lunes, 29 de junio de 2009

Mons. Li Jing Fen, Obispo de Feng Xiang: "Que todo sacerdote se golpee el pecho como Pablo”, “que alcance la plena santificación”.

Carta Pastoral por el Año Sacerdotal

de Mons. Li Jing Fen, Obispo de Feng Xiang.


“Tenedlo siempre presente: ¡La Iglesia no es un organismo secular, los sacerdotes no son simples funcionarios seculares!”. Es una de las frases de la Carta Pastoral por el Año Sacerdotal firmada el 7 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad, por Mons. Li Jing Feng, Obispo de Feng Xiang, 87 años, uno de los Obispos chinos invitados por el Papa Benedicto XVI a la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia” en octubre del 2005.
La Carta, que incluye una oración para que los sacerdotes recen durante el Año Sacerdotal, presenta una serie de recomendaciones afectuosas y paternales que el anciano Obispo dirige a sus sacerdotes, son observaciones detalladas y de orden práctico: desde la espiritualidad (la lectura de la Biblia por al menos media hora; además de los deberes espirituales cotidianos, y el esfuerzo por aprender a rezar con los Salmos; buscar dirigir la oración comunitaria; rezar siguiendo las intenciones misioneras mensuales del Papa), hasta la disciplina y el estudio personal (obligatorio una hora al día: traducción del Nuevo Testamento; repasar la teología de los Sacramentos del matrimonio y de la confesión; estudio de Derecho Canónico, los números 469-502; 511-606; el estudio de los Documentos Conciliares: primer y segundo capítulo de la LG, los capítulos 2,3,4,5 y 6 de la SC, los capítulos 1,2 y 3 de la PO, el primer capítulo de la AA; además de 8 lecciones de lengua latina).
El Obispo quiere que sus sacerdotes vivan intensamente el Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, aprovechando del ardor suscitado por el Año Paulino, “que todo sacerdote se golpee el pecho como Pablo”, “que alcance la plena santificación”. En la Carta se subraya que “el Año Sacerdotal no es una fiesta, sino un momento de reflexión, de tomar conciencia, de corrección, de formación y de esfuerzo continuo”. “Ya que la indulgencia que el Santo Padre nos ha concedido necesita particularmente de la adoración, de la oración de las Horas, de la Celebración Eucarística devota, hecha con el corazón y con el alma”.
A continuación propone una lista de lo que debe ser la identidad de los sacerdotes en la Iglesia de Cristo, subrayando sobre todo que es Jesús quién llama. Los presbíteros son “mediadores entre Dios y los hombres”, “sacerdotes del Señor”, “faros que iluminan al pueblo de Dios”, “pastores del rebaño del Señor”, “siervos de la Eucaristía”, “siempre en búsqueda de la perfección espiritual”, “alter Christus”.
Mons. Li Jing Feng cita en su Carta una serie de enseñanzas del Papa sobre las cuatro características de la misión sacerdotal: eclesial, de comunión, jerárquica y dogmática; recordando el ejemplo de S. Juan María Vianney sobre la sensibilización de los sacerdotes a la fe, a la virtud, al comportamiento, a la caridad e incluso al modo de vestirse; subrayando la imagen del sacerdote que es un buen pastor. Mons. Li indica también propuso algunos ejemplo de sacerdotes ancianos, modelos para los jóvenes presbíteros, exhortándolos con estas palabras: “tenéis la autoridad concedida por el Señor de perdonar los pecados de los otros, ¡qué honor!”.

Fuente: Agencia Fides

domingo, 28 de junio de 2009

Mons. Luciano Alimandi: La Virgen María, madre de los sacerdotes

Contemplar a la Virgen María, Madre de los sacerdotes, significa detenerse ante el Fruto de su seno: Jesús, el Sumo y eterno Sacerdote.
Contemplando la Encarnación encontramos los rasgos fundamentales de la vocación y de la vida sacerdotal de Cristo, que ha querido compartir en modo excepcional y admirable su vida con la creatura escogida desde la eternidad: la Virgen María.

Dos vidas que se entrelazan

En este inmenso misterio de amor se entrelazan dos vidas para siempre. La Iglesia ha comprendido desde los inicios el lugar de María: Dios Padre, Dios Elijo y Dios Espíritu Santo la han elevado al espacio salvador central de la Redención. El centro es Él, el Señor crucificado y resucitado; Ella es colocada, justamente como Madre, junto al Hijo. El sacerdote, ministro sagrado de los misterios de la Redención, representante sacramental de Jesús, contempla, como propio centro de salvación, a su Señor y le dice con el Apóstol Tomás, primero incrédulo y luego creyente, primero sin afecto y luego enamorado: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Y cuando de este centro, que es el Todo de su fe, de su esperanza y de su caridad, vuelve un poco la mirada, ¿a quién encuentra él, sino a la Madre de Jesús? ¿A quién reconoce junto al mismo Jesús, al pie de la Cruz, si no a la que siempre se ha quedado allí? Después de la confesión de amor incondicionado e incondicionable a Cristo, realizada en comunión con toda la Iglesia, el sacerdote puede dirigir la mente y el corazón a su Madre, que por este acto de amor es Madre. Ella, que antes que todos y más que todos se ha donado al Hijo, recibió como don ese Corazón Inmaculado que, de la Anunciación en adelante, a cada palpitar, pudo repetir: "Señor mío y Dios mío" y siempre: "¡Hijo mío!".

Identificado con Cristo como Ella

El sacerdote, por su identificación y conformación sacramental con el Hijo de Dios y de Santa María, puede y debe sentirse verdaderamente hijo muy querido de esta altísima y humildísima Madre y dejarse decir por Ella: "¡Hijo mío!".Hoy la Humanidad tiene una gran necesidad de pertenencia: pertenecer a un Amor eterno que se hace amor evangélico por el que Jesús rezó: "que todos sean uno" (Jn 17, 21).

En palabras de Benedicto XVI

El Papa Benedicto XVI nos ha iluminado acerca de esto y nos ha dicho que podemos pertenecer a Cristo "únicamente en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos 'un cuerpo', aunados en una única existencia" (Deus caritas est. n. 14).María. Madre de los sacerdotes y de todos los creyentes, atrae a todos hacia el centro de la Redención, sacándonos de ese diabólico egocentrismo que nos aleja de la matriz divina. Sí. también y especialmente a nosotros sacerdotes, "María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva" (Papa Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 42).
Mons. Luciano Alimandi

Oración a Nuestra Señora del Sacerdocio


Virgen María,
Madre de Cristo Sacerdote,
Madre de los sacerdotes del mundo entero.
Tú amas con un amor especial a los sacerdotes
Porque ellos son la imagen viva
de tú Hijo único.
Tú has ayudado a Jesús durante toda su vida
Y lo ayudáis todavía en el cielo.
Nosotros os suplicamos que ruegues por los sacerdotes.
Rogad a Dios que envíe operarios a su mies.
Rogad para que tengamos sacerdotes
Que celebren los sacramentos,
Que nos expliquen el Evangelio de Cristo,
Que nos enseñen a convertirnos en verdaderos hijos de Dios.
Virgen María, pedid a Dios Padre por los sacerdotes
Para que sean santos. Amén

ORACIÓN DEL SACERDOTE A SAN PEDRO Y SAN PABLO

Gloriosos San Pedro y San Pablo, que purificastéis con la sangre de vuestro martirio la ciudad eterna de Roma. A vuestra intercesión acudo, confiado de que escucharéis mis humildes súplicas.
Glorioso San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y de la Iglesia Católica, ensañadme aquella obediencia con que a la primera voz de Nuestro Señor Jesucristo dejaste cuanto tenías en el mundo para seguirlo; ensañadme aquella fe con que creíste y confesaste por Hijo de Dios a tu Maestro; enseñadme aquella humildad con que, viéndole a tus pies, rehusaste que te lavase; dadme aquellas lágrimas con que amargamente lloraste tus negaciones y tu pecado; haced que imite aquella vigilancia con que cuidaste como pastor universal el rebaño que se te había encomendado; y finalmente, dadme aquella fortaleza con que diste por tu Redentor la vida. Te suplico, Apóstol glorioso, por tu actual sucesor, el Vicario de Cristo. Deféndedlo de sus enemigos y haz que sea fiel testigo de Cristo, y que confirme a todos los obispos, sacerdotes y fieles cristianos en la verdad de la fe.
Alcánzame que imite estas virtudes tuyas para vencer a todas mis pasiones; y concédeme especialmente el don del arrepentimiento para que, purificado de toda culpa, goce de tu amable compañía en la gloria.
San Pablo, amigo de Jesús, apóstol de las gentes, que conociste la debilidad y las penas, la persecución y el dolor, la incomprensión, las cadenas y el martirio. Dadme la gracia de entregarme totalmente a la misión sacerdotal que se ha dado, que anuncie a todo el mundo sin cesar la verdad de la fe.
Te doy gracias por tu ejemplo de sabiduría y amor, de fortaleza y fervor, de coraje y entrega, de solicitud y interés por la salvación de todos los hombres.
Gloriosos apóstoles, ayudadme para seguir mas de cerca a Jesús, para ser un sacerdote a semejanza de su Corazón de Buen Pastor.
Interced por todos los obispos y sacerdotes de la Iglesia para que seamos fieles a las enseñanzas y directrices del Santo Padre. Ayúdadnos a llevar una vida coherente con nuestra vocación y nuestro estado sacerdotal.
A vosotros acudo para que intercedáis por mí y sea fiel hasta la hora de mi muerte para que con vosotros y todos los santos pueda adorar y alabar a la Santísima Trinidad en el cielo. Amén.

