domingo, 14 de diciembre de 2014

SERMÓN DEL BEATO CLEMENTE MARCHISIO EN LA TOMA DE POSESIÓN DE LA PARROQUIA


«Os debo buen ejemplo, así como instrucción, mis servicios y a mí mismo por entero. Si resulta necesario, debo incluso sacrificarme por vuestras almas. Mi primer deber es dar buen ejemplo. Como pastor, debo ser la luz del mundo y la sal de la tierra, lo que me obliga a todas las virtudes... Debo honrar mi ministerio mediante una vida santa e irreprochable, y vosotros debéis honrar, respetar e imitar mi ministerio. Pero ese honor y ese respeto no lo debéis a mi persona, sino a mi ministerio, pues en mis manos tengo poderes que nunca tendrán ni los ángeles del Cielo ni los reyes de la tierra. Puedo reconciliaros con Dios, reparar vuestros pecados, abriros el manantial de la gracia y la puerta del Cielo, consagrar la Eucaristía y hacer que Jesús, nuestro Salvador, se instale en medio de vosotros. Debéis considerarme como el enviado de Dios para conduciros al Cielo... El segundo de mis deberes es instruiros: catequizar a los niños, enseñar a los ignorantes, incluso a aquellos que no frecuentan la Iglesia, aconsejar a los padres y madres de familia y exhortar a los jóvenes. Y si se presenta algún vicio, no tendré más remedio que levantar la voz. ¡Qué desgracia para mí si no dijera claramente la verdad!... En tercer lugar, me debo por entero a vosotros, como Jesús que dijo: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28). Debo dedicaros mis vigilias, mis cuidados, mis fatigas, en cualquier momento, tanto de día como de noche, a pesar de la distancia, del calor o del frío, a fin de procuraros mis auxilios... A mis servicios añadiré mi oración, pues fue gracias a ella como San Pablo convirtió tantas almas...»

jueves, 4 de diciembre de 2014

OH RIQUEZA INAUDITA DEL SACERDOCIO CRISTIANO. San Pedro Crisólogo


Se tu mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios
De los sermones de San Pedro Crisólogo, obispo 
Sermón 108

Os exhorto, por la misericordia de Dios, nos dice San Pablo. Él nos exhorta, o mejor dicho, Dios nos exhorta, por medio de él. El Señor se presenta como quien ruega, porque prefiere ser amado que temido, y le agrada más mostrarse como Padre que aparecer como Señor. Dios, pues, suplica por misericordia para no tener que castigar con rigor.
Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma naturaleza? Si teméis a Dios como Señor, por qué no acudís a él como Padre?
Pero quizá sea la inmensidad de mi Pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado, pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.
Venid, pues, retornad y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas».
Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.
Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.
Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.
Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.
Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad.

PRIMER JUEVES DE MES. ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS


"Señor Jesús, Pastor Supremo del rebaño,
te rogamos que por el inmenso amor y misericordia
de Tu Sagrado Corazón,
atiendas todas las necesidades de tus sacerdotes.
Te pedimos que retomes en Tu Corazón
todos aquellos sacerdotes que se han alejado de tu camino,
que enciendas de nuevo el deseo de santidad
en los corazones de aquellos sacerdotes
que han caído en la tibieza,
y que continúes otorgando a tus sacerdotes fervientes
el deseo de una mayor santidad.
Unidos a tu Corazón y el Corazón de María,
te pedimos que envíes esta petición a Tu Padre celestial
en la unidad del Espíritu Santo. Amén."

martes, 2 de diciembre de 2014

TESTIMONIO SACERDOTAL DE SAN FRANCISCO JAVIER


A SUS COMPAÑEROS RESIDENTES EN ROMA.
Goa 20 de septiembre 1542
Esta carta es la primera que escribe Javier a sus compañeros de Roma. Está escrita algo más de cuatro meses después de su llegada a Goa. En ella les cuenta su viaje, que ha durado más de un año, desde Lisboa, y otras cosas más…

“La gracia y paz de Cristo Señor nuestro sea siempre con nosotros. Amén. […]
12. Llegamos a la ciudad de Goa a seis de mayo del año de 1542. […] Aquí en Goa posé en el hospital. Confesaba y comulgaba los enfermos que ahí estaban; eran tantos los que venían a confesarse, que, si estuviera en diez partes partido, en todas ellas tuviera que confesar. Después de cumplir con los enfermos, confesaba por la mañana los sanos que me venían a buscar: y después de mediodía iba a la cárcel a confesar los presos, dándoles alguna orden e inteligencia primero del modo y orden que habían de tener para confesarse generalmente. Después de haber confesado los presos, tomé una ermita de nuestra Señora, que estaba cerca del hospital, y ahí comencé a enseñar los muchachos las oraciones, el Credo y los mandamientos; pasaban muchas veces trescientos los que venían a la doctrina cristiana. […] Los trabajos de tan larga navegación, cuidado de muchas enfermedades espirituales, no pudiendo hombre cumplir con las suyas, habitación de tierra tan sujeta a pecados de idolatría, y tan trabajosa de habitar, por las grandes calmas que hay en ella; tomándose estos trabajos por quien se deberían tomar, son grandes refrigerios y materia para muchas y grandes consolaciones. Creo que los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor, descansan viniendo en estos trabajos, y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos. ¡Qué muerte es tan grande vivir, dejando a Cristo, después de haberlo conocido, por seguir propias opiniones o aficiones! No hay trabajo igual a éste. Y por el contrario, ¡qué descanso vivir muriendo cada día, por ir contra nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de Jesucristo! Por amor y servicio de Dios nuestro Señor os ruego, hermanos carísimos, que me escribáis muy largo de todos los de la Compañía: porque ya que en esta vida no espero más veros cara a cara, sea a lo menos por enigmas, esto es, por cartas. No me neguéis esta gracia, dado que yo no sea merecedor de ella; acordaos que Dios nuestro Señor os hizo merecedores, para que yo, por vosotros, mucho mérito y refrigerio esperase y alcanzase.[…] Confío en Cristo nuestro Señor que me ha de oír y conceder esta gracia, que use de este inútil instrumento mío, para plantar su fe entre gentiles porque, sirviéndose su Majestad de mí, gran confusión sería para los que son para mucho, y acrecentamiento de fuerzas para los que son pusilánimes; y viendo que, siendo yo polvo y ceniza, y aun esto de lo más ruin, que presto para ser testigo de vista de la necesidad que acá hay de operarios, cuyo siervo perpetuo sería de todos aquellos que a estas partes quisiesen venir, para trabajar en la amplísima viña del Señor. Así ceso, rogando a Dios nuestro Señor que, por su infinita misericordia, nos junte en su santa gloria, pues para ella fuimos criados, y acá, en esta vida, nos acreciente las fuerzas, para que en todo y por todo lo sirvamos como él manda y su santa voluntad en esta vida cumplamos.
De Goa a 20 de setiembre, año de 1542.
Vuestro inútil hermano en Cristo,

