sábado, 31 de octubre de 2009

Estanislao León: El sacerdote, testigo de la alegría


“Como cristianos estad siempre alegres. Os lo repito: Estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que sois. El Señor está cerca. No os agobiéis por nada”
Flp 4, 4-6

Que la esperanza os tenga alegres. Sed enteros en las dificultades y asiduos en la oración”
Rm 12, 12

Estad siempre alegres.- La alegría, aunque las circunstancias digan lo contrario, es uno de los distintivos más importantes que tenemos los cristianos. No debe depender sólo de las circunstancias, porque si no estaríamos muy tristes. Hay que estar alegres en todo momento.
El Señor está cerca.- Nuestra alegría se basa en la cercanía de Dios, pero un Dios que es alegre, justo, total y absolutamente comprensivo, en definitiva, un Dios cercano al hombre, que se preocupa por entero por cada uno de nosotros, que sufre cuando hacemos sufrir a los demás, que busca lo mejor para sus hijos. Tenemos que esperar con alegría nuestra unión con El. Todo problema tiene solución, incluso la muerte para el cristiano, entonces ¿qué sentido tiene esos rostros tristes, esas conversaciones frías?
Nuestras alegrías.- Abundan las alegrías superficiales, las alegrías que dependen de las circunstancias, de lo que tenemos, somos o/y hacemos. Creemos que las circunstancias son la llave de nuestra alegría. Surge una alegría falsificada. La verdadera alegría no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta.
Características de nuestra alegría

  • Libre: Transciende la propia realidad. No se siente apegada a nada ni a nadie. No nace del tener, porque descubre que las cosas no dan la felicidad plena. No necesita del triunfo, el halago o el dominio; más bien crece en el servicio, la entrega y el silencio.
  • Pacífica: Ama el diálogo; evita la agresividad; no pierde el control de sí misma, no pierde los estribos, evita el resentimiento.
  • Profunda: Va al interior de la persona.
    Inagotable: Está centrada en el manantial del Espíritu Santo.
  • Humilde: Evita toda vanagloria; se considera muy poca cosa. No necesita manifestarse ruidosamente.
  • Solidaria: Siente como propio el dolor que le ocurre al prójimo.
  • Contagiosa y comunicativa: No se reserva nada para sí misma. La alegría llama a la alegría. Crece en la profundidad del encuentro y en lo íntimo de la amistad. Nace de dentro.

¿De dónde surge, cuál es la raíz de nuestra alegría?

  • De la certeza de la salvación en Cristo.
  • Del sentirse incondicionalmente amado en Cristo.
  • Del sentirse constantemente protegido: “No temas”.
  • Del saber que nunca estás solo. “Yo estoy contigo”.
  • Porque puede convertir los sufrimientos en materia de salvación y de dicha.
  • Porque comparte la alegría y los sufrimientos de los demás.
  • Porque vive en el amor, que es don de Dios y tiene relación directa con la alegría.
  • Y, sobre todo, porque lleva dentro la verdadera fuente de la alegría, que es inagotable y que todo lo transforma en caudal de más alegría. Es una participación del gozo eterno de Dios.
    Ideas-clave sobre la felicidad y la sonrisa

El hombre no está hecho para la felicidad; está hecho para amar y ahí encuentra la felicidad.
La sonrisa es la mejor expresión de la alegría. A primera vista parece que una sonrisa significa muy poca cosa o que es sólo la señal de un carácter juvenil o de un momento de buen humor, pero una sonrisa constante lo mismo en los ratos de alegría o tristeza que en la alegría o tristeza que en las horas de entusiasmo y de optimismo, cuando el pesimismo nos desalienta, en una palabra sonreír siempre, una sonrisa así no puede ser más que el fruto de una virtud madura y auténticamente cristiana.
La sonrisa ayuda a conservar la alegría interior y el buen humor exterior. Es un verdadero apostolado porque Dios se comunicará a todos a través de tu sonrisa: Los tristes, los desanimados, los enfermos, los pobres, todos aquellos que sufren alguna pena, al ver la luz de tu sonrisa, sentirán renacer en su corazón la alegría, el gozo y la paz. Sonríe a los que te critican, a quien te cae “gordo”, incluso a Dios cuando parezca que no te hace caso; no te enfades con El, sonríele: vive siempre contento/a con El. Sonríe a pesar de las dificultades, sonríe a todo y a todos, a los que te aman y a los que te miran con indiferencia o te hieren. Sonríe siempre y que tu sonrisa ingenua y sencilla sea el velo que oculta a los ojos de los demás las heridas de tu corazón. Sonríe siempre y en recompensa de tu sonrisa alcanzarás para ti la sonrisa de Dios, esa sonrisa suya que dura siempre. Sonríe a los rostros desolados, tímidos, tristes, enfermos, a los rostros frescos y juveniles, a los viejos y los arrugados. Una sonrisa puede llenar una nueva vida de esperanza, de ánimo en los corazones cansados, oprimidos, tentados, desesperados. Una sonrisa de un sacerdote o de una religiosa, puede suscitar una vocación: Una sonrisa, ¡qué fácil! “Quiero ser como este padrecito, como esa madrecita”. Una sonrisa puede ser principio de conversión a la fe. Puede preparar el camino para el regreso de un pecador a Dios.
¿Verdad que merece la pena sonreír aunque tu corazón esté triste?

LA ALEGRÍA ESTA EN UNO MISMO.

***

Cuestiones para meditar
Signos de alegría o tristeza en nuestra vida.
¿Cómo puedo hacer de mi vida una alegría continua?

Nuestro agradecimiento a Estanislao León

365 PENSAMIENTOS PARA EL AÑO SACERDOTAL


El P. Danilo Ariza de la Diócesis de Vélez, Párroco de Chipatá nos ha mandado un e-mail donde nos da a conocer un nuevo blog para el Año Sacerdotal. El blog publica diariamente un pensamientos para cada día del año sacerdotal.
Estos 365 pensamientos están sacados de libro titulado COMO EL PADRE ME HA AMADO, escrito por HUBERTUS BLAUMEISER-TONINO GANDOLFO editado por CIUDAD NUEVA.
Compilación de 365 textos de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia, de los Santos y Teólogos, del Magisterio de los Fundadores: Una guía para el Año Sacerdotal que invita a anclarse en lo esencial. Se presentan en cuatro etapas que abarcan dimensiones fundamentales en la vida de los presbíteros: el Ser, el Actuar, los Desafíos, las Perspectivas.
Atenta a los tiempos litúrgicos, esta selección en la que colaboraron expertos de distintos países, surge apartir de la convicción de que:"El Cura sirve": para hacer de la Iglesia una familia, para incrementar e el mundo la fraternidad.

Hubertus Blaumeiser Sacerdote y Teólogo, experto en formación sacerdotal, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana y Consulor de la Congregación para la Educación Católica.
Tonino Gandolfo, Párroco, Periodista y Docente de Ciencias, compromentido desde hace años en la formación permanente de Presbíteros.
Con la colaboración de un grupo de Sacerdotes de Caracas, entre ellos el P. Eudo Rivera, traducen del italiano al español el texto para cada día que les propongo como material para insertar en su página. El blog es http:/annussacerdotalissp.blogspot.com.

NUESTRO AGRADECIMIENTO AL P. DANILO

En la izquierda de nuestro blog pondremos un enlace.

DEL AÑO SACERDOTAL

viernes, 30 de octubre de 2009

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de Dios (X)


La santidad sacerdotal en la esencia es la de todos; la santidad de Dios. Hay algo que baja del cielo, descansa en el hombre y vuelve a subir, es el amor divino. Vehículo de la vida divina. Y porque el amor divino, como todo amor goza en hacer la voluntad del amado, el santo en esto se complace. Y porque el amor es activo no se está nunca ocioso. Y porque el amor no quiere otra recompensa que tener contento al amado, eso le pasa a todo santo. Y porque el amor en los sacrificios se satisface, ahí están las delicias del justo. Sacerdotes y laicos santos todos fueron lo mismo. En una palabra idénticos caracteres muestra la santidad de unos y de otros.

Se diferencian sin embargo; y lo damos a entender hablando de virtudes sacerdotales, que se distinguen de las virtudes de los otros. Cuáles son los signos o modalidades peculiares de la santidad sacer­dotal. Se revela en su grado. [...] El sacerdote por serlo debe subir más arriba. A ello le obligan además los beneficios, y sobre todo la voluntad de Dios, que en ambos testamentos pide santidad superior a sus sacerdotes.

Se revela en su matiz, «homo Dei», hombre del cielo. Se revela en sus efectos, el escándalo y el buen ejemplo. La santidad en todos es predicador, en el Sacerdote es apologética.

Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

miércoles, 28 de octubre de 2009

Oración del sacerdote a san Simón y Judas Tadeo

Oh gloriosos San Simón y Judas;
Apóstoles del Señor;
a quienes la Iglesia celebra unidos;
a vuestra intercesión acudo confiado.

Oh glorioso San Simón llamado el Cananeo o el Zelota,
“celoso por servir al Dios único con plena entrega”
que te distinguiste por un celo ardiente por la identidad judía
y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina.
En tu elección veo como a Jesús
no le importan los diferentes grupos sociales y religiosos,
sino que a él le interesan las personas.
Haz que yo, sacerdote de Cristo,
me caracterice también por mi celo a Dios,
a sus mandamientos, a la Iglesia , a las almas…
que mi corazón abrasado de amor de Dios
irradie el Evangelio a todos
hasta los confines de la tierra.