sábado, 27 de junio de 2009

Sermón sobre el purgatorio


SERMÓN SOBRE EL PURGATORIO
Vengo por Dios. ¿Para qué subiría hoy al púlpito, queridos hermanos?, ¿qué voy a decirles? Que vengo en provecho de Dios mismo. Y de vuestros pobres padres; a despertar en ustedes el amor y la gratitud que les corresponde. Vengo a recordarles otra vez aquella bondad y todo el amor que les han dado mientras estuvieron en este mundo. Y vengo a decirles que muchos de ellos sufren en el Purgatorio, lloran y suplican con urgencia la ayuda de vuestras oraciones y de vuestras buenas obras. Me parece oírlos clamar en la profundidad de los fuegos que los devoran: "Cuéntales a nuestros amados, a nuestros hijos, a todos nuestros familiares cuán grandes son los demonios que nos están haciendo sufrir. Nosotros nos arrojamos a vuestros pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! Cuéntales que desde que tuvimos que separarnos, hemos estado quemándonos entre las llamas! ¿Quién podría permanecer indiferente ante el sufrimiento que estamos soportando?".
¿Ven, queridos hermanos? ¿Escuchan a esa tierna madre, a ese dedicado padre, a todos aquellos familiares que los han atendido y ayudado?, "Amigos míos - gritan - líbrennos de estas penas, ustedes que pueden hacerlo".
Consideren, entonces, mis queridos hermanos: a) la magnitud de los sufrimientos que soportan las almas en el Purgatorio; y b) los medios que ustedes poseen para mitigarlos: vuestras oraciones, buenas acciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa. Y no quieran pararse a dudar sorbe la existencia del Purgatorio, eso sería una pérdida de tiempo. Ninguno entre ustedes tiene la menor duda sobre esto. La Iglesia, a quien Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo, y que por consiguiente no puede estar equivocada y extraviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera positiva y clara y es, por cierto y muy cierto, el lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidos a la gloria del Paraíso, el cual les está asegurado. Sí, mis queridos hermanos, es un artículo de fe: Si no hacemos penitencia proporcional al tamaño de nuestros pecados, aún cuando estemos perdonados en el Sagrado Tribunal, estaremos obligados a expiarlos... En las Sagradas Escrituras hay muchos textos que señalan que, aun cuando nuestros pecados puedan ser perdonados, el Señor impone la obligación de sufrir en este mundo dificultades, o en el siguiente, en las llamas del Purgatorio.
Miren lo que le ocurrió a Adán. Debido a su arrepentimiento Dios lo perdonó, pero aún así lo condenó a hacer penitencia durante novecientos años, esto supera lo que uno podría imaginar. Y vean también: David ordenó, contrariando la voluntad de Dios, el censo de sus súbditos, pero luego acicateado por remordimientos de conciencia, vio su propio pecado y, arrojándose sobre el piso, rogó al Señor que lo perdonase.
Dios, conmovido por su arrepentimiento, lo perdonó, en efecto. Mas, a pesar de ello, le hizo saber que debería elegir entre tres castigos que le había preparado debido a su iniquidad: plaga, guerra o hambruna. Y David dijo: "Prefieron caer en manos del Señor (ya que muchas son sus gracias) que en las manos de los hombres". Eligió la plaga, que duró tres días, y se llevó a setenta mil súbditos suyos. Si el Señor no hubiera detenido la mano del Angel, que se extendía sobre toda la ciudad, ¡Jerusalén hubiese quedado despoblada!
David, considerando los muchos males causados por sus pecados, suplicó a Dios que le diera la gracia de castigarlo solamente a él y no al pueblo, que era inocente.
Consideren, también, el castigo a María Magdalena; tal vez esto ablande un poco vuestros corazones; ¿cuál será el número de años, mis queridos hermanos, que tendremos que sufrir en el Purgatorio, nosotros que tenemos tantos pecados y que, so pretexto de habernos confesado, no hacemos penitencia ni derramamos ninguna lágrima?
¿Cuántos años de sufrimiento debemos esperar para la próxima vida en el Cielo? Cuando los Santos Padres nos cuentan los tormentos que se sufren en tal lugar, parecen los sufrimientos que soportó Nuestro Señor Jesucristo en su pasión, ¿eso les describirá sensiblemente las torturas que estas almas padecen? Sin embargo, es cierto que si el más leve de los tormentos que padeció Nuestro Señor hubiese sido compartido por el género humano, este hubiese fenecido bajo tal violencia. El fuego del Purgatorio es el mismo fuego que el del Infierno, la única diferencia es que el fuego del Purgatorio no es para siempre. ¡Oh! Quisiera Dios, en su gran misericordia, permitir que una de estas pobres almas entre las llamas apareciese aquí rodeada de fuego y nos diese ella misma un relato de los sufrimientos que soporta; esta iglesia, mis queridos hermanos, reverberaría con sus gritos y sollozos y, tal vez, terminaría finalmente por ablandar vuestros corazones.
"¡Oh! ¡cómo sufrimos!", nos gritarían a nosotros; "sáquennos de estos tormentos. Ustedes pueden hacerlo. ¡Si sólo experimentaran el tormento de estar separados de Dios!... ¡Cruel separación! ¡Quemarse en el fuego por la justicia de Dios! ¡Sufrir dolores inenarrables al hombre mortal!, ¡ser devorados por remordimientos sabiendo que podríamos tan fácilmente evitar tales dolores!... Oh hijos míos, gimen los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos así a nosotros, que los amamos tanto? ¿Pueden dormirse tranquilamente y dejarnos a nosotros yacer en una cama de fuego? ¿Se areven a darse a ustedes mismos placeres y alegrías mientras nosotros aquí sufrimos y lloramos noche y día? Ustedes tienen nuestra riqueza, nuestros hogares, están gozando el fruto de nuestros esfuerzos, y nos abandonan aquí, en este lugar de tormentos, ¡donde tenemos que sufrir por tantos años!... y nada para darnos, ni una misa... Ustedes pueden aliviar nuestros sufrimientos, abrir nuestra prisión, pero nos abandonan. ¡Oh! qué crueles son estos sufrimientos... Sí, queridos hermanos, la gente juzga muy diferentemente en las llamas del Purgatorio sobre los pecados veniales, si es que se puede llamar leves a los pecados que llevan a soportar tales penalidades rigurosas.
Qué desgraciados serían los hombres, proclamaron los Profetas, aún los más justos, si Dios no los juzgara con misericordia. Si Él ha encontrado manchas en el sol y malicia aún en los ángeles, ¿qué queda entonces para un hombre pecador? Y para nosotros, que hemos cometido tantos pecados mortales y sin hacer prácticamente nada para satisfacer la justicia de Dios, ¿cuántos años serán de Purgatorio?, "Dios mío", decía Santa Teresa, "¿qué alma será lo suficientemente pura para que pueda entrar al cielo sin pasar por las llamas purificadoras?". En su última enfermedad, gritó de pronto: "¡Oh justicia y podeer de mi Dios, cuán terribles son!". Durante su agonía, Dios le permitió ver Su Santdad como los ángeles y los santos lo veían en el Cielo, lo cual la aterró tanto que sus hermanas, viéndola temblar muy agitada, le dijeron llorando: "Oh, Madre, ¿qué sucede contigo?, seguramente no temes a la muerte después de tantas penitencias y tan abundantes y amargas lágrimas..."No, hijas mías - replicó Santa Teresa - no temo a la muerte, por el contrario, la deseo para poder unirme para siempre con mi Dios". "¿Son tus pecados, entonces, lo que te atemorizan, después de tanta mortificación?", "Sí, hijas mías - les dijo - temo por mis pecados y por otra cosa más aún", "¿es el juicio, entonces?", "Sí, tiemblo ante las cuentas que es necesario rendir a Dios, quien en ese momento no será piadoso, y hay aún algo más cuyo solo pensamiento me hace morir de terror". Las pobres hermanas estaban muy perturbadas: "¿Puede ser el Infierno, entonces?". "No, gracias a Dios eso no es para mí, oh, mis hermanas, es la santidad de Dios, mi Dios, ¡ten piedad de mí! Mi vida debe ser puesta cara a cara con la del mismo Señor Jesucristo. ¡Pobre de mí si tengo la más mínima mancha! ¡Pobre de mí si aún hay una sombra de pecado!". "¡¿Cóm serán nuestras muertes?!", gritaron las hermanas.
¿Cómo serán las nuestras, entonces, mis queridos hermanos, que quizás en todas nuestras penitencias y buenas acciones, nunca hemos purgado un solo pecado perdonado en el tribunal de Penitencia? ¡cuántos años y centurias de castigo nos tocarían! ¡Cómo nos gustaría no pagar nada por nuestras faltas, tales como esas pequeñas mentiras que nos divierte, pequeños escándalos, el desprecio a las gracias que Dios nos concede a cada rato, las pequeñas murmuraciones sobre las dificultades que nos manda el Señor!
No, queridos hermanos, nunca nos animaríamos a cometer el menor pecado, si pudiéramos comprender lo mucho que esto ofende a Dios y cuánto merece ser castigado aún en este mundo. Dios es justo, queridos hermanos, en todo lo que hace; y cuando nos recompensa por la más mínima buena acción, nos da con creces lo que podríamos desear. Un buen pensmiento, un buen deseo, es decir, el deseo de ahcer alguna buena obra aún cuando no estemos capacitados para lograrlo. Nunca nos deja sin recompensa. Pero también, si se trata de castigarnos lo hace con rigor, aún las faltas leves, y por ellas seremos enviados al Purgatorio. Esto es verdad, pues vemos en las vidas de los santos que muchos de ellos no fueron directamente al Cielo, primero tuvieron que pasar por las llamas del Purgatorio.
San Pedro Damian cuenta que su hermana debió pasar varios años en el Purgatorio por haber escuchado una canción maliciosa con cierto beneplácito de su parte. Y se dice que dos religiosos se prometieron uno al otro que el primero en morir le contaría al otro sobre el estado en que se hallaba. Dios permitió a uno morir primero y que se apareciera a su amigo. Le contó a este que había permanecido quince años en el Purgatorio por haberle gustado demasiado hacer las cosas a su manera, y cuando su amigo estaba felicitándole por haber permanecido allí tan poco tiempo, el fallecido replicó: "Yo hubiera preferido ser desollado vivo durante diez mil años seguidos en lugar del sufrimiento de las llamas".
Un sacerdote contó a uno de sus amigos que Dios lo había condenado a permanecer en el Purgatorio durante varios meses por haber demorado la ejecución de un proyecto de buenas obras. Así que, queridos hermanos, ¿cuántos hay entre quienes me escuchan que tengan faltas similares que reprocharse a sí mismos?
¡Y cuántos, en el curso de ocho o diez años, han recibido de sus padres, o de sus amigos, el encargo de oir misa, dar limosnas, compartir algo!, ¡cuántos hay que por temor de encontrar que ciertas cosas deberían hacerse, no quieren tomarse el trabajo de considerar la voluntad de esos padres o amigos; estas pobres almas están aún detenidas en las llamas, porque nadie ha querido cumplir con sud deseos!
Pobres padres y madres, que se sacrifican por la felicidad de sus hijos y de sus herederos. Tal vez ustedes hayan sido negligentes con su propia salvación para aumentar sus fortunas, y así sabotean las buenas obras que se les encargó en los testamentos... ¡pobres padres! ¡Cuán ciegos estuvieron en olvidarlos! Ustedes me dirán, quizás, "Nuestros padres vivieron buenas vidas, y eran buena gente. Necesitarían muy poco de esas llamas".
Alberto el Grande, un hombre cuyas virtudes brillaron tanto, dijo sobre esta materia que él un día reveló a un amigo, que Dios lo había llevado al Purgatorio por haberse entretenido en cierta autosatisfacción envanecida sobre su propio conocimiento. Lo más asombroso es que aún habría santos allí, aún aquellos que fueron beatificados, haciendo su pasaje por el Purgatorio. San Severino, Arzobispo de Colonia, apareció ante un amigo suyo largo tiempo después de su muerte y le contó que estuvo en el Purgatorio por haber postergado para la noche las oraciones que debió decir a la mañana. ¡Oh! ¡Cuántos años de purgatorio habrá para aquellos cristianos que no tienen el menor inconveniente en diferir las oraciones para algún otro día con la excusa de tener trabajos más urgentes! Si realmente deseamos la felicidad de tener a Dios, debemos evitar tanto las pequeñas faltas como las grandes, ya que la separación de Dios es un tormento tan asustante para todas estas pobres almas...

