sábado, 27 de febrero de 2010

II DOMINGO DE CUARESMA


+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas
9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús:
-“Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.
No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.
De la nube salió una voz que decía:
-“Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”.
Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.
Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.

Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.

Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

viernes, 26 de febrero de 2010

Cartas de Santa Teresita al abate Bellière, hermano espiritual (VI)


J.M.J.T.
Jesús
+
13 de julio de 1897
Querido hermanito:
Cuando lea estas letras, quizás yo no esté ya en la tierra, sino en el seno de las delicias eternas. No conozco el futuro, pero puedo decirle con seguridad que el Esposo está a la puerta. Se necesitaría un milagro para retenerme en el destierro, y no creo que Jesús haga ese milagro inútil. Querido hermanito, ¡qué contenta estoy de morir! Sí, estoy contenta, no por verme libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en este valle de lágrimas). Estoy contenta de morir porque veo que ésa es la voluntad de Dios y porque seré mucho más útil que aquí abajo a las almas que amo, y muy especialmente a la suya. En su última carta a nuestra Madre me pedía que le escribiese a menudo durante las vacaciones. Si el Señor quiere prolongar todavía algunas semanas más mi peregrinación y nuestra Madre lo permite, podría garabatearle aún algunas palabras como éstas. Pero lo más probable es que haga algo más que escribirle a mi querido hermanito, incluso más que hablarle el lenguaje fastidioso de la tierra: estaré muy cerca de él, veré todo lo que necesita y no dejaré en paz a Dios hasta que me conceda todo lo que quiero... Cuando mi hermanito querido parta para Africa, yo le seguiré, y no ya con el pensamiento o con la oración: mi alma estará siempre con él, y su fe le hará descubrir la presencia de una hermanita que Jesús le dio, no para que le sirviera de apoyo durante apenas dos años, sino hasta el último día de su vida.
Todas estas promesas, hermano, tal vez puedan parecerle un tanto quiméricas; sin embargo, debe empezar a saber que Dios siempre me ha tratado como a una niña mimada. Es verdad que su cruz me ha acompañado desde la cuna, pero Jesús me ha hecho amar apasionadamente esa cruz y me ha hecho siempre desear lo que él quería darme. ¿Va a empezar entonces en el cielo a no colmar ya mis deseos? La verdad, no puedo creerlo, y le digo: «Pronto, hermanito, estaré cerca de usted". Se lo suplico, pida mucho por mí, ¡necesito tanto las oraciones en este momento! Pero sobre todo, pida por nuestra Madre; ella quisiera retenerme todavía mucho tiempo aquí abajo, y para conseguirlo esta venerada Madre ha mandado decir un novenario de Misas a Nuestra Señora de las Victorias que ya me curó en la niñez; pero yo, sabiendo que el milagro no se realizará, he pedido y alcanzado de la Santísima Virgen que ella consuele un poco el corazón de mi Madre, o, mejor, que le haga consentir en que Jesús me lleve al cielo. Hasta Dios, hermanito, hasta pronto, hasta que volvamos a vernos en el hermoso cielo.
T. del Niño Jesús y de la Santa Faz
rel. carm.

lunes, 22 de febrero de 2010

22 de febrero: LA CATEDRA DE SAN PEDRO

VIVA EL PAPA!
“Orad para que no huya,
por miedo, ante los lobos”.
Benedicto XVI
Inmaculado Corazón de María, que amas con amor solícito a todos tus hijos,cuida con particular amor de Madreal Vicario de Cristo en la tierra,a nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI,para que, en sus desvelos por la Iglesia y el hombre,sienta siempre el apoyo y la oración de los hijos de la Iglesia.Regálale con la alegría cotidiana que brota del amor,protégelo contra las insidias de quienes no aman a Dios,contra las incomprensiones de quienes no le aman lo suficiente. Ofrécele tu ternura de Madrepara que no se sienta soloen la tarea de regir la Iglesia. Muéstrate como Madre amorosísima para él que es el "Dulce Cristo en la tierra" y ofrécele siempre tu consuelo. Así sea.
¡Oh santísima Virgen María, Reina de la Iglesia!, que exhortaste a los pastorcitos de Fátima a rogar por el Papa, e infundiste en sus almas sencillas una gran veneración y amor hacia él, como Vicario de vuestro Hijo y su representante en la tierra. Infunde también a nosotros el espíritu de veneración y docilidad hacia la autoridad del Romano Pontífice, de adhesión inquebrantable a sus enseñanzas, y en él y con él un gran amor y respeto a todos los ministros de la santa Iglesia, por medio de los cuales participamos la vida de la gracia en los sacramentos. Así sea.

Beato Marcelo Spinola: La bandera de Jesucristo (XVIII)

Nuestra elección está hecha; porque en la ordenación nos decidi¬mos a militar en las filas de Cristo; renunciando una vez más al mundo; pero interesa que nos afirmemos en nuestro propósito.
Imaginemos que vemos a Jesucristo, radiante el rostro, mirándonos animoso y enarbolando la enseña de la Cruz. «Ecce rex tuus.»
Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

miércoles, 17 de febrero de 2010

P. Marco Antonio Foschiatti, OP: Meditación para el Primer Domingo de Cuaresma

“El Espíritu le empuja hacia el desierto. Estuvo en él…tentado por Satanás.” (Mc 1)
El primer domingo de Cuaresma nos lleva al lugar espiritual y teológico del desierto. Toda la cuaresma es vivir intensamente el Misterio de Cristo, es sumergirse con El en su oración, en su intimidad con el Padre. Cuaresma es volverse enteramente a Cristo con la mente, con los sentimientos, con la voluntad y con todo el corazón para descubrir junto a El nuestras infidelidades, la voz de nuestros demonios, las cadenas de nuestros orgullos, la lepra de nuestro pecado.
En el Rostro de Jesús descubrimos nuestra vocación bautismal: “Tú eres mi Hijo Amado” (Mc 1,11) y descubrimos lo mucho que necesitamos vivir en un continuo catecumenado, o sea un camino de conversión cotidiana, de lucha contra nosotros mismos para derribar al hombre viejo, un camino para que de la dura roca de nuestro corazón pueda brotar el saludable “bautismo de las lágrimas”:
“Gracias a las lágrimas y a la bondad de Dios resucitará el alma que estaba muerta.” (S. Efrén)

