miércoles, 30 de diciembre de 2009

Pensamientos sobre los sacerdotes de la sierva de Dios Sor Ángeles Dávila Sestelo, la monja de la noche clara


"Los sacerdotes se cansan de ser Jesús. PErdón, no saben lo que hacen. Guárdalos, Jesusiño, en tu corazón para que sean fieles a la Iglesia"
***
"Ser sacerdote es amar. Ser sacerdote es ser santo. Ser sacerdote es ser Jesús. Sí, con todas sus cargas".

P. Marco Antonio Foschiatti, O.P.: Meditación en el ocaso de un 31 de diciembre


“En la tarde de la vida sólo queda el Amor…”
Sor Isabel de la Trinidad
La tarde de un 31 de Diciembre siempre es ocasión de gracia para detenernos para pensar, para volvernos al Dios Amor y volvernos a nuestro corazón para preguntarnos: ¿Cómo he vivido este tiempo, este año, que la misericordia del Señor me ha regalado? ¿He crecido en su Amor, en su alabanza, en su conocimiento…He crecido en mi capacidad de dar amor a mis hermanos, he crecido en mi perdón, en mi lucha contra el orgullo y el egoísmo? Si en esta misma tarde el Señor me llamara a su presencia: ¿Cómo me presentaría ante El? Estarán mis manos y mi corazón vacío de su Amor?
Detenernos a pensar…mirar a ese Jesús, mi Bien y mi Redentor reclinado en la pobreza del pesebre…mirar al Señor del tiempo y de la eternidad hecho una criatura que llora. Mirar a ese Niño en cuyas manos benditas está toda mi vida…¿qué puedo ofrecerle de este año que se me va de las manos, de esta vida que se me va de las manos…como granitos de arena que caen silenciosamente de unas manos abiertos…
Detenerme a pensar, que he hecho con el tiempo que se me ha concedido? ¿Dónde ha estado mi corazón? Totalmente sumergido en las cosas, en los proyectos, en las ambiciones, en las vanidades, en las esclavitudes de las pasiones…Todo eso cae, no subsiste, pasa como pura sombra, nos afanamos por un soplo fugaz que no torna…Todo se pasa, el mundo y sus vanidades se disipan como el humo…sólo permanecerá para siempre, sólo subsistirá para siempre lo que se haya apoyado en Jesús…Sólo permanecerá lo que se haya hecho por Su Amor, con El y por El.
¿En cuántas mañanas de este año que se esfuma hemos podido hacer oblación de nuestra vida y decir confiadamente: Dios mío, Vida y Amor mío, Creador y Salvador mío, mi Todo yo te ofrezco todo lo que soy y tengo, te ofrezco todas mis acciones, trabajos, penas, aflicciones y alegrías…Soy todo tuyo, quiero vivir este día en unión al Amor del Corazón de Jesús tu Hijo para que venga a nosotros tu Reino…Por las manos de María, en el Amor del Corazón de Jesús me doy a Ti junto con todos los que compartirán conmigo este día que me regalas…
Es tan simple…ofrecerse junto con Jesús al Padre por las manos de la Virgen: todo lo que soy y tengo, pedirle tan sólo su amor y gracia…Sólo esto nos basta.
¿Por qué en el nuevo año que empezamos no tratamos de vivir este ofrecimiento? Este ofrecimiento, este acto de vivir por puro amor de Dios lo podemos renovar en cada latido del corazón durante el día, en breves jaculatorias por ejemplo: ante un dolor, ante una contrariedad, ante un gozo, ante un esfuerzo, ante lo que nos cuesta: Es por tu Amor Dios mío. Es por tu Amor Jesús mío…Por Ti y para Ti, en Ti Jesús. En Ti o sea dentro de tu Gracia y de tu Amor que me sostiene porque separados de Ti no podemos hacer nada.
Todo lo que no hemos vivido por Jesús, en Jesús y para Jesús de nada nos vale en esta tarde de 31 de Diciembre. Pero incluso aquello que lo vivimos mal hoy se lo podemos entregar al Divino Niño con infinita confianza…con infinita entrega. Jesús no tiene miedo del barro y del estiércol del pesebre de nuestros corazones…sólo pide un pesebre, sólo pide una puerta, la puerta del corazón para entrar.
Por esto ante el ocaso de un año, pongamos en las manitos del Niño Jesús los nudos de nuestra existencia, las cosas que hemos realizado a medias, las acciones hechas sin recta intención, las obras de misericordia realizadas con tanta tibieza pongamos todas esas flores casi marchitas para que su Amor las haga florecer de nuevo y les conceda el perfume de la Gracia Divina. Digamos al Divino Niño:

Jesús a la Luz de lo eterno
nuestra alma se detiene a pensar,
nuestra alma ve las cosas en su verdad.
Todo lo que no ha sido hecho por Ti
y contigo está vacío.
Ayúdame a marcar todo lo vivido en este año
con el sello de un amor agradecido.
Sólo lo que está marcado
con el Sello de tu Amor permanecerá.
Ayúdame a comprender que la vida es cosa seria,
que cada minuto se me regala
para que pueda echar más y más mis raíces en Ti.
Ayúdeme a vivir este año
que comienzo tan sólo de cara a tu Amor,
no mirarte sino a Ti, Jesús.
Ayúdame a recibir igualmente de Ti
como venidos directamente de tu amor,
la alegría o el dolor.
Ayúdame a grabar hondamente esta verdad en mi corazón:
Todo se pasa!!
En la tarde de la vida sólo queda el Amor…”

Pongamos en las manos del Niño Jesús el nuevo año, este tiempo de gracia y misericordia que nos concede el Señor…Qué las manos del Niño nos defiendan, nos guarden, nos guien y recreen día a día…Qué en este año que comienza seamos más dóciles, instrumentos vivos de su salvación, en las manos del Niño Jesús. La Madre de Dios nos muestre día a día el Amor tierno y fuerte de su Emmanuel, el Dios con nosotros.
***
Texto para la meditación:

“Quiero considerar este año nuevo, oh Jesús mío, como una página en blanco que tu Padre me presenta y en la cual irá escribiendo día a día lo que haya dispuesto de mí, en sus divinos designios. Yo desde este momento escribo en la cabecera de la primera página con absoluta confianza: Domine, fac de me sicut vis. ¡Señor, haz de mí lo que quieras. Y al final de esta página en blanco, de esta misma página, pongo ya el Amén, el sí de mi aceptación a todas las disposiciones de tu voluntad divina. ¡Oh Señor! Desde este momento, sí a todas las alegrías, a todos los dolores, a todas las gracias, a todas las fatigas que has preparado para mí y que día a día irás descubriendo en mi vida.
Haz que mi Amén sea el Amén de la Pascua, seguido siempre por el Aleluya, esto es, pronunciado con todo el corazón, con la alegría de una completa entrega. Dame tu amor y tu gracia y no necesitaré otra cosa para ser rico.”
(Sor Carmela del Espíritu Santo,
citada por el P. Gabriel de Santa María Magdalena
en su obra Intimidad Divina)
Los invito a que puedan difundir esta meditación y que nos unamos todos espiritualmente este tarde ante Jesús Sacramentado para adorar y agradecer a su Amor el año transcurrido, para pedir perdón y misericordia por nosotros y por el mundo entero y recibir –ojalá que en muchos lugares se pueda realizar- la Bendición con el Santísimo Sacramento. Reparemos con nuestro amor y presencia tantos ultrajes que recibe Jesús de esta sociedad neopagana en la cual vivimos. Muy Felíz año en el Señor Jesús!!
P. Marco Antonio Foschiatti OP.
Convento San Martín de Porres,
Mar del Plata (Buenos Aires)
Argentina