Meditaciones sobre la palabra de Dios


MEDITACIONES SOBRE LA PALABRA DE DIOS

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”(San Lucas, XI, 28)
(...) III - Pero, me diréis, ¿qué debe sacarse para provecho de la palabra de Dios, a fin de que ella nos ayude a convertimos?
Mirad lo que conviene hacer: no tenéis más que observar la conducta de aquella muchedumbre que iba a escuchar Jesucristo; aquella muchedumbre acudía desde muy lejos, con un sincero deseo de poner en práctica todo cuanto Jesucristo le mandase; abandonaban aquellas gentes todas las cosas temporales, ya no pensaban en las necesidades del cuerpo, muy persuadidos de que Aquel que iba a alimentar su alma, no abandonaría tampoco su cuerpo; estaban mucho más impacientes por los bienes del cielo que por los de la tierra; lo olvidaban todo para no pensar más que en practicar lo que Jesucristo les decía.
Miradles escuchando a Jesucristo o a los apóstoles: sus ojos y sus corazones están como absorbidos por la palabra del Maestro; las mujeres no piensan en sus ocupaciones domésticas; el mercader pierde de vista su comercio; el labrador olvida sus tierras; las jóvenes buscan debajo de sus pies sus adornos elegantes; todos escuchan con gran avidez y hacen cuanto les es posible para grabar bien aquellas palabras en su corazón.
Los hombres más sensuales aborrecen sus infames placeres para no pensar más que en mortificar su cuerpo; la santa palabra de Dios es su única ocupación; en ella piensan, sobre ella meditan, se complacen en hablar y en oír hablar de ella.
Pues bien, mirad si en las ocasiones que escucháis la palabra de Dios, estáis adornados de las mismas disposiciones con que aquella gente la recibía. ¿Vais a escuchar esta santa palabra con diligencia, con alegría, con verdadero deseo de aprovecharos? Mientras estáis aquí, ¿dejáis en olvido todos vuestros negocios temporales, para no pensar más que en las necesidades de vuestra alma? Antes de oír esta palabra santa, ¿habéis pedido a Dios la gracia de comprenderla bien, y de grabarla indeleblemente en vuestros corazones?
¿Habéis estado siempre dispuestos a practicar todo lo que ella os ordene?
¿La habéis oído con atención, con respeto, no como la palabra de un hombre, sino como la palabra del mismo Dios?
Después de la plática, ¿habéis agradecido a Dios la gracia que os hizo de instruiros Él mismo por boca de sus ministros?
¡Ay, Dios mío! siendo tan pocos los que acuden con tales disposiciones, no nos extrañemos de que esta palabra produzca tan escaso fruto.
¡Ay! ¡Cuántos hay aquí que están con pena y fastidio! ¡Cuántos que duermen, que bostezan! ¡Cuántos que hojearán un libro, que conversarán!
Y aún se verán otros que llevan más lejos su impiedad, los cuales, por una especie de despre­cio, salen fuera desdeñando la palabra santa y' al que la predica. ¡Cuántos otros que encuentran que el tiempo les pasó con mucha lentitud y se proponen no volver, y, por fin, otros que, al vol­verse a sus casas, lejos de conversar sobre lo que oyeron y de meditarlo bien, lo olvidan por completo, y lo traen a colación sólo para quejarse de su excesiva duración, o para criticar al que tuvo la caridad de predicarles!
¿Dónde están los que, al llegar a sus casas, hacen participantes de lo que oyeron, a los que no han podido asistir? ¿Dónde, los padres y las madres que cuiden de preguntar a sus hijos qué pun­tos del sermón han retenido, y los ilustren acerca de lo que no comprendieron?
Pero, ¡ay! la palabra de Dios es tenida tan en poco, que casi nadie se acusa de haberla oído sin atención.
¡Ay! ¡Cuántos pecados de que jamás se acusan los cristianos! ¡Cuántos cristianos condenados; Dios mío! Quién habrá que diga para sí:
“Cuán hermosas, cuán verdaderas san estas palabras. Bien veo cómo, después de tantos años de oírlas, habiéndoseme mostrado en ellas el estado de mi alma, y hecho casi tocar con el dedo que, si la muerte me sorprendiese, estaría irremisiblemente perdido, sin embargo per manezco continuamente en pecado.
“¡Oh, Dios mío! ¡Cuántas gracias despreciadas, de cuántos medios de salvación he abusado hasta el presente! Mas esto se acabó, voy a cambiar al momento de conducta, he de pedir a Dios la gracia de no oír jamás esta palabra sagrada sin estar bien dispuesto para recibirla. No, no pensaré jamás, coma lo hice hasta el presente, que lo que se predica es para tal o cual persona; no, diré y pensaré que se predica para mí, y al mismo tiempo procuraré hacer todo lo posible para aprovecharme de tan saludables avisos”.
¿Qué sacaremos de todo lo dicho? Vedlo aquí: que la palabra divina es uno de los más grandes dones que Dios haya podido hacemos, ya que, sin la adecuada instrucción, es imposible salvarnos.
Y que si, en los desgraciados tiempos en que vivimos, vemos tantos impíos, es porque son tantos los que ignoran la religión, toda vez que es imposible que una persona que la conozca bien, no la ame, ni practique lo que ella nos manda.
Cuando os encontréis con algún impío que desprecie la religión, podéis muy bien afirmar: “He aquí un ignorante que desprecia lo que no conoce” , ya que a tantos pecadores ha conver­tido esta divina palabra.
Procuremos oírla siempre con tanto mayor placer cuanto a ella está ligada la salvación de nuestra alma, y por ella venimos a conocer cuán feliz sea nuestro destino, cuán bueno es Dios y cuán grande será la recompensa que nos promete, pues durará por toda una eternidad.
Ésta es la dicha que os deseo.

