sino que todos ellos, el sumo sacerdote y el pueblo, lo miraban y le instaban a que baje de la cruz.
Ahora bien, os ruego que consideréis que aquel Rostro, tan brutalmente golpeado, era la Faz de Dios mismo; la cabeza ensangrentada con las espinas, el sagrado cuerpo expuesto a la mirada de todos, lacerado por los azotes, las manos clavadas a la cruz, y luego, el costado traspasado con una lanza. ¿Y bien? Lo que contemplaba aquella enloquecida multitud no era sino la Sangre, y el Sagrado Cuerpo, y las Manos, y la Cabeza, y el Costado, y los Pies de Dios Mismo. Este es un pensamiento tan temible, que cuando la mente de un hombre consigue pensarlo por primera vez, por cierto que entonces se le hace harto difícil pensar en otra cosa. Y por tanto, mientras tratamos de concebir todo aquello hemos de rogarle a Dios que nos de fuerzas y temple bastantes para pensar rectamente en eso, no sea que resulte demasiado para nosotros.
Teniendo pues presente que el mismísimo Dios Todopoderoso, Dios Hijo, era el Sufriente, entenderemos mejor que antes la descripción que de Él hacen los evangelista; veremos el sentido de su porte en general, su silencio, las palabras que usó cuando habló, y la mezcla de temor y respeto que dominaba a Pilatos.
“Entonces, el sumo sacerdote se levantó y le dijo: «¿Nada respondes? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra Ti?» Pero Jesús callaba.” (Mt. XXVI:62).
“Mientras los sumos sacerdotes y los ancianos lo acusaban nada respondió. Entonces, Pilato le dijo: «¿No oyes todo esto que ellos alegan contra Ti?» Pero Él no respondió ni una palabra sobre nada, de suerte que el gobernador estaba muy sorprendido.” (Mt. XXVII:12, 14).
“Los judíos le respondieron: «Nosotros tenemos una Ley, y según esta Ley, debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». Ante estas palabras, aumentó el temor de Pilato. Volvió a entrar al pretorio, y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres Tú?». Jesús no le dio respuesta.” (Jn. XIX:7-9).
“Herodes, al ver a Jesús, se alegró mucho, porque hacía largo tiempo que deseaba verlo por lo que oía decir de Él, y esperaba hacer algún milagro. Lo interrogó con derroche de palabras, pero Él no le respondió nada.” (Lc. XXIII:8-9).
Por último, sus palabras a las mujeres que lo seguían: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por Mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque vienen días, en que se dirá: ¡Felices las estériles y las entrañas que no engendraron y los pechos que no amamantaron! Entonces se pondrán a decir a las montañas: Caed sobre nosotros, y a las colinas: ocultadnos.” (Lc. XXIII:28-30).
Después de estos pasajes, considerad las palabras del discípulo amado al anticipar su Venida cuando el fin del mundo: “Ved, viene con las nubes, y le verán todos los ojos, y aun los que le traspasaron; y harán luto por Él todas las tribus de la tierra. Sí, así sea.” (Apoc. I:7).
Así es, así será. Un día todos, por las buenas o por las malas, contemplaremos aquella Santa Faz que hombres inicuos golpearon y desfiguraron; veremos aquellas Manos que habían sido clavadas a un cruz; aquel Costado que fue traspasado. Veremos todo esto; y será la visión de un Dios Viviente.
Siendo entonces éste el gran misterio de la Cruz y Pasión de Cristo, podríamos suponer con razón, como he dicho, que alguna gran cosa se le seguiría por consecuencia. Los padecimientos y muerte del Verbo Encarnado no podían pasar y desaparecer como un sueño; no podía ser un caso de martirio solamente, o un mero despliegue o figura de otra cosa: estas cosas necesariamente tienen que incluir su propia virtud. De esto podemos estar seguros, aunque nunca nadie nos hubiese dicho cosa alguna acerca del resultado. Pero ocurre que ese resultado ha sido revelado también. Es éste: nuestra reconciliación con Dios, la expiación de nuestros pecados y nuestra nueva creación en santidad.
Todos andábamos necesitados de una reconciliación, pues por naturaleza somos parias. Desde el tiempo en que cayó Adán, todos sus hijos han estado bajo una maldición. “En Adán todos mueren”, como dice San Pablo (I Cor. XV:22). De tal modo que todos y cada uno de nosotros nace al mundo en un estado de muerte; tal es nuestra vida natural desde el primer hálito; somos hijos de la ira; concebidos en pecado, formados en iniquidad. Estamos bajo la tiranía de un innato elemento de maldad que desbarata y ahoga cualquier principio de verdad o de bien que pudiésemos abrigar ni bien tratamos de actuar de conformidad con ellos. Este es aquel “cuerpo de muerte” que San Pablo describe como propio del hombre natural, gimiendo y quejándose, “desdichado de mí, ¿quién me librará?” (Rom. VIII:24). Ahora, en lo que a nosotros se refiere, mis hermanos, sabemos (loado sea Dios) que todos, desde nuestra infancia, hemos sido liberados de este miserable estado de paganos mediante el santo bautismo, que es el medio que Dios designó para nuestra regeneración. Y con todo, no por eso deja de ser nuestro estado natural; es el estado en el que estamos todos cuando nacemos; es el estado en