Vamos al desierto junto a Jesús para pedir la compunción, el dolor por amor… el dolor por no haber vivido seriamente la vocación bautismal de ser un resucitado con Cristo, de ser hijo en el Hijo y hermano en el Hermano.
El desierto es el lugar de la larga peregrinación del pueblo santo de Dios hacia la tierra de la Promesa, cuarenta años de camino; cuarenta años de vivir del alimento que sale de la Boca de Dios; cuarenta años de experimentar la sombra y el fuego del Espíritu que empuja, que guía. Cuarenta años en donde se pueden experimentar la dureza del corazón humano que no quiere escuchar la Palabra de Vida, pero también camino en donde el amor providente del Señor transforma las peñas en estanques, el duro pedernal en manantiales de agua. (cf. Sal 113; Ex 17,1-7)

El desierto es el lugar del primer amor del Señor con su pueblo, allí El puede hablarle al corazón (Oseas 2, 16), es el tiempo de la primera y gran revelación; allí en su soledad, sin las distracciones y las diversiones de los ídolos, se manifiesta en toda su grandeza el Dios Santo. Allí el corazón descubre su nada, allí se reanuda la Alianza y la fidelidad. El desierto sólo puede asustar a todo aquel que no quiera dejarse llevar, a aquel que en esta vida tan sólo quiera hacer la suya. En cambio para el corazón que quiere ser maleable y dócil el desierto es lugar de eterna misericordia: “Guió por el desierto a su pueblo, porque es eterna su misericordia” (Sal 136)

El desierto es el lugar de la cercanía de Dios pero también en donde nos enfrentamos con el “Misterio de la Iniquidad”. El desierto nos habla también de un ámbito en donde la vida no halla hondura, ni suelo, ni alimento ni manantiales que la vivifique. Es también el lugar en donde la serpiente antigua, en donde el mentiroso y el homicida desde el principio, busca confundir, desanimar, enredar, turbar, inquietar, entristecer y rebelar al pobre corazón humano. Por esto nos dice S. Ignacio de Loyola, maestro en el discernimiento de los espíritus, que “es propio del mal espíritu morder, entristecer y poner obstáculos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante.” (E.E. N 315)
¿Cómo enfrentar a este mal caudillo, a este enemigo de Dios y de su obra? ¿Cómo hacer de la tentación una ocasión de un ejercicio heroico de las Virtudes teologales y por tanto un enraizarse más hondamente en la Vida misma del Buen Dios, del Dios Amor? Nos dice S. Ignacio de Loyola que debemos “pedir conocimiento interno de los engaños del mal caudillo”, acercarnos a la Luz de la Palabra de Jesús para que nos muestre los engaños del Maligno y los engaños de nuestro amor propio. El contacto cotidiano, amoroso y orante con el Corazón de Jesús, que late en su Palabra, disipará las tinieblas del mal espíritu. En la noche oscura del desierto la columna de fuego de la Palabra de Jesús nos guía segura, nos guía a la Tierra de la Vida de Dios.
El desierto como amenaza de la vida no es un lugar geográfico sino un espacio del corazón, del corazón enfermo, del corazón que clama por la redención. Lo vemos en la peregrinación de Israel por el desierto: “allí aparece el desierto como un tiempo en el que surgen los mayores peligros, como un tiempo en el que protesta contra su Dios, está descontento de El, le gustaría regresar al paganismo; el desierto para Israel es un tiempo en el que se equivoca, da vueltas sin encontrar salida; como un tiempo en el que se hace sus propios ídolos, porque no tiene bastante con el Dios lejano”. (Joseph Ratzinger, Palabra en la Iglesia)
Es por eso que ante los peligros del desierto, ante aquello que nos amenaza el continuar con el Camino hacia la Pascua, debemos oponer la invocación del dulce y fuerte Nombre de Jesús: “Me invocará y lo escucharé, lo defenderé porque conoce mi Nombre” (Sal. 90) El cristiano conoce el Nombre de Jesús, se sumerge en Su fidelidad al Padre. Orar con el Nombre es llevar constantemente al Redentor, es “respirar” a mi Salvador en la boca y en el corazón. En ese Nombre está nuestro auxilio: “la trampa se rompió y fuimos liberados, nuestro auxilio es el Nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.” (Sal 124 7-8) Tomemos como ejemplo, tan solo, la admirable vida de Antonio de Egipto y cómo el Nombre de Jesús fue su Luz, auxilio y fortaleza en los duros combates del desierto.
La Iglesia pone en nuestros labios cada día esta súplica, refugiando nuestra debilidad en la fuerza del Salvador: “Vela sobre nosotros Salvador eterno, se Tú nuestro protector, que no nos sorprenda el tentador astuto.” (antífona para el Nunc dimitis de la liturgia dominicana)

“Tornará su desierto en vergel, y su soledad en Paraíso del Señor” (Isaías 51, 3)

Jesús es empujado por el Espíritu al desierto luego de su Bautismo. El misterio del bautismo de Jesús en el Jordán es como un icono que compendia y anticipa todo su misterio pascual, es un descenso obediente, el Siervo sufriente que baja hasta el abismo del pecado y de la muerte para rescatar a su oveja perdida… bajar al Jordán es bajar al abismo de la muerte y muerte de Cruz; ascender del Jordán es el Hijo Amado, Señor de la Vida que sube al Padre llevando en su Resurrección a sus hermanos.

El misterio del ayuno y de la tentación de Jesús en el desierto se inscribe en este descenso-ascenso: Jesús desciende al desierto, va al núcleo de la libertad humana, quiere desatar los nudos de la infidelidad del corazón humano; en el desierto del pecado fruto de la negación al Amor el opone el “Sí, Padre” (Lc 10,21) ; en los desiertos del desprecio de Dios y de la dureza del corazón, que no aprende a escuchar y no quiere escuchar, Jesús opone su único alimento, aquel que sacia plenamente su voluntad humana: la Voluntad del Padre. (cf. Juan 4,34)

Jesús va al desierto para aprisionar al más fuerte, a Satanás; quiere desenmascarar sus engaños y venciéndolo con la Palabra de Dios y con su alma totalmente vuelta hacia el Padre, morando al amparo de sus alas, nos brinda las armas para la batalla: vivir de cara al Amor o sea “habitando al Amparo del Altísimo” (cf. Sal 90) , bajo sus alas amorosas, escuchando su Voz que nos crea y recrea: “Se puso junto a mi lo libraré, le haré ver mi Salvación.” (Salmo 90)