Francisco de Xabier”

lunes, 1 de diciembre de 2014

EL SACERDOCIO. BEATO CARLOS DE FOUCAULD


TEXTOS DEL BEATO CARLOS SOBRE EL SACERDOCIO

11 DE MARZO DE 1909: CARTA A MONS. CARON
"Le suplico ser el obrero de este trabajo de vuelta al Evangelio, (…) de ser el trabajador de esta basílica espiritual destinada a hacer revivir la virtud del Jesús que se adolece en el mundo cristiano, para aumentar el fervor en Jesús en la Santa Eucaristía, y para llevar el Evangelio, la Santa Eucaristía, los ejemplos de Jesús adolescente, su conocimiento y su amor a las ovejas perdidas, a los pobres, a los cojos, a los ciegos espirituales, con el fin de que ellos también, "por los que Cristo ha muerto, redimidos a un gran precio", entran en la basílica, yendo a Jesús adolescente, practicando sus virtudes, recibiéndole en la Santa Eucaristía, amándole y alabándole eternamente"1.
DE MARZO DE 1909: CARTA A MADAME MADELEINE DE BONDYESPOSA DE FORBIN
"Reza un poco por el viejo primo Carlos y por los pobres infieles de África. Estas son las dos palabras: "Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos" e "invitad a vuestra mesa no a vuestros vecinos sino a los pobres, a los ciegos y a los cojos" (…) me llevaron a estos ciegos y abandonados espiritualmente. Rezad también por estas almas "por las que Cristo ha muerto""que ha redimido a un gran precio2".

DE DICIEMBRE DE 1905. CARTA A UN SACERDOTE AMIGOEL ABAD VEYRASDE LA DIÓCESIS DE NIMES

"Haz, queridísimo hermano, lo que Jesús te inspire, como te he escrito en este día para conformarme a Su Voluntad, haciendo todo lo que puedo a favor de las almas de estos pueblos descuidados… Venid en su rescate, está bien ir a la búsqueda de las "ovejas perdidas" de las almas "más enfermas" está bien ofrecer este banquete de la Verdad, y de la Santa Eucaristía, no a nuestro hermanos ricos, ni a nuestros vecinos, ni a nuestro amigos, sino a los cojos, a los mendigos, a los ciegos", a los más ciegos de todo(…)"3.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

ROSARIO PARA CADA DÍA DE ADVIENTO

MENTALIDAD SACERDOTAL. Beato Santiago Alberione


MENTALIDAD SACERDOTAL
«[Padre], concédenos llegar a comprender y a amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer», reza la Iglesia en la liturgia de un apóstol.
Los principios de la mentalidad sacerdotal están dados en el Evangelio.
El sacerdote paulino, a la recta mentalidad humana, cristiana, religiosa y paulina, añade una mentalidad sacerdotal, constituida por tres elementos: profunda convicción de la verdad, de la moral y de la liturgia; ardiente amor a las almas y vigor y fuerza de voluntad.
El sacerdote paulino, en su amor a Dios y a los hombres, quiere usar para ellos cuanto es y tiene: ciencia, salud, oración, fuerzas y la vida misma. Es la mayor caridad hecha vida: «Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos» [Jn 15,13].
Cuando la mente y el corazón están llenos, la voluntad se enciende y fortifica: es casi imposible callar. Los Apóstoles, después de Pentecostés, respondían así al Sanedrín que les prohibía hablar de Jesucristo: «No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» [cf. He 4,20].
De aquí nace el celo.
A santa María Margarita Alacoque, le dijo Jesús, mostrando su Corazón inflamado de amor a los hombres, que ya no lo podía tener escondido ni comprimir su fuerza, y por ello lo había revelado a todos.
El divino Maestro manifestó claramente cuál debe ser la mentalidad sacerdotal:
a) «Como el Padre me mandó a mí, así yo os mando a vosotros»;
b) «Id y predicad»;
c) «Enseñad a hacer lo que os he dicho»;
d) «Bautizad en el nombre...».

Es decir: predicad, regid al pueblo de Dios, santificadlo.
Ser un segundo Cristo respecto a Dios y a la humanidad.
Vosotros sois la luz del mundo.
Vosotros sois la sal de la tierra.
Vosotros sois la ciudad sobre el monte.
Vosotros debéis hacer como he hecho yo.
Vosotros sois mis testigos.
Vosotros seréis perseguidos.
El buen Pastor da la vida por las ovejas.
Vosotros no sois del mundo.
Vosotros tendréis el céntuplo y la vida eterna.
El sacerdote es el hombre de Dios.
El sacerdote es escogido entre los hombres para cumplir con ellos lo que se refiere a Dios.
Los discursos del Sacerdote eterno, Jesucristo, | a los Apóstoles, en su conjunto, forman toda la mentalidad sacerdotal.