el que todos los pequeños se encuentran cuando se los acerca a la pila bautismal. Por querido que es para quienes lo acercan allí y por inocente que parezca, sin embargo, hasta que no esté bautizado, en su corazón reside un espíritu inicuo, un espíritu de iniquidad que yace escondido, visto por Dios, invisible a los ojos del hombre (como la serpiente entre los árboles del Edén), un espíritu inicuo que desde el principio es odioso para Dios y que a la larga será eternamente destruido. Ese espíritu inicuo sólo es expulsado mediante el santo bautismo: sin este privilegio, su nacimiento no podría sino significar miseria para él. Pero ¿de dónde esta virtud del bautismo? De este gran acontecimiento que pronto hemos de conmemorar; la muerte del Hijo de Dios Encarnado.
Casi todas las religiones cuentan con abluciones exteriores: presienten la necesidad de lavarse que tienen todos los hombres, bien que no pueden suministrar un lavado eficaz. Incluso el sistema judío, aunque divino, nada podía hacer en esta materia; sus abluciones no eran sino carnales; la sangre de los toros y de los machos cabríos no era sino terrenal y de ningún provecho. Hasta el bautismo de Juan, el precursor de Nuestro Señor, carecía de poder propiciatorio interior. Cristo no había sido crucificado aún.
Pero cuando llegó aquella hora largamente esperada, cuando el Hijo de Dios solemnemente se colocó aparte como Víctima en presencia de sus doce apóstoles, y fue al jardín, y delante de tres de ellos padeció su agonía y sudor de sangre, y luego fue traicionado, golpeado, escupido, azotado y clavado en una cruz, hasta que murió, recién entonces, cuando con un último hálito, dijo “Todo está cumplido” (Jn. XIX:30), entonces la virtud del Altísimo se abrió paso a través de sus heridas y su sangre para el perdón y regeneración del hombre; y de aquí deriva el bautismo su poder. Esta es la razón por la que “se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil. II:8). En otro lugar el Apóstol nos dice que “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros maldición” (Gál. III:13). Y también dice que Cristo “hizo la paz mediante la sangre de su cruz” y que ahora nos ha “reconciliado en el cuerpo de la carne de Aquel por medio de la muerte, para que os presente santos e inmaculados e irreprensibles delante de Él” (Col. I:20,22). O, como lo dice San Juan, los santos “lavaron sus vestidos, y los blanquearon en la sangre del Cordero” (Apoc. VII:14). Y nadie habla más explícitamente sobre este gran misterio que el profeta Isaías, muchos cientos de años antes de que ocurriera. “Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias, ha cargado con nuestros dolores, y nosotros le reputamos como castigado como herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestros pecados, quebrantado por nuestras culpas; el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él, y a través de sus llagas hemos sido curados. Éramos todos como ovejas errantes, seguimos cada cual nuestro propio camino; y Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.” (Is. LIII:4-6).
Por tanto, creemos que cuando Cristo sufrió en la cruz, nuestra naturaleza sufrió con Él. La naturaleza humana, caída y corrupta, se hallaba bajo la ira de Dios, y resultaba imposible que fuera restaurada y colocada bajo su favor hasta que expiara su pecado mediante el sufrimiento. Por qué resultaba esto necesario, no lo sabemos; pero se nos dice expresamente que todos somos “hijos de ira” (Ef. II:3), que “por obras de la Ley no será justificada delante de Él carne alguna” (Rom. III:20), que “los malvados bajarán a los infiernos y todos los gentiles que se han olvidado de Dios” (Ps. X:17). Entonces el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana para que en Él hiciera y sufriese lo que por sí misma no podía hacer. Lo que no podía hacer por sí misma, podía hacerlo en Él. Cristo cargó con ella durante una vida de privaciones. La cargó durante toda su vida hasta la agonía y la muerte. En Él nuestra naturaleza pecadora murió para renacer luego. Cuando murió en Él sobre la cruz, aquella muerte resultó en su nueva creación. En Él satisfizo la vieja y pesada deuda; pues la presencia de su divinidad le dio mérito trascendente. Su Mano había elegido cuidadosamente el espécimen predilecto de nuestra naturaleza tomada de la sustancia de la Virgen; y habiendo separado de ella toda mancha, morando en ella personalmente la santificó y le dio poder. Y así, cuando resultó ofrecida sobre una cruz, hecha perfecta mediante el sufrimiento, se convirtió en el fruto primogénito de un hombre nuevo; se convirtió en una levadura divina de santidad para el nuevo nacimiento y la vida espiritual para cuantos se avinieran a recibirla. Y así, como dice el Apóstol, “Él, único, sufrió la muerte por todos y así en Él todos murieron” (II Cor. V:14), “nuestro hombre viejo fue crucificado con Él para que el cuerpo del pecado sea destruído” (Rom. VI:6); y “juntos” a Cristo: “Cuando estábamos aún muertos en los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo […] y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef. II:5-6). Así “somos miembros de su cuerpo” (Ef. V:30), de su carne y de sus huesos: porque “el que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque la carne mía verdaderamente es comida y la sangre mía verdaderamente bebida. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece, y Yo en él” (Jn. VI:54-56).