martes, 29 de diciembre de 2009

P. Raniero Cantalamessa, predicador del Papa: MAría, madre y modelo del sacerdote


María, madre y modelo del sacerdote
En la carta a todos los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1979, la primera de la serie de su pontificado, Juan Pablo II escribía: "Se da en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a la Madre de Cristo". En esta última meditación de Adviento, queremos reflexionar precisamente sobre esta cercanía entre María y el sacerdote.
De María no se habla muy a menudo en el Nuevo Testamento. Con todo, si nos fijamos, observamos que ella no está ausente en ninguno de los tres momentos constitutivos del misterio cristiano que son: la Encarnación, el Misterio Pascual y Pentecostés. María estuvo presente en la Encarnación, porque ésta sucedió en ella; estuvo presente en el Misterio pascual, porque está escrito que "junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre" (cf Juan 19, 25); estuvo presente en Pentecostés, porque está escrito que los apóstoles eran "asiduos y concordes en la oración con María, la madre de Jesús" (cf Hechos 1, 14).
Cada una de estas tres presencias nos revela algo de la misteriosa cercanía entre María y el sacerdote, pero encontrándonos en la inminencia de la Navidad, quisiera limitarme a la primera de ellas, a lo que María dice del sacerdote y al sacerdote en el misterio de la Encarnación.
1¿Qué relación hay entre María y el sacerdote?
Quisiera ante todo señalar la cuestión del título de sacerdote atribuido a la Virgen en la tradición. Un escritor de finales del siglo V llama a María "Virgen y al mismo tiempo sacerdote y altar que nos ha dado a Cristo, pan del cielo, para la remisión de los pecados" (San Epifanio, Homilía en alabanza a la Virgen, PG 43, 497). Tras él son frecuentes las referencias al tema de María sacerdote que, sin embargo, se convirtió en objeto del desarrollo teológico sólo en el siglo XVII, en la escuela francesa de San Sulpicio. En ella el sacerdocio de María no se puso tanto en relación con el sacerdocio ministerial como con el de Cristo.
Al final del siglo XIX se difundió una auténtica devoción a la Virgen-sacerdote y san Pío X acordó también una indulgencia a su práctica relativa. Pero cuando se entrevió el peligro de confundir el sacerdocio de María con el ministerial, el magisterio de la Iglesia se volvió reticente y dos intervenciones del Santo Oficio pusieron prácticamente fin a esta devoción (Cf. sobre toda la cuestión, R. Laurentin, Maria - ecclesia - sacerdotium, Parigini 1952; art. "Sacerdoti" en Nuovo Dizionario di Mariologia, Ed. Paoline 1985, 1231-1242).
Tras el concilio se vuelve a hablar del sacerdocio de María, pero no se une al sacerdocio ministerial, y tampoco al supremo de Cristo, sino al sacerdocio universal de los fieles: ella poseería a título personal, como imagen y primicia de la Iglesia, ese "sacerdocio real" (1 Pedro 2,9) que todos los bautizados poseen a título colectivo.
¿Qué podemos retener de esta larga tradición que asocia a María con el sacerdote y qué sentido debemos dar a la "cercanía" que se da entre ellos, de la que hablaba Juan Pablo II? Queda, me parece, la analogía o la correspondencia de niveles, dentro del misterio de la salvación. Lo que María ha sido a nivel de la realidad histórica, de una vez por todas, el sacerdote lo es cada vez a nivel de la realidad sacramental.
En este sentido se pueden entender las palabras de Pablo VI: "¿Qué relaciones y qué distinciones hay entre la maternidad de María, hecha universal por la dignidad y por la caridad de la posición que le fue señalada por Dios en el plan de la Redención, y el sacerdocio apostólico, constituido por el Señor para ser instrumento de comunión salvífica entre Dios y los hombres? María da a Cristo a la humanidad; y también el Sacerdocio da a Cristo a la humanidad, pero de modo diverso, claro está; María mediante la Encarnación y mediante la efusión de la gracia, de la que Dios la llenó; el Sacerdocio mediante los poderes del orden sagrado (Pablo VI, Audiencia general, 7 de octubre de 1964).
La analogía entre María y el sacerdote se puede expresar así: María, por obra del Espíritu Santo, concibió a Cristo y, tras haberlo nutrido y llevado en su seno, lo dio a luz en Belén; el sacerdote, ungido y consagrado por el Espíritu Santo en la ordenación, está llamado también a llenarse de Cristo para después darlo a luz y hacerle nacer en las almas mediante el anuncio de la palabra, la administración de los sacramentos.
En este sentido la relación entre María y el sacerdote tiene una larga tradición a sus espaldas, mucho más autorizada que la de María-sacerdote. Retomando un pensamiento de Agustín (Discursos 72 A, 8), el Concilio Vaticano II escribe: "La Iglesia... se convierte ella también en madre, porque con la predicación y el bautismo genera a una vida nueva e inmortal a sus hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios" (Lumen gentium, 64).
El baptisterio, decían los Padres de la Iglesia, es el seno en el que la Iglesia da a luz a sus hijos y la palabra de Dios es la leche pura con la que les nutre: "¡Oh prodigio místico! Uno es el Padre de todos, uno también el Verbo de todos, uno e idéntico por todas partes es también el Espíritu Santo y una sola es la Virgen Madre: así yo quiero llamar a la Iglesia. Pura como una virgen, amable como una madre, llama a reunirse a sus hijos, los nutre con esa leche sagrada que es la palabra destinada a los niños recién nacidos (cf 1 Pedro 2, 2)" (Clemente de Alejandría, Pedagogo, I, 6).
El beato Isaac de Estella, en una página que hemos leído en el oficio de lecturas del pasado sábado, hace una síntesis de esta tradición: "María y la Iglesia --escribe-- son una madre y muchas madres; una virgen y muchas vírgenes. Una y otra madre, una y otra virgen. Una y otra conciben sin concupiscencia del mismo Espíritu; una y otra dan a Dios una prole sin pecado. Una, sin pecado alguno, dio a luz la Cabeza al cuerpo; la otra, en la remisión de todos los pecados, da a luz el cuerpo a la Cabeza" (Beato Isaac de Estella, Discursos 51, PL 194, 1863).
Lo que en estos textos se dice de la Iglesia en su conjunto, como sacramento de salvación, debe aplicarse de modo especial a los sacerdotes, porque ministerialmente son ellos los que, en concreto, engendran a Cristo en las almas mediante la palabra y los sacramentos.
2. María creyó
Esta es la analogía entre María y el sacerdote a nivel, por así decir, objetivo o de la gracia. Sin embargo, una analogía a nivel subjetivo, es decir, entre la contribución personal que la Virgen ha dado a la gracia de la elección y la contribución que el sacerdote está llamado a dar a la gracia de la ordenación. Ninguno de los dos es un mero canal, que deja pasar la gracia sin aportar nada propio.
Tertuliano habla de una versión de docetismo gnóstico, según la cual, Jesús había nacido ciertamente de María, pero no concebido por ella y de ella; el cuerpo de Cristo, venido del cielo, habría pasado a través de la Virgen, pero no habría sido engendrado en ella y por ella; María habría sido para Jesús un camino, no una madre, y Jesús para María un huésped, no un hijo (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Para no repetir esta forma de docetismo en su vida, el sacerdote no puede limitarse a transmitir a los demás un Cristo aprendido de los libros que antes no se ha convertido en carne de su carne y sangre de su sangre. Como María (la imagen es de san Bernardo) debe ser una cisterna que hace desbordar aquello que se ha llenado, no es un canal que se limita a hacer que pase el agua sin retener nada.
La contribución personal, común a María y al sacerdote, se resume en la fe. María, escribe Agustín, "por fe concibió y por fe dio a luz" --fide concepit, fide peperit-- (san Agustín, Discursos 215, 4, PL 38,1074); también el sacerdote por fe lleva a Cristo en su corazón y mediante la fe lo comunica a los demás. Será el centro de la meditación hoy: qué puede aprender el sacerdote de la fe de María.
Cuando María fue a visitar a Isabel, ésta la acogió con gran alegría y "llena del Espíritu Santo", exclamó: "¡Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas l, 45). No hay duda de que este haber creído se refiere a la respuesta de María al ángel: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38).
A primera vista, parece que el acto de fe de María fue fácil, incluso evidente. ¡Convertirse en madre de un rey que hubiera reinado para siempre sobre la casa de Jacob, madre del Mesías! ¿No era lo que soñaba toda muchacha judía? Pero éste es un modo de razonar sumamente humano, carnal. María se encuentra en solidad total. ¿A quién le puede contar lo que ha sucedido en ella? ¿Quién la creerá cuando dirá que el niño que lleva en su seno es "obra del Espíritu Santo"? Esto no le había sucedido a nadie antes y no le sucederá tampoco a nadie después. María conocía ciertamente lo que estaba escrito en el libro de la ley, es decir, que si la muchacha, en el momento de la boda, no era virgen, debía ser expulsada por la puerta de la casa del padre y lapidada por la gente del pueblo (cf. Deuteronomio 22, 20 s). ¡Nosotros hablamos de buena gana a diario del riesgo de la fe, entendiendo por ello en general el riesgo intelectual, pero en el caso de María se trató de un riesgo real!
Carlo Carretto, en su librito sobre la Virgen, cuenta cómo llegó a descubrir la fe de María. Cuando vivía en el desierto, había sabido por unos amigos tuaregs que una muchacha del campamento había sido dada como prometida a un joven, pero que no había ido a vivir con él, pues era demasiado joven. Relacionó este hecho con lo que dice Lucas sobre María. Por este motivo, al regresar después de dos años por aquel campamento, preguntó por la muchacha. Constató un cierto malestar entre sus interlocutores y, después, uno de ellos, acercándose con gran secretismo, le hizo una señal: se echó la mano a la garganta con el gesto característico de los árabes cuando quieren decir: "Le cortaron la cabeza". Estaba encinta antes del matrimonio y el honor de la familia exigía acabar con ella. Entonces volvió a pensar en María, en las miradas despiadadas de la gente de Nazaret, en los guiños, comprendió la soledad de María, y esa misma noche la escogió como compañera de viaje y como maestra de su fe (C. Carretto, Beata te che hai creduto, Ed. Paoline 1986, pp. 9 ss.).
Dios no arrebata nunca de sus criaturas su consentimiento, escondiéndoles las consecuencias, lo que tendrán que afrontar. Lo vemos en todas las llamadas de Dios. Preanuncia a Jeremías: "Te harán la guerra" (l, 19) y dice a Ananías sobre Saulo: "Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre" (Hechos 9, 16). ¿Podría actuar de otra manera en el caso de María, con una misión como la suya? Con la luz del Espíritu Santo, que acompaña la llamada de Dios, ciertamente vislumbró que su camino tampoco sería diferente al del resto de los llamados. De hecho, Simeón muy pronto expresará este presentimiento, cuando le dirá que una espada atravesaría su alma.
Un escritor moderno, Erri De Luca, ha descrito de manera poética este presentimiento de María en el momento del nacimiento de Jesús. Está sola, en la gruta; José vela afuera (según la ley, ningún hombre puede asistir al parto). Acaba de dar a luz a su hijo, cuando curiosos pensamientos se amontonan en su mente: "Por qué, hijo mío, naces precisamente aquí, en Bet-Lehem, Casa del Pan? Y, ¿por qué tenemos que llamarte Ieshu?... Haz que este estremecimiento de la columna vertebral, este escalofrío del futuro quede lejos de él". La madre presagia que ese hijo le será arrebatado, entonces se dice a sí misma: "Hasta la primera luz Ieshu es sólo mío. Quiero cantar una canción con estas tres palabras y basta. Esta noche, aquí, en Bet Lehem es sólo mío". Y con estas palabras le acerca el pecho para amamantarlo (E. De Luca, In nome della madre, Feltrinelli, Milano 2006, pp. 66 ss.).
Maria es la única que creyó "de manera contemporánea", es decir, mientras sucedía el hecho, antes de toda confirmación y de toda convalidación por parte de los acontecimientos de la historia (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Jesús le dice a Tomás: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído" (Juan 20, 29): María es la primera de entre quienes creyeron sin haber visto todavía.
San Pablo dice que Dios ama a quien da con alegría (2 Corintios 9, 7) y María pronunció su "sí" a Dios con alegría. El verbo con el que María expresa su consentimiento, y que es traducido como "fiat", o con "hágase", en el original, se encuentra en optativo (génoito), un modo verbal que en griego se utiliza para expresar el deseo e incluso la gozosa impaciencia de que algo tenga lugar. Como si la Virgen dijera: "Yo también deseo, con todo mi ser, lo que Dios desea; que se cumpla pronto lo que él quiere". En verdad, como decía san Agustín, antes que en su cuerpo ella concibió a Cristo en su corazón.
Pero María no dijo "fiat", pues no hablaba latín, y ni "génoito", que es la palabra griega. ¿Qué dijo entonces? ¿Cuál es es la palabra que, en el idioma hablado por María, corresponde mejor a esta expresión? Cuando quería decir a Dios "sí, así sea", un judío decía "amén". Si es lícito tratar de remontarse, con una reflexión de fe, a la mismísima palabra, a la palabra exacta que salió de los labios de María, o al menos a la palabra que existía en la fuente judía usada por Lucas, ésta debe ser precisamente la palabra "amén". ¿Acaso los salmos en la Vulgata latina no terminaban con la expresión: "fiat, fiat? El texto griego de los Setenta, en ese caso, dice "génoito, génoito", y en el original hebreo conocido por María aparece "amén, amén".
Amén es una palabra hebrea, cuya raíz significa solidez, certeza; era utilizada en la liturgia como respuesta de fe a la Palabra de Dios. Con el "amén" se reconoce lo que se nos ha dicho como una palabra firme, estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, cuando es una respuesta a la Palabra de Dios, es ésta: "Así es y que así sea". Indica fe y obediencia al mismo tiempo; reconoce que lo que dice Dios es verdad y uno se somete. Es decir "sí" a Dios. En este sentido aparece en los labios mismos de Jesús. "Sí, amén, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito..." (cf Mateo 11, 26). Es más, Él es el Amén personificado: "Así habla el Amén..." (Apocalipsis 3, 14) y, a través de él cualquier otro "amén" de fe pronunciado en la tierra ya se eleva a Dios (cf 2 Corintios l, 20). También María, después del Hijo, es el amén a Dios hecho persona.
La fe de María es por tanto un acto de amor y de docilidad, libre, aunque suscitado por Dios, misterioso como misterioso es cada vez el encuentro entre la gracia y la libertad. Esta es la verdadera grandeza personal de María, su bienaventuranza, confirmada por el mismo Cristo: ""¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron!" (Lucas 11, 27), dice una mujer en el Evangelio. La mujer proclama que María es bienaventurada porque llevó a Jesús; Isabel la proclama beata porque creyó; la mujer proclama como una bienaventuranza llevar a Jesús en el seno, Jesús proclama bienaventurado a quien le lleva en el corazón: "Bienaventurados más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan", responde Jesús. De este modo, ayuda a aquella mujer y a todos nosotros a comprender dónde está la grandeza personal de su Madre. ¿Quién "custodiaba" las palabras de Dios mejor que María, de quien la Escritura dice en dos ocasiones que "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón"? (cf Lucas 2, 19.51).
No deberíamos terminar nuestra contemplación de la fe de María con la impresión de que María haya creído una vez y nada más en su vida; que sólo se dio un gran acto de fe en la vida de la Virgen. Cuántas veces, después de la Anunciación, María fue martirizada por el aparente contraste de su situación con todo lo que estaba escrito y se conocía sobre la voluntad de Dios, en el Antiguo Testamento, y sobre la misma figura del Mesías! El Concilio Vaticano II nos ofreció un gran regalo al afirmar que también María caminó en la fe, es más, que "avanzó" en la fe, es decir, creció y se perfeccionó en ella (Lumen gentium, 58).
3. ¡Creamos también nosotros!
Pasemos ahora de María al sacerdote. San Agustín escribió: "María creyó y en ella lo que creyó se cumplió. Creamos también nosotros para que lo que se cumplió en ella pueda aprovecharnos también a nosotros" (San Agustín, Discursos, 215,4, PL 38, 1074). ¡Creamos también nosotros! Que la contemplación de la fe de María nos lleve a renovar ante todo nuestro personal acto de fe y de abandono a Dios.
Todos deben y pueden imitar a María en su fe, pero de modo muy especial debe hacerlo el sacerdote. "Mi justo --dice Dios-- vivirá por la fe" (cf. Habacuc 2, 4; Romanos 1, 17): esto se aplica, en especial, al sacerdote. Él es el hombre de la fe. La fe es lo que determina, por así decir, su "peso específico" y la eficacia de su ministerio.
Lo que los fieles captan inmediatamente en un sacerdote, en un pastor, es si "se lo cree", si cree en lo que dice y en lo que celebra. Quien busca en el sacerdote ante todo a Dios, se da cuenta enseguida; quien no busca en él a Dios, puede ser fácilmente engañado e inducir a engaño al mismo sacerdote, haciendo que se sienta importante, brillante, al ritmo de la moda, cuando en realidad es "bronce que suena y címbalo que retiñe".
Incluso quien no cree se acerca al sacerdote con un espíritu de búsqueda, entiende enseguida la diferencia. Lo que le pondrá saludablemente en crisis, no son en general las más cultas discusiones sobre la fe, sino encontrarse ante uno que cree verdaderamente con todo su ser. La fe es contagiosa. Uno no se contagia sólo escuchando hablar de los virus o estudiándolos, sino entrando en contacto con él: así es la fe.
A veces se sufre e incluso se lamenta uno en oración con Dios, porque la gente abandona la Iglesia, no sale del pecado, porque hablamos, hablamos..., y no sucede nada. Un día los apóstoles intentaron expulsar el demonio de un pobre muchacho, pero sin conseguirlo. Después de que Jesús en persona expulsara al demonio del chico, se acercaron a Jesús retirándose aparte y le preguntaron: "¿Por qué nosotros no hemos podido echarle?" Y Jesús respondió: "Por vuestra poca fe" (Marcos 17, 19-20).
San Buenaventura relata cómo un día, mientras estaba en el monte de la Verna, le vino a la mente lo que dicen los santos Padres, es decir, que el alma devota, por la gracia del Espíritu Santo y la potencia del Altísimo, puede espiritualmente concebir por fe al bendito Verbo del Padre, darlo a luz, darle nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo. Escribió entonces un opúsculo titulado "Las cinco fiestas del Niño Jesús", para mostrar cómo el cristiano puede revivir en sí cada uno de estos cinco momentos de la vida de Jesús. Me limito a lo que san Buenaventura dice de las dos primeras fiestas, la concepción y el nacimiento, aplicándolo en particular al sacerdote.
El sacerdote concibe a Jesús cuando, descontento de la vida que lleva, estimulado por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, desapegándose resueltamente de sus viejas costumbres y afectos, queda como fecundado espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva.
Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón del sacerdote, cuando, tras haber hecho un sano discernimiento, pedido un consejo oportuno, invocado la ayuda de Dios, pone inmediatamente por obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde tiempo estaba madurando, pero que había siempre dejado por miedo de no ser capaz.
Este propósito de vida nueva debe, sin embargo, traducirse enseguida, sin dilaciones, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, en nuestra vida y en nuestras costumbres. Si el propósito no se realiza, Jesús es concebido, pero no dado a luz. Será uno de tantos abortos espirituales de los que por desgracia está lleno el mundo de las almas.
Hay dos brevísimas palabras que María pronunció en el momento de la Anunciación y que el sacerdote pronuncia en el momento de su ordenación: "¡Aquí estoy!" y "Amén", o "Sí". Recuerdo el momento cuando estaba ante el altar para la ordenación con una decena de compañeros míos. En un determinado momento se pronunció mi nombre, y yo respondí emocionadísimo: "¡Aquí estoy!"
A lo largo del rito, se nos dirigieron algunas preguntas: "¿Quieres ejercer el ministerio sacerdotal para toda la vida?", "¿Quieres realizar digna y fielmente el ministerio de la palabra en la predicación?", "¿Quieres celebrar con devoción y fidelidad los misterios de Cristo?". A cada pregunta respondíamos: "¡Sí, quiero!"
La renovación espiritual del sacerdocio católico, augurada por el Santo Padre, será proporcional al impulso con que cada uno de nosotros, sacerdotes u obispos de la Iglesia, seamos capaces de pronunciar de nuevo un gozoso "¡Aquí estoy!" y "¡Sí, quiero!", haciendo revivir la unción recibida en la ordenación. Jesús entró en el mundo diciendo: "He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hebreos 10, 7). Nosotros lo acogemos, en esta Navidad, con las mismas palabras: "He aquí que vengo, Señor Jesús, para hacer tu voluntad!".

