domingo, 28 de marzo de 2010

P. Marco Antonio Foschiatti O.P.: Meditación para el domingo de Ramos


“No temas, hija de Sión,
mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna…”


En la procesión del Domingo de Ramos, la fiesta más antigua y bella en honor de Cristo Rey, la Iglesia nos invita a la confianza y a la esperanza. ¡No temas pequeño rebaño! No temas grey dispersa y herida, viene tu Rey, viene el Pastor que congrega, salva y redime. En estas semanas cuaresmales nos ha buscado y llamado con sus silbos amorosos, nos ha rescatado de sombras y quebradas donde yacíamos perdidos. Nos ha cargado sobre sí, como Buen Samaritano, y hoy quiere introducirnos a la cercanía de su Mesa Pascual, en donde la Copa de su Sangre preciosa rebosa, dando vida y vida en abundancia.

En el Domingo de Ramos vivimos en plenitud lo que cantábamos en el Adviento: ¡Ya el Rey ha llegado, el Señor viene a visitar a su pueblo con la Paz! ¡Ya el deseado de las naciones está en medio de su pueblo y desde Sión extenderá su realeza salvadora!

La Iglesia quiere recibir a su Rey; Él viene a consumar su Misterio Pascual, viene a destruir los cerrojos de la muerte abriendo de par en par las puertas del Corazón de Dios al hombre herido y alejado de la Vida. Viene el Rey de Paz que en la entrega amorosa de su Vida será grande hasta los confines de la tierra y bendecirá a su pueblo con la Paz.

Con los jubilosos acordes de los “pueri hebraeorum” la Iglesia nos invita a hacernos como los niños hebreos al paso del Rey de paz: “Los niños hebreos, portando ramas de olivo, salieron al encuentro del Señor: clamando y diciendo: Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en el Nombre del Señor. Hosanna en las alturas.” El corazón del niño no vive de cálculos sino de admiración y asombro, de igual manera nuestros corazones deben admirarse del Rey amado y hermoso, deben abrirse en una pura alabanza y adoración por el cumplimiento de las Promesas del Señor. El Señor ha cumplido su palabra, nos ha dado un Rey eterno que vivirá eternamente en su presencia. Sólo si nuestro corazón se deja llevar por el júbilo y la alabanza ante Jesús, que viene voluntariamente a la Pasión por nuestra redención, podremos ir a lo profundo de este signo -tan sentido y querido por nuestro pueblo creyente- de portar ramos de olivo y palma para festejar la victoria del Rey, y para que la Victoria de Jesús nos guarde de todo mal y daño.
Los ramos de palmas y olivo fueron una profecía del futuro triunfo del Señor: “Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la resurrección de la Vida, proclamando con ramos de palmas:¡Hosanna en el cielo!” (antífona Ingrediente).
Estos ramitos son signo de su Resurrección, pero también son un signo de su definitiva venida, cuando con palmas cantaremos al Cordero de la Pascua eterna, entrando en la definitiva y nueva Jerusalén, visión de Paz, allí donde el Cordero inmolado y victorioso es Sol y lámpara, la Vida para siempre.
Estos ramitos de olivo que recibirán la bendición del Señor para aclamar “con los ángeles y los niños al Vencedor de la muerte” (antífona Cum ángelis), nos hablan del sentido más profundo de nuestra vida: ser alabanza, adoración y servicio a Cristo. Confesarlo a El como mi Redentor, mi Vida, el sentido de mi camino, el motor y móvil de mi amar, el Alma de mi alma. Cristo mi única Esperanza. Si la adoración es lo primero en mi vida, en mi corazón, todo se ordena; entramos en el orden del Amor y si el corazón humano se alimenta de adoración conformándose con el querer divino entonces puede vivir de amor. Adorar es amar, y para este fin de amor hemos sido creados: “En vez de túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos a sus pies, a manera de túnicas…ofrezcamos al Vencedor de la muerte no ya ramos de palmera, sino el botín de la victoria que somos nosotros mismos…aclamémoslo agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en el Nombre del Señor, el Rey de Israel.” (San Andrés de Creta)
Llevar estos ramitos es anunciar que la Cruz es camino de donación y de curación de nuestros egoísmos, que el sufrimiento puede y debe ser transfigurado en oblación de amor, que el Rey de paz que viene y está en medio de nosotros, con su Cruz redentora, ha disipado las tinieblas de la mentira, de la soberbia que mata al Amor, de la violencia y la indiferencia.
Llevar estos ramitos es comprometerse con Jesús en su camino hacia la Cruz, en su seguimiento; es entrar nuevamente en el discipulado. Es dejar que su gracia salvadora, la gracia bautismal que quiero ver renovada en estos días por una sincera confesión, pueda dar en mí los más hermosos frutos para gloria del Padre: “Tú que entonces nos compraste por tu Cruz, levántanos por tu misma gloriosísima Pasión cuando de nuevo caemos. Acepta con bondad nuestra alabanza y la humillación de nuestras penitencias. Riéganos con tu lluvia para que, floreciendo, merezcamos un día agradarte por la abundancia de sazonados frutos.” (Bendición de ramos de la Liturgia dominicana)
La procesión de ramos manifiesta nuestro querer caminar con Él siempre, caminar por El –o sea sólo movidos por su amor- y caminar en Él –viviendo dentro de sus sentimientos- en su abajamiento humilde que nos eleva, como nos lo canta San Pablo en su himno a los Filipenses.
Llevar estos ramitos es también querer seguirlo en su pena, adentrándome en sus sufrimientos, morando en sus llagas, dejándome purificar por su Sangre. Llevando estos ramitos queremos dejar que Jesús nos introduzca en su Semana Mayor, en su Paso hacia el Padre. Queremos dejarle a El, el Siervo sufriente, el esclavo por amor, lavar nuestros pies cansados, heridos y sucios.
Llevar estos ramos es ponerse en camino hacia el Misterio más grande de la Caridad, el Misterio del Amor hasta el fin, el Misterio que resume todos los misterios: cuando el Piadoso Pelícano rompa su pecho, el pecho por mi amor muy lastimado, para alimentar a sus pichones dando su Carne y su Sangre. ¡Quién nos diera la gracia de morar siempre en ese Misterio de Luz del Cenáculo para aprender de nuevo el Mandato de la Caridad!
¡Quién nos concediera la gracia de permanecer esta semana en su Amor redentor y reclinarnos, como un hijito pequeño que quiere aprenderlo todo, para ser introducido en la ciencia de los Santos, que mana del torrente de Vida del Corazón de Jesús! ¡Señor yo quiero como Juan, tu pequeño hijito, aprender que Dios es Amor, reclinado en tu Corazón Eucarístico! ¡Cuánto late este Corazón en ansias de comer la Pascua con nosotros antes de padecer!
Llevar estos ramitos es dirigirse a la Cena gloriosa del Cordero, las Bodas de Sangre: “Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa; y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa.” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual)
Llevar estos ramitos es pedir gracia al Señor para poder velar siquiera una hora con El. ¿Dónde están en la agonía de Getsemaní aquellos que lo aclamaban? Yo quiero quedarme contigo Jesús, en el Huerto, en la noche del mundo y de la historia, sólo se encuentra Luz y Vida acompañando tu desolación. ¿Dejaremos sólo al Amigo del hombre que en esta noche nos pide presencia y calor de hermano? ¿Dormiremos plácidamente cuando Jesús postrado en tierra, aplastado por el peso de mil mundos, llevando en su carne inmaculada las inmundicias de todos nosotros, pide un hombro cercano en donde apoyar su tristeza, su náusea? ¿Simón duermes, no has podido velar conmigo? ¿Hijo mío, tú también te duermes…? Jesús, ayúdame a no dejarte sólo en tu Agonía, si me duermo, que el Ángel de Getsemaní te susurre mi nombre y te diga mi amor, frágil e inconstante, pero es el único que puedo darte, y esto te anima y consuela…Tú mueres por ese poquito de amor, mueres sediento de esa gota de mi amor…
Llevar estos signos de la Victoria del Rey nos deben mover a ser protagonistas de su Via Crucis, del camino real de la Santa Cruz. ¿En qué bando nos alistaremos? ¿Bajo qué bandera pelearemos el noble combate de la fe? Tal vez esté muy a mano el de los indiferentes, el de la lástima superficial, el de Pedro que lo seguía de lejos y que por esto lo negó traidoramente. Queremos ser recibidos bajo la Bandera del Rey, el estandarte del Amor, queremos reconocerle sólo a Él como Rey: “Reconocerle como Rey significa aceptarle como quien nos indica el camino. Aquél de quien nos fiamos y a quien seguimos. Significa aceptar su palabra como criterio válido para nuestra vida. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Al seguir a Jesucristo me pongo al servicio de la verdad y el amor. Al perderme vuelvo a encontrarme” (Benedicto XVI)
Señor, no permitas que nos apartemos de ti, nosotros que hoy aclamamos tu Victoria. Queremos en esta semana ser buenos cireneos, tal vez un poco forzados a abrazarnos a tu Cruz, la tuya, en donde nos llevas a todos… Pero el Cireneo caminando detrás de ti se convirtió en discípulo, nació como discípulo abrazado al leño. ¡Yo quiero, como él, gustar un poquito de la fuerza regeneradora de tu Cruz, para que de espectador me convierta en corredentor contigo! ¡En cuantos Via Crucis del Hijo de Dios en este mundo faltan buenos cireneos!
Llevar el trofeo del Rey -estos ramitos y palmas- me compromete a saber reconocerlo en los hermanos caídos, quiero en mi caminar hacerme buen cireneo…para que abrazado a la cruz del que cae podamos juntos seguir a Aquel que nos está sosteniendo a todos.
Llevar estos ramos de olivo me compromete a detenerme en la escuela de la Verónica: la imagen más hermosa de la misericordia… La Verónica: estación de los enamorados y de los santos: ¡Eres el más bello de todos los hombres! Ella no puede cambiar la suerte del Condenado, ella no puede cargar su cruz, Ella no puede casi nada…Pero el Amor es ingenioso y en un gesto de ternura devuelve la luz a los ojos del Rey hermoso, le devuelve su dignidad, su misericordia como un vaso de agua fresca alivia el Corazón agonizante de Cristo. Si llevo bien alto este ramo de olivo me dispondré para dejarme exprimir por la gracia y convertirme en aceite de consolación y alivio para el Rostro sufriente del Amado en los hermanos. ¡Qué preludio del cielo, poder descubrir y revelar el Rostro del Amado en sus pequeños, en aquellos donde el Hijo de Dios sigue en agonía hasta el fin del mundo! ¡Qué te vea Jesús! Que sepa descubrirte en el Via Crucis de mis hermanos, que limpiando sus heridas, sus salivazos, sus espinas, pueda descubrirte en ellos y de esa manera puedas grabarte más hondamente en mi vida. ¡Jesús, danos más Verónicas, que con ternura puedan limpiar tu Rostro tan inhumanamente ultrajado…!
Llevar estos hermosos ramos es permanecer con Juan y María al pié de la Cruz para mirarle, sólo mirarle y dejarse atraer…Atráeme en pos de ti, corramos, dice el alma enamorada, que contempla a su Amado en la Cruz como un lirio entre espinas.
Mirar y escuchar, dejar que las gotas de Sangre y Vida que son sus siete palabras puedan horadar la dureza del corazón de piedra, puedan hacer nacer en él la luz: ¡¡Padre perdónales porque no saben lo que hacen; Dios mío, Dios mío porqué!!...; ¡¡Hoy estarás conmigo…; He ahí a tu hijo, he ahí a tu Madre; Tengo sed; Todo está consumado; Padre en tus manos!! Salí del Padre y vine al mundo, ahora dejó el mundo y voy al Padre…Cada una de estas siete palabras es como un prisma cristalino en donde podemos contemplar la luz del Verbo, el ocaso del Verbo enmudecido en la Cruz en millares de luces y colores…Todos los balbuceos y palabras de la Historia de la Salvación están allí. Todo el Evangelio se resume en siete palabras, en la Palabra de la Cruz.
Mirar, recibir y darse como Juan, como la Reina de los Mártires, como los Santos y Santas, pequeños y grandes, que habiéndolo seguido en la pena hoy comparten su inmarcesible Gloria. Mártires muy cercanos a nuestro tiempo, mártires pequeños y grandes: jóvenes, padres y madres de familia, religiosos, sacerdotes, monjas de clausura, obispos. Baste leer la historia del siglo XX para no olvidar a estos hermanos y hermanas en la fe que murieron aclamando a Cristo Rey, que dieron su sangre humilde y preciosa para que el Rey crucificado no fuera derribado de las plazas, de las escuelas, de los hospitales, de los tribunales de justicia, de los palacios ejecutivos.
Mártires de ideologías ateas -ideologías que sólo saben de odio y fantasías de paraísos mundanos- que no se plegaron a pensar la locura de un mundo sin Jesucristo. ¡Hoy todos ellos nos acompañan en esta procesión, cantando la Victoria de Cristo y animándonos a dar la vida -el martirio gota a gota- nos consuelan y animan! ¡Avivan nuestro amor! ¿Qué hemos hecho del testimonio de estos hermanos mártires de Cristo Rey? ¿Damos la vida para que Cristo pueda reinar en estos desiertos agrestes y violentos de nuestra sociedad?
¡Quédate y reina sobre nosotros Jesús! Mira lo que hemos hecho sin Ti… ¡Quédate con nosotros, Jesús, nos da miedo tanta oscuridad! ¡Hoy más que nunca, te necesitamos!
Mira lo que es la familia, la escuela, la plaza, la justicia sin Ti, Único Rey de Justicia y de Paz. Mira cómo la vida humana creada y redimida al precio de tu dolor fecundo es tratada como desperdicio, como objeto. ¿De qué derechos humanos podemos hablar sin Ti Hombre verdadero? Tú eres el Hombre…Ecce Homo. Que tu Cruz redentora, que tu Rostro coronado de espinas nos enseñe el verdadero humanismo. Reina en esta pobre sociedad sin Dios y que se muere de hambre y sed de un sentido para su dolor, para su vivir y para su amar. Tú eres el único Sentido: “¡Oh Cristo, Rey de Amor! Llegaste a Jerusalén como rey humilde montado en un asno; te rogamos que vengas y te quedes también entre nosotros para que sintamos tu presencia” (Oración de bendición de los ramos, Liturgia Dominicana)
Llevar estos ramos es ofrecerse a vivir su Misterio, sus pasos, sus ansias, sus sudores, sus lágrimas, su vaciamiento, su abandono…es pedir a la Discípula, la Virgen María, la Reina del Amor: Haz que pueda embriagarme de su Cruz. (Fac me cruce inebriare). Sólo eso.
Esos ramitos me hablan de su Victoria por la Cruz y me anuncian mi futura victoria si permanezco con Él y le sigo. Cada vez que los contemplemos en nuestras casas, en nuestro lecho, en los hospitales, en los lugares en donde trabajamos y servimos, en las tumbas de nuestros queridos difuntos, recordemos que somos seguidores de un Rey Crucificado, que no viene a dominar sino a sembrar la reconciliación y la paz.
Cada vez que miremos estos ramos benditos digamos a Jesús: ¡Tuyo Soy, Tú eres mi Rey! , yo quiero seguirte…siempre, donde Tú vayas, si Tú estás me basta, sólo quiero tener los ojos y el corazón fijos en Ti, mis vacilantes pies en tus huellas de Sangre y de Gloria: “Rex Christe, Redemptor” Amén
Nuestro agradecimiento al P. Marco Antonio Foschiatti OP.
Convento San Martín de Porres
Mar del Plata, Prov. de Buenos Aires,
Argentina.

