viernes, 21 de mayo de 2010

Javier Leoz: Pentecostés sacerdotal


1.Dejémonos guiar por la fuerza del Espíritu Santo y, el Señor, hará obras grandes allá donde estemos. En tiempos de debilidad y de turbulencias es donde hemos de agarrarnos más aún a la providencia.

2.Pensemos que, cada Eucaristía, es un cenáculo donde el Espíritu Santo se hace presente de una forma excepcional. En el pan y en el vino, el poder del Señor, hace que sean su Cuerpo y su Sangre.

3.El Señor, con su Espíritu, cubrió en una inmensa sombra la bondad y la pobreza de María. También a nosotros, el Señor, con su Espíritu, nos protege, nos auxilia. Sale al encuentro en cada situación proporcionándonos el valor y el coraje necesario para ser sus siervos y testigos de su reino.

4.María se sintió totalmente llena y feliz por el Espíritu Santo. ¿De qué nos tenemos que desprender nosotros? ¿Qué nos impide, como sacerdotes, disfrutar de los innumerables dones, capacidades y caricias que el Señor nos da?

5.El Espíritu Santo, en el día de nuestra ordenación, selló nuestra alma de un modo definitivo. Renovemos, con nuestro servicio entusiasta y convencido, nuestro sacerdocio. Abramos nuestras manos para que, el Espíritu Santo, una y otra vez, nos consagre en el inmenso amor que Dios nos tiene.

6.El Espíritu Santo proporciona paz en aquellos que invocan su presencia. ¿En qué andamos preocupados? ¿Somos artífices de sosiego, reconciliación y entendimiento? ¿Somos contemplativos y activo o solamente dinámicos y en cortocircuito con Dios?

7.El Espíritu Santo reúne, no divide. “Que todos sean uno”-dijo Jesús- .Sumar, y no restar, debe de ser nuestro celo sacerdotal. Comprender, no rechazar ha de ser nuestro distintivo y nuestro carisma. Los brazos abiertos de Jesús se visualizan en el carácter comprensivo y afable del sacerdote.

8.El Espíritu Santo inspira la palabra y el gesto oportuno en aquellos que intentamos amar y servir a Dios, querer y brindarnos a nuestros hermanos. ¿Anteponemos nuestros criterios a los de la propia Iglesia? ¿Somos auténticos vehículos transmisores de la Palabra del Señor o de nuestras propias ideas? ¿Vivimos una Iglesia en comunión o a nuestra manera?

9.El Espíritu Santo nos hizo sacerdotes para siempre. ¿Damos gracias a Dios por este don inmerecidamente recibido? ¿Somos sacerdotes que renuevan su sacerdocio diariamente o que, con el paso del tiempo, hemos caído en la monotonía, en los mínimos, en el cumplimiento de lo exigido o exigible?

10.El Espíritu Santo, con su fuerza y su presencia, intenta modelarnos según la figura de Jesús. ¿Es nuestro sacerdocio imitación o identidad con el sacerdocio del Señor? ¿Contrastamos lo que hacemos, vivimos y ofrecemos con aquello que Cristo realizó, sintió y proclamó?
Nuestro agradecimiento a D. Javier Leoz