sábado, 22 de noviembre de 2014

LA FORMACIÓN SACERDOTAL Y RELIGIOSA: «SOLLÍCITE CURA TEIPSUM» BEATO SANTIAGO ALBERIONE



«SOLLÍCITE CURA TEIPSUM»
Pío XII añade: "Todos los santos y santas han considerado siempre la fuga y la atenta vigilancia para alejar con diligencia toda ocasión de pecado como el medio mejor de vencer en esta materia."
Pero hoy parece que no todos piensen así. Algunos sostienen que todos los cristianos, y sobre todo los sacerdotes, no deben estar segregados del mundo, como en tiempos pasados, sino ser presentados al mundo y, por tanto, es necesario ponerles al desbarate y exponer al riesgo su castidad, a fin que demuestren si tienen o no la fuerza de resistir. Por tanto los jóvenes clérigos han de verlo todo, para acostumbrarse a mirarlo tranquilamente y hacerse así insensibles a cualquier perturbación. Por eso les permiten fácilmente mirar cuanto sucede, sin regla alguna de modestia; frecuentar los cines, incluso cuando se trata de películas prohibidas por los censores eclesiásticos; hojear cualquier revista, aunque sea obscena; leer todo tipo de novelas, aun las inscritas en el Índice o prohibidas por la misma ley natural. Y conceden esto porque dicen que las masas de hoy viven ya únicamente de tales espectáculos y de tales libros; y quien quiera ayudarlas, tiene que entender su modo de pensar y de ver. Pero es fácil comprender lo errado y peligroso de este sistema de educar al joven clero para guiarle a la santidad de su estado. “El que ama el peligro perecerá en él” (Sir 3,25/26). Cae oportuno el aviso de san Agustín: “No digas tener alma pura, si tienes ojos inmodestos, pues el ojo inmodesto es indicio de corazón impuro”.
»Un método de formación tan funesto se apoya en un razonamiento muy confuso. Jesucristo dijo de sus Apóstoles: “Yo les he mandado al mundo”; pero antes había dicho: “Ellos no son del mundo; como tampoco yo soy del mundo”, y había orado con estas palabras a su Padre divino: “No te pido que les saques del mundo, sino que les libres del mal”. Así pues, la Iglesia, guiada por esos mismos principios, ha establecido normas oportunas y sensatas para alejar a los sacerdotes de los peligros en que fácilmente pueden caer viviendo en el mundo; con tales normas la santidad de su vida queda suficientemente al reparo de las agitaciones y de los placeres de la vida laical.
»Con más razón aún los jóvenes clérigos, para ser formados en la vida espiritual y en la perfección sacerdotal y religiosa, tienen que estar segregados del tumulto secular, antes de ser introducidos en la lucha de la vida; permanezcan pues largo tiempo en el seminario o en el escolasticado para recibir una educación diligente y esmerada, aprendiendo poco a la vez y con prudencia a tomar contacto con los problemas de nuestro tiempo, conforme a cuanto escribimos en nuestra exhortación apostólica Menti Nostræ (1950)».
Por lo demás, vale la palabra de san Pablo respecto a los pensamientos: «Todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estimable, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso tenedlo por vuestro (sea objeto de vuestros pensamientos)» [Flp 4,8].

miércoles, 19 de noviembre de 2014

DE LA GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE por San Alfonso María de Ligorio

I. GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE

Gravísimo es el pecado del sacerdote, porque peca a plena luz, ya que pecando sabe bien lo que hace. Por esto decía Santo Tomás que el pecado de los fieles es más grave que el de los infieles, “precisamente porque conocen la verdad” (...). El sacerdote está de tal modo instruido en la ley, que la enseña a los demás: Pues los labios del sacerdote deben guardar la ciencia, y la doctrina han de buscar su boca [Malaquías 2, 7]. Por esta razón dice San Ambrosio que el pecado de quien conoce la ley es en extremo grande, no tiene la excusa de la ignorancia (...). Los pobres seglares pecan, pero pecan en medio de las tinieblas, del mundo, alejados de los sacramentos, poco instruidos en materia espiritual; sumergidos en los asuntos temporales y con el débil conocimiento de Dios, no se dan cuenta de lo que hacen pecando, pues “flechan entre las sombras” [Sal 10, 3], para hablar con el lenguaje de David. Los sacerdotes, por el contrario están tan llenos de luces, que son antorchas, destinadas a iluminar a los pueblos Vosotros sois la luz del mundo [Mt 5, 14].

A la verdad, los sacerdotes han de estar muy instruidos al cabo de tanto libro leído, de tantas predicaciones oídas, de tantas reflexiones meditadas, de tantas advertencias recibidas de sus superiores; en una palabra, que a los sacerdotes se les ha dado conocer a fondo los divinos misterios [Lc 8, 10]. De aquí que sepan perfectamente cuánto merece Dios ser amado y servido y conozcan toda la malicia del pecado mortal enemigo tan opuesto de Dios, que, si fuera capaz de destrucción, un solo pecado mortal, lo destruiría, según dice San Bernardo: “El pecado tiende a la destrucción de la bondad divina” (...); y en otro lugar; “El pecado aniquila a Dios en cuanto puede” (ib). De modo que como dice el autor de la “Obra imperfecta”, el pecado hace morir a Dios en cuanto depende de su voluntad (...). En efecto, añade el P. Medina “el pecado mortal causa tanta deshonra y disgusto a Dios, que si fuera susceptible a la tristeza, lo haría morir de dolor” (...).

Harto conocido es esto del sacerdote y la obligación que sobre él pesa, como sacerdote, de servirle y amarle, después de tantos favores de Dios recibidos. Por esto, “cuanto mejor conoce la enormidad de la injuria, hecha a Dios por el pecado, tanto crece de punto de gravedad de su culpa”, dice San Gregorio.

Todo pecado del sacerdote es pecado de malicia como lo fue el pecado de los ángeles, que pecaron a plena luz. “Es un ángel del Señor, dice San Bernardo, es pecado contra el cielo (...). Peca en medio de la luz, por lo que su pecado, como se ha dicho, es pecado de malicia, ya que no puede alegar ignorancia, pues conoce el mal del pecado mortal, ni puede alegar flaqueza, pues conoce los medios para fortalecerse, si quiere y si no lo quiere, suya es la culpa [Salmo 35, 4]. “Pecado de malicia, enseña santo Tomás, es el que se comete a sabiendas (...); y en otro lugar afirma que “todo pecado de malicia es pecado contra el Espíritu Santo es pecado contra el Espíritu Santo, dice San Mateo no se (le) perdonará ni en este mundo ni en el venidero [Mt 12, 32]; y quiere con ello significar que tal pecado será difícilmente perdonado, a causa de la ceguera que lleva consigo, por cometerse maliciosamente.

