jueves, 11 de febrero de 2010

Javier Leoz: Decálogo de la Cuaresma


1. Abramos con más frecuencia nuestros templos. Nos empujará a rezar más y a estar más disponibles y visibles a la comunidad de fieles. Pongamos a disposición de los fieles algún subsidio con diversas oraciones (visita al Santísimo, Vía-Crucis, oraciones marianas, etc)
2. Facilitemos el Sacramento de la Penitencia. Indiquemos, en nuestras celebraciones, que “una buena confesión, lleva a la paz del corazón y de uno mismo”
3. Potenciemos la oración de los laúdes o las vísperas comunitarias. Los salmos ayudarán a descubrir la oración contemplativa, petición o confianza.
4. Visitemos o iniciemos la visita a los enfermos. Nos hará comprender y contemplar la otra cara doliente de nuestro rebaño: el dolor, la soledad, las lágrimas o la cruz. Intensifiquemos el rosario meditado y pausado por los enfermos, hospitalizados, familiares, médicos, etc.
5. Preparemos la homilía de cada día. Facilitemos, entre otras cosas, la lectura de la Palabra de Dios, su reflexión y su puesta en práctica. No olvidemos los cantos propios de este tiempo: “Atende Domine; Perdona a tu pueblo; Victoria, Tú Reinaras; Hoy vuelvo de lejos”
6. Propongamos a nuestras parroquias una serie de charlas cuaresmales destinadas a una preparación a la vivencia profunda de la Pascua.
7. Potenciemos la Adoración al Santísimo. No todo hay que celebrarlo en comunidad. Insistamos en la oración por las vocaciones sacerdotales, consagradas y santos matrimonios.
8. Animemos a nuestras comunidades cristianas a un proyecto caritativo en favor de los pobres: una cuaresma sin caridad no es un camino correcto hacia la Semana Santa.
9. Realicemos, allá donde sea posible, unos ejercicios espirituales con nuestras parroquias. Un día a la semana o, incluso, tres días seguidos con tres reflexiones sobre el Triduo Sacro. Recordemos que, los viernes, son días muy apropiados para el rezo del viacrucis.
10. Cuidemos, con esmero, los lugares celebrativos: el color morado, la ausencia de flores, una cruz grande colocada en el presbiterio, una imagen de la dolorosa, una oración para recitar cada día al final de la eucaristía “No me mueve mi Dios para quererte”.