DESEO DEL ESPÍRITU SANTO


Texto tomado de los Sermones del San Juan de Ávila, padre espiritual de Santos y Protector del Clero español.
No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de El. Y los deseos que tienes de Dios, aposentadores[1] son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, que presto vendrá a ti.
No te canses de desearlo, que aunque te parezca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo y no te faltará.
Hermano, ten confianza en Él. Porque debes, Hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aún no tienes el deseo que conviene para recibir a tal Huésped. Y si no responde, no es porque no quiera venir, no es porque te tiene olvidado, sino para que perseveres en el deseo, y perseverando hacerte capaz de Él; ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de su parte te certifico que nadie lo llama sin que salga vacío de Su Consolación…
¡Y como dice el real profeta David: “Dios no desprecia el deseo de los humildes, el Señor lo escucha…” (Sal 21, 25). ¿Quién es el pobre? Pobre es aquel que desconfía de sí mismo y confía en Solo Dios. Pobre es aquel que conoce su bajeza; su gran poquedad; que conoce ser un gusano, una podredumbre, y pone juntamente con esto su arrimo[2] en Solo Dios y confía que es tanta su Misericordia que no le dejará vacío de Su Consolación
Consagración al Espíritu Santo:
(Esta oración se la debemos al Siervo de Dios P. Juan González Arintero OP, no sabemos si brotó de su pluma o de algunas de las almas que dirigió a la Santidad. Fue un gran promotor de la devoción al Dulcis Hospes Animae, considero un deber de gratitud el poder también humildemente promoverla)
¡Oh Espíritu santo, lazo divino que unes al Padre y al Hijo en un inefable y estrechísimo vínculo de amor! Espíritu de Luz y de Verdad, dígnate derramar sobre mi pobre alma toda la plenitud de tus dones; esta alma que te consagro para siempre, a fin de que seas su preceptor, su director y su Maestro. Te pido humildemente fidelidad a todos tus deseos e inspiraciones y una entrega completa y amorosa a tu divina acción en mí.
¡Oh Espíritu Creador! Ven, ven a obrar en mí la renovación que tanto deseo. Renovación y transformación de tal manera que sea una nueva criatura, una nueva creación, otro Cristo, lleno de tu Gracia, de tu pureza y de tu amor.
¡Oh Espíritu de Santidad! Concede a mi alma el contacto con tu Pureza, y quedará más blanca que la nieve. Fuente sagrada de Inocencia, de candor y de virginidad, dame de beber de tu Agua Divina, apaga en mi la sed de pureza que me abrasa, bautizándome en aquel Bautismo de Fuego cuyo divino bautisterio es tu Divinidad, eres Tú mismo.
Envuelve todo mi ser en tus purísimas Llamas… ¡Oh Llama viva de Amor! Destruye, devora, consume en los ardores del puro amor todo cuánto haya en mí que sea imperfecto, terreno y mundano. Cuánto sea indigno de Ti.
¡Hiéreme de amor! ¡Hiéreme de amor, Espíritu Santo! Con uno de esos toques íntimos y substanciales, que a manera de saeta encendida penetre mi corazón. Qué sea traspasado mi corazón haciéndome morir a mi mismo y a todo lo que no sea Jesús, el Amado de mi alma. Muerte mística, felíz y misteriosa, que sólo Tú puedes obrar, y que anhelo y pido humildemente.
Como carro divino de fuego, arrebátame de la tierra al cielo, de mi mismo a Dios, haciendo que desde aquí more en aquél Paraíso que es Su Sagrado Corazón.
Infúndeme el verdadero espíritu de mi vocación y las grandes virtudes que exige y que son prendas seguras de santidad: el amor a la Cruz, a la humillación, el desprecio de mí mismo, el desapego de todo lo transitorio. Dame una humildad profundísima. Ordena en mí la Caridad. Embriágame en el vino que engendra vírgenes.
Que mi amor a Jesús se perfeccione día a día, hasta llegar a la completa enajenación de mí mismo, a aquella celestial locura y demencia que nos hace perder el sentido humano de las cosas, para seguir los impulsos de la Gracia y la Luz de la fe.
Recíbeme, Espíritu Santo, que del todo y por completo me entrego a Ti. Que sea tu plena posesión. Admíteme en las castísimas delicias de tu unión y en ella desfallezca y expire de puro Amor al recibir tu dulce Beso de Paz.
Oración al Espíritu Santo
(Compuesta por Sor Carmela del Espíritu Santo, carmelita romana, hija espiritual del gran Maestro de Espiritualidad P. Gabriel de Santa María Magdalena ocd.)
¡Oh Espíritu Santo, Amor Substancial del Padre y del Hijo, Amor Increado que habitas en las almas justas!
Ven sobre mí con un nuevo Pentecostés trayéndome la abundancia de tus dones, de tus frutos, de tu Gracia y únete a mí…
Yo me consagro, por las manos virginales de María tu Esposa, a ti totalmente: invádeme, tómame, poséeme todo.
Sé Luz penetrante que ilumine mi entendimiento, suave moción que atraiga y dirija mi voluntad, energía sobrenatural que dé fortaleza a mi cuerpo. Completa en mí tu obra de santificación y de amor.
Hazme puro, transparente, sencillo, verdadero, libre, pacífico, suave, quieto, sereno aún en medio del dolor, ardiente de caridad hacia Dios y mi prójimo.
Ven, oh Espíritu Santo, sobre esta pobre sociedad y renueva la faz de la tierra. Dale la Paz, danos tu Paz, aquella Paz que el mundo no puede dar.
Ven, en un nuevo Pentecostés, a tu Iglesia de la cual eres Alma Vivificante. Renueva tu Santidad en los sacerdotes, danos fervorosos apóstoles, solicita con suaves mociones a las almas buenas a escalar a la Santidad. Sé dulce tormento de las almas de los pecadores. Sé consolador refrigerio de las almas atribuladas y afligidas. Sé fuerza y ayuda para las almas tentadas, sé luz para las que están en las tinieblas.
¡Ven Amor y seremos salvador y renovarás la faz de la tierra!
Bella jaculatoria de Santa María Magdalena de Pazzis:
¡Ven Espíritu Santo, ven por María tu Esposa Inmaculada! ¡Ven y obra en nosotros por la Gracia lo que obraste en Ella por la Gracia y la naturaleza! Forma a Jesús en nosotros.
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[1] Aposentadores de Dios: significa que en el deseo ya nos encontramos con un germen de la plena unión. Es la mística de San Bernardo: Desear es ya haber sido encontrado por Dios y es encontrarle. El verdadero amor crece en la medida del deseo. A su vez Pascal en un célebre Pensamiento exclamaba dando la palabra al Señor: “Consuélate no me desearías si ya no me hubieses encontrado”.
[2] Arrimo: bella palabra castellana para expresar la acción de apoyarse, sostenerse, apegarse, adherirse. San Juan de la Cruz la ama especialmente y la utiliza abundantemente en sus obras para hablar de la necesidad de adherirnos a Solo Dios.
NUESTRO AGRADECIMIENTO
AL P. MARCO ANTONIO FOSCHIATTI

jueves, 13 de mayo de 2010

13 DE MAYO: NUESTRA SEÑORA DE FATIMA

Nuestra Señor del Rosario de Fátima,
guarda al Papa de sus enemigos,
sonstén a los obispos,
protege a todos los sacerdotes y religiosos bajo tu manto.
Mater Ecclesiae, Regina mundi,
Ora pro nobis.

Homilia en el encuentro con sacerdotes en Fatima: Libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús


Queridos hermanos y hermanas:
"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer [...] para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Gálatas 4, 4.5). La plenitud de los tiempos llegó, cuando el Eterno irrumpió en el tiempo: por obra y gracia del Espíritu Santo, el Hijo del Altísimo fue concebido y se hizo hombre en el seno de una mujer: la Virgen Madre, modelo excelso de la Iglesia creyente. Ella no deja de engendrar nuevos hijos en el Hijo, que el Padre ha querido como primogénito de muchos hermanos. Cada uno de nosotros está llamado a ser, con María y como María, un signo humilde y sencillo de la Iglesia que continuamente se ofrece como esposa en las manos de su Señor.
A todos vosotros, que habéis entregado vuestras vidas a Cristo, deseo expresaros esta tarde el aprecio y el reconocimiento de la Iglesia. Gracias por vuestro testimonio a menudo silencioso y para nada fácil; gracias por vuestra fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. En Jesús presente en la Eucaristía, abrazo a mis hermanos en el sacerdocio y el diaconado, a las consagradas y consagrados, a los seminaristas y a los miembros de los movimientos y de las nuevas comunidades eclesiales aquí presentes. Que el Señor recompense, como sólo Él sabe y puede hacerlo, a todos los que han hecho posible que nos encontremos aquí ante Jesús Eucaristía, en particular a la Comisión Episcopal para las Vocaciones y los Ministerios, con su presidente, monseñor Antonio Santos, al que agradezco sus palabras llenas de afecto colegial y fraterno pronunciadas al inicio de estas vísperas. En este "cenáculo" de fe que es Fátima, la Virgen Madre nos indica el camino para nuestra oblación pura y santa en las manos del Padre.
Permitidme que os abra mi corazón para deciros que la principal preocupación de cada cristiano, especialmente de la persona consagrada y del ministro del altar, debe ser la fidelidad, la lealtad a la propia vocación, como discípulo que quiere seguir al Señor. La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo a Cristo Sacerdote. "Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial" (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 31). Que, en este Año Sacerdotal que se acerca ya a su fin, desciendan sobre todos vosotros abundantes gracias para que viváis el gozo de la consagración y testimoniéis la fidelidad sacerdotal fundada en la fidelidad de Cristo. Esto supone evidentemente una auténtica intimidad con Cristo en la oración, ya que la experiencia fuerte e intensa del amor del Señor llevará a los sacerdotes y a los consagrados a corresponder de un modo exclusivo y esponsal a su amor.
Esta vida de especial consagración nació como memoria evangélica para el pueblo de Dios, memoria que manifiesta, certifica y anuncia a toda la Iglesia la radicalidad evangélica y la venida del Reino. Por lo tanto, queridos consagrados y consagradas, con vuestra entrega a la oración, a la ascesis, al progreso en la vida espiritual, a la acción apostólica y a la misión, tended a la Jerusalén celeste, anticipad la Iglesia escatológica, firme en la posesión y en la contemplación amorosa del Dios Amor. Este testimonio es muy necesario en el momento presente. Muchos de nuestros hermanos viven como si no existiese el más allá, sin preocuparse de la propia salvación eterna. Todos los hombres están llamados a conocer y a amar a Dios, y la Iglesia tiene como misión ayudarles en esta vocación. Sabemos bien que Dios es el dueño de sus dones, y que la conversión de los hombres es una gracia. Pero nosotros somos responsables del anuncio de la fe, en su integridad y con sus exigencias. Queridos amigos, imitemos al cura de Ars que rezaba así al buen Dios: "Concédeme la conversión de mi parroquia, y yo acepto sufrir todo lo que Tú quieras durante el resto de mi vida". Él hizo todo lo posible por sacar a las personas de la tibieza y conducirlas al amor.
Hay una solidaridad profunda entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo: no es posible amarlo sin amar a sus hermanos. Juan María Vianney quiso ser sacerdote precisamente para su salvación: "Ganar la almas para el buen Dios", declaraba al anunciar su vocación con 18 años de edad, así como Pablo decía: "Ganar a todos los que pueda" (1 Corintios 9,19). El vicario general le había dicho: "No hay mucho amor de Dios en la parroquia, usted lo pondrá". Y, en su pasión sacerdotal, el santo párroco era misericordioso como Jesús en el encuentro con cada pecador. Prefería insistir en el aspecto atrayente de la virtud, en la misericordia de Dios, en cuya presencia nuestros pecados son "granos de arena". Presentaba la ternura de Dios ofendida. Temía que los sacerdotes se volvieran "insensibles" y se acostumbraran a la indiferencia de sus fieles: "Ay del Pastor --advertía-- que permanece en silencio viendo cómo se ofende a Dios y las almas se pierden".
Amados hermanos sacerdotes, en este lugar que María ha hecho tan especial, teniendo ante nuestros ojos su vocación de fiel discípula de su Hijo Jesús, desde su concepción hasta la Cruz y después en el camino de la Iglesia naciente, considerad la extraordinaria gracia de vuestro sacerdocio. La fidelidad a la propia vocación exige valentía y confianza, pero el Señor también quiere que sepáis unir vuestras fuerzas; sed solícitos unos con otros, apoyándoos fraternalmente. Los momentos de oración y estudio en común, compartir las exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de vuestra existencia. Cuánto bien os hace esa acogida mutua en vuestras casas, con la paz de Cristo en vuestros corazones. Qué importante es que os ayudéis mutuamente con la oración, con consejos útiles y con el discernimiento. Prestad una atención particular a las situaciones que debilitan de alguna manera los ideales sacerdotales o la entrega a actividades que no concuerdan del todo con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Por lo tanto, asumid como una necesidad actual, junto al calor de la fraternidad, la actitud firme de un hermano que ayuda a otro hermano a "permanecer en pie".
Aunque el sacerdocio de Cristo es eterno (Cf. Hebreos 5,6), la vida de los sacerdotes es limitada. Cristo quiere que otros, a lo largo de los siglos, perpetúen el sacerdocio ministerial instituido por Él. Por lo tanto, mantened en vuestro interior y a vuestro alrededor el anhelo por suscitar entre los fieles --colaborando con la gracia del Espíritu Santo-- nuevas vocaciones sacerdotales. La oración confiada y perseverante, el amor gozoso a la propia vocación y la dedicación a la dirección espiritual os ayudará a discernir el carisma vocacional en aquellos que Dios llama.
Queridos seminaristas, que ya habéis dado el primer paso hacia el sacerdocio y os estáis preparando en el Seminario Mayor o en las Casas de Formación religiosa, el Papa os anima a ser conscientes de la gran responsabilidad que tendréis que asumir: examinad bien las intenciones y motivaciones; dedicaos con entusiasmo y con espíritu generoso a vuestra formación. La Eucaristía, centro de la vida del cristiano y escuela de humildad y de servicio, debe ser el objeto principal de vuestro amor. La adoración, la piedad y la atención al Santísimo Sacramento, a lo largo de estos años de preparación, harán que un día celebréis el sacrificio del Altar con verdadera y edificante unción.
En este camino de fidelidad, amados sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y laicos comprometidos, nos guía y acompaña la bienaventurada Virgen María. Con Ella y como Ella somos libres para ser santos; libres para ser pobres, castos y obedientes; libres para todos, porque estamos desprendidos de todo; libres de nosotros mismos para que en cada uno crezca Cristo, verdadero consagrado al Padre y Pastor al cual los sacerdotes, siendo presencia suya, prestan su voz y sus gestos; libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús muerto y resucitado, que permanece con nosotros hasta el final de los siglos y se da a todos en la Santísima Eucaristía.