Cuán enteramente diferentemente se entiende la vida a la luz de estas doctrinas comparado con los puntos de vista del mundo. Pensad sólo en esto: cómo se afana la gran masa de los hombres tras asuntos del tiempo, cómo lo urge la solicitación mundana, queriendo enriquecerse, solícitos por la grandeza nacional, especulando con promesas de ventajas con puestos públicas o privados; y habiendo pensado en esto, volved a contemplar la cruz de Cristo y decid entonces, cándidamente, si acaso el mundo, y todo lo que está en mundo, no es tan infiel ahora como lo fue cuando vino Cristo. ¿No os parece que hay grandes razones para temer que esta nación, a pesar de haber sido bautizada en la Cruz de Cristo, se encuentra en un estado tan pecaminoso que fuera a venir entre nosotros Cristo como lo hizo entre los judíos, con excepción de un pequeño resto, lo rechazaríamos tal como ellos lo hicieron? ¿No podemos dar por descontado que los hombres de hoy en día, si hubiesen estado vivos cuando Él vino en carne, habrían descreído de Él y denostado las santas y misteriosas doctrinas que nos trajo? ¡Helás! ¿Acaso hay la menor duda de que habrían cumplido con las palabras de San Juan, que “las tinieblas no lo recibieron”? (I:5). Sus corazones están fijados en esquemas de este mundo: no habría existido la menor simpatía entre ellos y la pacífica y celestial mente del Señor Jesucristo. Habrían dicho que su Evangelio era raro, extravagante, increíble. La única razón por la que no lo dicen ahora, es que les resulta familiar, y en realidad no reflexionan sobre aquello que profesan creer. ¡Qué! (habrían dicho) ¿el Hijo de Dios asumiendo carne humana? ¡Imposible! ¿El Hijo de Dios separado de Dios y sin embargo uno solo con Él? ¿Cómo podría ser semejante cosa? ¿El mismísimo Dios padeciendo en cruz, el Todopoderoso y Eterno Dios en forma de siervo, con carne humana y sangre, herido, insultado, muriéndose? ¿Y todo esto como expiación por el pecado de los hombres?  ¿Por qué? (se preguntarían), ¿por qué sería necesaria una expiación? ¿Por qué el Padre todo compasivo no podía perdonar sin que haga falta tal cosa? ¿Por qué el pecado se reputa como una cosa tan mala? No vemos necesidad ninguna para remedio tan maravilloso; nos negamos a admitir una doctrina semejante, tan enteramente desemejante a todo lo que tiene para decirnos la faz del mundo acerca de nosotros mismos. Estas ocurrencias no admiten paralelo; pertenecen a un orden de cosas nuevo y enteramente distinto; y mientras nuestro corazón no simpatiza con ellas, nuestra razón las rechaza absolutamente. Y en lo que se refiere a los milagros de Cristo, si no los hubiesen presenciado, no habrían creído en los informes; y si en cambio sí los hubiesen presenciado habrían estado dispuestos a explicarlos como engañosos malabares, cuando no, como lo hicieron los judíos, directamente arte de Belcebú.
Siempre y en todo tiempo las santas verdades del Evangelio se les aparecerá así a los que viven para este mundo, bien porque aman sus placeres, sus comodidades, sus premios, o sus combates; sus ojos están cubiertos de grasa, no pueden ver a Cristo espiritualmente. Cuando lo ven, no ven en Él belleza alguna que pudieran desear. Y así se vuelven infieles. En palabras de Nuestro Señor: Ningún servidor puede servir a dos amos, porque odiará al uno y amará al otro, o se adherirá al uno y despreciará al otro; no podéis servir a Dios y a Mammón”. Cuando dijo esto los fariseos se burlaron de Él. Y Él replicó: “Vosotros sois los que os hacéis pasar por justos a los ojos de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones. Porque lo que entre los hombres es altamente estimado, a los ojos de Dios es abominable.” (Lc. XVI: 13-15).
¡Quiera Dios concedernos no resultar incluidos entre quienes “se hacen pasar por justos a los ojos de los hombres” y que “se burlan” del que predica la severa doctrina de la Cruz! Si tenemos dudas y recelos respecto de las corrupciones y defectos de esta religión tan popular en los días que corren, ¡quiera Dios concedernos la gracia de desear rectamente conocer la voluntad de Dios! ¡Que Dios nos conceda la gracia de no falsificar nuestras conciencias para intentar reconciliar mediante un artificio u otro el servicio del mundo, y el de Dios! ¡Que Dios nos conceda que no querramos pervertir o diluir su santa Palabra, poniéndole encima las falsas interpretaciones de los hombres, razonando para zafar de sus exigencias para reducir la religión a un asunto pueril, en lugar de pensar en lo que es, una cuestión misteriosa y sobrenatural, tan enteramente diferente de cualquier cosa que haya sobre la superficie del mundo, como lo es el día respecto de la noche, y el cielo respecto de la tierra!