Nuestro Salvador rogó en la cruz por sus perseguidores diciendo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen [Lc 23, 34]; y esta oración no vale a favor de los sacerdote malos, sino que, al contrario, los condena, pues los sacerdotes saben lo que hacen. Se lamentaba Jeremías, exclamando: ¡Ay, como se ha oscurecido el oro, ha degenerado el oro mejor! [Lam. 4, 1]. Este oro degenerado, dice el cardenal Hugo, es precisamente el sacerdote pecador, que tendría que resplandecer de amor divino, y con el pecado se trueca en negro y horrible de ver, hecho objeto de honor hasta el mismo infierno y más odioso a los ojos de Dios que el resto de los pecadores, San Juan Crisóstomo dice que “el Señor nunca es tan ofendido como cuando le ofenden quienes están revestidos de la dignidad sacerdotal” (...).

Lo que aumenta la malicia del pecado del sacerdote es la ingratitud con que paga a Dios después de haberlo exaltado tanto. Enseña Santo Tomas que el pecado crece de peso y proporción de la ingratitud. “Nosotros mismos, dice San Basilio, por ninguna ofensa nos sentimos tan heridos como la que nos infieren nuestros amigos y allegados (...). San Cirilo llama precisamente a los sacerdotes: familiares íntimos de Dios. “¿Cómo pudiera Dios exaltar más al hombre que haciéndolo sacerdote?”, pregunta san Efrén. ¿Qué mayor nobleza, qué mayor honor puede otorgarle de las almas y dispensador de los sacramentos? Dispensadores de la casa real llama San Próspero a los sacerdotes. El Señor eligió al sacerdote, entre tantos hombres, para que fuera su ministro y para que ofreciese sacrificio a su propio Hijo [Eclo 45, 20]. Le dio poder omnímodo sobre el Cuerpo de Jesucristo; le puso en las manos las llaves del paraíso; lo enalteció sobre todos los reyes de la tierra y sobre todos los ángeles del cielo, y, en una palabra, lo hizo Dios en la tierra. Parece que Dios dice solamente al sacerdote: “¿Qué más cabía hacer a mi viña que yo no hiciera con ella?” [Is 5, 4]. Además, ¡qué horrible ingratitud, cuando el sacerdote tan amado de Dios le ofende en su propia casa! ¿Qué significa mi amado en mi casa mientras comete maldades? [Jer 11, 15], pregunta el Señor por boca de Jeremías. Ante esta consideración, se lamenta San Gregorio diciendo: “¡Ah Señor!”, que los primeros en perseguirnos son los que ocupan el primer rango en vuestra Iglesia (...).

Precisamente de los malos sacerdotes parece se queja el Señor cuando clama al cielo y a la tierra para que sean testigos de la ingratitud de sus hijos para con El: Escuchad cielos, y presta oído tierra, pues es Yahveh quien habla; hijos he criado y engrandecido, pero se han rebelado contra mí [1S 1, 2]. ¿Quiénes, en efecto, son estos hijos más que los sacerdotes, que habiendo sido sublimados por Dios a tal altura y alimentados en su mesa con su misma carne, se atrevieron luego a despreciar su amor y su gracia? También de esto se quejó el Señor por boca de David con estas palabras: Si afrentados me hubiera un enemigo yo lo soportaría [Salmo 54, 3]. Si un enemigo mío, un idolatra, un hereje, un seglar, me ofendiera, todavía lo podría soportar; pero ¿cómo habré de poder sufrir el verme ultrajado por ti, sacerdote, amigo mío y mi comensal? Mas fuiste tú el compañero mío, mi amigo y confidente; con quien en dulce amistad me unía [Sal 54, 14.15]. Se lamentaba de esto Jeremías, diciendo: “Quienes comían manjares delicados han perecido por las calles: los llevados envueltos en púrpura abrazaron las basuras [1 Pedro 11, 9; Ex 19, 6]. ¡Qué miseria y qué horror!, exclama el profeta; el que se alimentaba con alimentos celestiales y vestía de púrpura, se vio luego cubierto de un manto manchado por los pecados, alimentándose de basuras estercolares... Y San Juan Crisóstomo, o sea el autor de la “Obra imperfecta”, añade: «Los seglares se corrigen fácilmente, en cuanto que los sacerdotes, si son malos, son a la vez incorregibles»

II. CASTIGOS DEL PECADO DEL SACERDOTE

Consideremos ahora el castigo reservado al sacerdote pecador, castigo que ha de ser proporcionado a la gravedad de su pecado. Mandará lo azoten en su presencia con golpes de número proporcionado a su culpabilidad [Deut 25, 2], dice el Señor en el Deuteronomio. (...) San Juan Crisóstomo: “Si pecas siendo hombre particular, tu castigo será menor, pero si pecas siendo sacerdote estás perdido”. Y a la verdad que son por boca de Jeremías contra los sacerdotes pecadores: Porque incluso el profeta y el sacerdote se han hecho impíos; hasta en mi propia casa he descubierto su maldad, declara Yahveh. Por esto su camino será para ellos resbaladero en tinieblas: serán empujados y caerán en él [Jer. 23, 11-12]. ¿Qué esperanza de vida daríais, sobre un terreno resbaladizo, sin luz para ver donde pone el pie mientras, de vez en cuando, le dieran fuertes empujones para hacerlo despeñar? Tal es el desgraciado estado en que se halla el sacerdote que comete un pecado mortal. Resbaladero en tinieblas: el sacerdote, al pecar pierde la luz y queda ciego: Mejor les fuera, dice San Pedro, no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás de la ley santa a ellos enseñada [2 Petr. 2, 21]. Más le valdría al sacerdote que peca ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras. Porque después de tantos sermones oídos y de tantos directores, y de tantas luces recibidas de Dios, el desgraciado, al pecar y hollar bajo sus plantas todas las gracias de Dios recibidas, merece que la luz que le ilustró no sirva más que para cegarlo y perderlo en la propia ruina. Dice San Juan Crisóstomo que “a mayor conocimiento corresponde mayor castigo, añade que por eso el sacerdote las mismas faltas que sus ovejas no recibirá el mismo castigo, sino mucho más duro” (...).