miércoles, 24 de marzo de 2010

ENCUENTRO SACERDOTAL: MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM

Entre los días 6 y 9 de abril, tendrá lugar en la ciudad de Toledo (España) el Encuentro sacerdotal "Summorum Pontificum" organizado por la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina. La intención de dicho encuentro es porfundizar en los diferentes aspectos del Motu Proprio así como el aprendizaje de la celebración según el uso extraordinario.
Si estás interesado en asistir, puedes escribirnos a santamariarenet@hotmail.com o llamarnos al (00 34) 619 011 226.

lunes, 22 de marzo de 2010

Audiencia a los participantes de un curso de la Penitenciaría Apostólica (11-3-10)



Queridos amigos,
Me alegra encontrarme con vosotros y dirigiros a cada uno de vosotros mi bienvenida, con motivo del Curso anual sobre el Fuero Interno, organizado por la Penitenciaría Apostólica. Saludo cordialmente a monseñor Fortunato Baldelli, que, por primera vez, como Penitenciario Mayor, ha dirigido vuestras sesiones de estudio, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido. Con él saludo a monseñor Gianfranco Girotti, Regente, al personal de la Penitenciaría y a todos vosotros que, con la participación en esta iniciativa, manifestáis la fuerte exigencia de profundizar una temática esencial para el ministerio y la vida de los presbíteros.
Vuestro Curso se sitúa, providencialmente, en el Año Sacerdotal, que he convocado para el 150º aniversario del nacimiento al Cielo de san Juan María Vianney, que ejerció de manera heroica y fecunda el ministerio de la Reconciliación. Como afirmé en la Carta de convocatoria: “Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él, [el Cura de Ars] ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”. Del Santo Cura de Ars, los sacerdotes podemos aprender no sólo una confianza inagotable en el Sacramento de la Penitencia, que nos anima a colocarlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe desarrollar”. ¿Dónde se hunden las raíces de la heroicidad y la fecundidad, con las que San Juan María Vianney vivió su propio ministerio de confesor? Ante todo en una intensa dimensión penitencial personal. La conciencia del propio límite y la necesidad de recurrir a la Misericordia Divina para pedir perdón, para convertir el corazón y para ser sostenido en el camino de santidad, son fundamentales en la vida del sacerdote: sólo quien ha experimentado primero la grandeza puede ser convincente anunciador y administrador de la Misericordia de Dios. Todo sacerdote se convierte en ministro de la Penitencia por la configuración ontológica a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que reconcilia a la humanidad con el Padre; sin embargo, la fidelidad al administrar el Sacramento de la Reconciliación es confiada a la responsabilidad del presbítero.
Vivimos en un contexto cultural marcado por la mentalidad hedonista y relativista, que tiende a suprimir a Dios del horizonte de la vida, no favorece la adquisición de un marco claro de valores de referencia y no ayuda a discernir el bien del mal ni a madurar un justo sentido de pecado. Esta situación hace todavía más urgente el servicio de administradores de la Misericordia Divina. No debemos olvidar, de hecho, que hay una especie de círculo vicioso entre el ofuscamiento de la experiencia de Dios y la pérdida de sentido de pecado. Sin embargo, si tenemos en cuenta el contexto cultural en el que vive san Juan María Vianney, vemos que, por varios aspectos, no era tan diferente al nuestro. También en su tiempo, de hecho, existía una mentalidad hostil a la fe, expresada en fuerzas que buscaban incluso impedir el ejercicio del ministerio. En esas circunstancias, el Santo Cura de Ars hace “de la iglesia su casa”, para conducir a los hombres a Dios. Él vivía con radicalidad el espíritu de oración, la relación personal e íntima con Cristo, la celebración de la S. Misa, la Adoración eucarística y la pobreza evangélica, mostrando a sus contemporáneos un signo tan evidente de la presencia de Dios, que empujaba a muchos penitentes a acercarse a su confesionario. En las condiciones de libertad en las que hoy es posible ejercer el ministerio sacerdotal, es necesario que los presbíteros vivan en “alto grado” la propia respuesta a la vocación, porque sólo quien se convierte cada día en presencia viva y clara del Señor puede suscitar en los fieles el sentido de pecado, dar ánimo y suscitar el deseo del perdón de Dios.
Queridos hermanos, es necesario volver al confesonario, como lugar en el que celebrar el Sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía. La “crisis” del Sacramento de la Penitencia, de la que a menudo se habla, interpela en primer lugar a los sacerdotes y a su gran responsabilidad de educar al Pueblo de Dios en las radicales exigencias del Evangelio. En particular, les pide dedicarse generosamente a la escucha de las confesiones sacramentales; guiar con coraje a la grey, para que no se conforme a la mentalidad de este mundo (cf. Rm 12,2), sino que sepa tomar decisiones también a contracorriente, evitando adaptaciones o compromisos. Por eso es importante que el sacerdote tenga una permanente tensión ascética, alimentada por la comunión con Dios, y se dedique a una constante actualización en el estudio de la teología moral y de las ciencias humanas.
San Juan María Vianney sabía entablar con los penitentes un verdadero y apropiado “diálogo de salvación” mostrando la belleza y la grandeza de la bondad del Señor y suscitando ese deseo de Dios y del Cielo, del que los santos son los primeros portadores. Él afirmaba: “El Buen Dios sabe Todo. Incluso antes de que os confesarais, ya sabía que pecaríais y sin embargo os perdona. ¡Es tan grande el Amor de nuestro Dios, que llega hasta olvidar voluntariamente el futuro, para perdonarnos!” (Monnin, A., Il Curato d’Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. I, Torino 1870, p. 130). Es tarea del sacerdote favorecer esa experiencia de “diálogo de salvación”, que, naciendo de la certeza de ser amados por Dios, ayuda al hombre a reconocer el propio pecado y a introducirse, progresivamente, en esa estable dinámica de conversión del corazón, que lleva a la radical renuncia al mal y a una vida según Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1431).
Queridos sacerdotes, ¡qué extraordinario ministerio nos ha confiado el Señor! Como en la Celebración Eucarística Él se pone en manos del sacerdote para continuar estando presente en medio de su Pueblo, análogamente, en el Sacramento de la Reconciliación Él se confía al sacerdote para que los hombres hagan la experiencia del abrazo con el que el padre acoge a su hijo pródigo, devolviéndole la dignidad filial y volviéndolo a constituir plenamente en heredero (cf. Lc 15,11-32). La Virgen María y el Santo Cura de Ars nos ayuden a experimentar en nuestra vida la amplitud, la longitud, la altura y la profundidad del Amor de Dios (cf. Ef 3,18-19), para ser fieles y generosos administradores. Os doy las gracias a todos de corazón y de buen grado os imparto mi Bendición.