Sermón sobre la caridad


SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS
LA CARIDAD

¿Qué podremos imaginarnos más consolador para un cristiano que tuvo la desgracia de pecar, que el hallar un medio tan fácil de satisfacer a la justicia de Dios por sus pecados? Jesucristo, nuestro Divino Salvador, sólo piensa en nuestra felicidad, y no ha despreciado ningún medio para proporcionárnosla. Por la limosna podemos fácilmente rescatarnos de la esclavitud de los pecados y atraer sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas las más abundantes bendiciones del cielo; mejor dicho, por la limosna podemos librarnos de caer en las penas eternas. ¡Cuán bueno es un Dios que con tan poca cosa se contenta!
De haberlo querido Dios, todos seríamos iguales. Mas no fue así, pues previó que, por nuestra soberbia, no habríamos resistido a someternos unos a otros. Por esto puso en el mundo ricos y pobres, para que unos a otros nos ayudáramos a salvar nuestras almas. Los pobres se salvarán sufriendo con paciencia su pobreza y pidiendo con resignación el auxilio de los ricos. Los ricos, por su parte, hallarán modo de satisfacer por sus pecados, teniendo compasión de los pobres y aliviándolos en lo posible.
Ya ven, pues, cómo de esta manera todos nos podemos salvar. Si es un deber de los pobres sufrir pacientemente la indigencia e implorar con humildad el socorro de los ricos, es también un deber indispensable de los ricos dar limosna a los pobres, sus hermanos, en la medida de sus posibilidades, ya que de tal cumplimiento depende su salvación. Pero será muy aborrecible a los ojos de Dios aquel que ve sufrir a su hermano, y, pudiendo aliviarlo, no lo hiciera. Para animarlos a dar limosna, siempre que sus posibilidades lo permitan, y a darla con pura intención solamente por Dios, voy ahora a mostrarles cuán poderosa es la limosna ante Dios para alcanzar cuanto deseamos, cómo la limosna libra, a los que la hacen, del temor del juicio final, y cuán ingratos somos al mostrarnos ásperos para con los pobres, ya que, al despreciarlos, es al mismo Jesucristo a quien menospreciamos.
Bajo cualquier aspecto que consideremos la limosna, ella es de un valor tan grande que resulta imposible que comprendamos todo su mérito; solamente el día del Juicio Final llegaremos a conocer todo su valor. Si quieren saber la razón de esto, aquí la tienen: podemos decir que la limosna sobrepuja a todas las demás buenas acciones, porque una persona caritativa posee ordinariamente todas las demás virtudes.
Leemos en la Sagrada Escritura que el Señor dijo al profeta Isaías: “Vete a decir a mi pueblo que me han irritado tanto sus crímenes que no estoy dispuesto a soportarlos por más tiempo: voy a castigarlos perdiéndolos para siempre jamás”. Se presentó el profeta en medio de aquel pueblo reunido en asamblea, y dijo: “Escucha, pueblo ingrato y rebelde, he aquí lo que dice el Señor tu Dios: Tus crímenes han excitado de tal manera mi furor contra tus hijos, que mis manos están llenas de rayos para aplastarlos y perderlos para siempre. Ya ven, les dice Isaías, que se hallan sin saber a dónde recurrir; en vano elevarán al Señor vuestras oraciones, pues Él se tapará los oídos para no escucharlas; en vano llorarán, en vano ayunarán, en vano cubrirán de ceniza vuestras cabezas, pues Él no volverá a vosotros sus ojos; si los mira, será en todo caso para destruirlos. Sin embargo, en medio de tantos males como los afligen, oigan de mis labios un consejo: seguirlo, será de gran eficacia para ablandar el corazón del Señor, de tal suerte que podrán en alguna manera forzarlo a ser misericordioso con ustedes. Vean lo que deben hacer: den una parte de sus bienes a sus hermanos indigentes; den pan al que tiene hambre, vestido al que está desnudo, y verán cómo súbitamente va a cambiarse la sentencia pronunciada contra ustedes”. En efecto, en cuanto hubieron comenzado a poner en práctica lo que el profeta les aconsejara, el Señor llamó a Isaías, y le dijo : “Profeta, ve a decir a los de mi pueblo, que me han vencido, que la caridad ejercida con sus hermanos ha sido más potente que mi cólera. Diles que los perdono y que les prometo mi amistad”. Oh, hermosa virtud de la caridad, ¿eres poderosa hasta para doblegar la justicia de Dios? Mas ¡ay! ¡cuán desconocida eres por la mayor parte de los cristianos de nuestros días! Y ello, ¿a qué se debe? Proviene de que estamos demasiado aferrados a la tierra, solamente pensamos en la tierra, como si sólo viviésemos para este mundo y hubiésemos perdido de vista, y no los apreciásemos en lo que valen, los bienes del cielo.
Vemos también que los Santos la estimaron hasta tal punto la caridad para con los demás, que tuvieron por imposible salvarse sin ella.
En primer término les diré que Jesucristo, que en todo quiso servirnos de modelo, la practicó hasta lo sumo. Si abandonó la diestra de su Padre para bajar a la tierra, si nació en la más humilde pobreza, si vivió en medio del sufrimiento y murió en el colmo del dolor, fue porque a ello lo llevó la caridad para con nosotros. Viéndonos totalmente perdidos, su caridad le condujo a realizar todo cuanto realizó, a fin de salvarnos del abismo de males eternos en que nos precipitara el pecado. Durante el tiempo que moró en la tierra, vemos su corazón tan abrasado de caridad, que, al hallarse en presencia de enfermos, muertos, débiles o necesitados, no podía pasar sin aliviarlos o socorrerlos. Y aún iba más lejos: movido por su inclinación hacia los desgraciados, llegaba hasta el punto de realizar en su provecho grandes milagros. Un día, al ver que los que lo seguían para oír sus predicaciones estaban sin alimentos, con cinco panes y algunos peces alimentó, hasta saciarlos, a cuatro mil hombres sin contar a los niños y a las mujeres; otro día alimentó cinco mil. No se detuvo aún allí. Para mostrarles cuánto se interesaba por sus necesidades, se dirigió a sus apóstoles, diciendo con el mayor afecto y ternura: “Tengo compasión de ese pueblo que tantas muestras de adhesión me manifiesta; no puedo resistir más: voy a obrar un milagro para socorrerlos. Temo que, si los despido sin darles de comer, van a morir de hambre por el camino. Hagan que se sienten; distribuyan estas pocas provisiones; mi poder suplirá a su insuficiencia” (San Mateo, XVI, 32-38). Quedó tan contento con poderlos aliviar, que llegó a olvidarse de sí mismo (…)
Leemos en la Sagrada Escritura que Tobías, santo varón que había sido desterrado de su tierra por causa de la cautividad de Siria, ponía el colmo de su gozo en practicar la caridad para con los desgraciados. Cuando creyó llegado el fin de su vida, llamó a su hijo junto al lecho de muerte: “Hijo mío, le dijo, creo que dentro de poco el Señor va a llevarme de este mundo. Antes de morir tengo que recomendarte una cosa de gran importancia. Prométeme, hijo mío, que la observarás. Da limosna todos los días de tu vida; no desvíes jamás tu vista de los pobres. Haz limosna según la medida de tus posibilidades. Si tienes mucho, da mucho, si tienes poco, da poco, pero pon siempre el corazón en tus dádivas y da además con alegría. Con ello acumularás grandes tesoros para el día del Señor. No olvides jamás que la limosna borra nuestros pecados y preserva de caer en otros muchos. El Señor ha prometido que un alma caritativa no caerá en las tinieblas del infierno, donde no hay ya lugar para la misericordia. No, hijo mío, no desprecies jamás a los pobres, ni tengas tratos con los que los menosprecian, pues el Señor te perdería. La casa, le dijo, del que da limosna, pone sus cimientos sobre la dura piedra que no se derrumbará nunca, mientras que la del que se resiste a dar limosnas será una casa que caerá por la debilidad de sus cimientos”; con lo cual nos quiere manifestar que una casa caritativa jamás será pobre: por el contrario, que aquellos que son duros para con los indigentes, perecerán junto con sus bienes.

LA LIMOSNA Y EL JUICIO FINAL

Hemos dicho, en segundo lugar, que aquellos que hayan practicado la limosna, no temerán el juicio final. Es muy cierto que aquellos momentos serán terribles: el profeta Joel lo llama el día de las venganzas del Señor, día sin misericordia, día de espanto y desesperación para el pecador. “Mas —dice este Santo—, ¿no queréis que aquel día deje de ser para vosotros de desesperación y se convierta en día de consuelo? Dad limosna y podéis estar tranquilos”. Otro Santo nos dice: “Si no quieren temer el juicio, hagan limosnas y serán bien recibidos por parte del Juez”.
Después de esto, ¿no podremos decir que nuestra salvación depende de la limosna? En efecto, Jesucristo, al anunciar el juicio a que nos habrá de someter, habla únicamente de la limosna, y de que dirá a los buenos: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba desnudo, y me vestísteis; estaba encarcelado, y me visitasteis. Venid a poseer el reino de mi Padre, que os está preparado, desde el principio del mundo”. En cambio, dirá a los pecadores : “Apartaos de mí, malditos: tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba desnudo, y no me vestísteis; estaba enfermo y encarcelado, y no me visitasteis”. “Y ¿en qué ocasión, le dirán los pecadores, dejamos de practicar para con Vos todo lo que decís?” “Cuantas veces dejasteis de hacerlo con los ínfimos de los míos que son los pobres”. Ya ven, pues, cómo todo el Juicio versa sobre la limosna.
¿Los admira esto tal vez? Pues no es ello difícil de entender. Esto proviene de que quien está adornado del verdadero espíritu de caridad, sólo busca a Dios y no quiere otra cosa que agradarlo, posee todas las demás virtudes en un alto grado de perfección, según vamos a ver ahora. No cabe duda que la muerte causa espanto a los pecadores y hasta a los más justos, a causa de la terrible cuenta que habremos de dar a Dios, quien en aquel momento no dará lugar a la misericordia (…)
El santo rey David, al pensar en sus pecados, exclamaba : “¡Ah! Señor, no os acordéis más de mis pecados”. Y nos dice además: “Repartid limosnas con vuestras riquezas y no temeréis aquel momento tan espantoso para el pecador”. Escuchad al mismo Jesucristo cuando nos dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Y en otra parte habla así: “De la misma manera que tratareis a vuestro hermano pobre, seréis tratados”.
Es decir, que si han tenido compasión de sus hermanos pobres, Dios tendrá compasión de ustedes.
Leemos en los Hechos de los Apóstoles que en Joppe había una viuda muy buena que acababa de morir. Los pobres corrieron en busca de San Pedro para rogarle que la resucitara; unos le presentaban los vestidos que les había hecho aquella buena mujer, otros le mostraban otra dádiva. A San Pedro se le escaparon las lágrimas: “El Señor es demasiado bueno, les dijo, para dejar de concederles lo que le piden”. Entonces se acercó a la muerta, y le dijo : “¡Levántate, tus limosnas te alcanzan la vida por segunda vez!” Ella se levantó, y San Pedro la devolvió a sus pobres. Y no serán solamente los pobres los que rogarán por vosotros, sino las mismas limosnas, las cuales vendrán a ser como otros tantos protectores cerca del Señor que implorarán benevolencia en favor de ustedes. Leemos en el Evangelio que el reino de los cielos es semejante a un rey que llamó a sus siervos para que rindiesen cuentas de lo que le debían. Se presentó uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el rey mandó encarcelarlo junto con toda su familia hasta que hubiese pagado cuanto le debía. Mas el siervo se arrojó a los pies de su señor y le suplicó por favor que le concediese algún tiempo de espera, que le pagaría tan pronto como le fuese posible. El señor, movido a compasión, le perdonó todo cuanto le debía. El mismo siervo, al salir de la presencia de su señor, se encontró con un compañero suyo que le debía cien dineros, y, abalanzándose a él, lo sujetó por la garganta y le dijo: “Devuélveme lo que me debes”. El otro le suplicó que le concediese algún tiempo para pagarle; mas él no accedió, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que hubiese pagado. Irritado el señor por una tal conducta, le dijo: “Servidor malvado, ¿por qué no tuviste compasión de tu hermano como yo la tuve de ti?”
Vean cómo tratará Jesucristo en el día del juicio a los que hayan sido bondadosos y misericordiosos para con sus hermanos los pobres, representados por la persona del deudor; ellos serán objeto de la misericordia del mismo Jesucristo; mas a los que hayan sido duros y crueles para con los pobres les acontecerá como a ese desgraciado, a quien el Señor, que es Jesucristo, mandó fuese atado de pies y manos y arrojado después a las tinieblas exteriores, donde sólo hay llanto y rechinar de dientes. Ya ven cómo es imposible que se condene una persona verdaderamente caritativa.