lunes, 28 de diciembre de 2009

María del Sagrario Febrero: Poema a los sacerdotes


SACERDOTES

Sacerdote, sea quién sea,
yo le respeto y le ensalzo;
¿por sus méritos?... no crea
mas porque hace un milagro.

Milagro sublime, eterno
misterio de fe y de amor.
Los ojos de nuestro cuerpo,
no captan su resplandor.

¡Milagro!, digo ¡Milagro!
dónación de todo mi Dios.
Sacerdote, son sus manos
cuna del Divino Don.

Sus méritos o pecados
el Señor siempre los ve;
pero siempre bajo a sus manos
si consagra el pan con fe.

Hombre escogido del pueblo,
llamado del mismo Dios.
Soledad de amor y encuentro
entrega en completo don.

Vida corta o vida larga
de entrega y dedicación
teniendo en Dios la esperanza
sera colmada de amor.

Ya sea joven o anciano,
sacerdote es del Señor
ministro que nos reparte
el alimento y el perdón.

Otro Cristo en el milagro
que todo un Dios nos dejó
porque su boca y sus manos
hacen que nos venga Dios.

María del Sagrario Febrero
Toledo, 25 de diciembre de 2009

domingo, 27 de diciembre de 2009

P. Marco Antonio Foschiatti OP: "Homilía para el Domingo de la Sagrada Familia"

Homilía para el Domingo de la Sagrada Familia
27 de Diciembre de 2009
***

Lecturas:
1 libro de Samuel 1, 20-22.24-28.
Salmo 83: “¡Señor, felices los que habitan en tu Casa!
1 Carta de San Juan 3, 1-2. 21-24.
Evangelio según San Lucas 2, 41-52.


“De una Familia divina
pasó a una Familia humana…”

