sábado 28 de noviembre de 2009

Teresa Sanga: Poema "Consagración"


En este Año Sacerdotal para quienes han consagrado su vida al Señor, en recuerdo de tan sublime momento....
CONSAGRACION

Consagración del alma a su Divino Dueño…
Entrega sin medida a Aquel que es todo Amor…
Quietud, amor y gozo, y una paz infinita…
Luz que envuelve, alegría, caricia del Señor.

Elevación del alma con la Gracia Divina…
Proyectos e intenciones a los pies del Señor…
Manos que se levantan sin esfuerzo y sin prisa…
Recogimiento en Cristo, postración y perdón.

Adoración potente, puertas ya sin cerrojos…
Para que entre Cristo a reinar desde hoy…
Y con el Padre Eterno y su Madre bendita…
El regalo más bello que es Su Ser y Misión.

Tan simple que era hallarte ¡Y cuánto te escapaba!
Perdido entre alegrías mundanas e ilusión…
Y ahora que te he encontrado y te he abierto la puerta
¡Ya no dejes que quiera si no es con Tu Amor!
Teresa Sanga Tomasevic, Costa Rica

jueves 26 de noviembre de 2009

Cartas de Santa Teresita al abate Bellière, hermano espiritual (I)


J.M.J.T.
Jesús
+
Carmelo de Lisieux,
21 de octubre de 1896
Señor abate:
Como nuestra Reverenda Madre está enferma, me ha confiado a mí la misión de contestar a su carta. Lamento que usted se vea privado de las santas palabras que nuestra Madre le habría dirigido, pero me siento feliz de ser su intérprete y de comunicarle su alegría de saber la obra que Nuestro Señor acaba de operar en su alma. Ella continuará rezando para que él lleve en usted a su término su obra divina. Pienso que es inútil decirle, señor abate, hasta qué punto comparto yo también la dicha de nuestra Madre. Su carta del mes de julio me había apenado mucho. Atribuyendo a mi poco fervor los combates que usted estaba librando, no cesaba de implorar para usted el auxilio maternal de la dulce Reina de los apóstoles. Por eso, mi consuelo fue muy grande al recibir, como ramo de flores para mi santo, la certeza de que mis pobres oraciones habían sido escuchadas... Ahora que ha pasado la tormenta, doy gracias a Dios por haberle hecho pasar por ella, pues en los libros sagrados leemos estas hermosas palabras: «Dichoso el hombre que ha soportado la prueba», y también: «Quien no ha sido probado, poco sabe...». En efecto, cuando Jesús llama a un alma a dirigir y a salvar a multitud de otras almas, es muy necesario que le haga experimentar las tentaciones y las pruebas de la vida. Y ya que a usted le ha concedido la gracia de salir victorioso de la lucha, espero, señor abate, que el buen Jesús hará realidad sus grandes deseos. Yo le pido que usted sea, no solamente un buen misionero, sino un santo totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me alcance también a mí ese amor, a fin de poder ayudarlo en su labor apostólica. Usted sabe que una carmelita que no fuese apóstol se apartaría de la meta de su vocación y dejaría de ser hija de la seráfica santa Teresa, la cual habría dado con gusto mil vidas por salvar una sola alma. No dudo, señor abate, que querrá unir también sus oraciones a las mías para que Nuestro Señor cure a nuestra venerada Madre.
En los corazones sagrados de Jesús y de María, me sentiré siempre dichosa de llamarme Su indigna hermanita.

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.

Beato Marcelo Spinola: El ejercicio de la predicación (XIII)


Tres motivos entre otros impiden principalmente el fruto de la predicación cristiana. El primero es la falta de preparación por parte del predicador, el cual jamás debiera subir al púlpito sin haber hecho cuanto de su parte está para que su obra no se esterilice; y dos cosas a este fin ha de cumplir señaladamente: una más divina que humana, otra más humana que divina, aunque ambas de lo divino y humano participen. Aquella es la oración, sin la cual nada en el orden espi­ritual podemos ejecutar bien; ésta es el estudio, sin el que en tesis general no diremos desde el púlpito sino frivolidades o impertinencias.
Los sacerdotes, que en todas las edades alcanzaron renombre de santos, nunca hablaron a los hombres en la sagrada cátedra, sin haber antes hablado largamente con Dios, con lo que su espíritu se infla­maba, saliendo por lo mismo encendidas las palabras de su boca, y la gracia descendía sobre el predicador y los oyentes, realizando las maravillas, que son propias de ese poderosísimo agente de la piedad celestial; ni tampoco osaban proferir una palabra sin haber meditado detenidamente en lo que decir intentaban y previa dilatada consulta de las Sagradas Escrituras, de los Padres de la Iglesia, y de los más sabios teólogos, a fin de no resbalarse jamás.
De este modo lograron triunfos que nos pasman, y que nosotros no alcanzamos,
porque ni oramos ni estudiamos antes de predicar, siendo la obra de la predicación para la generalidad de los que en ella se ocupan más del orden humano que del divino, a la cual se preparan como para discursos académicos, no como para pronunciar lecciones en nombre de Dios.
Otra causa de la inutilidad de nuestra predicación, es la materia o tema de nuestros sermones. El sermón ha de estar, por lo que a su materia respecta, en armo­nía con la capacidad del auditorio, pues no predicamos para que nos admiren los que no nos entienden, estimando que sabemos mucho por lo mismo que no han conseguido remontarse a la región por donde nosotros andamos, sino para ilustrar las inteligencias con el claro conocimiento de la verdad, y llevar los corazones por las sendas, a veces llanas, a veces ásperas de la virtud.
Suelen además los ministros del Evangelio, y este es otro tercer escollo que ha de evitarse, anunciar la palabra divina sin llevar un pensamiento, un propósito, un fin en su discurso; de donde resulta que dicen a los pueblos lo que acaso los pueblos no necesitan, y no les dicen en cambio lo que han menester o les conviene, siendo así que éste es precisamente uno de los puntos principales en que el predicador ha de poner atención y cuidado, pues no le basta hacerse entender, es muy importante que no tire a la calle, por expresarnos así, sus enseñanzas, reprendiendo vicios que no existen en el auditorio o encareciendo virtudes que de él no son propias.
Si todo esto se tuviera en cuenta, o digámoslo mejor, si buscára­mos con perfecto desprendimiento en el púlpito no nuestros intereses sino los de Jesucristo, se oirían los sermones con más provecho, y no serían ya tan raras las mudanzas por su influjo verificadas en las costumbres y en el modo de ser de los individuos, de las familias y de los pueblos.
BIOGRAFÍA DEL BEATO MARCELO SPÍNOLA
Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

martes 24 de noviembre de 2009

Teresa Sanga: Poema-homenaje a todos los sacerdotes


HOMENAJE A TODOS LOS SACERDOTES
EN EL AÑO SACERDOTAL

Tantos años sirviendo al Señor…
Tantos años sembrando Su Amor…
Mediador entre Dios y los hombres
¿Qué otra cosa sería mejor?
Al besar el altar te revistes
del Amor de El que es Todo tu Amor,
con tus manos benditas consagras
ese pan que es el mismo Señor.
Desde el Monte Tabor tú desciendes
a llevar el rebaño al Señor,
y al llevarlo otra vez te recubres
del Espíritu Santo de Dios.
Compañero de cada jornada,
de alegría, esperanza y dolor,
nos recibes en nuestro Bautismo
y nos das la final bendición.
Cuando niños nos das tu ternura,
cuando adultos nos formas mejor,
cuando ancianos visitas la casa,
preparando el encuentro con Dios.
De la Virgen predilecto hijo,
de los hombres hermano y pastor,
hombre santo y a la vez humano,
quien perdona y quien es pecador.
Tantos años de lucha y cansancio
de domingo a domingo sermón,
asambleas, retiros, convivios,
y al fin solo entre tanta reunión.
Criticado y también admirado,
encontrando descanso en tu Dios,
absolviendo en el Nombre del Padre,
bendiciendo a este mundo traidor.
Tantos años sirviendo al Señor…
Tantos años sembrando su Amor…
¡Sacerdote de Cristo…no hay nada
que se pueda igualar a este honor!
Que se rían los que no comprenden,
que se burlen los hombres sin Dios,
pues tú sabes con fe inquebrantable
que escogiste el camino mejor.
Cuando Aquél que elegiste te llame
para darte su Reino de Amor,
le dirás con las manos colmadas:
“Heme aquí, todo Tuyo yo soy”.
Teresa Sanga Tomasevic
Cartago, Costa Rica