LA LIMOSNA HECHA A DIOS

En tercer lugar, la razón que debe inducirnos a dar limosnas de todo corazón y con alegría, es el pensar que se las damos al mismo Jesucristo.
Leemos en la vida de San Juan de Dios que un día se encontró con un pobre totalmente cubierto de llagas, y se hizo cargo de él para conducirlo al hospital que el Santo había fundado para albergar a los pobres. Una vez llegado allí, al lavarle los pies para colocarlo después en su lecho, vio que los pies del pobre estaban agujereados. Se admiró el Santo, y alzando los ojos, reconoció al mismo Jesucristo, que se había transformado en la figura de un pobre para excitar su compasión. Y entonces el Señor le dijo: “Juan, estoy muy contento al ver el cuidado que te tomas por los míos y por los pobres”. En otra ocasión, halló a un niño muy miserable; lo cargó sobre sus hombros, y, al pasar cerca de una fuente, suplicó el niño que lo bajase, pues estaba sediento y quería beber agua. Vio también que era el mismo Jesucristo, el cual le dijo: “Juan, lo que haces con mis pobres es cual si a Mí me lo hicieses”.
Leemos en la vida de San Francisco Javier que, yendo a predicar en un país de gentiles, halló en su camino a un pobre totalmente cubierto de lepra, y le dio limosna. Cuando hubo andado algunos pasos, se arrepintió de no haberlo abrazado para manifestarle cuán de veras sentía sus penas. Se volvió para mirarlo, y no vio a nadie: era un ángel que había tomado la forma de un pobre. ¡Ciertamente, qué pesar espera en el día del Juicio a aquellos que hayan abandonado y despreciado a los pobres, cuando Jesucristo les muestre cómo fue a Él mismo a quien hicieron la injuria! Mas también, ¡cuál será la alegría de aquellos que verán que todo el bien que hicieron a los pobres, fue al mismo Jesucristo a quien se lo hicieron! “Sí, les dirá Jesucristo, era a Mí a quien fueron a visitar en la persona de ese pobre; era a Mí a quien prestaron tal servicio; aquella limosna que repartieron en la puerta de vuestra casa, era a Mí a quien la disteis”.
Es tan cierto todo esto, que se refiere en la historia de San Gregorio Magno, que todos los días sentaba a su mesa a doce pobres, en honor de los doce apóstoles. Viendo que un día había trece, preguntó al que estaba encargado de introducirlos por qué razón había trece, y no doce como le había encomendado. “Santo Padre, le dijo su administrador, yo no veo más que doce”. Mas él veía siempre trece. Preguntó entonces a sus comensales si veían doce o trece, y le contestaron que sólo veían doce. Después de la comida, tomó de la mano al que hacía trece: lo había distinguido, porque notó que de tiempo en tiempo cambiaba de color; lo condujo a sus habitaciones, y le preguntó quién era. Aquel hombre le respondió que era un ángel que había tomado la figura de pobre; le dijo también que ya había recibido de él una limosna cuando era religioso, y que Dios, en vista de su caridad, le había encargado que le guardase durante toda su vida, y le hiciese conocer cuánto debía practicar para portarse rectamente y procurar en todo el bien de su alma y la salvación de su prójimo.
Ya ven hasta qué punto recompensa Dios la caridad. ¿No nos autoriza todo esto para afirmar que nuestra salvación está íntimamente ligada con la limosna?
Leemos en los Hechos de los Apóstoles que, después de la Resurrección, Jesucristo se le apareció a San Pedro y le dijo: “Vete al encuentro del centurión Cornelio, pues sus limosnas han llegado hasta mí; ellas le merecieron su salvación”. Fue San Pedro a ver a Cornelio, al cual halló en oración, y le dijo: “Tus limosnas han sido tan agradables a Dios, que Él me envía para anunciarte el reino de los cielos, y para bautizarte” (Hechos, X). Ya ven cómo las limosnas del centurión fueron causa de que él y toda su familia fuesen bautizados.
Sé muy bien que el hombre de corazón duro es avaro e insensible a las miserias del prójimo; hallará mil excusas para no tener que dar limosna. Así, algunos me dirán: “Hay pobres que son buenos, pero hay otros que no valen nada: unos gastan en las tabernas lo que se les da; otros lo disipan en el juego o en glotonerías”. Esto es muy cierto, son muy pocos los pobres que emplean bien los dones que reciben de manos de los ricos, lo cual demuestra que son muy pocos los pobres buenos. Unos murmuran de su pobreza, cuando no se les da tanto como ellos quisieran; otros envidian a los ricos, hasta los maldicen, y les desean que Dios les haga perder sus riquezas, a fin, dicen ellos, de que aprendan lo que es la miseria. Convengamos en que todo esto está muy mal; tales gentes son precisamente las que se llaman malos pobres. Pero a todo esto sólo he de contestar con una palabra: y es que esos pobres a quienes recriminan porque malgastan las limosnas, porque no se portan bien, porque sufren una pobreza buscada, no piden la limosna en nombre propio, sino en el de Jesucristo. Que sean buenos o malos, poco importa, ya que es al mismo Jesús a quien entregan sus limosnas, según acabamos de ver en lo que hemos dicho anteriormente. Es, pues, el mismo Jesucristo quien los recompensará.
Pero, me diréis, éste es un mal hablado, un vengativo, un ingrato.
— Mas, amigo mío, esto no te afecta a ti: ¿tienes con qué dar limosna en nombre de Jesucristo, con la mira de agradar a Jesucristo, de satisfacer por tus pecados? Deja a un lado todo lo demás; tú tienes que entendértelas con Dios; quédate tranquilo; tus limosnas no se perderán, aunque vayan a parar en los malos pobres que tanto desprecias. Además, amigo mío, aquel pobre que te escandalizó, que aún no hace ocho días sorprendiste abusando del vino o metido en cualquier otro desorden, ¿quién te dice que a estas horas no esté ya convertido, y sea ya agradable a Dios?

