lunes, 16 de enero de 2012

II Domingo del tiempo ordinario (ciclo B)

1Sam 3,3b-10.19: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aevv0c.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a3lnhc.htm

1Co 6,13c-15a.17-20: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9audf5f.htm

www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a0jeyf.htm

Jn 1,35-42: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bwd2da.htm

La liturgia de la Palabra de este domingo está centrada en dos relatos vocacionales que aparecen en la primera lectura y en el Evangelio. El primero de ellos tiene por protagonista a Samuel, llamado a ser profeta y sacerdote; el segundo se refiere a los dos hermanos, Andrés y Pedro, llamados a ser Apóstoles.

Hay que destacar enseguida un aspecto relevante: la iniciativa de la llamada siempre parte de Dios, que actúa con perseverancia y delicadeza. En el caso de Samuel, el Señor llama durante la noche, en el silencio del descanso, reiteradamente, para que el hombre comprenda y acoja la llamada.

En el caso de Pedro y Andrés, Jesús se entretiene dialogando con ellos. “¿A quién buscáis?”. Después propone: “Venid y lo veréis”. La iniciativa vocacional de Dios, pues, se desarrolla a través de recursos humanos, respetando plenamente el tiempo para responderle; es perseverante y al mismo tiempo delicado.

Un ulterior elemento particularmente significativo, en la misma línea de la concreción de la llamada de Dios, parece surgir del recurso a los sentidos que Él hace.

Para Samuel, Dios recurre al oído: el joven “siente” la voz de Dios que lo llama y la reconoce como familiar; tres veces la confunde con la de su maestro Helí. Para Pedro y Andrés, el Señor recurre al sentido de la vista: Andrés “ve” pasar a Jesús y lo sigue; Jesús “ve” que lo siguen y luego les dice: “Venid y veréis”. Ellos “vieron” dónde vivía Jesús. Cuando después viene acompañado también Pedro, el Señor fija su mirada en él, revelándole su nueva identidad: “Tú te llamarás Cefas”. En el contexto de la vocación adquieren una particular importancia los verbos “buscar” y “encontrar”. En la primera lectura es Dios quien busca a Samuel y éste, por invitación de Helí, se deja encontrar. En el Evangelio, en cambio, son los futuros Apóstoles quienes van al encuentro de Cristo, movidos por la invitación de Juan el Bautista, que lo ve pasar y lo reconoce. Jesús, deteniéndose, se deja encontrar. En esta dinámica, los dos relatos presentan la figura fundamental de un mediador entre Dios y el que es llamado, para ayudar a este último a reconocer la llamada.

La vocación asume plenamente la humanidad del llamado. Cuando quien es buscado y llamado se deja encontrar, asume plenamente la propia identidad. Samuel, en las tres primeras llamadas, se presenta como el “servidor que escucha”; pero cuando reconoce la voz de Dios y acoge la llamada, es hecho profeta y sacerdote. De aquí surge –y lo vemos con estupor- que en la vocación se manifiesta plenamente la identidad de Dios: Andrés, en el primer encuentro con Jesús, ya lo llamó “Rabí”, pero cuando encuentra a su hermano Pedro y lo invita a acercarse a Jesús, lo llama “el Mesías” que ha sido encontrado.

Estos elementos que hemos destacado, nos recuerdan que toda vocación es siempre la expresión de una profunda relación de amor entre Dios y el que es llamado. Si éste se deja guiar por quien sabe reconocer la voz de Dios y se atreve a responder afirmativamente al proyecto que el Señor tiene para él, la relación de amor se transforma radicalmente, cambia el modo de ver a Dios y el modo de ser vistos por Él.