Queridos Hermanas y Hermanos: ¡¡Dios ha nacido!! ¡¡Dios está aquí!! ¿Quién no recuerda con feliz nostalgia las Navidades de su infancia? ¡Qué triste si en nosotros no se conserva la esencialidad de la infancia, de la niñez! Por mi parte, recuerdo cuanto gozaba en preparar el Nacimiento tanto en casa como en la Iglesia. Eran nacimientos muy particulares, toda la creación, toda criatura estaba invitada a participar del Nacimiento del Salvador. No sólo aparecían los pastores con sus ovejas y corderitos, sino también jirafas, elefantes, osos…y otros personajes más. Casitas en las montañas, aldeanos, cascadas, pinos, toda clase de animalitos, castillos y fuertes…todos estaban invitados a visitar al Niño, a ponerse en camino hacia el Niño. Cada día avanzaban un poquito, hasta que llegado el día, se encontraban rodeando el pesebre, contemplando con sus propios ojos al Salvador y ofreciéndole sus dones[1]. Tiempo después encontré el significado de este juego de niños, el profeta Isaías nos dice que “toda carne contemplará la Salvación de Dios[2]”. Toda criatura sale al encuentro, se pone en camino hacia Cristo que nace[3].
La Navidad es el culmen del camino de toda la creación que espera ansiosamente a su Creador, a la Palabra que llamó a todos los seres a la vida, a la Palabra que pronunció todos los seres y que ahora se brindaba como criatura, como un tierno e indefenso niño en una pesebrera.
En ese camino hacia el pesebre, recuerdo con cuánto amor preparábamos un largo camino con arena y piedritas, para que desde el ocho de diciembre hasta el veinticuatro pudieran ir avanzando día a día María y José. María y José caminaban juntos, sosteniéndose mutuamente. El, con su fuerza, su sentido práctico, su sabia conducción y Ella con su ternura, con su mirada pura y serena…siendo el Sagrario del Santo, daba aliento y confianza a su querido esposo virginal en las sombrías nubes que los envolvían. Un viaje largo, en la dureza del invierno…pero cuánto más hondo cala en sus corazones y en el corazoncito del Niño Jesús la frialdad de los suyos que no lo recibieron, que no tuvieron lugar, que los dejaron golpear sin respuesta en las puertas de sus corazones. ¡¡Cuánto frío en Belén, cuánta frialdad en los corazones!! Para el Niño no hay lugar…para Dios ya no hay lugar. Para una familia que está por nacer en ese precioso y necesitado Niño ya no hay lugar…
María y José caminan y caminan…encuentran la calidez de “dos alientos amigos[4]” los animales del pesebre y allí preparan la cuna al Rey de reyes, al Príncipe de Paz. María y José caminan y caminan…son dos jóvenes esposos, unidos en su entrega de amor total al Señor, servidores del designio de salvación, que tal vez no comprenden acabadamente. Sin embargo son dos jóvenes esposos unidos por un amor virginal, por una alianza que es la entrega de sus vidas a ese hijito que María concibió de la Sombra del Paráclito. Caminan los jóvenes esposos y al llegar la hora del alumbramiento virginal de María, en aquella noche más clara que la luz, los esposos nacen como Familia. El niñito recostado en el pesebre los hace Familia. Jesús es el vínculo de amor entre María y José. Ella le entregó todo su corazón y carne virginal para que el Hijo se manifestara como el Emmanuel; José le ofrecerá su corazón virginal para proteger y cuidar el Arca Santa, María, y para ser la sombra luminosa de Dios Padre. Será aquel que introduzca a Jesús en el linaje de los reyes y profetas, nutrirá al que alimenta a los pájaros del cielo y vestirá a Aquel que hermosea los lirios del campo. José y María vinculados en Jesús. Familia humana que nace en el pesebre de Belén y que es la imagen más perfecta de la Familia Divina: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Jesús recostado en el seno de María y en los brazos de José soñaría con el seno del Padre y con el Beso de Amor que es el Espíritu Santo.
Cuando nace el Niño, cuando nace Jesús, nace la Sagrada Familia de Jesús, José y María. Por tanto podemos decir que el nacimiento de Jesús hace nacer la Familia.
Jesús quiso comenzar la redención de todos los hombres en esa silenciosa y amorosa consagración de los vínculos de la Familia, la primera célula en donde nace, se nutre y se forma la vida. Primer hogar, calidez del fuego, en dónde nos vivimos amados y podemos abrirnos para dar amor. Todo ello lo quiso vivir el Hijo de Dios. Jesús quiso verse necesitado del amor humano, sediento del amor humano, para de esta manera consagrarlo y convertirlo en instrumento de su Redención:
“La nueva Alianza no comienza en el templo ni en el monte santo, sino en el aposento de la Virgen, en la casa del Obrero, en un olvidado lugar de la Galilea pagana del que nadie esperaba cosa buena. Sólo allí puede comenzar una y otra vez la Iglesia, sólo allí puede restablecerse. No podrá dar la respuesta debida a la rebelión de nuestro siglo contra el poder de la riqueza si ella no permanece en Nazareth como realidad vivida”[5]
Somos redimidos en ese Amor humano del Hijo de Dios, Amor humano entregado hasta el extremo, y que Jesús aprendió en la Trinidad de su Familia en Nazareth. Jesús quiso experimentar el amor de José y María para, de esa manera, aprender a amarnos agradecidamente, a nosotros y al Padre del cielo, con un Corazón humano[6]. Ésa es la Redención, ésa es la máxima Gloria de Dios.
Miremos con hondura de fe y amor el pesebre, miremos ésa familia tan pobre, tan necesitada, tan sola en esa noche fría…miremos y descubriremos a la Familia Divina: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que están ya amaneciendo en nuestros corazones gracias a que el Hijo, la Palabra se ha hecho Niño. “Quién toca la humildad del pesebre, la pobreza del Hijo hecho niño, está tocando el cielo.” (Benedicto XVI) Toquemos el Santo pesebre y tocaremos el cielo… El Cielo, Dios Amor, se nos está abriendo y donando en ese hijito recostado en las duras pajas. ¡¡Cuánto les debemos María y José, porque gracias al Niño, gracias a la Sagrada Familia, que nace en el pesebre, podemos descubrir a la Familia Divina, al Dios Amor[7]!! Como dice tan hermosamente un bello poema:

“ De una Familia divina
Pasó a una familia humana,
Eterno Amar allá arriba;
Acá abajo amor sin mancha.
Arriba, el Fuego inefable;
Acá el calor de una casa.
Allá en el seno infinito,
La canción nunca acabada;
Acá, la canción de cuna
Y la canción de una lanza.”
“El camino sigue y sigue…”
(J. R. R. Tolkien)

Decíamos que en la gruta de Belén los jóvenes esposos María y José nacían como Familia gracias al Divino Niño que los aunaba con su amor y que necesitaba de su amor de padres. En la gruta culmina un camino… Con cuánto anhelo María espera contemplar el Rostro de su Hijito, poder estrecharlo en sus manos, besarlo con entrañas de madre y con adoración de humilde esclava. En la gruta culmina el camino de espera de José, las sombras de su cruda noche oscura, crisol de su amante fidelidad, se disipan al paso de la alegría…ése Niño era el Sol de sus ojos, su riqueza, su Todo.
Sin embargo comienza un largo camino, un penoso itinerario de renuncias por ése Hijito, una via regia de sacrificios y de entrega de la propia vida por ése Hijito. Contratiempos, exilio, dejar la tierra, comenzar siempre de nuevo, oscuridades, noches de la fe…A José sólo se le pedirá el oído atento, su prontitud del amor, su servicio escondido, su silencio adorante, su vivir de cara al Amor[8]. ¡Cuán atento tendrá que tener día a día su oído interior al Querer del Señor!
La Familia de Jesús fue una familia perseguida, exiliada, pobre, paciente, amante, peregrinante…La ofrenda de esa familia son los pichones de los pobres, ellos se identifican con los Pobres del Señor, por ello son Bienaventurados. Por esto son Ricos, porque son testigos y servidores del Misterio de la Pobreza del Hijo de Dios que nos hace ricos. ¡No hay angustia, ni indigencia, ni pena ni soledad sufridos por tantas familias que la Familia de Jesús, de alguna manera, no haya compartido y santificado! ¡Cuán cercanos a la Familia de Jesús pueden sentirse todos los pobres y atribulados de este mundo! Cuando Jesús llama a todos los agobiados, enfermos y apesadumbrados por el peso de la vida al remanso de paz y fuerza de su Sagrado Corazón…está conociendo desde dentro toda esa realidad que oprime, inquieta y desasosiega. Ha conocido desde dentro el peso del trabajo, el sudor que redime, el pan que no alcanza, la lluvia que se hace escasa y tardía, la enfermedad y la muerte de su querido José, la viudez y soledad de su bendita Madre. Es el Varón de dolores que ha querido compartir los exilios de tantas familias, las pérdidas de tantos hijos, las preguntas sin respuesta de tantos padres: “¿Hijo mío porqué nos has hecho esto?”[9] Y las preguntas de tantos hijos ante sus padres: “Padre mío…¿por qué me has abandonado?[10]”.
La Familia de Jesús es una familia en continuo camino, nace a la vera de un camino, en una gruta, en un pesebre…Debe huir por caminos oscuros para salvar y cuidar al Salvador. Debe volver a una provincia insignificante, la Galilea de los paganos. Cada año emprender el camino gozoso de la Pascua, llevando y enseñando a caminar, a sacrificar el corazón al Corderito de la Nueva Alianza, a Aquel que es la Pascua de nuestra Redención.
El camino del Hijo de esa Familia comienza en las duras tablitas de un pesebre y acabará en muerte de cruz en medio del rechazo y el desprecio, como un gusano no un hombre[11].
El camino de la Madre de esa Familia comienza en su “Hágase” sincero y amante, en completa disponibilidad, en completo vaciamiento de sí misma para hacer suya la Misión del Hijo. El camino de la Madre pasará por gozos y espadas que herirán su Corazón hasta llegar a su Maternidad de Gracia, cuando en su Sí doloroso al pié de la Cruz se convierta en la Nueva Eva, en la Madre de los discípulos de Jesús, en el Corazón de la Nueva Familia, la Iglesia Santa. Camino de fe obediente y entregada, de amor que busca y espera.
El camino de José, el Padre nutricio, la sombra de Dios Padre, comenzará también en su obediencia, en su vivir de cara al Misterio, en su humildad de instrumento fiel para que se cumplan los designios del Salvador. Camino que culminará en contemplar la sujeción del Hijo de Dios a su autoridad paterna, en ser testigo de la obediencia del Hijo por medio de la cual somos justificados. En la escuela del taller de Nazareth, Jesús comienza el camino de su obediencia que plenificará no en las maderas de un taller sino en el Madero de la Vida, en su Cruz.
Sin embargo todos los caminos concluyen y desembocan en el Dios Amor. La Familia humana de Jesús reflejará en sus caminos el Amor entregado del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Hijo, el Niño, irá configurando día a día con su silencio, con su mirada, con su balbuceo, con su obediencia, con su oración y trabajo fiel y paciente el corazón de María y de José a semejanza del Corazón del Padre Misericordioso en el fuego del Paráclito…en el lazo del Amor.
Y éste es nuestro humilde pedido, junto al pesebre, en esta Santa Navidad: “¡¡Oh Jesús de Nazareth, hijo de Familia humana, por tu Familia divina, santifica nuestras casas!!” ¡Qué todos nuestros caminos puedan llegar a Belén, para que la Virgen nos muestre a su Hijo Jesús! Muy Feliz Nacimiento del Redentor para todos.
P. Marco Antonio Foschiatti OP
Convento San Martín de Porres (Noviciado OP).
Mar del Plata (Buenos Aires)
Argentina.