LA LIMOSNA Y SU INCUMPLIMIENTO

¿Quieres saber, amigo mío, por qué hallas tantos pretextos para eximirte de la limosna?
¿Saben, hermanos míos, por qué nunca tenemos algo para dar a los pobres, y por qué nunca estamos satisfechos con lo que poseemos? No tienen con qué hacer limosna, pero bien tienen con qué comprar tierras; siempre están temiendo que la tierra les falte. ¡Ah! amigo mío, deja llegar el día en que tengas tres o cuatro pies de tierra sobre tu cabeza, entonces podrás quedar satisfecho. ¿No es verdad, padre de familia, que no tienes con qué dar limosna, pero lo posees abundante para comprar fincas? Di mejor, que poco te importa salvarte o condenarte, con tal de satisfacer tu avaricia. Te gusta aumentar tus caudales, porque los ricos son honrados y respetados, mientras que a los pobres se los desprecia. ¿No es verdad, madre de familia, que no tienes nada para dar a los pobres, pero es porque has de comprar objetos de vanidad para tus hijas, has de comprarles pañuelos con encajes, han de llevar bien adornado el cuello y el pecho, has de regalarles pendientes, cadenas, una gargantilla? “¡Ah!, me dirás, aunque les haga llevar todo esto, que es necesario, no pido nada a nadie; no puede Ud. enojarse por ello”. Madre de familia, yo te digo ahora esto porque viene a tono, para que en el día del Juicio tengas bien presente que te lo advertí: no pides nada a nadie, es verdad; mas debo decirte que no resultas menos culpable, tan culpable como si, yendo de camino, hallases a un pobre y le quitases el poco dinero que lleva. “¡Ah!, replicarás, si gasto este dinero para mis hijos, sé muy bien lo que me cuesta”. Mas yo te diré también, aunque no me hagas caso, que a los ojos de Dios eres culpable, y esto es suficiente para perderte.
Me preguntarás por qué razón. Amigo mío, porque tus bienes no son más que un depósito que Dios ha puesto en tus manos; fuera de lo necesario para tu sustento y el de tu familia, lo demás es de los pobres. ¡Cuántos hay que tienen atesorada gran cantidad de dinero, al paso que tantos pobres mueren de hambre! ¡Cuántos otros poseen gran abundancia de vestidos, mientras muchos pobres padecen frío ! ¿Es que, amigo mío, no estás en condiciones, no tienes con qué hacer limosna, puesto que sólo dispones de tu salario? Si quisieras, tendrías fácilmente algo que dar a los pobres; bien tienes para llevar tus hijas a la condenación, bien tienes con qué ir al café, a la taberna, al baile. Me dirás, empero: “Nosotros somos pobres; apenas tenemos lo necesario para vivir”. Amigo mío, si el día de la fiesta mayor no gastases tan superfluamente, algo te quedaría para los pobres. No ahondemos más, bastante clara está la verdad: no vamos a fastidiarlos con enumeraciones prolijas. Si los Santos hubiesen obrado como nosotros, tampoco habrían hallado con qué dar limosna; mas ellos sabían muy bien cuán necesaria les era para su santificación, y ahorraban cuanto les era posible a tal objeto, y así disponían siempre de algunas reservas. Por otra parte, la caridad no se practica sólo con el dinero. Pueden muy bien visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarlo en sus penas, leerle algún libro piadoso.
No obstante, en honor de la verdad, hay que reconocer que generalmente sienten inclinación a socorrer a los desgraciados, y se compadecen de sus miserias. Mas veo también cómo son contados los que dan la limosna en forma adecuada para hacerse acreedores a una espiritual recompensa, según van a ver: unos lo hacen a fin de ser tenidos por personas de bien; otros, por sentimentalismo, porque se sienten conmovidos ante las miserias ajenas; otros, para que se los aprecie, para que les digan que son buenos y sea alabada su manera de vivir; algunos, tal vez hasta para que les paguen con algún servicio, o en espera de algún favor. Pues bien, todos esos que, al dar limosnas, tienen únicamente tales miras, carecen de las cualidades necesarias para hacer que la caridad sea meritoria. Hay quienes tienen sus pobres predilectos a los cuales les darían cuanto poseen; mas para los otros muestran un corazón cruel. Portarse así no es más que obrar como los gentiles, los cuales, a pesar de todas sus buenas obras, no lograrán su salvación.
Mas, pensarán ustedes, ¿cómo debe hacerse la limosna para que sea meritoria? Atiendan bien, que en dos palabras voy a decírselos: en todo el bien que hacemos a nuestro prójimo, hemos de tener como objetivo el agradar a Dios y salvar nuestra alma. Cuando vuestras limosnas no vayan acompañadas de estas dos intenciones, la buena obra resultará perdida para el cielo. Esta es la causa por la que serán tan escasas las buenas obras que nos acompañen en el tribunal de Dios, pues las realizamos de una manera muy humana. Nos complace que se nos agradezcan, que se hable de ellas, que se nos devuelvan con algún favor, y hasta nos gusta hablar de nuestras buenas acciones para manifestar que somos caritativos. Tenemos nuestras preferencias; a unos les damos sin medida, mas a otros nos negamos a darles nada, antes bien los despreciamos.
Cuando no queramos o no podamos socorrer a los indigentes, cuidémonos de no despreciarlos, pues es al mismo Jesucristo a quien despreciamos. Lo poco que demos, démoslo de corazón, con la mira de agradar a Dios y satisfacer por nuestros pecados. El que tiene verdadera caridad no guarda preferencias de ninguna clase, lo mismo favorece a sus amigos que a sus enemigos, con igual diligencia y alegría da a unos que a otros. Si alguna preferencia hubiésemos de tener, sería para con los que nos han dado algún disgusto. Esto es lo que hacía San Francisco de Sales. Algunos, cuando han favorecido a alguien, si los favorecidos les causan después algún disgusto, enseguida les echan en cara los servicios que les prestaron. Con esto se engañan, ya que así pierden toda recompensa. ¿No saben que aquella persona les ha implorado caridad en nombre de Jesucristo, y que ustedes la han socorrido para agradar a Dios y satisfacer por sus pecados ? El pobre no es más que un instrumento del cual Dios se sirve para impulsarlos a obrar bien.
Vean todavía otro lazo que el demonio les tenderá con frecuencia, y con el cual sorprende a muchas almas: consiste en representar nuestras buenas acciones ante nuestra mente, para que nos gocemos en ellas, y así, de este modo, hacernos perder la recompensa a que nos hicimos acreedores. Así pues, cuando el demonio nos pone delante tales consideraciones, hemos de apartarlas presto, como un mal pensamiento.
Conclusión. ¿Qué debemos sacar de todo esto? Que la limosna es de gran mérito a los ojos de Dios, y tan poderosa para atraer sobre nosotros sus misericordias, que parece como si asegurase nuestra salvación. Mientras estamos en este mundo, es preciso hacer cuantas limosnas podamos; siempre seremos bastante ricos, si tenemos la dicha de agradar a Dios y salvar nuestra alma; mas es necesario hacer la limosna con la más pura intención, esto es: todo por Dios, nada por el mundo. ¡Cuán felices seríamos si todas las limosnas que hayamos hecho durante nuestra vida nos acompañasen delante del tribunal de Dios para ayudarnos a ganar el cielo! Ésta es la dicha que os deseo.

Oraciones del Santo Cura de Ars: oraciones que él rezaba y que enseñaba a rezar

Oraciones que decía asiduamente el Santo Cura de Ars y que enseñaba a los fieles de su parroquia.
I
Te amo, Oh mi Dios.

Mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, oh infinitamente amoroso Dios,
y prefiero morir amándote
que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios,
y mi único temor es ir al infierno
porque ahí nunca tendría
la dulce consolación de tu amor.
Dios mío, si mi lengua no es capaz de decir
a cada momento que os ama,
quiero que mi corazón lo diga
tantas veces cuantas respiro.
Dios mío, concédeme la gracia de sufrir amándote
y de amar sufriendo.
Yo os amo, oh Dios mío,
porque tú me tienes aquí abajo crucificado por ti.
Concédeme la gracia de morir amándote
y sintiendo que te amo.

II
¡Dios mío,
concédeme la conversión de mi parroquia;
consiento en sufrir cuanto quieras
durante toda mi vida,
durante cien años los dolores más duros,
con tal que se conviertan!

III

Quiero trabajar por ti, Dios mío.
¡Me someteré a todo lo que me envíes!
Me ofreceré en sacrificio.
Pero Señor, no puedo hacer nada sin ti,
¡ayúdame!
IV
Dios mío, yo creo, creo firmente,
es decir sin la menor duda.
Creo firmemente que estás presente
en todas partes, que me ves, que estoy bajo tus ojos,
que un día te veré claramente yo mismo,
que gozaré de todos los bienes que me has prometido.
¡Dios mío, espero que me recompensarás
de todo lo que he hecho para agradarte!
Dios mío, te amo. ¡Tengo un corazón para amarte!

V
Hoy quiero hacerlo todo y sufrirlo todo por Dios.
Nada por el mundo o por interés;
todo para agradar a mi Salvador.

VI
Dios mío, aquí estás, vengo a adorarte,
alabarte, bedecirte, darte las gracias,
amarte, hacerte compañía con los ángeles.

VII
¡Dios mío!,
-exclamaba entre gemidos-
haced que sufra cuanto quieres,
pero concédeme la gracia
de que no caiga en el infierno.

jueves, 25 de junio de 2009

Audiencia general (24-Jn): "Que el año sacerdotal sirva para reforzar la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado"