La segunda gran arma espiritual es el ayuno, cuyo fin principal es despertar nuestra hambre de Dios y reconocer que “Sólo Dios sacia”. El ayuno nos reconcilia con los bienes de la creación recibiéndolos de la mano buena de Dios, nos preserva de la adoración del placer materialista y del ídolo de la codicia, el ayuno cura la sed tan desmedida de placeres y locuras de este pobre mundo sin esperanza. Oración y Ayuno, como Jesús en el desierto, hacen que puede brotar el paraíso de la Caridad:
“¿Qué hizo Jesús solitario, sin predicar, sin comer ni beber, quizá sin dormir? Contemplaba. Con toda su alma estaba de cara a Dios, sus potencias eximidas de toda otra actividad se expansionaban en la contemplación. La luz beatífica inundaba su mente, su voluntad ardía en la caridad del cielo. Los dones del Espíritu Santo rendían en El todos sus frutos. Libre de toda ocupación terrestre, Jesús pudo dilatar su oración hasta una plenitud que ya no superó.” (Dom Esteban Cheveviere, El Eremitorio)

El Jesús en el desierto, presentado por el evangelista Marcos, es Aquel que va a descender para redimir a Adán, a todos nosotros descendientes de nuestro primer padre. Jesús es el Nuevo Adán, es el Vivificador (I Co 15, 45) que con su muerte obediente transformará el penar de Adán en un canto de exultación: “¡Oh feliz culpa! Que nos mereciste semejante Redentor.” (Pregón Pascual)

La Cuaresma, como tan hermosamente la canta la liturgia oriental, es un volver al Paraíso, al lugar de la intimidad con el Dios que se complace en su criatura y conversa familiarmente con ella en cada crepúsculo… Un Dios Padre que quiere bajar para caminar con su criatura cada día, enseñarle el camino de la vida, como un padre lleva a su hijo: “Has visto, en el desierto, cómo tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a todo lo largo del camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar.” (Dt 1, 31)

El desierto, gracias a Jesús, se convierte en un dulce Paraíso en donde el árbol de la Vida, su Cruz, nos ofrece sus frutos que recrean y sus hojas que nos curan y sanan. Volver al Paraíso, gracias a Jesús, Nuevo Adán, que no solamente restaura nuestra imagen y semejanza con el Dios Amor sino que por su Encarnación nos une a la misma Belleza Divina. La Cuaresma es un camino filocálico, o sea un camino para amar la Belleza divina y dejar que pueda derramarse en nosotros y por nosotros. Una Belleza que sólo puede nacer del Rostro de Jesús Crucificado, nuestra reconciliación y nuestra Paz. Nos dice, magistralmente, el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazareth:

“El desierto –imagen opuesta del Edén- se convierte en lugar de la reconciliación y de la salvación; las fieras salvajes, que representan la imagen más concreta de la amenaza que comporta para los hombres la rebelión de la creación y el poder de la muerte, se convierten en amigas como en el Paraíso… Donde el pecado es vencido, donde se reestablece la armonía del hombre con Dios, se produce la reconciliación de la creación; la creación desgarrada vuelve a ser lugar de paz.”

De esta manera el árido desierto del corazón se vuelve el manantial que alegra la Ciudad de Dios, y aquí culminamos en el tercer gran pilar de la cuaresma, la misericordia o sea el Amor que se convierte en compasión, auxilio, ayuda y consuelo ante el dolor y la miseria humana. La Caridad hace florecer los desiertos más amargos del corazón. La Caridad como fruto del Espíritu Santo derramado en nosotros pero también fruto de nuestro deseo de amar y de nuestra salida cotidiana del egoísmo oscuro y cerrado. Es la Caridad la que realiza la vivificación del desierto en el nuevo Jardín de Dios. Y entonces la promesa es ya realidad: “Tornará su desierto en vergel, y su soledad en Paraíso del Señor” (Is 51, 3)
Nuestro agradecimiento al P. Marco Antonio Foschiatti, OP
Noviciado San Martín de Porres, Mar del Plata, Argentina.



domingo, 14 de febrero de 2010

Juan Pablo II: El ejemplo sin igual del santo Cura de Ars



El ejemplo sin igual del Cura de Ars
Deseamos dar gracias a Cristo, Príncipe de los Pastores, por ese modelo extraordinario de vida y de servicio sacerdotal, que el santo Cura de Ars ofrece a toda la Iglesia y, ante todo, a nosotros los sacerdotes.

¡Cuántos de nosotros se han preparado al sacerdocio, o ejercen hoy su difícil labor de cura de almas, teniendo a la vista la figura de San Juan María Vianney! Su ejemplo no debería caer en el olvido. Hoy más que nunca tenemos necesidad de su testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una creciente secularización descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales. El Cura de Ars debió afrontar en el siglo pasado dificultades que posiblemente tenían otro cariz, pero que no eran menos grandes. Por su vida y por su actividad, el representó, para la sociedad de su tiempo, como un gran reto evangélico que ha dado frutos de conversión sorprendentes. No dudamos de que Él nos ofrece todavía hoy ese gran reto evangélico.

Os invito pues a meditar entre tanto sobre nuestro sacerdocio ante este pastor sin igual, que ha ilustrado a la vez el cumplimiento pleno del ministerio sacerdotal y la santidad del ministro.

Ya sabéis que Juan María Bautista Vianney murió en Ars el 4 de agosto de 1859, después de unos cuarenta años de entrega abnegada. Tenía setenta y tres años. A su llegada, Ars era un pueblecito olvidado de la arquidiócesis de Lyon, actualmente de Belley. Al final de su vida, acudía allí gente de toda Francia, y su fama de santidad, después de su muerte, pronto llamó la atención de la Iglesia universal. San Pío XI lo beatificó en 1905, Pío XI 10 canonizó en 1925; luego, en 1929 lo declaró patrono de los sacerdotes de todo el mundo. Durante el centenario de su muerte, Juan XXIII escribió la Encíclica Nostri sacerdortii primitias, presentando en ella al Cura de Ars como modelo de vida y ascesis sacerdotal, modelo de piedad y de culto a la Eucaristía, modelo de celo pastoral para nuestro tiempo. Hoy desearía llamar vuestra atención sobre algunos aspectos esenciales a fin de que nos ayuden a redescubrir y a vivir mejor nuestro sacerdocio.

