
martes, 29 de septiembre de 2009
AVISO

Beato Marcelo Spinola: El sacerdote, hombre de la Eucaristía (VI)

Al ausentarse de la tierra, quiso transmitir a otros su Sacerdocio. El Sacerdote fue un prodigio de grandeza. Los Santos Padres han dicho de él grandes cosas; pero la más grande que de él puede afirmarse es que es el hombre de la Eucaristía; porque para la Eucaristía principalmente vive, por la Eucaristía se sostiene y la Eucaristía es su más potente arma de combate.
El pueblo cristiano mismo puede con toda verdad asegurarse que es el pueblo de la Eucaristía como fue Israel en los principios el pueblo del tabernáculo y fue más tarde el pueblo del templo. En derredor de la Eucaristía se mueven los creyentes; son sus cortesanos, así como la Eucaristía es el centro de su vida.
Y lo fue ayer, cuando perseguidos los fieles se congregaban en torno de la Eucaristía; y lo es hoy y lo será siempre y lo será en todas partes.
Los Apóstoles, a la vez que de los dogmas generales y preceptos evangélicos, lo fueron de la Eucaristía. Nada más patente. San Pablo la enseña, la explica, la encomia en sus Epístolas.
domingo, 27 de septiembre de 2009
P. Manuel María: Un laicado responsable es aquel que quiere verdaderamente que sus sacerdotes sean santos
Homilía del fundador de la Fraternidad, P. Manuel María de Jesús, en la Santa Misa celebrada en la Iglesia del Salvador de Toledo en el día de ayer, sábado de Témporas: En este sábado de Témporas, conforme al Misal del Beato Juan XXIII, la Iglesia pide al Señor especialmente por los ministros del altar. Y en esta ocasión lo hacemos en el contexto de la celebración del Año Sacerdotal convocado por Nuestro Santo Padre Benedicto XVI.
Esta súplica que eleva la Iglesia por el aumento del número, pero sobre todo por la calidad de los sacerdotes se apoya en el mandato que ha recibido directamente del Señor: "Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies".
La Iglesia y la sociedad tienen necesidad de muchos sacerdotes, porque la mies es abundante. En este sentido, nunca será suficiente el número de sacerdotes. Pero, aún más urgente que el número es la calidad espiritual y humana de aquellos que aspiran al sacerdocio y de los mismos obispos y sacerdotes.
La Iglesia quiere obispos y sacerdotes que aspiren con sinceridad y con determinación firme a la santidad.
La Iglesia quiere que sus ministros sean santos, porque es Dios mismo quien lo quiere así: "Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo".
Este deseo de Dios y de su Iglesia debería ser también el deseo de los miembros de la Iglesia. Este debería ser el deseo del Pueblo de Dios, tener sacerdotes santos.
Para ello, los fieles han de pedir este don a Dios con humildad y con perseverancia, asociando a su oración el ofrecimiento de los sacrificios y de las pequeñas cruces de la vida diaria, para que así el Señor bendiga a su Iglesia y al mundo con el don maravilloso del sacerdocio católico.
La responsabilidad de los fieles afecta no sólo a la oración acompañada de sacrificios, sino también al deber de promover entre los niños y los jóvenes de las propias familias cristianas la estima y la veneración hacia los sacerdotes y hacia el ministerio que estos ejercen para el bien de la Iglesia y del mundo.
Un laicado responsable es aquél que quiere verdaderamente que sus sacerdotes sean santos, que sean hombres de Dios, administradores incansables de las gracias que el Señor pone en sus manos para la santificación de las almas, absolutamente fieles a la Iglesia y a su Cabeza visible, el Papa.
Un laicado responsable es aquél que en sus conversaciones, valoraciones y exigencias no manifiesta una opinión favorable hacia modelos de vida sacerdotal asimilados al mundo, ni a las corrientes de opinión dominantes, ni hacia estilos de vida y de mentalidad secularizantes.
Contrariamente, lo que los laicos tienen derecho a esperar, e incluso a exigir, de sus obispos y de sus sacerdotes es que estos sean imagen viva de Cristo Buen Pastor. Obispos y sacerdotes según el Corazón de Cristo, obispos y sacerdotes que sean testigos valientes y humildes del evangelio, auténticos servidores de la verdad y de la caridad para con sus hermanos.