Oh glorioso San Judas Tadeo, "magnánimo"
que en la última cena preguntaste al Señor:
“¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?".
También nosotros preguntamos al Señor:
¿por qué el Resucitado no se ha manifestado
en toda su gloria a sus adversarios
para mostrar que el vencedor es Dios?
¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos?
La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda.
El Señor dice: "Si alguno me ama, guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él,
y pondremos nuestra morada en él".
Esto quiere decir que al Resucitado
hay que verlo y percibirlo también con el corazón,
de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros.
El Señor no se presenta como una cosa.
Él quiere entrar en nuestra vida
y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto.
Sólo así vemos al Resucitado.

En tu carta, San Judas nos enseñas a conservar la fe recibida,
ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios
para disculpar sus costumbres depravadas
y para desviar a otros hermanos con enseñanzas inaceptables,
introduciendo divisiones dentro de la Iglesia "alucinados en sus delirios".
Enséñame a permanecer fiel a la fe recibida,
al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas del Papa…
No permitas que los sacerdotes seamos
“nubes sin agua zarandeadas por el viento,
árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos,
arrancados de raíz; son olas salvajes del mar,
que echan la espuma de su propia vergüenza,
estrellas errantes
a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre”;
sino que defendamos la fe con todo nuestros empeño,
esforzándonos en el estudio y la predicación.
Haz que como tú,
yo viva en plenitud la fe,
en la integridad moral y en la alegría,
en la confianza y, por último, en la alabanza.

San Simón el Cananeo y San Judas Tadeo
ayudadme a redescubrir siempre y a vivir incansablemente
la belleza de la fe cristiana,
sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad.

martes, 27 de octubre de 2009

Oración al Espíritu Santo por las vocaciones sacerdotales y religiosas


ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS
DE JUAN PABLO II

Espíritu de Amor eterno, que procedes del Padre y del Hijo,
Te damos gracias por todas las vocaciones
de apóstoles y santos que han fecundado la Iglesia.
Continúa, todavía, te rogamos, esta tu obra.
Acuérdate de cuando, en Pentecostés,
descendiste sobre los Apóstoles reunidos en oración
con María, la madre de Jesús,
y mira a Iglesia que tiene hoy
una particular necesidad de sacerdotes santos,
de testigos fieles y autorizados de tu gracia;
tiene necesidad de consagrados y consagradas,
que manifiesten el gozo de quien vive sólo para el Padre,
de quien hace propia la misión y el ofrecimiento de Cristo,
de quien construye con la caridad el mundo nuevo.
Espíritu Santo, perenne manantial de gozo y de paz,
eres tú quien abre el corazón y la mente a la divina llamada:
eres tú que hace eficaz cada impulso
al bien, a la verdad, a la caridad.
Tus ‘gemidos inenarrables’
suben al Padre desde el corazón de la Iglesia,
que sufre y lucha por el Evangelio.
Abre los corazones y las mentes de los jóvenes,
para que una nueva floración de santas vocaciones
manifieste la constancia de tu amor,
y todos puedan conocer a Cristo,
luz verdadera del mundo,
para ofrecer a cada ser humano
la segura esperanza de la vida eterna. Amén.
Castel Gandolfo, 24 de setiembre de 1997

Carta del Presidente del Pontificio Consejo para los agentes sanitarios a los enfermos y a los que sufren en el mundo con ocasión del año sacerdotal


CARTA DEL PRESIDENTE DEL PONTIFICIO CONSEJO
PARA LOS AGENTES SANITARIOS A LOS ENFERMOS Y A LOS
QUE SUFREN EN EL MUNDO CON OCASIÓN DEL AÑO SACERDOTAL


Queridos Hermanos y Hermanas Enfermos
Venerados Hermanos Obispos y Sacerdotes,
responsables de la pastoral de los enfermos
Estimadas Asociaciones de Enfermos
A todos vosotros que prestáis el precioso servicio a los Enfermos


Estamos en pleno desarrollo del Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI el 19 de junio de 2009 con ocasión del 150° aniversario del nacimiento de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo. En la Carta para la convocación del Año Sacerdotal el Santo Padre escribe: «Este año es una ocasión para promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo». En este tiempo de gracia toda la comunidad cristiana está llamada a redescubrir la belleza de la vocación sacerdotal y, por tanto, a orar por los sacerdotes.
A la cabecera del enfermo, el sacerdote representa al mismo Cristo, Médico Divino, que no es indiferente ante la suerte del que sufre. Antes bien, a través de los sacramentos de la Iglesia, que administra el sacerdote, Jesucristo ofrece al enfermo una curación mediante la reconciliación y el perdón de los pecados, por medio de la unción con el óleo sagrado y finalmente en la Eucaristía, en el viático en el cual, como acostumbraba decir San Juan Leonardi, Él mismo se convierte en «el fármaco de la inmortalidad por el que “somos confortados, nutridos, transformados en Dios y partícipes de la naturaleza divina” (cf. 2Pt 1,4)». Por tanto, en la persona del sacerdote está presente junto al enfermo el mismo Cristo que perdona, cura, consuela, toma de la mano y dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11,25).
El Año Sacerdotal se concluirá en el mes de junio de 2010, año en que el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios celebrará el XXV aniversario de su institución. En efecto, el Siervo de Dios Juan Pablo II, de venerada memoria, instituyó este Dicasterio Pontificio el 11 de febrero de 1985, en la fiesta de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, para manifestar «la solicitud de la Iglesia para los enfermos, ayudando a quienes realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren, con el fin de que el apostolado de la misericordia, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias» (Pastor Bonus, art. 152).
En razón de esta providencial conmemoración, estoy cerca a cada uno de vosotros y os invito, queridos hermanos y hermanas enfermos, a dirigir incesantemente vuestras oraciones y el ofrecimiento de los sufrimientos al Señor de la vida en favor de la santidad de vuestros amados sacerdotes, a fin de que desempeñen con entrega y caridad pastoral el ministerio que Cristo Médico del cuerpo y del alma les ha confiado. Os exhorto a redescubrir la belleza de la oración del Santo Rosario en beneficio espiritual de los sacerdotes, en particular modo en el mes de octubre. Además de esto, cada primer jueves y cada primer viernes del mes, dedicados a la devoción eucarística y al Sagrado Corazón respectivamente, son días particularmente oportunos para participar en la Santa Misa y en la adoración del Santísimo Sacramento.
Quisiera hacerles presente que, al orar por los sacerdotes, se pueden obtener este año indulgencias especiales. El Decreto de la Penitenciaría Apostólica dispone:
«A los ancianos, a los enfermos y a todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa, si con el espíritu desprendido de cualquier pecado y con la intención de cumplir, en cuanto les sea posible, las tres acostumbradas condiciones, en su casa o donde se encuentren a causa de su impedimento, en los días antes determinados rezan oraciones por la santificación de los sacerdotes y ofrecen con confianza a Dios, por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y los malestares de su vida. Por último, se concede la indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que recen con devoción en honor del Sagrado Corazón de Jesús cinco padrenuestros, avemarías y glorias, y otra oración aprobada específicamente, para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida».
Quisiera confiar también a vuestras oraciones la peregrinación de los capellanes hospitalarios que, con ocasión del XXV aniversario de la institución del Pontificio Consejo, se llevará acabo el mes de abril próximo, primero en Lourdes y luego en Ars. De hecho, existe una profunda vinculación entre estas dos ciudadelas francesas. Hablando precisamente de este nexo providencial en su Carta para la convocación del Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha recordado la observación del beato Papa Juan XXIII que escribió: «“Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mesaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle” (…). El Santo Cura recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su Santa Madre”».
A vosotros, pues, queridos hermanos y hermanas que estáis enfermos y a los que sufrís confío la Iglesia que tiene necesidad de vuestras oraciones y sufrimientos, la persona del Santo Padre Benedicto XVI y todos los obispos y sacerdotes del mundo, y todos los que trabajan diariamente por vuestra santificación. Os pido una oración especial por los sacerdotes enfermos y probados en el cuerpo que cada día experimentan como vosotros el peso del dolor, junto a la fuerza de la gracia salvífica que consuela y resana el alma. Asimismo, orad por la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II. Orad con insistencia por las santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Al respecto, os propongo una bella oración de Juan Pablo II que podeis recitar cada día. ¡Orad también por mí! También yo como sacerdote y obispo confío en vosotros y en el ofrecimiento de vuestros sufrimientos a fin de que desempeñe en el modo mejor y en el temor de Dios la tarea como Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, que me ha sido confiada por el Santo Padre. Por mi parte, os aseguro mi oración por vosotros, junto con mis colaboradores del Pontificio Consejo, cada día en la hora del “Angelus” con las palabras de Benedicto XVI:

Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que de ningún modo pueden proveer a sí mismos, sino dependen totalmente de los cuidados de los demás: que cada uno de ellos experimente, en la soledad de quien le está al lado, el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que salva. ¡María, salud de los enfermos, ruega por nosotros! (Angelus, 8.02.2009)

Con este espíritu de oración recíproca imparto a vosotros, a vuestros seres queridos y a los que se ocupan de vosotros mi bendición: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

+ Zygmunt Zimowski
Presidente del Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios

Vaticano, 1 de octubre de 2009


lunes, 26 de octubre de 2009

Oración por los sacerdotes de la liturgia bizantina


Señor, llena con el don del Espíritu Santo a los que te has dignado elevar al Orden Sacerdotal para que sean dignos de presentarse sin reproche ante tu altar, de anunciar el Evangelio de tu Reino, de realizar el ministerio de tu palabra de verdad, de ofrecerte los dones y sacrificios espirituales, de renovar a tu pueblo mediante el baño de la regeneración; de manera que vayan al encuentro de nuestro gran Dios y del Salvador Jesucristo, tu único Hijo, y reciban de tu inmensa bondad la recompensa de una fiel administración de su orden sacerdotal.

