jueves, 24 de junio de 2010

NUEVA PUBLICACIÓN DE LA FRATERNIDAD


Summorum Pontificum. ¿Un problema o una riqueza? (111 págs.) El 7 de julio de 2007, el Papa Benedicto XVI promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum que entró en vigor para toda la Iglesia el 14 de septiembre del mismo año.
La publicación del Motu Proprio ha desencadenado un verdadero torrente de declaraciones, interpretaciones, dudas y reparos.
La intención de esta obra es tan sólo ofrecer la recolección de algunas de las intervenciones de las auoridades competentes, para que en medio de tan abundantes distorsiones se pueda comprender un poco mejor el alcance de este Motu Proprio que a la larga se revelara de trascendental importancia para la vida de la Iglesia.
El precio es de 2 euros; para su mayor difusión.
PEDIDO:
Si deseas adquirlo, puedes enviar un correo electrónico a santamariarenet@hotmail.com.
O llamar al siguiente número de teléfono: 619 011 226.
También puedes escribirnos a
Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.
Pasaje de las Hazas, 2 Bajo-N
45002 Toledo ESPAÑA
También puedes acudir a los puntos de venta:
  • Librería Pastoral de Toledo
  • Librería Regina Mundi

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OTRAS PUBLICACIONES DE LA FRATERNIDAD

domingo, 20 de junio de 2010

Homilía en la ordenación de 14 sacerdotes de la diocesis de Roma (20-VI-2010)


Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridísimos ordenandos,
Queridos hermanos y hermanas
Como obispo de esta diócesis estoy particularmente contento de acoger en el presbyterium romano a catorce nuevos sacerdotes. Junto con el cardenal vicario, los obispos auxiliares y todos los presentes, doy las gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Quisiera dirigiros un saludo particular a vosotros, queridísimos ordenandos: hoy estáis en el centro de la atención del Pueblo de Dios, un pueblos simbólicamente representado por la gente que llena esta Basílica Vaticana: la llena de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, de conmoción auténtica, de alegría humana y espiritual. En este Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, los amigos y compañeros, los superiores y educadores del Seminario, las distintas comunidades parroquiales y las diferentes realidades de la Iglesia de las que procedéis y que os han acompañado en vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente. Sin olvidar la singular cercanía, en este momento, de tantísimas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como por ejemplo las monjas de clausura, los niños, los enfermos. Ellos os acompañan con el don preciosísimo de su oración, de su inocencia y de su sufrimiento.
Es, por tanto, toda la Iglesia de Roma la que hoy da gracias a Dios y reza por vosotros, que pone tanta confianza y esperanza en vuestro mañana, que espera frutos abundantes de santidad y de bien del ministerio sacerdotal. Sí, la Iglesia cuenta con vosotros, ¡cuenta muchísimo con vosotros! La Iglesia os necesita a cada uno de vosotros, consciente como es de los dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad del corazón de cada hombre de encontrarse con Cristo, único y universal salvador del mundo, para recibir de él la vida nueva y eterna, la verdadera libertad y la alegría plena. Nos sentimos, por tanto, todos invitados a entrar en el “misterio”, en el acontecimiento de gracia que se está realizando en vuestros corazones con la Ordenación presbiteral, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que se ha proclamado.
El Evangelio que hemos escuchado nos presenta un momento significativo del camino de Jesús, en el que pregunta a los discípulos qué piensa la gente de él y cómo le juzgan ellos mismos. Pedro responde en nombre de los Doce con una confesión de fe, que se diferencia de forma sustancial de la opinión que la gente tiene sobre Jesús; él, de hecho, afirma: Tú eres el Cristo de Dios (cfr Lc 9,20). ¿De dónde nace este acto de fe? Si vamos al inicio del pasaje evangélico, constatamos que la confesión de Pedro está ligada a un momento de oración: “Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él”, dice san Lucas (9,18). Es decir, los discípulos son involucrados en el ser y hablar absolutamente único de Jesús con el Padre. Y se les concede de este modo ver al Maestro en lo intimo de su condición de Hijo, se les concede ver lo que otros no ven; del “ser con él”, del “estar con él” en oración, deriva un conocimiento que va más allá de las opiniones de la gente, alcanzando la identidad profunda de Jesús, la verdad. Aquí se nos da una indicación bien precisa para la vida y la misión del sacerdote: en la oración, él esta llamado a redescubrir el rostro siempre nuevo del Señor y el contenido más auténtico de su misión. Solamente quien tiene una relación intima con el Señor viene aferrado por Él, puede llevarlo a los demás, puede ser enviado. Se trata de un “permanecer con él” que debe acompañar siempre el ejercicio del ministerio sacerdotal; debe ser la parte central, también y sobre todo en los momentos difíciles, cuando parece que las “cosas que hacer” deben tener la prioridad. Donde estemos, en cualquier cosa que hagamos, debemos “permanecer siempre con Él”.
Un segundo elemento quisiera subrayar del Evangelio de hoy. Inmediatamente después de la confesión de Pedro, Jesús anuncia su pasión y resurrección y hace seguir a este anuncio una enseñanza en relación al camino de los discípulos, que es un seguirlo a Él, el Crucificado, seguirlo por el camino de la cruz. Y agrega después -con una expresión paradójica – que ser discípulos significa “perderse a si mismo”, pero para reencontrarse plenamente a uno mismo (Cfr. Lc 9,22-24). ¿Qué significa esto para cada cristiano, pero sobre todo qué significa para un sacerdote? El seguimiento, pero podríamos tranquilamente decir: el sacerdocio, no puede jamás representar un modo par alcanzar seguridad en la vida o para conquistar una posición social. El que aspira al sacerdocio para un aumento del propio prestigio personal y el propio poder entiende mal en su raíz el sentido de este ministerio. Quien quiere ante todo realizar una ambición propia, alcanzar éxito propio será siempre esclavo de si mismo y de la opinión pública. Para ser considerado deberá adular; deberá decir aquello que agrada a la gente; deberá adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, así, se privará de la relación vital con la verdad, reduciéndose a condenar mañana aquello que había alabado hoy. Un hombre que plantee así su vida, un sacerdote que vea en estos términos su propio ministerio, no ama verdaderamente a Dios y a los demás, sino solo a si mismo y, paradójicamente, termina por perderse a si mismo. El sacerdocio -recordémoslo siempre- se funda sobre el coraje de decir sí a otra voluntad, con la conciencia, que debe crecer cada día, de que precisamente conformándose a la voluntad de Dios, “inmersos” en esta voluntad, no solo no será cancelada nuestra originalidad, sino, al contrario, entraremos cada vez más en la verdad de nuestro ser y de nuestro ministerio.
Queridos ordenandos, quisiera proponer a vuestra reflexión un tercer pensamiento, estrechamente ligado a este apenas expuesto: la invitación de Jesús de “perderse a sí mismo”, de tomar la cruz, remite al misterio que estamos celebrando: la Eucaristía. A vosotros hoy, con el sacramento del Orden, ¡os viene dado presidir la Eucaristía! A vosotros se os confía el sacrificio redentor de Cristo; a vosotros se os confía su cuerpo entregado y su sangre derramada. Ciertamente, Jesús ofrece su sacrificio, su donación de amor humilde y completo a la Iglesia su Esposa, sobre la Cruz. Es sobre ese leño donde el grano de trigo dejado caer por el Padre sobre el campo del mundo muere para convertirse en fruto maduro, dador de vida. Pero, en el diseño de Dios, esta donación de Cristo se hace presente en la Eucaristía gracias a aquella potestas sacra que el sacramento del Orden os confiera a vosotros, presbíteros. Cuando celebramos la santa misa tenemos en nuestras manos el pan del Cielo, el pan de Dios, que es Cristo, grano partido para multiplicarse y convertirse en el verdadero alimento para la vida del mundo. Es algo que no puede sino llenar vuestro corazón de íntimo estupor, de viva alegría y de inmensa gratitud: el amor y el don de Cristo crucificado pasan a través de vuestras manos, vuestra voz, y vuestro corazón. ¡Es una experiencia siempre nueva de asombro ver que en mis manos, en mi voz, el Señor realiza este misterio de Su presencia!
¡Cómo no rezar por tanto al Señor, para que os dé una conciencia siempre vigilante y entusiasta de este don, que está puesto en el centro de vuestro ser sacerdotes! Para que os de la gracia de saber experimentar en profundidad toda la belleza y la fuerza de este servicio presbiteral y, al mismo tiempo, la gracia de poder vivir este ministerio con coherencia y generosidad, cada día. La gracia del presbiterado, que dentro de poco os será dada, os unirá íntimamente, estructuralmente, a la Eucaristía. Por eso, os pondrá en contacto en lo profundo de sus corazones con los sentimientos de Jesús que ama hasta el extremo, hasta el don total de sí, a su ser pan multiplicado para el santo banquete de la unidad y la comunión. Esta es la efusión pentecostal del Espíritu, destinada a inflamar vuestro camino con el amor mismo del Señor Jesús. Es una efusión que, mientras habla de la absoluta gratuidad del don, graba dentro del mismo ser una ley indeleble, la ley nueva, una ley que os empuja a insertaros y a hacer surgir en el tejido concreto de las actitudes y de los gestos de vuestra vida de cada día el amor mismo de donación de Cristo crucificado. Volvemos a escuchar la voz del apóstol Pablo, es más, en esta voz reconocemos aquella potente del Espíritu Santo: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo” (Gal 3,27) Ya con el Bautismo, y ahora en virtud del Sacramento del orden, vosotros os revestís de Cristo. Que al cuidado por la celebración eucarística acompañe siempre el empeño por una vida eucarística, es decir, vivida en la obediencia a una única gran ley, la del amor que se dona totalmente y sirve con humildad, una vida que la gracia del Espíritu Santo hace cada vez más semejante a la de Jesucristo, Sumo y eterno Sacerdote, siervo de Dios y de los hombres.
Queridos, el camino que nos indica el Evangelio de hoy es el camino de vuestra espiritualidad y de vuestra acción pastoral, de su eficacia e incisividad, incluso en las situaciones más fatigosas y áridas. Es más, este es el camino seguro para encontrar la verdadera alegría. María, la sierva del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que siguió el Hijo hasta los pies de la cruz en el supremo acto de amor, os acompañe cada día de vuestras vidas y de vuestro ministerio. Gracias al afecto de esta madre tierna y fuerte, podréis ser felizmente fieles a la consigna que como presbíteros hoy os es dada: la de conformaros a Cristo Sacerdote, que supo obedecer a la voluntad del Padre y amar a los hombres hasta el extremo.
¡Amén

Angelus (13-VI-2010): Los sacerdotes, primeros obreros de la civilización del amor.