VIDA EXTRAORDINARIA DEL CURA DE ARS

Su voluntad tenaz de prepararse al sacerdocio

El Cura de Ars es, en primer lugar, un modelo de voluntad para los que se preparan al sacerdocio. Muchas pruebas que encontraría posteriormente habrían podido descorazonarlo: los efectos de la revolución, la falta de instrucción en el ambiente rural, la reticencia de su padre, la necesidad de hacer su parte en los trabajos agrícolas, los azares de la vida militar, y, sobre todo, a pesar de su inteligencia intuitiva y su viva sensibilidad, su gran dificultad en aprender y memorizar, y por tanto a seguir los cursos de teología en latín; finalmente, por esta razón, fue apartado temporalmente del seminario de Lyon.

Sin embargo, habiendo comprobado la autenticidad de su vocación, a los 29 años pudo ser ordenado sacerdote. Por su tenacidad en el trabajo y en la oración, triunfó sobre todos los obstáculos y limitaciones, como más tarde en su vida sacerdotal lo lograría en el preparar laboriosamente sus sermones y continuar por la noche la lectura de obras teológicas y de autores Espirituales. Ya desde su juventud le movía un gran deseo de "ganar almas para Dios" haciéndose sacerdote, y estaba apoyado por el vecino párroco de Ecully el cual, no dudando de su vocación, tomó a su cargo una parte de su preparación. ¡Qué ejemplo de valentía para aquéllos que, actualmente, reciben la gracia de ser llamados al sacerdocio!

Profundidad de su amor a Cristo y a las almas
El Cura de Ars es un modelo de celo sacerdotal para todos los pastores, El secreto de su generosidad se encuentra sin duda alguna en su amor a Dios, vivido sin límites, en respuesta constante al amor manifestado en Cristo crucificado. En ello funda su deseo de hacer todas las cosas para salvar las almas rescatadas por Cristo a tan gran precio y encaminarlas hacia el amor de Dios. Recordemos una de aquellas frases lapidarias cuyo secreto bien conocía: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús". En sus sermones y catequesis se refería siempre a este amor: "Oh Dios mío, prefiero morir amándoos que vivir un solo instante sin amaros... Os amo, mi divino Salvador, porque habéis sido crucificado por mí... porque me tenéis crucificado para vos".

Por Cristo, trata de conformarse ftelmente a las exigencias radicales que Jesús propone en el Evangelio a los discípulos que envía en misión: oración, pobreza, humildad, renuncia a sí misnio y penitencia voluntaria. Y, como Cristo, siente por sus fieles un amor que le lleva a una entrega pastoral sin límites y al sacrificio de sí mismo. Raramente, un pastor ha sido hasta este punto consciente de sus responsabilidades, devorado por el deseo de arrancar a sus fieles del pecado o de la tibieza. "Oh Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia: acepto sufrir todo lo que queráis, toda mi vida".

Amados hermanos sacerdotes, alimentados por el Concilio Vaticano II, que felizmente ha situado la consagración del sacerdote en el marco de su misión pastoral, busquemos el dinamismo de nuestro celo pastoral, con San Juan María Vianney, en el Corazón de Jesús, en su amor por las almas. Si no acudimos a la misma fuente, nuestro ministerio correrá el riesgo de dar muy pocos frutos

Frutos sorprendentes y abundantes de su ministerio

Precisamente en el caso del Cura de Ars los frutos han sido sorprendentes, un poco como con Jesús en el Evangelio. A Juan María Vianney, que consagra a Jesús todas sus fuerza y todo su corazón, el Salvador, en cierto modo, le entrega las almas. Y se las confla en abundancia. Su parroquia que solamente tenía 230 personas a su llegada será cambiada profundamente. Ahora bien, se recuerda que en aquel pueblo había mucha indiferencia y muy poca práctica religiosa entre los hombres. El obispo había advertido a Juan María Vianney: "No hay mucho amor a Dios en esta parroquia, tú lo pondrás". Pero muy pronto, incluso fuera de su pueblo, el cura llega a ser el pastor de una multitud que llega de toda la región, de diversas partes de Francia y de otros países. Se habla de 80.000 personas en el año 1858. Tienen que esperar a veces muchos días para poder verlo y confesarse. Lo que atrae no es ciertamente la curiosidad ni la misma reputación justificada. Por unos milagros y curaciones extraordinarias, que el santo trataba de ocultar. Es más bien el Presentimiento de encontrar un santo, sorprendente por su penitencia, tan familiar con Dios en la oración, sobresaliente por su paz y su humildad en medio de los éxitos populares, y sobre todo tan intuitivo para corresponder a las disposiciones interiores de las almas y librarlas de su carga, particularmente en el confesionario. Si, Dios escogió como modelo de pastores a aquel que habría podido parecer pobre, débil, sin defensa y menospreciable a los ojos de los hombres, Dios lo gratificó con sus mejores dones como guía y médico de almas.

Reconociendo también la gracia particular en el Cura de Ars, ¿no hay en ello un signo de esperanza para los pastores que sufren hoy un cierto desierto Espiritual?

ACTOS MAS IMPORTANTES
EN EL MINISTERIO DEL CURA DE ARS

Actividades apostólicas diversas orientadas hacia lo esencial

Juan María Vianney se consagró esencialmente a la enseñanza de la fe y a la purificación de las conciencias; estos dos ministerios convergían hacia la Eucaristía. ¿No habrá que ver en ello, también hoy, los tres polos del servicio pastoral del sacerdote?.
Si bien el objetivo es ciertamente agrupar al pueblo de Dios en torno al misterio eucarístico con la catequesis y la penitencia, son también necesarias, otras actividades apostólicas, según las circunstancias: a veces, durante años, hay una simple presencia, con un testimonio silencioso de la fe en ambientes no cristianos; o bien una cercanía a las personas, a las familias. Y sus preocupaciones; tiene lugar un primer anuncio que trata de despertar a la fe a los incrédulos y a los tibios; se da un testimonio de caridad y de justicia compartida con los seglares cristianos,
que hace más creíble la fe y la pone en práctica. De ahí toda una serie de trabajos o de obras apostólicas que preparan y fomentan la formación cristiana. El Cura de Ars se las ingeniaba en tomar iniciativas adecuadas a su tiempo y a sus feligreses. Sin embargo, todas sus actividades sacerdotales estaban centradas en la Eucaristía, la catequesis y el sacramento de la reconciliación.