P. Marco Antonio Foschiatti, O.P.: La realeza de Cristo


“Es necesario que Cristo reine…” (I Cor 15,25)
Con la solemnidad de Cristo Rey culminamos el año litúrgico, esa luminosa peregrinación en la fe y el amor, en donde la Iglesia nos enseña el “sublime conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3, 8) , un conocimiento por su Palabra de Vida actualizada en la liturgia. Conocimiento de Corazón a corazón en el Sacramento del Amor en donde actualizamos y somos incorporados y configurados con todo el Misterio de Cristo. El año litúrgico nos permite sumergirnos en los Misterios de Cristo para poder hacer de ellos nuestros Misterios, en el conocimiento interno que busca apropiarse de sus sentimientos: todo el año litúrgico nos permite conocer lo que hay en Cristo Jesús. (cfr Flp 2, 5)
La Fiesta de Cristo Rey es como el broche de oro y el compendio de toda la vida de Jesús. Todo su Misterio es Realeza, así lo contempla la liturgia: desde el anuncio del ángel a María y el deseo de todas las naciones que tienden al Rey prometido, pasando por el pesebre y los dones regios de los magos, hasta llegar al Misterio real por excelencia que es “su Hora”, la hora del Siervo que se abaja, que es coronado de espinas, que proclama la Verdad de su realeza ante Pilatos, que atrae a todo el cosmos hacia sí desde su Trono de gracia y amor en la Cruz. “Regnavit a ligno Deus” nuestro Dios reinará salvando desde el patíbulo. El mensaje del Reino no es algo accesorio en Jesús, sino que el Reino es El mismo: Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz, como lo canta hoy el prefacio. “Jesús es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios está en medio de nosotros, y a través del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios. Donde esto acontece, el mundo se salva” (Joseph Ratzinger)
La Realeza de Jesús no sólo sintetiza su vida desde el pesebre hasta la cruz sino que nos permite abrirnos a la esperanza gozosa de su última venida, hacia el “Aleluya” sin fin de las Bodas del Cordero. Contemplar a Cristo Rey nos abre a la serena esperanza de que “Dios no fracasa” y de que la última palabra de nuestra historia, nuestra tan triste y desolada historia humana, no culmina en el vacío sino en el triunfo del Amor. Ese triunfo silencioso que brota del Rey Crucificado y que quiere envolver en su luz y gracia a toda la realidad humana: lo más hondo del corazón, la familia, la cultura, el sano esparcimiento, la política.
Todo aquel que trabaja en la búsqueda de la Verdad y del Amor, en la búsqueda de humanizar, iluminar y sanear este mundo, está trabajando para que Cristo reine…ya que sólo donde Cristo Reina el rostro del hombre puede ser curado de tantas lepras que deforman su dignidad de imagen de Dios y representante suyo, lugarteniente suyo en la creación. Sólo Jesucristo acogido, escuchado y vivido, celebrado y adorado puede devolver al hombre la plenitud de su sentido y de su esperanza, sólo Jesucristo corona al hombre de gloria y dignidad. Sólo donde reina Jesucristo florece el “Evangelio de la Vida” y el amor humano se convierte en hermoso, sólo donde reina Jesucristo el trabajo es cooperación con el Creador, es desarrollo de los dones de Dios hasta trasformarlos en Eucaristía: el mundo ofrecido en Jesús Rey como oblación de Amor al Padre. Ser cristiano significa que debo ser instrumento vivo de su Realeza, que debo orar cada día por la venida de su Reino y que mi amor lo debe seguir a El, al Rey Eterno, en el humilde ofrecimiento de llevar la cruz cotidiana siguiendo sus pasos. Los seguidores del Rey “aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien:¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse.” (Benedicto XVI)
Cristo reina en la Cruz desde la entrega humilde y obediente de su vida, de esa manera nos enseña el camino de su Divina Realeza: “Lo veo Crucificado y lo llamo Rey” (San Cirilo de Alejandría)

Cristo es el Rey-Pastor, el Rey-Cordero, el Siervo Rey: es la perspectiva de la profecía de Ezequiel: Dios mismo, en su Hijo amado, viene a buscar a sus ovejitas perdidas, heridas, viene a cargar sobre sí el destino de ellas, viene a cargar sobre sí a sus ovejas llevando en sus hombros heridos la realeza de la Cruz. El báculo de la Cruz es el cayado que sosiega, por medio de las cuales las defiende, las guía, las cura y las hace apacentar en las aguas frescas que brotan “del pecho de su amor muy lastimado” (San Juan de la Cruz Poema del Pastorcito).
Cristo Rey es el Pastor Bueno y hermoso, es el Pastor de la misericordia que no sólo busca, dirige y guía a sus ovejitas-todos ellos verbos regios- sino que como único Rey verdadero nos representa en la Cruz ante el Padre incluyéndonos en su obediencia amorosa, ante el abismo de la muerte, la peor de las muertes. Cristo Rey es, en la solidaridad de su abajamiento, el Buen Pastor que desciende hasta los abismos más hondos para llamarme y encontrarme y cargarme con amor. En la acción de cargar sobre sí a la oveja herida, toda la humanidad pecadora y en esa humanidad a mí mismo que soy ante su amor único, el Pastor Rey, el Rey amado y hermoso, el Rey que con sus silbos me despierta a mí dormido en el pecado, es Aquel que por su oveja se deja traspasar, herir, es Aquel que voluntariamente se adelanta a la muerte para destruirla con su Muerte redentora de Amor. El Rey Pastor se nos hace Cordero Inmolado, Cordero Inocente que quita y lleva sobre sí todo el peso del mundo. Es el Rey y es el Siervo sufriente: “En cuanto Rey es Siervo, y en cuanto Siervo de Dios es Rey. Su crucifixión es Realeza, su Realeza es el Don de Sí mismo a los hombres” (Joseph Ratzinger)
De esa manera hace suyo el universo por doble título: todo fue creado por El y para El. Todo es recreado, redimido y conquistado por El, en El y para El. Por eso la Iglesia exclama gozosa ante su Pastor Rey, ante el Cordero Inmolado que nos compra con su Sangre: “somos suyos a El pertenecemos, somos su Pueblo y ovejas de su rebaño”

El Rey es el Justo Juez, Aquel que nos examinará en el Amor: El Evangelio de la solemnidad se puede sintetizar en las conocidas palabras del Doctor místico: “En la tarde de la vida te examinarán en el Amor”. En el ocaso de nuestras vidas y en el ocaso de la historia sólo permanecerá lo que se haya fundado en este Amor de Cristo. En primer lugar lo que nos asombra de este Evangelio es el Rey amado y hermoso que se abaja, nuevamente el tema de la Realeza como Servicio, como lavar los pies, pero este abajamiento es identificación. El Hijo de Dios en su encarnación, en su consagración regia en el seno de María, cuando es el heredero de todas las naciones y de todo el cosmos (cfr Salmo 2) realiza el principal acto de su realeza que es el unirse con todo hombre y su destino. El Hijo de Dios en su encarnación se ha unido a todo hombre (cfr Gaudium et Spes 22), pero su Rostro real resplandece sobre todo en el hambriento no sólo de pan, sino de verdad, de consuelo, de presencia, en síntesis del amor de Dios; en el enfermo, en el despreciado, en el forastero, en el aprisionado en tantos sistemas injustos e inhumanos: ¡hay mayor inhumanidad que tratar de quitar al hombre su vocación a ser hijo de Dios!. Estos hermanos pequeños, necesitados, solos e indefensos, estos hermanos sedientos y hambrientos de un sentido, de una esperanza, de un gesto de ternura son Sacramentos del Rey. En ellos Cristo Rey espera el vaso de agua fresca de nuestro amor. En ellos tiene sed de nuestro amor.
En la tarde del mundo sólo queda el amor…síntesis del mensaje salvador del Rey, el móvil y el fin de toda la obra de la salvación. Aunque Rey glorioso, Jesús no se olvida que se ha hecho nuestro hermano; se eleva en su Trono en el Seno del Padre y se abaja no sólo para mirar al pobre y al humilde sino para hacerse pobre y humilde. “Por esto la Caridad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”. (San Ignacio de Loyola) Allí en la Caridad, en el saber “ver” el Rostro sufriente pero regio de Jesús y en el adelantarnos para servirlo está la clave, la fuerza transformadora para que, en esta triste sociedad laicista y fríamente consumista, se reconozca el Reinado de Cristo que como germen oculto, silencioso pero vivificante, pueda transformar los agostados desiertos de este mundo en un anticipo del Jardín de Dios. Donde se vive y se entrega esta caridad regia todo florece.
Esta Transformación comienza en el propio corazón, en la conversión profunda de criterios, de mentalidad, se trata de conocerlo y seguirlo a El. Dejemos que en nuestra vida se realice, por la gracia, el triunfo de Su Amor. Por esto digamos al Pastor Bueno y Hermoso, al Rey hecho Siervo por Amor, al Justo Juez que me espera en sus pobres: “Tuyos somos y tuyos queremos ser, y para vivir más estrechamente unidos a Ti, hoy renovamos nuestra consagración a Tu Sagrado Corazón…” (Consagración a Cristo Rey promulgada por Pío XI)