***


[1] La liturgia oriental tiene una antífona muy bella para expresar los dones de toda criatura ante el Salvador que llega, dice así: “¿Qué vamos a ofrecerte, oh Cristo, pues por nosotros Tú naces en la tierra como Hombre? Cada una de las criaturas que son tu obra te trae efectivamente su testimonio de gratitud: los ángeles su canto, los cielos su estrella, los magos sus dones, los pastores su admiración, la tierra la cueva, el desierto el pesebre; pero nosotros te ofrecemos una Madre Virgen”.
[2] Is. 40, 5 “ Se revelará la Gloria del Señor y toda criatura a una la verá”.
[3] Los Maitines de la Navidad de la liturgia oriental comienzan con el bellísimo canon de San Gregorio Nacianceno que invita a toda criatura a salir al encuentro de Cristo que nace: “¡Cristo nace, glorificadle! ¡Cristo viene a nosotros, salid a su encuentro! ¡Cristo está en la tierra, elevaos al cielo!”.
[4] Hermosa expresión de nuestro villancico “A la huella, la huella, José y María” que hace referencia al buey y la mula, que con sus “alientos amigos”, dieron calor al recién nacido.
[5] Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca, 1979, pp. 73-74.
[6] “Eucaristía significa acción de gracias; es admirable que Jesús dé gracias brindándose y regalándose sin fin a Dios y a los hombres. ¿A quién da gracias? Con toda certeza a Dios Padre, prototipo y origen de todo regalo…Pero también da gracias a los pobres pecadores que quieren recibirle, que le acogen bajo su indigno techo. ¿Da gracias a alguien más? Creo que sí: da gracias a la pobre doncella de la que ha recibido esa carne y esa sangre, cuando el Espíritu la envolvió en su sombra… ¿Qué aprende Jesús de su madre? Aprende el sí. No un sí cualquiera, sino un sí que se pronuncia una y otra vez, sin cansancio. Todo lo que quieras, Dios mío…aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tu palabra…Esa es la plegaria católica aprendida por Jesús de su madre humana, de la cathólica mater, que le precedió en el mundo y a la que Dios concedió pronunciar esta palabra de la nueva y eterna alianza…” H. Urs von Balthasar, citado por Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, p 70.
[7] “Ser niño es decir padre, lo hemos constatado ya. Ahora hay que añadir: ser niño es decir también madre. Si se quita eso, se quita la niñez humana de Jesús precisamente y se nos deja apenas la Filiación del Logos, que, sin embargo, debe manifestarse precisamente a través de la niñez humana de Jesús.” Joseph Ratzinger, El Dios de Jesucristo, p. 70.
[8] “Pienso que a José, el Esposo de María, Jesús le sonrío con frecuencia sobre sus rodillas. Todos lo tuvieron delante de sí y nadie detrás. Por esto lo tengo a Jesús siempre en mi boca, lo llevo en mi corazón, lo llevo siempre ante mis ojos. De su Humildad paciente se sacia mi alma” (San Bernardo, Sermón sobre San José).
[9] Lc 2, 48.
[10] Lc 23, 46 y Mt 27, 46.
[11] “Yo soy un gusano, no un hombre,
Vergüenza de la gente, desprecio del pueblo” (Sal. 21)

sábado, 26 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD!


LA FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA DESEA A TODOS LOS SACERDOTES DEL MUNDO Y A TODOS LOS COLABORADORES Y SEGUIDORES DEL "BLOG AÑO SACERDOTAL" UNA FELIZ Y SANTA NAVIDAD.
QUE EL NIÑO DIOS NAZCA EN CADA UNO DE NOSOTROS.

P. Denis Ochoa Vidal: "Te diré mi amor, Rey mío."


TE DIRÉ MI AMOR, REY MÍO
Reflexión de Navidad para mis Hermanos Sacerdotes
P. Denis Ochoa Vidal


Ha llegado la Navidad. Después de la experiencia del tiempo de Adviento, cada uno de nosotros sacerdotes se dispone a celebrar este Misterio que encierra el acontecimiento del Verbo Divino que ha asumido nuestra condición humana y ha nacido Niño en el pesebre de Belén.
La Navidad es para cada uno de nosotros Presbíteros, la oportunidad de un renacimiento; en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios el sacerdote renueva su ordenación sacerdotal, ya que fue precisamente en el seno de la Santísima Virgen María, en donde Cristo fue constituido Sumo y Eterno Sacerdote, Mediador único entre Dios y los hombres.
La celebración de la Misa de Navidad, cuando el sacerdote toma entre sus manos la sagrada imagen del Niño Dios para colocarlo en el Nacimiento, nos permite recordar que nuestro ministerio consiste en “colocar” a Jesús en el corazón de la humanidad, en donde multitudes de familias, de niños y jóvenes esperan la salvación de Dios.
La Santísima Virgen María es la que puede enseñarnos las actitudes más sublimes para llevar en nuestra persona la presencia de Jesús, cada vez que lo proclamamos en su Palabra y cuando lo hacemos presente en el misterio eucarístico. Si nuestro ministerio lo actuamos “in persona Christi”, esto significa que cada uno de nosotros es una prolongación del misterio de la Encarnación, lo hacemos presente en el mundo, nuestra razón de ser como sacerdotes es ser Cristo salvando continuamente a la humanidad, por eso, con toda razón se dice que el sacerdote ya no se pertenece.
Celebrar la Navidad exige de cada uno de nosotros presbíteros una actitud de conversión. Lejos de nosotros ser meros funcionarios en el ejercicio de nuestro ministerio, ha de quedar en nosotros una huella profunda, una impresión anímica, psicológica y espiritual que nos permita nacer de nuevo con Jesús. Esta solemnidad ha de ser para cada sacerdote un “parte aguas” que suscite en todos y en cada uno, el deseo y el propósito firme de entrar en el proceso de formación permanente, del cual cada uno de nosotros es el primer responsable.
A nadie le es lícito minimizar el sacerdocio de Jesucristo que lleva en su persona; de ninguna manera podemos caer en la rutina o vivir en situaciones esclavizantes, eso sería vivir en la mediocridad y una grave falta de responsabilidad humana y cristiana, ante Dios y ante su pueblo.
Como Presbíteros estamos llamados a vivir y celebrar con esperanza la Navidad, en ella el Padre nos vuelve a decir que nos ama incondicionalmente, que cuenta con nosotros para seguir salvando a la humanidad.

P. Marco Antonio Foschiatti, O.P.: “Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado…”



Meditación junto al niño Jesús


“La Estrella se detiene, venid, venid a Belén, la Alegría solloza en pañales, venid, venid a Belén…Vosotros los abatidos, venid, venid a Belén, es dulce el yugo del Niño, venid, venid a Belén…Vosotros los afligidos, venid, venid a Belén, la Vida sonríe naciendo, venid, venid a Belén…” (inspirado en un villancico noruego)

En esta noche santa somos llamados al portal, somos evangelizados como los pastores “evangelizo vobis gaudium magnum”, la Única Buena Nueva: Jesús. Nos ponemos en camino, nos unimos a la innumerable procesión de pobres, de enfermos, de almas amantes y enamoradas, de santos y santas, de pequeños, niños y grandes, que a través de los siglos han escuchado el dulce “Venite Adoremos…” del Adeste fideles; o que reviven el silencio expectante de toda la tierra en la venida del Redentor, “dum médium silentium…” cantando, casi susurrando, el Noche de paz, ante un mundo que no conoce ni de adoración, ni de silencio amante y por tanto de paz, la Paz de Cristo, la única Paz.
Si, venid…venid a Belén, nuestra Vida llora en tiernos pañales…nuestro Dios, el Pan de los ángeles, el Verbo de Vida, se hace Pan de los hombres…ahora yo puedo con mis ojos ver a mi Redentor, ahora como los ángeles, yo puedo saciarme con su Rostro de hermosura y belleza, porque el Pan de los Angeles, haciéndose carne se me hace mi Pan, el mío…el Pan de los pobres, el Pan de los siervos, el Pan de los humildes…¡¡¡O Res mirabilis!!! El Verbo se hace Niño en la Casa del Pan, se hace pequeño grano de trigo, que ya comienza, en el frío de la indiferencia de esta tierra ingrata, en el frío de la noche glacial de los corazones, a caer en tierra y morir por mi amor. Todo esto por mí… ¡Sí, hambrientos y sedientos todos, aquellos que no tenéis dinero, venid a la fiesta de Dios, al derroche de Dios, venid a comer el Pan de Belén…!

Las aguas torrenciales de nuestras miserias no bastan para apagar su amor por mí. El se hace en la Encarnación mi compañero de Camino. “Manens apud Patrem Veritas et Vita induens se carnem factus est Via” (San Agustín) Permaneciendo junto al Padre es la Verdad y la Vida, naciendo en Belén como Niño se me hace Camino. En su Rostro descubro que Dios es Amor. El Calvario no hará sino consumar esa Revelación del Dios Amor, del Dios misericordia. Los brazos de este Niño ya me están anunciando sus brazos redentores colgados en el patíbulo infame transformado por su Sangre en el Nuevo Árbol de la Vida. Sí, en los bracitos de este Niño ya crece una cruz…se hizo hombre para morir por mi amor en la Cruz, para ser mi Verdad, mi dicha, mi Todo…

Navidad, revelación de que Dios es Amor. Navidad, comunicación del Amor de Dios en su Hijo hecho hijo del hombre…Navidad, Evangelio del Amor, Revelación que Dios sólo tiene eso: Amor. Y ese Amor es su Hijo, su Alegría, su Dicha, su Palabra, Palabra que espira Amor (como en algún lugar de su magna obra dice el Angélico Tomás). Dios se complace en su Hijo que vive jugando en su presencia, complaciendo su Corazón de Padre. Es el Verbo niño que reposa eternamente en su Seno. En el pesebre, desde las manos virginales de María: todo ese Amor, contenido en un Niño, se me entrega como regalo, el tesoro, el precio de mi salvación. ¡Oh Padre tú me das todo, me das a tu Hijo en la Navidad, mira como yo te lo entrego en la Cruz! Recíbelo, por mí y por todo este pobre mundo que no lo conoce ni le recibe. ¡Cómo podemos despreciar al Dios que nos ofrece su Amor!

