viernes, 24 de octubre de 2014

LA ENTREGA DE LOS TALENTOS Y LOS SACERDOTES. San Antonio María Claret


El primer siervo significa un misionero apostólico a quien el Señor, a más del talento de la dignidad sacerdotal, le ha encomendado otros cuatro, que son los cuatro ángulos de la tierra, cuando dijo: Euntes in universum mundum, praedicate evangelium omni creaturae (96).
El segundo significa un párroco a quien el mismo Señor, a más del talento de la dignidad sacerdotal, le ha confiado el otro de la parroquia.
El tercero es cualquier sacerdote, a quien el Señor ha entregado el único talento de la dignidad sacerdotal. ¡Ay de él si no negocia! ¡Ay de él si lo esconde por temor o pereza! ¡Ay de él! Como criado malo, será echado a las tinieblas exteriores (97); esto es, al infierno, como dicen los expositores sagrados. Sufficit mihi anima mea, dice San Agustín en boca de este mal sacerdote (98); lo que yo quiero es salvar mi alma, no sea que la pierda queriendo salvar la de los otros; y le responde el mismo Santo Padre: Eia, non tibi venit in mentem servus ille qui abscondit talentum? (99). ¡Ay de ti!, que, si no da fruto este árbol de la dignidad sacerdotal, se te dirá: Ut quid terram occupat? (100), y se mandará cortarlo y echarlo al fuego del infierno (101).
El Concilio de Colonia a este sacerdote le trata de lobo y de ladrón, asegurando que infaliblemente experimentará un grande castigo: Quod ingens ultio tandem certo subsequetur (102). Claro está que un tal sacerdote es lobo de las ovejuelas de Jesucristo, pues que las mata directamente con sus escándalos o vicios, indispensable consecuencia de su ociosidad, o indirectamente, dejándolas perecer de hambre como el epulón, que dejó víctima de la miseria al pobre Lázaro (103). Los pobrecitos piden pan, y no hay quien se lo reparta (104); este pan es la santa instrucción en la ley del Señor y la administración de los sacramentos. Además, un tal sacerdote es ladrón, porque la Iglesia lo mantiene y él no trabaja por ella; como ladrón es aquel criado que, mantenido por su amo para que trabaje, se está mano sobre mano. Sabemos que Jesucristo nos ha llamado a su santa casa para trabajar como Él: Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (105). Sí, todos debemos trabajar según los talentos y gracias que hemos recibido del Señor (106), y quien no pueda por los achaques o vejez, que lo supla con la oración (107).
Es tan importante el trabajo de cada uno según su talento, que sin él todo se pierde. Por ejemplo: ¿qué será del fruto de las misiones si, después de convencidos los pecadores y puestos, con el auxilio del Señor, en estado de gracia, los sacerdotes que viven en cada parroquia no trabajan? Como no es posible que estén siempre allí los misioneros, es preciso que los sacerdotes del país vayan fomentando con el pábulo del sagrado misterio el divino fuego que aquellos hayan encendido; de lo contrario, natural e insensiblemente se extinguirá la santa llama. La buena semilla sembrada en un campo, si se abandona, será sofocada de las malas yerbas (108); de poco servirá que los misioneros engendren en Cristo a muchísimos (109). Si después los otros sacerdotes no procuran, como buenas amas, conservar y aumentar la vida espiritual de estos hijos con el pecho lleno de santo celo.
Copiaré aquí las fulminantes palabras del apóstol San Pablo a Timoteo: Te conjuro delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos al tiempo de su venida y de su reino; predica la divina palabra oportuna e importunamente; reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios para sus desordenados deseos y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas; tú entre tanto vigila en todas las cosas del ministerio; soporta las aflicciones; desempeña el oficio de evangelista; cumple con todos los cargos de tu ministerio (110).
Sobre esta doctrina del Apóstol quiero añadir, especialmente para los párrocos, los siguientes avisos.
1. Pondrás tu principal mira en cuidar bien tu conciencia y la de los feligreses, y para esto te ocuparás algunas veces entre día en pensar en asunto de tanta importancia.
2. Ya sabes que nemo dat quod non habet (111); por cierto, no podrás dar luz a los feligreses si primero no pides a Dios que te ilumine, ni los encenderás en la caridad si Dios no te enciende a ti primero con aquel fuego que comunica en la meditación (112), la oración y lectura espiritual, para lo cual no te faltará tiempo si con un método prudente lo tienes distribuido y arregladas todas las cosas.
3. Procurarás catequizar y predicar a tus feligreses no sólo con el buen ejemplo, sí que también con la divina palabra, usando más de la suavidad que del rigor, y del rogar y persuadir más que del mandar (113).
4. Procurarás encender en tus feligreses la llama del divino amor; para esto haz que en todos los días, a lo menos en los domingos, se tenga oración mental en la parroquia; incúlcales esta ciencia divina, manifestándoles su excelencia, utilidad, necesidad y facilidad, como que pueden practicarla en medio de sus ocupaciones; enséñales el modo de hacer jaculatorias. Inspírales la devoción al Santísimo Sacramento, a la Beatísima Trinidad, a la purísima Virgen, a los santos patronos y a los ángeles custodios. Exhórtales a la frecuencia de los santos sacramentos, y para esto les darás ocasión poniéndote muy de mañana en el confesonario; si no vienen un día, vendrán otro, viendo la proporción que les ofreces todos los días; los cazadores, aunque no pasan pájaros a todas horas, no se mueven del lugar, esperando que vengan. ¡Ah, si nosotros los sacerdotes fuéramos todos muy fervorosos, qué otro sería el pueblo!
5. Cumplirás lo que todos los días dices al Señor en la santa misa: Domine, dilexi decorem domus tuae (114); ama la limpieza del templo y de los ornamentos y ofrece siempre al Señor lo mejor, a imitación de Abel; no seas como Caín, que lo mejor se lo quedaba para sí y lo más despreciable lo sacrificaba a Dios (115). ¡Ay de ti si tienes más cuidado de las cosas de tu casa que de las de la Iglesia! ¡Ay de ti si lo bueno, precioso y limpio lo reservas para ti, y lo malo, vil y sucio lo ofreces al Señor! Vae tibi!
6. No sólo procurarás con todo esmero la limpieza y aseo del templo, sí que también guardarás y harás se guarde en él un religioso silencio: aprende del celo del divino Maestro, que sufrió calumnias, azotes, espinas, clavos y muerte de cruz sobre sí, pero no sufrió ni toleró a los que profanaban el templo (116).
7. Desterrarás de ti aquellos vicios que tú reprendes o debes reprender en tus feligreses y, adornado con las virtudes que les persuades, pórtate de manera que les puedas decir como el Apóstol: Imitatores mei estote, sicut et ego Christi (117).