sábado, 20 de marzo de 2010

Mons. Lucio Ruiz: El sacerdote y las nuevas tecnologías de la comunicación



1- Introducción
Si quisiéramos delinear uno de los ejes en torno al cual gira nuestra sociedad contemporánea, podríamos decir que uno entre ellos es el "cambio". Vemos cómo la sociedad, las instituciones, las empresas, las personas cambian...
Nos sorprendemos, a veces hasta con miedo, de la velocidad de los cambios en curso, de la potencia de este "sistema nervioso" a escala planetaria y nos preguntamos a dónde se llegará, cuándo y hacia cuál configuración social se está yendo con rapidez vertiginosa[1].
Pero es necesario aprender a reconocer este cambio permanente, para poder "cambiar con el cambio" - adaptando los distintos aspectos de la vida, en su complejo articulado de realidades sociales, culturales, económicas, políticas - manteniendo los aspectos fundamentales de la verdad y del bien, que son inmutables en su esencia.
Es aquí que aparecen los grandes conflictos porque, de una parte "todo cambia", y de la otra la verdad de Dios, y por lo tanto del bien, del amor y de la verdad del hombre mismo[2], permanecen siempre las mismas. Así, el cambio cuestiona fuertemente la verdad[3] y la capacidad del hombre de conocerla, y nos pone tantas veces en duda en los puntos esenciales de nuestra vida cristiana, exigiéndonos "re-aprender" el Mensaje de Jesús, que es valido para todos los tiempos y todos los hombres, pero que necesita ser presentado de manera que pueda ser acogido por el hombre de hoy.
Pero el "cambio" no es en sí una realidad negativa; también en el cambio profundo hay aprendizaje. De hecho, la organización/institución/sociedad/persona no se limita a hacer algo nuevo; sino que crea la capacidad para hacer las cosas en una forma distinta. Sostener cualquier proceso de cambio profundo requiere una modificación fundamental de nuestra manera de pensar. Tenemos que entender la naturaleza de los procesos de crecimiento y cómo canalizarlos. Pero también necesitamos comprender las fuerzas y los desafíos que impiden el progreso y así desarrollar estrategias viables para entendernos con dichos retos. Necesitamos apreciar "la danza del cambio", la inevitable interacción entre los procesos de crecimiento y los procesos limitantes que lo detienen. Necesitamos un objetivo juicio crítico para un discernimiento adecuado de los elementos y los procesos positivos y negativos, que se presentan en vistas a un actuar apropiado.
Frente a los cambios se pueden adoptar dos actitudes: ignorarlos o involucrase en ellos[4]. La primera es una neofobia y la segunda es una respuesta creadora. La neofobia es la resistencia al cambio, el miedo a lo nuevo, la refractariedad a las innovaciones, la paralización, es ver el entorno cambiante como una amenaza[5].
La respuesta creativa es la actitud de aprender, de innovar. Es la "destrucción creadora"[6]. Es el camino hacia la transformación[7]. Es convertirse en un agente del cambio y considerar el cambio como una oportunidad[8]. A la hora de la verdad: Los cambios están aquí ya, independientemente de nuestros deseos y de nuestra voluntad.
No es de extrañar que la realidad de la sociedad se encuentre en una situación de movimiento profundo porque, con la Globalización y la introducción de las Tecnologías de Comunicación en todos los aspectos de la cultura contemporánea, se modifican no sólo aspectos simplemente "operativos", sino que se introducen - y cada vez más - variaciones en los aspectos antropológicos y fenomenológicos de la vida del hombre, como son: las nociones de espacio, de tiempo y aspectos cognitivos y relacionales de la persona humana[9]. En definitiva, una revolución total, que indica un cambio de era[10].
Por tanto, muchos llaman a este fenómeno nueva revolución copernicana, en el que cada hombre y todos los hombres, lo quieran o no, están implicados e integrados en el circuito comunicacional[11].
La correcta hermenéutica de los nuevos signos de los tiempos, en esta "Era Digital", es la que puede proyectar una sociedad/institución hacia el futuro, y hacia nuevos horizontes, o directamente acabarla si no comprendió las nuevas coordenadas y se adaptó al cambio.
En el primer Congreso Continental americano sobre Iglesia e Informática, celebrado en Monterrey, México, en el marzo del 2003[12] los Obispos presentes en el congreso se preguntaban: "¿cómo incide la tecnología en la cultura contemporánea?, ¿qué debe hacer la Iglesia en esta nueva cultura?" Ciertamente, verificaban que el cambio cultural, esencialmente "comunicacional", no es algo accidental, que toca el hombre solo de modo tangencial. La cultura contemporánea es una cultura señalada por la tecnología, en particular aquella de las comunicaciones y la telemática[13]. Las mutaciones, que resultan del desarrollo tecnológico[14], actúan sobre la persona, sobre todas las personas, sobre las instituciones, sobre los dinamismos de diálogo, sobre la configuración de las familias y las comunidades, sobre la forma de la educación, cambiando el modo de pensar, de sentir, de ver y de interaccionar con la realidad, con los otros y con Dios[15]. El cambio espacio-temporal se presenta como una nueva revolución copernicana. Entonces el problema consiste en el descubrir hasta que punto, en cierto sentido, el hombre y su comunidad han cambiado y, por tanto, cada una de las disciplinas que quieren tratar estos argumentos - comprendida la teología - deben tener una adaequatio a la nueva realidad del hombre para permitirle continuar a transmitir (tradere) la verdad del hombre y el Mensaje del Evangelio[16].
Aunque sea muy importante y necesario, es evidente que no basta un análisis del empleo que la Iglesia hace de los medios y no es tampoco suficiente una hermenéutica de los medios de comunicación y sus lenguajes. Incluso el estudio de la pastoral de los medios de comunicación y sus operadores por sí solo no basta. Los Obispos reunidos en Monterrey se interrogaron si no había llegado el momento de ir del fenómeno al fundamento, buscando las raíces de todas las actividades en el ámbito de la comunicación en el manantial teológico.
La Iglesia no puede dejar de interrogarse sobre la nueva cultura en manera profunda porque la creciente importancia de los medios de comunicación en el mundo tiene una fuerte incidencia sobre la cultura, a todos los niveles. Ésto es de gran interés para la Iglesia porque toca, de modo profundo, su misma naturaleza y misión, que es también aquella de comunicar[17]. Además, la creciente importancia de la comunicación también lleva a una creciente preocupación pastoral sobre la evangelización, la inculturación y la misma comunicación dentro de la Iglesia[18].
2- La Iglesia y la "era digital"
"El problema no está en el hecho que la Iglesia comunica. Comunicar para la Iglesia no es un optional, es su misión misma. Más bien, desde el punto de vista teológico, la Iglesia nace y vive gracias a Dios que se ha comunicado en Cristo. Ha sido querida por Cristo como sacramento de comunión de los hombres con Dios y entre ellos. Su misión esencial es, pues, comunicar el anuncio" [19].
  • a) Los cambios culturales y la "inculturación" de la fe
    "Cuando los Padres del Concilio (nos decía Juan Pablo II en el Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las comunicaciones Sociales, del 1990) estaban dirigiendo su mirada hacia el futuro e intentaban discernir el contexto en el que la Iglesia estaría llamada a llevar a cabo su misión, pudieron ver claramente que el progreso y la tecnología ya estaban ‘transformando la faz de la tierra' e incluso que ya se estaba llegando a la conquista del espacio (cf. Gaudium et spes, 5). Reconocieron, especialmente, que los desarrollos en la tecnología de las comunicaciones, con toda probabilidad, iban a provocar reacciones en cadena de consecuencias imprevisibles"[20].
    De ello se deriva una consecuente y necesaria "inculturación", con la precisión de encontrarnos con una "nueva cultura", que no tiene fronteras, ni razas y que "no tiene espacio" y "no tiene tiempo". Porque "La misión de la Iglesia no consiste en impedir la transformación de la cultura, sino más bien asegurar la transmisión de la fe en Cristo, en el corazón mismo de unas culturas en pleno proceso de cambio[21].
    El paso cultural, la inculturación necesaria, está caracterizada no sólo por la utilización en diversos espacios y niveles de los medios de comunicación, sino por un pensamiento y una actividad intrínsecamente marcados por la comunicación, que incorpora los medios telemáticos.
    Si miramos las nuevas generaciones podemos verificar que para ellas, los "media" se esconden, son transparentes, se diluyen en su realidad mediática[22], pero han dejado su impronta en la lógica, no sólo de su utilización sino en la estructura del pensamiento y en la dinámica comunicacional misma. Por ello, cuando un joven usa un medio telemático no está frente a un mero instrumento, como podríamos entenderlo y usarlo nosotros, que pertenecemos a otras generaciones, para los cuales la computadora e Internet son elementos útiles para redactar mejor nuestros documentos y enviarlos a todas partes; tampoco se les presenta un problema metafísico, moral y existencial, como a nosotros, que nos planteamos miles preguntas, tales como: "¿son buenos, son malos?", o "¿debemos tener nuestros propios medios o usar los ya existentes?".
    Para las nuevas generaciones la telemática, que hace realidad la era comunicacional, la era digital, existe y se usa, como para nosotros existe y se usa el tren, el auto o el avión y, con un ejemplo más claro para nuestra comprensión, la luz eléctrica. ¿Quién se pregunta si existe o no, si es buena o no? Nadie... simplemente existe y se usa. ¿Esto quiere decir que no hay problemas culturales, existenciales, morales? No, ¡y vaya si los hay!, basta pensar en toda la problemática de la contaminación ambiental para comprender la magnitud de los problemas relacionados con la electricidad, que deben ser comprendidos, analizados, estudiados a fin de aplicar medidas de solución. Pero no por esto, a priori, la luz eléctrica es condenada o despreciada; a nadie se le ocurriría prescindir de todo lo que funciona con electricidad a causa de los problemas con ella relacionados, sino que, partiendo de la realidad de su existencia y teniendo en cuenta sus bondades, hace falta conocer el fenómeno y regularlo desde su propia realidad intrínseca.
    Todos quedamos asombrados de los fenómenos como You-Tube, Wikipedia, Google, pero esto no es sólo un fenómeno de "medios", ni tampoco una realidad de "contenidos", como estábamos acostumbrados a analizar hasta este momento. Medios y contenidos se funden en una realidad única, y así es vivida y utilizada por las nuevas generaciones. Para ellas no hay un planteamiento dualístico, ni hay un claro limite entre una cosa y la otra, sino que el contenido ya viene elaborado con la lógica y el lenguaje del medio que se usa. Esto plantea un desafío que no puede solamente ser analizado en sus aspectos negativos, sino que debe ser visto y aprovechado en sus aspectos positivos, completando sus carencias y corrigiendo sus errores.
    Los medios son el "ambiente" en el cual el hombre de hoy se mueve, y en el cual el hombre del mañana se moverá de una manera mucho más profunda. Los medios son la ventana a través de la cual se mira el mundo y proporcionan la hermenéutica con la cual "interpreta" su ser y su vivir. Basta pensar en los jóvenes de hoy para los cuales, por ejemplo, la realidad de la amistad, que implica compartir tiempo, ideas, sentimientos, intereses, se amplía, sin conflictos internos, a toda la "realidad virtual". Ellos por medio de los canales de comunicación hacen de todo el mundo la propia realidad donde se mueven, de la cual toman los valores y en la cual también dejan su propia impronta.
    Por ello, el Pontificio Consejo para la Cultura afirma: "los medios de comunicación social desempeñan en la cultura actual un papel fundamental. La imagen, la palabra, los gestos, la presencia son elementos que no se pueden descuidar en un proceso de evangelización que se inserta en la cultura de las comunidades y de los pueblos, aun cuando se haya de estar atento a no privilegiar la imagen en detrimento de la realidad y del contenido objetivo de la fe. Los enormes cambios que los medios de comunicación social operan en la vida de las personas, reclaman un compromiso pastoral adaptado..."[23]
  • b) Una "nueva cultura" a Evangelizar
    Se debe partir de un presupuesto que es más que es evidente: la cultura actual está intrínsecamente marcada por los medios de comunicación social, que, superando un primer nivel de una "era tecnológica", llegan hoy a estructurar, desde la raíz, una era comunicacional, es decir, que la tecnología no se presenta como un mero instrumento para ayudarnos a realizar las cosas, la tecnología se ha incorporado y ha desarrollado una nueva manera de vivir y de relacionarnos.
    Es fuerte, al respecto, la afirmación que hace Juan Pablo II en la Redemptoris Missio: "El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola -como suele decirse- en una "aldea global". Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia, que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios. [...] Nuestro trabajo en ellos, sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio del Evangelio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura" creada por la comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos"[24].
    Por su parte, y siempre con una mirada crítica sobre como la sociedad mediática actual crea nuevos espacios, Kevin Kelly (editor de la revista Wired magazine) afirmó: "En pasado fue muy fácil ignorar la tecnología porque no penetró en los espacios de nuestra vida a los que siempre estamos realmente obligados: nuestra red de amistades, el escribir, el pintar, el cultivar el arte y la cultura, las relaciones, la identidad, las asociaciones cívicas, la naturaleza del trabajo, la adquisición de bienestar, el poder. Pero hoy la constante aplicación de la tecnología en la red de las comunicaciones y los transportes tiene completamente sumergidas estas áreas sociales. Nuestro espacio social ha sido invadido por el telégrafo, el fonógrafo, el teléfono, la fotografía, la televisión, el avión y el automóvil; luego el ordenador, Internet, y ahora la red. Ya la tecnología es no exterior, ajena, periférica; hoy está al centro de nuestra vida"[25].
    Este cambio tecnológico y, sobre todo, comunicativo indica un verdadero vuelco en muchas áreas de la vida humana: sociales, económicas, científicas, culturales, que ha producido un cambio esencial en los goznes mismos de la sociedad, en particular en los relacionales[26].
    Esto comporta a nivel social una consiguiente nueva marginación, nuevas capas sociales, se habla de "info-pobres" y "info-ricos", nuevas configuraciones y "mapas" de las relaciones: el digital divide o brecha digital[27].
    La configuración social debe pensarse "en clave relacional": "Los medios de comunicación ya no son una pantalla que se mira, una radio que se escucha. Son una atmósfera, un entorno en el que uno se ha hundido, que nos envuelve y nos penetra de cada lado. Nosotros estamos en este mundo de sonidos, de imágenes, de colores, de impulsos y de vibraciones como el hombre primitivo estaba sumergido en la selva, como un pez en el agua. Es nuestro entorno, los medios de comunicación son un nuevo modo de estar vivos" afirmaba el Cardenal Martini[28].
    Este nuevo modo de ser supone un fuerte desafío de carácter antropológico y, con él, las consecuentes comparaciones con las realidades tradicionales de la familia, de la Iglesia, de la escuela, de la comunidad, de la amistad, del empeño socio-político. Todas las realidades inmediatamente relacionadas con las anteriores (reales), se vuelven también indirectas (virtuales), es decir, espacios relacionales, escenarios comunicativos, entornos vitales; en otras claves, podría decirse entonces que la comunicación, en cuanto relación, determina aspectos nuevos del desarrollo de nuestro ser y de nuestra manera de existir, se suma a la realidad real la realidad virtual, no como una realidad extraña a nuestra vida.
    Una reflexión sobre la cultura nos lleva a pensar sobre la necesaria mutación provocada por los medios de comunicación[29]: "La sociedad, pues, se presenta cada vez más ‘a subsistencia informativa'"[30].
    La proliferación pues de códigos electrónicos y la visión global nos pone delante de un nuevo tipo de hombre. En efecto, el lenguaje de la palabra queda muy corto frente a los nuevos lenguajes y códigos "multimediales", que implican todos los sentidos y son "universalmente" comprensibles.
    La Iglesia se encuentra frente a un nuevo desafío, que no puede ser ignorado, porque hoy estamos inmersos no sólo en los tradicionales medios de comunicación - radio, televisión, Internet - sino en una nueva generación de medios que incorporan los medios tradicionales, los entrelazan y potencian su acción, tanto en su alcance a todo tipo de personas - incluso aquellas que hasta ahora estaban fuera del ámbito de su influencia -, como en su capacidad para involucrar lo más profundo del hombre, generando así una globalización cultural. Por esto la sociedad necesita aprender a interpretar y "vivir" la era de la comunicación.
  • c) El sacerdote y el sacerdocio en la era digital
    Cuanto hemos analizado hasta aquí, como nos dice el Papa en el mensaje de este año para las Jornadas de la comunicaciones Sociales: "pone en primer plano la reflexión sobre un ámbito pastoral vasto y delicado como es el de la comunicación y el mundo digital, ofreciendo al sacerdote nuevas posibilidades de realizar su particular servicio a la Palabra y de la Palabra".
    Pero en primer termino, estas posibilidades se presentan como un "desafío", en segundo termino, como una "misión".
    Para comprender que las tecnologías de la comunicación son una "posibilidad" en el ministerio, hace falta reconocer que, verdaderamente, "el mundo digital, ofreciendo medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas" y por tanto "la responsabilidad del anuncio no solamente aumenta, sino que se hace más acuciante y reclama un compromiso más intenso y eficaz", afirma el Papa.
    El mundo ha cambiado y, sobre todo las nuevas generaciones, han cambiado de manera muy profunda la lógica del pensamiento y la manera de relacionarse. Decía el Papa en el mensaje para las jornadas de Comunicación del año pasado: "las nuevas tecnologías digitales están provocando hondas transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones humanas". Por lo tanto es importante darse cuenta que estar presentes en la era digital, en la cultura digital, en el mundo digital, no significa simplemente tener una web, usar una computadora, sino comprender la lógica de la comunicación de las personas de esta nueva cultura, y con esa lógica y en esa cultura. "Los jóvenes especialmente se han dado cuenta del enorme potencial de los nuevos medios para facilitar la conexión, la comunicación y la comprensión entre las personas y las comunidades, y los utilizan para estar en contacto con sus amigos, para encontrar nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para buscar información y noticias, para compartir sus ideas y opiniones" continuaba Benedicto XVI.
    Por esto las "posibilidades" de las nuevas tecnologías de comunicación nos abren el horizonte de la "misión" "En los primeros tiempos de la Iglesia,(dice el Santo Padre) los Apóstoles y sus discípulos llevaron la Buena Noticia de Jesús al mundo grecorromano. Así como entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también ahora". Es decir, como a los Apóstoles, a los sacerdotes se nos presenta un "nuevo mundo a Evangelizar" y por lo tanto, nosotros, como ellos, tenemos "necesidad de una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres ... con el fin de tocar su mente y su corazón". Por lo tanto no estamos hablando simplemente de aprender a manejar "una maquina de afeitar nueva, un ventilador nuevo" un algo que nos ayuda a hacer mejor lo que hacíamos sin necesidad de un esfuerzo de nuestra parte, especialmente un esfuerzo de lograr una nueva síntesis cultural...estos no son "medios para hacer más sencilla la actividad que hacíamos", son medios que "hacen distinto aquello que hacíamos". Hoy, los "amigos de todos los días" no sólo son los que nos encontramos físicamente, sino también aquellos que encontramos virtualmente (independientemente de donde se encuentren).
    El Papa en estos mensajes nos habla de "generación digital", de "mundo digital", "tiempo digital", "continente digital"! Por lo tanto, si hay un nuevo mundo, una nueva generación, un nuevo tiempo, un nuevo continente... hay una nueva Evangelización! Y esto nos llama a ser conscientes que para un "nuevo mundo" hay que mandar misioneros, por lo tanto "misioneros de la era, de la cultura, del mundo, de la generación, del tiempo digital".
    Esto implica, como lo fue siempre para todos los misioneros, aprender nuevas lenguas, nuevas costumbres, insertarse en nuevas culturas, tener que traducir el Evangelio para que fuese aprendido y vivido!
    Por esto estas "posibilidades nuevas" de las que nos habla el Papa, son antes un desafío, porque si todo esto no viene entendido profundamente, y sólo damos un "barniz cultural" no podremos evangelizar el "nuevo mundo", y el Evangelio quedará fuera de él... De hecho, si no comprendemos que las nuevas tecnologías tienen sus propios lenguajes y sus propias metodologías, sus propias dinámicas y su propia lógica, nos encontramos con una simple transposición de contenidos de un medio al otro; por lo cual, sin usar el lenguaje propio el contenido no será comprendido y se perderá. La radio tiene recursos auditivos, la televisión agrega el mundo de la imagen, del color y el movimiento, Internet los agrupa a todos y les da interacción, inmediatez, universalidad, y les suprime su vinculación espacio-temporal. Pensar que "estar en Internet" es simplemente colocar la homilía del domingo, así como fue predicada, en una página de internet, a menos que sea un archivo de homilías, es no entender lo que es un nuevo lenguaje, y es ser limitadamente un verdaderamente "misionero" de un nuevo mundo. Con palabras del Papa: "A este respecto, el sacerdote se encuentra como al inicio de una «nueva historia»".
    Y este desafío debe ser asumido de manera orgánica y sistemática, no como un hobby personal, al cual se deben dedicar los que tengan condiciones para ello, sino que debe convocarnos a todos y sistemáticamente, dentro de la formación permanente del sacerdote y, mas aún, dentro la preparación del seminarista al ministerio sacerdotal.
    Además, no se debe tratar simplemente de una formación tecnico-práctica, que llevaría a "usar mejor la afeitadora", sino que se trata, en primer lugar, de penetrar el misterio teológico de cuanto comprende la Comunicación, que no toma su definición de las ciencias de la comunicación sino de la ciencia de Dios, uno y trino, que es comunión y se comunica al hombre! Así, con un camino teológico sólido debe pasarse a la ciencia antropológica, para comprender cuanto significa para el hombre comunicarse, pues, es en la relación donde el hombre, no sólo puede vivir y aprender, sino que se plenifica como tal, en la comunicación con Dios y con los semejantes. Con estas bases sólidas no hay peligro de sumergirse en el mundo de lo que es la comunicación humana y sus ciencias específicas. "El sacerdote... ha de unir el uso oportuno y competente de tales medios -adquirido también en el período de formación- con una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con el Señor." , nos dice el Santo Padre.
    Es un verdadero desafío para nosotros los sacerdotes este cambio cultural, pero no nos podemos echar atrás, porque siendo la comunicación la esencia del cambio cultural y siendo también la comunicación la esencia de la Iglesia, que nace de un acto comunicativo de Dios y tiene como Misión comunicar la Vida y la Gracia divina, el sacerdote se ve llamado esencialmente a entrar de lleno en esta dinámica de la nueva cultura, la generación digital. Por eso el Papa pide "a los presbíteros la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas «voces» surgidas en el mundo digital".
    Ciertamente no faltan los riesgos presentes en la red! Por eso, mas que nunca, urge la formación de la persona integralmente, y de manera especial la formación clara y específica del uso consciente y responsable de su libertad, porque no son los firewalls y los filtros los que deben hacer la historia del hombre (aunque puedan ayudar), sino la decisión y elección de la libertad llevada adelante a lo largo de la vida con sacrificio, perseverancia y amor!
    Por esto el Papa nos dice "en el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la «red».", porque es necesario no sólo usar y estar presentes, sino enseñar a vivir en clave cristiana los nuevos procesos comunicativos y relacionales introducidos en el mundo por las tecnologías digitales.
    Muchas veces sentimos preguntar "porqué los curas tienen que ocuparse de estas cosas" (pregunta que, sobre todo, se hacía en los inicios de la expanción de internet y el desarrollo masivo de las tecnologías de la comunicación). El Papa en el mensaje de este año da una respuesta tanto precisa como desafiante: "¿Quién mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro? Quien trabaja como consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo «digital» los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral.