P. Marco Antonio OP

sábado, 24 de octubre de 2009

P. Marco Antonio Foschiatti, O.P.: El rosario, nuestra oración predilecta


El rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. Con el trasfondo de las avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia, la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana.”
En estas palabras de nuestro querido y llorado Juan Pablo II se compendia el tema de esta conferencia sobre el rosario y nuestra oración personal.
Es bueno comenzar preguntándonos ¿qué es orar? ¿por qué orar con el Rosario y desde dentro del Rosario? ¿Qué significa la tan conocida expresión de que orar con el Rosario es orar desde el Corazón del Evangelio?
Orar no es otra cosa que la atmósfera vital en donde puede crecer, abrirse y dar fruto esa Vida de Gracia que hemos recibido en el Bautismo. En este sentido la oración es la respiración de esa Vida de Dios, o mejor un grito filial desde el Corazón de Cristo en el Espíritu Santo: ABBA, Padre!!
Orar es tomar conciencia de esa Vida de Gracia en la cual estamos sumergidos. ¡Desde el día de nuestro Bautismo la Vida de Dios es la nuestra y orar es reconocerse dentro de esa Vida! Estamos sumergidos en la Vida del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo
[1]. Asimismo vivimos sumergidos en el Misterio de Cristo y orar es introducirse en la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de radiante gloria.
Santa Teresa del Niño Jesús y de la santa Faz, nuestra querida Teresita, nos da una aproximación a la oración en sus conocidas palabras:
Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de agradecimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría.”
Impulso del corazón: la oración tiene que despertar nuestra sed de Dios, la búsqueda del Rostro del Señor que nuestro corazón ansía contemplar. Despierta la tensión de todo nuestro ser hacia Dios, el “fecisti nos ad Te Domine” de San Agustín. Hemos sido creados hacia Dios y con capacidad de El, de entrar en la comunión-comunicación de su Amor trinitario: “Que el Amor con tú me amaste esté en ellos y Yo también esté en ellos.”
Es sobre todo un dejarnos atraer por la belleza y la irradiación de un Rostro, el de Jesús:
La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús... Esta atención a El es renuncia a ‘mi’. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el ‘conocimiento interno del Señor’ para más amarle y seguirle.” (C.E.C nº 2716)
La mirada de fe con María a Jesús hace crecer el pequeño fuego de nuestra caridad a la vez que nos abre a una renovada esperanza. Podemos orar incesantemente desde estos pequeños actos de fe, esperanza y caridad dirigidos al Señor desde María y con María:
“La contemplación es amor silencioso. Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre exterior, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace participar de la oración de Jesús.” (C.E.C nº 2717)
El Rosario es respirar desde la fe de María, ésa fe por la que ella es Bienaventurada. En efecto, la primera Bienaventuranza es proferida, bajo la luz del Espíritu Santo, por Isabel: “Beata quae credidisti...” ¡Bienaventurada la que ha creído! Es por esa fe bienaventurada, principio de la bienaventuranza en nosotros y del conocimiento de Dios, que la Virgen pudo concebir al Hijo de Dios. Concibe a Cristo por la fe en su Corazón, antes de concebirlo en su cuerpo inmaculado.
Nosotros adentrándonos en esa fe bienaventurada de María concebimos también a Cristo en el Corazón. El Jesús, que vive en María, viene a morar, a permanecer en la gracia conformadora de sus Misterios y nos quiere incorporar a su Vida: “Vivo yo, pero no yo, si que es Cristo quién vive en mí. Y mientras vivo en esta carne mortal vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí.”

El Rosario y nuestra oración incesante por las virtudes teologales:
El Rosario nos adentra en el ejercicio de la vida teologal, en esa prolongación y dinamismo de la gracia santificante que son las virtudes teologales junto con los dones del Espíritu Santo. ¡Qué hermoso y sencillo es en medio de nuestros ajetreos tomar el Rosario y hundirnos en la fe, la esperanza y la caridad de la Virgen! Es por la fe, la esperanza y la caridad que podemos vivir en una oración continua e incesante:
“Dios no sería la infinita Bondad y Sabiduría si, en correspondencia con la atracción y el impulso que ejerce sobre nuestro amor, no nos diese también los medios para dejarnos llevar gozosamente por este impulso y así adherirnos totalmente a El. Estos medios que nos llevan con certeza a la relación directa con Dios son las tres virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo que las acompañan. Por la Fe afirmamos la verdad de la Vida divina que nos ha sido prometida; por el Amor alcanzamos su posesión, y la Esperanza nos da la seguridad de que con la ayuda de la gracia creceremos en esta vida cada vez más y de que finalmente la poseeremos como propia y ya inamisible en el cielo. En este ejercicio de las tres virtudes teologales consiste la esencia de toda oración sincera y profunda. Podemos tratar con Dios directamente en la sencillez y simplicidad de nuestras almas.” (La vida en Dios, un Cartujo)
Vivimos “adheridos” profundamente a nuestro “hilo primordial” que es Dios Amor. Vivimos arrojados hacia El, impulsados en boca de Teresa de Lisieux, hacia nuestro Centro vital en quien nos movemos, vivimos y existimos.
La “dulce cadena que nos une a Dios”, el Rosario nos tiene que recordar diariamente esto. Fe, Esperanza y Caridad son los tres eslabones que nos unen a Dios: “El Rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bártolo Longo lo consideraba también como una cadena que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios que es Padre. Cadena “filial” que nos pone en sintonía con María, la esclava del Señor y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo “Siervo” por amor nuestro.” (RVM, Nº 36)

Con el Rosario entramos en la vida teologal de María, con las corrientes y las acequias del Espíritu Santo que alegran esta Ciudad de Dios, que es Ella misma. La Fuente de la vida teologal de María es Cristo mismo; Jesús puede vivir y permanecer en el seno de María porque Ella, desde el primer instante de su ser inmaculado, vive en la Gracia de Jesús, vive en Jesús y para El.
Orar con el rosario es adentrarnos en el Evangelio de la Gracia de Cristo que late en el corazón de su Madre, Madre de la Divina Gracia: “en esta oración, que es compendio del Evangelio, nos adentramos en la contemplación del Rostro de Cristo desde la perspectiva mariana. Centrándonos en el nombre y el rostro de Jesús, contemplando sus misterios, en el desgranar de las avemarías su ritmo repetitivo nos lleva a una pedagogía del amor, orientada a promover el mismo amor que María tiene por su Hijo.”
Es por eso que el Rosario es escuela de oración, de contemplación saludable, por él vivimos profundamente nuestra vida teologal, orando constantemente en la fe, la esperanza y la caridad.
Nos sería de gran ayuda, en cada misterio del Rosario, el preguntarnos: ¿cómo es la fe, la esperanza y la caridad de María? ¿cómo es su vida teologal en su Fiat en la Anunciación? ¿cómo es la caridad que la hace correr, con los pasos del amor, para ser la primera misionera que lleva a Jesús y que canta sus maravillas, en su pequeñez, junto a Isabel? ¿cómo es su búsqueda angustiada en la pérdida de Jesús en el Templo? ¿cómo estaba sostenida por la esperanza del encuentro? Busco al amor de mi alma, esta pérdida y encuentro de Jesús será como un preludio y un anticipo de los Tres días de la Pasión, Muerte y Sepultura de Jesús.
¿Cómo es la vida de fe, esperanza y caridad de nuestra Madre en los tres días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús? Allí la vida teologal de nuestra Madre se vió plenificada y desbordó sobre toda la Iglesia, que en ésos días subsistió en su Corazón fiel: Mi Corazón está firme, Dios mío, mi Corazón está firme.
El Rosario nos ayuda a trasladarnos a la vida teologal de nuestra Madre en sus gozos, en la contemplación del Rostro luminoso de su Hijo, en su compasión junto al dolor de Jesús y en su radiante gloria en el encuentro con la Resurrección y la Vida; en su Misión de ser el corazón orante de la Iglesia, en la efusión del Espíritu de Vida y de Luz. De esta manera sintoniza con nuestra vida cotidiana de fe, esperanza y caridad y la sostiene
[2].
El secreto de este crecimiento teologal está en colocarse cada día ante el Misterio de la Inmaculada concepción de nuestra Madre
[3].
Es el Misterio por excelencia de la Gracia, es la fiesta de la Gracia, la aurora de la nueva creación; el preludio del triunfo definitivo del Amor de Jesús en la Cruz. Cada vez que llamamos a María, que le cantamos con nuestro corazón llena eres de Gracia (kejaritomene)
[4] nos ponemos en íntimo contacto con el Misterio de su inmaculada concepción que es a la vez el Misterio de su plenitud de gracia: allí María recibe el germen vivo de su fe, esperanza y caridad.
La gracia de María, puro regalo y reflejo de la Hermosura y la ternura de Dios, nos contagia y nos hace capaces de responder desde Ella a Jesús
[5]. El contacto con la hermosura de María despierta el impulso de la oración y dilata nuestro tan pequeño y mezquino corazón. Como dice el Santo Cura de Ars: “Nuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. El hombre tiene un hermoso deber sobre la tierra, orar y amar. Si oramos y amamos lo tenemos todo.” La fe, la esperanza y la caridad que brotan de nuestro inhabitare in María nos unen directamente con Dios.
El otro lugar para aprender a orar desde las virtudes teologales de María consiste en ponernos cada día, espiritualmente con Ella, que permanece de pié junto a la Cruz de Jesús. Allí la Madre que está junto a la cruz sostenida por la fe, fortalecida por la esperanza y ardiente por el fuego de la caridad, nos ilumina en nuestro peregrinar de cada día, en lo difícil del amor que tiene que abrazarse a su cruz cada día y ver en esa cruz a Jesús que nos lleva a nosotros; en el paciente y silencioso esperar del alba de la Resurreción, porque su amor por nosotros se renueva cada mañana.
¡Qué distinta se nos muestra la oración cuando colocamos nuestro corazón en aquella que está llena de Gracia, llena de Dios, para que impulse nuestro corazón en el salto de la fe y del amor que es entregarse con Jesús en la cruz cada día! Nuestra oración tiene que desembocar allí, junto a María al pié de la cruz: No hay amor más grande que dar la vida.
Es por eso que el Rosario, la dulce cadena de la fe, esperanza y caridad de María está coronada y se abre por la Cruz:
“El Rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de El, todo tiende hacia El, todo, a través de El, en el Espíritu Santo, llega al Padre.” (RVM 36)
La Fe, la esperanza y caridad de María nos llevan a vivir en su Hijo: Viviendo con Jesús, que permanece en el seno del Padre y en el seno de María, aprendemos a orar:
“O Iesu, vivens in María, veni et vive en famulis tuis, in spiritu sanctitatis tuae, in plenitudine virtutis tuae, in perfectione viarum tuarum, in virtute virtutum tuarum, in communione mysteriorum tuorum. Dominare omni adversae potestati in Spiritu tuo, ad gloriam Patris. Amen”
El secreto de la oración está en ponerse con sinceridad en la Presencia de ese Rostro de Jesús, que vive en María. Mirando a Jesús desde María aprendemos a orar casi por contagio y surge en nosotros un deseo y una súplica: “Señor, enséñanos a orar.” Nos dice Juan Pablo II en su carta Novo millenio ineunte:
“Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios del divino Maestro... En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre... La oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo del amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente al corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: El que me ame, será amado por mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a el.” (NMI, 32-33)