El Padre, en Belén me da a su Hijo, tanto amó Dios al mundo…todo Jesús me pertenece. Puedo decir con María Virgen y Esposa, con la Iglesia Virgen y Esposa, con toda “anima eclesiástica”, con toda alma Iglesia: ¡ Mi Amado es para mí y yo para mi Amado! Un Niño ha nacido para nosotros…todo lo de Jesús me pertenece: su vivir como Hijo, sus lágrimas, su mirar, su sonrisa, sus alegrías, su pobreza, sus dolores, su muerte redentora, sus caminos, sus palabras de vida, todo su Amor Divino-humano, su ternura, su Humildad, su Madre, su Corazón…¡Su Padre…! “Todo lo tuyo es mío, todo lo mío es tuyo.” Jesús, desde la noche santa, es Todo para nosotros. “Todo lo tenemos en Cristo. Si quieres curar tus heridas, El es el Médico. Si estás ardiendo de fiebre, El es el manantial. Si estás oprimido por la iniquidad, El es Justicia. Si tienes necesidad de ayuda, El es vigor. Si deseas el cielo, El es Camino. Si buscas refugio en las tinieblas, Es la Luz. Si buscas Manjar, El es el Alimento.” (San Ambrosio de Milán)

Dios se hace Niño, misterio que debería extasiarnos, enloquecernos de amor, como lo vivían los santos, como lo vivía San Francisco de Asís. Dicen sus biógrafos que en Navidad San Francisco se volvía loco de alegría, pleno de contento, llegándose hasta a abrazar a los árboles…cantando y musitando el nombre de Jesús y como embebiendo su boca de la dulzura de miel de este Nombre Santísimo. Francisco gustaba el “dulcis Iesu memoria, dans vera cordis Gaudia, sed super mel et omnia, ejus dulcis presentia.” “Oh Jesús de dulcísima memoria que das el verdadero gozo, más dulce que toda miel es tu divina Presencia.” Francisco vive el conocimiento interno del Dios que por amor se hace hombre, se ha hecho llanto, se ha hecho ternura, se ha hecho fragilidad, se ha hecho necesidad humana, se ha hecho corazón de niño. Ese pequeño corazón en Belén ya palpita como el Corazón del mundo. Francisco no está solamente delante del Belén, del pobre pesebre, delante de María y de José, como nosotros pobrecitos que todavía no sabemos sumergirnos en la oración como el pez en el agua, en el mar pacífico de la Trinidad Santa. El Seráfico Francisco se introduce “dentro” de Belén, se sumerge en el hondón del Evangelio que es ese divino Niño. En primer lugar ayudándose con la aplicación de los sentidos interiores: ver el pesebre, sentir el silencio de la noche de paz, olfatear el olor de los animales, ver la pobreza, la incomodidad, los apuros y desvelos de María y de José…hacerme todo ojos a la visión de la Gloria de Dios en esa pobreza, en ese pesebre. Luego ayudarme de los sentidos interiores: ver el interior del Corazón Inmaculado de María en la expectación de su parto virginal, en el anhelo de contemplar, por vez primera, el rostro y la voz de su Hijito, de su Jesús:

“¿Qué es lo que miras María, con ojos tan abiertos y atentos? Cerrados al mundo exterior los abres al hondón infinito de tus entrañas. Y allí los posas, serenos, sobre el fruto bendito que vas madurando. Tus ojos, sin verlo todavía, lo cuidan y lo cobijan. Tu mano, sin tocarlo aún, lo acaricia con ternura. Lo amas sin haberlo visto, María, con fe viva lo sabes dentro de ti, presente y con esperanza firme aguardas su sonrisa.
Tus labios, sin hablar, sin que se escuche tu voz, repiten suavemente su Nombre: IESHUAH, JESUS. Y como una brisa ligera, como un suave aliento, en tu dulzura lo concibes en fe y amor, antes de que el Espíritu fecunde tu virginidad. Virgen Orante, Virgen de la Dulce espera, dame gozar como tú de Aquel que me vive por dentro, y que crece en mi interior hasta el parto de mi partida. Dame inclinarme sobre su Corazón en la Escritura, en el Sagrario, en mis hermanos para que resuene en mí su música callada y quede el Rostro de tu Hijito en mis entrañas dibujado…y así en mi oscura carne el Verbo Divino su tienda quiera plantar y en mi pobre vida la Suya pueda Morar…”
(Un contemplativo)

Gustar y saborear, como San Francisco, la misericordia infinita que es ese Niño; gustar la bondad misericordiosa del corazoncito de ese Niño que será derramada como torrente de Vida y de Luz en la Cruz Redentora. El Río de Misericordia ya comienza, como un silencioso manantial, a brotar en la pobre gruta de Belén. Ese río anegará el Cosmos: ¡en qué fuentes será renovado y recreado el Cosmos!

¿Por qué en esta noche Santa, la Noche más clara que el día, no voy a derrocharme tiempo largamente para mirarle? Mirarle, tan sólo mirarle. Mirar al Niño como Su Padre le mira, complaciéndose, recreándose, solazándose en su Verbo de Vida:

“En aquel amor inmenso
Que de los dos procedía,
Palabras de gran regalo
El Padre al Hijo decía,
De tan profundo deleite,
Que nadie las entendía;
Sólo el Hijo lo gozaba,
Que es a quién pertenecía…
En ti sólo me he agradado,
Eres lumbre de mi lumbre,
Eres mi Sabiduría,
Figura de mi sustancia,
En quien bien me complacía.
Al que a ti te amare, Hijo,
A mí mismo le daría,
Y el amor que yo en ti tengo
Ese mismo en él pondría,
En razón de haber amado
A quién yo tanto quería.”
( San Juan de la Cruz)

¡Sí, tan sólo mirarle! Una simple mirada, una mirada amante, decirle con María, decirle con José, decirle con los Pastores, con los niños, con los pecadores arrepentidos de todos los tiempos, decirle unidos a todos los locos de Dios, los santos, decirle con San Bernardo, con San Francisco, con San Antonio de Padua, con Enrique Susón, con Santa Rosa de Lima, con San Cayetano, con San Estanislao de Kotska, con Santa Teresa del Niño Jesús, con Antonio Chevrier , con todos los santos enamorados del Niño Jesús y de su felíz infancia que restauró a la humanidad caída. Digamos a este Niño, casi susurrando, como una dulce nana: “Te diré mi Amor, Rey mío, con una mirada suave, te lo diré contemplando tu cuerpo que en pajas yace, Te lo diré con mis besos, quizá con gotas de sangre…Te diré mi Amor, Rey mío, adorándote en la carne, te lo diré con los labios de tu Esposa, con la fe de tus mártires…Te diré mi Amor, Rey mío, oh Dios del amor más grande, bendito en la Trinidad que has venido a nuestro pobre valle.”

Tan sólo mirarle, tan sólo sumergirnos en ese Misterio de ternura que puede convertirnos en un instante de gracia…Tan sólo mirarle para ser iluminados por la Luz del Verbo hecho carne…Tan sólo mirarle para unirnos a El definitivamente, sin más rodeos con su amor. Tan sólo mirarle para que el Sol que por las entrañas de misericordia de nuestro Dios nos visita revestido de mi carne; el Sol que se ha escondido en la ceniza para que no tenga miedo de acercarme a su resplandor, pueda curar mi ceguera. Aprendiendo a ver a Dios hecho niño, hecho pobre, hecho aflicción, hecho necesidad mis ojos pueden purificarse de tantos egoísmos, de tantas cegueras, de tantas impurezas, de tantas cerrazones al Amor.

Tan sólo mirarle…para que mis ojos transfigurados por la ternura del Niño, fascinados y encandilados por su Luz sólo puedan ver a Jesús en los demás…sólo puedan ver en el prójimo al Dios que se me hizo prójimo; al Dios que se me hizo Hermano en la Navidad.
“Piensa que tú, que aún no ves a Dios, merecerás contemplarlo si amas al prójimo, pues amando al prójimo purificas tu mirada para que tus ojos puedan contemplar a Dios: así lo atestigua expresamente San Juan: Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” ( San Agustín)

Dios en Navidad se me hace prójimo, mi próximo…pero prójimo hambriento y sediento de mi concreto y operante amor. Desde esa Noche Santa todo rostro humano –aún el más herido, aún el más esclavizado, aún el más carente de los cánones de la mundana hermosura, aún el deformado por la lepra del pecado- está llamado a reflejar el Rostro del Verbo que se hizo Hombre, que se hizo Rostro, se hizo Hermano y Buen Samaritano de todos los caídos y enfermos –quién en alguna manera no lo está-.

De esta manera la mirada al Rostro del Niño, la simple mirada amante vuelve a hacerse murmullo, coloquio, diálogo, canción de amor, pedido de amor para amar con El, para que El puede amar en mi y a través de mi pobre amor: “Jesús Hermosura de todas las hermosuras, flor de los campos y lirio de los valles, imprime tu Rostro en mi corazón…que nada pueda desviar mi amor de la contemplación de tu Rostro, de poder enjugar tu Rostro en todos los “Jesús” que encuentre en mi caminar. Cada gesto de amor cristiano, de misericordia puede devolver la hermosura de tu Rostro a un hermano. ¿a quién devolveré esa hermosura en esta Navidad? ¿A quién ofreceré ese Hermosura?
Ha venido a buscarme el Buen pastor, haciéndose tierno Cordero, no hay abismo que se le resista. ¿Queremos saber quién es Dios, cómo es Dios…? ¿Queremos atisbar algo de su amor loco? ¿Queremos “calcular” la medida de su amor? Miremos el Rostro del Niño. Míralo y déjate mirar. El mismo nos dice: “Quién me ve, ve al Padre.” Dios se ha hecho Niño para que no tengamos miedo de acercarnos a El. En Navidad se cumple en plenitud lo que el Señor ya había anticipado por boca del profeta Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla…”
El Hijo, el Niñito nos está mostrando el Corazón del Padre misericordioso. El se inclina sobre nosotros, inclina su mejilla misericordiosa, se abaja en su Hijo amado para recrearnos con su Perdón y para alimentarnos de su Vida.

Terminemos esta meditación orando juntos para que el Niño pueda nacer en esta Navidad en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestro mundo. Que María, nuestra dulce Madre, la Virgen de la Espera, nos regale al Niño, nos dé a su Hijito hoy y siempre. Veni Domine Iesu…



Oración ante el Misterio de la Encarnación:

“Mirar y considerar lo que hacen María y José, caminar y trabajar, para que el Señor nazca en suma pobreza, y al final de los trabajos, de hambre y sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (San Ignacio E.E. 116)

Así te necesitaba, oh Dios mi corazón: hecho hombre, para poder mirarte con mis propios ojos y poder amarte con un amor más humano. Y tu Bondad todopoderosa hace el milagro: Tu, el infinito, te reduces a la pequeñez de un Niño, y me miras y me sonríes y me amas. Tú, el Verbo eterno de Dios, eres ahora “recién nacido”. Tú, la Belleza infinita e invisible, brillas ahora ante mis ojos. Tú, el Omnipotente invisible, ahora “estás ahí”, frente a mí, visible, palpable, asequible, estás ahí y puedo mirarte, y hablarte con palabras humanas y oír el sonido de tu Voz. Naces para ser, con tu ejemplo, mi seguro Maestro. Naces para ser con tu muerte, mi amado Redentor Quiero vivir siempre, oh Jesús la alegría de tu Natividad, la alegría de saber de que naces por mí, y que vienes a buscarme para llevarme contigo.
¡Oh Jesús, Niño Dios, Tú el pequeño Infinito, cubre mi pequeñéz con tu grandeza y llena con tu Amor el inmenso vacío de mi alma. María, Virgen de Belén, Madre de la dulce Espera que tus manos virginales depositen al Niño en el pesebre de nuestro pobre corazón…lo queremos recibir hoy y siempre de tus manos y de tu “hágase” de humilde esclava, Sierva del Amor. Amén
¡Muy feliz Nacimiento del Redentor para todos!!!