Queridos hermanos y hermanas:
El pasado viernes 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación de los sacerdotes, tuve la alegría de inaugurar el
Año sacerdotal, convocado con ocasión del 150° aniversario del "nacimiento para el cielo" del cura de Ars, san Juan Bautista María Vianney. Y al entrar en la basílica vaticana para la celebración de las Vísperas, casi como primer gesto simbólico, visité la capilla del Coro para venerar la reliquia de este santo pastor de almas: su corazón. ¿Por qué un Año sacerdotal? ¿Por qué precisamente en recuerdo del santo cura de Ars, que aparentemente no hizo nada extraordinario?
La divina Providencia ha hecho que su figura se uniera a la de san Pablo. De hecho, mientras está concluyendo el Año paulino, dedicado al Apóstol de los gentiles, modelo de extraordinario evangelizador que realizó diversos viajes misioneros para difundir el Evangelio, este nuevo año jubilar nos invita a mirar a un pobre campesino que llegó a ser un humilde párroco y desempeñó su servicio pastoral en una pequeña aldea. Aunque los dos santos se diferencian mucho por las trayectorias de vida que los caracterizaron —el primero pasó de región en región para anunciar el Evangelio; el segundo acogió a miles y miles de fieles permaneciendo siempre en su pequeña parroquia—, hay algo fundamental que los une: su identificación total con su propio ministerio, su comunión con Cristo que hacía decir a san Pablo: "Estoy crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 19-20). Y san Juan María Vianney solía repetir: "Si tuviésemos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras el cristal, como el vino mezclado con agua".
Por tanto, como escribí en la
carta enviada a los sacerdotes para esta ocasión, este Año sacerdotal tiene como finalidad favorecer la tensión de todo presbítero hacia la perfección espiritual de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, y ayudar ante todo a los sacerdotes, y con ellos a todo el pueblo de Dios, a redescubrir y fortalecer más la conciencia del extraordinario e indispensable don de gracia que el ministerio ordenado representa para quien lo ha recibido, para la Iglesia entera y para el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido.
No cabe duda de que han cambiado las condiciones históricas y sociales en las cuales se encontró el cura de Ars y es justo preguntarse cómo pueden los sacerdotes imitarlo en la identificación con su ministerio en las actuales sociedades globalizadas. En un mundo en el que la visión común de la vida comprende cada vez menos lo sagrado, en cuyo lugar lo "funcional" se convierte en la única categoría decisiva, la concepción católica del sacerdocio podría correr el riesgo de perder su consideración natural, a veces incluso dentro de la conciencia eclesial. Con frecuencia, tanto en los ambientes teológicos como también en la práctica pastoral concreta y de formación del clero, se confrontan, y a veces se oponen, dos concepciones distintas del sacerdocio.
A este respecto, hace algunos años subrayé que existen, "por una parte, una concepción social-funcional que define la esencia del sacerdocio con el concepto de "servicio": el servicio a la comunidad, en la realización de una función... Por otra parte, está la concepción sacramental-ontológica, que naturalmente no niega el carácter de servicio del sacerdocio, pero lo ve anclado en el ser del ministro y considera que este ser está determinado por un don concedido por el Señor a través de la mediación de la Iglesia, cuyo nombre es sacramento" (J. Ratzinger, Ministerio y vida del sacerdote, en Elementi di Teologia fondamentale. Saggio su fede e ministero, Brescia 2005, p. 165). También la derivación terminológica de la palabra "sacerdocio" hacia el sentido de "servicio, ministerio, encargo", es signo de esa diversa concepción. A la primera, es decir, a la ontológico-sacramental está vinculado el primado de la Eucaristía, en el binomio "sacerdocio-sacrificio", mientras que a la segunda correspondería el primado de la Palabra y del servicio del anuncio.
Bien mirado, no se trata de dos concepciones contrapuestas, y la tensión que existe entre ellas debe resolverse desde dentro. Así el decreto
Presbyterorum ordinis del concilio Vaticano II afirma: "Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y se reúne el pueblo de Dios, de manera que todos (...) se ofrezcan a sí mismos como "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios" (Rm 12, 1). Por medio del ministerio de los presbíteros se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único mediador. Este se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, hasta que el Señor venga" (n. 2).
Entonces nos preguntamos: "¿Qué significa propiamente para los sacerdotes evangelizar? ¿En qué consiste el así llamado primado del anuncio?". Jesús habla del anuncio del reino de Dios como de la verdadera finalidad de su venida al mundo y su anuncio no es sólo un "discurso". Incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar: los signos y los milagros que realiza indican que el Reino viene al mundo como realidad presente, que coincide en último término con su misma persona. En este sentido, es preciso recordar que, también en el primado del anuncio, la palabra y el signo son inseparables. La predicación cristiana no proclama "palabras", sino la Palabra, y el anuncio coincide con la persona misma de Cristo, ontológicamente abierta a la relación con el Padre y obediente a su voluntad.
Por tanto, un auténtico servicio a la Palabra requiere por parte del sacerdote que tienda a una profunda abnegación de sí mismo, hasta decir con el Apóstol: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". El presbítero no puede considerarse "dueño" de la palabra, sino servidor. Él no es la palabra, sino que, como proclamaba san Juan Bautista, cuya Natividad celebramos precisamente hoy, es "voz" de la Palabra: "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas" (Mc 1, 3).
Ahora bien, para el sacerdote ser "voz" de la Palabra no constituye únicamente un aspecto funcional. Al contrario, supone un sustancial "perderse" en Cristo, participando en su misterio de muerte y de resurrección con todo su ser: inteligencia, libertad, voluntad y ofrecimiento de su cuerpo, como sacrificio vivo (cf. Rm 12, 1-2). Sólo la participación en el sacrificio de Cristo, en su kénosis, hace auténtico el anuncio. Y este es el camino que debe recorrer con Cristo para llegar a decir al Padre juntamente con él: "No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mc 14, 36). Por tanto, el anuncio conlleva siempre también el sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea auténtico y eficaz.
Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo (cf. Flp 2, 5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo. Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a él. Por tanto, esta es la condición imprescindible de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia.
El santo cura de Ars repetía a menudo con lágrimas en los ojos: "¡Da miedo ser sacerdote!". Y añadía: "¡Es digno de compasión un sacerdote que celebra la misa de forma rutinaria! ¡Qué desgraciado es un sacerdote sin vida interior!". Que el Año sacerdotal impulse a todos los sacerdotes a identificarse totalmente con Jesús crucificado y resucitado, para que, imitando a san Juan Bautista, estemos dispuestos a "disminuir" para que él crezca; para que, siguiendo el ejemplo del cura de Ars, sientan de forma constante y profunda la responsabilidad de su misión, que es signo y presencia de la misericordia infinita de Dios. Encomendemos a la Virgen, Madre de la Iglesia, el Año sacerdotal recién comenzado y a todos los sacerdotes del mundo.
Saludos
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española aquí presentes. En particular, a los peregrinos de la arquidiócesis de Tulancingo, con su arzobispo, monseñor Domingo Díaz Martínez, y de la diócesis de Alcalá de Henares, con su obispo, monseñor Juan Antonio Reig Pla, así como a los demás grupos venidos de España, Honduras, México y otros países latinoamericanos. Os aliento para que en este Año sacerdotal encomendéis de un modo especial a todos vuestros sacerdotes.
(En polaco)
Hoy celebramos la fiesta de la Natividad de san Juan Bautista, el profeta que preparó el camino al Hijo de Dios, anunciando su presencia entre los hombres. Con su martirio dio el más bello testimonio posible de Cristo. Su mensaje de conversión sigue siendo también actual para nosotros.
(En croata)
Queridos amigos, con san Juan Bautista reconozcamos al Señor en su humildad y demos testimonio de él a los demás con nuestra vida diaria.
(En italiano)
Saludo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Hoy celebramos la fiesta de la Natividad de san Juan Bautista, enviado por Dios para dar testimonio de la luz y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. Queridos jóvenes, os deseo que en la amistad con Jesús halléis la fuerza necesaria para estar siempre a la altura de las responsabilidades que os esperan. A vosotros, queridos enfermos, os exhorto a considerar los sufrimientos y las pruebas diarias como oportunidad que Dios os ofrece para cooperar en la salvación de las almas. Y a vosotros, queridos recién casados, os invito a manifestar el amor del Señor en la fidelidad recíproca y en la acogida generosa de la vida.
* * *
(A la delegación guiada por la subsecretaria de la ONU y representante especial para los niños que viven en situaciones de conflicto armado)
Al expresarle a usted y a sus acompañantes mi profundo aprecio por su compromiso en defensa de la infancia víctima de la violencia y de las armas, pienso en todos los niños del mundo, en particular en los que están expuestos al miedo, al abandono, al hambre, a los abusos, a la enfermedad, a la muerte. El Papa está cerca de todas estas pequeñas víctimas y las recuerda siempre en la oración.
(En el 150° aniversario del nacimiento de la Cruz Roja)
El 24 de junio de hace 150 años nacía la idea de una gran movilización para la asistencia de las víctimas de las guerras, que posteriormente tomaría el nombre de Cruz Roja. En el transcurso de los años, los valores de universalidad, neutralidad, independencia del servicio, suscitaron la adhesión de millones de voluntarios en todas las partes del mundo, formando un importante baluarte de humanidad y solidaridad en tantos contextos de guerra y conflicto, así como en muchas otras emergencias. Deseando que la persona humana, en su dignidad y en su integridad esté siempre en el centro del compromiso humanitario de la Cruz Roja, animo especialmente a los jóvenes a comprometerse concretamente en esta benemérita institución. Aprovecho esta circunstancia para pedir la liberación de todas las personas secuestradas en zonas de conflicto y nuevamente la liberación de Eugenio Vagni, agente de la Cruz Roja en Filipinas.

miércoles, 24 de junio de 2009

PENSAMIENTOS SOBRE LA SANTIDAD

I
"Los santos no todos han empezado bien, pero todos han sabido terminar bien. Si hemos empezado mal, procuremos terminar bien e iremos al cielo junto con ellos"

II
"La gente dice que es demasiado difícil alcanzar la salvación. No hay, sin embargo, nada más fácil: observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y evitar los siete pecados capitales; es decir hacer el bien y evitar el mal; ¡no hay mas que eso!"

III
"Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma están siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan, siempre se quejan, murmuran, están tristes... y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano, un avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra, sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarle siempre, lo que debe durar por siempre.
Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al buen Dios, sí; si no, no están contentos. Me parece que no hay nada que dé tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios.
Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento."

IV
"Si preguntásemos a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Si dejéramos a los santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo."

V
"Hay muchos cristianos que no saben por qué están en el mundo. ¿Por qué, Dios mío, me has puesto en el mundo? Para salvarte. Y, ¿por qué quieres salvarme? Porque te amo. ¡Qué bello y grande es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el mundo. Todo lo demás es tiempo perdido."

VI
"Fuera del Buen Dios, nada es sólido, ¡nada!, ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se viene abajo; la salud, se destruye; la reputación , es atacada. Vamos como el viento. Todo va rápido, todo se precipita. ¡Ah, Dios mío! Hay que compadecerse de los que ponen su afecto en todas las cosas. Lo ponen porque se aman demasiado; pero no se aman con un amor razonable; se aman con amor de ellos mismos y del mundo; buscándose, buscando las criaturas más que a Dios. Por eso nunca están contentos, nunca están tranquilos; siempre están inquietos, siempre atormentados, siempre nerviosos.
Ved, hijos míos, el buen cristiano recorre el camino de este mundo subido en una bonita carroza de triunfo; esta carroza es arrastrada por ángeles y es Nuestro Señor quien la conduce. Mientras que el pobre pecador está enganchado al carro de la vida y el demonio está en el asiento y le hace avanzar a golpes de látigo."

José P. Manglano, Orar con el cura de Ars, DDB, pág 12-19

ORACIÓN DEL SACERDOTE A SAN JUAN BAUTISTA, PRECURSOR DEL SEÑOR

ORACIÓN DEL SACERDOTE A SAN JUAN BAUTISTA
San Juan Bautista, precursor del Señor, elegido por Dios en el seno materno, haz que sea consciente del gran don de la vocación que he recibido. Enséñame a dar gracias a Dios todos los días por haberme llamado a la vocación sacerdotal, por haberme escogido para ser pastor de tu pueblo, por haberme dado el privilegio de identificarme más plenamente con Cristo, el Señor. Enséñame, San Juan Bautista, a ser perseverante en mi vocación, a no vacilar; enséñame a entregar la vida totalmente, hasta la muerte.
Enséñame a vivir en la austeridad y la mortificación para unirme a Cristo Crucificado, para domar el oleaje de mis pasiones, para hacer creíble la Palabra que predico. Las almas se convertirán más por lo que viva, que por lo que diga. Que por tu penitencia me haga mortificado, que por tu soledad, sea recogido, que por tu silencio, sea hombre de oración, que por tu virginidad sea casto, que por tu contemplación me mueva siempre por los impulsos del Espíritu.
Enséñame, San Juan Bautista, a preparar los camino del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor. Enséñame a mostrar a los hombres al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Enseñame a menguar, para que el crezca. Enséñame a postrarme ante Cristo de quien no merezco desatarle la sandalia, y en cambio, lo tengo en mis manos todos los días en la Sagrada Eucaristía.
Haz que mi trabajo apostólico sea fecundo, que convierta a muchas almas, que muchos aprendan a amar a Dios, que muchos quieran seguirlo en la vocación sacerdotal y religiosa, que muchos quieran ser santos. Enseñame a ser pregonero de la verdad, anunciador de la alegría eterna, testigo de la fe. Que no tema a los poderes humanos, ni tampoco a las críticas y desprecios, que aprenda de ti que mi vida está en función de Cristo, el Mesías, el Señor, el Salvador. Nada más importa. Solo Dios. Amén.
SAN JUAN BAUTISTA Y EL SANTO CURA DE ARS
"El Santo Cura de Ars tenía gran devoción al Santo Precursor por ser su patrono, por lo que hizo levantar a sus esprensas una capilla en su honor. El día de la bendición fue un fiesta muy devota y alegre para la mayoría de los feligreses. Sin embargo, los amantes de los placeres mundanos, mezclados con los demás durante la ceremonia, no pudieron leer sin despecho la inscripción, para ellos muy clara, que el santo cura había mandado pintar en la arcada de la capilla: SU CABEZA FUE EL PRECIO DE UNA DANZA.
Celebrada la fiesta, comenzó a divulgarse la fama que durante la bendición de la capilla, el Santo Cura de Ars había sido favorecido por Dios con una visión sobre el futuro. Se supuso que se la había aparecido el Santo Precursor y que le había mostrado el famoso confesionario colado en aquella capilla y la multitud de penitentes arrodillados a sus pies."
Francis Trochu, El santo cura de Ars. Ed. Palabra, pág 213