Queridos hermanos y hermanas:
En los días pasados ha concluido el Año Sacerdotal. Hemos vivido aquí, en Roma, días inolvidables, con la presencia de más de quince mil sacerdotes de todas las partes del mundo. Por este motivo, deseo dar gracias a Dios por todos los beneficios que este Año ha producido en la Iglesia universal. Nadie podrá medirlos nunca, pero ciertamente ya se ven y se verán todavía más los frutos.
El Año Sacerdotal ha concluido en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que tradicionalmente es la "jornada de santificación sacerdotal"; esta vez lo ha sido de manera especial. En efecto, queridos amigos, el sacerdote es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón del Hijo de Dios, desbordante de caridad, proceden todos los bienes de la Iglesia, y en él tiene su origen la vocación de esos hombres que, conquistados por el Señor Jesús, lo dejan todo para dedicarse totalmente al servicio del pueblo cristiano, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor. El sacerdote queda plasmado por la misma caridad de Cristo, por ese amor que le llevó a dar la vida por sus amigos y a perdonar a sus enemigos. Por este motivo, los sacerdotes son los primeros obreros de la civilización del amor. Y en este sentido, pienso en tantos modelos de sacerdotes, conocidos y menos conocidos, algunos elevados al honor de los altares; en otros casos, su recuerdo permanece indeleble en los fieles, quizá en una pequeña comunidad parroquial. Como sucedió en Ars, el pueblo de Francia en el que desempeñó su ministerio san Juan María Vianney. No hace falta añadir nada a lo que ya se ha dicho en los meses pasados. Pero su intercesión nos debe acompañar aún más a partir de ahora. Que su oración, su "Acto de amor", que tantas veces hemos recitado durante el Año Sacerdotal, siga alimentando nuestro coloquio con Dios.
Quisiera recordar otra figura: el padre Jerzy Popiełuszko, sacerdote y mártir, que fue proclamado beato precisamente el domingo pasado. Ejerció su generoso y valiente ministerio junto a quienes se comprometían por la liberad, por la defensa de la vida y de su dignidad. Esta obra al servicio del bien y de la verdad era un signo de contradicción para el régimen que entonces gobernaba Polonia. El amor del Corazón de Jesús le llevó a dar la vida, y su testimonio ha sido semilla de una nueva primavera en la Iglesia y en la sociedad. Si analizamos la historia, podemos observar cuántas páginas de auténtica renovación espiritual y social han sido escritas con la contribución decisiva de sacerdotes católicos, alentados sólo por la pasión por el Evangelio y por el hombre, por su auténtica libertad, religiosa y civil. ¡Cuántas iniciativas de promoción humana integral han comenzado por la intuición de un corazón sacerdotal!
Queridos hermanos y hermanas: encomendemos al Corazón Inmaculado de María, del que ayer celebramos la memoria litúrgica, a todos los sacerdotes del mundo para que, con la fuerza del Evangelio, sigan edificando en todo lugar la civilización del amor.

Homilía en Chipre (5-VI-2010)

Queridos hermanos y hermanas en Cristo
El Hijo del Hombre tiene que ser elevado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna (cf. Jn 3,14-15). En esta Misa votiva adoramos y alabamos a Nuestro Señor Jesucristo, que con su santa cruz ha redimido al mundo. Con su muerte y resurrección ha abierto las puertas del cielo y nos ha preparado un sitio, para que nosotros, sus discípulos, podamos participar de su gloria.
Con el gozo de la victoria redentora de Cristo, os saludo a todos, reunidos en la Iglesia de la Santa Cruz, y os agradezco vuestra presencia. Aprecio mucho la cordialidad con la que me habéis acogido. Doy las gracias, de modo particular, a Su Beatitud el Patriarca Latino de Jerusalén, por sus palabras de bienvenida al comienzo de la Misa, y por la presencia del Padre Custodio de Tierra Santa. He venido a Chipre, primer puerto de destino de los viajes misioneros de san Pablo por el Mediterráneo, siguiendo las huellas de aquel gran Apóstol, para confirmaros en vuestra fe cristiana y para predicar el Evangelio que da vida y esperanza al mundo.
El centro de la celebración de hoy es la cruz de Cristo. Muchos podrían tener la tentación de preguntar por qué nosotros, los cristianos, celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de fracaso y derrota. Es verdad que la cruz expresa todos estos significados. Y, sin embargo, a causa del que ha sido elevado en la cruz por nuestra salvación, representa también el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todos los males del mundo.
Una antigua tradición cuenta que el madero de la cruz se tomó de un árbol plantado por Set, el hijo de Adán, en el lugar donde Adán fue enterrado. En aquel mismo lugar, conocido como el Gólgota, el lugar de la calavera, Set plantó una semilla del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol que estaba en medio del jardín de Edén. Gracias a la providencia divina, la obra del Maligno habría sido aniquilada usando contra él sus mismas armas.
Engañado por la serpiente, Adán se apartó de la confianza filial en Dios y pecó comiendo del fruto del único árbol del jardín que le había sido prohibido. Como consecuencia de aquel pecado entró en el mundo el sufrimiento y la muerte. Los efectos trágicos del pecado, es decir, el sufrimiento y la muerte, se hicieron del todo patentes en la historia de los descendientes de Adán. Lo hemos escuchado en la primera lectura de hoy, que evoca la caída y prefigura la redención de Cristo.
Como castigo por sus pecados, el pueblo de Israel, extenuado en el desierto, fue mordido por serpientes, y sólo pudo salvarse de la muerte volviendo su mirada hacia el símbolo que Moisés había elevado, prefigurando la cruz que pondría fin al pecado y a la muerte de una vez por todas. Vemos claramente que el hombre no puede salvarse por sí mismo de las consecuencias de su pecado. No puede salvarse por sí mismo de la muerte. Sólo Dios puede librarlo de su esclavitud moral y física. Y tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo unigénito, no para condenar al mundo, como requería la justicia, sino para que el mundo se salve por Él. El Hijo unigénito de Dios ha tenido que ser elevado, como Moisés elevó la serpiente en el desierto, para que cuantos lo miren con fe tengan la vida.
El madero de la cruz se transforma en el instrumento de nuestra redención, igual que el árbol del que había sido extraído dio origen a la caída de nuestros progenitores. El sufrimiento y la muerte, consecuencias del pecado, se transformaron precisamente en el medio por el que el pecado fue derrotado. El Cordero inocente fue sacrificado en el altar de la cruz y, sin embargo, de la inmolación de la víctima brotó vida nueva: el poder del Maligno fue destruido por el poder del amor que se autosacrifica.
La cruz, por tanto, es algo más grande y misterioso de lo que puede parecer a primera vista. Indudablemente, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y derrota, pero al mismo tiempo muestra la completa transformación, la victoria definitiva sobre estos males, y esto la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Habla a todos los que sufren -los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia- y les ofrece la esperanza de que Dios puede convertir su dolor en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.
Por eso, el mundo necesita la cruz. No es simplemente un símbolo privado de devoción, no es un distintivo de pertenencia a un grupo dentro de la sociedad, y su significado más profundo no tiene nada que ver con la imposición forzada de un credo o de una filosofía. Habla de esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de Dios que ensalza a los humildes, da fuerza a los débiles, logra superar las divisiones y vencer el odio con el amor. Un mundo sin cruz sería un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad no tendrían límite, donde el débil sería subyugado y la codicia tendría la última palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifestaría de modo todavía más horrible, y el círculo vicioso de la violencia no tendría fin. Sólo la cruz puede poner fin a todo ello. Mientras que ningún poder terreno puede salvarnos de las consecuencias de nuestro pecado, y ninguna potencia terrena puede derrotar la injusticia en su origen, la intervención redentora de Dios Amor puede transformar radicalmente la realidad del pecado y la muerte. Esto es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz del Redentor. San Andrés de Creta describe con razón la cruz como “el más excelente de todos los bienes… por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original” (Sermón 10: PG 97, 1018-1019).
Queridos hermanos sacerdotes, queridos religiosos, queridos catequistas, se nos ha confiado el mensaje de la cruz para que podamos ofrecer esperanza al mundo. Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de méritos redentores. Sabemos que somos simplemente vasijas de barro y, sin embargo, hemos sido sorprendentemente elegidos para ser mensajeros de la verdad redentora que el mundo necesita escuchar. Jamás nos cansemos de admirarnos ante la gracia extraordinaria que se nos ha dado, nunca dejemos de reconocer nuestra indignidad, pero, al mismo tiempo, esforcémonos siempre para ser menos indignos de nuestra noble llamada, de manera que no pongamos en entredicho la credibilidad de nuestro testimonio con nuestros errores y caídas.
En este Año Sacerdotal, permitidme que me dirija de modo especial a los presbíteros aquí presentes, y a quienes se preparan para la ordenación. Meditad las palabras que el Obispo dirige al ordenando cuando le hace entrega del cáliz y la patena: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de quien se ofreció a sí mismo por nosotros en el altar de la cruz, de quien es al mismo tiempo sacerdote y víctima, de aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido. Mientras pensamos en nuestras faltas, tanto individual como comunitariamente, reconozcamos humildemente que hemos merecido el castigo que Él, Cordero inocente, ha sufrido por nosotros. Y si, en consonancia con cuanto nos merecemos, participamos en el sufrimiento de Cristo, alegrémonos porque tendremos una felicidad mucho más grande cuando se revele su gloria.
En mi pensamiento y oración, me acuerdo particularmente de muchos sacerdotes y religiosos de Medio Oriente que están sintiendo en estos momentos una llamada especial a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor. Donde los cristianos son minoría, donde sufren dificultades por tensiones religiosas y étnicas, muchas familias toman la decisión de huir, y también los pastores tienen la tentación de hacer lo mismo. En situaciones de este tipo, sin embargo, un sacerdote, una comunidad religiosa, una parroquia que se mantiene firme y continúa dando testimonio de Cristo es un signo extraordinario de esperanza, no sólo para los cristianos sino también para todos los que viven en la región. Su sola presencia es una manifestación elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del diálogo, la reconciliación y la aceptación amorosa del prójimo. Abrazando la cruz que se les presenta, los sacerdotes y religiosos de Oriente Medio pueden irradiar realmente la esperanza que está en el centro del misterio que celebramos en la liturgia de hoy.
Que nos consuelen las palabras de la segunda lectura de hoy, que expresan magníficamente el triunfo reservado a Cristo después de su muerte en cruz, triunfo que estamos invitados a compartir: «Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo- nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo» (Flp 2,9-10).Sí, amados hermanos y hermanas en Cristo, alejémonos de aquella gloria que no sea la de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Ga 6,14). Él es nuestra vida, nuestra salvación y nuestra resurrección. Él nos ha salvado y liberado