martes, 22 de diciembre de 2009

P. Rainiero Cantalamessa, predicador del Papa: "Ministros de la nueva alianza del Espíritu"


Ministros de la nueva alianza del Espíritu
1. El servicio del Espíritu
La otra vez comentamos la definición que Pablo da de los sacerdotes como "servidores de Cristo". En la segunda carta a los Corintios encontramos una afirmación aparentemente distinta. Escribe: " Él nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida. Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de que no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!" (2 Corintios 3, 6-8). Pablo se define a sí mismo y a sus colaboradores "ministros del Espíritu" y el ministerio apostólico un "servicio del Espíritu". La confrontación con Moisés y el culto de la antigua alianza, no deja en duda de que en este pasaje, como en muchos otros de la misma Carta, él habla del papel de los guías de la comunidad cristiana, es decir, de los apóstoles y de sus colaboradores. Quien conoce la relación que para Pablo existe entre Cristo y el Espíritu sabe que no hay contradicción entre ser servidores de Cristo y el ser ministros del Espíritu, sino continuidad perfecta. El Espíritu del que se habla aquí es de hecho el Espíritu de Cristo. Jesús mismo explica el papel del Paráclito respecto a él mismo, cuando dice a los apóstoles: él tomará de lo mío y os lo anunciará, él os hará recodar lo que os he dicho, él dará testimonio de mí...
La definición completa del ministerio apostólico y sacerdotal es: servidores de Cristo en el Espíritu Santo. El Espíritu indica la cualidad o la naturaleza de nuestro servicio que es un servicio "espiritual" en el sentido fuerte del término; es decir, no solo en el sentido de que tiene por objeto el espíritu del hombre, su alma, sino también en el sentido de que tiene por sujeto, o por "agente principal", como decía Pablo VI, al Espíritu Santo.
San Ireneo dice que el Espíritu Santo es "nuestra misma comunión con Cristo" (San Ireneo, Adv. Haer. III, 24, 1.).Poco antes, en la misma segunda Carta a los Corintios, el Apóstol había ilustrado la acción del Espíritu Santo en los ministros de la nueva alianza con el símbolo de la unción: "Y es que es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió,y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Corintios 1, 21 s.). San Atanasio comenta así este texto: "El Espíritu está llamado y es unción y sello... la unción es el soplo del Hijo, de modo que el que posee el Espíritu pueda decir: ‘Nosotros somos el perfume de Cristo'. El sello representa a Cristo, de modo que quien está marcado con el sello pueda tener la forma de Cristo" (San Atanasio, Epístolas a Serapión, III, 3 (PG 26, 628 s.). En cuanto unción, el Espíritu Santo nos transmite el perfume de Cristo; en cuanto sello, su forma, o imagen. Ninguna dicotomía hay por tanto entre el servicio de Cristo y servicio del Espíritu, sino unidad profunda. Todos los cristianos son "ungidos"; su mismo nombre no significa otra cosa que esto: "ungidos", a semejanza de Cristo, que es el Ungido por excelencia (cf. 1 Juan 2, 20.27).
Pablo sin embargo está hablando aquí de la obra suya y de Timoteo ("nosotros") hacia la comunidad ("vosotros"); es evidente por ello que se refiere en particular a la unción y al sello del Espíritu recibidos en el momento de ser consagrados al ministerio apostólico, para Timoteo mediante la imposición de las manos del Apóstol (cf. 2 Timoteo 1,6). Debemos absolutamente redescubrir la importancia de la unción del Espíritu porque en ella, estoy convencido, está encerrado el secreto de la eficacia del ministerio episcopal y presbiteral. Los sacerdotes son esencialmente consagrados, es decir, ungidos. "Nuestro Señor Jesús -se lee en la Presbyterorum ordinis - que el Padre santificó y envió al mundo (Juan 10,36), hizo partícipe a todo su cuerpo místico de esa unción del Espíritu que él ha recibido". El mismo decreto conciliar se preocupa sin embargo en seguida en claro la especificidad de la unción conferida por el sacramento del Orden. Por eso, dice, " los sacerdotes, en virtud de la unción del Espíritu Santo, están marcados por un carácter especial que los configura a Cristo Sacerdote, de modo que puedan actuar en nombre de Cristo cabeza" (PO, 1, 2).
2. La unción: figura, acontecimiento y sacramento
La unción, como la Eucaristía y la Pascua, es una de esas realidades que están presentes en todas las tres fases de la historia de la salvación. Está presente de hecho en el Antiguo Testamento como figura, en el Nuevo Testamento como acontecimiento y en el tiempo de la Iglesia como sacramento. En nuestro caso, la figura es dada por las diversas unciones practicadas en el Antiguo Testamento; el acontecimiento está constituido por la unción de Cristo, el Mesías, el Ungido, al que todas las figuras tendían como a su realización; el sacramento, está representado por ese conjunto de signos sacramentales que prevén una unción como rito principal o complementario. En el Antiguo Testamento se habla de tres tipos de unción: la unción real, sacerdotal y profética, es decir, la unción de los reyes, de los sacerdotes y de los profetas, aunque en el caso de los profetas se trata en general de una unción espiritual y metafórica, es decir, sin un óleo material. En cada una de estas tres unciones, se delinea un horizonte mesiánico, es decir, la esperanza de un rey, de un sacerdote y de un profeta que será el Ungido por antonomasia, el Mesías. Junto con la investidura oficial y jurídica, por la que el rey se convierte en el Ungido del Señor, la unción confiere también, según la Biblia, un real poder interior, comporta una transformación que viene de Dios y este poder, esta realidad vienen cada vez más identificados con el Espíritu Santo. Al ungir a Saúl como rey, Samuel dice: "¿No es el Señor quien te ha ungido como jefe de su pueblo Israel? Tu regirás al pueblo del Señor... Te invadirá entonces el Espíritu del Señor, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre" (1 Samuel 10, 1.6). El vínculo entre la unción y el Espíritu está sobre todo puesto a la luz en el conocido texto de Isaías: "El espíritu del Señor está sobre mi, por cuanto que me ha ungido" (Isaías 61, 1). El Nuevo Testamento no duda en presentar a Jesús como el Ungido de Dios, en el que todas las unciones antiguas encuentran su cumplimiento. El título de Mesías, Cristo, que significa precisamente Ungido, es la prueba más clara de ello. El momento o el acontecimiento histórico al que se hace remontar este cumplimiento es el bautismo de Jesús en el Jordán. El efecto de esta unción es el Espíritu Santo: "Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hechos 10, 38); Jesús mismo, inmediatamente después de su bautismo, en la sinagoga de Nazaret, declaró: "El Espíritu del Señor está sobre mí; pues me ha ungido" (Lucas 4, 18). Jesús estaba ciertamente lleno del Espíritu Santo desde el momento de la encarnación, pero se trataba de una gracia personal, ligada a la unión hipostática, y por ello, incomunicable. Ahora en la unción recibe esa plenitud de Espíritu Santo que, como cabeza, podrá transmitir a su cuerpo. La Iglesia vive en esta gracia capital (gratia capitis). Los efectos de la triple unción - real, profética y sacerdotal - son grandiosos e inmeditados en el ministerio de Jesús. En virtud de la unción real, él derrota al reino de Satanás e instaura el Reino de Dios: "Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12.28); en virtud de la unción profética, "anuncia la buena noticia a los pobres"; en virtud de la unción sacerdotal, ofrece oraciones y lágrimas durante su vida terrena y al final se ofrece a si mismo en la cruz. Tras haber estado presente en el Antiguo Testamento como figura y en el Nuevo Testamento como acontecimiento, la unción está presente ahora en la Iglesia como sacramento. El sacramento toma de la figura el signo y del acontecimiento el significado; toma de las unciones del Antiguo Testamento el elemento - el óleo, el crisma o ungüento perfumado - y de Cristo la eficacia salvífica. Cristo nunca fue ungido con óleo físico (aparte de la unción de Betania), ni nunca ungió a nadie con óleo físico. En él el símbolo ha sido sustituido por la realidad, por el "óleo de alegría" que es el Espíritu Santo. Más que un sacramento único, la unción está presente en la Iglesia como un conjunto de ritos sacramentales. Como sacramentos en sí mismos, tenemos la confirmación (que a través de todas las transformaciones sufridas remite, como atestigua su nombre, al antiguo rito de la unción con el crisma) y la unción de los enfermos; como parte de otros sacramentos tenemos: la unción bautismal y la unción en el sacramento del orden. En la unción crismal que sigue al bautismo, se hace referencia explícita a la triple unción de Cristo: "Él mismo os consagra con el crisma de salvación; insertados en Cristo sacerdote, rey y profeta, sed siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna".
De todas estas unciones, nos interesa en este momento la que acompaña al momento en que se confiere el Orden sagrado. En el momento en que unge con el sagrado crisma las palmas de cada ordenando arrodillado ante él, el obispo pronuncia estas palabras: "El Señor Jesucristo que el Padre ha consagrado en Espíritu Santo y poder te custodie para la santificación de su pueblo y para ofrecer el sacrificio".
Aún más explícita es la referencia a la unción de Cristo en la consagración episcopal. Ungiendo con óleo perfumado la cabeza del nuevo obispo, el obispo ordenante dice: "Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, infunda en tí su mística unción y con la abundancia de su bendición dé fecundidad a tu ministerio".
3. La unción espiritual