sábado, 5 de septiembre de 2015

EL SACERDOCIO. Entrevista a la Beata Madre Teresa de Calcuta

La Madre Teresa habla sobra el sacerdocio

¿QUÉ RELACION TIENE EL SACERDOTE EN SU VIDA DIARIA, EN SU MINISTERIO,
CON LAS TRES PERSONAS DIVINAS?
Madre Teresa: Leemos en la Escritura que, tanto amó Dios al mundo que envió su Palabra. Y la Palabra se hizo carne, y viene y habita entre nosotros y con nosotros. Por esto, el sacerdote hoy es enviado a su vez, para ser -hoy- ese amor vivo, ese amor de Dios al mundo. Así, el sacerdote es la prueba, el signo, el amanecer del amor de Dios al mundo, la llama ardiente, la esperanza de la felicidad eterna. Para que el sacerdote pueda estar completamente a disposición del Padre, tiene que ser completamente UNO con el Hijo, de modo que dentro de sí pueda ser emitido el Espíritu Santo: en su vida, en sus actitudes, en sus obras. Porque hoy Dios ama al mundo a través de cada sacerdote, y éste ocupa el lugar de Cristo, él es otro Cristo.

¿QUE ES LA EUCARISTIA PARA EL SACERDOTE?
MT: Cristo se hizo Pan de Vida para satisfacer nuestra hambre de su Amor, y se hace el hambriento para que nosotros podamos satisfacer su hambre de nuestro amor. Por eso, ¡qué limpio debe ser el corazón del sacerdote para ser capaz de celebrar la Eucaristía (puesto que de la abundancia del corazón habla la boca), para ser capaz de pronunciar esas palabras: "esto es mi Cuerpo", y convertir el pan en Cristo Vivo! ¡Qué limpias deben ser las manos del sacerdote, para que sean las mismísimas Manos de Cristo!, y para que por la Sangre preciosa de Cristo puedan decir : "tus pecados te son perdonados". El pecador llega ante el sacerdote cubierto de pecado, y por esta acción sacerdotal se va del confesionario un pecador sin pecado. ¡Cuán completamente ha de ser UNO con Jesús, para permitirle a Jesús usarle en su lugar, en su nombre, para decir sus palabras, hacer sus acciones, quitar los pecados y convertir el pan corriente en el Pan Vivo, su propio Cuerpo y Sangre. Solo en el silencio de su Corazón es capaz de decir esas palabras: "yo te absuelvo" y "esto es mi Cuerpo".

¿QUÉ ES LA ORACION PARA EL SACERDOTE?
MT: ¡la fidelidad a la oración! Para ser capaz de orar, el sacerdote debe saber lo que es el silencio, porque es en el silencio del corazón donde habla Dios. La oración es también una escucha. Es muy importante para el sacerdote aprender a orar; esa era una de las cosas que Jesús intentó enseñar a sus discípulos. La oración del sacerdote es permitir que Jesús ore en él y a través de él. Par tanto, él debe ser tan transparente, debe estar tan completamente a su disposición, que Cristo verdaderamente pueda vivir su ser UNO con el Padre en él, usándole para proclamar la gloria de su Padre. La oración es el fruto de la vida del sacerdote, y por esto un sacerdote que no rece no puede continuar, no puede permanecer cerca de Cristo. Jamás podrá ser colaborador de Cristo. El fruto de la oración es siempre un crecimiento en la fe, y a menos que el sacerdote tenga esa fe profunda, la oración siempre será muy difícil para él. El fruto de la fe siempre es el amor, y si el sacerdote no ama ¿coma enseñará a los demás a amar? Y el fruto del amor es siempre servir. Servir coma dice Jesús: "Yo estoy entre vosotros como el que sirve". Y el sacerdote es el que está entre los suyos como su siervo.