Escrito el 13 de julio de 2008 para el XXX Aniversario del P. Manuel Peña de Costa Rica y readaptado para todos los sacerdotes para este Año Sacerdotal

lunes 23 de noviembre de 2009

Mons. Renzo Fatrini, nuncio en España: "lo pastoral es la expresión de un ser"


Esta Asamblea reflexionará entorno al ministerio de los presbíteros. La oportunidad viene de la mano por haber sido declarado este tiempo Año Sacerdotal. Con ello el Santo Padre pretende hacer consciente al sacerdote, como él dice en su carta para la convocatoria de este Año, publicada el mes de junio pasado, de que “el renovar cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, conlleva en si el identificarse con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida”.
Como orienta el Magisterio de la Iglesia, el método pastoral, no tiene nada que ver con un funcionalismo. Lo “pastoral” es la expresión de un ser, de una identidad peculiar sacramental.
El Siervo de Dios Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis” afirma que la identidad del presbítero "se halla en un vínculo ontológico específico que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor".
Ahí hay que poner los ojos. La acción pastoral es un oficio de amor, expresión de una intensa vida espiritual, vivida en intimidad con Cristo, en la que el sacerdote es siempre sacerdote y en la que, propiamente, puede decirse así, no hay horarios.
Contamos con que los sacerdotes son los que de forma directa están en primera línea, en contacto inmediato con los fieles. Necesitan por ello de la cercanía del Obispo, sentir el impulso de su ánimo en una misión tanto más delicada cuanto que el mundo no puede apreciar, muchas veces, su sacrificada entrega. El Obispo por eso debe dedicarse, “con amor especial”, sobre todo a sus sacerdotes, procurar su imprescindible formación permanente, y atender en particular a los que pasan por problemas que no dejan de repercutir seriamente en su ministerio.
A su vez todos los sacerdotes deben apreciar en su obispo al padre, al hermano, al amigo como quiso el último Concilio. Todo esto no podrá sino revertir en el bien de la Iglesia en conjunto y también, sin duda, en la percepción de la llamada por parte de muchos jóvenes corazones que desearán ejercer el sagrado ministerio como expresión de total amor a Cristo.
Extracto del discurso dirigido a la Conferencia Episcopal
con ocasión de la Asamblea Plenaria

Reflexión mensual de Mons. Mauro Piacenza (III), secretario de la Congregación para el Clero


¿Prometes a mi y a mis Sucesores filial respeto y obediencia?
Pontificale Romanum. De Ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum,
editio typica altera , Typis Polyglottis Vaticanis 1990
Queridos hermanos en el Sacerdocio:

Sin la fuerza del vínculo del Solemne Voto de obediencia, quienes van a recibir el Sacramento del Orden pronuncian la “promesa” de “filial respeto y obediencia” hacia el propio Ordinario y sus Sucesores. Aunque sea diferente el estatuto teológico entre un Voto y una promesa, es idéntico el compromiso moral totalizador y definitivo, e idéntico el ofrecimiento de la propia voluntad a la voluntad de Otro, a la voluntad Divina, eclesialmente mediata.

En nuestro tiempo, entretejido de relativismo y de modelos democráticos, de autonomismos y liberalismos, parece que sea siempre más incomprensible – cada vez más – una tal promesa de obediencia. Tantas veces se la concibe como una disminución de la dignidad y de la libertad humana, o como una perseverancia arcaica de formas obsoletas, típicas de una sociedad incapaz de una auténtica emancipación.

Nosotros, que vivimos la obediencia auténtica, sabemos muy bien que no es así. Nunca la obediencia en la Iglesia ha sido contraria a la dignidad y al respeto de la persona y nunca debe concebirse como una substracción de la responsabilidad o como fruto de una alienación.

El Rito utiliza un adjetivo fundamental para la justa comprensión de tal promesa; define la obediencia sólo después de haber añadido el “respeto” y ese adjetivado como “filial”. He aquí la nomenclatura: “Hijo” es un nombre relativo en cualquier expresión idiomática, que implica la relación entre padre y el mismo hijo. Propiamente en este contexto relacional debe entenderse la obediencia, que hemos prometido. Un contexto en el que el padre ha sido llamado a ser verdaderamente padre, y el hijo a reconocer la propia filiación y la belleza de la paternidad, que le ha sido dada. Como ocurre en la misma ley de la naturaleza, nadie elige su propio padre y, por ende, nadie elige sus propios hijos. Así pues, todos hemos sido llamados, padres e hijos, a tener una mirada sobrenatural los unos por los otros, de gran misericordia recíproca y de gran respeto, esto es, capacidad de mirar al otro, teniendo siempre presente el Misterio bueno, que lo ha generado y que siempre últimamente lo constituye. En definitiva, el respeto es simplemente esto: Mirar a alguien teniendo presente a Otro.

Sólo en un concepto de “filial respeto” es posible una auténtica obediencia, que no sea apenas formal o una mera ejecución de las órdenes, sino que sea apasionada, entera, atenta y que pueda producir en sí frutos de conversión e de “vida nueva” en quien la vive.

La promesa es en favor del Ordinario en el momento de la Ordenación y de sus “Sucesores”, porque la Iglesia huye siempre de excesivos personalismos. Tiene como centro la persona, pero no los subjetivismos, que la desatan de la fuerza y de la belleza histórica y teológica de la Institución. También en la Institución, que es de origen divina, permanece el Espíritu. Por su propia naturaleza, la Institución es carismática y lógicamente debe unirnos libremente a ella; en el tiempo (Sucesores) significa poder “permanecer en la verdad”, permanecer en El, presente y operante en su cuerpo vivo que es la Iglesia, en la belleza de la continuidad del tiempo y de los siglos, que nos une sin rupturas a Cristo e a los Apóstoles.

Pidamos a la Esclava del Señor –obediente por excelencia, a Ella que en el cansancio ha cantado su “heme aquí, se cumpla según tu palabra”– la gracia de una obediencia filial, llena, alegre y pronta; una obediencia que nos libre de todo protagonismo y pueda mostrar al mundo que es verdaderamente posible darse totalmente a Cristo y realizarse plenamente como auténticos hombres.

+ Mauro Piacenza
Arz. Titular de Vittoriana
Secretario

viernes 20 de noviembre de 2009

P. Marco Antonio Foschiatti OP: "Tú lo dices: 'Yo soy Rey'"


“Yo Soy Rey”

(Jn 18, 37)


El año litúrgico es una peregrinación, en la fe y el amor de toda la Iglesia, en la vida del Señor Jesús. Es vivir, en la Palabra y el Sacramento, las insondables riquezas del Misterio de Cristo, un Misterio que contemplándolo nos identifica a Él y que celebrándolo nos transforma en la Caridad de Jesús. El año litúrgico culmina con la fiesta de Cristo Rey del Universo como un magnífico broche de oro. Es una contemplación gozosa, es como un preludio del “lumen gloriae”, una chispita del “lumen gloriae”, cuando en “la Luz del Señor” lo veremos cara a cara. Ver cara a cara al Señor Jesús, verlo, palparlo, adentrarse en su gozo, en su gloria. Ver la gloria del Rostro de Jesús: ése es el fin de nuestra existencia, ése es el anhelo de nuestro corazón que late y late sin poder encontrar un descanso en las arenas movedizas de este mundo: ya que ha sido creado para encontrar sólo en la visión y en la posesión de Jesús su plenitud.

La liturgia de hoy quiere que pregustemos la Gloria del Rey, la victoria definitiva del Resucitado, el Aleluya de las Bodas reales del Cordero inmolado. Todo caminante debe, de tanto en tanto, echar una mirada a su mapa, a su hoja de ruta, para deleitarse con el fin de su camino: “al fin llegaré a la meta, llegaré a la cima, llegaré a Santiago de Compostela” por poner un ejemplo. Esta mirada a su hoja de ruta le sirve no sólo para confortarse y tomar nuevos bríos en su caminar sino que le ayuda para corregir su marcha y su dirección si ha tomado por un sendero equivocado.