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI en la clausura del Año SAcerdotal (11-V-2010)





Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal, queridos hermanos y hermanas:
El Año Sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo Cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdotes: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y ser vivido a partir de él. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] – «El Señor es mi pastor» –, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida de nosotros. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34,11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con éstas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de Él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad de Dios.
Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ésta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que Él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: “Sí, vivir ha sido algo bueno”. El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran salmo 119 (118) es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que Él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo de la vida.
Después viene una palabra referida a la “cañada oscura”, a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y Él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el salmo 139 (138). Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida Él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.
«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.
Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este mandato: “Haced esto en memoria mía”? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23 [22], 6).
Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.
La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a ésta, extraída del evangelio de Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7,37s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

Transcripción del coloquio de Benedicto XVI con los sacerdotes (10-V-2010)


(ZENIT.org)

América:
P. – Beatísimo Padre, soy don José Eduardo Oliveira y Silva y vengo desde América, precisamente desde Brasil. La mayor parte de nosotros aquí presentes estamos comprometidos en la pastoral directa, en la parroquia, y no solo con una comunidad, sino que a veces somos párrocos de muchas parroquias, o de comunidades particularmente extensas. Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta. ¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?
R. – Queridos amigos, ante todo quisiera expresar mi gran alegría porque aquí están reunidos sacerdotes de todas partes del mundo, en la alegría de nuestra vocación y en la disponibilidad de servir con todas nuestras fuerzas al Señor, en este nuestro tiempo. Respecto a la pregunta: soy bien consciente de que hoy es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad; las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales... es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco. Y así, realmente, nos preguntamos a dónde ir, como usted ha dicho. Pero quisiera decir, ante todo: sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos, y a estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran “gracias”, en este momento.
Dije que no es posible hacer todo lo que se desea, que se debería hacer, porque nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada. Yo creo que, sobre todo, es importante que los fieles puedan ver que este sacerdote no hace solo un “oficio”, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo. Si los fieles ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco. Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos. Si esto existe, se entiende y se puede también ver la imposibilidad de hacer todo.
Por tanto, estar llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser es la primera condición. Después se deben tomar decisiones, tener prioridades, ver lo que es posible y lo que es imposible. Diría que las tres prioridades fundamentales las conocemos: son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo dominical, en cuanto sea posible, para todos, y celebrarla de forma que se convierta en realmente en visible el acto de amor del Señor por nosotros. Después, el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. El tercer punto es la "caritas", el amor de Cristo: estar presentes para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas con dificultad, para los marginados; hacer realmente presente el amor del Buen Pastor. Y después, una prioridad muy importante es también la relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre, leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se dio verdaderamente a sí mismo, y que nos dice, a todos los sacerdotes: “No descuides tu propia alma: si la propia alma está descuidada, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por tanto, también debes tener tiempo para ti mismo, ara tu alma", o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco, también en representación d ella gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo de rezar. La oración personal, sobre todo la liturgia de las Horas, es el alimento fundamental para nuestra alma, para todas nuestras acciones. Y, finalmente, reconocer nuestros límites, abrirnos también a esta humildad. Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban “estresados”, querían hacer todo, y el Señor dice: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco" (cfr Mc 6,31). También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar. Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el amino. El Señor nos ayudará. ¡Gracias a todos vosotros!
África:
P. – Santidad, soy Mathias Agnero y vengo desde África, precisamente desde Costa de Marfil. Usted es un Papa-teólogo, mientras que nosotros, cuando podemos, leemos apenas algún libro de teología para la formación. Nos parece, con todo, que se ha creado una fractura entre teología y doctrina y, aún más, entre teología y espiritualidad. Se siente la necesidad de que el estudio no sea tan académico sino que alimente nuestra espiritualidad. Sentimos necesidad de esto en nuestro propio ministerio pastoral. Quizás la teo-logía no parezca tener a Dios en el centro y a Jesucristo como primer “lugar teológico”, sino que tenga en cambio los gustos y las tendencias difuminadas; y la consecuencia es la proliferación de opiniones subjetivas que permiten la introducción, también en la Iglesia, de un pensamiento no católico. ¿Cómo no desorientarnos en nuestra vida y en nuestro ministerio, cuando es el mundo el que juzga a la fe y no al revés? ¡Nos sentimos “descentrados”!
R. – Gracias. Usted toca un problema muy difícil y doloroso. Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado. Ya san Buenaventura distinguió dos formas de teología, en su tiempo; dijo: “hay una teología que viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”. Existe realmente este abuso de la teología, que es arrogancia de la razón y no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo. Después hay una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo.
En realidad, las tentaciones hoy son grandes; sobre todo se impone la llamada “visión moderna del mundo” (Bultmann, modernes Weltbild), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible. Y así, precisamente con este criterio de que todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo, se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe. ¿Qué hacer? Yo diría ante todo a los teólogos: tened valor. Y quisiera decir un gran “gracias” también a muchos teólogos que hacen un buen trabajo. Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran “gracias”. Y diría a los teólogos en general: "¡no tengáis miedo de este fantasma de la cientificidad!". Yo sigo la teología desde 46; comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas. Por tanto, tener el valor de resistir a la aparente cientificidad, de no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad. Sobre todo, también, ¡no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera! Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente. Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser. Esto me parece de gran importancia.
Por tanto, es necesario tener el valor de la razón amplia, grande, tener la humildad de no someterse a todas las hipótesis del momento, vivir de la gran fe de la Iglesia de todos los tiempos. No existe una mayoría contra la mayoría de los Santos: ¡la verdadera mayoría con los Santos de la Iglesia, y a los Santos debemos orientarnos! Después, a los seminaristas y sacerdotes digo lo mismo: pensad que la Sagrada Escritura no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios. El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente. Tengamos confianza en este Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa, que nos representa la presencia de la Palabra. Y tengamos también confianza en la vida de la Iglesia y, sobre todo, debemos ser críticos.
Ciertamente la formación teológica – esto quisiera decir a los seminaristas – es muy importante. En nuestro tiempo debemos conocer bien la Sagrada Escritura, también precisamente contra los ataques de las sectas; debemos ser realmente amigos de la Palabra. Debemos conocer también las corrientes de nuestro tiempo para poder responder razonablemente, para poder dar – como dice san Pedro - “razón de nuestra fe”. La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías. El Papa Juan Pablo II nos dio un criterio absolutamente seguro en el Catecismo de la Iglesia Católica: aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver donde va una teología aceptable o no aceptable. Por tanto, recomendamos la lectura, el estudio de este texto, y así podremos seguir adelante con una teología crítica en el sentido positivo, es decir, crítica contra las tendencias de la moda y abiertas a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo.