  • d) La propuesta de la Congregación para el Clero
    En el marco de la necesidad/posibilidad de entrar en la dinámica de la "cultura digital" y poder aprovechar los beneficios que las nuevas tecnologías de la comunicación ofrece a la vida cotidiana de la Iglesia, en medio de tantos grandes e importantes proyectos, hay uno, llamado CLERUS, dedicado a los sacerdotes realizado por la Congregación para el Clero, que es el organismo de la Santa Sede que se ocupa de todo lo referido a los sacerdotes y diáconos del mundo.
    Esta Congregación, en su empeño de promover la formación permanente de los clérigos, ha realizado un sistema informático que contiene una pluralidad de subsidios para un más fructuoso ejercicio del ministerio sacerdotal, diaconal y catequístico, para ofrecer un fácil acceso a un considerable patrimonio doctrinal, magisterial de la Iglesia y teológico, para el estudio permanente y para una más atenta y decorosa predicación de la Palabra de Dios, además de una mayor preparación en la enseñanza de la catequesis. Se ha puesto particular empeño para que estos subsidios también puedan alcanzar a los clérigos que no tienen posibilidad de acceso a materiales para su formación.
    Ante todo hay que aclarar que CLERUS no es simplemente un sitio internet, sino un conjunto de proyectos, concadenados entre ellos, que han tenido en cuenta de las necesidades presentada por los Obispos en sus visitasAd Limina Apostolorum, y de lo que surgió del contacto personal, sea con los Obispos que con los sacerdotes.
    El estudio de estas exigencias, los datos estadísticos de la situación cultural-económico-tecnológica mundial, las posibilidades estratégicas del Santa Sede/Congregazione para el Clero ante el mundo, han permitido desarrollar estos proyectos-servicios que han alcanzado los cinco continentes. Esta familia de proyectos/servicios CLERUS esta formado por:
    1 - Sitios Internet www.clerus.org / www.clerus.net / wap.clerus.net
    2 - Proyecto "Missio", que hace disponible www.clerus.org para ser consultado por correo electrónico
    3 - El "Smart Cd" que hace disponible www.clerus.org en CDRom
    4 - Sitio Internet www.bibliaclerus.org
    5 - CD "Biblia Clerus" que hace disponible www.bibliaclerus.org en CDRom
    6 - Mailing list (listas de distribución)
    7 - Teleconferencias teológicas con los cinco continentes
    8 - Newsgroups
    9 - E-learning, que hace disponible la escuela Sacrum Ministerium on line
    11 - Sitio Internet www.annussacerdotalis.org que lleva adelante la iniciativa del Año Sacerdotal.
    Asi, el sistema CLERUS se presenta como un instrumento importante para la formación de los sacerdotes y diáconos, especialmente para quienes no tiene otros medios para consultar grandes bibliotecas. Allí se encuentran: el magisterio del Papa, homilías del Prefecto, documentos, relacionados con el ministerio sacerdotal y diaconal; pero también se ofrece una amplia biblioteca electrónica dónde se encuentran muchas áreas como liturgia, derecho, hagiografía, oración, omiletica, etcétera.
    El sitio y el CD BIBLIACLERUS contienen el texto bíblico en diversas lenguas, 12 versiones bíblicas - libres de derechos - y están enriquecidos con las obras completas de 11 de los 33 doctores de la Iglesia, de Sant'Agostino a Santa Teresa del Niño Jesús. El programa está orientado hacia la predicación, por este motivo en cada citación bíblica es posible descubrir una de las categorías del esquema cuatripartido del Catecismo de la Iglesia Católica, comentarios místicos, morales, dogmáticos, etc.
    b. Mailing list
    - Con el objetivo de establecer un contacto con los sacerdotes y diáconos para que puedan recibir nuestros servicios, se han creado las "listas de distribución", que son listas de direcciones mail, divididas por lenguas, a los que los usuarios se apuntan para recibir tanto materiales de formación como información.
    - Al momento tenemos:
    + 20.275 sacerdotes y diáconos
    + 2.503 Obispos
    + 2.544 Diócesis y otros
    + 109 Nunciaturas
    + 66 Conferencias Episcopales
    Todas las listas están divididas en lenguas: Italiano, inglés, francés, español, potugués y alemán
    El entero proyecto CLERUS involucra la entera Congregación para el Clero, vale decir que no es solamente la tarea de la Oficina informática, quien coordina los proyectos, sino que es una tarea emprendida por el entero Dicasterio y se realiza dentro del trabajo cotidiano.
    Los Superiores han encargado algunos oficiales como responsables del contenido del sitio para las diversa lenguas, pero es cura de los mismos superiores trazar la dirección fundamental que tienen que tener en general los sitios, como cada lengua en particular. En esta manera cada lengua tiene una vida independiente en cuánto al contenido, dependiendo del material que se puede tener a disposición con los correspondientes derechos de autor. Por lo tanto, el contenido no es siempre en paralelo, excepto las cosas fundamentales que se realizan traducciones oficiales, sobre todo en lo que concierne a los documentos del Magisterio.
    Es tarea de los superiores la relación con las editoriales, las universidades y los muchos autores que colaboran con el contenido, de manera de poder realizar los necesarios convenios y acuerdos para encontrar un material adecuado, de calidad y con los derechos a autor que hacen falta para la publicación.
    El interés principal del actual prefecto, El cardenal Cláudio Hummes, es la Misión, por eso quiere que estos sitios www.clerus.org, www.bibliaclerus.org y www.annussacerdotalis.org puedan alcanzar cuánto más presbiterios posible, dando una nueva dinámica en la presentación del contenido y en el contenido mismo, de manera de hacer revivir y estimular en el sacerdote el aspecto misionero, proponiendo e invitando los presbíteros a leer, profundizar, y así formarse, para llevar adelante la misión.