¿QUE RELACION HAY ENTRE EL CRISTO DE LA EUCARISTIA QUE DICE "ESTO ES MI CUERPO", Y EL CRISTO-EN-LOS-POBRES CUANDO DICE: "A MÍ ME LO HACEIS"?
MT: Cuando San Pablo iba Camino de Damasco persiguiendo a los cristianos, fue derribado y oyó una voz que decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Pablo pregunto: "¿quien eres tú, Señor?" Recibió una respuesta muy clara: "Yo Soy Jesús a quien tú persigues". No mencionó a los cristianos de Damasco. Y lo mismo cuando dice: "Lo que hagáis al más pequeño mis hermanos, a mí me lo hacéis; si en mi nombre recibís a un niño, a mí me recibís". Y Él ha convertido esto en condición. A la hora de nuestra muerte seremos juzgados por lo que hayamos sido, y por lo que les hayamos hecho. Él se hace el hambriento, el desnudo, el desalojado, el enfermo, el marginado, el rechazado. Cuando dice: "tuve hambre y me diste de comer". No solo hambre de pan, sino hambre de amor; yo estuve desnudo, no sólo de ropa, sino de esa dignidad humana de todo hijo de Dios; yo estuve abandonado... no sólo de una casa hecha de ladrillos, sino que estuve abandonado, rechazado, olvidado, y tomado por un deshecho de la sociedad, y a Mí me lo hicisteis. Esa es la presencia de Jesús en la Eucaristía, Pan de Vida, para satisfacer nuestra hambre de Dios, porque todos hemos sido creados para amar y ser amados, y sin embargo esto no fue suficiente para Él, y por ello Él se hizo el hambriento, se hizo el desnudo, el desalojado, para que así nosotros por nuestro amor podamos satisfacer su hambre de nuestro amor. Está muy claro lo que Jesús quería decir, porque ¿cómo no vamos a poder amar a Dios si todos hemos sido creados para amar? Todos queremos amar a Dios, pero ¿cómo? ¿Dónde está Dios? Dios está en todas partes, y así nos da la oportunidad de hacer a los demás lo que nos gustaría hacerle a Él. Expresando nuestro amor a Él en una acción de vida y por ello toda vocación sacerdotal no es sólo hacer esto o lo otro. El sacerdote ha sido creado para pertenecer totalmente a Dios: cuerpo, alma, mente, corazón, cada fibra de su cuerpo, cada fibra de su alma a Dios, porque le ha llamado por su nombre. El sacerdote es muy querido por Dios. El sacerdote es muy tiernamente amado por Dios, por Jesús, que le ha elegido para ser su otro yo. Por lo tanto, la tarea que se le encomienda al sacerdote es solamente transparentar en su vida la ternura del amor de Dios. Y por eso todo lo que él hace es sagrado. Así, todo lo que él hace no solo debe conducirle a Dios, sino que también habrá de llevar almas a Dios. Por esto dijo Jesús: "que vean vuestras buenas obras para que den Gloria a vuestro Padre".

¿QUÉ ES LA POBREZA, LA CASTIDAD Y LA OBEDIENCIA PARA EL SACERDOTE?
MT: Amar a Cristo con corazón indiviso por la castidad. La castidad no es sólo no casarse, no tener familia. La castidad es ese corazón indiviso, con nadie, con nada. Para esto necesitamos la libertad de la pobreza, todos hemos de ser capaces de experimentar la alegría de esa pobreza. No teniendo nada, no teniendo a nadie, podemos amar a Cristo con corazón indiviso; y si realmente comprendemos que pertenecemos a Jesús, que nos ha llamado por nuestro nombre, entonces la obediencia es la consecuencia lógica. Significa rendirse de tal forma, entregarse tanto que Él pueda hacer con nosotros lo que quiera, cuando quiera, como quiera. Puede cortarnos a pedacitos y cada pedazo será solamente Suyo.
Le pertenecemos tan completamente que puede usarnos sin consultarnos. Para amar a Cristo con corazón indiviso en castidad, necesitamos esa total ofrenda sumisa de nosotros mismos. Y nuestro servir, con todo el corazón, cualquier tarea que se nos haya encomendado por obediencia, es fruto de la castidad, fruto de ese amor indiviso a Cristo; por esto, para el sacerdote, que ha hecho de sí mismo esa oblación total a Dios, que es completamente libre, libre para Cristo con amor indiviso por la castidad, la labor que desarrolla es el signo total de su amor a Cristo puesto en obra. Así, estas cuatro cosas juntas constituyen esa castidad, ese pertenecer (castidad), esa libertad (pobreza), ese rendirse (obediencia), y ese servir (servir a los más pobres con todo el corazón solo por amor a Dios); capaz de decir: "esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. ...tus pecados te son perdonados", puesto que la Sangre preciosa de Cristo está en sus manos. Es capaz de dar el Pan y el Vino a todos los que tienen hambre de ello. ¡Que casta debe ser su castidad, que pura debe ser su pureza, que virgen debe ser su virginidad para ser capaz de amar a Cristo con amor indiviso, por la libertad de la pobreza, en total entrega por la obediencia y en servicio a todos de corazón, sólo por amor a Dios!