Consagración de los sacerdotes al Inmaculado Corazón de María por Benedicto XVI



Madre Inmaculada,
en este lugar de gracia,
convocados por el amor de tu Hijo Jesús,
Sumo y Eterno Sacerdote,
nosotros,hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,
nos consagramos a tu Corazón materno,
para cumplir fielmente la voluntad del Padre.
Somos conscientes de que, sin Jesús,
no podemos hacer nada (Cf. Juan 15,5)
y de que, sólo por Él, con Él y en Él,
seremos instrumentos de salvación para el mundo.
Esposa del Espíritu Santo,
alcánzanos el don inestimablede la transformación en Cristo.
Por la misma potencia del Espíritu que,
extendiendo su sombra sobre ti,
te hizo Madre del Salvador,
ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,nazca también en nosotros.
Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes,
transfigurados por la gracia de Aquel
que hace nuevas todas las cosas.
Madre de Misericordia,
ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamadoa ser como Él:
luz del mundo y sal de la tierra(Cf. Mateo 5,13-14).
Ayúdanos,con tu poderosa intercesión,
a no desmerecer esta vocación sublime,
a no ceder a nuestros egoísmos,
ni a las lisonjas del mundo,
ni a las tentaciones del Maligno.
Presérvanos con tu pureza,
custódianos con tu humildad
y rodéanos con tu amor maternal,
que se refleja en tantas almas consagradas a ti
y que son para nosotros
auténticas madres espirituales.
Madre de la Iglesia,
nosotros, sacerdotes,
queremos ser pastores
que no se apacientan a sí mismos,
sino que se entregan a Dios por los hermanos,
encontrando la felicidad en esto.
Queremos cada día repetir humildemente
no sólo de palabra sino con la vida,
nuestro "aquí estoy".
Guiados por ti,queremos ser apóstoles
de la Divina Misericordia,
llenos de gozo por poder celebrar diariamente
el Santo Sacrificio del Altar
y ofrecer a todos los que nos lo pidan
el sacramento de la Reconciliación.
Abogada y Mediadora de la gracia,
tú que estas unidaa la única mediación universal de Cristo,
pide a Dios, para nosotros,
un corazón completamente renovado,
que ame a Dios con todas sus fuerzas
y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.
Repite al Señor
esa eficaz palabra tuya: "no les queda vino" (Juan 2,3),
para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros,
como una nueva efusión,el Espíritu Santo.
Lleno de admiración y de gratitud
por tu presencia continua entre nosotros,
en nombre de todos los sacerdotes,
también yo quiero exclamar:
"¿quién soy yo para que me visite
la Madre de mi Señor? (Lucas 1,43)
Madre nuestra desde siempre,
no te canses de "visitarnos",
consolarnos, sostenernos.
Ven en nuestra ayuda
y líbranos de todos los peligros
que nos acechan.
Con este acto de ofrecimiento y consagración,
queremos acogerte de un modo más profundo y radical,
para siempre y totalmente,en nuestra existencia humana y sacerdotal.
Que tu presencia haga reverdecer el desierto
de nuestras soledades y brillar el solen nuestras tinieblas,
haga que torne la calma después de la tempestad,
para que todo hombre vea la salvación
del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús,
reflejado en nuestros corazones,
unidos para siempre al tuyo.
Así sea.

viernes, 7 de mayo de 2010

Letanías a Cristo Buen Pastor


Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.
Pastor amoroso de las alma, defended, buen pastor, vuestro rebaño.
Pastor que das la vida por tu grey.
Pastor que das tu vida por mi vida.
Pastor que de perdido me has ganado.
Pastor que me reduces al camino.
Pastor que en vuestros hombros me cargaste.
Pastor que siempre velas por guardarme.
Pastor que dulcemente me apacientas.
Pastor que a mi sed das agua pura.
Pastor que eres el pastor y el pasto.
Pastor que me das silvos amorosos.
Pastor en cuyo báculo descanso.
Pastor que aun ofendido me buscaste.
Pastor que también eres cordero manso.
Pastor peregrino desde el cielo.
Pastor que a tu grey llevas a la gloria.
Pastor que por mí dejas noventinueve.
Pastor que como guía vas delante.
Pastor divino en hábito humano.
Pastor de cuya voz los leones tiemblan.
Pastor por quien vivo y por quien muero.
Pastor que ni una pierdes de tus ovejas.
Pastor más valeroso que David.
Pastor más inocente que Abel.
Pastor más amante que Jacob.
Pastor más discreto que José
Pastor más compasivo que Jonás.
Pastor más vigilante que Amós.
Pastor más sublimado que Isaac.
Pastor que no tienes semejante.
Pastor el mejor de los pastores.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos
Oremos: Dios que sublimaste al mundo con la humildad de tu hijo, concede perpetua alegría a tus fieles, para que logren los gozos eternos aquellos a quienes libraste de la muerte eterna; por el mismo Jesucristo nuestro Señor que contigo y con el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