El sacramento de la reconciliación

Es sin duda alguna su incansable entrega al sacramento de la penitencia lo que ha puesto de manifiesto el carisma principal del Cura de Ars y le ha dado justamente su fama. Es bueno que ese ejemplo nos impulse hoy a restituir al ministerio de la reconciliación toda la importancia que le corresponde, y que el Sínodo de los Obispos de 1983 ha puesto justamente en evidencia. Sin el paso de conversión, de penitencia y de petición de perdón que los ministros de la Iglesia deben alentar y acoger incansablemente, la tan deseada puesta al día sería superficial e ilusoria.

El Cura de Ars trataba de formar a los fieles en el deseo del arrepentimiento. Subrayaba la bondad del perdón de Dios. Toda su vida sacerdotal y sus fuerzas, ¿no estaban consagradas a la
conversión de los pecadores?. Ahora bien, es en el confesionario donde se manifiesta sobre todo la misericordia de Dios. Estaba totalmente disponible a los penitentes que venían de todas par tes y a los que dedicaba a menudo diez horas al día, y a veces quince o más.
Esta era sin duda para él la mayor de sus ascesis, un verdadero "niartirio"; fisicamente, por el calor, el frío o la atmósfera sofocante; también sufría moral mente por los pecados de que se acusaban y mas aún por la falta de arrepentimiento: "Lloro por todo lo que vosotros no Iloráis". Además de los indiferentes, a quienes acogía de la mejor manera posible tratando de despertarlos al amor de Dios, el Señor le concedía reconciliar a grandes pecadores arrepentidos, y también guiar hacia la perfección a las almas que lo deseaban. Era sobre todo en esto en lo que Dios le pedía su participación en la Redención.

Nosotros en efecto, hemos descubierto, más que en el siglo pasado, el aspecto comunitario de la penitencia, de la preparación al perdón y de la acción de gracias después del perdón. Pero el perdón sacramental exigirá siempre un encuentro personal con Cristo crucificado por mediación de su ministros. Frecuentemente, por desgracia, los penitentes no se presentan con fervor al confesionario como en los tiempos del Cura de Ars. Ahora bien, donde haya muchas personas que por diversas razones parecen abstenerse totalmente de la confesión, se hace urgente una pastoral del sacramento de la reconciliación, que ayude a los cristianos a redescubrir las exigencias de una verdadera relación con Dios, el sentido del pecado que nos cierra a Dios y a los hermanos, la necesidad de convertirse y de recibir, en la Iglesia, el perdón como un don gratuito del Señor, y también las condiciones que ayuden a celebrar mejor el sacramento, superando así los prejuicios, los falsos temores y la rutinas. Una situación de este tipo requiere al mismo tiempo que estemos muy disponibles para este ministerio del perdón, dispuestos a dedicarle el tiempo y la atención necesarios, y, diría también, a darle la prioridad sobre otras actividades. De esta manera, los mismos fieles serán la recompensa al esfuerzo que, como el Cura de Ars, les dedicamos.

Ciertamente, como escribía en la exhortación postsinodal sobre la penitencia, el ministerio de la reconciliación es sin duda el más dificil y el más delicado, el más agotador y el más exIgente, sobre todo cuando los sacerdotes son pocos. Supone también, en el confesor, grandes cualidades humanas, principalmente una vida Espiritual intensa y sincera; es necesario que el mismo sacerdote se acerque también regularmente a este sacramento.

Estad siempre seguros, queridos hermanos sacerdotes, de que el ministerio de la misericordia es uno de los más hermosos y consoladores. Os permitirá iluminar las conciencias, perdonarlas y vivificarlas en nombre del Señor Jesús, siendo para ellas médico y consejero Espiritual; es la "insustituible manifestación y verificación del sacerdocio mirtisterial"

La Eucaristía:

Ofrecimiento de la Misa, comunión y adoración

8. El sacramento de la reconciliación y el de la Eucaristía están estrechamente unidos. Sin una conversión constantemente renovada, junto con la acogida de la gracia sacramental del perdón, la participación en la Eucaristía no logrará su plena eficacia redentora. Al igual que Cristo, que comenzó su ministerio con la exhortación "arrepentíos y creed en el Evangelio", el Cura de Ars comenzaba generalmente su actividad diaria con el sacramento del perdón. Mas, él gozaba conduciendo a la Eucaristía a sus penitentes ya reconciliados. La Eucaristía ocupaba ciertamente el centro de su vida Espiritual y de su labor pastoral. Acostumbraba a decir: "Todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios". En ella se hace presente el sacrificio del Calvario para la redención del mundo. Evidentemente, el sacerdote debe unir al ofrecimiento de la Misa la donación cotidiana de si mismo. "Por tanto, es bueno que el sacerdote se ofrezca a Dios en sacrificio todas las mañanas ". "La comunión y el santo sacrificio de la Misa son los dos actos más eficaces para conseguir la transformación de los corazones".

De este modo, la Misa era para Juan María Vianney la grande alegría y aliento en su vida de sacerdote. A pesar de la afluencia de penitentes, se preparaba con toda diligencia y en silencio durante más de un cuarto de hora. Celebraba con recogimiento, dejando entrever su actitud de adoración en los momentos de la consagración y de la comunión. Con gran realismo hacía notar: "La causa del relajamiento del sacerdote está en que no dedica suficiente atención a la Misa".
El Cura de Ars se dejaba embargar particularmente ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Ante el tabernáculo pasaba frecuentemente largas horas de adoración, antes de amanecer o durante la noche; durante sus homilías solía señalar al Sagrario diciendo con emoción: "El esta ahí". Por ello, él, que tan pobremente vivía en su casa rectoral, no dudaba en gastar cuanto fuera necesario para embellecer la iglesia. Pronto pudo verse el buen resultado: los feligreses tomaron por costumbre el venir a rezar ante el Santísimo Sacramento descubriendo, a través de la actitud de su párroco, el grande misterio de la fe.

Queridos hermanos sacerdotes, el ejemplo del Cura de Ars nos invita a un serio examen de conciencia. ¿Qué lugar ocupa la santa Misa en nuestra vida cotidiana? ¿Continúa siendo la Misa, como en el día de nuestra Ordenación ¡fue nuestro primer acto como sacerdotes! el principio de nuestra labor apostólica y de nuestra santificación personal?. ¿Cómo es nuestra oración ante el Santísimo Sacramento y cómo la inculcamos a los fieles?. ¿Cuál es nuestro empeño en hacer de nuestras iglesias la Casa de Dios para que la presencia divina atraiga a los hombres de hoy, que con tanta frecuencia sienten que el mundo está vacío de Dios?