3- Conclusión:
La "era digital", con su consecuente cambio de paradigma, esencialmente comunicacional, y definido estructuralmente por el "cambio", nos pone delante tres grandes desafíos[31]:
- el primero, la toma de conciencia y la asunción de la realidad del cambio cultural, con su nueva lógica, sus potencias y sus limites[32]
- el segundo, un mayor aprovechamiento y estudio interdisciplinar (que ponga sus bases en la teología) del núcleo de esta nueva cultura que es la comunicación. Esta es, en definitiva, profundamente cristiana[33], no sólo porque la Iglesia nace de un acto comunicativo de Dios, que da la Vida y da la Gracia, sino porque la misma Encarnación del Verbo es el acto intrínsecamente comunicativo de Dios. En Jesús, Dios habla, y es éste el prototipo de la comunicación humana, porque es comunicación, que nace de la Comunión Divina y tiende a la Comunión Divina
- el tercer desafío es la misión[34]. Si la característica de la cultura contemporánea se presenta como "era de cambio", y en el cambio encuentra la sinergía del crecimiento y su propia fecundidad - y también su límite! -, entonces debemos aceptar que la realidad del hombre (en el presente y cada vez más en el futuro) es "nómada". El perfil del hombre contemporáneo ya no es más "sedentario" y su "geografía psicológica" ha cambiado profundamente, lo cual implica que el esquema "suenan las campanas y los fieles vienen a la iglesia" cada vez más queda "fuera de época", no porque no se deban tocar las campanas, sino porque hoy éstas siguen sonando pero los fieles ya no vienen tanto a Misa (incluso en algunos lugares las iglesias ya no pueden tocar sus campanas para no molestar los edificios que se han realizado en su zona!). Por lo tanto, hay un llamado fundamental al mandato original: Vayan y anuncien el Evangelio (Mc 16,15). Esto implica de nuestra parte conocer el mundo hacia el cual debemos, conocer el hombre que hoy debe recibir el mensaje. Éste, el Mensaje, permanece siempre idéntico ya que es el Mensaje de la Vida y de la Salvación, pero el hombre ha cambiado, su lenguaje ha cambiado, su pensamiento ha cambiado, su habitat ha cambiado, por ello estamos convocados a "...una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión"[35]. El elemento "cambio" que le da el impulso "hacia adelante", no carece de graves inconvenientes, porque en una realidad en permanente estado de mutación se pone en riesgo el valor perenne de la Verdad Revelada y de la intrínseca naturaleza del hombre. Pero estos graves inconvenientes del cambio no se resuelven ignorando su existencia o condenándolos a priori, sino Evangelizándolos: Vayan y anuncien!. Esto implica que entrar en la era digital, como dijimos, significa mucho más que "tener una computadora", tener una página en Internet, o una radio o un canal de televisión, significa conocer, asumir la cultura y "trasmitir" (tradere) el Mensaje de siempre al hombre de hoy, respondiendo a sus preguntas[36] e iluminando su existencia con un Mensaje, que no sólo es de conocimiento de la Verdad, sino que es la comunicación del Amor del Padre!
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[1] Cfr. De Kerckhove, D., La piel de la cultura: investigando la nueva realidad electrónica, Gedisa Editorial. Barcelona, 1995.
[2] Cfr. Gaudium et spes 22.
[3] Cfr. Benedicto XVI, Discurso del Papa a un congreso organizado por el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, 23 de mayo de 2008, http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2008/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20080523_pccs_sp.html
[4] Cfr. Viloria Rendón, O., Análisis del entorno: un tiempo de cambios, en «Revista venezolana de análisis de coyuntura», enero-junio, año/vol. XI, número 001, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela, 2005, pp. 11-36.
[5] Cfr. Owen, H., El Espíritu del liderazgo, Oxford University Press, México, 2001.
[6] Cfr.Schumpeter, J., La respuesta creadora en la historia económica, Editorial Oikos-Tau, Barcelona (1968).
[7] Cfr. Deming, E., La Nueva Economía para la industria, el gobierno y la educación, Ediciones Días de Santos, Madrid, 1998.
[8] Cfr. Drucker, M., La sociedad poscapitalista, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.
[9] "Los medios de comunicación tienen la capacidad de pesar no sólo sobre los modos de pensar, sino también sobre los contenidos del pensamiento. Para muchas personas la realidad corresponde a lo que los medios de comunicación definen como tal; lo que los medios de comunicación no reconocen explícitamente parece insignificante". Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Aetatis novae, 1992, n. 4.
[10] Cfr. Galvan, J. M., El nacimiento de la tecnoetica, Roma 2001, www.usc.urbe.it/ html/php/galvan/indextecnoet
[11] Cfr. Delgado, B., Nuevos medios, nueva sociedad. La incidencia de la comunicación publicitaria, en «Retos de la sociedad de la información», Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca, 1997, pp. 121-142.
[12] Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Iglesia & Informática. Congreso Continental. Monterrey (México), EDICE - Conferencia Episcopal Española, 2004.
[13] "Porque el ‘mensaje' de un medium o una tecnología está en el cambio de proporciones, de ritmo o de esquemas que introduce en las relaciones humanas. [...] ‘El medium es el mensaje', porque es el medium que controla y plasma las proporciones y la forma de la asociación y la acción humana. Los contenidos, en cambio, de estos medios de comunicación pueden ser diferentes, pero no tienen alguna influencia sobre las formas de la asociación humana". McLuhan, M., Los instrumentos del comunicar, CDE, Milán 1997, pp. 16-17; cfr. McLuhan, M., La luz y el medio. Reflexiones sobre la religión, Armando Editor, Roma 2002; Granados G. M., La cultura digital: posibilidades, fracturas. Ética en el comunicación, en PCCS, Iglesia e informática, op. cit., pp. 55-88; Galvan, J. M., La comunicación entre fe y cultura, en «Era mediática y nueva evangelización» a cura de Stenico, T., LEV, Vaticano 2001, pp. 204-226.
[14] Es abundante la bibliografía sobre el análisis de los cambios provocados en el mundo por desarrollo de la tecnología, especialmente aquel al servicio de la comunicación, y no solamente limitadamente al ámbito del medios de comunicación. Cfr. Soukup, P., Communication and theology: introduction and review of the literature, Avon Litho Ltd., Stratford-upon-Avon, Warwickshire, 1991; Recent work en communication and theology: a guide for the CICS, en «Cross Connections. Interdisciplinary Communications Studies at the Gregorian University» por Srampickal, J. - Maza, G. -Baugh, L., PUG, Roma 2006.
[15] "Una revolución que, modificando el modo de comunicar, acaba también por invertir el modo de pensar y de vivir, induciendo reales cambios antropológicos, sociales y culturales, tanto de legitimar la reflexión sobre una real ‘cultura informática' como factor de pasaje de la era moderna a aquella post-moderna". Panteghini, G.,Messaggio cristiano e cultura informatica, en «Credere oggi » 86 (2/1995), p. 97.
[16] Cfr. Conferenza Episcopale Italiana (CEI), Comunicazione e missione. Direttorio sulle comunicazioni sociali nella missione della Chiesa, LEV, Vaticano 2004.
[17] Bressan, L., La Chiesa come struttura comunicativa, en «Credere oggi» 144 (6/2004), p. 25.
[18] Cfr. Iribarren, J., El derecho a la verdad. Doctrina de la Iglesia sobre prensa, radio y televisión (1831-1968), BAC, Madrid 1968; Metzinger, L., Le Cinema au service de l'Evangelization et du Development, in «Filmis», OCIC (Organizazzione Cattolica Internazionale del Cinema), Roma 1969, p. 22, cit. en Teología y comunicación en los documentos de la Iglesia, en «Iglesia y medios de comunicación social. El Magisterio de la Iglesia Católica. Actas del Congreso Internacional (Murcia, 20 y 21 de octubre de 2000, Auditorio y Centro de Congresos Región de Murcia)», a cura di Navarro Ibáñez, P., Universidad Católica San Antonio (Murcia) y Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Murcia 2002, p. 59.
[19] Corgnali, D., Le nuove frontiere della comunicazione, en «Credere oggi» 86 (2/1995), p. 5.
[20] Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las comunicaciones Sociales, 24-1-1990.
[21] Cfr. Pontificio Consejo para la Cultura, ¿Dónde está tu Dios? La fe cristiana ante la indiferencia religiosa, Documento conclusivo de la Asamblea Plenaria del 2004, n. II , Proposiciones Concretas.
[22] Cfr. Saint-Exupéry, A., Terra degli uomini, Mursia, Milano 2000, pp. 53-54.
[23] Pontificio Consejo para la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, op. cit., Proposiciones Concretas, 2.1.
[24] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 7-12-1990, en EV 12 547-732, 37 c.
[25] Kelly, K., Nuove regole per un nuovo mondo, Ponte alle Grazie, Milano 1999, p. 46.
[26] "Pero mientras este discernimiento se entrena y mientras se busca el modo más adecuado de comunicar el Evangelio al hombre de nuestro tiempo, la atención contextual del teólogo no puede no interrogarse en orden a la profundidad del cambio cultural que se produce en el horizonte mediático contemporáneo, también a causa del estallido comunicativo que no sólo el occidente está viviendo. Las implicaciones gnoseológicas, antropológicas, éticas de este tránsito cultural no parecen indiferentes o irrelevantes al saber de la fe". Lorizio, P., Teologia e comunicazione, en «Era mediatica e nuova Evangelizzazione», por Stenico, T., LEV, Vaticano 2001, p. 213.
[27] Cfr. Saporito, P.P., Líneas para un plano de acción, en «Infopoverty: possible solutions», por Castelli Fusconi, C. - Giagnotti Tedone, F. , Vita e Pensiero, Milano 2002, pp. 131-132; Cfr. Petrella, R., Il "digital divide": analisi e proposte, en «Internet e l'esperienza religiosa in rete», por Arnoldi, P. - Scifo, B., Vita e Pensiero, Milano 2002.
[28] Martini, C. M., Il lembo del mantello. Per un incontro tra Chiesa e mass media. Lettera pastorale per l'anno 1991-1992, Centro Ambrosiano, Milano 1991, p. 11.
[29] "Lo que saben y piensan los hombres y mujeres de nuestro tiempo está condicionado, en parte, por los medios de comunicación; la experiencia humana como tal ha llegado a ser una experiencia de los medios de comunicación". Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Aetatis novae, 22-2-1992, n. 2.
[30] Corgnali, D., Le nuove frontiere della comunicazione, op. cit., p. 9.
[31] Como el mundo contemporáneo, el mundo de los medios de comunicación, incluyendo Internet, ha sido conducido por Cristo, de manera incipiente pero verdadera, dentro de los límites del Reino de Dios y puesto al servicio de la Palabra de Salvación. Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Etica en Internet, 18.
[32] "El uso que la gente hace de los medios de comunicación social puede producir efectos positivos o negativos. Aunque se dice comúnmente -y lo diremos a menudo aquí- que en los medios de comunicación social « cabe de todo », no son fuerzas ciegas de la naturaleza fuera del control del hombre. Porque aun cuando los actos de comunicación tienen a menudo consecuencias no pretendidas, la gente elige usar los medios de comunicación con fines buenos o malos, de un modo bueno o malo". Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Etica en las comunicaciones sociales (2000), n.1; cfr. Pornografía y violencia en las Comunicaciones Sociales. Una respuesta pastoral (1989).
[33] "¿La ‘comunicación' es un tema teológico? [...] Si la ‘comunicación', en efecto, expresa solamente una de las muchas tareas eclesiales y no un aspecto de la Iglesia misma, él buscará en vano el objeto en la teología. Pero, en cambio, la comunicación no expresa solamente un ámbito del la praxis eclesial: es una dimensión del ser y el actuar de la Iglesia misma. No hay nada en la Iglesia que se pueda excluir a una elaboración teorético-teológica desarrollada dentro de esta perspectiva. [...] Se podrá comprender la importancia del tema de la comunicación sólo si será claro que la Iglesia no ‘mantiene relaciones' ni ‘produce efectos' solamente cuando a éstos están en sus intenciones. Su ‘actuar comunicativo' queda definido a través del ‘efecto comunicativo', el cual debe ser reconocido en cada comportamiento humano. Es pues imposible no comunicar. Watzlawick formula, así, el siguiente axioma metacomunicativo: ‘Actuar o no actuar, la palabra o el silencio tienen siempre un carácter comunicativo'. Parece que hasta ahora la Iglesia no haya logrado entrever el carácter ineluctable de esta comunicación permanente". Bartholomäus, W., La comunicazione nella Chiesa. Aspetti di un tema teologico, en «Concilium» (1/1978), p. 165.
[34] cfr. Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe,Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida, Aparecida 13-31 de Mayo del 2007.
[35] Juan Pablo II, Discurso a la asamblea del CELAM, Port-au-Prince, Haití, 9 de marzo de 1983.
[36] Juan Pablo II, Fides et Ratio, 14-9-98, 1 ;26 ;27.