8. Nunca jamás trates mal de palabra ni de obra a tus feligreses, eligiendo antes penar que darles que sufrir; y, cuando tengas que reprender, mezclarás siempre la dulzura con la corrección, teniendo presente que se cogen más moscas con una gotita de miel que con un barril de vinagre (118); que ha curado más llagas el aceite y vino del samaritano que todo el vino agrio de los fariseos (119), y que aquellas acrimonias y palabras fuertes que a veces salen de la boca de algunos sacerdotes, les parecerá que salen de puro celo, pero en verdad no salen del celo, sino de la pasión; no saben de qué espíritu están animados (120) y qué poco imitan la mansedumbre de Jesucristo, nuestro divino Maestro: Bienaventurados los mansos, que ellos poseerán los corazones terrenos y, por último, la tierra de promisión o la gloria (121).
9. Procurarás que en la misa te vean devoto; en la mesa, templado; en la calle, modesto; en las palabras, cuerdo; en las obras, casto; en las operaciones del santo ministerio, diligente, y en todo cuanto mira al servicio de Dios, fervoroso. Mal cumplirías con estos deberes si no tuvieses bien arreglada tu casa: Si quis autem domui suae praeese nescit, quomodo Ecclesiae Dei diligentiam habebit? (122). Pondrás, pues, todo cuidado en escoger gente de bien para el servicio de tu casa, y si con el tiempo viene alguno a ser motivo de escándalo a ti o tus feligreses, arráncalo, échalo luego de casa, aunque sea tan útil y necesario como los ojos, manos y pies, como dice el Evangelio (123). ¡Ay de ti si, en lugar de edificar, escandalizares!; mejor te fuera que colgasen una piedra de molino a tu cuello y te anegasen en el profundo del mar (124). Por esto, procurarás que todos tus domésticos vistan modestamente, no hablen mal ni anden en tratos, bailes y otras diversiones mundanas, antes bien que sean amantes del retiro, de la oración y lectura espiritual; que frecuenten los santos sacramentos; en una palabra, que posean aquellas virtudes que tú persuades a los otros y que ninguno de ellos tenga los vicios que tú reprendes en los feligreses. Si quis autem suorum, et maxime domesticorum curam non habet fidem negavit et est infideli deterior (125). Por ningún motivo permitas que tus domésticos se entrometan en negocios parroquiales o en las personas que tú diriges; ni tampoco seas fácil en hablar con ellos de tales asuntos. Mira bien qué gente viene a tu casa; a los que vengan por asuntos del ministerio recíbelos con toda urbanidad y amor; si lo que te piden lo debes hacer, hazlo tan pronto como puedas y tan bien como sepas; si no lo puedes hacer, no por esto te alborotes ni les riñas; consuélalos con buenas razones, que así no les agraviarás. Si los que acuden a tu casa son gente ociosa, húyeles luego el cuerpo, diciendo que tienes que hacer, porque algunos de éstos todo lo que ven lo publican, con no poco perjuicio de la edificación de los fieles (126); estas gentes, además, son muchísimas veces causa de sospechas, de celos y rivalidades y de otros gravísimos males, como he visto en algunas parroquias (127).
10. Anda con mucho tiento en orden a visitas, tertulias o reuniones, convites y actos semejantes, que de vez en cuando podrá exigir la prudencia, urbanidad o caridad; todos los extremos son viciosos; si un sacerdote se familiariza demasiado con algunos, se atraerá el desprecio de éstos y el odio de los demás, y, si nunca se deja ver ni en los actos indispensables, incurre en la nota de grosero e incivil. Quisiera que no faltases a ninguna de aquellas atenciones que exige la prudencia y el desempeño del sagrado ministerio; pero te suplico, por lo más santo y sagrado, no seas fácil en hacer visitas, mayormente a personas de diferente sexo. ¡Ay, qué males y desgracias he visto seguirse de aquí! ¡Ay, qué escándalos! Ni basta decir: "Son gente de bien, son personas piadosas"; a lo que responde San Agustín: Nec tamen quia sanctiores sunt minus cavendae: uo enim sanctiores sunt, eo magis alliciunt, et sub praetextu blandi sermonis immiscent se vitiis impiisimae libidinis: crede mihi, episcopus sum, in Christo loquor, non mentior; cedros Libani, id est, altissimae contemplationis homines sub hac specie corruisse reperi, de quorum casu non magis praesumebam quam Hyeronimi et Ambrosii (128). Lo mismo advierten Santo Tomás (129), San Ignacio (130), San Francisco de Sales (131) y San Buenaventura, con el cual concluyo: Sequamur consilium B. Hyeronimi dicentis: foeminam quam vides bene conversantem, mente dilige, non frequentia corporali, quia initium libidinis est in visitatione mulierum (132).
11. Guárdate también de los juegos de naipes, dados, etc., teniendo presente lo que dicen de ellos los sagrados cánones y Santos Padres; especialmente el segundo concilio de Constantinopla (133) y el IV de Letrán prohiben a los clérigos los juegos de azar (134). San Juan Crisóstomo dice: Diabolus est qui in artem ludos dlgessit (135); y San Ambrosio escribe: Non solum profusos, sed omnes iocos declinandos arbitror... Iicel interdum honesta ioca sint, tamen ab ecclesiastica abhorrent regula (136). No es menos impropio de los sacerdotes el ejercicio de la caza. San Jerónimo dice: Nullum sanctum legimus esse venatorem (137); almas quisiera que cazasen y no bestias. Dirá alguno: "Lo hago para pasar el tiempo". ¡Válgame Dios!, no saben cómo pasar el tiempo, y a mí no sé cómo se me pasa (138). Otro alegará que es para recrearse o aliviarse un poco de la carga del espíritu; en tal caso, que se vaya un rato a paseo o se ocupe en otra honesta recreación y que se deje de visitas, juegos y cacerías.
12. Tendrás particular cuidado en todo cuanto digas y hagas de mirar por el bien de tus feligreses, manifestándoles e! deseo que tienes de su bien espiritual y temporal y cuánto sientes sus trabajos, mientras procuras su socorro; así los ganarás de tal suerte que te mirarán como su estimado padre y vigilante pastor; y serás tan dueño de su corazón, que les merecerás toda su confianza; muy al contrario te saldrá si te portas de otra manera; créeme, lo sé por experiencia (139).
13. Estarás siempre prevenido con la templanza y la modestia para cualquier lance que te pudiera dar que sufrir, advirtiendo que entonces serás mayor cuando tolerarás más, y que vence y convence con doblada fuerza la paciencia que la ira; lo que rehusarán los feligreses cuando se lo digas colérico, lo ejecutarán después gustosos cuando se lo propongas sufrido y apacible.
14. No te desconsueles ni desconfíes aunque no consigas lo que deseas en el aprovechamiento espiritual de los feligreses; pues, aunque no consigas aprovechando, consigues mucho cumpliendo, y, si no los salvas a ellos, te salvas a ti mismo (140). Obremos nosotros lo que conviene, que Dios obrará lo que más nos convenga; hasta el último punto de la vida se ha de agonizar por lo bueno (141), dejando a Dios lo demás.
15. Ten presente en la vida la muerte; en lo que haces, la cuenta que te espera, corona o pena eterna; lo de este mundo dura un soplo, y el gozar de Dios o padecer, para siempre jamás.