Europa:
P. – Padre Santo, soy don Karol Miklosko y vengo desde Europa, precisamente desde Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la Santa Misa me encuentro a mi mismo y comprendo que allí encuentro mi identidad y la raíz y energía de mi ministerio. El sacrificio de la Cruz me revela al Buen Pastor, que lo da todo por el rebaño, por cada oveja, y cuando digo: “Éste es mi cuerpo … esta es mi sangre" dada y derramada en sacrificio por vosotros, entonces comprendo la belleza del celibato y de la obediencia, que prometí libremente en el momento de la ordenación. Aún con las naturales dificultades, el celibato me parece obvio, mirando a Cristo, pero me siento trastornado al leer tantas críticas mundanas a este don. Le pido humildemente, Padre Santo, que nos ilumine sobre la profundidad y sobre el sentido auténtico del celibato eclesiástico.
R. – Gracias por las dos partes de su pregunta. La primera, en la que muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda que muestra todas las dificultades en las que nos encontramos en nuestro tiempo. Es importante la primera parte, es decir: el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración cotidiana de la Santa Eucaristía; y aquí son centrales las palabras de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi Sangre”; es decir, hablamos in persona Christi. Cristo nos permite usar su “yo”, hablamos en el “yo” de Cristo, Cristo nos “atrae hacia sí” y nos permite unirnos, nos une con su “yo”. Y así, a través de esta acción, este hecho de que Él nos “atrae” a sí mismo, de forma que nuestro “yo” queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su Sacerdocio; así Él es realmente siempre el único Sacerdote, y aún muy presente en el mundo, porque nos “atrae” en sí mismo y así hace presente su misión sacerdotal. Esto quiere decir que somos atraídos al Dios de Cristo: es esta unión con su “yo” que se realiza en las palabras de la consagración. También en el “yo te absuelvo” – porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados – es el “yo” de Cristo, de Dio, el único que puede absolver.
Esta unificación de su “yo” con el nuestro implica que somos “atraídos” también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Je´sus habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio (cfr Mt 22,23-32). Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del “yo” de Cristo con nosotros, de este ser “sacados” hacia el mundo de la resurrección. En este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendamos este tiempo y sigamos adelante, y así nos “atraemos” a nosotros mismos y a nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la vida buena y verdadera.
Por tanto, el celibato es una anticipación hecha posible por la gracia del Señor, que nos “atrae” a si hacia el mundo de la resurrección; nos invita siempre de nuevo a trascendernos a nosotros mismos, este presente, hacia el verdadero presente del futuro, que se convierte en presente hoy. Y aquí estaos en un punto muy importante. Un gran problema de la cristiandad en el mundo de hoy es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura.
Y conozcamos ahora las críticas mundanas de las que usted ha hablado. Es verdad que para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer! En un cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse. Pero este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida; es por tanto un "no" al vínculo, un "no" a la definitividad, un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un "sí" definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor, en su “yo”, y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este "no", de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el "sí" definitivo que supone, confirma el "sé" definitivo del matrimonio. Y este matrimonio es la forma bíblica, la forma natural del ser hombre y mujer, fundamento de la gran cultura cristiana, de las grandes culturas del mundo. Y si desaparece esto, se destruirá también la raíz de nuestra cultura. Por ello el celibato confirma el "sí" del matrimonio con su "sí" al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios. Sabemos que junto a este gran escándalo, que el mundo no quiere ver, están también los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: “¡Pero no viven realmente fundados en Dios!”. ¡Pero hay mucha fidelidad! El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo. Oremos al Señor para que nos ayude a hacernos libres de los escándalos secundarios, para que se haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo!

Asia
P. – Santo Padre, soy don Atsushi Yamashita y vengo desde Asia, precisamente desde Japón. El modelo de sacerdote que Su Santidad nos ha propuesto este Año, el Cura de Ars, ve en el centro de la existencia y del ministerio la Eucaristía, la Penitencia sacramental y personal y el amor al culto, dignamente celebrado. He visto los signos de la austera pobreza de san Juan María Vianney y también de su pasión por las cosas preciosas para el culto. ¿Cómo vivir estas dimensiones fundamentales de nuestra existencia sacerdotal, sin caer en el clericalismo o en una alienación de la realidad, que el mundo de hoy no permite?
R. – Gracias. Por tanto, la pregunta es cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas. Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo. Debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo, deja – como dice la Carta a los Filipenses – su propia gloria, sale y desciende hasta ser uno de nosotros, y desciende hasta la muerte en la Cruz (cfr Fil 2). La aventura del amor de Dios, que deja, se abandona a sí mismo para estar con nosotros – esto se hace presente en la Eucaristía; el gran acto, la gran aventura del amor de Dios y la humildad de Dios que se dona a nosotros. En este sentido la Eucaristía debe considerarse como el entrar en este camino de Dios. San Agustín dice, en el De Civitate Dei, libro X: "Hoc est sacrificium Christianorum: multi unum corpus in Christo", es decir: el sacrificio de los cristianos es el estar unidos por el amor de Cristo en la unidad del único cuerpo de Cristo.
El sacrificio consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos intentar celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de liberación de mi “yo”: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Y por tanto, la Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos. Pensemos también en la Madre Teresa, verdaderamente el ejemplo más grande de este siglo, en este tiempo, de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados. Pero Madre Teresa que nos dio este ejemplo, la comunidad que sigue sus huellas suponía siempre como primera condición de una fundación suya la presencia de un tabernáculo. Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos. En este sentido, diría: vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo.
Oceanía
P. – Beatísimo Padre, soy don Anthony Denton y vengo desde Oceanía, desde Australia. Esta noche aquí estamos muchísimos sacerdotes. Sin embargo, sabemos que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varios lugares del mundo nos espera una bajada, incluso brusca. ¿Qué hacer de verdaderamente eficaz por las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, en lo que hay en ella de grande y de bello, a un joven de nuestro tiempo?
R. – Gracias. Realmente usted toca de nuevo un problema grande y doloroso de nuestro tiempo: la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos. ¿Qué hacer? La tentación es grande: de tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil. Pero es una tentación, esta, que no resuelve el problema. Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos espera a Samuel para el necesario sacrificio a Dios. Y cuando Samuel, en el momento esperado, no viene, él mismo realiza el sacrificio, aun no siendo sacerdote (cfr 1Sam 13); piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios. Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro “hacer” no resolveremos nada. Tanto más debemos – como nos invita el Señor – rezar a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios, para que nos de vocaciones; rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros hemos previsto. Este me parece el primer punto: animar a los fieles a tener esta humildad, esta confianza, este valor de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos de sacerdotes.
Además de esto diría quizás tres puntos. El primero: cada uno de nosotros debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente, de tal manera que los jóvenes puedan decir: esta es una verdadera vocación, así se puede vivir, así se hace algo esencial para el mundo. Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo. Por tanto, este es el primer punto: intentemos ser nosotros mismos sacerdotes convincentes. El segundo punto es que debemos invitar, como ya he dicho, a la iniciativa de la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con fuerza, con decisión. El tercer punto: tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina; hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir. El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida, “el” modelo de vida, y por tanto ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia – la comunidad en parroquia – u otros contextos en los que realmente estén rodeados por la fe, por el amor de Dios, y puedan estar abiertos para que la vocación de Dios llegue y les ayude. Por lo demás, damos gracias a Dios por todos los seminaristas de nuestro tiempo, por los jóvenes sacerdotes, y oramos. ¡El Señor nos ayudará! ¡Gracias a todos vosotros!