Monseñor Lucio Ruiz, jefe del Departamento de Internet del Vaticano

jueves, 18 de marzo de 2010

19 de Marzo. SOLEMNIDAD DE SAN JOSE, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL


A Vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación; y, después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo librásteis al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad. Amén

martes, 16 de marzo de 2010

Mons. Braulio Rodríguez Plaza: Una vida apasionante



UNA VIDA APASIONANTE (I)
Escrito dominical, el 14 de marzo


He aquí una pregunta que hice muchas veces en las Diócesis donde anteriormente fui Obispo: ¿Existe en nuestras comunidades cristianas la idea clara de que «el Señor llama y sigue llamando a ser sacerdotes de Jesucristo para el bien de todo el Pueblo de Dios»? ¿Lo tienen en cuenta los padres cristianos, los catequistas y otros educadores cristianos, los profesores de religión, los sacerdotes, religiosos y otros consagrados?
Sé que sacerdotes y seminaristas son los que tienen mayor empeño en una pastoral vocacional atractiva, cuando por san José llega el Día del Seminario. Pero mi exhortación se dirige también hoy a los grupos de profundización en la fe, a los grupos matrimoniales y de pastoral juvenil, para que lleven adelante una tarea con niños, adolescentes y jóvenes en la que la pastoral vocacional sea algo que unifique el apostolado en general, esto es, que sea la pastoral vocacional la que verifique si estamos caminando bien en la vida de nuestros grupos.
No pueden las comunidades parroquiales, los grupos cristianos, los movimientos apostólicos de apostolado seglar, las cofradías y hermandades demandar muchos y buenos sacerdotes y cruzarse de brazos porque crean que esa es la tarea exclusiva del Obispo y unos pocos sacerdotes (los formadores), como si consideraran que el Obispo es el jefe de personal. No, hermanos, el tema es más hondo. Cualquier cristiano funciona con el esquema de llamada de Cristo a esa determinada persona para cumplir una misión en la Iglesia; llamada que, para ser oída por éste o aquélla, debe darse unas condiciones de ayuda y acompañamiento. Justo es también lo que sucede con la vocación de sacerdote.
En la Iglesia hay, sin duda, una capacidad nueva para acompañar a la vocación sacerdotal, porque hay comunidades auténticamente creyentes, que hacen una mediación eclesial, para que el Espíritu Santo dé posibilidad de proponer y discernir vocaciones al sacerdocio. Dios ha dado, por otro lado, a niños, adolescentes y jóvenes un corazón generoso capaz de acoger y responder a la llamada de Jesús. Sería terrible que no creyéramos que existan esos niños, jóvenes y adolescentes, y que lo mejor sería cerrar los Seminarios menores y mayores. Lo cual, además, sería un disparate.
La historia reciente de nuestra Diócesis lo desmiente. El Seminario no sólo existe, sino que proporciona un tiempo de formación muy seria al joven que ha sido llamado a una constante actitud de discernimiento espiritual, de modo que los seminaristas que sean ordenados realicen la misión de ser curas de la mejor manera.
Pero hay que confesar que este proceso de formación de un corazón de pastor no es fácil. Seminaristas y sacerdotes en la actualidad han de ser un haz de relaciones que modelan su forma de ser y su espiritualidad. Y el Seminario es el lugar más propio y único en el fondo para iniciar a los candidatos al sacerdocio a esa aventura apasionante de ser cura. ¿Qué es ser cura? Nada o casi nada de lo que piensa nuestra cultura dominante que tiene una ignorancia supina de lo que significa ser un hombre de fe y de esperanza, que sabe orar para vivir con intensidad la caridad pastoral, que forma su corazón de una manera muy concreta para vivir su sexualidad en un celibato por el Reino de los cielos. Y eso es posible, sin duda, como lo es vivir la pobreza, la disposición obediente, la formación teológica, la fraternidad presbiteral.
¿Qué significa toda esta descripción? Sencillamente que el Pueblo cristiano debe conocer toda la dimensión educativa que afronta un chico hasta ser ordenado presbítero. La formación para el sacerdocio de los Seminarios, de nuestro Seminario, es muy precisa y comprende varias dimensiones o áreas formativas: la formación humana que posibilita un itinerario de madurez de la personalidad; la dimensión espiritual que busca cómo estrechar la relación del futuro sacerdote con Cristo, el que nos da la vida según el Espíritu y las virtudes cristianas; la formación intelectual que cimenta la propia fe, adiestra para anunciarla a los hombres y mujeres de hoy; la formación pastoral para enseñar, santificar y gobernar/regir las comunidades; la formación comunitaria, que le hace capaz de vivir de modo normal las relaciones con los compañeros, en amistad profunda, con disciplina, libertad, reparto de responsabilidades. Un sacerdote debe relacionarse con todos y con todo lo que sea bueno y saludable.
Comprenderán ustedes que haya en la Iglesia una Jornada dedicada al Seminario y los seminaristas. Necesitamos medios y dinero para que el Seminario funcione bien y tenga buenas instalaciones, pero necesitamos más la oración, el cariño, la cercanía y la preocupación para que el Seminario sea esperanza del futuro para nuestra Diócesis. Pero hay algo de lo que quiero hablar la semana próxima: describir una cualidad que todo sacerdote debe tener, aprendida en el Seminario: la misericordia y acogida generosa a ejemplo de Jesucristo, como ministro del Señor.

Benedicto XVI: Audiencia a los participantes de un congreso teológico sobre el sacerdocio



*****
Señores Cardenales,
Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Amables congregados,
me alegra encontrarme con vosotros en esta particular ocasión y os saludo a todos con afecto. Dirijo un particular pensamiento al Cardenal Cláudio Hummes, Prefecto de la Congregación para el Clero, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido. Mi gratitud a todo el Dicasterio, por el compromiso con el que coordina las múltiples iniciativas del Año Sacerdotal, entre ellas este Congreso Teológico, de tema: “Fidelidad de Cristo, Fidelidad del Sacerdote”. Gozo por esta iniciativa que ve la presencia de más de 50 Obispos y de más de 500 sacerdotes, muchos de ellos responsables nacionales o diocesanos del Clero y de la formación permanente. Vuestra atención a los temas referentes al Sacerdocio ministerial es uno de los frutos de este Año especial, que he querido convocar precisamente para “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo (Carta para la celebración del Año Sacerdotal).
El tema de la identidad sacerdotal, objeto de vuestra primera jornada de estudio, es determinante para el ejercicio del sacerdocio ministerial en el presente y en el futuro. En una época como la nuestra, tan “policéntrica” y propensa a difuminar todo tipo de concepción de identidad, considerada por muchos contraria a la libertad y a la democracia, es importante tener bien clara la peculiaridad teológica del Ministerio ordenado para no ceder a la tentación de reducirlo a las categorías culturales dominantes. En un contexto de difundida secularización, que excluye progresivamente a Dios de la esfera pública, y, por tendencia, también de la conciencia social compartida, a menudo el sacerdote parece “extraño” al sentir común, precisamente por los aspectos más fundamentales de su ministerio, como los de ser hombre de lo sagrado, sacado del mundo para interceder a favor del mundo, constituido, en esa misión, por Dios y no por los hombres (cf. Eb 5,1). Por ese motivo, es importante superar peligrosos reduccionismos, que, en las décadas pasadas, utilizando categorías más funcionalistas que ontológicas, han presentado al sacerdote casi como un “agente social”, corriendo el riesgo de traicionar el mismo Sacerdocio de Cristo. Así como se revela cada vez más urgente la hermenéutica de la continuidad para comprender de manera adecuada los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, de manera análoga parece necesaria una hermenéutica que podríamos definir “de la continuidad sacerdotal”, la cual, partiendo de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y pasando a través de los dos mil años de la historia de grandeza y de santidad, de cultura y de piedad, que el Sacerdocio ha escrito en el mundo, llega hasta nuestros días.
Queridos hermanos sacerdotes, en el tiempo en que vivimos es especialmente importante que la llamada a participar del único Sacerdocio de Cristo en el Ministerio ordenado florezca en el “carisma de la profecía”: hay gran necesidad de sacerdotes que hablen de Dios al mundo y que presenten a Dios al mundo; hombres no sujetos a efímeras maneras culturales, sino capaces de vivir de manera auténtica esa libertad que sólo la certeza de la pertenencia a Dios está en condiciones de dar. Como vuestro Congreso ha destacado bien, hoy la profecía más necesaria es la de la fidelidad, que partiendo de la Fidelidad de Cristo a la humanidad, a través de la Iglesia y el Sacerdocio ministerial, conduzca a vivir el propio sacerdocio en la total adhesión a Cristo y a la Iglesia. De hecho, el sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino, por el sello sacramental recibido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1563; 1582), es “propiedad” de Dios. Este “ser de Otro” debe hacerse reconocible por todos, a través de un claro testimonio.
En la manera de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y amar, de relacionarse con las personas, también en el hábito, el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo. En consecuencia, debe poner todo el cuidado en sustraerse de la mentalidad dominante, que tiende a asociar el valor del ministro no a su ser, sino sólo a su función, sin apreciar, así, la obra de Dios, que incide en la identidad profunda de la persona del sacerdote, configurándolo a Sí de manera definitiva (cf. ibid., n.1583).
El horizonte de la pertenencia ontológica a Dios constituye, además, el marco adecuado para comprender y reafirmar, también en nuestros días, el valor del sagrado celibato, que en la Iglesia latina es un carisma requerido para el Orden sagrado (cf. Presbyterorum Ordinis, 16) y es tenido en grandísima consideración en las Iglesias Orientales (cf. CCEO, can. 373). Eso es auténtica profecía del Reino, signo de la consagración con corazón indiviso al Señor y a las “cosas del Señor” (1Cor 7,32), expresión del don de sí mismo a Dios y a los demás (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1579).
La del sacerdote es, por tanto, una altísima vocación, que continúa siendo un gran Misterio también para los que la hemos recibido como don. Nuestros límites y nuestras debilidades deben llevarnos a vivir y a custodiar con profunda fe ese don precioso, con el que Cristo nos ha configurado a Sí, haciéndonos partícipes de Su Misión salvífica. De hecho, la comprensión del Sacerdocio ministerial está ligada a la fe y pide, de manera cada vez más fuerte, una radical continuidad entre la formación del seminario y la permanente. La vida profética, sin compromisos, con la que serviremos a Dios y al mundo, anunciando el Evangelio y celebrando los Sacramentos, favorecerá el advenimiento del Reino de Dios ya presente y el crecimiento del Pueblo de Dios en la fe.
Queridísimos sacerdotes, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo nos piden sólo ser hasta el fondo sacerdotes y nada más. Los fieles laicos encontrarán en muchas otras personas aquello que necesitan humanamente, pero sólo en el sacerdote podrán encontrar esa Palabra de Dios que debe estar siempre en sus labios (cf. Presbyterorum Ordinis, 4); la Misericordia del Padre, que se prodiga de manera abundante y gratuita en el Sacramento de la Reconciliación; el Pan de Vida nueva, “verdadero alimento dado a los hombres” (cf. Himno del Oficio en la Solemnidad del Corpus Domini del Rito romano). Pidamos a Dios, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de San Juan María Vianney, poderLe dar gracias cada día por el gran don de la vocación y de vivir con plena y gozosa fidelidad a nuestro Sacerdocio. ¡Gracias a todos por este encuentro! Con mucho gusto imparto a cada uno la Bendición Apostólica.