Pidamos esta gracia acudiendo a la poderosa intercesión de la Madre de Cristo Sacerdote y de todos los sacerdotes, a la Madre del Pueblo sacerdotal que es la Santa Iglesia de Cristo. Amén.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Beato Marcelo Spinola: El sacerdote en el altar (V)

Medios para lograr estas disposiciones; preparación remota y próxima; atención a lo que se hace y se dice, ceremonias, gravedad reposada, recogimiento interno y externo, acción de gracias.
jueves, 24 de septiembre de 2009
P. Marcelo Bravo: consejos generales para vivir la castidad
Hace unas semanas publiqué en “Virtudes y valores” una reflexión muy sencilla y breve sobre la pureza. Dado que se me ha pedido tratar más este tema, en el presente artículo pretendo desarrollar un poco más esas ideas, siempre de modo esquemático, para poder comprender, valorar y vivir esta virtud tan extraña, pero tan hermosa cuando se vive “en cristiano”; es decir, según su verdadero sentido, sin caricaturas ni deformaciones. Cuarto consejo: Fomento
Si realmente tengo aprecio sincero por algo, busco incrementarlo. Si tengo un negocio que me está dando ganancias, invierto para que me dé todavía más ganancias. No lo abandono, no me despreocupo de él. Es la ley del éxito de una empresa. Pasa exactamente lo mismo con la castidad. He dicho que la castidad es una virtud no sólo para los religiosos o monjas (que se comprometen bajo voto público), sino para todo cristiano – para todo ser humano digno – sea célibe o casado. Fomentar la castidad es promover todo lo que sea la consideración de la belleza del amor. ¿Qué significa esto?
1. Llenar el corazón de nobles ideales. Desear ser como Cristo que – como dice san Pedro – pasó haciendo el bien (cf. Hch. 10,38). ¿Qué más puedo hacer? Esta ha de ser nuestra pregunta cotidiana.
2. Lecturas que nos ayuden a vivir la virtud. No se trata de leer libros sobre la castidad, sino leer mucho sobre la vida cristiana. Sobre todo la lectura de la vida de santos es un estímulo. Leyendo las vidas de santos sentimos cómo nuestro corazón se llena de deseos de imitación, pues ellos son hombres como nosotros y tuvieron que luchar como nosotros para alcanzar las virtudes.
3. Vida de Sacramentos:
- La confesión como un encuentro íntimo con la misericordia de Dios. Si supiéramos qué misterio subyace al sacramento de la penitencia, seríamos asiduos clientes del sacerdote. Confesarnos cuando hemos caído es importante, pues en la confesión recibimos la gracia perdida y volvemos a ser hijos amados de Dios. ¡Cuánto gozo habrá sentido el joven rico cuando su Padre lo estrechó entre sus brazos! (cf. Lc. 15). Si no hemos pecado gravemente y sólo tenemos pecados veniales, la confesión nos da un incremento de gracia y la fuerza para ser fiel a nuestros ideales cristianos. Además, la confesión es un gimnasio de humildad: sin Dios no podemos ser fieles, no podemos ser castos, ni en el matrimonio ni en la vida consagrada…
- Eucaristía: el Pan Purísimo bajado del cielo. Recibir frecuentemente a Cristo Eucaristía será un estímulo para mantener el corazón limpio de impurezas y pecados.