La fiesta de Cristo Rey nos está señalando la plenitud de todos nuestros caminos, a veces tan inciertos, tan agotadores, con tantos recovecos, con tantas caídas, marchas y contramarchas. Nuestros caminos: donde a veces nos sentimos solos y a pié, suspirando por dar sólo un pasito, sólo uno. La fiesta de Cristo Rey nos anuncia que nuestros caminos van a culminar en la Gloria de su Amor, en el Triunfo del Amor. Es la fiesta de la Esperanza teologal: Dios Amor quiere darme su Reino, en su Hijo Crucificado y Resucitado me ha abierto las puertas de la Vida.

Los caminos de la historia, lo queramos o no, culminarán en la glorificación de Cristo Rey. Cuando la creación liberada de toda esclavitud se someta a su suavísimo yugo, al yugo de su Amor…para que Cristo sea Todo en todos. Hoy la Iglesia implora por esta libertad, por la verdadera liberación, que consiste en dejarse atraer por el suave imperio de Cristo. Hoy la Iglesia implora por la libertad de toda criatura: “Haz que toda criatura, libre de la esclavitud del pecado y la muerte, sirva a tu Majestad y te alabe eternamente”. Es una de las más bellas oraciones colectas del año litúrgico.

Todos los caminos de la vida de Jesús están llenos de su Realeza. Desde la Anunciación a María, cuando el Rey de Paz prometido está a las puertas de su “hágase”, hasta los pañales del pesebre en donde los Magos descubren, en la fe, al Rey de cielos y tierra ofreciéndole sus dones regios. Las curaciones de los enfermos, desvalidos, ciegos y leprosos son un signo de la llegada de la Realeza de Dios a su pueblo, esa Realeza que es su Hijo amado, Verdad y Vida en medio de nosotros. La vida de Jesús es manifestación de su Realeza desde su entrada en un pollino a la Ciudad del gran Rey hasta la corona de espinas, la púrpura burlesca y la caña de cetro. Su Crucifixión es la verdadera realeza, es alzado al Trono de la Cruz, para atraer todo, todas las cosas, hacia la Fuente de la Vida que es su Corazón traspasado. Es el Rey que en su muerte nos da la Vida.

Toda la Vida de Jesús es una Realeza sacerdotal, es el verdadero Melquisedec, como lo canta desde tiempo inmemorial la liturgia de Vísperas del Domingo: “Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech”… Sacerdote y Rey de Paz, Sacerdote que en la oblación de Sí mismo pacifica todas las cosas, reconcilia nuestros corazones con el Padre. Rey y Pontífice en cuanto que es el puente definitivo que une para siempre el Corazón de Dios y el corazón de los hombres. Ya nada podrá romper ese Puente creado por su entrega de amor en la Cruz, esa via regia nacida de su Sacerdocio.

Cristo es Rey y Sacerdote en cuanto que nos representa, en cuanto que abre el espacio para que en Él podamos ser reyes y sacerdotes, para que podamos llevar en humilde cooperación el proyecto divino de someter la tierra para poder ofrecerla…para poder consagrarla en la Eucaristía.

Este mundo que ha brotado de la mano buena del Creador, este mundo que es de Cristo, en cuanto que fue creado por El y para El, debe ser plenificado por nuestra labor humilde y paciente, por nuestro servicio amoroso y eficaz. Está llamado a convertirse en materia pura y hermosa en las manos sacerdotales de Cristo Rey. Toda criatura debe retornar a Él, toda criatura debe ser restaurada por la ley regia de la caridad, toda criatura debe ser ofrenda en las manos de Jesús Rey…ya que hemos sido creados y redimidos por El. Canta hermosamente el himno de la fiesta en las Vigilias:

“Toda criatura es tu Reino

Por origen y conquista,

Y por ello te adoramos

Camino, verdad y Vida.

Desde el más minúsculo ser hasta la más potente galaxia, perdida en la vastedad del cosmos, canta la Realeza de Jesús, canta al unísono: “Somos suyos, a El pertenecemos”.

La participación de la Realeza de Jesús debe movernos a esta seria responsabilidad de consagrar el mundo, el mundo tiene una potencialidad eucarística, debemos despertar esas potencialidades, debemos curar las esclavitudes de las criaturas para despertar esas potencialidades. Toda criatura, desde el átomo hasta las estrellas de la galaxia de Andrómeda, el mundo del trabajo, las artes y la cultura, el cuidado de la tierra y de la hermana agua “muy útil y humilde, preciosa y casta" como el saneamiento del medio ambiental, todo ello debe llenarse del suave y luminoso Reino de Cristo que no quita nada de lo genuinamente humano, de lo bello y verdadero, sino que precisamente lo eleva y lo redime.

Decíamos que la fiesta de Cristo Rey era el icono escatológico de nuestro peregrinar, del peregrinar de la Iglesia entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo. Era la mirada al fin de nuestra hoja de ruta para solazarnos y respirar… ¡al fin llegaré, reinaremos con El! Cristo será nuestra gloria y nuestra corona. El Corazón de nuestro corazón.

La fiesta de Cristo Rey, no obstante, es la fiesta de los que caminamos detrás de un Rey crucificado. La contemplación del fin, del triunfo del amor, nos debe llevar a un caminar más fiel y presuroso tras los pasos del Amado. Cristo Rey no es el Trascendente lejano que nos mira desde arriba, sino que es el Rey que camina con nosotros, abriéndonos el camino, siendo Él mismo el Camino. Santa Teresa de Jesús, que experimentó en su alma el Castillo del Rey, canta esa cercanía:

“Cristo que vive a mi lado,

Cristo que sufre conmigo.

Mi Bien, mi Redentor,

Mi verdadero Amigo.”El verbo “regere”, de donde proviene la palabra Rey, precisamente esta señalando esto: El Rey es aquél que conduce, que guía, que abre un camino luminoso y seguro. Un Rey Pastor que nos lleva y junto al cual no tememos los oscuros abismos de la nada y del sin sentido. Un Rey que tiene en sus manos heridas y glorificadas la trama de nuestra vida. Un Rey que me llama a seguirle para hacer mía su vida de servicio. Un Rey que golpea suavemente la puerta de mi corazónpara que pueda acoger su Reino como germen fecundo que me trasforme y me convierta en siervo y vasallo suyo, en humilde obrero de su “Reino de Verdad y de Vida, de Santidad y de Gracia, de Justicia, Amor y Paz". Ese el primer cometido para el Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo: dejar que plasme y transforme nuestros corazones por la ley regia de la caridad, por la gracia del Reino. Si somos seguidores de este Rey, si nuestro corazón le pertenece totalmente, el trabajo y la cultura, el arte y la técnica, el estado y la sociedad podrán ser ésa materia con potencialidad eucarística para la Gran Misa del mundo, para el fin de la creación que es la glorificación de Dios Amor:

“Que con honores públicos te ensalcen

Los que tienen poder sobre la tierra;

Que el maestro y el juez te rindan culto,

Y que el arte y la ley no te desmientan.

El Reino de Cristo ciertamente que sufre la violencia y la resistencia de las tinieblas, de la cultura de la muerte, de la apostasía silenciosa, del “príncipe de este mundo”, del dios mamón o simplemente de aquellos que hacen de su bajo vientre su dios y su todo…no obstante las tinieblas no vencerán a la Luz.