Ad maiorem Dei gloriam

martes, 21 de octubre de 2014

AVISOS A UN SACERDOTE. SAN ANTONIO MARÍA CLARET


1. El primero de los avisos que voy a darte, ¡oh amadísimo hermano en Jesucristo!, es que ames a Dios, ya porque es infinitamente amable, ya porque Él primero te ha amado (1); y este amor no debe ser únicamente de palabra, sino de obra y de verdad (2).
2. Acuérdate a menudo de tu vocación al estado sacerdotal; que de Dios has recibido tan grande dignidad (3), la que te hace superior a los ángeles del cielo y reyes de la tierra y venerable a todos; debes, pues, dar las correspondientes gracias a tan liberalísimo bienhechor.
3. Considera el poder divino que se te ha dado sobre el cuerpo real y místico de Jesucristo; porque se te ha confiado un triple poder, y éste muy sublime; a saber, el ministerio del sacrificio, el ministerio de la reconciliación de los pecadores con Dios y el ministerio de la divina palabra. En esto está tu mayor gloria; pero de esto dimanan también tus obligaciones.
4. Para desempeñar dignamente tus ministerios no basta una santidad cualquiera, sino que es indispensable una santidad excelente; ya, pues, que por el sagrado orden eres sublimado sobre la plebe, debes ser superior al pueblo en méritos y santidad.
5. La santidad supone dos cosas: limpieza de pecado y eminencia en la virtud. A fin de adquirirla, debes tomar por modelo a Jesucristo, primer sacerdote y pontífice, meditando su vida y procurando tenerle siempre presente en los pensamientos, en los afectos, en las palabras, en las obras y en el padecer por su amor.
6. Aborrece en gran manera toda suerte de pecado, pues que en el sacerdote es más deforme y criminal, estando como está obligado a mayor santidad que los demás y a ser más rico de gracias y resplandecer más en virtud que los otros.
7. No será coronado sino el que legítimamente habrá peleado (4); por tanto, ármate de fortaleza en las tentaciones, ora sea que vengan de tu misma naturaleza, ora del demonio o del mundo. Y, cuando te sientas tentado, recurre a Dios con toda prontitud, con humildad y con confianza filial.
8. Combate el desorden de tus pasiones, y particularmente de la soberbia, de la avaricia, de la intemperancia, de la incontinencia y pereza, etc. Para ello es muy del caso que tengas conocimiento de los medios [de] que te has de servir para vencer; éstos son: la oración, la penitencia y el multiplicar los actos de las virtudes opuestas.
9. Arranca de tu corazón toda soberbia, que es la raíz y el principio de todos los pecados (5). El sacerdote debe hacer profesión de humildad, puesto que a ninguno mejor le cuadra que al sacerdote aquel dicho del sabio:Quanto magnus es, humilia te in omnibus, et coram Deo invenies gratiam 6.
10. No aspires a las dignidades y beneficios eclesiásticos, si Dios no te llama a ellos, como a Aarón (7); y, si la divina Providencia en ellos te ha colocado, considera con mucha frecuencia el grande peso que gravita sobre tus hombros, tanto respecto de Dios como respecto de ti mismo y de los demás que son tus súbditos. Ten presente el día de la cuenta, y que tal vez está más cerca de lo que piensas. Acuérdate que, aunque llamados por Dios al sacerdocio, Nadab y Abiú se perdieron (8); y Judas, también llamado de Dios, perdió la grande dignidad del apostolado (9).
11. Huye todas las ocasiones de pecar, singularmente contra la pureza, evitando mayormente las ocasiones próximas y aun las que sean remotas. Jamás vayas a casas sospechosas, ni frecuentes mucho las otras, a no ser por necesidad o caridad, porque la mucha familiaridad trae el desprecio. Guárdate de conversar por pasatiempo con las mujeres, aunque sean parientas o hijas espirituales; y si por urbanidad alguna vez te hallas obligado a ello, sé breve y grave y muy remirado en la vista 10. No fíes de tu virtud y saber, porque las mujeres hacen caer a los virtuosos Davides y a los sabios Salomones (11).
12. No te familiarices con los secuaces del mundo, ni tomes parte en sus costumbres y divertimientos, como son teatros, bailes, festines, juegos de suerte, cacerías estrepitosas, etc.; en una palabra, guárdate de todo lo que reprueban los sagrados cánones de la Iglesia y los estatutos de tu diócesis.
13. Resplandezca tu modestia delante de Dios y de los hombres (12); y entiende que, si ésta no te acompaña en el ejercicio de tu ministerio, aunque éste sea santo, será para ti un lazo: por tanto, guarda con suma diligencia los sentidos corporales, particularmente los ojos, los oídos y la lengua. Ama el silencio, y, cuando hayas de hablar, sean tus palabras de edificación. Cuida de la compostura de tu rostro, de la gravedad en el andar y que todos los movimientos de tu cuerpo correspondan a la santidad de tu grado.
14. Sé moderado con tu cuerpo y huye toda delicadeza y refinamiento mundano, porque desdice mucho, y aun es monstruoso, un miembro delicado bajo una cabeza coronada de espinas. Con todo, sé prudente, y no suceda que las muchas mortificaciones impidan otras cosas que son de mayor servicio de Dios. Tu habitación sea decente, sencilla y limpia, y tu vestido, por la calidad, por la forma y color, modesto, grave y canónico.
15. Abomina la avaricia, porque el avaro cae en la tentación y en el lazo del diablo, dice el Apóstol (13). No seas demasiadamente rígido en tus derechos ni te entrometas en negocios seculares, porque desdicen mucho del soldado de Cristo, dice el mismo Apóstol (14). Procura que el pueblo no te vea factor, secretario, mayordomo, procurador de grandes, y que vas andando por las plazas, mercados y ferias, a no obligarte una grande y cierta necesidad de tu oficio (15).
16. En los casos adversos, guarda tu ánimo en paz. El justo vive de la fe (16) y Dios prueba a aquel que ama (17). Esta vida es el tiempo de la guerra (18), de la tribulación y del llanto; a su vez, ya vendrá la felicísima y tranquila inmortalidad. Entonces quien haya padecido más por la justicia, más grande consuelo recibirá de la liberalidad del Señor (19), y su luz resplandecerá mucho más en la perpetuidad de los siglos (20).
17. No te dejes arrastrar del demasiado afecto a tus parientes o a tu casa; en lo que con sumo cuidado has de procurar ayudarlos es en el espíritu, velando sobre sus almas, poniendo y conservando el buen orden en la casa y, sobre todo, siendo modelo de toda virtud para los habitantes de ella (21).
18. Sé más fácil en dar que en recibir (22), porque las dádivas y regalos que se reciben, muchas veces manchan las manos más limpias. Ama socorrer a los pobrecitos de Cristo, porque tienen derecho a lo que te sobra del comer y vestir. Si socorres al indigente, a más de cumplir con ello una estrecha obligación, darás un realce al honor sacerdotal, tendrás grande paz y alegría de corazón, te harás rico de tesoros para el cielo y tendrás grande estima y amor en el pueblo.
19. Honra como verdadero hijo a la santa madre Iglesia; ama a su cabeza visible el sumo pontífice y reconócele por piedra y fundamento de la fe; obedece a él y a tu obispo o vicario general con las obras y corazón, ora sea que te manden, ora que te adviertan o exhorten.
20. Ama el decoro de la casa del Señor en los ornamentos y alhajas (23), sobre todo la gravedad en los divinos oficios, en la administración de sacramentos, de la divina palabra, etc., haciéndolo todo con tal reverencia que avive la fe y fomente la piedad en el pueblo.
21. Arda en tu corazón el celo de la salvación de las almas, que será fruto y argumento del amor de Dios en la tuya. "¿Me amas? - dijo Jesucristo a San Pedro -; apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (24). Para que crezca más este fuego de santo celo en tu pecho, piensa a menudo cuánto Dios las ha amado y las ama aún; cuánto cuesta a Jesucristo; cuán lacerado le ponen todos los días los pecados de los hombres, en cuanto está de su parte, tornando a crucificarle; cuánto siente su perdición; la mayor gloria accidental que Dios reportaría de su salvación y el empeño que ponen tanto los demonios, sus agentes, como los hombres malos para su perdición y eterna ruina, revolviéndolo y agitándolo todo con tal que puedan conseguir lo que pretenden.
22. Tu celo debe ser eficaz, pues que, si no obra, no es verdadero celo. ¡Ea, que se dilate tu corazón, que desee siempre la gloria de Dios y de la virgen Santísima y que procure salvar a todo el mundo! Todos los días has de rogar entre el vestíbulo y el altar con suspiros del corazón por las almas cautivas del vicio y del error (25). Vela, en cuanto puedas, de día y de noche, sobre los libros, para instrucción del ignorante y para confusión del impío soberbio, que cual otro Goliat, provoca al desafío a los ministros del santuario (26), aunque no sea sino con el sofisma y con su desvergüenza e insolencia.
23. En el ejercicio de tu celo confórmate siempre con el divino Maestro, y así tendrás las cualidades que exige el Apóstol escribiendo a los de Corinto (27). El será sencillo y puro en su fin, universal en su objeto, suave en ganarse los corazones, al propio tiempo que fuerte en las contradicciones, benéfico hacia las almas y cuerpos, incansable en las fatigas, prudente en los medios, constante en los sucesos y perseverante en la duración.
24. En la presencia de Dios no hay diferencia de personas (28), puesto que Él no se para en las apariencias ni vestidos de sus hijos, sino en sus almas (29), que a todas crió iguales, redimió con el mismo precio infinito de su pasión y muerte y quiere que todas se salven (30). si en alguna cosa hizo diferencia el divino Maestro, fue en amar con afecto especial a los pecadores (31), a los enfermos, a los pobrecitos (32) y a los párvulos (33). sigue, pues, sus pisadas; ama con preferencia a éstos; búscalos, en cuanto buenamente puedas, en el confesonario, en la enseñanza de la doctrina cristiana, en los hospitales, en cárceles, etc.
