domingo, 15 de febrero de 2015

LA DIGNIDAD SACERDOTAL. Beato José Allamano


Temo que no se haga el caso debido y no se dé la debida importancia a las gracias frecuentes que el  Señor nos otorga con las órdenes sagradas. Para un país, para una comunidad es signo de predilección divina.  Cada vez que se ordena uno en un Instituto, es para mí una fiesta, un verdadero gozo del corazón. Es como una confirmación de la estabilidad de nuestro Instituto; es una gracia extraordinaria que el Señor nos concede. Es señal de que el Señor quiere bien al Instituto, quiere sostenerlo y multiplicarlo. Pero, ¿habéis reflexionado sobre esta gracia? Nosotros formamos un solo cuerpo y gozamos de una vida común; por lo mismo, todas las gracias que el Señor derrama sobre un miembro  –gracias materiales y espirituales–, las derrama sobre toda la comunidad. ¡Qué desgracia la de los países de los que no sale un sacerdote y de los Institutos que carecen de candidatos!...
Detengámonos, pues, a considerar la dignidad del sacerdocio, por la senda de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. El sacerdocio es la máxima dignidad: dignidad regia, angélica, divina.
1.  –  Dignidad regia.  Cabe parangonar al sacerdote con un rey. ¿Qué es el  rey? ¿Qué hace el rey? Gobierna a los vasallos, los rige, procura su bienestar material, ¿Y el sacerdote? Busca el bien de las almas, las defiende, las manda, no las abandona hasta la muerte. Es un rey que reina y domina sobre las almas, y, por lo tanto,  superior en dignidad a los reyes de la tierra que gobiernan los cuerpos de los súbditos, pero no pueden imponerse a los corazones. Por eso dice san Ambrosio que los sacerdotes son tanto más superiores a los reyes de la tierra cuanto el oro es superior al plomo. El sacerdote ha sido siempre considerado como un rey e incluso como superior al rey. En toda la  antigüedad hubo tal estima del sacerdocio, que los emperadores paganos trataron siempre de asumir en sus  manos el poder civil y la potestad religiosa. Y  aun en los tiempos posteriores, ¿es casualidad que los emperadores de Rusia y de Inglaterra usurparan la autoridad sacerdotal? Y esto porque se daban cuenta de la elevación y sublimidad de semejante autoridad. Consecuencia: tener un sentimiento adecuado a  nuestra dignidad sin ensoberbecerse, pues no es cosa nuestra.
2. –  Dignidad angélica. Está escrito en Malaquías: Los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia  y en su boca buscarán la ley, porque él es el ángel  del Señor de los ejércitos (Ml 2, 7). Su dignidad es, por tanto, angélica. Como de hecho los ángeles están destinados a ejecutar la voluntad de Dios junto a los hombres, así también los sacerdotes son mediadores entre los hombres y Dios. San Pablo dice: Nosotros somos... embajadores de Cristo (2 Co 5, 20). El sacerdote es también más que un ángel, porque le han sido encomendados más altos ministerios en el cielo y en la tierra. Tales son los poderes de consagrar y de absolver. ¿Hay ángel que pueda celebrar la misa? El ángel, además, no puede absolver ni siquiera un pecado venial. Decía san Francisco de Asís que, si se encontrara en el camino con un ángel y un sacerdote, primero reverenciaría al sacerdote y luego al ángel. En el  Apocalipsis está escrito que, habiéndose encontrado san Juan con un  ángel, quiso arrodillarse para adorarlo, pero el ángel no se lo permitió y le dijo: Cuídate de hacerlo; soy consiervo tuyo (Ap 19, 10).
3.  –  Dignidad divina.  San Clemente dice claramente que el sacerdote viene inmediatamente después  de Dios y es como un Dios en la tierra: Después de Dios, el Dios terrenal. San Dionisio Areopagita afirma  que la dignidad sacerdotal es más divina que angélica. Es dignidad divina, porque participa del poder de Dios.Las turbas se preguntaban ya en aquel entonces:  ¿Quién sino solo Dios puede perdonar los pecados?  (Mc 2, 7). Cuando Nuestro Señor preguntó a los Apóstoles: «¿Quién dice la gente que es el hijo del  hombre?» (Mt 16, 13), ellos le respondieron que algunos lo consideraban como Elías, otros le tomaban por  Juan Bautista,  etc. Entonces replicó el Señor: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Mirad: les separó del  resto de los hombres. Así lo hace notar san Jerónimo, y dice: «Jesús separa a los Apóstoles de los demás;  éstos eran simples fieles, en cambio los Apóstoles eran sus ministros, sus representantes. Cuando el sacerdote absuelve, dice: «Yo te absuelvo...». Cuando consagra, dice: «Esto es mi cuerpo...». El sacerdote ya no es él. Nuestro Señor se ha incorporado en él. Vosotros veis al sacerdote y debéis decir: «Es nuestro Señor  bajo la forma de tal o cual sacerdote». El sacerdote tiene, pues, una autoridad regia, angélica, divina. Los escritos de los Santos Padres están rebosantes de textos relativos a la dignidad del sacerdote. Cuando veáis pasar junto a vosotros a un sacerdote, pensad estas cosas. A los ojos de la fe son otro Cristo, merecedores, por lo mismo, de sumo respeto y veneración.Por desgracia el mundo no aprecia la dignidad sacerdotal, y hasta en algunas comunidades no se la estima suficientemente. Es preciso, al menos, que nosotros la conozcamos a fondo, de otro modo no podremos estimarla convenientemente. Quien no estima en los demás la propia dignidad, no sabrá tampoco estimarla en sí mismo. Dice san Ambrosio que es sumamente conveniente que la dignidad del  sacerdote la reconozcamos primero nosotros para poder conservarla en nosotros.
Entre los sacerdotes no todos son santos, los hay por desgracia que son tibios. Si desdichadamente un sacerdote perdiera la cabeza, la celebración de la misa vale lo mismo, así como la absolución. Respetemos, pues, el carácter sacerdotal, aunque no vaya acompañado de todo el cortejo de virtudes que debiera acompañarle. Sepamos distinguir las miserias humanas de lo que es el carácter y de la dignidad sacerdotales. Nadie puede eliminar el carácter sacerdotal. Este carácter será su gloria en el paraíso o su mayor condena en el infierno. El emperador Constantino decía: «Si veis pecar a un sacerdote, en vez de correr a divulgar su falta, cubridla con mi manto real». Y nosotros la cubriremos con el manto de la caridad y rezaremos. Otra consecuencia a inferir de cuanto venimos diciendo es la de prepararos con todo el ánimo para ser un día menos indignos de tan sublime dignidad. San Francisco de Asís permaneció diácono durante toda su vida. Sus frailes querían que recibiese el presbiterado; pero se le presentó un ángel con un vaso de agua transparente, nítida, y le dijo: «Si eres tan límpido como esta agua, ¡adelante!» San Francisco se aterró y se quedó en el diaconado. A la dignidad sacerdotal debe, en efecto, corresponder la santidad proporcionada.
En el Antiguo Testamento el sacerdote llevaba escrito en la frente:  Santo para el Señor, para que se acordase de ser santo (Ex 28, 36-37). En los primeros siglos, la iglesia no admitía al sacerdocio a los que, después del bautismo, hubieran cometido públicamente una falta grave, y deponía para siempre a quienes hubiesen incurrido en culpa grave después de la ordenación. El Concilio de Nicea decía:  Los que no son santos, no deben tratar cosas santas. El que no es santo, no debe tratar las cosas santas. Si más tarde admitió también a los pecadores, no lo hizo sin someterlos primero a una larga y dura penitencia.La santidad sacerdotal es como una ciencia y un arte, que normalmente no se logran sino mediante un largo noviciado, mediante un esmerado aprendizaje. Es cierto que el carácter lo imprime la ordenación, pero, si uno trata de prepararse a tiempo, ya desde que es seminarista, el día de la ordenación resultará colmado y recibirá las bendiciones de David, no las de Saúl. Desde luego, siempre habrá que decir: «No soy digno»,

pero es el Señor quien se ha complacido en elevarnos a tan alta dignidad. Él es quien  levanta de la tierra al miserable y del polvo iza al pobre (Ps 112, 7). Trochon, que es  un buen autor, dice, hablando de los requisitos del sacerdote, que el sacerdote y el candidato a sacerdote debe evitar las culpas, incluso las más leves, que en él serían graves; evitar también la apariencia del mal para ser verdaderamente luz y sal de la tierra; estar dispuesto a hacer toda especie de bien, sea todo el bien que Dios pide de él; afanarse por ser virtuoso en grado heroico, sin temor de caer en exceso.