Homilía para el Domingo de la Sagrada Familia27 de Diciembre de 2009
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1 libro de Samuel 1, 20-22.24-28.
Salmo 83: “¡Señor, felices los que habitan en tu Casa!
1 Carta de San Juan 3, 1-2. 21-24.
Evangelio según San Lucas 2, 41-52.
La Navidad es el culmen del camino de toda la creación que espera ansiosamente a su Creador, a la Palabra que llamó a todos los seres a la vida, a la Palabra que pronunció todos los seres y que ahora se brindaba como criatura, como un tierno e indefenso niño en una pesebrera.
En ese camino hacia el pesebre, recuerdo con cuánto amor preparábamos un largo camino con arena y piedritas, para que desde el ocho de diciembre hasta el veinticuatro pudieran ir avanzando día a día María y José. María y José caminaban juntos, sosteniéndose mutuamente. El, con su fuerza, su sentido práctico, su sabia conducción y Ella con su ternura, con su mirada pura y serena…siendo el Sagrario del Santo, daba aliento y confianza a su querido esposo virginal en las sombrías nubes que los envolvían. Un viaje largo, en la dureza del invierno…pero cuánto más hondo cala en sus corazones y en el corazoncito del Niño Jesús la frialdad de los suyos que no lo recibieron, que no tuvieron lugar, que los dejaron golpear sin respuesta en las puertas de sus corazones. ¡¡Cuánto frío en Belén, cuánta frialdad en los corazones!! Para el Niño no hay lugar…para Dios ya no hay lugar. Para una familia que está por nacer en ese precioso y necesitado Niño ya no hay lugar…
“ De una Familia divina
Pasó a una familia humana,
Eterno Amar allá arriba;
Acá abajo amor sin mancha.
Arriba, el Fuego inefable;
Acá el calor de una casa.
Allá en el seno infinito,
La canción nunca acabada;
Acá, la canción de cuna
Y la canción de una lanza.”
“El camino sigue y sigue…” (J. R. R. Tolkien)
Decíamos que en la gruta de Belén los jóvenes esposos María y José nacían como Familia gracias al Divino Niño que los aunaba con su amor y que necesitaba de su amor de padres. En la gruta culmina un camino… Con cuánto anhelo María espera contemplar el Rostro de su Hijito, poder estrecharlo en sus manos, besarlo con entrañas de madre y con adoración de humilde esclava. En la gruta culmina el camino de espera de José, las sombras de su cruda noche oscura, crisol de su amante fidelidad, se disipan al paso de la alegría…ése Niño era el Sol de sus ojos, su riqueza, su Todo.
Sin embargo comienza un largo camino, un penoso itinerario de renuncias por ése Hijito, una via regia de sacrificios y de entrega de la propia vida por ése Hijito. Contratiempos, exilio, dejar la tierra, comenzar siempre de nuevo, oscuridades, noches de la fe…A José sólo se le pedirá el oído atento, su prontitud del amor, su servicio escondido, su silencio adorante, su vivir de cara al Amor[8]. ¡Cuán atento tendrá que tener día a día su oído interior al Querer del Señor!
La Familia de Jesús fue una familia perseguida, exiliada, pobre, paciente, amante, peregrinante…La ofrenda de esa familia son los pichones de los pobres, ellos se identifican con los Pobres del Señor, por ello son Bienaventurados. Por esto son Ricos, porque son testigos y servidores del Misterio de la Pobreza del Hijo de Dios que nos hace ricos. ¡No hay angustia, ni indigencia, ni pena ni soledad sufridos por tantas familias que la Familia de Jesús, de alguna manera, no haya compartido y santificado! ¡Cuán cercanos a la Familia de Jesús pueden sentirse todos los pobres y atribulados de este mundo! Cuando Jesús llama a todos los agobiados, enfermos y apesadumbrados por el peso de la vida al remanso de paz y fuerza de su Sagrado Corazón…está conociendo desde dentro toda esa realidad que oprime, inquieta y desasosiega. Ha conocido desde dentro el peso del trabajo, el sudor que redime, el pan que no alcanza, la lluvia que se hace escasa y tardía, la enfermedad y la muerte de su querido José, la viudez y soledad de su bendita Madre. Es el Varón de dolores que ha querido compartir los exilios de tantas familias, las pérdidas de tantos hijos, las preguntas sin respuesta de tantos padres: “¿Hijo mío porqué nos has hecho esto?”[9] Y las preguntas de tantos hijos ante sus padres: “Padre mío…¿por qué me has abandonado?[10]”.