Predicación y catequesis

9. El Cura de Ars ponía toda su atención en no descuidar nunca el ministerio de la Palabra, absolutamente necesario para acoger la fe y la conversión; y solía decir: "Nuestro Señor, que es la verdad misma, no da menos importancia a su Palabra que a su Cuerpo" . Es bien sabido cuánto tiempo consagraba él, sobre todo al principio, a elaborar cuidadosamente sus predicaciones del domingo. Más tarde, podía ya expresarse con mayor espontaneidad, con convicción viva y clara, y con comparaciones sacadas de la experiencia cotidiana, tan sugestivas para los fieles. El catecismo a los niños constituía igualmente una parte importante de su ministerio, y no era raro ver a adultos que con gusto se unían a los niños para aprovecharse también de aquel testimonio sin par, que brotaba del corazón.

Tenia la valentía de denunciar el mal bajo todas sus formas y sin condescendencias, pues estaba en juego la salvación eterna de sus fieles: "Si un pastor permanece mudo viendo a Dios ultrajado y que las almas se descarrían, ¡ay de él! Si no quiere condenarse, ante cualquier clase de desorden en su parroquia, deberá pasar por encima del respeto humano y del temor a ser menospreciado u odiado". Esta responsabilidad constituía para él su angustia como párroco. Pero, generalmente, "él prefería presentar la cara atractiva de la virtud más que la fealdad del vicio", y si ponía ante los ojos a veces incluso llorando, el pecado y sus peligros para la salvación, no dejaba de insistir en la ternura de Dios ofendido, y en la dicha de sentirse amado por Dios, unido a El y vivir en su presencia.

Queridos hermanos sacerdotes, vosotros estáis convencidos de la importancia del anuncio del Evangelio, que el Concilio Vaticano II ha puesto entre las funciones primordiales de los sacerdotes. Mediante la catequesis, la predicación y las diversas formas de expresión que abarcan también los medios de comunicación social, tratáis de llegar al corazón de los hombres de hoy, con sus esperanzas e incertidumbres, para avivar y alimentar su fe. A ejemplo del Cura de Ars y siguiendo la exhortación del Concilio, poned todo vuestro empeño en enseñar la Palabra de Dios que llama a todos los hombres a la conversión y a la santidad.

LA IDENTIDAD DEL SACERDOTE

Ministerio específico del sacerdote

10. San Juan María Vianney viene a darnos una elocuente respuesta a algunos interrogantes sobre la identidad del sacerdote, que han aparecido durante los últimos veinte años; si bien, a lo que parece, se está llegando a posiciones más equilibradas.

El sacerdote encuentra siempre, e invariablemente, la fuente de su propia identidad en Cristo Sacerdote. No es el mundo quien debe fijarle su estatuto o identidad según las necesidades o concepciones de las funciones sociales. El sacerdote está marcado con el sello del Sacerdocio de Cristo, para participar en su función de único Mediador y de Redentor.

Debido a esa vinculación fundamental, se abre ante el sacerdote el inmenso campo del servicio a las almas para llevarles la salvación en Cristo y en la Iglesia. Un servicio que debe inspirarse totalmente en el amor a las almas, a ejemplo del Señor que entrega su vida por ellas. Dios quiere que todos los hombres se salven y que ninguno de sus hijos se pierda . "El sacerdote debe estar siempre dispuesto a responder a las necesidades de las almas", acostumbraba a decir el Cura de Ars. "El no es para sí mismo, sino para vosotros.

El Sacerdote es para los seglares. Los anima y sostiene en el ejercicio del sacerdocio común de los bautizados, puesto muy de relieve por el Concilio Vaticano II el cual consiste en hacer de su vida una ofrenda Espiritual, dar testimonio del espíritu cristiano en el seno de la familia, tomar la responsabilidad en las cosas temporales y participar en la evangelización de sus hermanos. Mas, el ministerio del sacerdote es de un orden diverso. El ha sido ordenado para actuar en nombre de Cristo Cabeza, para ayudar a los hombres a entrar en la vida nueva abierta por Cristo, para dispensarles sus misterios la Palabra, el perdón y el Pan de Vida, para reunirles en su cuerpo y ayudarles a formarse interiormente, para vivir y actuar según el designio salvifico de Dios. En una palabra, nuestra identidad de sacerdotes se manifiesta irradiando, en modo creativo, el amor a las almas que Cristo Jesús nos ha comunicado. Los intentos de laicización del sacerdote son perjudiciales para la Iglesia. Esto, sin embargo, no quiere decir que el sacerdote pueda mantenerse alejado de las preocupaciones humanas de los seglares; por el contrario, ha de estar muy cerca de ellos, como Juan María Vianney, pero como sacerdote, mirando siempre a su salvación y al progreso del Reino de Dios. Es testigo y dispensador de una vida distinta de la terrestre . Es algo esencial para la Iglesia que la identidad del sacerdote esté salvaguardada, con su dimensión vertical. La vida y la personalidad del Cura de Ars son, a este respecto, un ejemplo luminoso y atrayente.

Su configuración íntima con Cristo y su solidaridad con los pecadores

San Juan María Vianney no se contentó con el cumplimiento ritual de los actos propios de su ministerio. Trató de conformar su corazón y su vida al modelo de Cristo. La oración fue el alma de su vida. Una oración silenciosa, contemplativa; las más de las veces en su iglesia, al pie del tabernáculo. Por Cristo, su alma se abría a las tres Personas Divinas, a las que en el testamento él entregaría "su pobre alma". "El conservó una unión constante con Dios en medio de una vida sumamente ocupada". Y nunca descuidó ni el oficio divino ni el rosario. De modo espontáneo se dirigía constantemente a la Virgen.

Su pobreza era extraordinaria. Se despojó literalmente en favor de los pobres. Rehuía los honores. La castidad brillaba en su rostro. Sabía lo que costaba la pureza para "encontrar la fuente del amor que está en Dios". La obediencia a Cristo se traducía, para Juan María Vianney, en obediencia a la Iglesia y especialmente a su Obispo. La encarnaba en la aceptación de la pesada carga de párroco, que con frecuencia le sobrecogía.