domingo, 21 de junio de 2009

EL PAPA ENCOMIENDA EL AÑO SACERDOTAL A LA INTERCESIÓN DE LA VIRGEN Y DE SAN PIO DE PIETRELCINA


Queridos hermanos y hermanas: Al concluir esta solemne celebración, os invito a rezar conmigo --como cada domingo-- la oración mariana del Ángelus. Pero aquí, en el santuario de san Pío de Pietrelcina, nos parece escuchar su misma voz, que nos exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la Virgen Santa: "Amad a la Virgen y haced que la amen". Lo repetía a todos, pero más que las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la Madre celestial. Bautizado en la iglesia de Santa María de los Ángeles de Pietrelcina, con el nombre de Francisco, como el Pobrecillo de Asís, siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno. La providencia le trajo después aquí, a San Giovanni Rotondo, al santuario de Santa María de las Gracias, donde permaneció hasta la muerte y donde descansan sus restos mortales. Toda su vida y su apostolado se desarrollaron bajo la mirada maternal de la santísima Virgen y con la potencia de su intercesión. Consideraba la Casa Alivio del Sufrimiento como obra de María, "Salud de los enfermos". Por lo tanto, queridos amigos, siguiendo el ejemplo de padre Pío, también yo quiero encomendar hoy a todos vosotros a la maternal protección de la Madre de Dios. De modo particular la invoco para la comunidad de los Frailes Capuchinos, para los enfermos del Hospital y para los que con amor los cuidan, así como también para los Grupos de Oración que continúan, en Italia y en el mundo, la consigna espiritual del santo fundador.
Quisiera encomendar a la intercesión de la santísima Virgen y de san Pío de Pietrelcina de manera especial el Año Sacerdotal, que inauguré el viernes pasado, solemnidad del sagrado Corazón de Jesús. ¡Que sea una ocasión privilegiada para destacar el valor de la misión y de la santidad de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y de la humanidad del tercer milenio!
Oremos en este día también por la situación difícil y a veces dramática de los refugiados. Ayer se celebró precisamente la Jornada Mundial del Refugiado, promovida por las Naciones Unidas. Muchas son las personas que buscan refugio en otros países escapando de situaciones de guerra, persecución y calamidad, y su acogida presenta no pocas dificultades, y sin embargo es un deber. Quiera Dios que, con el compromiso de todos, se logre eliminar lo más posible las causas de un fenómeno tan triste.

Con gran afecto saludo a todos los peregrinos aquí reunidos. Expreso mi agradecimiento a las autoridades civiles y a cuantos han colaborado en la preparación de mi visita. ¡Gracias de corazón! A todos os repito: caminad por el camino que el padre Pío os ha indicado, el camino de la santidad según el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En este camino os precederá siempre la Virgen María, y con mano materna os guiará a la patria celeste.

viernes, 19 de junio de 2009

Benedicto XVI: Homilia en la Inauguración del Año Sacerdotal


Queridos hermanos y hermanas:
En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: "El Señor nos ha acogido en su corazón"- "Suscepit nos Dominus in sinum et cor suum". En el Antiguo Testamento se habla 26 veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: en referencia al corazón de Dios, el hombre es juzgado. A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera totalmente clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirige a Israel en la aurora de su historia: "Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (v. 1). En realidad, a la incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. "Cuanto más los llamaba --constata el Señor--, más se alejaban de mí" (v. 2). Sin embargo, Él no abandona Israel en las manos de los enemigos, pues "mi corazón -dice el Creador del universo-- está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas" (v. 8).

¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y ofrece todo su amor a la humanidad. Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que ha escogido; es más, con infinita misericordia envía al mundo a su unigénito Hijo para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, pueda restituir la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Cf. Juan 13, 1). Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. En este sentido, un testigo ocular, el apóstol Juan, afirma: "uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Cf. Juan 19,34).

Queridos hermanos y hermanas: gracias, pues respondiendo a mi invitación, habéis venido en gran número a esta celebración en la que entramos en el Año Sacerdotal. Saludo a los señores cardenales y a los obispos, en particular al cardenal prefecto y al secretario de la Congregación para el Clero, junto a sus colaboradores, y al obispo de Ars. Saludo a los sacerdotes y a los seminaristas de los colegios de Roma; a los religiosos y religiosas y a todos los fieles. Dijo un saludo especial a Su Beatitud Ignace Youssef Younan, patriarca de Antioquía de los Sirios, venido a Roma para visitarme y manifestar públicamente la "ecclesiastica communio" [comunión eclesial, ndt.] que le he concedido.

Queridos hermanos y hermanas: detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. Una vez más acabamos de escuchar, en la breve lectura tomada de la Carta de san Pablo a los Efesios, que "Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo - por gracia habéis sido salvados y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Efesios 2,4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. Escribe el evangelista Juan: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (3,16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos, y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de Él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.

Si es verdad que la invitación de Jesús a "permanecer en su amor" (Cf. Juan 15, 9) se dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de Santificación Sacerdotal, esta invitación resuena con mayor fuerza para nosotros sacerdotes, en particular esta tarde, solemne inicio del Año Sacerdotal, que he convocado con motivo del 150° aniversario de la muerte del santo Cura de Ars. Me viene inmediatamente a la mente una hermosa y conmovedora afirmación, referida en el Catecismo de la Iglesia Católica: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús" (n. 1589). ¿Cómo no recordar con conmoción que directamente de este Corazón ha manado el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que nosotros, presbíteros, hemos sido consagrados para servir, humilde y autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo, que exige fidelidad plena a Cristo y una incesante unión con Él; es decir, exige que busquemos constantemente la santidad como hizo san Juan María Vianney. En la carta que os he dirigido con motivo de este año jubilar especial, queridos sacerdotes, he querido subrayar algunos aspectos que califican nuestro ministerio, haciendo referencia al ejemplo y a la enseñanza del santo Cura de Ars, modelo y protector de todos los sacerdotes, y en particular de los párrocos. Espero que este texto mío os sea de ayuda y aliento para hacer de este año una ocasión propicia para crecer en la intimidad con Jesús, que cuenta con nosotros, sus ministros, para difundir y consolidar su Reino, para difundir su amor, su verdad. Y, por tanto, "a ejemplo del santo cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz".

¡Dejarse conquistar totalmente por Cristo! Este fue el objetivo de toda la vida de san Pablo, al que hemos dirigido nuestra atención durante el Año Paulino, que se encamina ya hacia su conclusión; esta ha sido la meta de todo el ministerio del santo cura de Ars, a quien invocaremos particularmente durante el Año Sacerdotal; que éste sea también el objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio es ciertamente útil y necesario el estudio con una atenta y permanente formación pastoral, pero todavía es más necesaria esa "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo. Él nos llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño en su nombre. Precisamente por este motivo no tenemos que alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón atravesado en la cruz.

Sólo así seremos capaces de cooperar eficazmente con el misterioso "designio del Padre", que consiste en "hacer de Cristo el corazón del mundo". Designio que se realiza en la historia en la medida en que Jesús se convierte en el Corazón de los corazones humanos, comenzando por aquellos que están llamados a estar más cerca de él, los sacerdotes. Nos vuelven a recordar este constante compromiso las "promesas sacerdotales", que pronunciamos el día de nuestra ordenación y que renovamos cada año, el Jueves Santo, en la Misa Crismal. Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvenos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarle, deben aprender el necesario "dolor de los pecados" que los vuelve a conducir al Padre, esto se aplica aún más a los ministros sagrados. ¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en "ladrones de ovejas" (Juan 10, 1 y siguientes), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con los lazos del pecado y de muerte? También para nosotros queridos sacerdotes se aplica el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia Divina, e igualmente debemos dirigir con humildad incesante la súplica al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible riesgo de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.

Hace poco he podido venerar, en la Capilla del Coro, la reliquia del santo cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino. Que se conmovía ante el pensamiento de la dignidad del sacerdote y hablaba a los fieles con tonos tocantes y sublimes, afirmando que ¡"después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo no se entenderá bien sino en el cielo" (Cf. Carta para el Año Sacerdotal, p. 2). Cultivemos queridos hermanos, esta misma conmoción, ya sea para cumplir nuestro ministerio con generosidad y dedicación, ya sea para custodiar en el alma un verdadero "temor de Dios": el temor de poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa a las almas que nos han sido confiadas o de poderlas dañar. ¡Que Dios no lo permita! La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos; de ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos. En la adoración eucarística, que seguirá a la celebración de las Vísperas, pediremos al Señor que inflame el corazón de cada presbítero con esa caridad pastoral capaz de asimilar su personal "yo" al de Jesús sacerdote, para así poderlo imitar en la más completa entrega de uno mismo. Que nos obtenga esta gracia la Virgen Madre, de quien mañana contemplaremos con viva fe el Corazón inmaculado. El santo cura de Ars vivía una filial devoción por ella, hasta el punto de que en 1836, anticipándose a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, ya había consagrado su parroquia a María "concebida sin pecado". Y mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santa Virgen, enseñando a los fieles que "basta con dirigirse a ella para ser escuchados", por el simple motivo que ella "desea sobretodo vernos felices". Que nos acompañe la Virgen santa, nuestra Madre, en el Año Sacerdotal que hoy iniciamos, para que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que el Señor confía a nuestros cuidados pastorales ¡Amen!

traducción por ZENIT

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