La Verdad y la Vida, la Santidad y la Gracia, la Justicia, el Amor y la Paz de Jesucristo, el Rey de los reyes, el testigo fiel, siempre vivirá operativamente en su pequeño rebaño, en aquel rebaño que debe ser el alma y el corazón del mundo, la luz y la sal. ¿Cómo esta Verdad y Vida, esta Santidad y Gracia, esta Justicia, Amor y Paz de Cristo pueden influir y transformar las capas geológicas más profundas de nuestras sociedades laicistas? En la medida en que los cristianos tomemos en serio nuestra vocación de ser alma del mundo, en la medida en que tomemos en serio el seguimiento cotidiano y paciente del Rey crucificado, en la medida en que “non loquendo sed moriendo” o sea sin tantos discursos altisonantes y conferencias de prensa sino con el testimonio de la vida entregada, gota a gota, proclamemos a Cristo como nuestro único Rey. “Non loquendo sed moriendo” así cantaron la Realeza social de Jesús nuestros hermanos mártires del siglo XX en España, en México, en la Rusia cristiana. Estos hermanos, mártires de Cristo Rey, sembraron humildemente el Reino en los sindicatos obreros, en las escuelas en donde reinaba la cátedra de amor –el crucifijo-, en los parlamentos preocupados por la justicia social y la protección de los más débiles, en las calles en donde se cantaba y se respiraba aroma de jazmín, en las plazas con los juegos risueños de los niños -sonrisa de Dios al mundo-, en el noviazgo lleno de ilusión y esperanza de los jóvenes, en el amor puro, fiel y hermoso del hogar, en el dolor aliviado por el compasivo y respetuoso servicio de los hospitales, en el ágora de la cultura que sabe leer lo hondo de la belleza de Dios, en las criaturas y en el corazón humano, para expresarla y manifestarla.

Ellos soñaron una Realeza social de Cristo, ellos fueron humildes piedras de la Ciudad del Rey, la soñaron para sí y para los suyos y quisieron humildemente sembrarla y regarla con sus lágrimas de amor y esperanza. Porque cantaron al Rey de Amor y se entregaron a servir su realeza sus vidas hermosas fueron salvajemente tronchadas. Jóvenes, esposos, padres y madres de familia, sacerdotes, consagrados, religiosas, obispos. Muriendo sembraron, con su sangre y testimonio, ese Reino de Cristo: Reino de perdón que construye, Reino de Amor que crea vida, alegría, reconciliación y paz. Ante esta nube de testigos: ¿no daremos un poquito de la sangre de nuestro corazón para que venga a nosotros su Reino y su Justicia?

Querido hermano y hermana: te invito, en este día, a que eleves tu corazón al Rey Crucificado, que mires su pecho abierto y herido por ti, de donde brota la Vida del mundo. En esta sociedad de hielo y tinieblas, en esta dictadura del relativismo, hazle un trono en tu corazón y en tu vida. Acoge al Rey que tiene sed de ser reconocido y amado. Acógelo como Rey en tu familia, como Rey de tu trabajo, como el Corazón de tu amar y de tu sufrir, como el único Camino de tu peregrinar. Dile al Rey amado y hermoso: “Tuyo soy y tuyo quiero ser, y para vivir más íntimamente unido a ti, hoy renuevo mi consagración a tu Sagrado Corazón”. Termino con el grito de los mártires, grito de esperanza, de perdón, de reconciliación. Grito que preludia el triunfo definitivo del Amor: ¡¡¡Viva Cristo Rey!!! Alleluia.

P. Marco Antonio Foschiatti OP.

Convento San Martín de Porres- Mar del Plata- Argentina

VIDEO: Jesus sacerdote, tu causa es mi causa

lunes 16 de noviembre de 2009

Mons. Alfonso Milián, Obispo de Barbastro-Monzón: Ocasión de admirar la confianza que el Señor ha depositado en nosotros, los sacerdotes



Carta a mis curas
Con todo mi corazón os saludo a todos vosotros, sacerdotes de esta Diócesis que colaboráis conmigo en la trascendental y hermosa tarea de la evangelización y de la atención pastoral al pueblo que nos ha sido encomendado. Esta carta, dirigida especialmente a vosotros, está motivada por el Año Sacerdotal que el pasado viernes, fiesta del Sagrado Corazón, inició el papa Benedicto XVI con la intención de «favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia de su ministerio». La ocasión para convocar este Año Sacerdotal la brinda la conmemoración del 150º aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor totalmente entregado al servicio del ministerio sacerdotal.El Año Sacerdotal nos ofrece la ocasión de admirar la confianza que el Señor ha depositado en nosotros, los sacerdotes. En la noche en que fue entregado, Jesús vinculó para siempre nuestro ministerio con la Eucaristía, cumbre y fuente de vida para toda la Iglesia. Este año ha de servirnos a nosotros y a todo el pueblo de Dios para redescubrir la belleza y el valor salvífico del sacerdocio y de cada sacerdote.«Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote» es el lema que el Santo Padre ha elegido para este año jubilar. Con él nos quiere ayudar a fortalecer nuestra adhesión a Cristo correspondiendo a su amor, porque Él nos ha amado primero. Desde la experiencia de sentirnos amados, amamos con su mismo amor a todas las personas que nos han sido confiadas. Un amor que como el suyo ha de ser vivido con total entrega, con pasión. No va a ser un año de celebraciones espectaculares. Se pretende que sea un año de renovación interior de los sacerdotes en elredescubrimiento alegre de la propia identidad, de la fraternidad en el propio ministerio y de la relación sacramental con el propio Obispo. Procuraremos acercarnos al carisma de este humilde y santo sacerdote que fue el Cura de Ars. Un sacerdote que destacó por su amor apasionado a Jesucristo presente en la Eucaristía, por su oración, por sus sacrificios y por su entrega y amor a los pecadores. Esta entrega y amor hizo que acudieran muchos pecadores desde lugares muy lejanos a confesarse con él. Dedicaba unas quince horas diariasa atenderles en el Sacramento de la Penitencia. A lo largo de este año jubilar tendremos ocasión de profundizar en su estilo de vida. Será, sin duda alguna, una gracia de Dios que servirá para vivir con alegría nuestro ministerio sacerdotal, entregándonos como aquel santo cura al servicio de nuestros hermanos. Abramos nuestro corazón para recibir los dones que el Señor quiere comunicarnos por su mediación y pidamos que nos conceda aquello que más necesitamos para mejor servir al pueblo de Dios. A los laicos cristianos de la Diócesis y a los consagrados pido confiadamente que acompañéis con vuestra oración a los sacerdotes, que valoréis su entrega, que comprendáis sus flaquezas para que así seáis su gozo y su alegría en la nada fácil tarea que desempeñan en la animación de las comunidades cristianas. Con mi afecto y bendición.



† Alfonso Milián Sorribas,
Obispo de Barbastro-Monzón

domingo 15 de noviembre de 2009

Mons. Gregorio Martínez, obispo de Zamora: la figura del santo cura de Ars nos invita a soñar