ACIPRENSA- Compilado por José Gálvez Krüge

Audiencia general (28-4-10): El sacerdote y los más pobres


Queridos hermanos y hermanas,
nos estamos acercando a la conclusión del Año Sacerdotal y, en este último miércoles de abril, quisiera hablar de dos santos sacerdotes ejemplares en su donación a Dios y en el testimonio de caridad, vivida en la Iglesia y para la Iglesia, hacia los hermanos más necesitados: san Leonardo Murialdo y san Giuseppe Benedetto Cottolengo. Del primero recordamos los 110 años de su muerte y los 40 de su canonización; del segundo han comenzado las celebraciones del 2° centenario de su Ordenación sacerdotal.
Murialdo nació en Turín el 26 de octubre de 1828: es la Turín de san Juan Bosco, del mismo san Giuseppe Cottolengo, tierra fecundada por muchos ejemplos de santidad de fieles laicos y sacerdotes. Leonardo es el octavo hijo de una familia sencilla. De niño, junto con su hermano, entró en el colegio de los Padres Escolapios de Savona para el curso elemental, la escuela media y la escuela superior; allí encontró educadores preparados, en un clima de religiosidad fundado en una seria catequesis, con prácticas de piedad regulares. Durante la adolescencia vivió, sin embargo, una profunda crisis existencial y espiritual que le llevó a anticipar la vuelta a la familia y a concluir sus estudios en Turín, inscribiéndose en el bienio de filosofía. La “vuelta a la luz” sucedió – como él relata – tras algunos meses, con la gracia de una confesión general, en la que redescubrió la inmensa misericordia de Dios; maduró, entonces, a los 17 años, la decisión de hacerse sacerdote, como respuesta de amor a Dios que le había aferrado con su amor. Fue ordenado el 20 de septiembre d 1851. Precisamente en aquel periodo, como catequista del Oratorio del Ángel Custodio, fue conocido y apreciado por Don Bosco, el cual le convenció de aceptar la dirección del nuevo Oratorio de San Luis en Porta Nuova, que realizó hasta 1865. Allí entró en contacto también con los graves problemas de los barrios más jóvenes, visitó sus casas, madurando una profunda sensibilidad social, educativa y apostólica que le llevó a dedicarse de forma autónoma a múltiples iniciativas a favor de la juventud. Catequesis, escuela, actividades recreativas fueron los fundamentos de su método educativo en el Oratorio. Don Bosco le quiso consigo con ocasión de la Audiencia que le concedió el beato Pío IX en 1858.
En 1873 fundó la Congregación de San José, cuyo fin apostólico fue, desde el principio, la formación de la juventud, especialmente la más pobre y abandonada. El ambiente turinés de esa época fue marcado por el intenso florecimiento de obras y actividades caritativas promovidas por Murialdo hasta su muerte, que tuvo lugar el 30 de marzo de 1900.
Quiero subrayar que el núcleo central de la espiritualidad de Murialdo es la convicción del amor misericordioso de Dios: un Padre siempre bueno, paciente y generoso, que revela la grandeza y la inmensidad de su misericordia con el perdón. Esta realidad san Leonardo la experimentó no a nivel intelectual, sino existencial, mediante el encuentro vivo con el Señor. Él se consideró siempre un hombre agraciado por Dios misericordioso: por esto vivió el sentido gozoso de la gratuidad al Señor, la serena conciencia de sus propios límites, el deseo ardiente de penitencia, el compromiso constante y generoso de conversión. Veía toda su existencia no sólo iluminada, guiada, sostenida por este amor, sino continuamente inmersa en la infinita misericordia de Dios. Escribió en su Testamento espiritual: "Tu misericordia me rodea, oh Señor… Como Dios está siempre y en todas partes, así es siempre y en todas partes amor, es siempre y en todas partes misericordia". Recordando el momento de crisis que tuvo en su juventud, anotaba: "He aquí que el buen Dios quería hacer resplandecer una vez más su bondad y generosidad de forma totalmente singular. No sólo me admitió de nuevo a su amistad, sino que me llamó a una elección de predilección: me llamó al sacerdocio, y esto sólo pocos meses después de mi vuelta a Él". San Leonardo vivió por eso la vocación sacerdotal como don gratuito de la misericordia de Dios con sentido de reconocimiento, alegría y amor. Escribió también: "¡Dios me ha elegido! Me ha llamado, me ha incluso obligado al honor, a la gloria, a la felicidad inefable de ser su ministro, de ser 'otro Cristo'... ¿Y dónde estaba yo cuando me buscabas, Dios mío? ¡En el fondo del abismo! Yo estaba allí, y allí vino Dios a buscarme; allí me hizo comprender su voz...”
Subrayando la grandeza de la misión del sacerdote que debe “continuar la obra de la redención, la gran obra de Jesucristo, la obra del Salvador del mundo”, es decir, la de “salvar a las almas”, san Leonardo recordaba siempre, a sí mismo y a los hermanos, la responsabilidad de una vida coherente con el sacramento recibido. Amor de Dios y amor a Dios: fue esta la fuerza de su camino de santidad, la ley de su sacerdocio, el significado más profundo de su apostolado entre los jóvenes pobres y la fuente de su oración. San Leonardo Murialdo se abandonó con confianza a la Providencia, realizando generosamente la voluntad divina, en el contacto con Dios y dedicándose a los jóvenes pobres. De este modo él unió el silencio contemplativo con el ardor incansable de la acción, la fidelidad a los deberes de cada día con la genialidad de las iniciativas, la fuerza en las dificultades con la serenidad del espíritu. Éste es su camino de santidad para vivir el mandamiento del amor, hacia Dios y hacia el prójimo.
Con el mismo espíritu de caridad vivió, cuarenta años antes de Murialdo, san Giuseppe Benedetto Cottolengo, fundador de la obra llamada por él mismo “Pequeña Casa de la Divina Providencia" y llamada hoy también "Cottolengo". El próximo domingo, en mi Visita pastoral a Turín, veneraré las reliquias de este Santo y de encontrar a los huéspedes de la “Pequeña Casa".
Giuseppe Benedetto Cottolengo nació en Bra, pequeña ciudad de la provincia de Cuneo, el 3 de mayo de 1786. Primogénito de 12 hijos, de los que 6 murieron a tierna edad, mostró desde pequeño gran sensibilidad hacia los pobres. Abrazó el camino del sacerdocio, imitado también por dos de sus hermanos. Los año de su juventud fueron los de la aventura napoleónica y de los consiguientes malestares en el campo religioso y social. Cottolengo se convirtió en un buen sacerdote, buscado por muchos penitentes y, en la Turín de esa época, predicador de ejercicios espirituales y conferencias entre los estudiantes universitarios, donde cosechaba siempre un éxito notable. A la edad de 32 años fue nombrado canónigo de la Santísima Trinidad, una congregación de sacerdotes que tenía la tarea de oficiar en la Iglesia del Corpus Domini y de dar decoro a las ceremonias religiosas de la ciudad, pero en aquel puesto se sentía inquieto. Dios le estaba preparando para una misión particular y, precisamente con un encuentro inesperado y decisivo, le dio a entender cuál habría sido su futuro destino en el ejercicio de su ministerio.
El Señor pone siempre signos en nuestro camino para guiarnos según su voluntad al verdadero bien. Para el Cottolengo esto sucedió, de forma dramática, la mañana del domingo del 2 de septiembre de 1827. Llegó a Turín, procedente de Milán, la diligencia, llena como nunca de gente, en la que se apretaba una entera familia francesa en la que la mujer, con cinco niños, estaba al final del embarazo y con la fiebre alta. Tras haber vagado por varios hospitales, esa familia encontró alojamiento en un dormitorio público, pero la situación de la mujer siguió agravándose y algunos se pusieron a buscar un cura. Por un misterioso designio se cruzaron con Cottolengo, y fue precisamente él, con el corazón abrumado y oprimido, quien acompañó la muerte de esta joven madre, entre el desgarro de toda la familia. Tras haber concluido este doloroso deber, con el sufrimiento en el corazón, se reclinó ante el Santísimo Sacramento y rezó: “Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué me has querido testigo? ¿Qué quieres de mí? ¡Hay que hacer algo!”. Levantándose, hizo resonar todas las campanas, encender las velas y, acogiendo a los curiosos en la Iglesia, dijo: "¡La gracia se ha hecho! ¡La gracia se ha hecho!" Desde aquel momento Cottolengo se transformó: todas sus capacidades, especialmente su habilidad económica y organizativa, se utilizaron para dar vida a iniciativas en apoyo de los más necesitados.
Supo implicar en su empresa a decenas y decenas de colaboradores y voluntarios. Trasladándose hacia la periferia de Turín para expandir su obra, creó una especie de pueblo, en el que a cada edificio que consiguió construir le asignó un nombre significativo: "casa de la fe", "casa de la esperanza", "casa de la caridad". Puso en marcha el estilo de las “familias”, constituyendo verdaderas y propias comunidades de personas, voluntarios y voluntarias, hombres y mujeres, religiosos y laicos, unidos para afrontar y superar juntos las dificultades que se presentaban. Cada uno en esa Pequeña Casa de la Divina Providencia tenía una tarea precisa: quien trabajaba, quien rezaba, quien servía, quien enseñaba, quien administraba. Sanos y enfermos compartían todos el mismo peso del día a día. También la vida religiosa se especificó en el tiempo, según las necesidades y las exigencias particulares. Pensó incluso en un seminario propio, para una formación específica de los sacerdotes de la Obra. Estuvo siempre dispuesto a seguir a la Divina Providencia, nunca a cuestionarla. Decía: “Yo no soy bueno en nada y no sé siquiera que estoy haciendo. La Divina Providencia sin embargo sabe ciertamente lo que quiere. A mí sólo me toda secundarla. Adelante in Domino". Para sus pobres y los más necesitados, se definirá siempre el “obrero de la Divina Providencia".
Junto a las pequeñas ciudadelas quiso fundar también cinco monasterios de monjas contemplativas y uno de ermitaños, y los consideró entre las realizaciones más importantes: una especie de “corazón” que debía latir para toda la Obra. Murió el 30 de abril de 1842, pronunciando estas palabras: "Misericordia, Domine; Misericordia, Domine. Buena y Santa Providencia… Virgen Santa, ahora os toca a Vos". Su vida, como escribió un periódico de su tiempo, fue “una intensa jornada de amor”.
Queridos amigos, estos dos santos sacerdotes, de los cuales he presentado algún rasgo, vivieron su ministerio en el don total de la vida a los más pobres, a los más necesitados, a los últimos, encontrando siempre la raíz profunda, la fuente inextinguible de su acción en la relación con Dios, bebiendo de su amor, en la convicción profunda de que no es posible ejercer la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia. Que su intercesión y su ejemplo sigan iluminando el ministerio de tantos sacerdotes que se consumen con generosidad por Dios y por el rebaño a ellos confiado, y que ayuden a cada uno a entregarse con alegría y generosidad a Dios y al prójimo.