25. Si la caridad, la necesidad o el mandato de tu superior te llama al ministerio de la divina palabra, retírate antes, como tu divino Maestro, a orar un poco en la soledad (34), para adquirir, meditando en las penas de Jesús crucificado, aquella ciencia del corazón sin la cual tu palabra sería como el sonido de la campana (35). Guárdate de contaminar la palabra de Dios, no poniendo en su predicación más tu cuidado en la sublimidad del estilo, en las flores y en otras persuasivas palabras del humano saber (36) (de las que sólo hace pompa y vanidad quien se predica a sí mismo), sino en los efectos sensibles del espíritu y de la virtud de Dios, como lo hacía el Apóstol: in ostensione spìrìtus et virtutis (37); y no como para agradar a los hombres, sino sólo a Dios, que sondea el corazón. Sobre aquellas palabras del Apóstol: Non sumus sicut caeteri, adulterantes verbum Dei (38), dice San Anselmo: "Esta es la diferencia que hay entre el padre y el adúltero; que el padre pretende hijos, pero el adúltero no más que el gusto y deleite" (39). Debes imitar al mismo Dios, quien dice por Isaías: Ego Dominus Deus tuus docui te utilia (40): non subtilia, añade San Jerónimo (41); y el P. Alápide, sobre este mismo verso, dice: Notent hoc praedicatores, si velint esse praecones veritatis et non vanitatis (42). Asimismo, tendrás presente lo que sienten doctores graves acerca de aquellos predicadores (43) que cuidan más del adorno de la oración que de la reforma de las costumbres, predicando cosas fútiles, aéreas, sin sustancia, de juegos de palabras y de cláusulas retumbantes y términos escogidos y poco inteligibles. El P. Miranda los llama "azotes de la Iglesia" (44); el P. Jerónimo López, "peste de la cristiandad" (45); el P. Díez, "verdugos del Evangelio" (46); el venerable Gaspar Sánchez, "los mayores perseguidores de la católica Iglesia" (47); y de este sentir es el P. Vivaldo, quien añade que en los últimos tiempos del mundo abundarán más dichos predicadores y que servirán para autorizar las abominables doctrinas del anticristo (48). y lo que más debe atemorizar es lo que resuelve el P. Alápide:Praedicator, qui ex concione sibi plausum quaerit, non conversionen animarum, atque hanc vanam gloriam suae concionis, velut fructum et mercedem, praestituit, et captat, hic damnabitur (49); por tanto, si no te quieres perder, antes bien, si quieres mucho merecer, imita al divino Redentor, lee el santo Evangelio y hallarás las materias que trataba y con qué estilo las proponía; y no sólo en las aldeas, sino también en la ciudad y ante los sabios de Jerusalén, a quienes hace la comparación de la gallina, cómo reúne sus polluelos debajo de sus alas (50) y, si así a los sabios, cuánto más se debe al vulgo; por esto dice el Crisólogo: Populo populariter est loquendum (51). De aquí comprenderás que debes poner cuidado en preparar las materias y que el estilo y modo de tratarlas debe ser inteligible, adaptándole a la capacidad de los oyentes, y, sobre todo, agradable. Procura instruir en la fe y en la ley; pinta amabilísima la virtud y abominable el vicio, estudiando a mover el corazón empedernido de los pobres pecadores con toda especie de argumentos de razón y de fe, y más aún con la llama del amor y del santo celo. Después del sermón has de procurar con fervorosas oraciones suplicar al autor de la mies (52) que guarde y haga fructificar con su divina gracia la semilla que por tu medio se ha servido sembrar en el corazón de tus hermanos; y, sobre todo, confirmar, con el ejemplo de una vida santa, aquello que hayas dicho de palabra, enseñándoles así a que las obras correspondan con las palabras.
26. En espíritu de caridad, ofrécete espontáneamente a oír las confesiones sacramentales, siempre que buenamente puedas; y haz que el pueblo te vea que, como buen pastor, buscas y estás esperando a las ovejuelas para recogerlas en el divino tribunal, como en un lugar, que lo es, de gracia; y verás cómo por tu caridad se aumentará la frecuencia de los santos sacramentos y cómo se salvarán muchas almas.
27. Como elegido que eres por Dios en aquel asilo de misericordia, vístete de entrañas paternales. "Padre" (53) te llama el pobrecito penitente, y como a padre te descubre con toda confianza las llagas de su alma. ¡Oh, qué gusto y qué alegría le darás si tú te portas como padre suyo en su situación! Si viene a tu presencia, cual otro hijo pródigo, desnudo de todo bien espiritual, feo, asqueroso y abominable, ¡por Dios!, no lo eches de ti, antes al contrario, cuando es más miserable, tanto mayor debe ser el afecto con que le debes acoger y abrazar (54), sufriendo con paciencia su rusticidad, su ignorancia y sus imperfecciones; abrazándole y apretándole contra el seno de tu alma; limpiándole sus inmundicias; vistiéndole el ropaje de la divina gracia y haciéndole sentar en la mesa del común Padre celestial (55). Así, no pocas veces sucederá lo que a todos los obispos del mundo católico escribía el sumo pontífice León XII, que los indispuestos para la absolución se dispondrán por la caridad del confesor que con ellos se sepa portar con todo amor, mansedumbre y paciencia (56).
28. Pastor que sea solamente bueno de corazón, pero no de entendimiento, éste poco ayudará a las ovejas. El debe unir, a la caridad de padre, la pericia de médico. Has de ser muy diestro, pero más cauteloso aún, buscando la enfermedad espiritual de tu penitente y mirando que el demonio, que con sus artes se dará la mano con el orgullo humano y procurará ocultarla, no consiga su intento. Descubierto que hayas el mal júzgale con recto y maduro juicio, distinguiendo una lepra de otra lepra (57), una fiebre de otra fiebre, una llaga de otra llaga; y, según la índole del mal y la calidad y condición del enfermo, échale sobre sus heridas el bálsamo del aceite y del vino (58) en mayor o menor graduación según que conocieres ser más o menos necesario; esto es, aplicándole remedios e imponiéndole mayores o menores penitencias.
29. Si el penitente ignora la doctrina de la fe y de la ley, las obligaciones de su estado, las culpas, sus principios y los medios necesarios y útiles para evitarlas, tú, que eres maestro, debes disipar las tinieblas de su entendimiento con la luz de la santa doctrina, a fin de que así se quite el pecado y se impidan las caídas. Con fuertes impresiones e imágenes vivas sugeridas por la fe, has de procurar compungir su corazón, excitándole a odio del vicio y del pecado y animándole con confortativos cristianos; dándole, al propio tiempo, un método de vida acomodado a su estado. La unción del Espíritu Santo, las consultas en libros ascéticos y morales, el celo industrioso y benéfico, el consejo de los sabios y prácticos en el ministerio, deben ser tu guía para estas instrucciones, exhortaciones y consejos. Así, pues, no cumplen con su obligación, antes se hacen reos de un gravísimo delito aquellos confesores que sin solicitud alguna, oída la confesión de sus penitentes, sin preguntarles nada ni avisarles de nada, les echan luego la absolución (59).
30. Como juez, pronunciarás el juicio y sentencia de Dios y no de hombre, siguiendo con toda rectitud el camino del medio, que no declina ni a la derecha del rigor, que desespera, ni a la izquierda de la laxitud, que engendra presunción. Te guardarás muy mucho de la inconsideración de la impaciencia, de la precipitación y de fines torcidos o menos puros, como acepción de personas, tierna tendencia a otras de otro sexo y a parientes; no fuera caso que, no curándote de estas y de otras semejantes flaquezas humanas, salieses reo de tu propio juicio delante de aquel divino Juez que escudriña lo más recóndito de nuestro corazón (60). Te portarás, sí, como guiado por una doctrina sana y recta que, mirando por el honor de Dios y por la salud de las almas, atempere tus sentencias a aquella rectitud y pureza de intención, que está santamente hermanada con una caridad prudente e ilustrada. Si el pobrecito que tienes a tus pies es un consuetudinario, un reincidente o está en ocasión próxima, a quien por entonces no te sea dado el poderle desatar, no le riñas, por Dios, ni le exasperes, antes bien, procura con buenos modos y con mucho amor hacerle ver los vivísimos deseos que tienes de que se salve; que conozca el infeliz estado en que se halla y los medios que debe practicar si quiere salir de él, y así verás cómo vuelve y cómo le has ganado para el cielo.
31. No sólo has de ser buen ministro del sacramento de la penitencia, sino también de los demás sacramentos, poniendo en la administración de cada uno de ellos todo esmero, para que Dios sea glorificado y quien los recibe santificado. Así quedarán edificados los circunstantes, y tú, como buen ministro, lleno de merecimientos.
32. Finalmente, te acordarás que eres vicario de Jesucristo en la tierra, puesto entre los hombres, para continuar aquella divina misión que Él comenzara al descender de los cielos, no sólo con el triple ministerio que se te ha confiado, sino también con el buen ejemplo. Preséntate, pues, a los fieles, a imitación de tu divino Maestro, como un dechado perfecto de santidad y virtud. Que vean en ti una viva imagen de aquel divino ejemplar los secuaces del mundo, y así se avergonzarán de su vida disoluta y sensual; los buenos se sentirán animados y estimulados a perfeccionarse en la virtud, y los enemigos del nombre cristiano, cuando no se conviertan, respetarán, a lo menos, nuestro estado sacerdotal. O quanta bonorum et malorum seges a clero! (61). Las palabras reforma y protestantismo tal vez no se hubieran jamás oído en el mundo, a lo menos en el sentido de los herejes, si el escándalo de algunos eclesiásticos no las hubiesen introducido en la rebelión de muchos millares de católicos separados del gremio de su madre la verdadera Iglesia de Jesucristo: la católica romana; puesto que en donde el sacerdocio fue modelo al pueblo de virtud y de religión, allí, por lo regular, se conservó intacto el puro depósito de la fe, no degeneraron las costumbres, antes bien se manifestó todo aquel esplendor que tanto brilla en las virtudes morales.
Ad maiorem Dei gloriam
FRUTO
que de los ejercicios de San Ignacio sacara en los que en el año 18... hizo el reverendo sacerdote D. N. N., propuesto para modelo e imitación, en la parte que cada uno buenamente pueda a los reverendos sacerdotes que por unos cuantos días se han retirado a hacerlos
Omnia... honeste et secundum ordinem fiant (I Cor 14 v. 40) 62
Una de las causas principales por que caen tantas almas en el infierno es el vivir al acaso; por esto, los santos, y especialmente San Gregorio Nacianceno, creen tan importante y necesario un reglamento de vida, que dicen ser el fundamento y la base de las buenas o malas costumbres y, por consiguiente, la causa de la salvación o condenación.