Queridos hermanos en el Señor Jesucristo:
Es para mí un gozo saludaros de nuevo al comienzo de este curso pastoral. Y lo hago para motivar especialmente el feliz acontecimiento eclesial que todos juntos estamos celebrando. Alguien ha dicho que Benedicto XVI es el Papa de lo esencial. En este sentido, me parece muy acertado que, tras haber vibrado durante todo un año con la impresionante figura del Apóstol de las gentes, el Papa nos proponga fijar nuestra mirada en un algo esencial e imprescindible de la Iglesia de Dios: el Sacerdocio. En todo corazón auténticamente sacerdotal han de aunarse identidad y misión. Por eso, este Año Sacerdotal ha de servir, ha dicho el Santo Padre, “para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio” (Discurso a la Congregación del Clero del 16 de marzo de 2009)
Conocéis también la efeméride que ha propiciado este hecho. En efecto, celebramos el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney. La liturgia de la eucaristía recuerda que los santos pastores nos fortalecen con el ejemplo de su vida, instruyéndonos con su palabra y protegiéndonos con su intercesión. Los biógrafos del Santo Cura de Ars nos han transmitido una frase que repetía con frecuencia: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Este amor —como nos recordó el Concilio y más recientemente Juan Pablo II— es la caridad pastoral, el amor del buen Pastor “que da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Es “aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos [...] La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros...” (Pastores dabo vobis 23).
Ante este horizonte, queridos hermanos sacerdotes, la figura de San Juan María Vianney nos invita a soñar. Sí, Ars era un pueblo pequeño y perdido en medio de la Francia del siglo XIX, arrasado espiritualmente por la revolución y la increencia. Por aquel entonces la vida cristiana no era más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pero el Santo Cura de Ars supo oponerse al círculo “vicioso” imperante e “iniciar un círculo virtuoso; se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado” (Benedicto XVI, Carta de convocatoria del Año Sacerdotal del 16 de junio de 2009). Sólo la gracia puede explicar lo que allí sucedió. Y la gracia de Dios sigue actuando...
Queridos hermanos sacerdotes, quiero dirigirme ahora sobre todo a vosotros que sois mis colaboradores más directos. En vosotros recae la responsabilidad directa de las parroquias y demás instituciones y servicios de nuestra diócesis. Vosotros sois en fin quienes tenéis el contacto directo y diario con los fieles. ¡Doy tantas gracias a Dios por todos y cada uno! Juntos somos servidores del Evangelio.
Servir, mis queridos hermanos, servir es lo nuestro.
En esta sociedad de prisas somos el tiempo de Dios para los demás. Somos servidores de Dios, porque es a Él a quien hemos de despertar en el corazón de nuestras gentes. Somos servidores de Cristo porque Él nos ha llamado para ser imagen y transparencia suya en medio de su pueblo. Somos servidores de su Iglesia, que se concreta en esta querida diócesis de Zamora. Somos servidores de la comunión, por lo que me permito recordaros la riqueza que suponen para nuestra Iglesia los movimientos, las cofradías y asociaciones que también os están encomendadas. Somos servidores también de los sacramentos, especialmente de la eucaristía y de la reconciliación. Somos servidores humildes de todos, y somos unos privilegiados, porque, por el mero hecho de ser sacerdotes, acompañamos a los hombres y mujeres de nuestro mundo en los momentos más importantes de su vida.
A pesar de las dificultades y de los cambios rápidos que nos tocan vivir, el secreto de nuestra felicidad sacerdotal sigue siendo el mismo: la fidelidad renovada a quien nos llamó y consagró. Anclados bien fuerte en el Señor Jesús, cuidando nuestra espiritualidad, gozando de la fraternidad del presbiterio, entregándonos y gastándonos, al tiempo que guardamos siempre el debido equilibrio que garantice nuestra salud, acompañando y dejándonos acompañar por nuestras comunidades, descubriremos la verdad de estas palabras del Señor: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).
Queridos diocesanos, religiosos y religiosas, laicos y laicas, me dirijo ahora a vosotros. Demos juntos gracias a Dios por el don inmenso que supone el sacerdocio en su Iglesia. Somos el Pueblo santo de Dios que peregrina en estas tierras de Zamora. Hemos sido llamados a cantar las maravillas del Señor entre nuestros familiares y amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Todos ellos necesitan escuchar de parte del Señor esa palabra de aliento, estima y esperanza. Quiera Dios que este Año Sacerdotal sirva también para tomar conciencia de la importancia y la necesidad del sacerdocio como bien no sólo eclesial, sino también social. Hermanos y hermanas, quered a vuestros sacerdotes, cuidadlos con afecto, compartid francamente con ellos vuestras inquietudes, sean las que sean y ofreced juntos con ellos vuestro sacerdocio bautismal como servicio. En esta hora de la Iglesia, el Espíritu nos invita a la corresponsabilidad y a la oración. Debéis ayudarnos a ser los pastores que nuestra Iglesia necesita.
Todos entendemos bien el sentido de esta frase que ya se ha hecho famosa: “La eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía”. Una y la otra no son sin el sacerdocio. Si tan sólo el Señor quisiera regalarnos las vocaciones que necesitamos... Sigamos orando con insistencia por ello. Os lo encomiendo de manera especial a vosotras, queridas religiosas contemplativas, que con vuestra vida escondida en el claustro nos recordáis a todos aquellas palabras del próximamente canonizado Hermano Rafael: “¡Sólo Dios!”. Cuidad también, queridos diocesanos, nuestro Seminario, rezad por quienes están en él, amadlo de todo corazón. Ahora que los virus están tan de moda, podemos también nosotros recordar que la vocación se da sobre todo “por contagio”. Hemos de vivir contentos y felices por ser cristianos, sobre todo nosotros, hermanos sacerdotes, y así poder “contagiar” a muchos la gozada y la belleza del sacerdocio. ¿Sería mucho pediros que todos vosotros —sacerdotes, religiosos y laicos— se lo propongáis al menos a uno?
Encomiendo este Año Sacerdotal —especialmente las actividades que la comisión designada al respecto irá proponiendo —a María, Nuestra Señora, la Virgen del Tránsito. A ella la invocamos como Reina de los apóstoles y Madre de todos nosotros, sacerdotes de su Hijo. Ella nos recuerda que hemos de hacer lo que Él nos diga para conseguir “arrancar” esos milagros de manos de su Hijo y convertir el agua insípida de nuestras vidas en vino desbordante de fiesta (cf. Jn 2,1-11).
Con el deseo de que este Año Sacerdotal dé muchos frutos de santidad sacerdotal y el Señor nos dé pastores según su corazón (cf. Jer 3,15) en nuestra Iglesia diocesana y en toda la Iglesia Universal, os doy mi bendición.

+ Gregorio Martínez Sacristán,
Obispo de Zamora

Mons. Ramón del Hoyo, obispo de Jaen: El año sacerdotal es para todos


Estamos inmersos, en el presente curso pastoral, en dos acontecimientos muy singulares, que deben significar, para cada uno de nosotros, un verdadero estímulo para crecer en santidad, en amistad y cercanía a Jesucristo. A través del camino más corto y seguro: desde nuestra entrañable devoción a la Santísima Virgen María y, con ella, encontrarnos con Jesucristo, sobre todo desde la Santísima Eucaristía.
1. AÑO SACERDOTAL
Ya conocen que Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en coincidencia con el 150 aniversario del nacimiento del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, convocó un año especial sacerdotal en toda la Iglesia.
Al profundizar y caer en la cuenta sobre el imprescindible servicio de los sacerdotes a quienes el Señor nos eligió y encomendó este ministerio, no sólo se nos ayudan a reavivar la gracia que recibimos en la ordenación, sino también para nuestra generosa entrega, como pastores de la comunidad en nombre del Señor.
El año sacerdotal es para todos. Cierto que lo que más importa y por encima de todo, es que cada sacerdote “nos empeñemos con humildad en ser santos”, caminando siempre y en todas partes de la mano de Jesucristo, pero es cierto que precisamos la ayuda también para ello, de todos los diocesanos. Recen siempre y mucho por sus sacerdotes. Es su principal apoyo para ser fieles a sus compromisos.
También los sacerdotes encomendamos diariamente ante el Señor a los fieles que la Iglesia nos ha encomendado. No dudamos de que, desde esta oración de comunión, brotará la fuerza que necesitamos todos para ser “testigos de Cristo en la sociedad de Jaén”, compromiso urgente del Plan Pastoral diocesano.
(...)

Será la Rosa Eucarística Mariana, que la Diócesis ofrecerá a Su Santidad, en este año sacerdotal, por el Año Jubilar y Rosa de Oro a favor de nuestra Patrona.
¡Santísima Virgen de la Cabeza, ruega por nosotros!Para todos, mi saludo fraterno y bendición.
+ RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ
OBISPO DE JAÉN

Monseñor Joan-Enric Vives Sicília, Obispo de Urgell: Unas claves de espiritualidad sacerdotal