Audiencia general (26-V-2010): Munus regendi


Queridos hermanos y hermanas:
El Año sacerdotal está llegando a su término; por este motivo en las últimas catequesis había comenzado a hablar sobre las tareas esenciales del sacerdote, es decir: enseñar, santificar y gobernar. Ya he dedicado dos catequesis a este tema, una al ministerio de la santificación —los sacramentos, sobre todo—, y una al de la enseñanza. Por tanto, me queda hablar hoy sobre la misión del sacerdote de gobernar, de guiar, con la autoridad de Cristo, no con la propia, a la porción del pueblo que Dios le ha encomendado.
¿Cómo comprender en la cultura contemporánea esta dimensión, que implica el concepto de autoridad y tiene origen en el mandato mismo del Señor de apacentar su rebaño? ¿Qué es realmente, para nosotros los cristianos, la autoridad? Las experiencias culturales, políticas e históricas del pasado reciente, sobre todo las dictaduras en Europa del este y del oeste en el siglo XX, han hecho al hombre contemporáneo desconfiado respecto a este concepto. Una desconfianza que, no pocas veces, se manifiesta sosteniendo como necesario el abandono de toda autoridad que no venga exclusivamente de los hombres y esté sometida a ellos, controlada por ellos. Pero precisamente la mirada sobre los regímenes que en el siglo pasado sembraron terror y muerte recuerda con fuerza que la autoridad, en todo ámbito, cuando se ejerce sin una referencia a lo trascendente, si prescinde de la autoridad suprema, que es Dios mismo, acaba inevitablemente por volverse contra el hombre. Es importante, por tanto, reconocer que la autoridad humana nunca es un fin, sino siempre y sólo un medio, y que necesariamente, en toda época, el fin siempre es la persona, creada por Dios con su propia intangible dignidad y llamada a relacionarse con su creador, en el camino terreno de la existencia y en la vida eterna; es una autoridad ejercida en la responsabilidad delante de Dios, del Creador. Una autoridad entendida así, que tenga como único objetivo servir al verdadero bien de las personas y ser transparencia del único Sumo Bien que es Dios, no sólo no es extraña a los hombres, sino, al contrario, es una ayuda preciosa en el camino hacia la plena realización en Cristo, hacia la salvación.
La Iglesia está llamada y comprometida a ejercer este tipo de autoridad, que es servicio, y no la ejerce a título personal, sino en el nombre de Jesucristo, que recibió del Padre todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28, 18). A través de los pastores de la Iglesia, en efecto, Cristo apacienta su rebaño: es él quien lo guía, lo protege y lo corrige, porque lo ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio apostólico, hoy los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus colaboradores más valiosos, participen en esta misión suya de hacerse cargo del pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana o, como dice el Concilio, «procurando personalmente, o por medio de otros, que cada uno de los fieles sea conducido en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y diligente y a la libertad con que Cristo nos liberó» (Presbyterorum ordinis, 6). Todo pastor, por tanto, es el medio a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante nuestro ministerio —queridos sacerdotes—, a través de nosotros, el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, dice: «Apacentar el rebaño del Señor ha de ser compromiso de amor» (123, 5); esta es la norma suprema de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y solícito por los lejanos (cf. san Agustín, Sermón 340, 1; Sermón 46, 15), delicado con los más débiles, los pequeños, los sencillos, los pecadores, para manifestar la misericordia infinita de Dios con las tranquilizadoras palabras de la esperanza (cf. id., Carta 95, 1).
Aunque esta tarea pastoral esté fundada en el Sacramento, su eficacia no es independiente de la existencia personal del presbítero. Para ser pastor según el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15) es necesario un profundo arraigo en la viva amistad con Cristo, no sólo de la inteligencia, sino también de la libertad y de la voluntad, una conciencia clara de la identidad recibida en la ordenación sacerdotal, una disponibilidad incondicional a llevar al rebaño encomendado al lugar a donde el Señor quiere y no en la dirección que, aparentemente, parece más conveniente o más fácil. Esto requiere, ante todo, la continua y progresiva disponibilidad a dejar que Cristo mismo gobierne la existencia sacerdotal de los presbíteros. En efecto, nadie es realmente capaz de apacentar el rebaño de Cristo, si no vive una obediencia profunda y real a Cristo y a la Iglesia, y la docilidad del pueblo a sus sacerdotes depende de la docilidad de los sacerdotes a Cristo; por esto, en la base del ministerio pastoral está siempre el encuentro personal y constante con el Señor, el conocimiento profundo de él, el conformar la propia voluntad a la voluntad de Cristo.
En las últimas décadas se ha utilizado a menudo el adjetivo «pastoral» casi en oposición al concepto de «jerárquico», al igual que, en la misma contraposición, se ha interpretado también la idea de «comunión». Quizá este es el punto en el que puede ser útil una breve observación sobre la palabra «jerarquía», que es la designación tradicional de la estructura de autoridad sacramental en la Iglesia, ordenada según los tres niveles del sacramento del Orden: episcopado, presbiterado y diaconado. En la opinión pública prevalece, para esta realidad «jerarquía», el elemento de subordinación y el elemento jurídico; por eso, a muchos les parece que la idea de jerarquía está en contraste con la flexibilidad y la vitalidad del sentido pastoral y que también es contraria a la humildad del Evangelio. Pero esto es un sentido mal entendido de la jerarquía, históricamente causado también por abusos de autoridad y por un afán de hacer carrera, que son precisamente eso, abusos, y no derivan del ser mismo de la realidad «jerarquía». La opinión común es que «jerarquía» es siempre algo vinculado al dominio y que, de ese modo, no corresponde al verdadero sentido de la Iglesia, de la unidad en el amor de Cristo. Pero, como he dicho, esta es una interpretación errónea, que tiene su origen en abusos de la historia, pero no responde al verdadero significado de lo que es la jerarquía. Comencemos con la palabra. Generalmente se dice que el significado de la palabra jerarquía sería «dominio sagrado», pero el verdadero significado no es este, es «origen sagrado», es decir: esta autoridad no viene del hombre, sino que tiene origen en lo sagrado, en el Sacramento; por tanto, somete la persona a la vocación, al misterio de Cristo; convierte al individuo en un servidor de Cristo y sólo en cuanto servidor de Cristo este puede gobernar, guiar por Cristo y con Cristo. Por esto, quien entra en el Orden sagrado del Sacramento, en la «jerarquía», no es un autócrata, sino que entra en un vínculo nuevo de obediencia a Cristo: está vinculado a él en comunión con los demás miembros del Orden sagrado, del sacerdocio. Tampoco el Papa —punto de referencia de todos los demás pastores y de la comunión de la Iglesia— puede hacer lo que quiera; al contrario, el Papa es el custodio de la obediencia a Cristo, a su palabra resumida en la regula fidei, en el Credo de la Iglesia, y debe preceder en la obediencia a Cristo y a su Iglesia. Jerarquía implica, por tanto, un triple vínculo: ante todo, el vínculo con Cristo y el orden que el Señor dio a su Iglesia; en segundo lugar, el vínculo con los demás pastores en la única comunión de la Iglesia; y, por último, el vínculo con los fieles encomendados a la persona, en el orden de la Iglesia.
Por consiguiente, se comprende que comunión y jerarquía no son contrarias entre sí, sino que se condicionan. Son una cosa sola (comunión jerárquica). El pastor, por tanto, es pastor guiando y custodiando la grey, y a veces impidiendo que se disperse. Fuera de una visión clara y explícitamente sobrenatural, no es comprensible la tarea de gobernar propia de los sacerdotes. En cambio, sostenida por el verdadero amor por la salvación de cada fiel, es especialmente valiosa y necesaria también en nuestro tiempo. Si el fin es transmitir el anuncio de Cristo y llevar a los hombres al encuentro salvífico con él para que tengan vida, la tarea de guiar se configura como un servicio vivido en una entrega total para la edificación de la grey en la verdad y en la santidad, a menudo yendo contracorriente y recordando que el mayor debe hacerse como el menor y el superior como el servidor (cf. Lumen gentium, 27).
¿De dónde puede sacar hoy un sacerdote la fuerza para el ejercicio del propio ministerio en la plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia, con una dedicación total a la grey? Sólo hay una respuesta: en Cristo Señor. El modo de gobernar de Jesús no es el dominio, sino el servicio humilde y amoroso del lavatorio de los pies, y la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, sino que alcanza su culmen en el madero de la cruz, que se convierte en juicio para el mundo y punto de referencia para el ejercicio de la autoridad que sea expresión verdadera de la caridad pastoral. Los santos, y entre ellos san Juan María Vianney, han ejercido con amor y entrega la tarea de cuidar la porción del pueblo de Dios que se les ha encomendado, mostrando también que eran hombres fuertes y determinados, con el único objetivo de promover el verdadero bien de las almas, capaces de pagar en persona, hasta el martirio, por permanecer fieles a la verdad y a la justicia del Evangelio.
Queridos sacerdotes, «apacentad la grey de Dios que os está encomendada (...); no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón (…) siendo modelos de la grey» (1 P 5, 2-3). Por tanto, no tengáis miedo de llevar a Cristo a cada uno de los hermanos que él os ha encomendado, seguros de que toda palabra y toda actitud, si vienen de la obediencia a la voluntad de Dios, darán fruto; vivid apreciando las cualidades y reconociendo los límites de la cultura en la que estamos inmersos, con la firme certeza de que el anuncio del Evangelio es el mayor servicio que se puede hacer al hombre. En efecto, en esta vida terrena no hay bien mayor que llevar a los hombres a Dios, despertar la fe, sacar al hombre de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y del mundo: en definitiva, este es el sentido profundo y último de la tarea de gobernar que el Señor nos ha encomendado. Se trata de formar a Cristo en los creyentes, mediante ese proceso de santificación que es conversión de los criterios, de la escala de valores, de las actitudes, para dejar que Cristo viva en cada fiel. San Pablo resume así su acción pastoral: «Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4, 19).
Queridos hermanos y hermanas, quiero invitaros a rezar por mí, Sucesor de Pedro, que tengo una tarea específica de gobernar la Iglesia de Cristo, así como por todos vuestros obispos y sacerdotes. Rezad para que sepamos cuidar de todas las ovejas, también de las perdidas, del rebaño que se nos ha confiado. A vosotros, queridos sacerdotes, os dirijo mi cordial invitación a las celebraciones conclusivas del Año sacerdotal, los días 9, 10 y 11 del próximo mes de junio, aquí en Roma: meditaremos sobre la conversión y sobre la misión, sobre el don del Espíritu Santo y sobre la relación con María santísima, y renovaremos nuestras promesas sacerdotales, sostenidos por todo el pueblo de Dios. Gracias.

sábado, 5 de junio de 2010

6 días ante Jesús Eucaristía por los sacerdotes


Oración inicial:

Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, que quisiste perpetuarte entre nosotros por medio de tus Sacerdotes, haz que sus palabras sean sólo las tuyas, que sus gestos sean los tuyos, que su vida sea fiel reflejo de la tuya. Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres y hablen a los hombres de Dios.
Que non tengan miedo al servicio, sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo, caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos, celosos de su vocación y de su entrega, claros espejos de la propia identidad y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María: Ella que estuvo presente en tu vida estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen.

  • Para que los sacerdotes traten de hacerse perfectos como el Padre celestial es perfecto: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que la Santa Misa sea ofrecida continuamente por la vida y necesidades del mundo: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que podamos recibir a Jesús Eucaristía y podamos adorarlo:
    Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que el Evangelio sea proclamado fielmente y sin descanso:
    Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que podamos recibir en el Sacramento de la Confesión el perdón de los pecados y encontremos en él nuestra paz y felicidad: Señor, danos Sacerdotes santos.
  • Para que los obispos y sacerdotes sean fieles hijos del Papa y lo obedezcan: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que toda vida humana sea protegida y defendida como sagrada:
    Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que la misericordia de Dios se extienda a los pecadores, moribundos y difuntos: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que la juventud tenga ayuda para crecer libre de las drogas y toda adición y sean guiados por el buen camino: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que los encarcelados, los ancianos y los sin techo encuentren fe y esperanza en Cristo: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que el amor de Cristo sane a los desamparados, a los que guardan cama y los enfermos: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que Cristo sea la meta y el gozo de los jóvenes: Señor, danos sacerdotes santos.
  • Para que los que han oído la llamada de Dios la sigan: Señor, danos sacerdotes santos.

Oración conclusiva:

Oh Dios, Santificador y Guía de tu Iglesia, suscita en Ella, mediante tu Espíritu, idóneos y fieles dispensadores de tus misterios, para que, bajo tu protección, con su ministerio y con el ejemplo, acompañen a todos los cristianos hacia el camino de la salvación.

Oh Dios, que mandaste escoger entre aquellos discípulos que oraban y ayunaban a Saulo y a Bernabé para el ministerio por ti escogido, haz lo mismo ahora con tu Iglesia orante y Tú, que conoces nuestros corazones, muéstranos a quienes eliges para tu ministerio.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

1° DIA ............................

Divino Corazón de Jesús, Corazón lleno de celo por la gloria del Eterno Padre, te rogamos por todos los sacerdotes. En tu Corazón Sagrado llénalos de fe, de celo, de pureza, de bondad, de amor y de caridad apostólica. Amén.

- Para que los pastores apacienten tu grey según tu corazón Te rogamos, escúchanos
- Para que los llenes de tu espíritu sacerdotal Te rogamos, escúchanos
- Para que quienes han sido fieles al ministerio reciban el premio eterno Te rogamos, escúchanos

2° DÍA .........................