Viendo esta necesidad, un buen sacerdote deseoso de su salvación hizo los santos ejercicios de San Ignacio, y en ellos su reglamento de vida, del tenor siguiente (63),

domingo, 19 de octubre de 2014

ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI



Ven, oh Espíritu Santo, y da a los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, un corazón nuevo que actualice toda su educación y toda su preparación, que les haga conscientes cual sorprendente revelación del sacramento recibido, y que responda siempre con nueva ilusión a los incesantes deberes de su ministerio, en orden a tu Cuerpo Eucarístico y a tu Cuerpo Místico. Dales un corazón nuevo, siempre joven y alegre.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a nuestros sacerdotes, discípulos y apóstoles de Cristo Señor, un corazón puro, capaz de amarle solamente a Él con la plenitud, el gozo, y la profundidad que solo Él sabe dar, cuando constituye el exclusivo y total objeto del amor de un hombre que vive de tu gracia; dales un corazón puro que sólo conozca el mal para denunciarlo, combatirlo y huir de él; un corazón puro como el de un niño, pronto al entusiasmo y a la emoción.
Ven, oh Espíritu Santo, y da a los ministros del pueblo de Dios un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente Palabra inspiradora; cerrado a toda ambición mezquina, a toda miserable apetencia humana; impregnado totalmente del sentido de la Santa Iglesia; un corazón grande, deseoso únicamente de igualarse al del Señor Jesús, y capaz de contener dentro de si las proporciones de la Iglesia, las dimensiones del mundo; grande y fuerte para amar a todos, para servir a todos, para sufrir por todos; grande y fuerte para superar cualquier tentación, dificultad, hastío, cansancio, desilusión, ofensa; un corazón grande, fuerte, constante, si es necesario hasta el sacrificio, feliz solamente de palpitar con el Corazón de Cristo y de cumplir con humildad, fidelidad y valentía la voluntad divina. Amén.