Unas claves de espiritualidad sacerdotal
En el Año sacerdotal, el presbítero debe ser persona de esperanza, y hombre de coraje para la misión evangelizadora y pastoral que Jesús reclama hoy. Y si los sacerdotes querían andar ligeros, seguros y contentos, haciendo el bien en toda ocasión y lugar, mientras viven la vida nueva de bautizados y de consagrados por el sacerdocio, se recomienda:
1. Estar siempre en vela. Conviene que los sacerdotes -como por otra parte todos los cristianos- se dejen desvelar por las realidades de la vida, que nos hagan despertar y abrir los ojos. "¿Todavía no lo entendéis? ¿No recordáis los cinco panes distribuidos a las cinco mil personas? Decid, ¿cuántas cestas recogisteis?", decía Jesús a sus apóstoles para que se decidieran a la santidad de vida y a la acción evangelizadora (Mt 16, 8-10).
2. Ser capaces de maravillarnos, como la Virgen María que, aunque no lo entendía todo, lo ponderaba y se maravillaba de la acción de Dios. Como los niños, que confían y se abandonan en manos de su padre. Los sacerdotes deben ser hombres de oración y ampliar sus horizontes. Mirar más allá y saber contemplar "los signos de los tiempos" con agradecimiento.
3. Darse cuenta de que Dios es menos el Omnipotente del más allá, que no el Misterio de Amor que habita dentro de nosotros. Debemos "reformar" nuestra visión del Dios frágil, que sólo nos sirve a medias según las peticiones que le hacemos o las frustraciones que compartimos con Él, desde nuestro estrecho punto de vista, por más que estemos cargados de buena voluntad. Abrirnos al Dios siempre más grande. Ser testigos de Dios y de las realidades espirituales.
4. "Perder poder para ganar comunión" (P. Josep Vives). Forma parte del nuevo concepto del sacerdocio de hoy. No tanto condenar y denunciar, y quizás tampoco mandar y hacer declaraciones, y más proponer con convencimiento, estar cerca de las personas y trabajar en silencio por la comunión, que se hace con paciencia, porque debe respetar los sentimientos y las voluntades de los hermanos y de todos los que nos rodean.
5. Saber trabajar pastoralmente en minoría. Muchos sacerdotes que en el pasado se han movido con viento favorable y con apoyo social, ahora lo tienen más en contra. No todos responden. Parece como si las masas abdicaran de la fe. Hará falta volver a salir a sembrar, donde convenga. Y valorar las semillas que van germinando. Siempre con confianza en la tarea silenciosa del Espíritu Santo.
6. Mantener una mirada profética inconformista, como la de Jesús. "¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra?" (Lc 12, 5). Es decir, saber vivir con la tensión y en medio de un combate que no hemos buscado, tal y como lo hizo Jesús, y muy bien lo consiguió. Querer cambiar e ir adelante. Buscando la justicia del Reino y el bien de las personas. Anunciando a un Dios que siempre es Padre misericordioso y fiel.

viernes 13 de noviembre de 2009

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de oración (XII)


Carácter especial de la oración rigurosamente sacerdotal. Todos los hombres tienen necesidad de orar; han de hacerlo por sí y por sus hermanos, no ha querido Jesucristo olvidemos a éstos; fórmula de orar dada a los Apóstoles; tiene esa oración virtud; sube, pero es acto privado. Doble personalidad del Sacerdote, como fiel su oración es privada, pero ora como ministro del Evangelio, y su oración es pública. .Es la oración de la Iglesia. Es oración en este sentido siempre valiosa. Es gratísima. Es altísima.
Espíritu y modo de practicar la oración sacerdotal. Cristo orando, con Él debe unirse nuestra oración; profundo respeto, religiosa aten­ción, reposadamente, tiempos oportunos. La oración mental como ayuda al oficio divino.

Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

jueves 12 de noviembre de 2009

Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (VI)

Carmelo de Lisieux, 14 de julio de 1897
+
Jesús
Hermano:
Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un bebé que está aprendiendo a hablar". Pues bien, desde hace cinco o seis semanas, también yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche, pero pronto iré a sentarme en el banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed en las aguas de la vida eterna. Para cuando usted reciba esta carta, seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor, en su infinita misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus tesoros para prodigarlos a las almas que amo.
Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando. Lo sé, hermano mío: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegría y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más eficazmente en sus tareas apostólicas.
Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mí imitarlos? Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoísta de irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza. Será necesario que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo contrario, no podré soportar las delicias eternas. Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.
Hermano mío, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el cielo, pero los adivino. Además, sólo tiene que decírmelos muy bajito, y yo le escucharé y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre Inmaculada, a los ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa, y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las almas que usted ha conquistado. Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a cuyo corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida. Cuento con usted para consolarla. Soy, para toda la eternidad, su hermanita.

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.

miércoles 11 de noviembre de 2009

San Martín de Tours, obispo:

"Señor, si aun soy necesario a tu pueblo,
no rehuyo el trabajo, hágase tu voluntad".
***
Sancte Martine Turoniensis,
ora pro universo clero,
intercede pro Papa nostro Benedicto XVI
et pro omnibus episcopis .

martes 10 de noviembre de 2009

San León Magno: Conviene referir a Dios el honor del sacerdocio.


Cuantas veces la divina misericordia se digna renovar el día de sus celestiales dones, oh carísimos, hay justa y razonable causa de alegría; siempre que el origen del cargo sacerdotal se convierta en alabanza de su autor. Tal conducta es lógico que sigan todos los sacerdotes, pero yo principalmente lo considero necesaria en mi caso, teniendo en cuenta lo poco que valgo y la magnitud del ministerio que se me ha encomendado, viéndome obligado a proclamar aquello del profeta: Señor, escuche tu voz y temblé, reflexioné sobre tus obras y me aterré. (Hab 3,2). ¿Hay algo más extraordinario y que más miedo que el trabajo fuerte al apocado, la grandeza sublime al humilde y la dignidad al que se considera incapaz de sobrellevarla? Mas con todo, no perdemos la esperanza ni desconfiamos, puesto que no lo esperamos de nosotros, sino de aquel que ha obrado esto en nosotros. Y así cantaremos con el salmo de David, amados hermanos, refiriéndolo no al propio envanecimiento, sino a gloria de Cristo, Señor nuestro: Tu eres Pontífice eternamente, según el oden de Melquisedec (Sal 109, 5); esto es, no según el orden de Aaron cuyo sacerdocio, trasmitiéndose por la generación carna, tuvo un destino temporal y ceso con la ley del Antiguo Testamento, sino según el orden de Melquisedec, en el cual se plasmó el sacerdocio del Pontífice eterno. Y en que no se haga mención de la ascendecia de sus padres, ya de por sí se colige que hace referencia a aquel, cuya generación no puede contarse. Por último cuando este divino y misterioso sacerdocio lo ejercen fundaciones humana, no se propaga por el sistema de herencia, ni se tiene en cuanta para elegir la carne y la sangre, sino que cesando ya el privilegio de los patriarcas y dando de lado la lista de las tribus, la Iglesia elige para que la gobiernen a aquellos que el Espíritu Santo tiene preparados, para que en el pueblo adoptivo de Dios, que todo él es sacerdotal y real, no alcance la unción, la prerrogotiva de origen terreno, sino que por voluntad de la gracia celestial se hagan los Prelados. (...)

Cuando dirigimos nuestras exhortaciones a vuestros piadosos oídos, creed que os habla aquel a quien representamos, porque ademas de amonestaros con el mismo afecto suyo os enseñamos lo mismo que él enseñó: rogándoos que teniendo ceñidos los lomos del alma llevéis una vida pura y sencilla con temor de DIos, sin consentir el alma en las concupiscencias de la carne, olvidándose de su primacía. Fugaz y caduco es el goce de los placeres terrenos, que intentan apartar del recto camino de la vida a los que han sido llamados a la eternidad. Más el ánimo fiel y religioso apetezca más bien las cosas celestiales y con el deseo de las divinas promesas láncese al amor de los bienes imperecederos y a la consecución de la verdadera luz. Estad muy seguros, mis amados hermanos de que vuestro trabajo al resisitr los vicios y al rechazar los afectos carnales , agrada mucho a Dios y es tenido en aprecio a sus ojos, y estad ciertos que no sólo os aprovecharña a vosotors, sino que también espero que me reportará benecficio a mí ante la divina misericordia, porque los progresos que hace la grey del Señor redundan en gloria del celoso Pastor. Vosotros sois mi corona -dice el Apóstol- vosotros sois mi gozo (1Tes 2,19), si vuestra fe que desde los comienzos del Evangelio fue predicada por todo el mundo , perdura en santidad y amor. Pues aunque está bien que la Igelsia, desparramada por todo el orbe, florezca en todas las virtudes, es necesario, sin embargo, que vosotros soblesalgáis entre los demás por especiales méritos de piedad, ya que habéis sido cimentados sobre la misa dureza de la roca apóstolico y nuestro Señor Jesucristo os redimió como a los otros y el bienaventurado apóstol Pedro os adoctrinó particularmente. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.