El sacerdote cometerá el mismo pecado que muchos seglares, pero su castigo será mucho mayor y quedará más obcecado que esos seglares, siendo castigado precisamente como lo anuncia el profeta: Escuchad, pero sin comprender, y ved, más sin entender [Lc 8, 10]. Esto es lo que nos enseña la experiencia, dice el autor de la “Obra imperfecta”: “El seglar después del pecado se arrepiente”. En efecto, si asiste a una misión, oye algún sermón fuerte, o medita las verdades eternas acerca de la malicia del pecado, de la certidumbre de la muerte, del rigor del juicio divino o de las penas del infierno, entra fácilmente en sí mismo y vuelve a Dios, porque, como dice el Santo, “esas verdades le conmueven y le aterran como algo nuevo”, al paso que al sacerdote que ha pisoteado la gracia de Dios y todas las gracias de Él recibidas, ¿qué impresión le pueden causar las verdades eternas y las amenazas de las divinas Escrituras? Todo cuanto encierra la Escritura, continúa el mismo autor, todo para él está gastado y sin valor; por lo que concluye que no hay cosa más imposible que esperar la enmienda del que lo sabe todo y, a pesar de ello peca (...). “Muy grande es, dice San Jerónimo, la dignidad del sacerdote, pero muy grande es también su ruina si en semejante estado vuelve la espalda a Dios” (...). “Cuánto mayor es la altura a que le sublimó Dios, dice San Bernardo, tanto mayor será el precipicio” (...). “Quien se cae del mismo suelo, dice san Ambrosio, no se suele hacer mucho daño, pero quien cae de lo alto no se dice que cae, sino que se precipita, y por eso la caída es mortal” (...). Alegrémonos, dice San Jerónimo, nosotros los sacerdotes, al vernos en tal altura, pero temamos por ello tanto más la caída” [In Ez. 44].

Diríase que Dios habla a solos sacerdotes cuando dice por boca de Isaías: Te había colocado en la santa montaña de Dios y te he destruido [Ez. 28, 14. 16]. ¡Oh sacerdote! dice el Señor, yo te había colocado en mi monte santo para que fueras luz del mundo: Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad puesta sobre la cima de un monte [Mt 5, 14]. Sobrada razón, por lo tanto, tenía San Lorenzo Justiniano para afirmar que “cuanto mayor es la gracia concedida por Dios a los sacerdotes, tanto más digno de castigo es su pecado, y que cuanto más alto es el estado a que se le ha sublimado, tanto será más mortal la caída”. “El que se cae al río, tanto más profundo cae cuanto de más arriba fue la caída” (...).

Sacerdote mío, mira que habiéndote Dios exaltado tan alto al estado sacerdotal te ha sublimado hasta el cielo, haciéndote hombre no ya terreno, sino celestial; si pecas caes del cielo, por lo que has de pensar cuán funesta será tu caída, como te lo advierte San Pedro Crisólogo: “¿Qué cosa más alta que el cielo?; pues del cielo cae quien peca entre las cosas celestiales” (...). “Tu caída, dice San Bernardo, será como la del rayo, que se precipita impetuoso” (...); es decir, que tu perdición será irreparable [Jer 21, 12]. Así, desgraciado, se verificará contigo la amenaza con que el Señor conminó a Cafarnaúm. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el infierno serás hundida! [Lc 10, 15]. Tan gran castigo merece el sacerdote pecador por la suma ingratitud con que trata a Dios. “El sacerdote está obligado a ser tanto más agradecido cuanto mayores beneficios ha recibido”, dice San Gregorio (...). “El ingrato merece que se le prive de todos los bienes recibidos”, como observa un sabio autor. Y el propio Jesucristo dijo: A todo el que tiene se le dará y andará sobrado; más al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado [Mt 25, 29]. Quien es agradecido con Dios, obtendrá aún más abundantes gracias; pero el sacerdote que después de tantas luces, tantas comuniones, vuelve la espalda, desprecia todos los favores recibidos de Dios y renuncia a su gracia, será en toda justicia privado de todo. El Señor es liberal con todos, pero no con los ingratos. “La ingratitud, dice San Bernardo, seca la fuente de la bondad divina (...). De aquí nace lo que dice San Jerónimo, que “no hay en el mundo bestia tan cruel como el mal sacerdote, porque no quiere dejarse corregir” (...). Y San Juan Crisóstomo, o sea el autor de la “Obra imperfecta”, añade: “Los seglares se corrigen fácilmente, en cuanto que los sacerdotes, si son malos, son a la vez incorregibles” (...).

A los sacerdotes que pecan se aplican de modo especial, según el parecer de San Pedro Damiano (...), estas palabras del Apóstol: A los que una vez fueron iluminados y fueron hechos participes del Espíritu Santo y gustaron la hermosa palabra de Dios... y recayeron, es imposible renovarlos segunda vez, convirtiéndolos a penitencia cuando ello, cuanto es de su parte, crucifican de nuevo al Hijo de Dios [Hebr 6, 4, 6]. ¿Quién, en efecto, más iluminado que el sacerdote, ni paladeó, como él, los dones celestiales, ni participó tanto del Espíritu Santo? Dice Santo Tomás que los ángeles rebeldes quedaron obstinados en su pecado en plena luz; y así también, añade San Bernardo, será tratado por Dios el sacerdote, hecho como ángel del Señor y, como él, elegido o reprobado” (...).

Reveló el Señor a Santa Brígida que atendía a los paganos y a los judíos, pero que no encontraba nada peor que los sacerdotes, pues su pecado es como el que precipitó a Lucifer (...). Nótense aquí las palabras de Inocencio III: “Muchas cosas que son veniales tratándose de seglares, son mortales entre los eclesiásticos (...).