A LOS SACERDOTES. Beato Pablo VI


Gracias por vuestra presencia, que nos demuestra ya vuestra buena voluntad, vuestro afecto y vuestra comunión. Que el Señor os lo recompense y dé a este encuentro cuaresmal la virtud de infundir en vuestros ánimos el consuelo que puede necesitar vuestro ministerio, no sólo en el actual momento litúrgico, sino en la conciencia habitual de vuestra vocación sacerdotal. Porque es de esta vocación de lo que ahora tenemos intención de hablaros sencilla y brevemente, aunque nada nuevo podremos decir sobre tema tan estudiado y meditado, tratado por nosotros mismo en otras ocasiones. Pero es tema que atañe a la experiencia espiritual de la vida de cada uno de nosotros más que los libros que magistralmente lo describen e iluminan; y es tema que nos parece responder tanto a la necesidad de nuestras almas, polarizadas hacia el misterio pascual de próxima celebración, como a los requerimientos de nuestro ministerio en general.
Pues bien, os diremos que hemos meditado sobre la relación eclesial y sobrenatural que une nuestra persona y el ministerio apostólico, que ésta tiene a su cargo, a vosotros, hermanos del clero romano, y hemos buscado una palabra que pudiera tener resonancia en vuestros corazones sacudidos por la experiencia sacerdotal del momento, y que fuese eco de la voz que Cristo, nuestro Maestro, nuestro Pastor, nuestro Salvador y nuestro Todo, quisiese sugerirnos; y ésta parece haber sido la voz pascual de la resurrección: Pax vobis; sí, la paz con vosotros, nuestros sacerdotes, nuestros colaboradores en el servicio pastoral en esta bendita y dramática sede romana; hermanos nuestros e hijos nuestros: ¡la paz con vosotros!
Así intentamos corresponder a un deseo que brota de vuestra alma atormentada por el problema de vuestra condición de personas especiales, dedicadas al culto y a la profesión religiosa, problema que se ha desplomado como un peñasco sobre la conciencia sacerdotal contemporánea, abrumándola y aplastándola, en algunos hermanos nuestros, con una pregunta tan elemental como terrible: Yo ¿quién soy?, es decir, con la cuestión denominada de la propia identidad. La respuesta a la cuestión no era sino una nueva presentación de la pregunta: Yo soy cura, soy sacerdote; pero, ¿qué significa y qué lleva consigo ser sacerdote? Este interrogante, por su mismo carácter radical, crea un tormento interior y a veces preludia las respuestas más dudosas y más tristes.
Con estremecimiento contemplamos este estado de ánimo de algunos sacerdotes, y querríamos reconfortarles enseguida con la respuesta serena y segura que vosotros mismos, aquí presentes, dais a vuestras almas, hablando al Señor: Tuus sum ego!, experimentando enseguida la sensación de embriaguez y seguridad que caracteriza la conciencia del sacerdote humilde y fiel.
Nos abstenemos ahora de considerar las formas y las proporciones del fenómeno de las defecciones sacerdotales que estos últimos años ha afligido a la Iglesia y que está presente cada día en nuestra pena y en nuestra oración.
Las estadísticas nos abruman; la casuística nos desconcierta; las motivaciones, sí, nos imponen respeto y nos mueven a compasión, pero nos causan un dolor inmenso; la suerte de los débiles que han encontrado fuerza para desertar de su compromiso nos confunde y nos hace invocar la misericordia de Dios. Que sean justamente los predilectos de la Casa de Dios quienes impugnen su estabilidad y violen sus costumbres tiene para nosotros algo de inverosímil, qué nos pone en los labios las angustiadas palabras del Salmo: "...Si inimicus meas maledixisset mihi, sustinuissem...:Si me hubiese injuriado un enemigo, lo habría soportado; si se hubiese alzado contra mí un adversario, me habría escondido de él. ¡Pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente! ¡Nos unía una dulce amistad, caminábamos jubilosos hacia la casa de Dios!" (Sal 54, 13-15).
Una táctica calculada se ha apoderado de la sicología de algunos hermanos en el sacerdocio —queremos creer que pocos— para desconsagrar su figura tradicional; un proceso de desacralización se ha apoderado de la institución sacerdotal para demoler su consistencia y cubrir sus ruinas, una manía de aseglaramiento ha arrancado las ínfulas exteriores del hábito sagrado y ha extirpado del corazón de algunos la sagrada reverencia debida a su propia persona, para sustituirla con una exhibida vanidad de lo profano y a veces incluso con la audacia de lo ilícito y de lo intemperante (cf. F. Galot. Visage nouveau du prétre, I, Lethielleux 1970).
Pero hoy querríamos invitaros a cada uno de vosotros, a título penitencial, o mejor, a título de conversión cuaresmal y como preludio casi del renacimiento pascual, a rememorar el momento interior en que se encendió en vuestro espíritu la lámpara de la vocación sacerdotal o religiosa.
¿Cómo fue? Cada uno se lo repita a sí mismo. No fue ciertamente un momento fácil. La conciencia del sacrificio no estuvo ausente en el cálculo decisivo y prevalente de la elección suprema del género de vida preferido: preferido como inmolación voluntaria, victoriosa frente a las renuncias que llevaba consigo, y extrañamente amada justamente por la amargura de que llenaba el corazón, algo semejante a la célebre crisis de San Agustín en el huerto milanés, cuando, pagano todavía, narra de sí mismo: ...flebam amarissima contritione cordis mei. Et ecce audio vocem de vicina domo, cum canto dicentis, et crebro repetentis, quasi pueri aut puellae, nescio: tolle, lege; tolle, lege(cf. Confess. 1, 8; c. 12; cf. también Leo Trese, Il sacerdote oggi, Morcelliana, Brescia, 1958; e igualmente los demás escritos del mismo autor, ib).
Retornemos, pues, con conmovido recuerdo, al esquema esencial de la vocación eclesiástica, al punto de convergencia de las dos voces, que se hacen eco la una a la otra; la voz interior, personalísima, que se ha insinuado en la, sicología sobre el propio destino y que tiene un extraño acento de suavidad y autoridad: "¡Ven! ¡Ten confianza! ¡Este es el el camino de tu verdad! ". Y luego la voz exterior, bendita, grave, paternal, llena de sufrimiento y de seguridad, la del hombre de Dios, en función de maestro de espíritu, que, poniendo fin a tantas cavilaciones, solicitando un tremendo juego de libertad, se pronuncia: ¡Tú puedes, tú debes! Voz que se repite en labios afables, respetuosa siempre de la decisión que brota de la libertad personal, pero revestida ya de una autoridad que ahuyenta toda vacilación, toda duda, y termina entrando en el alma como espada tajante (cf. Heb 4, 12): "Sí, hijito; ven, prueba y verás" (cf. Jn, 1, 39); ¡la voz del obispo! (cf.Seminarium, 1, 1967; Yves Congar, Vocation sacerdotale, págs. 7-16).
¿Por qué estas alusiones? Por varias razones. Primera: son hermosas, son transparentes, son características. En torno a ellas cada uno de nosotros puede rehacer la historia de su vocación. Cada uno tiene su propia historia a este respecto; un drama personal; es una página autobiográfica que cada uno de nosotros debe recordar, reconstruir, venerar. Es nuestra phase, nuestro episodio del tránsito de Dios, con el acostumbrado comentario: Timeo transeuntem Deum
En segundo lugar: estos recuerdos tienen carácter, por decirlo así, adivinatorio, y ofrecen la base humana, personal, de lo que después construyó encima la gracia sacramental; un carácter definitivo:sacerdos in aeternum. Cosa inefable. Otro tema para meditaciones encantadoras. Hay una literatura, también profana, sobre este aspecto de la ordenación sacerdotal: ¡irrevocablemente impresa en las entrañas de nuestra personalidad, terriblemente indeleble y capaz a veces de inefable reviviscencia!
Y más aún. ¿Quién podrá agotar el tema de la reflexión sobre el misterio de la identificación de nuestra pobre vida con Cristo mismo? No en vano podemos y debemos repetirnos a nosotros mismos: Sacerdos alter Christus! ¡Demasiadas, demasiadas cosas, todos lo sabemos, habría que decir a este propósito! Nosotros querríamos pediros, justamente como práctica cuaresmal, que retornaseis con toda vuestra mente a este aspecto de nuestra personalidad sacerdotal.
Para que tengáis la paradójica valentía de repetir cada uno para sí: "Christo confixus sum cruci:estoy crucificado con Cristo" (Gál 2, 19). Y para que cada cual sienta y convierta en ministerio sacerdotal esta inmolación que nos asemeja a Jesús, nuestro modelo y Salvador, y experimente en sí la felicidad del misterio pascual que estamos viviendo: "superabundo gaudio in omni tribulatione nostra: reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor 7, 4).
¡Así sea, así sea para todos vosotros! Queridísimos hijos, con nuestra bendición apostólica.
10 de febrero de 1978