San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Sermon III, En el Aniversario de su Coronación.

lunes 9 de noviembre de 2009

9 de noviembre: La dedicación de la Basílica de Letrán, catedral del Papa


Oremus pro Pontifice nostro Benedicto XVI.
Dominus conservet eum, et vivificet eum,
et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum ejus.

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de la Palabra (XI)


El sacerdote puede con su palabra imitar, aunque sea de lejos, a Cristo, y ejecutar las maravillas que hacía con la suya el celestial Maestro; pero para que la palabra sacerdotal posea tamaña eficacia es menester que sea total y verdaderamente divina, lo cual no se verificará cumplidamente, sino sometiéndose el ministro del Evangelio a un doble procedimiento, a saber: lo primero, esto es, vaciarnos de nosotros mismos, lo realiza la humildad, la que nos desnuda del amor propio que nos hincha, nos engríe, nos enorgullece. Lo segundo, el llenarnos de Dios, es obra de otra virtud, no menos necesaria que la humildad, la cual ha sido por cierto objeto de preferencias más señaladas de Cristo, y tema querido y por tanto favorito de sus predicaciones: la caridad.
La caridad es el amor de Dios, y el amor, bien sabido es, nos liga al ser amado con lazos que son más o menos fuertes, más o menos estrechos, según suben o bajan los grados del amor mismo.
Cuando éste se eleva a su última potencia; cuando amamos todo lo que podemos amar, entonces el amado nos llena, y está en nuestra mente, porque en él pensamos de día y de noche; está en nuestro corazón, porque por él suspiramos a toda hora; está en nuestros labios, porque de él hablamos sin cesar; está en nuestras empresas, porque para él trabajamos; está en nuestros caminos, porque por él nos movemos.
Así pues, cuando la caridad, que es el amor de Dios, de nosotros se enseñorea, literalmente podemos decir que Dios se hace nuestro dueño: su Espíritu, al modo que el día de Pentecostés, llenó como dicen los libros sagrados el Cenáculo en que los Apóstoles y discípulos estaban reunidos «Replevit totam domum ubi erante sedentes», llena la casa de nuestro pecho, donde vienen a juntarse todas las fuerzas, energías, afectos y pensamientos del alma, o diciéndolo de otro modo, donde el alma se recoge toda entera.
Después que hayamos empleado el doble procedimiento de que hablamos, y el sacerdote se haya vaciado de sí propio y se haya llenado de Dios, hablará palabra divina, y se verificará en él lo que en el diácono Esteban, cuando salían a discutir con el célebre levita los diputados de las más insignes sinagogas de Jerusalén. Ninguno podía contrarrestar su sabiduría, ni resistir al Espíritu Santo que hablaba por su boca: «Nemo poterat resistere sapientiae et Spiritui qui loquebatur».
Así de este modo la santidad sacerdotal, porque los polos sobre que gira toda santidad son la humildad y la caridad, dará eficacia a la palabra nuestra, y será no sólo ella misma, es decir, nuestra san­tidad, predicador elocuente, sino alma y vida y fuerza de nuestra predicación.
BIOGRAFÍA DEL BEATO MARCELO SPÍNOLA
Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

viernes 6 de noviembre de 2009

Javier Leoz: DECALOGO PARA EL MES DE NOVIEMBRE


1.No olvides que, si vives, es porque otros lo existieron antes que tú. Da gracias a Dios por tus familiares difuntos. Reza todos los días, durante este mes, por ellos. (Jn 11,1-45)

2.Lee la Palabra de Dios que habla de esperanza, eternidad y perdón. Te situará y te hará ver que Dios cumple lo que promete. (Rm 5,5)

3.Relativiza situaciones y conflictos. No merece la pena vivir con caras largas ni con cargas. La vida es demasiado corta como para recorrerla sin amor y sin humor. (Mt 18,21-35)

4.Piensa en qué puedes mejorar y a quién le puedes hacer un inmenso bien. Todos podemos superarnos en algo: carácter, lenguaje, actitudes o egocentrismo. (Jn 8,12)

5.Lucha por la vida. “Mientras hay vida hay esperanza” canta un viejo proverbio. Defiéndela, en este año de la vida, especialmente en nombre de aquellos que por injustas leyes son aniquilados antes de nacer. (Jn 10,10)

6. “Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”. No te dejes vencer por las dificultades. Agárrate a la oración.(Mt 16,14-66)

7.Vive el presente como si fuera el último día de tu vida. Encara la noche poniendo tu historia en manos de Dios, como si no fueras a despertar. Te llenará de paz.(Mt 6,19-20)

8.No olvides los pequeños detalles con los que te rodean. No esperes a que la gente muera para demostrarles lo mucho que les querías. La conciencia, el día de mañana, te lo agradecerá. (Lc 6,36-38)

9.Vive con intensidad cada momento. Pero, sobre todo, llénalo de fe, esperanza y amor. Entre otras cosas porque, ese momento, puede ser decisivo en tu encuentro personal con Dios: “al atardecer de la vida me examinarán del amor”.(Jn 15,9-17)

10.Irradia alegría. Ello denotará muchas cosas: el contenido de tu corazón y que, el Señor, camina junto a ti. En el mundo sobran muchas cosas, pero andamos deficitarios de sonrisas, de payasos divinos. (Fil 4,4)

jueves 5 de noviembre de 2009

Pensamientos sobre el cielo y la eternidad

"Tú me has enseñado el camino a Ars,
yo te enseñaré el camino del cielo. "