¿QUÉ ES LA SANTIDAD? ¿CÓMO HA DE SER SANTO EL SACERDOTE?
MT: La santidad es simplemente un deber para todos. Todos hemos sido creados para lo más grande, para amar y ser amados. La santidad no es un lujo de unos pocos sino simplemente un deber de todos.
"Sed santos como el Padre es santo..." sólo compara esa santidad consigo mismo. Y la santidad no debe ser algo especial para un sacerdote sino por el contrario un deber, al estar tan íntimamente unido a Jesús. Es un sencillo deber. ¡Qué santas deben ser sus palabras, qué santo su trato, si es que ha de ser ese sacrificio vivo sobre el altar! Esa santidad viva será la que permita a Cristo vivir su vida en él. La santidad para el sacerdote es ser completamente UNO con Cristo, de forma que pueda vivir su vida en él, orar en él, obrar con él, ser uno con el Padre en él: esa es su santidad. Y para ello es hermoso ver que la única comparación, el único que le supera en santidad es Jesús mismo. Ha de ser tan completamente uno con Él, que Cristo realmente pueda venir a él para vivir totalmente en su vida y así el Padre pueda amar hoy al mundo en él.

¿QUIÉN ES NUESTRA SEÑORA PARA EL SACERDOTE?
MT: Nuestra Señora es la Madre. Ella fue, Ella es, y Ella siempre será la Madre de Jesús. Como dijo Jesús: ¿quién es mi madre? Mi madre es la persona que hace Mi voluntad, que hace todo lo que le agrada al Padre; y nadie puede agradar al Padre más que el sacerdote. Por eso, Ella es la que está más cerca del sacerdote. Nadie pudo haber sido mejor sacerdote que Nuestra Señora, porque Ella es la que desde que tuvo a su Hijo en brazos pudo decir: "esto es mi cuerpo", ya que Jesús era de su mismo cuerpo. Y sin embargo, permaneció siempre como la esclava del Señor, para que vosotros y yo podamos siempre volvernos hacia Ella como Madre nuestra. Ella es de nuestro linaje, por eso siempre podemos recurrir a Ella, volver nuestra mirada hacia Ella. Esta fue la razón por la que Ella se quedó más tiempo en la tierra, para establecer la Iglesia, para fortalecer el sacerdocio de los Apóstoles, para ser una Madre para ellos, hasta que la Iglesia naciente fuera formada. Estaba allí, pues así como ayudó a crecer a Jesús también ayudó a la Iglesia a crecer al principio. Para esto nos la dejaron en la tierra mas años, tras la marcha de Jesús, al cielo, para que ayudara a formar la Iglesia. Ella fue la que forma la Iglesia. Ella, de igual modo, es la que forma a cada sacerdote, y por tanto nadie puede reclamar más a Nuestra Señora, como algo suyo, que el sacerdote, y me imagino que Ella debe tener un amor muy tierno y debe otorgar una protección especial para cada sacerdote. Basta que se vuelva hacia Ella. Pero para poder ser un verdadero sacerdote según el Corazón de Jesús, necesitamos mucha oración y penitencia. El sacerdote necesita unir su propio sacrificio al sacrificio de Cristo. Ello si realmente quiere ser totalmente UNO con Cristo Jesús en el altar. Por eso su vida de sacrificio y penitencia debe ser muy radical, pues como dice San Pablo "completo en mí, lo que falta a la Pasión de Cristo".