A los sacerdotes también se aplican estas otras palabras de San Pablo: La tierra que bebe la lluvia que frecuentemente cae sobre ella, si produce plantas provechosas a aquellos por quienes es además labrada, participa de la bendición de parte de Dios; más la que lleva espinas y abrojos es reprobada y cerca de ser maldecida, cuyo paradero es ir a las llamas [Hebr 6, 7.8]. ¡Qué lluvia de gracias ha recibido continuamente el sacerdote de Dios!; y luego, en vez de frutos, produce abrojos y espinas y de recibir maldición final, para ir, en el fuego del infierno. Pero ¿y qué temor tendrá del fuego del infierno el sacerdote que tantas veces volvió las espaldas a Dios? Los sacerdotes pecadores pierden la luz, como hemos visto, y con ella pierden el temor de Dios, como el propio Señor lo da a entender: Y si soy Señor, ¿dónde el temor que me es debido?, dice Yahveh Sebaot a vosotros, sacerdotes, menospreciadores de mi nombre [Mal. 1, 6]. Dice San Bernardo que “los sacerdotes como caen de gran altura, quedan sumergidos en su malicia, pierden el recuerdo de Dios y se vuelven sordos a todas las amenazas de la justicia divina, hasta el punto de que si siquiera el peligro de su condenación llegue a conmoverlos (...). Pero ¿a qué extrañarse de ello? El sacerdote pecador cae al fondo del abismo, donde, privado de luz, llega a despreciarlo todo, aconteciéndole lo que dice el sabio: Cuando llega el mal, viene el desprecio, y con la ignominia el oprobio [Pro. 18. 3]. Este mal es el del sacerdote que peca por malicia, cae en el profundo de la miseria y queda ciego, por lo que desprecia los castigos, las admoniciones, la presencia de Jesucristo, que tiene junto a sí en el altar, y no se avergüenza de ser peor que el traidor Judas, como el Señor se lamentó con Santa Brígida: Tales sacerdotes no son sacerdotes míos, sino verdaderos traidores (...). Sí, porque abusan de la celebración de la misa para ultrajar más cruelmente a Jesucristo con el sacrilegio. Y ¿cuál será, finalmente, el término infeliz de tal sacerdote? Helo aquí: En país cosas de justas cometerá iniquidad, y no verá la Majestad de Yahveh [Is 26, 10]. Su fin será, en una palabra, el abandono de Dios y luego el infierno. -Pero Padre, dirá alguien, este lenguaje es en extremo aterrador ¿Qué? ¿Nos quieres hacer desesperar? Responderé con San Agustín: “Si aterro, es que yo mismo estoy aterrado” (...). Pues dirá el sacerdote que por desgracia hubiera ofendido a Dios en el sacerdocio, ¿ya no habrá para mi esperanza de perdón? No; lejos de mí afirmar esto; hay esperanza si hay arrepentimiento, y se aborrece el mal cometido. Sea este sacerdote sumamente agradecido al Señor si uno se ve asistido de su gracia, y apresúrese a entregarse cuando le llama según aquello de San Agustín: "Oigamos su voz cuando nos llama, no sea que no nos oiga cuando esté pronto a juzgarnos (...)".

III EXHORTACIÓN

Sacerdotes míos, estimemos en adelante nuestra nobleza y, por ser ministros de Dios, avergoncémonos de hacernos esclavos del pecado y del demonio. El sacerdote, dice San Pedro Damiano “debe abundar en nobles sentimientos y avergonzarse, como ministro del Señor, de cambiarse esclavo del pecado (...). No imitemos la locura de los mundanos que no piensan más que en el presente. Está reservado a los hombres morir una sola vez, y tras esto, el juicio [Hebr 9, 27]. Todos hemos de comparecer en este juicio para que reciba cada cual el pago de lo hecho viviendo en el cuerpo [2 Cor 5, 10]. Entonces se nos dirá: Ríndeme cuenta de tu administración [Lc 16, 2], es decir, de tu sacerdocio; cómo lo ejerciste y para qué fines te serviste de él. Sacerdote mío, ¿estarías conmigo si hubieras ahora de ser juzgado?, o ¿tendrías que decir: Cuando inspeccione [Dios], ¿qué le responderé? [Job 31, 14]. Cuando el Señor castiga a un pueblo, el castigo empieza por los sacerdotes, por ser ellos la primera causa de los pecados del pueblo, ya por su mal ejemplo, ya por la negligencia en cultivar la viña encomendada a sus desvelos. De aquí que entonces diga el Señor. Tiempo es de que comience al juicio por la casa de Dios [1 Pedro 4, 17]. En la mortandad descrita por Ezequiel quiso el Señor que los primeros castigados sean los sacerdotes: Y comenzaréis por mi Santuario [Ez 9, 6]; es decir, como lo explica Orígenes, por mis sacerdotes (...). En otro lugar se lee: Los poderosos, poderosamente serán enjuiciados [Sab. 6, 7]. A todo aquel a quien mucho se dio, mucho se le exigirá [Lc. 12, 48]. El autor de la Obra imperfecta dice: “En el día del juicio se verá el seglar con la estola sacerdotal, y al sacerdote pecador, despojado de su dignidad, se le verá entre los fieles e hipócritas” (...). Escuchad esto, ¡oh sacerdotes!... porque a vosotros afecta esta sentencia [Os 5, 1].

Y como el juicio de los sacerdotes será más riguroso, su condenación será también más terrible [Jer. 17, 18]. Un concilio de París, dice que “la dignidad del sacerdote es grande, también su ruina si llega a pecar” [In Ez 44]. Sí, dice San Juan Crisóstomo: “si el sacerdote comete los mismos pecados que sus feligreses, padecerá no el mismo castigo, sino castigo mucho mayor (...). Se le reveló a Santa Brígida que los sacerdotes pecadores serán hundidos en el infierno más profundamente que todos los demonios en el infierno: Todo el infierno se pondrá en movimiento (...). ¿Cómo festejaran los demonios la entrada de un sacerdote, para salir a su encuentro [Is 14, 9]? Todos los príncipes de aquella miserable región se alzarán en primer lugar en los tormentos al sacerdote condenado; y continua diciendo Isaías que en el seol se dirá: También tú te has debilitado como nosotros; a nosotros te has hecho semejante [ Is 14, 11]. ¡Oh sacerdote! Tiempo hubo en que ejerciste dominio sobre nosotros, cuando hiciste bajar tantas veces al Verbo encarnado sobre los altares y libraste a tantas almas del infierno; pero ahora te has hecho semejante a nosotros y estás atormentado como nosotros: has descendido al seol tu resplandor [Is 14, 11]. La soberbia con que despreciaste a Dios es la que por fin te ha traído aquí. Bajo ti hace cama la gusanera y gusanos son tu cobertor [Ib. 11]. Pues bien, dado que eres rey, aquí tienes tu estrado regio y tu vestido de púrpura; mira el fuego y los gusanos que te devorarán continuamente cuerpo y alma. ¡Cómo se burlarán entonces los demonios de las misas, de los sacramentos y de las funciones sagradas del sacerdote! Le miraron sus adversarios y se burlaron de su ruina [Lam. 1, 7].