El Rosario nos pone en contacto con la fuente de agua viva del corazón:

Volvamos a las palabras de Teresita sobre la oración, la doctora de la ciencia del Amor divino, nos dice que la oración es un impulso del corazón, una respuesta del corazón hacia una atracción del Señor. En este momento queremos subrayar la realidad del corazón
[6], o sea el lugar de la permanencia de Dios Trinidad en nosotros, en lugar en donde mana en nosotros “la eterna fonte del agua viva del Espíritu”, como canta la conocida poesía de Juan de la Cruz[7].
La oración contemplativa del Rosario se inscribe en la larga tradición orante de la Iglesia, en una modalidad conocida tanto en Oriente como en Occidente: no referimos a la oración del corazón, hacer descender o introducir el corazón, nuestro propio corazón, en el Nombre- que es Presencia- de Jesús y de María
[8].
La oración del corazón trata de hacernos tomar conciencia de que el Agua viva del Espíritu, su hoguera de caridad permanece en nuestro más profundo centro.
Y es allí en lo secreto a donde debemos descender para caminar desde la presencia y la permanencia en el amor y poder dar infinitos frutos para la gloria de nuestro Padre.
[9]
Cada vez que tomamos el Rosario, la Virgen como en el Cenáculo, nos envuelve con su oración –la omnipotencia suplicante- y hace que el Espíritu de Pentecostés pueda aletear en nosotros, despertando nuestro corazón adormilado en el pecado, en la pereza o en la indiferencia para devolverlo a su primera vocación: hacer resplandecer el Misterio de la hermosura de Dios Trinidad.
Nosotros saludamos y contemplamos a la llena de gracia en cada avemaria y Ella nos envuelve con su oración. Dejarse envolver por la oración de la Inmaculada, la Madre de la oración perpetua, para que descubramos y conozcamos en nosotros al Don de Dios, a su Espíritu de Vida
[10].
El Espíritu de Vida con su influjo quiere regar nuestro corazón en sequía, sanar nuestras enfermedades, vencer nuestra dureza, infundir el calor de la Vida de Dios en nuestro hielo. Nosotros decimos: Ave María y la Virgen dice en nosotros y por nosotros: ¡Veni Sancte Spiritus!. La Virgen y el Espíritu Santo nos hacen tomar conciencia de que tenemos un corazón, despiertan el corazón para Dios y día a día le enseñan a ese corazón a ser reflejo del Corazón en donde el Padre encuentra toda su Complacencia: El Corazón de Jesús
[11].
¡Sí, Santa Madre, omnipotencia suplicante ruega por nosotros en cada ave maría que te ofrece nuestra pobreza y nuestro amor para que cada día vivamos un nuevo Pentecostés! Si, Ven oh Santo Espíritu, ven por la intercesión de tu Esposa inmaculada, y obra en nosotros por la Gracia lo que obraste en María por la Gracia y la naturaleza. Forma a Jesús en nosotros, configúranos con El:
“Ven, Espíritu Santo. Venga la unión del Padre, el beneplácito del Verbo. Tú, Espíritu de verdad, eres el premio de los santos, el refrigerio de las almas, la luz en las tinieblas, la riqueza de los pobres, el tesoro de los que aman, la saciedad de los hambrientos, el consuelo de los peregrinos; en ti finalmente, se hallan todos los tesoros inimaginables.
Ven, tú que, al descender sobre María, hiciste que el Verbo se encarnara, y obra en nosotros por la gracia lo que obraste en Ella por la gracia y la naturaleza.
Ven, tú que eres el alimento de todo pensamiento casto, la fuente de toda clemencia, la cumbre de toda pureza. Ven y consume en nosotros todo aquello que impide que nosotros seamos consumidos en ti” (Santa María Magdalena de Pazzis)

El Rosario como sencilla mirada del corazón:

Si seguimos desgranando la quasi definición de la oración de Teresita nos encontramos con la expresión: Para mi la oración es una sencilla mirada... Estas palabras nos abren a todo el misterio de la contemplación cristiana. Esa contemplación que es gracia, o sea que es un regalo de lo alto, del Padre de las luces, y a la cual todos estamos llamados.
¡Con el Rosario somos los contemplativos por excelencia! El rosario mismo nace en el corazón contemplativo de la Iglesia, en los claustros cartujanos y la cálida meditación de los misterios de Jesús que San Bernardo instaura en su escuela de la caridad, que es el monasterio cistercience.
Vuelvo a repetirlo: rezando bien el Rosario ¡somos los contemplativos por excelencia! Y la oración es contemplar: mirar con Jesús, mirar con María, mirar al Padre. Pero contemplar es también, y sobre todo, mirar dentro de Jesús y de María, mirar dentro de sus misterios para poder aclarar en ellos nuestra mirada de fe y hacer de nuestra mirada y de nuestro corazón pura transparencia de Jesús y de María.
Sencilla mirada: uno aprende esta lección de mirada de amor contemplando el sublime icono de la Trinidad de Rubleiv. La contemplación de las miradas mutuas de las Personas de la Santísima Trinidad, es la mejor escuela para orar. Desde esas miradas la oración brota espontáneamente, brota de la conciencia del amor: “Yo lo miro y el me mira”.
Con el rosario “yo lo miro a Jesús” pero no con cualquier mirada sino con la de su Madre y Jesús “me mira”. Me mira para invitarme a ser otro Jesús, me mira para inspirarme sus mismos sentimientos, su pobreza de corazón, su obediencia al Padre, su amor hasta el fin, su paciencia, su humildad, su mansedumbre, su pureza, su Vida nueva de Resucitado “vivo para Dios”
[12].
Por el Rosario entramos en el agradecimiento de Jesús y de María, en su prorrumpir de gozo en el Espíritu al Padre:

La oración es un grito de agradecimiento y de amor. Agradecer no es otra cosa que saberse agraciado, regalado, objeto de la misericordia infinita el Padre y de su elección. Agradecer es hacer de nuestra vida una eucaristía: una ofrenda total junto a la de Jesús, una ofrenda total desde el “Hágase” de María
[13].
Orar es dar gracias en el Nombre y entrar en su Gracia filial: Jesús, centro y fin de todo avemaría, orar en el Nombre para introducirlo en todo nuestro ser y que ese grito sea un don de salvación: Jesús, Dios me salva. Es invocar un Nombre que es presencia, que da regocijo y luz al corazón. Un Nombre que introduciéndose en nuestro pobre corazón lo recrea en su amor y hace brotar de él una oración continua e incesante. Cuando por el Nombre de María, por su Presencia y su oración en el Rosario, el nombre de Jesús se adentra profundamente en todo nuestro ser, que respiramos en ese Nombre, se puede realizar en nosotros el mandato del Señor: Es necesario orar siempre, sin desfallecer. De esta manera el Rosario es un camino hacia la oración incesante:
“El centro del Ave María es el nombre de Jesús... repetir el nombre de Jesús, el único nombre en el cual podemos esperar la salvación, junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.” (RVM 33)
Orar es susurrar el nombre de la llena de Gracia, es cantar, confesar, proclamar con acción de gracias “las maravillas de la Gracia del Padre que nos ha elegido en Jesucristo para que en El seamos hijos suyos, para que todos los tesoros del Hijo sean los nuestros, para que seamos alabanza de la gloria de su Gracia”.
Susurrar cada día con el Rosario, orar cada día con el rosario es lanzar dentro de nosotros y ante el mundo que nos rodea el mensaje de la esperanza: la Gracia irrumpe en nuestros corazones de piedra y puede cambiarlos, transformarlos, identificarlos con Jesús. En esta identificación con El, por la caridad, puedo ver su Rostro en el enfermo, en el necesitado, en aquel que necesita de mi consuelo, de mi perdón o de la ayuda de mi misericordia:
“Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo?
¿Cómo podrían seguirse los pasos de Cristo revelador, en los misterios de luz, sin proponerse en testimonio de las bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado sin sentir la necesidad de hacerse sus cireneos en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer de este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?”
De este modo orar es unirse a la intercesión salvífica de Cristo pidiendo por todos y por todo; intercesión salvífica que El realiza en su Sacrificio en el altar de la Cruz y en la cual María está asociada de una manera única y singularísima.