Audiencia general (5-10-10): El munus santificandi


Queridos hermanos y hermanas,
el pasado domingo, en mi Visita Pastoral a Turín, tuve la alegría de permanecer en oración ante la Sábana Santa, uniéndome a los más de dos millones de peregrinos que durante la solemne exposición de estos días, han podido contemplarla. Ese sagrado lienzo puede nutrir y alimentar la fe y revigorizar la piedad cristiana, porque invita a dirigirse al Rostro de Cristo, al Cuerpo del Cristo crucificado y resucitado, a contemplar el misterio pascual, centro del mensaje cristiano. Del Cuerpo de Cristo resucitado, vivo y operante en la historia (cfr. Romanos 12, 5), nosotros, queridos hermanos y hermanas, somos miembros vivos, cada uno en nuestra propia función, es decir, con la tarea que el Señor ha querido confiarnos. Hoy, en esta catequesis, quisiera volver a las tareas específicas de los sacerdotes, que, según la tradición, son esencialmente tres: enseñar, santificar y gobernar. En una de las catequesis precedentes hablé sobre la primera de estas tres misiones: la enseñanza, el anuncio de la verdad, el anuncio del Dios revelado en Cristo, o - con otras palabras - la tarea profética de poner al hombre en contacto con la verdad, de ayudarle a conocer lo esencial de su vida, de la misma realidad.
Hoy quisiera detenerme brevemente con vosotros sobre la segunda tarea que tiene el sacerdote, la de santificar a los hombres, sobre todo mediante los sacramentos y el culto de la Iglesia. Debemos ante todo preguntarnos: ¿Qué quiere decir la palabra "santo"? La respuesta es: "santo" es la cualidad específica del ser de Dios, es decir, absoluta verdad, bondad, amor, belleza, luz pura. Santificar a una persona significa por tanto ponerla en contacto con Dios, con su ser luz, verdad, amor puro. Es obvio que este contacto transforma a la persona. En la antigüedad se daba esta firme convicción: Nadie puede ver a Dios sin morir en seguida. ¡Es demasiado grande la fuerza de la verdad y de la luz! Si el hombre toca esta corriente absoluta, no sobrevive. Por otra parte, se daba también esta convicción: sin un contacto mínimo con Dios, el hombre no puede vivir. La verdad, la bondad, el amor son condiciones fundamentales de su ser. La cuestión es: ¿cómo puede encontrar el hombre ese contacto con Dios, que es fundamental, sin morir sobrepasado por la grandeza del ser divino? La fe de la Iglesia nos dice que Dios mismo crea este contacto, que nos transforma poco a poco en verdaderas imágenes de Dios.
Así volvemos de nuevo a la tarea del sacerdote de "santificar". Ningún hombre por sí mismo, a partir de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. Parte esencial de la gracia del sacerdocio es el don, la tarea de crear este contacto. Esto se realiza en el anuncio de la palabra de Dios, que nos sale al encuentro. Se realiza de una forma particularmente densa en los sacramentos. La inmersión en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo sucede en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, Sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo (Cf.. Juan Pablo II, exhortación apostólica Pastores gregis, n. 32). Es por tanto Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, quien nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a "estar" con Él (cfr. Marcos 3, 14) y a convertirse, mediante el Sacramento del Orden, a pesar de la pobreza humana, en partícipes de su mismo Sacerdocio, ministros de esta santificación, dispensadores de sus misterios, "puentes" del encuentro con Él, de su mediación entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios (cfr. Presbyterorum Ordinis, 5).
En las últimas décadas, se han dado tendencias que buscaban hacer prevalecer, en la identidad y en la misión del sacerdote, la dimensión del anuncio, separándola de la de santificación: a menudo se ha afirmado que sería necesario superar una pastoral meramente sacramental. ¿Pero es posible ejercer auténticamente el ministerio sacerdotal "superando" la pastoral sacramental? ¿Qué significa precisamente para los sacerdotes evangelizar, en qué consiste la llamada primacía del anuncio? Como recogen los Evangelios, Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es el objetivo de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un "discurso", sino que incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide al final con su misma persona, con el don de sí, como hemos escuchado hoy en la lectura del Evangelio. Y lo mismo se puede decir del ministro ordenado: él, el sacerdote, representa a Cristo, el enviado del Padre, continúa su misión, mediante la "palabra" y el "sacramento", en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y de palabra, san Agustín, en una carta al obispo Honorato de Thiabe, refiriéndose a los sacerdotes, afirma: "Hagan por tanto los siervos de Cristo, los ministros de Su palabra y de Su sacramento, lo que él mandó o permitió" (Epístola 228, 2). Es necesario reflexionar si, en algunos casos, haber minusvalorado el ejercicio fiel del munus sanctificandi, no ha representado quizás un debilitamiento de la misma fe en la eficacia salvífica de los sacramentos y, en definitiva, en el actuar actual de Cristo y de su Espíritu, a través de la Iglesia, en el mundo.
¿Quién, por tanto, salva al mundo y al hombre? La única respuesta que podemos dar es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. ¿Y dónde se realiza el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que trae la salvación? En la acción de Cristo mediante la Iglesia, en particular en el sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, en el que de la muerte del pecado se vuelve a la vida nueva, y en todo otro acto sacramental de santificación (cfr. Presbyterorum Ordinis, 5). Es importante, por tanto, promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los sacramentos, pero es también necesario, a ejemplo del santo cura de Ars, ser disponibles, generosos y atentos en dar a los fieles los tesoros de la gracia que Dios ha puesto en nuestras manos, y de los cuales no somos "dueños", sino custodios y administradores. Sobre todo en este tiempo nuestro, en el que, por un lado, parece que la fe se está debilitando y, por otro, surgen una profunda necesidad y una difundida búsqueda de la espiritualidad, es necesario que cada sacerdote recuerde que en su misión, el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca van separados, y promueva una sana pastoral sacramental, para formar al Pueblo de Dios y ayudarle a vivir en plenitud la Liturgia, el culto de la Iglesia, los Sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción salvadora.
Como recordaba en la santa Misa Crismal de este año: "el centro del culto de la Iglesia es el sacramento. Sacramento significa que en primer lugar no somos nosotros los hombres los que hacemos algo, sino que Dios nos sale al encuentro con su acción, nos mira y nos conduce hacia Sí. (...) Dios nos toca por medio de realidades materiales (...) que Él asume a su servicio, haciendo de ellos instrumentos de encuentro entre nosotros y Él mismo" (Misa Crismal, 1 de abril de 2010). La verdad según la cual en el Sacramento "no somos nosotros los hombres los que hacemos algo" afecta, y debe afectar, también a la conciencia sacerdotal: cada presbítero sabe bien que es un instrumento necesario de la actuación salvífica de Dios, pero sin dejar de ser un instrumento. Esta conciencia debe hacer humildes y generosos en la administración de los sacramentos, en el respeto de las normas canónicas, pero también en la convicción profunda de que la propia misión es la de hacer que todos los hombres, unidos a Cristo, puedan ofrecerse a Dios como hostia viva y santa agradable a Él (cfr. Romanos 12, 1). Ejemplar, sobre la primacía del munus sanctificandi y de la correcta interpretación de la pastoral sacramental, sigue siendo san Juan María Vianney, el cual, un día, frente a un hombre que decía no tener fe y deseaba discutir con él, el párroco respondió: "¡Oh! Amigo mío, os conducís muy mal, yo no sé razonar... pero si tenéis necesidad de algún consuelo, poneos allí (su dedo indicaba el inexorable escabel del confesionario) y creedme, que muchos otros se pusieron en él antes que vos, y no tuvieron que arrepentirse" (cfr. Monnin A., Il Curato d'Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. i, Turín 1870, pp. 163-164).
Queridos sacerdotes, vivid con alegría y con amor la Liturgia y el culto: es acción que el Resucitado realiza por el poder del Espíritu Santo en nosotros, con nosotros y por nosotros. Quisiera renovar la invitación recientemente hecha de "volver al confesionario, como lugar en el que 'habitar' más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía" (Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 11 de marzo de 2010). Y quisiera también invitar a cada sacerdote a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el corazón de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, donársenos él mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios; es el único Sacrificio de amor de Cristo que se hace presente, se realiza entre nosotros y llega hasta el trono de la Gracia, a la presencia de Dios, abraza a la humanidad y nos une a Él (cfr. Discurso al Clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Y el sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el Sacramento y en la vida. Si "la gran tradición eclesial ha desvinculado con razón la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, y así las legítimas expectativas de los fieles son adecuadamente salvaguardadas", esto no quita nada a la "necesaria, incluso indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe habitar en todo corazón auténticamente sacerdotal": hay también un ejemplo de fe y de testimonio de santidad que el Pueblo de Dios espera justamente de sus Pastores (cfr. Benedicto XVI, Discurso a la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Y es en la celebración de los Santos Misterios donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación (cfr. Presbyterorum Ordinis, 12-13).
Queridos amigos, sed conscientes del gran don que los sacerdotes son para la Iglesia y para el mundo; a través de su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, a hacerse presente, a santificar. Sabed agradecer a Dios, y sobre todo sed cercanos a vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, para que sean cada vez más Pastores según el corazón de Dios. Gracias.