Pero el Evangelio insiste especialmente en la renuncia a sí mismo, en la aceptación de la cruz... ¡Cuántas cruces se le presentaron al Cura de Ars en su ministerio calumnias de la gente, incomprensiones de un vicario coadjutor o de otros sacerdotes, contradicciones, una lucha misteriosa contra los poderes del infierno y, a veces, incluso la tentación de la desesperanza en la
noche Espiritual del alma. No obstante, no se contentó con aceptar estas pruebas sin quejarse; salía al encuentro de la mortificación imponiéndose ayunos continuos, así como otras rigurosas niarieras de reducir su cuerpo a servidumbre., como dice San Pablo. Mas, lo que hay que ver en estas formas de penitencia a las que, por desgracia, nuestro tiempo no esta acostuffibrado son sus motivaciones: el amor a Dios y la conversión de los pecadores. Así interpela a un hermano sacerdote desanimado: "Ha rezado.... ha gemido.... pero ¿ha ayunado, ha pasado noches en vela ... ?. Es la evocación de aquella admonición de Jesús a los Apóstoles: "Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno"

En definitiva, Juan María Vianney se santificaba para ser más apto para santificar a los demás. Ciertamente, la conversión sigue siendo el secreto de los corazones libres en sus decisiones y el secreto de la gracia de Dios. Mediante su ministerio el sacerdote ilumina a las personas, guiándolas en sus conciencias y dándoles los sacramentos. Estos sacramentos son, en efecto, actos del mismo Cristo, cuya eficacia no disminuye por las imperfecciones o por la indignidad del ministro. Pero el resultado depende también de las disposiciones personales de quien los recibe, y éstas son favorecidas en gran manera por la santidad personal del sacerdote, por su visible testimonio, así como por el misterioso intercambio de méritos en la comunión de los santos. San Pablo decía: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia". Podría decirse que Juan María Viariney quería, en cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquéllos que no le amaban y a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos no hacían. Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador.

Amados hermanos sacerdotes, no tengamos miedo a este compromiso personal marcado por la ascesis e inspirado por el amor que Dios nos pide para ejercer dignamente nuestro sacerdocio. Recordemos la reciente reflexión de los Padres sinodales: "Nos parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, la manera más profunda, el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo". En el sacerdote, Cristo vuelve a vivir su Pasión por las almas. Demos gracias a Dios que de este modo nos permite participar en la Redención con nuestro corazón y con nuestra propia carne.

Por todas estas razones, San Juan María Vianney no cesa de ser un testimonio vivo y actual de la verdad sobre la vocación y sobre el servicio sacerdotal. Conviene recordar la convicción con la que solía hablar de la grandeza del sacerdocio y de la absoluta necesidad. Los sacerdotes, al igual que quienes se preparan al sacerdocio y aquéllos que recibirán la llamada, necesitar¡ fijar la mirada en su ejemplo para seguirlo. También los fieles, gracias a él, comprenderán mejor el misterio del sacerdocio de sus sacerdotes. La figura del Cura de Ars sigue siendo actual.
Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo (1986)

Canción: A mis sacerdotes

sábado, 13 de febrero de 2010

D. Andres García: Testimonio sobre san Judas Tadeo

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Ave María
Queridos amigos:
La gracia del Espíritu Santo sea siempre con vosotros y os colme de su Divino Amor. Os quiero contar como el Santísimo Sacramento, Expuesto en esta Iglesia todos los Jueves, durante toda la jornada, me ha llenado la Iglesia.
También San Judas Tadeo. Cuando llegué a esta Iglesia en septiembre de 2008 a diario venían a Misa 4 "gatos". La Misa se celebraba a las 11. Ahora además de las 11 tengo otra a las 19 y suelen venir a las dos, sobre todo a la de la tarde bastante gente. Con este testimonio quiero animar a sacerdotes, que hoy se quejan de que se les va la gente.
La devoción a San Judas Tadeo la he introduccído en esta parroquia, ya que me hizo un gran favor hace unos años. Y como dice en su oración, se compromete uno a difundir su devoción, cuando él nos ayuda.
¿Por qué San Judas Tadeo tiene tanto poder? Creo que por varios motivos:
1º Durante siglos por llamarse como el traidor ha sido olvidado. Nadie lleva su nombre. A pesar de que Judas es un nombre muy bíblico y los Macabeos, heroes judíos; uno de ellos se llamaba Judas. Muy usado en la época del Señor.
2º Es primo hermano del Señor. Su parecido con El es muy grande.
3º Se le representa con una medalla de Cristo, porqué El difundió la Santa Faz, por la zona de Oriente que Evangelizo: Babilonia. Además de que en él se cumplio el dicho de San Juan Bautista: "Yo tengo que menguar, para que El crezca". Con esto nos está dando una enseñanza a todos los Evangelizadores.
4º San Bernardo nos recomienda su devoción. Y Santa Gertrudis nos dice que es muy laudable encomendarnos a él, pues así se lo ha manifestado el Señor a esta gran mística medieval, precursora de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (Santa Humanidad).
5º Porque esta devoción a surgido espontaneamente, sin que nadie lo haya promovido, y en todas las partes del mundo a la vez. ¿No se ve en esto una moción del Espíritu Santo? Seamos dóciles y dejemos al Señor.
Venerado en esta Iglesia Parroquial, te ruego difundas este documento adjunto. ¡Dios te lo pague¡ Además nunca olvidar que nuestra fe es apostólica. Con mi afecto y bendición y recuerdo en la Santa Misa.
Tu amigo y sacerdote.
Andrés García Torres Párroco
Parroquia de Ntra. Señora de Fátima
Calle Gazaperas, 15
28944-Fuenlabrada
Madrid
España