jueves, 16 de octubre de 2014

INTENCIONES DEL PAPA PARA EL AÑO 2015


INTENCIONES DE ORACIÓN DEL SANTO PADRE
CONFIADAS AL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN PARA EL AÑO 2015

ENERO
General: Para que quienes pertenecen a tradiciones religiosas diversas y todos los hombres de buena  voluntad colaboren en la promoción de la paz.
Misionera: Para que en este año dedicado a la vida consagrada, los religiosos y las religiosas redescubran la  alegría de seguir a Cristo y se dediquen con celo al servicio de los pobres.

FEBRERO
General: Para que los encarcelados, en especial los jóvenes, tengan la posibilidad de reconstruir una vida  digna.
Misionera: Para que los cónyuges que se han separado encuentren acogida y apoyo en la comunidad cristiana.

MARZO
General: Para que quienes se dedican a la investigación científica se pongan al servicio del bien integral de la persona humana.
Misionera: Para que se reconozca cada vez más la contribución propia de la mujer a la vida de la Iglesia.

ABRIL
General: Para que las personas aprendan a respetar la creación y a cuidarla como don de Dios.
Misionera: Para que los cristianos perseguidos sientan la presencia reconfortante del Señor Resucitado y la solidaridad de toda la Iglesia.

MAYO
General: Para que, rechazando la cultura de la indiferencia, cuidemos a los que sufren, en particular a los  enfermos y a los pobres.
Misionera: Para que la intercesión de María ayude a los cristianos que viven en contextos secularizados a hacerse disponibles para anunciar a Jesús.

JUNIO
General: Para que los inmigrantes y los refugiados encuentren acogida y respeto en los países a donde llegan.
Misionera: Para que el encuentro personal con Jesús suscite en muchos jóvenes el deseo de ofrecerle la propia vida en el sacerdocio o en la vida consagrada.

JULIO
General: Para que la responsabilidad política sea vivida a todos los niveles como una forma elevada de caridad.
Misionera: Para que, ante las desigualdades sociales, los cristianos de América Latina den testimonio de amor a  los pobres y contribuyan a una sociedad más fraterna.

AGOSTO
General: Para que quienes colaboran en el campo del voluntariado se entreguen con generosidad al servicio de los necesitados.
Misionera: Para que, saliendo de nosotros mismos, sepamos hacernos prójimos de quienes se encuentran en las periferias de las relaciones humanas y sociales.

SEPTIEMBRE
General: Para que crezcan las oportunidades de formación y de trabajo para todos los jóvenes.
Misionera: Para que la vida toda de los catequistas sea un testimonio coherente de la fe que anuncian.

OCTUBRE
General: Para que sea erradicada la trata de personas, forma moderna de esclavitud.
Misionera: Para que con espíritu misionero, las comunidades cristianas del continente asiático anuncien el Evangelio a todos aquellos que aún lo esperan.

NOVIEMBRE
General: Para que nos abramos al encuentro personal y al diálogo con todos, también con quienes piensan distinto de nosotros.
Misionera: Para que los pastores de la Iglesia, con profundo amor por su rebaño, acompañen su camino y  animen su esperanza.

DICIEMBRE
General: Para que todos experimentemos la misericordia de Dios, que no se cansa jamás de perdonar.
Misionera: Para que las familias, de modo particular las que sufren, encuentren en el nacimiento de Jesús un signo de segura esperanza.

En el Vaticano, 3 de enero de 2014

Francisco

martes, 1 de octubre de 2013

Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C. Homilía de la Congregación del Clero


Domingo XXVI DEL Tiempo Ordinario – C

Cita de:
Am 6,1-7:                                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9absuhf.htm
1Tim 6,11-16:                www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ara2mf.htm
Lc 16,19-31:                 www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3nylp.htm
 
El tema de la riqueza, sobre el cual hemos meditado el domingo pasado, prosigue en la liturgia de la Palabra de hoy: ella pretende advertir al cristano, acerca de los riesgos que se corren cuando la fortuna no sirve para tender puentes de fraternidad entre los hombres o para crear relaciones de solidaridad con los pobres y necesitados. En definitiva, todo será aclarado cuando nos encontremos delante de la infinita justicia de Dios.
El domingo pasado, Jesús les había dado a conocer a los cristianos el camino seguro para alcanzar el Reino, un camino abierto también para los que poseen riquezas, de manera que les sirvan para ayudar a quienes pasan necesidad y para crecer en el amor a Dios.
Hoy, la palabra de Dios nos lleva a reflexionar sobre el peligro que corren quienes se enfrentan con las riquezas, en sí mismos y cara los otros, como el “administrador infiel”: se gozan egoístamente con sus bienes, sin pensar en otra cosa.
Este peligro no es imaginario sino concreto, y el relato evangélico crea, en quien lo escucha, la impresión de encontrarse frente a un asunto real, tomado por Jesús como modelo de la dureza de los corazones en la relación con los hermanos necesitados, por parte del hombre concentrado solo en la riqueza.
En esta línea nos guía ya la primera lectura, tomada del libro del profeta Amós, el cual, como defensor de los pobres, arremete contra los que se han enriquecido rápidamente en tiempos de ganancias fáciles, denunciando su lujo desenfrenado.
El profeta describe sus sentimientos, destacando el contraste entre los pocos que viven en la riqueza y la mayoría de la gente, que vive en la miseria. Él condena a los privilegiados que viven en palacios suntuosos, banqueteando al sonido de la música y bebiendo sin medida, perfumándose con perfumes refinados y sin preocuparse de las dificultades en las que se encuentran sus conciudadanos. 
Todo ese esplendor, sin embargo, no hace más que anticipar y simbolizar la destrucción de Samaría. Ella debe afrontar una suerte terrible, reservada a los ricos y a todos los que, como ellos, no se convierten, permaneciendo ciegos cara a la miseria del prójimo y sordos frente a los reclamos de los profetas, los cuales, hablando en nombre de Dios, les invitan a socrrer a los pobres, a los huérfanos, a las viudas.
También la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, narrada en el Evangelio de hoy, presenta de forma dramática toda la fuerza destructiva de la riqueza. Cuando se reduce a ser solamente un medio de satisfacción personal, ella cierra de tal manera el corazón a las necesidades ajenas que lleva a ni siquiera advertirlas. Por esto, precisamente, Lucas usa un lenguaje fuerte, para que quede claro que el episodio es simbólico, pero el mensaje que contiene no puede minimizarse.
El relato de Jesús está ambientado en dos escenarios distintos, el primero de los cuales describe la situación de un rico y de un pobre.
El hombre rico, del cual no se dice el nombre, es el típico bonvivant que se preocupa únicamente de saborear las alegrías de la vida presente, sin pensar ni en Dios ni en los otros, y tampoco en la vida eterna. Aparentemente, no hace nada de malo gozando de la vida... pero ni siquiera se da cuenta de que en la puerta de su casa yace un pobre, enfermo, con el cuerpo lleno de llagas... Más aún, el pobre es atormentado no sólo por sus llagas, sino más bien por el hambre que padece y, a pesar de todo, debe contentarse con las migas que caen de la mesa del rico.
La escena que describe san Lucas es una escena terrenal, provisoria, destinada a cambiar radical e irreversiblemente después de esta vida.
He aquí la segunda representación, que se desarrollla en el más allá, donde los destinos se revelan tan diferentes: Lázaro está en en el lugar reservado a los justos, que se sientan con Abraham en la mesa celestial; el rico, en cambio, está en el lugar reservado a los pecadores, un lugar de tormentos e infelicidad.
El contraste entre los protagonistas de esta parábola, ya evidente en la tierra, es acentuado en la vida ultraterrena y con tonos realmente dramáticos en su diversidad.
Lázaro no pedía nada, mientras yacía a la puerta del rico; éste, en cambio, invoca clemencia para sí y para sus parientes, pidiéndole a Abraham, que no puede acceder a la súplica puesto que la situación es ya irremediable...