¿CÓMO HA DE SER LA VIDA DEL SACERDOTE QUE ASPIRA A SER CONTEMPLATIVO EN TODO SU MINISTERIO, EN SU QUEHACER DE CADA DIA?
MT: Yo haría la siguiente reflexión: Si verdaderamente creo que todas mis acciones son mi amor a Cristo en acción...; Si creo que dando de comer a alguien o consolando a un desolado, o ayudando a alguien terriblemente resentido y herido, esa persona es Cristo bajo el desgarrador disfraz de los más pobres de los pobres...; Si ayudo a esa persona, si lleno su vida de paz, si le consuelo y le ayudo a perdonar sus pecados, apartando de él su angustia...; En ese identificar al que sufre con Cristo y amarle en él, esta es la verdadera vida del sacerdote. Fidelidad a las cosas pequeñas con mucho amor..., sin fijarnos tanto en cuánto hacemos. La fidelidad a la primera oración de la mañana, su modo de ofrecerse unido a todas las misas que se ofrecen: "te ofrezco mi corazón, hazlo manso y humilde como el Tuyo", esa primera oración por la mañana y a lo largo de todo el día. Haga lo que haga, mis pensamientos, palabras y obras, que sean verdadera acción sacerdotal: "que sean parte de Tus obras, trabaja a través de mí, piensa con mis pensamientos, mira con mis ojos, trabaja con mis manos". Si verdaderamente permito que Jesús obre a través de mí, usándome sin consultarme, entonces soy verdaderamente contemplativo. Seré contemplativo las 24 horas del día en el corazón del mundo. Por eso digo siempre que nosotros los Misioneros / as de la Caridad, que siempre estamos atareados con los hambrientos, los desnudos, los enfermos, los desalojados, haciendo ese sencillo trabajo, con esa profunda convicción de que se lo estoy haciendo a Jesús, si aprendo a hacer de mi trabajo oración, si lo hago con Jesús, si lo hago por Jesús, si se lo hago a Jesús, entonces estoy mi trabajo es oración, soy entonces realmente un contemplativo las 24 horas. Porque ¿qué es un contemplativo? Es la persona que ha dejado hacerse tan completamente UNO con Jesús, que vive las 24 horas con Él. No sólo en sentimiento sino en la realidad profunda y viva de su presencia. El sacerdote debe aprender a hacer de su trabajo oración. Nadie podría aprenderlo mejor que el sacerdote; si lo hace todo con Jesús, si lo hace todo por Jesús.. si se lo hace todo a Jesús; Entonces está con Él las 24 horas. Por eso nuestra vocación de Misioneros / as de la Caridad es tan maravillosa. No somos asistentes sociales, aunque demos asistencia social. Somos verdaderos contemplativos en lo hondo de nuestro ser. Por esto necesitamos un corazón muy puro, necesitamos manos muy limpias para tocarle, un corazón muy puro para amarle, una voz muy limpia para hablarle, una mente muy limpia para pensar sus pensamientos y si hacemos todo esto con Él, por Él, en Él y a Él, entonces estamos realmente las 24 horas en Su presencia, amándole, tocándole, sirviéndole y estando todo el tiempo con Él. Como dijo uno de nuestros ministros de bienestar social en Delhi: "Vosotros y nosotros estamos desarrollando una labor social, pero hay una gran diferencia: nosotros lo hacemos por algo, vosotros se los hacéis a Alguien". Hay gran diferencia en hacerlo por algo (sueldo, gloria, fama, etc.) y vosotros, que se lo hacéis a Alguien. Y ese Alguien es Jesús".

¿QUIÉN ES JESUS?
MT: Jesús es el Camino, el Hijo de Dios, Jesús es Dios de Dios, es el camino al Padre, es la Verdad para ser dicha, la Luz para ser encendida, la Alegría para ser compartida, el Amor para ser amado, la Paz para ser comunicada. Él es todo Amor, el Unigénito del Padre, es el Pan de Vida para ser comido, la Sangre para ser derramada en remisión de los pecados, Jesús es Todo en todos, es el Hijo de María, es el que fue crucificado por amor a nosotros. Para que pudiéramos vivir murió, y sigue viviendo para que podamos amar. Es el Pan de Vida que comemos para darnos así la Vida, para que vivamos su vida en toda su plenitud. Siendo Dios de Dios, es eterno, es el que vive, es todo Amor, es el Dios verdadero. Es el Sacerdote Eterno. Y los sacerdotes que Él ha escogido para ser suyos también deben ser con El UNO con el Padre. Para que nada les pueda separar del Amor de Cristo. Nada ni nadie.