El Rosario como camino para entrar en el silencio fecundo de la escucha de la Palabra:

Orar es sobre todo dejar que Otro pueda hacer oir su voz, el soplo suave y sereno del Amor del Padre y del Hijo. Orar es silenciar tantos gritos de odio, de violencia, de rencor, de palabras hirientes para dejar que la Persona-Don del Espíritu Santo grite y ore en nosotros. ¡Cuánta sed tenemos de entrar en el silencio fecundo de nuestra Madre, cuánta necesidad de que viva su Corazón silencioso en nosotros! Orar con el Rosario es pacificar el corazón y es comprometerse a trabajar por la paz; la verdadera oración sólo puede brotar de un corazón reconciliado y que siembre reconciliación con su vida y presencia:
“El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo; Príncipe de la paz y ‘nuestra paz’. Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso- aprende el secreto de la paz y hace de ella un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado.” (RVM 40)
El Rosario puede acallar nuestra palabrarería y el flujo continuo de imágenes, a veces tan agresivas; el Rosario silencia nuestra corazón para poder ver en el fondo de nuestro pozo.
¿Qué otra cosa podemos ver en lo hondo del pozo de nuestro corazón, cuando se silencia y aclara, sino al Don prometido por Jesús en el pozo de Siquem, nuestro espíritu habitado por la luz serena de la Comunión Trinitaria?
El silencio acalla lo fragmentario de nuestras palabras vacias y hace nacer en nosotros al Verbo de Vida, el Verbo nacido en el silencio del Padre: que hablando me comunica la vida: el Verbo era la luz verdadera que viniendo al mundo ilumina a todo hombre; en El estaba la Vida y la Vida era la Luz de los hombres. El silencio posibilita la escucha de la Palabra para poder responder, entregando todo nuestro corazón desde la Palabra misma. ¿Acaso el Rosario no es escuchar la Palabra de Dios y hablar con Dios desde su Palabra?
La Palabra de Dios se hace fecunda en el espacio del silencio y de la sencillez. El Corazón de María, sobre todo, es este claro espejo de silencio fecundo. ¡Silencio de María, envuélvenos, pacifícanos, enséñanos a orar! Nos dice bellamente el Siervo de Dios Pablo VI:
“Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazareth, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve.” (Pablo VI, Homilía en Nazareth)

El Rosario nos introduce en el espíritu filial de María y en su oración:
Orar con el Rosario es introducirnos en el espíritu filial de María, la Hija de Sión, la Hija predilecta de Dios Padre. Es en ese espíritu filial de María desde el cual el Espíritu Santo nos impulsa a llamar a Dios como Padre, introduciéndonos por los misterios de Jesús en la contemplación serena y confiada del Rostro del Padre en el Rostro de Jesús: el rostro tierno de un niño que nace en el frío de la indiferencia y la pobreza nos habla del Padre, el rostro de Jesús proclamando las bienaventuranzas e invitando a acoger el Reino nos habla del Padre, el Rostro de Jesús anticipando su entrega de amor en la Eucaristía nos habla del Padre, el Rostro coronado de espinas, abofeteado y escupido.
El Rostro sin vida del Hijo en los brazos de María nos habla del Padre, el Rostro de gloria nos comunica la luz del Padre y la Buena Noticia por excelencia: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.”
En cada Misterio la vida de Jesús es un Sacramento y una comunicación del Padre. Invocar a María y repetir en amor su dulce nombre es abrirse a la Presencia y a la salvación del nombre de su Hijo. Decir constantemente en la incansable letanía del amor el nombre de Jesús es introducirse en la respuesta de amor de Jesús a su Abbá; es dejar que el impulso de su Vida, que procede totalmente del Padre y que se dirige totalmente hacia El, pueda envolvernos e incorporarnos:
“Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual se dirige continuamente, porque descansa en su “seno”. El nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con El: Abbá, Padre. En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre.” (RVM. 32)
El Rosario es por excelencia esta oración que nos coloca en el silencio de María, en su Corazón silencioso y atento, en ese Corazón que es la creación más grande de la Nueva Alianza de Su Hijo. En ese Corazón, Sagrario del Espíritu Santo, aprendemos a escuchar, a inclinar obedientemente todo nuestro ser a la Palabra de Vida que es una Persona, Jesucristo.
Y así desde ese silencio orante el Espíritu Santo puede actualizar en nosotros la oración de María, hacerla presente en nosotros, hacer presente su entrega, su “Hágase”: “Dios mío, con alegre y sincero corazón, te lo he entregado todo. Y en sintonía con nuestra vida puede hacer resonar su oración, su perenne Magnificat en nosotros tanto desde dentro de la prueba. Desde dentro de nuestros misterios dolorosos, como desde dentro de nuestra luz y alegría en espera de la Gloria.

El Rosario es invitación a caminar bajo la mirada y desde la mirada de María hacia Jesús:

El Rosario es una sencilla mirada, una mirada que hacer estallar las maravillas de Dios en nuestro corazón: Su gran obra de Amor en Jesús. María en el rosario nos enseña esta simple mirada contemplativa. La contemplación no es otra cosa que fijar los ojos del corazón en el Rostro de Jesús, es un mirar amando, es un mirar para reproducir. Es un mirar al Misterio de Jesús y a sus misterios, tantas decenas de nuestros rosarios, para descubrir al Señor en nuestro camino ordinario y doloroso de cada día. Contemplar es hacernos discípulos como María, que mientras caminamos en los gozos, alegrías y cruces de cada día saben dejarse iluminar por la palabra de vida del Maestro. Contemplar es estar a los pies del Maestro escuchando y guardando en el corazón su Palabra y es, a la vez, caminar con el Maestro en su camino de dar la vida gota a gota, en su amor hasta el extremo.
Cada ave María nos tiene que introducir en la mirada de nuestra Madre: la Mirada de María es toda ella impulso y adhesión de su Corazón a Jesús, su Hijo: “La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de El. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el Templo: Hijo mío, por qué nos has hecho esto?; será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones como en Caná; otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la parturienta, ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte de su Hijo, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella; en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés.” (R.V.M. 10)
Cada día que desgranamos el Rosario nos introducimos como en un “mar de paz” para acallar tantas turbulencias de nuestro corazón, en el recuerdo y en la memoria de nuestra Madre. Entrar en su Recuerdo significa identificarse con Ella, con lo hondo de sus sentimientos, significa comprender y pedirle su mismísimo amor, su fidelidad a Jesús:
“¡Oh Virgen Pura, Madre de Dios, dinos, a nosotros tus hijos, cómo amabas a tu Hijo y tu Dios cuando vivías en la tierra! ¿Cómo se alegraba tu espíritu en Dios, tu Salvador? ¿Cómo contemplabas su maravilloso Rostro, pensando que él es Aquel a quien sirven con temor y amor todas las potencias celestes?
Dinos, ¿qué sentía tu alma cuando tenías en tus brazos al Hijo divino? ¿Cómo le formaste? ¿Cuáles fueron los dolores de tu alma cuando le buscaste con José durante tres días en Jerusalén? ¿Qué tormentos soportaste cuando el Señor fue entregado a la crucifixión y murió en la Cruz?
Dínos, ¿cuál fue tu gozo en la Resurrección, o que postración embargo tu alma después de la Ascensión del Señor?
Nuestras almas desean conocer tu vida con el Señor en la tierra; pero Tú no has querido dejarlo escrito, y en el silencio has envuelto tu secreto.”
( S. Silvan del Monte Athos)
¿En que consiste el recordar de María? Significa un volver a hacer pasar por el corazón; nuestra Madre vuelve a peregrinar con su recuerdo cordial en todos los caminos de su Hijo. Nosotros somos invitados a peregrinar en este recuerdo cordial de María, a hacerlo nuestro: ella tiene que vivir su peregrinación de la fe en nosotros:
“Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. María propone continuamente a los creyentes los “misterios de su Hijo” con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el rosario la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.” (RVM. 11)
Nuestra vida en comunión con María se va convirtiendo, día a día, de misterio en misterio, en expresión de los Misterios de Jesús que Ella lleva impresos en su Corazón. Entrar en la “memoria” de María en actitud de fe y amor significa abrirnos a la Gracia de Cristo, esa Gracia conformadora, nos va asimilando a su Corazón; esa gracia que Cristo nos ha alcanzado con los misterios de su vida, muerte y resurrección. Penetrando de misterio en misterio en la vida de nuestro Redentor el va forjando nuestra existencia como un irradiación de la suya.
En el Rosario María es nuestra maestra de contemplación, el rosario es la escuela diaria de nuestra Madre para aprender a “leer y conocer” a Cristo no sólo en las impresiones de su Corazón inmaculado sino también en las complicaciones, tribulaciones y aparentes sin sentido de nuestra vida cotidiana. El Rosario desde la escuela de María nos enseña a leer a Cristo, su paso y su presencia en nuestra vida.
Pero para comprender a Cristo desde María, y en él descubrir el sentido y la misión de nuestra vida, es necesario entrar por la puerta de la humildad. Del humilde escuchar y aceptar la palabra en cada repetición del amor:
“El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave María, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse hacia la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas con respecto a los sentimientos que inspira.
Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica propia psicológica del amor. En cada Ave María el acto de amor se dirige, con Ella y por Ella, a Jesús.”
Porque la humildad nos lleva a la verdad y la verdad es Jesucristo y es a El a quien queremos conocer: quiero conocerlo a El, la fuerza de su Resurrección y la comunión con sus padecimientos:
“No se trata sólo de comprender las cosas que Jesús ha enseñado, sino de comprenderle a El. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo, entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su Misterio. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la escuela de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.”
¡Que cada día podamos crecer en esta escuela de oración que es el Rosario, que María nos lleva por medio de El a vivir continuamente en la presencia de Dios y de su Misterio que nos es comunicado y revelado en el fruto bendito del vientre de la bienaventurada Virgen María: Jesús dulce, Jesús piadoso, Jesús Amor.