lunes, 3 de mayo de 2010

GRACIAS

Blog en Estados Unidos






Estimados hermanos y hermanas en Cristo

Primero queremos felicitarlos por tan hermoso y completo blog “sobre el año sacerdotal”, que consideramos una fuente completa de recursos para apoyar a nuestros sacerdotes y a los feligreses para que intercedan por ellos en este año y en los venideros.

Por nuestra parte queremos compartir con ustedes un apostolado que hemos venido realizando a partir del Jueves Santo, día en que se instituyó la Santa Eucaristía y el Sacerdocio. Es una cadena de oración por los Sacerdotes y por las Santas Vocaciones, además soportada por una Peregrinación que, por obra de Dios, estamos llevando a cabo desde el día 26 de octubre del 2009, por todas las iglesias de la Arquidiócesis de Detroit. Hasta el día de hoy llevamos un total de 70 iglesias.

Hemos pensado que sería de interés mutuo compartir con ustedes nuestra página web, ya que todo trabajo en bien de la iglesia y con el deseo de arrojar luz, gracia, y sobre todo soporte a nuestros sacerdotes, debe ser apoyado por otras comunidades y apostolados.

Hoy más que nunca tenemos que unirnos para desarrollar trabajos conjuntos para el bien de nuestra Santa Iglesia Católica, pues son tiempos donde el poder del mal se está sintiendo con mayor fuerza. Es en estos momentos donde debemos unir fuerzas, fe y mucha oración para soportar a los sacerdotes, quienes las cruces se les aumentan con el peso de las calumnias; que siendo la debilidad de un 0.04%, tal como lo estipuló Nuestro Señor en la traición de Judas, se ve el Clero empañado por una sombra generalizada sobre todos los demás sacerdotes que están sacrificando su vida, precisamente por la honestidad y la santidad del ser humano desde muy temprana edad. No pueden todos los sacerdotes ser señalados como pecadores y, lo peor, querer además acabar con el Celibato en nuestra Iglesia.

Como muy bien dijo Nuestro Señor que las fuerzas del mal no prevalecerán sobre su iglesia, debemos seguir luchando para que Nuestra Iglesia siendo Pura y Santa como lo instituyó su fundador y así siga el lema de Buscar la santidad de su pueblo, a pesar de las turbulencias del mar, sin olvidar que es Cristo quien va guiando la barca. Y si El está con nosotros quién contra nosotros.