¿QUE LE DIRÍA USTED A LOS SEMINARISTAS QUE SE ACERCAN A LA ORDENACIÓN?
MT: Poned vuestra mano en la mano de María y pedidle que os guíe a Jesús; Cuando Jesús entró en su vida, Ella se fue presurosa a llevar a Jesús a los demás. Así vosotros también, id como Ella, presurosos para darle a los demás. Pero recordad que no podéis dar lo que no tenéis, y para ser capaces de dar necesitáis vivir esa unidad (ser totalmente uno) con Cristo, y Él está ahí en el Sagrario. Marcaos claramente como meta ponerle a Él en el centro de vuestra vida, nada más levantaros, durante el día, haced del trabajo oración, hacedlo con Él, por Él y a Él. Permaneced siempre junto a María, pedidle que os dé su corazón tan precioso, tan puro, tan inmaculado, su corazón tan lleno de Amor y humildad, para que seáis capaces de recibir a Jesús, de dar a Jesús a los demás en el Pan de Vida. Amad a Jesús como Ella le amó, y servidle bajo la desgarradora apa­riencia, el terrible disfraz de los más pobres de los pobres. Para ser capaces de hacer esto ¡qué limpias deben estar vues­tras manos, para darle a Jesús a los demás! ¡Qué limpios vues­tros labios y vuestro corazón para convertir el pan en Pan Vivo, en Jesús! ¡Qué puro habrá de ser vuestro corazón para purificar otros corazones lavándolos con la preciosa Sangre de Jesús. Mi oración por vosotros es que crezcáis -alcancéis- esa semejanza con Cristo por la transparencia y pureza de vuestra vida y la humildad de corazón. Rezad también por noso­tras para que crezcamos en santidad, de modo que la gente cuando nos vea, sólo vea a Jesús en nosotras.

Dios os bendiga.

lunes, 22 de junio de 2015

LAS VIRTUDES DEL SACERDOTE. San Jose Cafasso


Espíritu de paciencia, pobreza, humildad, amor al retiro, al trabajo, a la práctica de la religión: he aquí la virtud necesaria y la cualidad indispensable para el sacerdote.  Pero otro espíritu, otra virtud, otra obra se requiere para un verdadero ministro de Dios, el cual como luz del mundo y sal de la tierra está destinado a iluminar, a santificar las almas. Hombre de oración debe ser el sacerdote si quiere asemejarse al Divino Redentor, si desea hacer el bien en el campo evangélico. No debe buscar otro maestro: los buenos operarios que se hicieron eminentes en esta ciencia, fueron todos alumnos de esta escuela, todo imitaron en esto al Divino Maestro. El hombre apostólico tiene sus tiempos fijos de oración. Renunciando a esta escuela no seremos copia de este modelo, sino solo hombres materiales, porque sin alma y sin espíritu, apóstoles de nombre, bronce que resuena y nada más. Además de esto, debemos tener nuestro corazón dirigido hacia Dios durante el curso del día, antes de comenzar cualquier obra, en el ejercicio de nuestro ministerio y después de haber terminado.  Nuestro corazón esté abierto a Dios, tenga siempre una vía abierta para mantener una continua relación con él. 
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lunes, 1 de junio de 2015

REZAR POR LAS VOCACIONES. San Anibal María de Francia


Obra de las obras es rogar por las vocaciones sagradas. Insistimos diciendo que el único remedio es la oración; no usarlo quiere decir desconocerlo; quiere decir no tener buenas vocaciones. Se hacen oraciones por la lluvia, por las buenas temporadas, y por cientos de argumentos humanos y se descuida de rogar a Dios para que envíe a los buenos trabajadores a su mística mies. Las vocaciones, como la gracia eficaz, han de venir de lo alto, y, si no se ruega, si no se cumple con el mandato de Jesucristo, las vocaciones no vienen de lo alto, y los copiosos efectos de muchas fatigas y de tanta cultura no se consiguen. ¿Cómo nos atreveríamos a quejarnos que hoy la Iglesia sufre por la penuria de los trabajadores evangélicos y Jesús no lo hacen conocer ni amar, cuando nosotros desatendemos de obedecer a este mandamiento de su Corazón? Si se desean a los buenos ministros del altar, a santas vocaciones de trabajadores escogidos de la mies, es indispensable la oración, es indispensable obedecer a aquella divina palabra. Es necesario rogar al Dueño de la mies porque, si envía a los trabajadores de su mies y si ellos recogen una mies abundante, la utilidad no es la suya, sino que es nuestra, o sea, de los hombres, de quien tenemos que solicitar y promover, con la oración a Dios, la salvación. Faltan los trabajadores. Y, ¿cuál remedio a tanta deficiencia? Nuestro Señor lo ha indicado grande, universal: “Rogate ergo Dominum messis…”. Ello pues es unido a la oración: supremo, infalible remedio. Y llamamos infalible este remedio, porque, habiéndolo indicado e impuesto Nuestro Señor, no puede fallar; y si Él indica la oración a este fin, quiere decir que la quiere satisfacer, porque, si no, no la hubiese mandada. Y es como si hubiese dicho: si me pedís a los trabajadores para la mies de las almas, Yo os lo daré; y eso significa también: si no me los pediréis, no los tendréis cuántos y cómo los necesitéis.