La Familia de Jesús es una familia en continuo camino, nace a la vera de un camino, en una gruta, en un pesebre…Debe huir por caminos oscuros para salvar y cuidar al Salvador. Debe volver a una provincia insignificante, la Galilea de los paganos. Cada año emprender el camino gozoso de la Pascua, llevando y enseñando a caminar, a sacrificar el corazón al Corderito de la Nueva Alianza, a Aquel que es la Pascua de nuestra Redención.
El camino del Hijo de esa Familia comienza en las duras tablitas de un pesebre y acabará en muerte de cruz en medio del rechazo y el desprecio, como un gusano no un hombre[11].
El camino de la Madre de esa Familia comienza en su “Hágase” sincero y amante, en completa disponibilidad, en completo vaciamiento de sí misma para hacer suya la Misión del Hijo. El camino de la Madre pasará por gozos y espadas que herirán su Corazón hasta llegar a su Maternidad de Gracia, cuando en su Sí doloroso al pié de la Cruz se convierta en la Nueva Eva, en la Madre de los discípulos de Jesús, en el Corazón de la Nueva Familia, la Iglesia Santa. Camino de fe obediente y entregada, de amor que busca y espera.
Convento San Martín de Porres (Noviciado OP).
Mar del Plata (Buenos Aires)
Argentina.
[2] Is. 40, 5 “ Se revelará la Gloria del Señor y toda criatura a una la verá”.
[3] Los Maitines de la Navidad de la liturgia oriental comienzan con el bellísimo canon de San Gregorio Nacianceno que invita a toda criatura a salir al encuentro de Cristo que nace: “¡Cristo nace, glorificadle! ¡Cristo viene a nosotros, salid a su encuentro! ¡Cristo está en la tierra, elevaos al cielo!”.
[4] Hermosa expresión de nuestro villancico “A la huella, la huella, José y María” que hace referencia al buey y la mula, que con sus “alientos amigos”, dieron calor al recién nacido.
[5] Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca, 1979, pp. 73-74.
[6] “Eucaristía significa acción de gracias; es admirable que Jesús dé gracias brindándose y regalándose sin fin a Dios y a los hombres. ¿A quién da gracias? Con toda certeza a Dios Padre, prototipo y origen de todo regalo…Pero también da gracias a los pobres pecadores que quieren recibirle, que le acogen bajo su indigno techo. ¿Da gracias a alguien más? Creo que sí: da gracias a la pobre doncella de la que ha recibido esa carne y esa sangre, cuando el Espíritu la envolvió en su sombra… ¿Qué aprende Jesús de su madre? Aprende el sí. No un sí cualquiera, sino un sí que se pronuncia una y otra vez, sin cansancio. Todo lo que quieras, Dios mío…aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tu palabra…Esa es la plegaria católica aprendida por Jesús de su madre humana, de la cathólica mater, que le precedió en el mundo y a la que Dios concedió pronunciar esta palabra de la nueva y eterna alianza…” H. Urs von Balthasar, citado por Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, p 70.
[7] “Ser niño es decir padre, lo hemos constatado ya. Ahora hay que añadir: ser niño es decir también madre. Si se quita eso, se quita la niñez humana de Jesús precisamente y se nos deja apenas la Filiación del Logos, que, sin embargo, debe manifestarse precisamente a través de la niñez humana de Jesús.” Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, p. 70.
[8] “Pienso que a José, el Esposo de María, Jesús le sonrío con frecuencia sobre sus rodillas. Todos lo tuvieron delante de sí y nadie detrás. Por esto lo tengo a Jesús siempre en mi boca, lo llevo en mi corazón, lo llevo siempre ante mis ojos. De su Humildad paciente se sacia mi alma” (San Bernardo, Sermón sobre San José).
[9] Lc 2, 48.
[10] Lc 23, 46 y Mt 27, 46.
[11] “Yo soy un gusano, no un hombre,
Vergüenza de la gente, desprecio del pueblo” (Sal. 21)