NOTAS:
[1] Nos dice bellamente el Catecismo de la Iglesia Católica: “En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La Gracia del Reino es la ‘unión de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero’. Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con El. Esta comunión es posible siempre porque, en el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo. La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus dimensiones son las del amor de Cristo.” (C.E.C nº 2565)
[2] “Se entra en la oración por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra la que queremos escuchar y guardar. La oración saca todo del amor con que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como El nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración: Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente... Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos de mi vida que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro.” ( C.E.C. nº 2658)

[3] Esta práctica la recomendaba el siervo de Dios P.Juan Arintero, práctica que llamaba “el secreto de nuestro crecimiento en la vida espiritual”.
[4] Con esta expresión la Escritura se refiere a la benevolencia y al Don de Dios. El Don que hace de su amor, por lo tanto el Don de Sí mismo. La expresión “Kejaritomene” se podría traducir literalmente como “ Tú que has estado y sigues estando llena del don y el favor divino.”
[5] “Llena eres de gracia, el Señor está contigo” Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con Ella. La gracia de la que es colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia. ‘Alégrate...Hija de Sión, el Señor está en tu seno’. María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es la ‘morada de Dios entre los hombres’. ‘Llena de Gracia’ se ha dado toda al que viene a habitar en Ella y al que Ella entregará al mundo” (C.I.C. nº 2676)
[6] “¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si éste está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana. El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: ‘donde yo me adentro’). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la elección. Es el lugar de la verdad, allí elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza."”(C.E.C. nº 2563)
[7] Que bien se yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo donde tiene su manida,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
Y que cielos y tierra beben de ella,
Aunque es de noche.
[8] “El nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir ‘Jesús’ es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él. La invocación del Santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en ‘palabrerías’, sino que como María, ‘conserva la Palabra y fructifica con perseverancia’. Es posible ‘en todo tiempo’ porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.” (C.I.C. nº 2666- 2667)
[10] Citamos la joya preciosa del himno Akhathistos de la zarza ardiente, dedicado a María, la Madre de la oración perpetua, incesante. Este himno liga la acción y la eficacia de la intercesión de la Madre de Dios para poder llegar a la Oración perpetua del corazón u “oración de Jesús”:
“De una Madre siempre Virgen
se ha encarnado
Aquel que ha conservado intacta
La naturaleza corporal de la zarza ardiente.
El Nombre del Señor de la gloria
Se ha hecho articulable;
Dios el invisible,
Aquel que se manifestó velado en el corazón del fuego,
El Rostro de la Belleza celeste,
La Imagen infinita,
Se ha anonadado a Sí mismo
Ha aceptado sujetarse a nuestra medida.
El inefable se ha manifestado verdaderamente ante nosotros
Como un humilde vencedor,
Montado sobre un asno.
Gustad también vosotros el poder oculto
En el Nombre de Luz,
Y pasaréis de la muerte a la vida,
Deificados en todo nuestro ser.
Entonces todos cantaremos
Con voz clara y segura:
Salve, Condescendencia por la que Dios nos otorga contenerle nosotros también.
Salve, Misericordia en la cual Cristo se nos ha dado.
Salve, Quietud interior donde se realiza la venida de Aquel cuyo Nombre es Amor.
Salve, Ocio íntimo donde el Logos mismo resuena en nosotros.
Salve, Reconciliación por la que llegamos a lo más profundo de nuestro ser.
Salve, Dulzura que nos hace hermanos del Emmanuel.
Salve, Silencio en el cual la pulsación del Espíritu se une a nuestra sangre.
Salve, Soledad en la que se abre de repente ante nosotros el cielo del corazón.
Salve, Pureza que has atraído la venida del Rey de la gloria al mundo.
Salve, Esposa, Madre de la oración perpetua.
[11] “Virgen santísima, Madre virginal, sólo en tu corazón el Nombre de gloria canta siempre en toda su plenitud viviente y verdadera. Es para nosotros una gran maravilla, oh Purísima, que en ti solo, incomparablemente, el corazón del hombre y el corazón de Dios hayan latido y palpiten sin fin al unísono y que la oración, como un péndulo del reloj, marque a su vez tu contemplación y el cielo, modelando tu corazón sobre el misterio del amor de Dios. Oh carro de luz sin crepúsculo, elévanos también a nosotros hacia la Sabiduría bendita del corazón, para que, convertidos al Bien, y dignos de cantarte te presentemos, como a una Iglesia viviente, un ortodoxo ¡Aleluya! Madre de Dios, corazón de luz, Madre de Dios, corazón del mundo, Madre de Dios, corazón purísimo, Madre de Dios, corazón del Verbo: acógenos como almas sedientas de las alegrías de una mañana sin término, y dígnate renovar en nosotros un corazón puro, a fin de que nosotros te cantemos: ¡Salve, Esposa, Madre de la oración perpetua!
[12] “La contemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con que el es amado y que quiere responder a él amando más todavía. Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia de parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado...La contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser. Es comunión: en ella, La Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, ‘a su semejanza’.” (C.E.C. 2713)
[13] “La contemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el ‘si’ del Hijo hecho siervo y en el ‘fiat’ de la humilde esclava” (C.E.C. 2716).
Nuestro agradecimiento
al P. Marco Antonio Foschiatti OP.

viernes, 23 de octubre de 2009

San Antonio María Claret: Avisos a un sacerdote


“La otra clase que más me llamaba la atención era la clerical. ¡Oh, si todos los que siguen la carrera eclesiástica fueran hombres de verdadera vocación, de virtud y de aplicación al estudio! ¡Oh, qué buenos sacerdotes serían todos! ¡Qué de almas se convertirían! Por esto he dado a luz aquella obrita en dos tomos que se llama El colegial o seminarista instruido, obra que ha gustado a cuantos la han leído”
PINCHA AQUÍ
obrita del San Antonio María Claret sobre la ascesis sacerdotal.

jueves, 22 de octubre de 2009

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, mediador (IX)

El Sacerdote es uno; sus funciones muchas, y todas muy altas. Ministro de Dios, vehículo de la luz; hilo conductor de la vida divina que resucita a los muertos; propagador de esa vida, ha aparecido ante nuestros ojos con grandeza sobrehumana, que reclama una con­dición de parte suya : la santidad. Todos esos son títulos para que le reconozcamos medianero entre el cielo y la tierra; pero esa mediación en ninguna parte brilla como en el altar.
Distancia entre tierra y cielo, que no impide la necesidad que aquella tiene de éste. Cristo en la Eucaristía lazo que los une. El Sacerdote pone en contacto al pueblo con Cristo, por lo que es me­nester sea santo.
- 1 -

Dios, su reino, grandeza y gloria de ese reino; ninguno de este mundo puede comparársele. La tierra, desierto por donde peregrinan los mortales, región de tinieblas, campo árido, teatro de luchas y discordias. Entre el cielo y la tierra hay distancia inmensa, y sin embargo la tierra vive del cielo. El cielo nos envía en el orden natural luz, calor, lluvia, rocío. Del cielo viene el genio, el talento, la ciencia misma, y al cielo somos deudores de esa otra luz, de ese otro calor, de esa otra lluvia, la gracia que forma los hombres de Dios. Cortad la comunicación entre ambos, y vendrá el desquiciamiento universal; inconcebible; la comunicación jamás ha estado plenamente rota, en los días del paganismo hubo un pueblo llamado de Dios, y aun entre los paganos varones justos. Pero si llegara a cortarse, la muerte sería la consecuencia.

- 2 -

Los pueblos han tenido un objeto de su veneración, el altar. Qué ha habido en él. Las víctimas.

En el altar cristiano está Dios con todo su cielo, con la Trinidad, el poder, la sabiduría, la bondad; los ángeles le acompañan; sus tesoros y riquezas le siguen. Está la tierra, los dolores humanos, las necesida­des humanas, los pecados humanos, las plegarias humanas, las ala­banzas humanas, todo allí se halla y se junta, y las alabanzas deposi­tadas en el Corazón de Jesús forman el más bello himno, y las plega­rias la más valiosa oración, y los pecados víctimas que aniquila el amor divino, y las necesidades, indigencias que Dios socorre, y los dolores penas que consuela.