Por esto, en la segunda lectura, el apóstol Pablo exhorta a combatir la nueva batalla de la fe para alcanzar la vida eterna, una vida que Cristo nos ha mostrado cuando dio a todos el testimonio de fe en la Cruz. Por tanto, es necesario el testimonio de los cristianos que hagan resplandecer en su ambiente cotidiano el amor de Dios en Cristo Jesús. También un rico puede convertirse y abrir su corazón al prójimo, compartiendo sus bienes y haciéndose instrumento de fraternidad y de amor, y asegurándose un lugar en la vida eterna. 

martes, 16 de julio de 2013

Domingo XV del tiempo ordinario. Homilía de la Congregación para el clero


Dt 30,10-14:                                        www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9appgk3.htm  
Col 1,15-20:                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9axgu3a.htm  
Lc 10,25-37:                                       www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bgwnjj.htm  

En este domingo, la Liturgia hace que recorramos el camino que baja de Jerusalén a Jericó, para hacernos considerar la caridad del buen samaritano, pero las lecturas pueden ofrecer innumerables referencias para educar nuestra alma, más profundamente que la simple consideración del hermoso signo de solidaridad humana del samaritano.
La primera lectura nos recuerda el valor de la exacta observancia de los preceptos divinos que no se puede conseguir sin un cambio de mentalidad (metanoia) con todo el corazón y con toda el alma.  Operari sequitur esse.
Los Santos Padres decían que la gloria de Dios es el hombre que vive (Ireneo). “El Señor volverá a complacerse en tu prosperidad, como antes se había complacido en la prosperidad de tus padres” (Dt 30 9). El re-nacimiento del hombre y de la sociedad, así como el de la Iglesia, se concretan en una dinámica de obediencia: para el hombre nada sucede mecánicamente, sino que todo pasa a través del consentimiento o del rechazo del plan creador y salvífico de Dios. Las leyes divinas son la expresión externa de lo que es íntimamente necesario al hombre para su bien. El mal es, por lo demás, como un boomerang, que siempre vuelve al que lo lanzó.
El principio de la sabiduría es el temor del Señor; sabio es aquel que le es fiel”, nos recuerda el salmo 110. Los mandamientos son siempre para nosotros, hombres, y para nuestra salvación. Pero la palabra del Deuteronomio de hoy nos recuerda que las obras y el corazón no pueden separarse, y que el Señor mira al corazón (1 Sam 16, 7) y ninguno será justificado si se corrige solamente como el fariseo en el templo (Lc 18, 10-14) o, como hoy se diría, si sólo es políticamente correcto.
En el evangelio de hoy vemos que Jesús es consultado por un doctor de la ley, que conocía perfectamente la respuesta a su pregunta. Él quiso poner a Jesús en un aprieto, pero al final será él quien termine así. Jesús derriba los muros que el hombre se construye para no caer en el océano de la caridas. Los doctores de la ley habían diluido el precepto del amor al prójimo en una sofisticada red de distinciones: por nacionalidad, por práctica de la ley, por condición social, edad, sexo... Pero Jesus recuerda que la caridad tiene un solo objeto: el hombre.
La Santa Madre Iglesia nos recuerda, en este sentido, que “la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno. Porque así como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Así, pues, como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades como prueba de la llegada  del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa (AG 12) . Y también: “Conságrense con especial cuidado a la educación de los niños y de los adolescentes por medio de escuelas de todo género, que deben ser consideradas no sólo como medio extraordinario para formar y atender a la juventud cristiana, sino también como servicio extraordinariamente valioso a los hombres, y sobre todo a las naciones en vías de desarrollo, para elevar la dignidad humana y preparar condiciones de vida más favorables. Tomen parte, además, los cristianos en los esfuerzos de aquellos pueblos que, luchando con el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan por conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo” (AG 12).
En la segunda lectura, San Pablo se enfrenta con algunos problemas de la Iglesia de Colosas, donde algunos rebajaban la persona y el primado soteriológico de Cristo, aduciendo que la verdad sería universal y estaría disponible en cualquier parte. Jesús sería persona salvífica de “primer nivel”, pero no él unico. Por eso el Apóstol de los gentiles, salvando de la descomposición a la comunidad de Colosas, nos ofrece un magnífico himno sobre el primado de Cristo. Él no se detiene para refutar las teorías aparenteente “abiertas” de los colosenses, pero que en realidasd eran sutiles y perniciosas, sino que les indica quién es verdaderamente Cristo.
Él es imagen del Dios invisible,  no se corresponde con una semejanza, sino que es igual en su naturaleza divina al Padre y al Espíritu Santo. Él es también el inicio de la creación porque es su autor. Pertenece a la Divinidad, aunque siendo verdaderaente hombre. Él es el primogénito de toda criatura, el origen de todo el universo creado y posee, en consecuencia, el primado. Todo ha sido creado por Él y en vista de Él. Así, es también Cabeza de la Iglesia, es decir, de la parte de la humanidad que ya ha sido alcanzada por la redención.
Si la gloria de Dios es el hombre vivo, entonces el hombre no puede subsistir si no es con Cristo, por Cristo y en Cristo. S. Ignacio de Loyola nos recuerda el fin, para el cual el hombre y la creación salieron del corazón de Dios según un proyecto de bondad. El hombre fue creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y así alcanzar la salvación; las otras realidades de este mundo son creadas para el hombre y para ayudarlo a alcanzar el fin para el que fue creado. De aquí se sigue que el hombre debe servirse de ellas en tanto en cuanto lo ayuden para su fin y debe alejarse de ellas en tanto en cuanto le sean un obstáculo.