¡OH Jesús, que mostrando a tus discípulos los campos llenos de mieses y lamentándose de la escasez de ministros tuyos, les mandabas hacer oración para que el Dueño Divino enviase operarios a su mies! Hoy venimos a cumplir este deseo de tu Corazón, suplicándote que nos concedas muchos y santos sacerdotes. Amen

- Para que los labios sacerdotales proclamen tu ciencia Te rogamos, escúchanos
- Para que envíes obreros que fielmente cultiven tu mies Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes multiplicar los dispensadores de tus misterios Te rogamos, escúchanos

3° DÍA .....................................

¡OH Jesús, Redentor nuestro! por tu Sangre divina, por tus trabajos y sufrimientos, por tu Pasión y acerba muerte, escúchanos y concede lo que te pedimos, dándonos muchos y dignos sacerdotes. Corazón Inmaculado de María, Esperanza nuestra, Glorioso San José Padre nutricio del Salvador, y todos los Ángeles y Santos de Dios, interponed vuestras súplicas para que seamos dignos de recibir los sacerdotes que necesitamos. Amén.

- Para que perseveren siempre en tu voluntad Te rogamos, escúchanos
- Para que perseveren en su ministerio con docilidad, sean prontos a donarse y constantes en la oración Te rogamos, escúchanos
- Para que por ellos se promueva el culto al Santísimo Sacramento Te rogamos, escúchanos

4° DÍA ...............................

¡OH Jesús, Eterno Sacerdote! guarda puros los corazones de tus sacerdotes, marcados con el sello sublime del Sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, que tu santo Amor los proteja de todo peligro.
Bendice sus trabajos y que el fruto de sus desvelos sea la salvación de muchas almas, que serán su consuelo aquí y su corona eterna.
Amén

- Para que te dignes conceder a tu pueblo pastores según tu Corazón Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes llenarlos del espíritu de tu sacerdocio Te rogamos, escúchanos
- Para que los labios de tus ministros guarden tus enseñanzas Te rogamos, escúchanos

5° DÍA .................................

Te ofrecemos, ¡OH Padre!, en favor de los Sacerdotes, y por las manos purísimas de María, la Sangre preciosa de Jesús, que purifica, redime y salva. Y Tú, Espíritu Santo, que tanto amas a la Iglesia y que eres su alma y su vida, dígnate escuchar las súplicas que hacemos por ellos. Te lo pedimos por María Inmaculada, auxilio, consuelo, espejo y guía de todos los Sacerdotes. Amén

- Para que te dignes enviar fieles operarios para tu mies Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes multiplicar los fieles dispensadores de tus misterios Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes darles un servicio perseverante en tu voluntad Te rogamos, escúchanos

6° DÍA .........................................

Señor, hoy también hay un inmenso gentío que camina maltrecho y como ovejas sin pastor, hoy también la mies es mucha y pocos los braceros. Tú, que nos dijiste que en esos momentos rogáramos al Dueño para que enviase braceros a su mies, escucha nuestra oración: Jesús, María y José, santificad a los Sacerdotes y salvad todas las almas. Amén.

- Para que te dignes concederles mansedumbre en el ministerio, acierto en la acción y constancia en la oración Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes promover por medio de ellos el culto al Santísimo Sacramento en todo lugar Te rogamos, escúchanos
- Para que te dignes acoger en tu reino a aquellos que te sirvieron dignamente Te rogamos, escúchanos

QUINQUENARIO A SAN JUAN MARÍA VIANNEY


“Los católicos conocen por su propia experiencia, que las novenas no son algo pagano, supersticioso o sólo derivado de la costumbre, sino uno de los mejores medios para obtener gracias celestiales, y en lo que se incluye la intersección de Nuestra Señora y de todos los santos.”
Benedicto XIV
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Para todos los días:

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Oración de inicio
Oración del Papa Juan Pablo II a la Virgen Santísima por la santificación de los Sacerdotes
OH María, Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes: acepta este título con el que hoy te honramos para exaltar tu maternidad y contemplar contigo el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos, OH Santa Madre de Dios.
Madre de Cristo, que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne por la unción del Espíritu Santo para salvar a los pobres y contritos de corazón: custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes, OH Madre del Salvador.
Madre de la fe, que acompañaste al templo al Hijo del hombre, en cumplimiento de las promesas hechas a nuestros Padres: presenta a Dios Padre, para su gloria, a los sacerdotes de tu Hijo, OH Arca de la Alianza.
Madre de la Iglesia, que con los discípulos en el Cenáculo implorabas el Espíritu para el nuevo Pueblo y sus Pastores: alcanza para el orden de los presbíteros la plenitud de los dones, OH Reina de los Apóstoles.
Madre de Jesucristo, que estuviste con Él al comienzo de su vida y de su misión, lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre, lo acompañaste en la cruz, exhausto por el sacrificio único y eterno, y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo: acoge desde el principio a los llamados al sacerdocio, protégelos en su formación y acompaña a tus hijos en su vida y en su ministerio, OH Madre de los sacerdotes.
Amén.
Oración final
Oración para el Año Sacerdotal de los Obispos Argentinos
Jesús, Buen Pastor, que has querido guiar a tu pueblo mediante el ministerio de los sacerdotes: ¡gracias por este regalo para tu Iglesia y para el mundo!
Te pedimos por quienes has llamado a ser tus ministros: cuídalos y concédeles el ser fieles.
Que sepan estar en medio y delante de tu pueblo, siguiendo tus huellas e irradiando tus mismos sentimientos.
Te rogamos por quienes se están preparando para servir como pastores que sean disponibles y generosos para dejarse moldear según tu corazón.
Te pedimos por los jóvenes a quienes también hoy llamas: que sepan escucharte y tengan el coraje de responderte, que no sean indiferentes a tu mirada tierna y comprometedora, que te descubran como el verdadero Tesoro y estén dispuestos a dar la vida "hasta el extremo".
Te lo pedimos junto con María, nuestra Madre de Luján, y San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, en este Año Sacerdotal. Amén.
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PRIMER DÍA

Querido San Juan-María Vianney, Cura de Ars, dirígete al Inmaculado Corazón de María. Pídele que interceda por los sacerdotes ante Su Amado Hijo. Concede que a todos los sacerdotes se les dé una divina interiorización en las almas de aquellos que tienen a su cargo. Dales perseverancia y fortaleza para enfrentar sus deberes sacerdotales. Mantenlos a salvo de la perversidad del mundo. Amén.
Ave María...
SEGUNDO DIA
Querido San Juan-María Vianney, Cura de Ars, toca a los sacerdotes del mundo con un gran celo por las almas. Acércalos al Divino Corazón de Jesús, tan inflamado de amor por la humanidad. Dales la gracia para discernir lo que es mejor para cada alma que ellos toquen. Dales paz de mente y corazón. Amén.
Ave María...
TERCER DÍA

Querido San Juan-María Vianney, Cura de Ars, pídele a Jesús que otorgue a todos los sacerdotes un gran amor por la pobreza, como tú, para que puedan alcanzar la riqueza de los dones del Espíritu Santo. Te lo pedimos en el Santísimo Nombre de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Amén.
Ave María...
CUARTO DÍA

Querido San Juan-María Vianney, Cura de Ars, intercede en nombre de todos los sacerdotes. Ayúdalos a perseverar en una vida que sea santa, respetando sus votos y, sobre todo, en hacer penitencia por la conversión de su rebaño. Te lo pedimos humildemente. Toca el Inmaculado Corazón de María con nuestra súplica.
Amén.
Ave María...

QUINTO DÍA

Querido San Juan-María Vianney, Cura de Ars, mantente atento a las necesidades de tus hermanos sacerdotes. Intercede en nombre de todos los sacerdotes y ruega a Jesús, por medio del Inmaculado Corazón de María, para que tus hermanos reciban lo mejor de todo, el don del amor. Amén.
Ave María...

viernes, 4 de junio de 2010

P. Jose Antonio Foschiatti: Homilía para la Solemnidad del Corpus Christi en el año sacerdotal-



Lecturas:
Génesis 14, 18-20.
Salmo 109, 1-4.
I Corintios 11, 23-26.
Evangelio según San Lucas 9, 11-17
Milagros Eucarísticos:
Santa Juliana y la luna, el Cura falto de fe y la canción de amor de Tomás.
La celebración del Corpus Christi brota de una necesidad del pueblo cristiano de agradecer, de alabar, de gozarse en el Don más admirable de Jesús, en el Don que es Jesús mismo…el Sacramento de su Amor. El Jueves Santo, Día luminoso de la Institución de la Eucaristía, quedaba como empañado en la tristeza de la partida del Señor, estaba lleno no sólo de la luz de la Caridad de Jesús, hasta el extremo, hasta el fin…sino que un abismo oscuro de traición, de infidelidad, pasando por el abandono, el rechazo, la agonía, la muerte horrenda de la Cruz, proyectan su sombra en el Cenáculo y en Getsemaní. La alegría completa prometida por Jesús sólo se nos regalará a través de su Cruz, de su muerte…es la Alegría eterna de su Pascua, de su Resurrección. Es la alegría eterna del Padre y del Hijo viviendo en nuestros corazones gracias al Espíritu[1], derramado como viento vivificante y lenguas de fuego que queman y transforman sin dar pena: “en Llama que consume y no da pena” (San Juan de la Cruz).
El pueblo cristiano necesitó “inventarse” una fiesta que sea una prolongación del Día del Amor, el Jueves Santo. Una fiesta en donde pudiera expresar todo su “asombro” ante este Don.