Mirad sacerdotes míos, que los demonios se esfuerzan por tentar a un sacerdote que se condena arrastra a muchos tras de sí. El Crisóstomo dice: “Quien consigue quitar de en medio al pastor, dispersa todo el rebaño (...); y otro autor dice, con matar más a los jefes que a los soldados (...); por eso añade San Jerónimo que el diablo no busca tanto la pérdida de los infieles y de los que están fuera del santuario, sino que se esfuerza por ejercer sus rapiñas en la Iglesia de Jesucristo, lo que le constituye su manjar predilecto, como dice Habacuc (...). No hay, pues, manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos.

(Lo siguiente puede servir para excitar la compunción en el acto de contrición).

Sacerdote mío, figúrate que el Señor te dice lo que al pueblo judío: “Dime qué mal hice, o mejor, que bien dejé de hacerte. Te saqué de en medio del mundo y te elegí entre tantos seglares para hacerte mi sacerdote, ministro mío y mi familiar; y tú, por míseros intereses, por viles placeres, me crucificaste de nuevo; yo, en el desierto de esta tierra te alimenté cada mañana con el maná celestial, es decir, con mi carne y mi sangre divinas, y tú me abofeteaste con aquellas palabras y acciones inmodestas. Yo te elegí por viña que había de formar mis delicias, plantando en ti tantas luces y tantas gracias que me rindiesen frutos suaves y queridos y no coseché de ti más que frutos amargos. Yo te constituí rey y hasta más grande que los reyes de la tierra, y tú me coronaste con la corona de espinas de tus malos pensamientos consentidos. Yo te elevé a la dignidad de vicario mío y te di las llaves del cielo, constituyéndote así como rey de la tierra, y tú, despreciándolo todo, mis gracias y mi amistad, me crucificaste nuevamente”, etc. (...)

San Alfonso María de Ligorio, «La dignidad y santidad sacerdotal».

sábado, 15 de noviembre de 2014

ORACIÓN DEL PREDICADOR ANTE LA MUERTE. ORACIÓN DE SAN ALBERTO MAGNO


Señor Jesucristo, que me llamaste
a la primera hora de la mañana a tu viña,
pues me has conducido desde mi juventud
para trabajar en la religión
por el premio de la vida eterna;
cuando todo se haya consumado
y ya en el juicio final premies las acciones,
¿qué me darás a mí que estuve todo el día ocioso,
no ya en la plaza del mundo
sino en la misma viña de la religión?
Oh Señor, que no mides nuestras acciones
con el peso público sino con la balanza del santuario,
haz que al menos caiga en la cuenta
y me convierta en la hora undécima
y que no sea hallado envidioso
porque tú eres bueno. Amén.