Monseñor José Ignacio Munilla: Examen de conciencia sacerdotal


El sacerdote, “oveja” y “pastor” del rebaño de Cristo

En su homilía de inicio de pontificado, Benedicto XVI hizo una breve explicación catequética sobre el “palio”, confeccionado con lana de oveja, con el que se reviste el arzobispo: “El palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros”. Asimismo, el Papa recordaba también que Aquél que nos pide a nosotros, sacerdotes, colaboración en su tarea de pastoreo, es el mismo que comparte de forma misteriosa nuestra propia condición: “El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados”.
Esta doble condición de ser pastores y ovejas del rebaño de Cristo, que tenemos los sacerdotes, es el punto de partida de este breve “examen de conciencia sacerdotal”, que proponemos en el contexto del Año Jubilar Sacerdotal.
Es de suponer que este examen de conciencia para sacerdotes, llegue también a las manos de muchos laicos, consagrados o religiosos… Obviamente, no existe ninguna contraindicación para que puedan servirse de él. ¡No hay secretos entre las distintas vocaciones de vida cristiana! Todos buscamos la santidad; y de la misma manera que para nosotros, los sacerdotes, es muy estimulante ver el esfuerzo que muchos seglares realizan por ser fieles en su vocación, también lo será para los laicos ver que los sacerdotes hacemos lo propio, máxime en este Año Jubilar Sacerdotal. ¡Alguien dijo que el deseo de santidad es contagioso!

Las tentaciones del sacerdote, en cuanto “oveja” del rebaño de Cristo
  • Falsa seguridad: Uno de nuestros peligros principales puede ser el olvido de que somos tentados como cualquier otro ser humano… Nuestra condición sacerdotal no nos preserva de la tentación del materialismo, del placer; ni tampoco de la búsqueda del poder y del prestigio… “¡El que se crea seguro, tenga cuidado en no caer!” (1 Co 10, 12).
  • Autodidactas: Los sacerdotes tenemos una cierta tendencia a “autodirigirnos” y a “autoevaluarnos” en la vida espiritual, como si fuésemos maestros de nosotros mismos… ¡Y eso no funciona! Dios nos da el “don de consejo” para ejercer como pastores con los que nos han sido encomendados, pero no para con nosotros mismos. Nosotros hemos de ser “pastoreados” por otros hermanos sacerdotes. Cometeríamos un grave error si pensáramos que el director espiritual fue una figura necesaria solamente en el tiempo de formación en el Seminario.
  • En casa de herrero, cuchillo de palo”: Ciertamente, los sacerdotes podemos dar por supuesta, equivocadamente, la madurez de nuestra vida espiritual, sintiéndonos dispensados de determinados actos de piedad… Sin embargo, nosotros somos los primeros que necesitamos los medios sobrenaturales para el cultivo de nuestra vida de fe.
  • Rutina: Es el riesgo que tenemos de acostumbrarnos a lo sagrado, de no conmovernos ante la presencia real de Dios en la Eucaristía… El hecho de ser “administradores” de los tesoros de Dios, nos permite estar especialmente cerca del Misterio, pero también nos puede inducir a la rutina y al acostumbramiento.
  • Falta de esperanza en nuestra propia santidad: Los sacerdotes podemos asumir el rol de ser “altavoces de Dios”, dejando paradójicamente en segundo plano la llamada a la santidad que Dios nos dirige a nosotros mismos. No es infrecuente que nos resulte más fácil confiar en la “historia de salvación” de Dios para con la “humanidad”, que en el plan personal de santificación que tiene con nosotros. La recepción frecuente y esperanzada del sacramento de la penitencia, es el mejor signo de que los sacerdotes mantenemos vivo el deseo de recuperar el “amor primero”.

Las tentaciones del sacerdote, en cuanto “pastor” del rebaño de Cristo

  • Falta de autoestima: El avance de la increencia en nuestra sociedad, puede conducirnos a la tentación de hacer una lectura pesimista de nuestro ministerio sacerdotal… Como les ocurre al resto de los mortales, también nosotros tenemos el riesgo de valorarnos más por el “tener” que por el “ser”; es decir, hacer depender nuestra autoestima del grado de éxito cosechado en nuestros proyectos, y no tanto del valor del tesoro que llevamos entre manos…
  • Desconfianza hacia la Providencia de Dios: En medio de nuestro empeño pastoral, no podemos olvidar cuáles son el Alfa y la Omega de la Historia de la Salvación: Sólo Cristo es el Redentor del mundo, y nosotros somos meros instrumentos. ¡Sus planes de salvación para la humanidad, no se verán frustrados! La Iglesia tiene la promesa de indefectibilidad recibida del mismo Cristo. ¡La victoria de Cristo sobre el mal será plena y esplendorosa!... Es frecuente que nosotros suframos porque las cosas no vayan como nosotros pensamos que debieran ir… Pero, como aquellos apóstoles que estaban angustiados al ver cómo Jesús dormía en aquella barca zarandeada por la tempestad, quizás también nosotros necesitemos la reprensión que Jesús dirigió a los suyos: “Hombres de poca fe, ¿por qué habéis dudado?” (Mc 4, 40; Mt 14, 31).
  • Necesidad de purificar nuestros criterios: Una cosa son las sensibilidades enriquecedoras, y otra muy distinta las “ideologías”, que siempre deben ser purificadas… Baste recordar aquella reprensión de Jesús a Pedro: “Tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8, 33). En la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia encontramos la fuente para conformar nuestros criterios con la luz de la Revelación…
  • Falta de oración “apostólica”: Es posible que podamos pasarnos la vida diciéndonos a nosotros mismos que, como sacerdotes que somos, hemos de orar más y mejor… Y la pregunta es: ¿Será cuestión de tiempo? ¿de fuerza de voluntad? ¿o de amor de Dios? Lo indudable es que el Pueblo de Dios no solo requiere de nosotros que seamos “maestros”, sino también “testigos” del mensaje que anunciamos…
  • Vanidad: Podemos realizar muchas obras “materialmente” buenas, en servicio de Dios y de los fieles; pero que, sin embargo, pueden encubrir una cierta búsqueda “subjetiva” de nosotros mismos… Existe el riesgo de interferencias de nuestro amor propio, incluso en el marco de un cumplimiento íntegro del ministerio sacerdotal.
  • Miedos que nos paralizan: En ocasiones, el miedo al fracaso nos lleva a no arriesgar en nuestras actuaciones, a no dar lo mejor de nosotros mismos. Igualmente, el temor a ser etiquetados o mal comprendidos, también puede disminuir nuestro celo apostólico y nuestra acción en bien de las almas (En el fondo, estamos ante otra manifestación de la vanidad).
  • Falta de método: Nuestra labor sacerdotal, aún siendo muy sacrificada, puede perder eficacia por causa de una forma desordenada de trabajar. A veces podemos abusar de la improvisación, o de no rematar las cosas. Hemos de ver también si compartimos nuestras iniciativas, si delegamos responsabilidades...
  • Falta de cuidado personal: La vida sacerdotal puede conllevar una cierta soledad, de la cual se desprenden determinados riesgos: comer mal, descansar poco, descuido del aseo personal, del vestir, de la salud, hábitos desordenados de vida, dejar que se enrarezca nuestro carácter... Un cierto nivel de autodisciplina es necesario. Pero, sobre todo, lo más importante es que nuestro descanso interior y exterior lo vivamos “en Cristo”, y no al margen de Él.
  • Impaciencia: Podemos confundir la necesidad de “rigor” con la “impaciencia”, olvidando las palabras del profeta: “la caña cascada no la quebrarás, la mecha humeante no la apagarás” (Is 42, 3). La radicalidad evangélica no justifica nuestra dureza con los que nos han sido confiados… Por el contrario, en nuestra vida de servicio sacerdotal, es importante el sentido del humor, el cariño y la alegría…es decir, la misericordia.
  • Los predilectos de Cristo y los nuestros: La acción apostólica de Cristo se dirige a todos, sin excepción. Al mismo tiempo, sus predilectos fueron los excluidos, los pobres, los enfermos… Nuestro examen de conciencia nos cuestiona sobre si los pobres y necesitados ocupan el centro de nuestro ministerio sacerdotal: personas en soledad, quienes padecen desequilibrios psíquicos, otros enfermos y ancianos, parados, inmigrantes, transeúntes, maltratados…. sin olvidar la mayor de las pobrezas, compartida por todos nosotros: el pecado. ¡La administración abnegada del perdón de Cristo, es el máximo signo de la “caridad pastoral”!

Llenos de esperanza en este Año Jubilar

Un examen de conciencia no es una mera introspección, sino que consiste en abrirnos a la gracia de ver nuestra vida desde los ojos de Dios. Nuestro Patrono, el Santo Cura de Ars, decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”; “Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”. Tenemos sobradas razones para vivir nuestro “examen de conciencia sacerdotal” llenos de confianza y abiertos a la esperanza de la santidad. No en vano, el Papa convocó el Año Jubilar Sacerdotal con el objetivo de “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” y de “favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio”.
He aquí las palabras con las que su Santidad Benedicto XVI concluía su Carta para la Convocación de este Año Jubilar Sacerdotal: «A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz».

Paul Gunter, O.S.B.: El sacerdote en los Ritos de Comunión de la Santa Misa


El sacerdote que se prepara a los ritos de Comunión en la Misa está predispuesto por la Plegaria Eucarística, que acaba de completar, a reconocer que "en el relato de la institución, la eficacia de las palabras y de la acción de Cristo, y el poder del poder del Espíritu Santo, hacen sacramentalmente presentes bajo las especies del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido sobre la cruz una vez para siempre" [1]. Por otro lado, cuando llega el momento en que el sacerdote y los fieles reciben la Santa Eucaristía, o sea, cuando se preparan a comer el Cuerpo del Señor y a beber su Sangre, es necesario acordarse del discurso de Jesús en Cafarnaúm, que representa la recepción de la Santa Eucaristía tanto como una venida que como un encuentro [2].
Por cuanto respecta al tema de la venida, el Evangelio de san Juan dice: "el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo" [3]. Sobre el encuentro, la Eucaristía es incluso concebida como expresión de la relación interna en la Santísima Trinidad, atestiguada en la relación filial de Jesús con su Padre celestial. Jesús la explica con las palabras: "No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida" [4]. "Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" [5]. En consecuencia, la preparación personal y pública para recibir la Santa Eucaristía, que los Ritos de Comunión favorecen de forma tan intensa, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria de la Misa, no preparan al sacerdote y a los fieles a recibir una cosa, sino a una Persona. Come resume Romano Guardini: "No esto, sino a Él, la Persona suprema alabada por toda la eternidad" [6].