Varios signos del Cielo se aunaron en el radiante siglo XIII para que naciera esta solemnidad[2]. En primer lugar las revelaciones privadas de Santa Juliana de Mont Cornillón, monja de Lieja. Ésta había contemplado a la Iglesia como una bella luna – la Iglesia fue llamada por varios Padres como Mysterium lunae- en la que había una profunda mancha oscura. La Santa le pregunta al Señor el porqué de esa oscuridad que empañaba el resplandor pleno de la Iglesia. El Señor le respondió que esa oscuridad en la Luna, en la Iglesia, se vería plenificada de Luz[3] cuando se instituyera una fiesta para agradecer y alabar su Santísimo Sacramento del altar. De esta manera nace en Lieja, como fiesta diocesana, la celebración del Corpus Christi. Esta fiesta quiere ser un torrente de Luz y de Vida, una prolongación del Gozo pascual, un volverse al Sacramento de la Pascua, al Corazón palpitante de la Iglesia[4]: Jesús Eucaristía.

Otro gran signo del Cielo, que movió al Papa Urbano IV a instituir para toda la Iglesia esta solemnidad, fue el conmovedor milagro eucarístico de Bolsena en el año 1264. Un sacerdote de Praga acompañaba una peregrinación de fieles a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo. Este pobre sacerdote había decaído mucho en su fervor, por su negligencia había caído en terribles dudas de fe, vivía atormentado y –como es natural- atormentaba a sus entristecidos fieles. Celebraba el Santo Sacrificio de la Misa mecánicamente, con pereza, sin participación interior, sin la entrega de su corazón sacerdotal, sin esa asimilación vital de toda la persona a Jesús Sacerdote y Víctima. No obstante este sacerdote le pedía al Señor que se apiadara de él, que le quitara el aguijón de la duda. Su corazón era un verdadero campo de batalla en donde la Gracia atraía hacia el deseo de la Santidad, la plena configuración con Cristo y por otra parte otras fuerzas oscuras lo ataban a su egoísmo, a su amor propio, a su “racionalismo”.

El aguijón de la falta de fe nos puede afectar también a nosotros de tanto acostumbrarnos al Misterio, de tanta rutina ante lo tremendo y fascinante de Dios Amor. Cada día tendríamos que alimentar la lámpara de nuestra fe con la acción de gracias humilde y confiada. La fe es un Don gratuito del Amor del Señor, pero debemos hacernos recepción, un cofre precioso para la recepción de ese Don. ¿Alguna vez nos preguntamos lo desesperante que sería nuestra vida sin la fe? La fe es luz de Gracia y de Gozo que nos permite ver a Dios como a oscuras…verlo con los ojos interiores. La Fe es esa mirada amante que puede penetrar en el Dios escondido de la Eucaristía para llamarlo: ¡Dios mío y Señor mío![5]

Pero volvamos a nuestro amigo el cura bohemio…cercanos a Roma sus peregrinos quieren celebrar la Santa Misa –faltaba más era una peregrinación seria no un divertimento para sacar fotos- Llegan a un pueblito cercano a Orvieto llamado Bolsena, en ese entonces el Papa residía en Orvieto. El sacerdote comienza su Misa con la misma tibieza de siempre, con sus sospechas racionalistas, con el aguijón de su falta de fe, con la frustración de un sacerdocio no plenamente vivido ni entregado en el altar. No obstante el Señor, siempre fiel y misericordioso, quiso “salvar” a este pobre sacerdote, quiso iluminarlo como a Pablo camino a Damasco, quiso derribar sus silogismos y abrirlo a un gozoso: ¡Creo…Señor![6] Y además quiso hacer de su boca, que hacía tiempo que no vivía del Celo por el anuncio del Evangelio a sus hermanos, una trompeta sonora. Una trompeta que aún escuchamos a través de los siglos en nuestras gozosas procesiones del Corpus:

¡¡Mis hermanos: “Es el Señor”!! Sí, la Hostia Santa es el Señor. Allí está Él, el Amor Substancial. Es Él” ¡Dios está aquí! ¡Venid adoradores: adoremos a Cristo en el altar!

¿Cómo abrió el Señor los ojos de este sacerdote falto de fe? Mostrándole las Llagas de su Amor como a Tomás, el Dídimo. Llegado el momento de fraccionar la Hostia Santa, en el rito llamado de la commixtio, comienza a brotar un manantial de Sangre del Cuerpo del Señor. La Misa de ese pobre cura atormentado hacía presente el drama del Calvario[7]. Nuevamente el Costado abierto de Jesús en la Cruz comienza a manar. El torrente de la Gracia y la Misericordia brota del Cuerpo Inmolado y vivificante del Cordero. La Sangre preciosa, que brotaba de la Hostia Santa, se derramó sobre los corporales y en un cárdeno arroyuelo bajó por el altar hasta las gradas. Todavía hoy podemos besar adorantes esa Sangre perenne sellada como testimonio de amor en esas benditas gradas de mármol. ¡El Misterio del Calvario! ¡El Misterio del Amor hecho Presencia, desvelado totalmente! El Cuerpo herido del Señor que sana la herida de nuestra incredulidad. Ante esta maravilla el sacerdote sollozando comienza a gritar de admiración y de amor: “¡Dominus est![8]¡Sí, es el Señor! ¡El Señor está aquí!” Se pueden imaginar la conmoción de los fieles, las conversiones, los cantos de adoración, los generosos actos de reparación. Todo Bolsena, todo Orvieto en gozosa exclamación: ¡Amor, amor a Jesús! Es el gozo de redescubrir una Presencia, al Señor Resucitado que va delante de nosotros, que permanece en nosotros y con nosotros en este Sacramento de Amor, en esta Presencia del Amor. Presencia del Amor que es el compendio de la Vida de Jesús, que es la Fuerza salvadora de su Cruz, que es la Vivificación de su Resurrección, que contiene el Fuego del Espíritu que nos transforma en aquello mismo que recibimos: por la Eucaristía nos deificamos, nos cristificamos, nos pneumatizamos[9]. Vivimos de Jesús como Él vive del Padre[10].

El Papa Urbano IV quiso personalmente estudiar el milagro, ante los corporales teñidos en la Sangre preciosa se arrodilló reverentemente y envió exponerlos en bellísimo relicario que todavía hoy se venera en la magnifica catedral de Orvieto, toda ella erigida como memorial perpetuo de esta Misericordia del Señor. Ya estaba maduro el tiempo para que la fiesta del Corpus Christi pudiera completar la belleza del resplandor de la Luna de la Iglesia. El Papa decretó que el Jueves después del Domingo de la Santísima Trinidad se celebrara la Solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo, en la denominación se expresa todo el Misterio Eucarístico[11]. Corpus Christi es la fiesta del éxtasis de la Iglesia ante todo el Misterio Eucarístico[12].
La providencia amorosa de Dios quiso que por entonces se encontrara en Orvieto, desempeñándose como teólogo del Papa, nuestro buen hermano Tomás de Aquino, el Angélico Tomás. Y todos sabemos la bella historia de cómo el Papa organizó un verdadero torneo medieval de poetas. Le confió al Aquinate y al seráfico Buenaventura que compusieran los textos para la naciente festividad litúrgica. Debían componer los himnos, las antífonas, los responsorios, el invitatorio, la oración colecta, seleccionar la salmodia para los maitines, las lecturas bíblicas. Una verdadera teología litúrgica. Una teología en la belleza y para la belleza. Una liturgia que fuera reflejo de la Gloria del Dios Amor, una visión anticipada de la Cena de Bodas del Cordero inmolado y victorioso.

Sabemos que San Buenaventura intentó garabatear algo para ofrecerle al Papa, las obras del seráfico doctor respiran unción y calor místico pensemos tan sólo en su Itinerarium mentis in Deum, pero al escuchar algo de la poesía de Santo Tomás se retira humildemente del torneo, no quiere competir sino sumarse, hacer suyo el Canto de amor de Tomás, el canto de amor de la Iglesia a Jesús Eucaristía. Y aquí nace el otro gran milagro eucarístico del Corpus: milagro de amor, de belleza, de sinfonía de toda la Iglesia. En Santo Tomás toda la Iglesia resume en un canto de alabanza su éxtasis eucarístico. Conocemos los himnos eucarísticos de Santo Tomás, algunos tienen muy bellas traducciones. Poetas como Lope de Vega o José María Peman han intentado traducir lo más fiel y bellamente estos himnos pero sabemos que son intraducibles. Es lo mismo que traducir los poemas de San Juan de la Cruz al polaco o al sueco. La métrica, la musicalidad de las sílabas, las imágenes, la cadencia de sus ritmos hacen de estos himnos un relicario de piedras preciosas. Un relicario sí, pero no inerte sino pletórico de vida.

En estos himnos respira la oración de la Iglesia de todos los siglos. Desde el Padre abad que celebra de pontifical en su monasterio, con un coro perfecto de monjes, sonoro, grave, que entonan el Pange lingua…pasando por las escolanías de pueri cantores con voces argentinas, blancas, como tintineo de campanillas, hasta las voces simples, rudas, cansinas, de los labradores, de las almas de trabajo cotidiano y simple, de las benditas madres y abuelas en donde hemos mamado la fe y el amor al Sagrario. ¡Qué bella es la procesión del Corpus en San Juan de Letrán junto al Vicario de Cristo o en una perdida aldea campestre, en donde se organizan floridas estaciones para que los campos, las casas, las calles, la vida misma se conviertan en Eucaristía, en bendición por Jesús! ¡Qué Bella es la Vida con Cristo, caminando con Él, como en la procesión del Corpus! ¡Qué bella es la Fiesta de Dios! La Fiesta que su Amor ha preparado para nosotros.