Por esto queremos que nuestra página sirva de enlace a la de ustedes y viceversa y así, entre todos apoyar a los representantes de Cristo aquí en la tierra.

Quedamos de ustedes muy agradecidos por la atención prestada a la misma.

Pagina web en español http://www.cadenadeoracionviernes.com/pindex.html
Pagina web en Ingles www.prayer4priests.com

Dios les bendiga
Nick y Doris

sábado, 1 de mayo de 2010

D. Javier Leoz: Flores sacerdotales a la Virgen

FLORES SACERDOTALES A LA VIRGEN
1. “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1,26) Brindémonos generosamente por nuestras comunidades. Alejémonos de aquello que nos impide volcarnos de lleno en la misión que la Iglesia nos ha confiado. Muchas veces el “no puedo” esconde justificaciones acomodos personales.
2. “Haced lo que El os diga” (Jn 2,5) No perdamos la esperanza. Recuperemos o intensifiquemos el gusto por la oración. No recemos para que se nos vea pero, ¡por qué no!, que nuestros fieles comprueben que los sacerdotes nos arrodillamos y rezamos.
3. “Maravillas hizo en mí el Poderoso” (Lc 1,39) Demos gracias a Dios por el don del sacerdocio. Rememoremos aquellos momentos en los que, diciendo “si” nos estremecimos ante la llamada de Dios. Hablemos a nuestros amigos y parroquias de nuestra propia vocación.
4. “Hágase en mí según su Palabra” (Lc 1,38) Proclamemos con valentía y con claridad la Palabra de Dios. Preparemos con más interés la homilética. Miremos las situaciones que nos rodean y, a la luz de la Palabra, orientemos aquello que produce sufrimiento, dudas o deserción
5. «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» (Mt 12,46) Busquemos y encontremos en el rostro sufriente de nuestros hermanos, la voluntad de Dios. No nos encerremos en nuestras seguridades, en nuestros templos, en el “siempre se ha hecho así”. Seamos receptivos y demos facilidades para el sacramento de la confesión.
6. «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»(Mt 12,46ss) Esforcémonos por salir de los mínimos. Nuestro sacerdocio es mucho más que un cumplir el expediente o convertirnos en simples funcionarios. Desempeñar la voluntad del Señor, en muchos momentos, implica ir en contra de nuestra propia comodidad.
7. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”(Lc 1,26ss) Vivamos con alegría este mes de mayo. Comprometámonos, junto con María, en la vivencia pascual de estos días. Manifestemos la alegría de ser sacerdotes: una oración preparada, un rosario sacerdotal, una peregrinación a un santuario mariano.
8. “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”(Lc 1,39) No nos quedemos lamentándonos en aquello que nos ha producido dolor o sorpresa. El Señor va por delante. Nuestras cruces, en muchos casos, son más pequeñas que aquellas que a muchos hermanos nuestros les hiere sus vidas. Salgamos, como María, al encuentro de los demás.
9. “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,28) Proclamemos, especialmente en este mes de mayo sacerdotal, las virtudes de María. ¿Por qué no dirigir nosotros personalmente el rezo del rosario? A veces, nuestra presencia y nuestra presidencia, dan doble valor o despierta más el interés a las cosas de Dios.
10. “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”(Lc 1,45) Vivamos según aquello que creemos. Transmitamos a nuestros fieles la esperanza de que Dios nunca falla. Renovemos, con la eucaristía y la oración, nuestra consagración al Señor. Cantemos el credo en las misas dominicales.
11. “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”(Lc 2,19) Dediquemos algún momento a la oración mariana. Coloquemos, en un lugar significativo, una imagen de la Virgen María. Abramos nuestros templos y potenciemos algunas oraciones marianas: el rezo del ángelus, el santo rosario, una ofrenda semanal, la visita al santísimo.
12. “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él” (Lc 2,33) Que nuestros fieles nos vean entusiasmados y contentos con nuestro Ministerio. Que, en este mes de mayo, incorporemos alguna oración especial –en la eucaristía o en el rosario- en acción de gracias por nuestra vocación sacerdotal.
13. “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2,33-35) Que las cruces personales o ajenas no sean más grandes que nuestra capacidad para hacerles frente. Miremos al pie de la cruz. Debajo, está María. Visitemos a los enfermos.
14. «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»(Lc 2,48) Que no nos cansemos de buscar y de proponer a Cristo como modelo para nuestras familias, para nuestros pueblos, barrios o ciudades. ¿No sería bueno, en este mes de mayo, indicar un libro o textos marianos a nuestras comunidades?
15. «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»(Lc 11,27) Seamos agradecidos con nuestras familias. Recordemos, especialmente en este mes de mayo, a nuestras madres. Ellas nos llevaron en su seno. Nos acercaron a su pecho. Rezaron por nosotros. ¿Por qué no encender un cirio ante la Virgen por nuestros padres? ¿Por qué no rezar un misterio del Rosario por nuestras familias?
16. «No tienen vino.»(Jn 2,3) Confiemos a la Virgen María la escasez y las dificultades de nuestra Iglesia, de las familias que componen nuestra parroquia. Un buzón mariano para acoger las peticiones escritas de los fieles conseguirá dos cosas: oraciones y un incentivo para visitar una iglesia abierta con la Virgen aguardando.
17. «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» (Jn 19,26) Postrémonos ante María antes de acostarnos. Saludemos a la Madre con motivo del nuevo día. Facilitemos, en un pequeño folleto, algunas oraciones o poesías dedicadas a la Virgen María.
18. «Ahí tienes a tu madre.»( Jn 19,26ss) Organicemos alguna actividad extraordinaria con motivo del mes de mayo. La visita domiciliaria de una capilla de la Virgen. Una procesión mariana con toda la catequesis o con todos los grupos que componen la parroquia. El final de curso puede ser una llamada, en este año sacerdotal, a dejar todo lo sembrado a los pies de María
19. “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1,14) Suscitemos, allá donde sea posible, algún movimiento mariano, la suscripción a alguna publicación mariana. Como sacerdotes estamos llamados a indicar que, María, es un camino excelente para llegar hasta Cristo.
20. “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1) Proporcionemos a nuestros fieles una estampa con la imagen de la Virgen que se venera en cada parroquia o con la que más devoción inspire. Que no falte en ella una oración mariana.
Nuestro agradecimiento a D. Javier Leoz