viernes, 14 de noviembre de 2014

LA CARIDAD. SAN ALBERTO MAGNO



 Caridad verdadera y perfecta para con Dios es, cuando el anima con todas sus fuerzas se junta con Dios, sin buscar el interés temporal, ni eterno, sino que pura y solamente se aficiona Dios por su nobleza, bondad, santidad, perfección y natural bienaventuranza.
Porque el anima santa aborrece, y huye de amar a Dios, principalmente por comodidad, o premio que de Él espere. Así como el Señor con toda su bondad se infunde al alma, y desea comunicarle su bienaventuranza, sin esperar, ni pretender de ella jamás utilidad alguna. Que el que solamente ama a Dios porque es bueno para con él principalmente, y porque le haga partícipe de su gloria, este tal no tiene perfecta caridad.
Para la verdadera caridad, es gran motivo, el verdadero y perfecto conocimiento del bien, proque en él está encerrada la materia de todo el amor. Es a saber, la nobleza, la santidad, la potencia, la sabiduría, y providencia, etc. También es grande estímulo para ejercitar esta caridad, el amor eterno con que el Señor nos ama, inmenso, continuo y fidelísimo.
La señal de la verdadera caridad nos da el Señor en San Juan (14) diciendo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, este es el que me ama. Y San Agustín dice: Tanto amamos a Dios, cuanto guardamos sus mandamientos. Y lo mismo habemos de entender de los votos que hicimos por nuestra libre voluntad, los cuales después de hechos nos obligan como si fuesen preceptos.
Y San Gregorio conformándose con esta doctrina dice: Entrad dentro de vuestra anima hermanos míos, y escudriñad si de veras amais a Dios, pero no crea nadie lo que de este amor le testifica su corazón, si no lo comprueba con las obras. La lengua, el corazón, la vida, ha de ser examinada sobre este amor del Criador, porque nunca está ocioso si es verdadero, antes obra grandes cosas, y sino quiere obrar, no es amor.
Esta ejecución de las obras, y guarda de los mandamientos se deben purificar con la intención, para que no se hagan principalmente, o por temor de la pena, o por esperanza del galardón. porque como dice San Agustín, aquel ama a Dios que no se mueve a hacer lo que le mandan por lo terrible de la pena, ni por codicia del premio, sino porque es santo y honesto lo que se manda.
Otras dos señales hay para conocer que nuestra dilección es verdadera para con Dios. la primera, si el hombre se goza y da gracias a Dios de todo lo que place y agrada a su divina Majestad, por quien quiera, y en cualquier tiempo, y lugar que ello se haga. Que el amor natural no merece alabanza delante de Dios, porque siempre mira a si, sino solamente el amor gratuito y desinteresado, porque pone los ojos en el amado.
La segunda señal es, entristecerse de todo lo que desagrada y es ofensa de Dios por cualquier persona, y en cualquier tiempo y lugar que se haga.
La verdadera caridad para con el prójimo es, amar al prójimo como a sí mismo, sea amigo, sea enemigo.
Y así dice San Agustín: Amar al prójimo, como a si mismo, es amarle en Dios, y para Dios, y por Dios. Debe cada uno amar al prójimo como a sí mismo, porque como así desea todo lo bueno, y huye todo lo malo, así lo haga con su prójimo.
O que así como cada uno ama su propio bien en el cuerpo y en el anima, y la hacienda y la honra, y aborrece, y huye en estas cuatro cosas su propio daño, así lo haga con su prójimo, sea amigo, sea enemigo, amándole y deseándole todo el bien, y apartándose de cualquier daño. Aunque no está nadie obligado por razón de este precepto a amar tanto, ni con tanto fervor a su prójimo, como a si mismo.
La verdadera caridad no se echa de ver en el amor del amigo, porque los gentiles, e infieles también aman a los que los aman, pero muéstrase en el amor del enemigo. Querer bien a quien me quiere, la naturaleza nos lo enseña, la cual no merece vida eterna; mas amar de veras al que no nos ama, es gracia Divina. Pero aún hay otro grado más alto de esta verdadera caridad para con el prójimo, que se saca de la glosa sobre San Mateo, que dice: Amar al que ama, es de la naturaleza; mas atraer con beneficios al que no ama para que ame, es de hombres perfectos. Y puesto caso que ninguno está obligado a amar tanto, y con tanto fervor al enemigo, como al amigo, pero sería dichoso, y sumamente perfecto el que pudiese amar tanto y más al enemigo como al amigo, e hiciese obras de caridad tanto al que le corrige, como al que le acaricia, al que le vitupera, como al que le alaba. Porque como dice San Juan Crisóstomo, ninguna cosa nos hace tanto semejantes a Dios, como el ser blandos, y amorosos para con los que son malignos, y nos ofenden. Y sin duda que el hombre alcanzaría mayor gracia, y gloria, cuando es perseguido, que cuando es favorecido, si se supiese aprovechar, y así mas bien hicieron a los santos mártires, para alcanzar la gloria eterna.
Al amor del prójimo nos debe mover la naturaleza, porque naturalmente cada anima ama a su semejante: y porque resplandece en el la imagen de Dios, y porque el mismo Dios nos lo manda en las divinas letras.
Argumento de verdadera caridad, es compadecerse de cualquier adversidad, que tenga el amigo, y el enemigo: y gozarse de veras y de corazón de la prosperidad de ellos. Aunque esta es cosa muy rara.
Señal verdadera del odio que tenemos al prójimo, es cuando el hombre con pesadumbre piensa de él, cuando con tristeza le ve, con amargura le habla o habla u oye hablar de él , cuando estorba en lo que pueda su bien, y su provecho, o disminuye y menoscaba y pervierte el bien que hay en él. No lo hizo así Cristo nuestro Señor con el traidor de Judas (Mat. 16), antes le comunicó su cuerpo y sangre como a los demás Apóstoles, y le dio beso de paz en el mismo lugar donde él le entregó a sus enemigos; y le saludo dulcísimamente, teniendo más pena del pecado de Judas, que de sus dolores y penas, como dice San Gerónimo. Cosa es de gran maravilla, que el que tiene estas señales de odio en su corazón piense que tiene hermanable caridad.
Muchos creen que les basta desear al prójimo la vida eterna, la cual ellos ni se la pueden dar, ni quitar; y así también la desean a los infieles y paganos: y no quiere acordar que habiendo el Señor dado la vida por sus enemigos, nosotros estamos obligados a dar no solamente la hacienda, sino también la vida por nuestros hermanos y cristianos en tiempo de necesidad. Aunque los Prelados están más obligados a esto.
Con dos cosas se ceba y fomenta la caridad; la de Dios con la guarda de sus mandamientos, según aquello: Si guardares mis mandamientos, permaneceréis en mi dilección y la del prójimo con la compasión, conforme al dicho del Eclesiástico: No dejes de consolar al que llora, y acompañar al que derrama lágrimas, no seas perezoso en visitar al enfermo, porque con esto crecerás en la caridad.
*
FUENTE:  Tratado de las virtudes “Paraíso del Alma”. Compuesto por San Alberto Magno, traducido por el Padre Pedro de Ribadeneyra SJ. Págs. 807-808. 1595.
http://salutarishostia.wordpress.com/category/escritos-de-santos/san-alberto-magno-op/

miércoles, 5 de noviembre de 2014

ORACIÓN POR LAS VOCACIONES MISIONERAS. Oración de San Guido María Conforti


Oh, Jesús, que has muerto por la salvación de todos
y has fundado la Iglesia para continuar sobre la tierra tu misión,
multiplica, te rogamos, el número de los misioneros.
redobla su celo, santifica sus fatigas,
para que aquellos que se encuentran privados de la inestimable gracia de la fe en Ti
pronto te conozcan y te amen aquí en la tierra,
para después gozar de Ti en el cielo. Amén.

lunes, 3 de noviembre de 2014

AVISO DE SAN CARLOS BORROMEO A LOS SACERDOTES


"Puesto que ejerces el cuidado de las almas no descuides por esto el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás de tal manera que no quede nada para ti. Tienes que tener ciertamente presente el recuerdo de las almas de que eres Pastor, pero no te olvides de ti mismo. Comprended Hermanos, que nada es tan necesario para todas las personas eclesiásticas como la meditación que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones. Si administras los Sacramentos, oh Hermano medita lo que haces. Si celebras la Misa, medita lo que ofreces. Si rezas los Salmos en coro, medita a quién y que hablas. si guías las almas medita con qué Sangre han sido lavadas; y hágase todo entre vosotros en la Caridad (1 Cor 16,14). De está manera podemos superar las dificultades que encontramos y son innumerables cada día. Por lo demás esto es pedido por la tarea que nos ha sido confiada. Si asi hacemos tendremos fuerza para engendrar a Cristo en nosotros y en los demás".