La forma ordinaria del Rito Romano


En la forma ordinaria (o Misa de Pablo VI), al inicio de los Ritos de Comunión, guiados por el sacerdote, el pueblo está en pie. A nivel simbólico, la imagen del sacerdote que está en el centro del altar, rodeado por la asamblea en pie, representa una anticipación de la Iglesia que estará con Cristo en el cielo al final de los tiempos. El sacerdote introduce el Pater Noster utilizando una de las fórmulas previstas, antes de que se recite o se cante juntos la oración del Señor. Las palabras que Jesús nos enseñó para que rezásemos con confianza, y que nosotros utilizamos antes de acercarnos a la Santa Eucaristía, han sido comentadas por numerosos autores. Por ejemplo, algunos textos tomados del comentario de san Cipriano de Cartago sobre la oración del Señor fueron insertados en el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas, en la semana undécima del Tiempo Ordinario, para educarnos a un mayor aprecio del significado de estas palabras [7]. Los textos de san Cipriano recuerdan al sacerdote que cada recitación del Pater Noster es un acto eclesial, que trae consecuencias en la vida de los demás. San Cipriano escribió:
"Ante todo, el Maestro de la paz y de la unidad no quiso que orásemos por cuenta nuestra y en privado, de manera que cada uno rezase sólo para sí mismo. Por eso no decimos Padre mio que estás en el cielo, o Dame hoy mi pan [...]. Nuestra oración es pública y para todos y, cuando rezamos, lo hacemos no por una persona sola, sino por todas, porque nosotros todos somos uno" [8].
La oración Libera nos continua difundiendo dulcemente los ecos del Pater Noster y describe la indignidad humana y la necesidad de liberación del mal con que nos acercamos a la Eucaristía. El sacerdote, que reza a favor de cada uno, reconoce, por un lado, las circunstancias que inciden sobre nuestra paz, en vidas manchadas por pecados y angustias; y por la otra, la gozosa esperanza que trae la venida del Señor. El pueblo completa la oración con una doxología, que expresa la expectativa de que el Señor cumplirá su promesa de ser glorificado en nosotros. La oración Domine Iesu Christe se concentra sobre nuestros pecados y angustias y reposa sobre la fe de la Iglesia que espera la paz y la unidad del reino, como cumplimiento de la voluntad de Dios. Después, el sacerdote extiende las manos e intercambia el saludo con la asamblea: Pax Domini sit semper vobiscum. Se responde: Et cum spiritu tuo.
El intercambio efectivo de la paz no representa un componente obligatorio de la liturgia: el diácono o el sacerdote pueden, si es oportuno, invitar a los presentes a intercambiarse el signo de la paz. Las discusiones respecto al momento más apropiado para intercambiarse la paz dentro de la liturgia sin distintas de las que se refieren al modo de intercambiarla. El Misal mantiene las debidas distinciones eclesiológicas. Ciertamente, el intercambio de la paz no es un momento en el que de una actitud formal se pase a una informal, sino más bien un momento en el que las relaciones humanas, que son parte intrínseca del orden de las cosas, se revelan en sus justas proporciones. "Se trata de un rito de intercambio, no de un saludo por las buenas" [9]. Santo Tomás de Aquino expresó esta relación entre las relaciones humanas y el buen orden en su bello himno al Santísimo Sacramento con el título Pange Lingua, cantado el Jueves Santo y en el día del Corpus Domini en la liturgia romana [10]. La tercera estrofa recita: "En la noche de la Cena, / sentado a la mesa con sus hermanos, / tras haber observado plenamente las prescripciones de la ley..." [11].
El sacerdote intercambia la paz con el diácono o con el ministro asistente. No está previsto que deje el presbiterio para saludar a los fieles en la nave. Estos se intercambian la paz sólo con aquellos que están más cerca. El libro distingue estos dos gestos (es decir, el del celebrante y el de los fieles), lo que impide que haya un malentendido eclesiológico, que podría brotar de una visión puramente horizontal.
La fracción del pan, que sigue, posee un aspecto práctico y uno simbólico. Desde el punto de vista ritual, en muchos casos el celebrante rompe la Hostia grande, que consume en primera persona. Por otro lado, este rito permite que se use también una Hostia más grande respecto a lo normal, que se haga pedazos para distribuirlos a los fieles. Una partícula de ésta debe meterse en el cáliz, mientras el sacerdote dice en secreto: "El Cuerpo y la Sangre de Cristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna".
El Agnus Dei que acompaña esta acción pide perdón y se dirige a Jesús, que es el Cordero pascual, cuyo cuerpo sacrificado ha derramado su sangre para el perdón de los pecados. La imagen de Jesús como Cordero está representada en un modo extraordinario por un retablo de la catedral de San Bavón, en Gante, en la que se ve un cordero de pie sobre el altar, que derrama su sangre en un cáliz [12]. El Agnus Dei se remite al Libro del Apocalipsis, que proclama la dignidad del Cordero que fue inmolado [13] y la bendición de aquellos que son invitados al banquete de bodas del Cordero [14]. La antigüedad del Agnus Dei en el Rito Romano es tal que muchos expertos sostienen que fue el papa Sergio I (687-701) quien lo introdujo en la Misa. La tercera invocación del Agnus Dei pide la paz porque la Santísima Eucaristía es Sacramento de Paz, en cuanto que es el medio a través del cual todos aquellos que lo reciben se estrechan en un vínculo de unidad y de paz [15].
El sacerdote reza en secreto una oración preparatoria personal a la Santa Comunión, entre las dos que propone el Misal. En la primera, pide ser liberado de sus iniquidades y de todo otro mal, a través del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y pide la gracia de permanecer en los mandamientos del Señor para que nada pueda nunca separarle de él. En la segunda, el sacerdote ora para que su recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo no traiga sobre él un juicio de condena, sino al contrario, represente una defensa y una cura para el alma y el cuerpo. La Comunión del sacerdote, que siempre precede a la de los fieles, se hace bajo las dos especies, para completar la acción litúrgica de la Misa. Él ora para que el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo conduzcan a la vida eterna. En cambio, en la purificación de los vasos sagrados, reza en favor de los que han comulgado (incluido, por tanto, él mismo), para que lo que han recibido con los labios sea recibido por un corazón puro, y para que de simple don hecho en el tiempo, la Comunión eucarística se convierta en un remedio que dura para la vida eterna. El conjunto de estas palabras y acciones revela que aquí se ha celebrado un gran misterio: la Celebración eucarística es un kairos - tiempo favorable del Señor - que ha interceptado el chronos, o sea, el tiempo que es simple sucesión de acontecimientos que tienen lugar alrededor nuestro. Por eso aquí, ante Dios, el silencio representa en el fondo la única respuesta personal apropiada que proviene de la parte más íntima de nuestro ser para expresar fe, reverencia y comunión de amor con Aquel que hemos recibido.
Este momento de silencio debería ser salvaguardado con atención. Debería durar minutos y no segundos, para proporcionar un espacio de oración claramente definido. En la oración después de la Comunión, que también prevé una pausa de silencio después del Oremus, sobre todo si esta no ha sido observada en precedencia, el sacerdote guía el agradecimiento de la Iglesia y reza para que el don de la Comunión, que ha sido distribuido, pueda dar fruto en nosotros. El Amén con el cual los fieles responden a esta oración concluye los Ritos de Comunión, que habían iniciado con la invitación del sacerdote a rezar el Pater Noster.

La forma extraordinaria

El sacerdote en los Ritos de Comunión de la forma extraordinaria (o Misa de san Pío V) realiza gestos más complejos, que indican la identidad y la función sacerdotales, en preparación a la Santa Comunión. Siguiendo el mismo orden usado para exponer los ritos de la forma ordinaria, consideremos ahora la extraordinaria, comenzando por la introducción al Pater Noster hasta la conclusión de la oración tras la Comunión. Se notan ciertamente diferencias entre ambas formas que componen el Rito Romano. Dado que el Misal Tridentino prevé celebraciones con distintos grados de solemnidad, en estos casos los ministros asistentes llevan a cabo acciones que en cambio son realizadas por el propio sacerdote cuando celebra la Misa Baja (no solemne). El sacerdote recita el Pater Noster él solo y el ministro asistente responde: sed libera nos a malo. El Libera quaesumus incluye las intercesiones de todos los santos, y además de mencionar a la Virgen María y a los santos Pedro y Pablo, incluye también a san Andrés, probablemente como signo de particular devoción hacia el apóstol.
Cuando el sacerdote reza para obtener la paz en nuestros días [16], hace el signo de la cruz sobre sí mismo con la patena y la besa sobre la orla superior, antes de ponerla bajo la Hostia, para preparar el desarrollo de la fracción del pan. En su explicación de las oraciones y ceremonias de la Santa Misa, Guéranger ofrece un comentario que describe el objetivo de la fórmula Haec Commixtio, que se dice en el momento de inserir la partícula de la Hostia en el cáliz - comentario que al mismo tiempo revela la tendencia de este autor hacia la alegoría:
"El sacerdote después deja caer la partícula que tenía en la mano dentro del cáliz, mezclando así el Cuerpo y la Sangre del Señor, diciendo al mismo tiempo: Haec commixtio et consecratio Corporis et Sanguinis Domini nostri Iesu Christi fiat accipientibus nobis in vitam aeternam. Amen. ¿Cual es el significado de este rito? ¿Qué cosa se significa en la mezcla de la Partícula con la Sangre que está en el cáliz? Este rito no es de los más antiguos, aunque tiene casi mil años. Su fin es demostrar que, en el momento de la resurrección de Nuestro Señor, su Sangre se unió de nuevo a su Cuerpo, circulando en sus venas como antes. No habría sido suficiente que se fuese reunida a su Cuerpo solo su Alma; debía suceder lo mismo con su Sangre, de modo que el Señor estuviese íntegro y completo. Nuestro Salvador, por eso, en la resurrección retomó su Sangre que había sido antes derramada en el Calvario, en el Pretorio y en el Huerto de los Olivos" [17].
Tras el Agnus Dei, hay tres plegarias que el sacerdote dice antes de la Santa Comunión, con los ojos fijos sobre la sagrada Hostia y cuyo contenido se encuentra largamente en los Ritos de Comunión de la forma ordinaria. Después, teniendo la Hostia dice la fórmula Domine, non sum dignus por tres veces y simultáneamente se bate el pecho. Cuando purifica la patena en el cáliz antes de consumir la preciosa Sangre, cita el Salmo 115: "¿Cómo al Señor podré pagar todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré, e invocaré el nombre del Señor", y añade: "Alabando invocaré al Señor y me salvará de mis enemigos" [18]. Durante la purificación del cáliz, tras el Quod ore sumpsimus, el sacerdote reza para que no quede en él alguna mancha de sus faltas y que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que ha recibido transformen todo su ser.
Se ve que el énfasis reposa sobre el carácter sacerdotal y sobre las acciones litúrgicas del sacerdote en los Ritos de Comunión son extremamente alentadores. Mientras no esconden la conciencia que el sacerdote posee de su propia indignidad, subrayando con todo su dignidad única y le recuerdan cómo debe luchar para volverse puro y santo como Cristo. Por ello estos ritos invitan - e invitan de un modo inmediato - al sacerdote que realiza el sacrificio a entrar en una unión más estrecha con Jesucristo, Sumo Sacerdote y Víctima. Además invitan a los fieles a reconocer con alegría el ministerio del sacerdocio, cuyo misterio es esencial para la Eucaristía, como "Fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia" [19]. En estos aspectos distintos de la misma invitación, la Iglesia entrevé las maravillas del amor de Dios, que se humilló a sí mismo para compartir nuestra humanidad; amor que renueva su invitación cada vez que su alianza de amor se hace presente sobre el altar, cuando Cristo arrastra nuestra existencia humana cada vez más profundamente a su vida resucitada. Como atestigua el autor del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" [20].
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(Traducción de Inma Álvarez)


Note
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353.
[2] Jn 6.
[3] Jn 6,33.
[4] Jn 6,46-48.
[5] Jn 6,57.
[6] R. GUARDINI, Meditations Before Mass, tr. ingl. E. CASTENDYK, Sophia Institute, Manchester (NH) 1993 (rist.), 174.
[7] Cipriano de Cartago, De Oratione dominica, 4-30, PL 3A, 91-113.
[8] Cipriano de Cartago, De Oratione dominica, 8.
[9] J. DRISCOLL, What happens at Mass, Gracewing, Leominster 2005, 123.
[10] Durante la solemne traslación del Santísimo Sacramento del Jueves Santo y como Himno en las Vísperas del Corpus Domini.
[11] «In supremae nocte caenae recumbens cum fratribus, observata lege plene...».
[12] J. VAN EYCK, Adoración del Cordero, escena del retablo, 1432, Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica.
[13] Ap 5,11-12.
[14] Ap 19,7.9. El sacerdote introduce el Domine, non sum dignus, formula basada en Mt 8,8 y Lc 7,6-7 los cuales, en el Misal de Pablo VI, se añadió la imagen de la fiesta del Cordero.
[15] "Oh signo de unidad, oh vínculo de caridad": Agustín de Hipona, In Joannis evangelium tractatus, 26, 13: PL 35, 1613; cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47.
[16] «Da propitius pacem in diebus nostris».
[17] P. Guéranger, Explanation of the Prayers and Ceremonies of Holy Mass, tr. ingl. L. Shepherd, Stanbrook Abbey, Worcestershire 1885, 61.
[18] «Laudans invocabo Dominum et ab inimicis meis salvus ero».
[19] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 3.
[20] Ap 3,19-20.