- 3 -

El oficio del Sacerdote aquí es importantísimo, es mediador, cómo sube al altar, cargado con las ofrendas del pueblo, allí las deposita. [...] Y el Sacerdote permanece, tratando los negocios de su pueblo como Moisés en el Sinaí o como en el propiciatorio, bajando luego cargado de riquezas.
El Sacerdote, pues, pone en contacto al Dios de la misericordia con su pueblo amado. Oficio augusto, que pide en él limpieza de alma, ornamento de virtudes, ropaje de santidad.
BIOGRAFÍA DEL BEATO MARCELO SPÍNOLA
Nuestro agradecimiento al Rvdo. D. Ignacio Gillén

miércoles, 21 de octubre de 2009

Cartas de Santa Teresita con el P. Roulland, hermano espiritual (IV)


Jesús
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19 de marzo de 1897
Querido hermano:
Nuestra madre acaba de entregarme sus cartas, no obstante estar en cuaresma (tiempo durante el cual no se escribe en el Carmelo). Y me ha dado permiso para contestarle hoy, pues mucho nos tememos que nuestra carta de noviembre haya ido a visitar las profundidades del río Azul. Las de usted, fechadas en septiembre, hicieron una feliz travesía y vinieron a alegrar a su Madre y a su hermanita en la fiesta de Todos los Santos. La del 20 de enero nos llegó bajo la protección de san José. Y ya que usted sigue mi ejemplo escribiéndome en todas las líneas, no quiero perder yo esta buena costumbre, que, no obstante, hace que mi mala letra sea todavía más difícil de descifrar... ¡Ay, cuándo llegará el día en que no tengamos ya necesidad de tinta ni de papel para comunicarnos nuestros pensamientos...! Usted, hermano, a punto estuvo de ir a visitar ese país encantado donde es posible hacerse comprender sin escribir e incluso sin hablar; doy gracias a Dios con toda el alma por haberle dejado en el campo de batalla para que pueda ganar para él numerosas victorias. Ya sus sufrimientos han salvado muchas almas. San Juan de la Cruz dijo: "Es más precioso (...) un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, (...) que todas esas otras obras juntas". Si eso es así, ¡cuán provechosos para la Iglesia han de ser sus sufrimientos y sus pruebas, dado que sólo por amor a Jesús usted los sufre con alegría!
Verdaderamente, hermano, no puedo compadecerlo, pues se cumplen en usted estas palabras de la Imitación de Cristo: "Cuando el sufrimiento te parezca dulce y lo ames por amor a Jesucristo, habrás hallado el paraíso en la tierra". Este paraíso es, en verdad, el del misionero y el de la carmelita. La alegría que los mundanos buscan en medio de los placeres no es más que una sombra fugitiva; pero nuestra alegría, la que buscamos y saboreamos en los trabajos y en los sufrimientos, es una realidad extremadamente dulce, un disfrute anticipado de la felicidad del cielo.
Su carta, toda ella impregnada de santa alegría, se me ha hecho muy interesante. Siguiendo su ejemplo, me reí de buena gana a costa de su cocinero, al que veo desfondando su olla... También su tarjeta de visita me ha divertido mucho; no sé ni siquiera de qué lado volverla, me parezco a un niño que quiere leer un libro poniéndolo al revés. Pero volviendo a su cocinero, ¿creerá que en Carmelo también nosotras tenemos a veces aventuras divertidas? El Carmelo, al igual que el Su-Tchuen, es un país extraño al mundo, donde uno pierde sus costumbres más primitivas. Lo voy a poner un ejemplo. Una persona caritativa nos regaló hace poco una pequeña langosta bien atada en una cesta. Seguramente hacía mucho tiempo que no se había visto en el monasterio semejante maravilla. Sin embargo, nuestra buena hermana cocinera se acordó de que había que poner en agua al animalito para cocerlo. Y así lo hizo, lamentando tener que someter a tamaña crueldad a una inocente criatura. La inocente criatura parecía dormida y se dejaba manejar a capricho; pero en cuanto sintió el calor, su dulzura se cambió en furia y, consciente de su inocencia, no pidió permiso a nadie para saltar en mitad de la cocina, pues su caritativo verdugo no había puesto la tapa a la olla.
La pobre hermana se arma enseguida de unas tenazas y corre tras la langosta que da saltos desesperados. La lucha continúa por mucho tiempo, hasta que la cocinera, cansada de luchar y todavía armada de sus tenazas, se va toda desconsolada a buscar a nuestra Madre y le declara que la langosta está endemoniada. Su aspecto era aún más elocuente que sus palabras (¡pobre criaturilla -parecía decir-, tan dulce y tan inocente hace un momento, y ahora endemoniada! ¡Verdaderamente, no hay que creer en los cumplidos de las criaturas!). Nuestra Madre no pudo menos de echarse a reír al escuchar las declaraciones del severo juez que pedía justicia, se dirigió inmediatamente a la cocina, cogió la langosta -que, al no haber hecho voto de obediencia, opuso alguna resistencia- y, metiéndola de nuevo en su prisión, se fue, no sin antes haber cerrado bien la puerta, es decir la tapa. Por la noche, en la recreación, toda la comunidad rió hasta las lágrimas a cuenta de la langosta endemoniada, y al día siguiente todas pudimos saborear un bocado. La persona que quería regalarnos no erró el blanco, pues la famosa langosta, o mejor dicho, su historia, nos servirá más de una vez de festín, no ya en el refectorio, pero sí en la recreación.
Tal vez mi historieta no le parezca a usted muy divertida, pero puedo asegurarle que, si hubiese asistido al espectáculo, no habría podido conservar su gravedad... En fin, hermano, si le aburro, le ruego que me perdone. Ahora voy a hablar más en serio. Después de su partida, he leído la vida de varios misioneros (en mi carta, que quizás no haya recibido, le daba las gracias por la vida del P. Nempon). He leído, entre otras, la de Teófano Vénard, que me interesó y me emocionó mucho más de lo que pueda decir. Bajo esta impresión, he compuesto algunas estrofas, totalmente personales; no obstante, se las envío, pues nuestra Madre me ha dicho que cree que estos versos le agradarán a mi hermano de Su-Tchuen. La penúltima estrofa requiere algunas explicaciones: en ella digo que partiría feliz para Tonkín si Dios se dignase llamarme allá. Tal vez esto le sorprenda, ¿pues no es acaso un sueño el que una carmelita piense en partir para Tonkín? Pues bien, no, no es un sueño, y hasta puedo asegurarle que si Jesús no viene pronto a buscarme para el Carmelo del cielo, algún día partiré para el de Hanoi, pues ahora en esa ciudad hay un Carmelo, fundado hace poco por el de Saigón. Usted ha visitado hace poco este último, y sabe bien que en Cochinchina una Orden como la nuestra no puede sostenerse sin vocaciones francesas; pero, por desgracia, las vocaciones son muy escasas, y con frecuencia las superioras no quieren dejar partir a las hermanas que a su entender pueden prestar servicios en la propia comunidad. Así, nuestra Madre, en su juventud, se vio impedida, por la voluntad de su superior, de ir a ayudar al Carmelo de Saigón. No soy yo quien deba lamentarlo, antes bien doy gracias a Dios por haber inspirado tan acertadamente bien a su representante; pero pienso que los deseos de las madres se realizan a veces en los hijos, y no me sorprendería de ir yo a la rivera infiel a orar y a sufrir como nuestra Madre hubiese querido hacerlo... Hay que confesar, no obstante, que las noticias que nos envían de Tonkín no son nada tranquilizadoras: a finales del año pasado, entraron unos ladrones en el pobre monasterio y penetraron en la celda de la priora, que no se despertó, pero a la mañana siguiente no encontró a su lado el crucifijo (por la noche, el crucifijo de una carmelita descansa siempre junto a su cabeza, sujeto a la almohada), un pequeño armario estaba roto y el poco dinero que constituía todo el tesoro material de la comunidad había desaparecido. Los Carmelos de Francia, conmovidos por la miseria del de Hanoi, se unieron para proporcionarle los medios de levantar un muro de clausura lo bastante elevado para impedir que los ladrones entren en el monasterio.
Quizá quiere preguntarme usted qué piensa de mi vocación la Reverenda Madre; pues bien, está segura de mi vocación (pues en verdad, se necesita una muy especial, pues no todas las religiosas se sienten llamadas al destierro voluntario), pero, piensa ella que jamás se realizará mi vocación. Dice, que sería preciso que la vaina fuese tan fuerte como la espada, y ¿quién sabe si se tendría que arrojar al mar esta vaina antes de llegar a Tonkin? Así lo cree ella.... ¡Qué incomoda es nuestra composición de alma y cuerpo! Este miserable "hermanos asno", como lo llamaba san Francisco de Así, estorba a menudi a su noble hermana y la impide de lanzarse donde sus deseos la arrastran... Pero no me inquieto por lo que pueda pasar; estoy segura que el Señor hará siempre su voluntad; esta es la única gracia que pido: no debemos ser más realistas que el Rey.
Espero que si muero antes que Ud. no se olvidará en sus oraciones de la promesa que me tiene hecha, pero ya que siempre aceptó mis demandas tan bondadosamente me atrevo a hacerle otra: No quiere que pida al Señor que me libre del Purgatorio. La Seráfica santa Teresa decía a sus hijas: ¿Que va en que esté yo hasta el día del Juicio en el purgatorio, si por mi oración se salvase sola un alma? Estas palabras han hecho eco en mi alma; ¡quisiera salvarlas hasta después de mi muerte! Por eso me agradaría mucho que en lugar de la oración que viene rezando por mí diga esta otra: " Dios mío, permitid a mi hermanita que todavía os siga haciendo amar". Si el Señor escuhca esta plegaria le aseguro que experimetará mi agradecimiento.