jueves, 11 de febrero de 2010

Javier Leoz: Decálogo de la Cuaresma


1. Abramos con más frecuencia nuestros templos. Nos empujará a rezar más y a estar más disponibles y visibles a la comunidad de fieles. Pongamos a disposición de los fieles algún subsidio con diversas oraciones (visita al Santísimo, Vía-Crucis, oraciones marianas, etc)
2. Facilitemos el Sacramento de la Penitencia. Indiquemos, en nuestras celebraciones, que “una buena confesión, lleva a la paz del corazón y de uno mismo”
3. Potenciemos la oración de los laúdes o las vísperas comunitarias. Los salmos ayudarán a descubrir la oración contemplativa, petición o confianza.
4. Visitemos o iniciemos la visita a los enfermos. Nos hará comprender y contemplar la otra cara doliente de nuestro rebaño: el dolor, la soledad, las lágrimas o la cruz. Intensifiquemos el rosario meditado y pausado por los enfermos, hospitalizados, familiares, médicos, etc.
5. Preparemos la homilía de cada día. Facilitemos, entre otras cosas, la lectura de la Palabra de Dios, su reflexión y su puesta en práctica. No olvidemos los cantos propios de este tiempo: “Atende Domine; Perdona a tu pueblo; Victoria, Tú Reinaras; Hoy vuelvo de lejos”
6. Propongamos a nuestras parroquias una serie de charlas cuaresmales destinadas a una preparación a la vivencia profunda de la Pascua.
7. Potenciemos la Adoración al Santísimo. No todo hay que celebrarlo en comunidad. Insistamos en la oración por las vocaciones sacerdotales, consagradas y santos matrimonios.
8. Animemos a nuestras comunidades cristianas a un proyecto caritativo en favor de los pobres: una cuaresma sin caridad no es un camino correcto hacia la Semana Santa.
9. Realicemos, allá donde sea posible, unos ejercicios espirituales con nuestras parroquias. Un día a la semana o, incluso, tres días seguidos con tres reflexiones sobre el Triduo Sacro. Recordemos que, los viernes, son días muy apropiados para el rezo del viacrucis.
10. Cuidemos, con esmero, los lugares celebrativos: el color morado, la ausencia de flores, una cruz grande colocada en el presbiterio, una imagen de la dolorosa, una oración para recitar cada día al final de la eucaristía “No me mueve mi Dios para quererte”.

martes, 9 de febrero de 2010

Concurso Sacerdotal en Catholic.net


Querido sacerdote:
Está cordialmente invitado a participar en el “concurso Anécdotas Sacerdotales", organizado por el portal Catholic.net y el Instituto Sacerdos.


PREMIO
El ganador será premiado con un viaje a Roma, con ocasión de la clausura del año sacerdotal. En caso de que resida en Italia, el premio será un viaje a Tierra Santa.


CONCURSO
Sólo tiene que enviarnos una breve narración de la experiencia más hermosa de su ministerio sacerdotal, antes del 19 de marzo de 2010, utilizando el formulario de inscripción.


domingo, 7 de febrero de 2010

El Papa invita a los sacerdotes a tomar parte en el Encuentro Internacional de Sacerdotes



El Papa invita a los sacerdotes a tomar parte al Encuentro Internacional de Sacerdotes con ocasión de la clausura del Año Sacerdotal, en Roma, 9-11 junio 2010
“Que el Año Sacerdotal sea una ulterior ocasión para los religiosos presbíteros, para intensificar el camino de santificación, y para todos los consagrados y las consagradas, un estímulo para acompañar y apoyar su ministerio con oración ferviente. Este año de gracia tendrá un momento culminante en Roma el próximo junio, en el encuentro internacional de los sacerdotes, al que invito a cuantos ejercen el Sagrado Ministerio”.
Papa Benedicto XVI,
Homilía en las vísperas de la Fiesta de la
Presentación del Señor, 2 febrero 2010

Canción: Pescador de hombres

sábado, 6 de febrero de 2010

Pensamientos para la mañana


Por la mañana, al despertaros, pensad en seguida en Dios y haced sin demora la señal de la cruz, diciéndole: Dios mío, os entrego mi corazón, y pues, sois tan bondadoso al concederme un día más, hacedme la gracia de que cuanto haga en él no sea sino para gloria vuestra y bien de mi alma. ¡Ay! -debemos decirnos a nosotros mismo -¡cuántos han caído en el infierno dede ayer, que quizás eran menos culpablas que yo! Preciso es, pues, que me porte mejor de lo que me he portado hasta ahora.
Ya desde aquel momento habéis de ofrecer a Dios todas las acciones del día, diciéndole: Recibid, oh Dios mío, todos los pensamientos, todas las acciones que yo haga en unión de lo que vos sufristeis durante vuestra vida mortal por amor de mí. Jamás debéis olvidaros de hacer este acto; pues, para que nuestras acciones sean meritorias para el cielo, es necesario que las hayamos ofrecido a Dios, sin lo cual quedarían sin recompensa. Llegada la hora de levantaros, hacedlo con recompensa. Llegada la hora de levantaros, hacedlo con prontitud; guardaos de dar oído al demonio, que os tentará a que os quedéis un poco mñas en la cama, para que dejéis vuestera oración o la hagáias distraidos pensando que os esperan o que vuestro trabajo corre prisa.
San Juan Maria Vianney, el santo cura de Ars
Sermon sobre la santificación del cristiano

jueves, 4 de febrero de 2010

Beato Manuel González: El arte de la chifladura por el Corazón de Jesús


¿Como? He aquí nuestro procedimiento: comienza uno por chiflarse por el Corazón de Jesús, o, más bien, por pedirle que lo chifle en cuanto antes por Él. A petición tan razonable el nunca se niega. Despues, o al mismo tiempo, se propone uno no dejar escapar ocasión sin decir o hacer algo que sepa a Corazón de Jesús.
Corazón Santísimo de nuestro Rey Jesús, Amo de todas nuestras obras, principio, medio y fin de todas ellas, por quien suspiramos y para quien trabajamos. Amo querido y amor de nuestro amores, bendice a tus chiflados y chifladas y consérvales y auméntales su chifladura.
Chiflados por ti queremos vivir y chiflados quisieramos a nuestro hermanos, a nuestro vecinos, a los hombres todos. Chiflado quiere y alentador de chifladuras "El Granito de Arena", y chifaldo y mas chiflado que todos por Ti, que ser el que escribe estas páginas.
Resumen de todo lo dicho: que el medio, sobre todo medio, el siempre eficaz, el medio número uno para hacer de las almas entreveradas, almas piadosas, almas sublimes y de una parroquia muerta, una parroquia viva, es la devoción sólida, afectuosa y expansiva al Sagrado Corazón de Jesús, vivo en el Sagrario y en él buscado, comido, consolado, imitado y amado hasta volverse loco.
Y al que aún le quedare un poquito de duda diré lo que Santa Teresa, recomendando la eficacia de la devoción a San José: ¡que haga la prueba!
Péro conózcase o no se conozca el fruto, queda fuera deduda que le cura no debe aburrirse dentro de su iglesia, porque puede hacer mucho.

Tomado de la Revista El Granito de Arena
Enero 2010