Pange lingua, Panis angelicum, O Salutaris Hostia, Adórote devote, Tantum ergo: en estos himnos canta el justo Abel, inmolado junto a sus corderos como imagen de Jesús inmolado; canta Abraham en el sacrificio de su fe; canta Moisés inmolando el Cordero pascual, el Cordero de la redención “cuya Sangre consagra las puertas de los fieles”; nos canta el pueblo de Dios agradecido por la recepción del maná, el pan de los ángeles, que contiene todo deleite. En estos himnos cantamos al Niño de Belén, el pequeño trigo de Belén, que se nos dio a nosotros por medio de María[13]. Cantamos al Rey de las naciones[14] que derrama su Sangre preciosa para nuestra reconciliación. Aclamamos al Verbo del Padre hecho sembrador con su palabra de vida[15] por los caminos de Galilea, y hoy por los caminos del mundo. El Verbo de Vida hecho Carne para ser sembrador de la semilla del Reino. Cantamos al que, antes de ser entregado por la perfidia humana y la oscura tiniebla del corazón humano, se nos entrega voluntariamente[16] –siempre produce conmoción en mí cuando antes de la consagración pronunció esta palabra “qui cum passione voluntarie traderetur[17]” aquí está el meollo de nuestra salvación- en el cenáculo en su Cuerpo Inmolado y su Sangre derramada por nosotros. Cantamos al Verbo eterno que con su palabra ha llamado a la existencia a todas las cosas, que para recrearlas y elevar su condición ha querido encarnarse. Ahora el Verbo hecho carne con su palabra convierte[18] el pan en su Carne y el vino en su Sangre, para que tengamos Vida eterna y vivamos de Él.
Santo Tomás sigue cantando al Verbo eterno que es el Alimento de los ángeles, ellos se sacian de contemplar su Verdad y Sabiduría, que por su amor salvador se hace pan de los pobres. “Panis angelicus fit panis hominum”. Sigue cantando al Dios escondido[19] pero verdadero Emmanuel, Dios con nosotros de nuestros Sagrarios. Es el mismo Cuerpo Inmolado[20] en la Cruz ante el cuál le pedimos con el buen ladrón: ¡Jesús acuérdate de mí, cuando vengas en tu Reino! Es el Señor Resucitado que se acerca a nuestro corazón, a menudo tan cerrado y desconfiado, para curar nuestras heridas interiores como al apóstol Tomás: “Sí, Jesús, no te veo ahora como Tomás[21] pero la mirada penetrante de la fe me hace confesar al contemplarte en tu dulce Pan: Señor mío y Díos mío. Haz que mirándote pueda crecer en la fe, en la esperanza y te ame más y más. Qué no viva más que para amarte.”
Santo Tomás sigue confesando a Jesús Eucaristía: es la Hostia de Salvación, o sea la Víctima, el Sacrificio de Amor, que nos abre las puertas de la Vida, que es un anticipo y germen de la Gloria. Santo Tomás canta a Jesús Eucaristía como Amor dinámico, como Amor que nos envuelve y nos urge con su misma entrega: “Se nos dio naciendo como amigo y compañero, comiendo con nosotros en el cenáculo se nos dio como alimento, muriendo en la Cruz se nos dio como redención, reinando en la Vida como premio y corona se nos brinda.” Esta es una pálida traducción de la hondura del Aquinate en su Sacris solemnis, el himno de maitines.

Santo Tomás canta a Jesús Eucaristía como dulzura de los ángeles[22], como Maná bajado del cielo, como Cordero de la Nueva Pascua, de la Nueva ley de la Gracia, de la Caridad, como el Buen Pastor que haciéndose pasto para sus ovejas las abreva de su Vida, como Rey que ofrece el banquete de sus bodas místicas a todos los hombres, como la misteriosa Sabiduría creadora[23] que ha plantado su Tienda en Jacob, que se ha construido la Casa (la Iglesia), que ha plantado las siete columnas (los dones del Paráclito) y que invita a todos a beber de su Vino, el Vino mezclado de su Amor, el vino que embriaga y engendra vírgenes. Quién ha escuchado la melodía del Homo quidam (uno de los responsorios del oficio del Corpus) podrá gustar algo de la dulzura mística de esa Vino nuevo de la Mesa del Rey[24].

Por esto la solemnidad del Corpus es eminentemente dominicana, nace en el Corazón orante de la Iglesia, y Santo Domingo quiso vivir siempre “in medio ecclesiae”.

La Eucarística Catalina, que vivirá, por numerosos días, tan sólo del Cuerpo del Señor; la tierna virgencita Imelda, muerta de amor en la comunión; el ardiente Jacinto de Polonia misionando y caminado sin temores, gracias a la Eucaristía que llevaba y a la imagen de María; el glorioso Juan de Colonia derramando su sangre sacerdotal por defender la fe en la Presencia Real. El tan docto y paciente, a la vez que injustamente tratado, Bartolomé de Carranza, lumbrera eucarística del Concilio de Trento; las Misas extáticas de nuestros Santos y Beatos; la fuerte y osada Rosa de Lima velando y guardando el Santísimo, pronta a defenderlo con su vida ante los piratas holandeses que asolaban su Lima natal; las horas y horas de tierna adoración, auscultando el Corazón Eucarístico de Jesús que late y late y no cesará de latir, de Martín de Porres y Juan Macías, testigos de una irradiación eucarística social y humanizadora. Martín de Porres y Juan Macías, contemplativos eucarísticos de una sola pieza, pasan espontáneamente, sin dicotomías, sin vanas ideologías, de la contemplación del Cuerpo Eucarístico de Jesús a la contemplación y servicio de Jesús en el Cuerpo eucarístico y sufriente de los hermanos, de los que nadie quiere. El cuerpo de estos hermanos es también Cuerpo de Cristo. Todo ello se suma al Canto de Tomás.

Y yo humildemente, casi con lágrimas de emoción, te suplico Angélico Doctor: ¡Enséñanos a Cantar y a extasiarnos ante el Misterio del Amor Eucarístico! ¡Enséñanos a encontrar nuestro Cielo en la tierra en la Eucaristía! ¡Enséñanos a derrochar nuestro amor, nuestra ternura, nuestro arte, la belleza que nos regala la Iglesia para expresar al Señor nuestra gratitud y nuestro estupor ante Su Don! Tomás danos una pequeña centellita de tu corazón eucarístico para proclamar: “Quantus potes tantum aude quia major omni laude nec laudare sufficit”[25]. ¡Felíz Fiesta de Dios! ¡Felíz Corpus Christi para todos!


Nuestro agradecimiento al P. Marco Antonio Foschiatti OP.
Noviciado San Martín de Porres
Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires
Argentina


[1] Jn 17, 13.
[2] “Esta fe en la presencia eucarística del Señor producirá, precisamente en tiempo de Santo Tomás y con su participación, un fruto nuevo en la institución de la fiesta del “Cuerpo de Cristo” y en la práctica de la adoración eucarística, que esta fiesta ha difundido y mantenido en el pueblo cristiano. Es digno de destacar que el florecimiento de esta devoción haya reunido el fervor místico de una humilde religiosa de Lieja, Santa Juliana de Cornillón (1192- 1258), la ciencia teológica de la escolástica en su período más creador, representado por el doctor Angélico, y el compromiso más autorizado de la Iglesia en la persona del Papa Urbano IV (1200-1264), que fue arcediano en Lieja y tuvo a Tomás de Aquino como teólogo de la corte pontificia, en Viterbo y Orvieto.” Pinkaers, S, La Vida Espiritual, Eunsa.
[3] “La Iglesia vive del Cristo Eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, misterio de luz. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: Entonces de les abrieron los ojos y le reconocieron (Lc 24, 31)” Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía, n 6.
[4] “La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Por lo tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor. La Eucaristía encierra, en síntesis, el núcleo del Misterio de la Iglesia” Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía, n 1.
[5] Jn 20, 28.
[6] Jn 9, 38.
[7] “La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también de un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio…la Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la manifestación memorial (memorialis demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario. Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido propio: En efecto se trata de una sola e idéntica víctima y el mismo Jesús la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, Él que un día se ofreció a sí mismo en la Cruz: sólo es diverso el modo de ofrecerse” Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía, n 12-13
[8] Jn 21, 7.
[9] “Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu, y quién lo come con fe, como Fuego y Espíritu. Tomad y comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente” San Efrén, el Sirio, Homilía IV para la Semana Santa.
[10] Jn 6, 57.
[11] He escuchado críticas de algunos liturgistas diciendo que el nombre Corpus Christi no es correcto ya que centra solamente la fiesta en el Cuerpo del Señor. Cuando decimos Corpus Christi, y ésa fue la intención de la Iglesia desde siempre, hacemos referencia a la totalidad del Misterio Eucarístico, no lo reducimos. Pero bueno, siempre hay que tener alguna disputa.
[12] “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre muchos otros, aunque sea muy valioso, sino como el Don por excelencia, porque es Don de Sí mismo, de su Persona, de su Santa Humanidad y, además, de su obra de salvación...Misterio grande, Misterio de Misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega hasta el extremo (Jn 13,1), un amor que no conoce medida”. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n 11.
[13] “Nobis natus, nobis datus, ex intacta Virgine…”
[14] “Rex effudit Gentium”
[15] “sparso verbi semine”
[16] “cibum turbae duodenae se dat suis manibus”
[17] Plegaria eucarística II, adaptación de la antigua plegaria de la Traditio Apostólica de Hipólito Romano.
[18] “Verbum Caro panem verum verbo carnem efficit”
[19] Adórote devote, latens Deitas…Iesu quem velatum, nunc aspicio.
[20] Prosa eucarística Ave verum Corpus
[21] “Plagas sicut Thomas non intueor” Prosa Adórote devote.
[22] Ecce Panis angelorum. “He aquí el Pan de los ángeles”. (Secuencia Lauda Sion)
[23] Prov 9, 1-6 y Sir 24, 19-21.
[24] “In hac mensa novis Regi, novum Pascha, nove legis, phase vetus terminat” (Secuencia Lauda Sion).
[25] “Atrévete a alabarlo cuánto puedas, que por más que te esfuerces siempre será insuficiente tu alabanza ante la Magnitud de su Don” (Lauda Sión)