Hay un riesgo, que es común a todos los sacramentos: el de quedarse en el aspecto ritual y canónico de la ordenación, en su validez y licitud, y no dar suficiente importancia a la "res sacramenti", al efecto espiritual, a la gracia propia del sacramento, en este caso al fruto de la unción en la vida del sacerdote. La unción sacramental nos capacita para realizar ciertas acciones sagradas, como gobernar, predicar, instruir; nos da, por así decirlo, la autorización para hacer ciertas cosas, no necesariamente la autoridad al hacerlas; asegura la sucesión apostólica, ¡no necesariamente el éxito apostólico!
La unción sacramental, con el carácter indeleble (el "sello") que imprime en el sacerdote, es una fuente a la que podemos acudir cada vez que sentimos necesidad de ella, que podemos, por así decirlo, activar en cada momento de nuestro ministerio
. Se realiza aquí la que en teología se llama la "reviviscencia" del sacramento. El sacramento, recibido en el pasado, "reviviscit", vuelve a revivir y a liberar su gracia: en los casos extremos para que sea quitado el obstáculo del pecado (el obex), en otros casos, para que se remueva la pátina de la costumbre y se intensifique la fe en el sacramento. Sucede como con una ampolla de perfume. Nosotros podemos tenerlo en el bolsillo o apretarlo con la mano mientras queramos, pero si no lo abrimos el perfume no se difunde, es como si no estuviera.
¿Cómo nació esta idea de una unción actual? Una etapa importante la constituyó, una vez más, Agustín. Él interpreta el texto de la primera carta de Juan: "Habéis recibido la unción..." (1 Juan 2, 27), en el sentido de una unción continua, gracias a la cual el Espíritu Santo, maestro interior, nos permite comprender dentro lo que escuchamos desde fuera, A él se remonta la expresión "unción espiritual", spiritalis unctio, recogida en el himno Veni creator (San Agustín, Sobre la primera carta de Juan, 3,5 (PL 35, 2000); cf. 3, 12 (PL 35, 2004). San Gregorio Magno, como en muchas otras cosas, contribuyó a hacer popular, durante todo el medioevo, esta intuición agustiniana (Cf. San Agustín, Agostino, Sobre la primera carta de Juan, 3,13, PL 35, 2004 s.; cf. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios 30, 3, PL 76, 1222)..
Una nueva fase en el desarrollo del tema de la unción se abre con san Bernardo y san Buenaventura. Con ellos se afirma la nueva acepción, espiritual y moderna de unción, no unida tanto al tema del conocimiento de la verdad, cuanto al de la experiencia de la realidad divina. Comenzando a comentar el Cantar de los Cantares, san Bernardo dice: "Semejante cántico, sólo la unción lo enseña, solo la experiencia lo hace comprender" (San Bernardo, Sobre el Cántico --Sul Cantico--, I, 6, 11, ed. Cistercense, I, Roma 1957, p.7).. San Buenaventura identifica la unción con la devoción, concebida por él como "un sentimiento suave de amor hacia Dios suscitado por el recuerdo de los beneficios de Cristo" (San Bonaventura, IV, d.23,a.1,q.1, ed. Quaracchi, IV, p.589; Sermone III su S. Maria Maddalena, ed. Quaracchi, IX, p. 561).. Esta no depende de la naturaleza, ni de la ciencia, ni de las palabras o de los libros, sino del "don de Dios que es el Espíritu Santo" (Ibídem, VII, 5).
En nuestros días, se usan cada vez más los términos ungido y unción (anointed, anointing) para describir el actuar de una persona, la calidad de un discurso, de una predicación, pero con una diferencia de acento. En el lenguaje tradicional, la unción sugiere, como se ha visto, sobre todo la idea de suavidad y dulzura, tanto que da lugar, en su uso profano, a la acepción negativa de "eloquio o actitud meliflua e insinuante, a menudo hipócrita", y al adjetivo "untuoso", en el sentido de "persona o actitud desagradablemente ceremoniosa y servil".
En el uso moderno, más cercano al bíblico, sugiere más bien la idea de poder y fuerza de persuasión. Una predicación llena de unción es una predicación en la que se percibe, por así decirlo, el estremecimiento el Espíritu; un anuncio que mueve, que convence de pecado, que llega al corazón de la gente. Se trata de un componente exquisitamente bíblico del término, presente por ejemplo en el texto de los Hechos, donde se dice que Jesús "fue ungido en Espíritu y poder" (Hechos 10, 38).
La unción, en esta acepción, parece más un acto que un estado. Es algo que la persona no posee establemente, sino que la supera, la "inunda" en el momento, en el ejercicio de un cierto ministerio o en la oración.
Si la unción es dada por la presencia del Espíritu y es don suyo, ¿que podemos hacer para tenerla? Ante todo rezar. Hay una promesa explícita de Jesús: "El Padre celeste dará el Espíritu Santo a quien se lo pida!" (Lucas 11,13). Después romper también nosotros el vaso de alabastro como la pecadora en casa de Simón. El vaso es nuestro yo, quizás nuestro árido intelectualismo. Romperlo, significa negarnos a nosotros mismos, ceder a Dios, con un acto explícito, las riendas de nuestra vida. Dios no puede entregar su Espíritu a quien no se entrega enteramente a él.

4. Cómo lograr la unión del Espíritu

Apliquemos a la vida del sacerdote este riquísimo contenido bíblico y teológico ligado al tema de la unción. San Basilio dice que el Espíritu Santo "siempre estuvo presente en la vida del Señor, convirtiéndose en la unción y el compañero inseparable", de manera que "toda la actividad de Cristo se desarrolló en el Espíritu" (San Basilio, Sobre el Espíritu Santo XVI, 39 (PG 32, 140C). Recibir la unción significa, por tanto, tener al Espíritu Santo como "compañero inseparable" en la vida, hacer todo "en el Espíritu", en su presencia, con su guía. Ésta comporta una cierta pasividad, ser empujados, movidos, o, como dice Pablo "dejarse guiar por el Espíritu" (cf. Gálatas 5,18).
Todo esto se traduce exteriormente a veces en suavidad, calma, paz, dulzura, devoción, conmoción, otras veces en autoridad, poder, credibilidad, según las circunstancias, el carácter de cada quien y el cargo que desempeña. El ejemplo vivo es Jesús que, movido por el Espíritu, se manifiesta como manso y humilde de corazón, pero también, lleno de autoridad sobrenatural. Se trata de una condición caracterizada por una cierta luminosidad interior que permite hacer las cosas con facilidad y dominio. Algo así como el atleta que "está en forma" o como sucede cono la inspiración en el caso del poeta: un estado en el que logra dar lo mejor de sí mismo.
Nosotros, sacerdotes, tendremos que acostumbrarnos a pedir la unción del Espíritu antes de emprender una acción importante al servicio del Reino: cuando hay que tomar una decisión, cuando hay que hacer un nombramiento, cuando hay que escribir un documento, cuando hay que presidir una comisión, cuando hay que preparar una predicación. Yo lo he aprendido a cuenta propia. En ocasiones, he tenido que dirigir la palabra a un gran auditorio, en un idioma extranjero, quizá recién llegado de un largo viaje. Oscuridad total. El idioma en el que tenía que hablar me parecía que nunca la había hablado, sentía incapacidad para concentrarme en un esquema, en un tema. Y el canto inicial estaba a punto de acabar... Entonces me he acordado de la unción y, de prisa, he elevado una breve oración: "¡Padre, en nombre de Cristo, te pido la unción del Espíritu!".
A veces, el efecto es inmediato. Se experimenta casi físicamente la venida sobre sí mismo de la unción. Una cierta conmoción atraviesa al cuerpo: claridad de mente, serenidad de alma; desaparece el cansancio, el nerviosismo, todo miedo y toda timidez; se experimenta algo de la calma y de la autoridad misma de Dios.
Muchas de mis oraciones, como me imagino las de todo cristiano, no han sido escuchadas, sin embargo, casi nunca queda sin escuchar esta oración por la unción. Parece que ante Dios tenemos una especie de derecho a reclamarla. Después he reflexionado algo en esta posibilidad. Por ejemplo, si tengo que hablar de Jesucristo, hago una alianza secreta con Dios Padre, sin que lo sepa Jesús, y digo: "Padre, tengo que hablar de tu Hijo, Jesús, a quien tú tanto amas: dame la unción de tu Espíritu para llegar al corazón de la gente". Si tengo que hablar de Dios Padre, por el contrario, llego a un acuerdo secreto con Jesús... La doctrina de la Trinidad es maravillosa también en este sentido.
5. Ungidos para difundir en el mundo el buen olor de Cristo

En el mismo contexto de la segunda carta a los Corintios, el apóstol, haciendo siempre referencia al ministerio apostólico, desarrolla la metáfora de la unción con la del olor que es su efecto. Escribe: "¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento! Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo" (2 Corintios 2, 14-15).
Esto es lo que debería ser el sacerdote: ¡el buen olor de Cristo en el mundo! Pero el apóstol nos pone en guardia, añadiendo después: "llevamos este tesoro en recipientes de barro" (2 Corintios 4,7). Sabemos demasiado bien, por la dolorosa y humillante experiencia reciente, todo lo que esto significa. Jesús decía a los apóstoles: "Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres" (Mateo 5, 13). La verdad de esta frase de Cristo se encuentra dolorosamente ante nuestra mirada. También el ungüento, si pierde el olor y se desvirtúa, se transforma en lo contrario, en olor nauseabundo, en vez de atraer a Cristo aleja de él.
En parte para responder a esta situación, el Santo Padre ha convocado este año sacerdotal. Lo dice abiertamente en la carta de convocación: "hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono".
La carta del Papa no se limita a esta constatación, de hecho añade: "lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas".
La revelación de las debilidades también debe hacerse para hacer justicia a las víctimas y la Iglesia ahora lo reconoce y la aplica lo mejor que puede, pero debe hacerse en otra sede y, en todo caso, no vendrá de ahí el empuje para una renovación del ministerio sacerdotal. Yo he pensado en este ciclo de meditaciones sobre el sacerdocio precisamente como una pequeña contribución en la dirección auspiciada por el Santo Padre. Quisiera que dejar que hable en mi lugar el seráfico padre, san Francisco. En un momento en el que la situación moral del clero era sin comparación más triste que la de hoy, en su Testamento, escribe: "El Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con los pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias donde viven, no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero ver pecado en ellos, porque en ellos miro al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este siglo no veo nada físicamente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a los demás".
En el texto citado al inicio, Pablo habla de la "gloria" de los ministros de la Nueva Alianza del Espíritu, inmensamente más elevada que la antigua. Esta gloria no procede de los hombres y no puede ser destruida por los hombres. El santo cura difundía ciertamente alrededor suyo el buen olor de Cristo y por este motivo las muchedumbres acudían a Ars; más cerca de nosotros, el padre Pío de Pietrelcina difundía el olor de Cristo, a veces incluso con un perfume físico, como lo atestiguan innumerables personas dignas de fe. Muchos sacerdotes, ignorados por el mundo, son en su ambiente el buen olor de Cristo y del Evangelio. El "cura rural" de Bernanos tiene innumerables compañeros difundidos por el mundo, en la ciudad como en el campo.
El padre Lacordaire trazó un perfil del sacerdote católico, que hoy día puede parecer demasiado optimista e idealizado, pero volver a encontrar el ideal y el entusiasmo por el ministerio sacerdotal es precisamente lo que hace falta en este momento y, por este motivo, lo volvemos a escuchar al concluir esta meditación: "Vivir en medio del mundo sin ningún deseo por los propios placeres; ser miembro de toda familia, sin pertenecer a ninguna de ellas; compartir todo sufrimiento; quedar al margen de todo secreto; curar toda herida; ir todos los días desde los hombres hacia Dios para ofrecerles su devoción y sus oraciones, y regresar desde Dios a los hombres para llevarles su perdón y su esperanza; tener un corazón de acero por la castidad y un corazón de carne para la caridad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir y ser bendecido para siempre. Oh Dios, ¿qué tipo de vida es éste? ¡Es tu vida, sacerdote de Jesucristo!" (H. Lacordaire, citado por D. Rice, Shattered Vows, The Blackstaff Press, Belfast 1990, p.137).