María Santísima, en cuya vocación surge de modo insuperable la plenitud de lo humano y la manifestación de Dios, guíe y custodie la vocación de cada uno, para que pueda “ver” y “encontrar” al Señor cada día de la propia existencia.

domingo, 1 de enero de 2012

Santa María, Madre de Dios, homilía de la Congregación para el Clero



Num 6,22-27: www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bcawkf.htm
Gal 4,4-7:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9aggmzd.htm
Lc 2,16-21:
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ayxwpb.htm
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9a422ub.htm
www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9baokzb.htm

El ligamen entre el Nacimiento del Señor y la Maternidad divina de María Santísima está claramente expresada en uno de los doce anatemas de san Cirilo de Alejandría († 444), recogidos por el Concilio de Éfeso, que en el año 431 definió como dogma de fe que María de Nazareth es la Madre de Dios: “Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema” (Dz 72 - www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/fcs.htm#a33 e www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8c3ba54.htm ).
Hace pocos días hemos adorado la presencia del Verbo encarnado en el humilde pesebre de Belén. Ahora la Iglesia nos invita a dirigir la mirada llena de asombro a la otra persona magnífica del pesebre que es la Madre de Jesús, Dios hecho carne.
En tiempos recientes, la devoción a la Madre de Dios se ha debilitado en ciertos sectores de la Iglesia. Algunos han tenido temor de que honrando demasiado a María, de alguna manera se habría podido provocar una separación de la adoración a Cristo. Por eso les pareció necesario radicalizar el cristocentrismo, subrayando unilateralmente la unicidad de la mediación salvífica de Cristo, endesmedro de las mediaciones participadas de los Santos, de los Ángeles y de la misma Madre de Dios. Obrando así, se ha olvidado el antiguo adagio: ad Jesum per Mariam.
La Madre nos acompaña siempre hacia su Hijo y nunca nos aleja de Él. El Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha dicho con estas palabras: ”Todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la mismna saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” (Lumen Gentium, n. 60 - cf. www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/8cjb1.htm ).
Se debe reconocer que el papel de María no es un obstáculo, sino de completo respeto al reconocimiento de Cristo en la fe. La Madre de Dios, con su pureza virginal, representa y defiende también la pureza de la doctrina cristiana. En el Breviario y en la “forma extraordinaria” (o rito antiguo) del Misal se encuentra la hermosa antífona mariana «Gaude, Maria Virgo, cunctas haereses tu sola interemisti in universo mundo – Alégrate, Virgen María, tú sola has destruido todas las herejías del mundo entero».
Esta antífona ha sido comentada por el famoso biblista Ignace de la Potterie en ests términos: «No es que María haya hecho en su vida algo contra las herejías, sino que el reconocimiento cierto de María en los dogmas marianos es baluarte de la verdadera fe. Tambien el Cardenal Ratzinger, en su libro-entrevista con Vittorio Messori (Informe sobre la fe), subraya que María “triunfa sobre todas las herejías”: si se da a María el lugar que le corresponde en la ininterrumpida Tradición y en el dogma, se llega al centro de la cristología de la Iglesia. Los primeros dogmas, que se refieren a la virginidad perpetua y a la maternidad divina, y también los últimos (Inmaculada Concepción y Asunsión corporal al Cielo), son la base segura para la fe cristiana en la encarnación del Hijo de Dios. Pero también la fe en el Dios vivo, que puede intervenir en el mundo y en la materia, así como la fe en las realidades últimas (resurrección de la carne y, en consecuencia, la transfiguración del mismo mundo material) está confesada implícitamente en el reconocimiento de los dogmas marianos. También por esto se espera que se concretará el “proyecto de reintroducir, ojalá que en la fiesta de la Asunción corporal de María al Cielo, el 15 de agosto, la bella antífona separada de la reforma litúrgica” (en 30 Giorni, 12 [octubre 1995], p. 71).
No es posible ser cristocéntrico si no se es fuertemente mariano. En este día la Iglesia reza especialmemnte por la paz. Y es justamente a la siempre Virgen Madre de Dios a quienes se dirigen los fieles para obtener del Señor, a través de su intercesión, el don de la paz, para la Iglesia y para el mundo.