I
Hay dos tipos de avaros: el del cielo y el de la tierra. El de la tierra no lleva su pensamientos más lejos que el tiempo; nunca tiene suficiente riqueza; amasa, amasa siempre. Pero en el momento de la muerte no tendrá nada.Os lo he dicho a menudo: es como los que guardan demasiado para el invierno, que cuando llega la cosecha siguiente, ya no saben que hacer; sólo les sirve para tener problemas. Así mismo, cuando la muerte llega, los bienes no sirven más que para preocupar. No nos llevaremos nada, lo dejaremos todo.¿Qué diríais de una persona que amontonase en su casa provisiones que tuviera que tirar porque se pudren; y que, sin embargo, dejase piedras preciosas, oro, diamantes que podría conservar y llevarlos a todas partes donde fueres, y con los que haría fortuna?Pues bien, hijos, nosotros hacemos eso mismo; nos atamos a la materia, a lo que necesariamente se termina, y no pensamos en adquirir el cielo, ¡el único verdadero tesoro!
II
La tierra es comparable a un puente que nos sirve para cruzar un río; sólo sirve para sostener nuestros pies.Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo, puesto que decimos todos los días: Padre nuestro que estás en el cielo. Hay que esperar nuestra recompensa cuando estemos en nuestra casa, en la casa paterna.
III
El mundo pasa, nosotros pasamos con él. Los reyes, los emperadores, todo se va. Nos introducimos en la eternidad, de donde no se vuelve nunca. Sólo se trata de una cosa: salvar tu pobre alma.Los santos no estaban atados a los bienes de la tierra; no pensaban más que en los bienes del cielo. Las gentes del mundo, al contrario, no piensan más que el tiempo presente.Hay que hacer como los reyes. Cuando van a ser destronados, envían sus tesoros por delante, y estos tesoros les esperan. De la misma manera, el bueno cristiano envía todas sus buenas obras a la puerta del cielo.
IV
El buen Dios nos ha puesto en la tierra para ver cómo nos comportaremos y si le amaremos, pero nadie se queda en ella.Si pensáramos un poco, elevaríamos sin cesar nuestras miradas hacia el cielo, nuestra verdadera patria. Pero dejamos llevarnos por el mundo, por las riquezas, por los gozos.Ved a los santos: ¡cómo estaban despegados del mundo y de la materia! ¡Miraban todo eso con desprecio!
V
Un mal cristiano no puede comprender esta bella experiencia del cielo, que consuela y anima a un buen cristiano. Todo lo que hace ser felices a los santos, le parece duro e incómodo.Ved, hijos míos, estos pensamientos que consuelan: ¿Con quién estaremos en el cielo? Con Dios que es nuestro Padre, con Jesucristo que es nuestro hermano, con la Santa Virgen que es nuestra Madre, con los Santos que son nuestro amigos.Si comprendiésemos bien nuestra felicidad, casi podríamos decir que somos más felices que los santos en el cielo. Ellos viven de sus rentas; no pueden ganar nada más; mientras que nosotros todavía podemos, en cada instante, aumentar nuestro tesoro.No hay que considerar sólo el trabajo sino la recompensa. Un vendedor no tiene en cuenta la dureza de su negocio, sino la ganancia que obtiene. ¿Qué son veinte o treinta años comparados con la eternidad?Mientras vivimos en el mundo, se nos esconde el cielo y el infierno: el cielo, porque si conociésemos su belleza, querríamos ir allí a cualquier precio y con toda tranquilidad dejaríamos este mundo; el infierno, porque si conociésemos sus tormentos, querríamos evitarlos costase lo que costase.
VI
Si un príncipe, un emperador, hiciese comparecer ante él a uno de sus súbditos y le dijera:
-Quiero hacerte feliz; quédate conmigo, goza de todos mis bienes; pero intenta no desagradarme en todo lo que es justo.
¡Imaginad qué gran cuidado, qué ardor pondría este sujeto para satisfacer a su príncipe! Pues bien; Dios nos hace los mismo, y no nos preocupamos de su amistad; no hacemos ningún caso de sus promesas. ¡Qué lástima!
VII
Si anduviéramos siempre hacia delante, como los buenos soldados, al llegar la guerra o la tentación, elevaríamos nuestro corazón a Dios y volveríamos a tomar ánimo. Pero al quedarnos atrás decimos: Ojalá me salve, es todo lo que necesito. No quiere ser un santo. Si tú no eres un santo serás un reprobado; no hay término medio; hay que ser una cosa o la otra: anda con cuidado, ¡todos los que posean el cielo un día serán santos!
El demonio nos divierte hasta el último momento, como se divierte un pobre hombre hasta que la policía viene a detenerle. Cuando la policía llega, él grita, se atormenta; pero no le sueltan por eso.
VIII
Nuestro ángel de la guarda está siempre ahí, a nuestro lado, con la pluma en la mano para escribir nuestras victorias. Tenemos que decirnos todas las mañanas: Vamos, alma mía, trabajemos para obtener el cielo.
IX
Los mandamientos de Dios son las enseñanzas que nos da para seguir la ruta del cielo, como los carteles que se ponen a la entrada de las calles o al comienzo de los caminos para indicar los nombres.
X
La vida en esta tierra es como un puente que nos sirve para pasar desde un lado de la eternidad al otro… Al morir hacemos una restitución: devolvemos a la tierra lo que nos ha dado. Un poco de polvo, eso es en lo que nos convertiremos. No hay razones para estar orgullosos.
Humanamente hablando, nos parecemos a los montoncitos de arena que el viento recoge por el camino, que giran unos momentos y se deshacen rápidamente. Nuestros hermanos y hermanas que están muertos están reducidos a ese puñado de ceniza.
Para nuestro cuerpo, la muerte sólo es una limpieza a fondo. ¡En este mundo hay que trabajar, hay que combatir! ¡Mucho tiempo habrá para descansar toda la eternidad!
XI
En el cielo nosotros seremos dichosos según la dicha de Dios y hermosos según la hermosura de Dios.
Tomados de
Manglano Castellary, Orar con el Santo Cura de Ars, DDB

miércoles 4 de noviembre de 2009

Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (V)

NOTA: En esta carta, Santa Teresita expresa circunstancialmente -al hablar de la posibilidad del martirio y del juicio de Dios- su doctrina sobre el camino de infancia espiritual que se caracteriza por el abandono total y confiando en Dios. También hace referencia a la santidad de sus padres, que han sido beatificados el 19 de octubre de 2008.

J.M.J.T.
Jesús
+
9 de mayo de 1897
Hermano:
He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a bien enviarme. Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al leerla, me parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus antepasados en el apostolado. En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable: el comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él levantó el estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y alcanzar la victoria. «La vida de todo misionero es fecunda en cruces», decía T. Vénard, y también: «La verdadera felicidad consiste en sufrir. Y para vivir, tenemos que morir». Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el sello de la cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar su reinado en las almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que por medio de brillantes predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un niñito que no sabe hablar». El P. Mazel, que fue ordenado sacerdote el mismo día que usted, tampoco sabía hablar, y, sin embargo, ya recogió la palma... ¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...! Al conocer la muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera vez, me sentí movida a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el glorioso coro de los mártires. Sí, lo sé, a los ojos de los hombres su martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de Dios, ese sacrificio sin gloria no es menos fecundo que los de los primeros cristianos que confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso su divino Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que no sea para aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega aquí abajo.
No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada inmediata en el cielo si los infieles le quitasen la vida. Yo sé que hay que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles...». Al escuchar, hermano, estas hermosas y consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda abrir las puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta sacrificarlo todo por él, que no sólo han dejado su familia y su patria para darle a conocer y hacerlo amar, sino que incluso desean entregar su vida por el que aman...? ¡Jesús tenía mucha razón cuando decía que no hay amor más grande que ése!
¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a purificar en las llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas por el fuego del amor divino? Es cierto que ninguna vida humana está exenta de faltas, que sólo la Virgen Inmaculada se presenta absolutamente pura delante de la Majestad divina. ¡Y qué alegría pensar que esta Virgen es nuestra Madre! Puesto que ella nos ama y conoce nuestra debilidad, ¿qué podemos temer? ¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar a hacerlo! Sencillamente quería decir que me parece que todos los misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al purgatorio.
Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han merecido. Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.
Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no quisiera estar muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que aquí en la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones naturales, participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su hermano.
El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El alma cuyos despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que sonreírle y prometerle su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le agradezco que me cuente entre ellos! Estoy también profundamente emocionada y agradecida por el recuerdo que usted tiene de mis queridos padres en la santa Misa. Espero que estén ya en posesión del cielo, hacia el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide rezar por ellos, pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria con las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer en favor de otras almas que sufran. Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y bendecir al hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener un hijo misionero...! Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres esperaban que al fin su deseo iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido penetrar el velo del futuro, habrían visto que, en efecto, por medio de mí, su deseo se haría realidad. Puesto que un misionero se ha convertido en hermano mío, él es también su hijo, y en sus oraciones ya no pueden separar al hermano de su indigna hermana. Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo rezo con frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste un deber muy dulce para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente, incluso si dejo el destierro, e incluso entonces tal vez más, pues conoceré mejor las gracias que necesiten. Y luego, cuando terminen su carrera aquí en la tierra, yo vendré a buscarlos en nombre de usted y los introduciré en el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia que gozaremos durante toda la eternidad! Mientras esperamos esta bienaventurada eternidad, que dentro de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es más que un día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. Lo que me consuela es pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el cero por sí solo no tiene valor, pero colocado junto a la unidad se hace poderoso, ¡con tal de que se lo coloque en el lugar debido, detrás y no delante...! Y ahí precisamente es donde Jesús me ha colocado a mí, y espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos con la oración y el sacrificio.
Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a final del silencio y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está esperando. Le ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero que Dios ha colocado a su lado.
Sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. F.
rel. carm. ind.

lunes 2 de noviembre de 2009

Oraciones por los sacerdotes difuntos


Te pedimos, Señor,
que tu(s) siervo (s) N., sacerdote (s),
a quien(es) encomendaste durante su vida
el ministerio sagrado,
llegue(n) a participar eternamente
en la gran asamblea de tu Reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

***

Escucha con bondad, Señor,
las plegarias que te dirigimos
por el eterno descanso de tu(s) siervo(s) N., presbítero(s),
y recibe en el gozo de todos tus santos
a quien(es) en tu nombre desempeñó(aron) fielmente su ministerio.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

***

Te suplicamos, Señor,
concedas que el(las) alma(s) de tu siervo(s) N., sacerdote(s),
a quien(es) morando en este siglo,
le(s) adornaste con los dones sagrados,
goce(n) siempre en de la morada gloriosa del cielo.
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.