4. Cultivo de las virtudes teologales, en especial de la virtud de la esperanza. ¿Qué significa la esperanza? Es la certeza, que me viene de la fe, de que Dios va a ser fiel a sus promesas y me dará el cielo. Lo dice san Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18). Si yo me esfuerzo por vivir castamente, aunque sea difícil, aunque signifique renunciar a mi “modus vivendi”, aunque signifique cruz y abnegación, estoy dispuesto a luchar porque sé – tengo absoluta certeza – de que Jesús, que subió al cielo para prepararme una morada, está reservándome un tesoro en el cielo.Quinto consejo: CuidadoEsto es de sentido común. Huir de las ocasiones de caída. De acuerdo con san Francisco de Sales (citado en el libro de J. Tissot, “El arte de aprovechar nuestras faltas”) hay dos tentaciones que se vencen huyendo: las tentaciones contra la fe y las tentaciones contra la castidad. Si yo sé que ciertas compañías, que ciertos ambientes, que ciertas personas pueden hacerme naufragar, ¿para qué hacerme el “inocente” y creer que no pasa nada? Esto, sin embargo, sólo se entiende a la luz de los primeros principios vistos arriba: si yo aprecio el don de un corazón puro, si yo sé que todo es relativo de cara a la eternidad, entonces voy a actuar en consecuencia. No me voy a exponer a perder la gracia de Dios, que es lo más grande que poseo. En concreto:
- Cuidar los ambientes: siempre será mejor no frecuentar aquellos lugares en donde sabemos que pueden naufragar los propósitos de fidelidad. Hay algunos lugares que en sí mismos son pecaminosos. No se debe acudir a espectáculos o casas en donde se fomente el vicio. Esto es obvio. Hay otros lugares que serán peligrosos, no en sí mismos, sino de acuerdo con la propia sensibilidad o con la situación existencial en la que se vive. El criterio fundamental para discernir es la honestidad: “yo sé que acudir a esta fiesta me causa problemas... pues no acudo, hago otra cosa”. En la medida de lo posible habría que evitar esos ambientes, aunque no siempre sea posible.
- Cuidado de la vista: todo lo que entra por los ojos penetra en el corazón. A veces nos angustiamos por las tentaciones que nos azotan y nos preguntamos por qué no podemos ser fieles y puros como ángeles, por qué tenemos que luchar contra las mismas caídas, los mismos pecados, etc. Preguntémonos más bien: ¿qué miro? ¿A dónde se me van los ojos? ¿Dónde se fija mi mirada cuando miro a una mujer o a un hombre? ¿En qué “región” de la “geografía humana” se detienen mis ojos? Es necesario, por tanto, disciplinar nuestra mirada para fijarla sólo en aquello que vale la pena. En concreto:
- Evitar siempre la pornografía. El cuerpo humano en sí mismo considerado es bello, sea femenino o masculino, porque ha sido creado por Dios. Cuando Dios creó a Adán y Eva, el escritor sagrado escribe: “Y Dios vio que era muy bueno”. Un ojo puro no pone maldad donde no la hay. Por el contrario, la pornografía busca siempre la excitación de las pasiones, las más de las veces por motivos económicos, utilizando a las personas como objeto de deleite sexual. El cuerpo del “otro” es siempre y sólo sujeto, nunca objeto.
- Hoy en día el acceso a la pornografía es sumamente fácil: basta abrir Internet para encontrar todo tipo de imágenes eróticas. Aun cuando se proteja el acceso a través de un filtro – que siempre es recomendable –, es fácil que se cuelen las imágenes, a veces en páginas que nada tienen que ver con el erotismo. En muchos portales, entre el amplio espectro de accesos, no puede faltar nunca el link para “mayores de edad”.
- Cuidado con la vista en la contemplación de personas de otro sexo. Hay sujetos que cuando ven pasar a una mujer hacen todo un análisis de geografía humana. Esta falta de control lleva después a llenar el corazón de “toxinas espirituales”, a crear una mentalidad que se detiene sólo en el cuerpo del otro, sin atender al corazón.
- Cuidado del tacto:
- Atención a las manifestaciones de afecto demasiado íntimas que podrían llevar a faltar a la castidad. Vale aquí la expresión del P. Jorge Loring sobre el baile: ciertamente importa la intención del sujeto, también la intención de la sujeta, pero sobre todo importa “cómo el sujeto sujete a la sujeta”. En el matrimonio hay una donación de alma y de cuerpo, por lo que el cuerpo ya no pertenece a sí sino a otra persona. Es una donación mutua y es una posesión determinada sólo por el amor y jamás por el dominio, precisamente porque no se trata sólo de un cuerpo, sino de un cuerpo espiritualizado. Por ello, “tocar” el cuerpo de la otra persona, sobre todo sus partes íntimas, es hacer un abuso, pues esta posibilidad compete sólo a su “dueño”, es decir, al esposo o a la esposa.
- El cuidado del tacto se refiere también al propio cuerpo. Desde el punto de vista de la fe, mi cuerpo es templo del Espíritu y, por la gracia, la Santísima Trinidad habita en mi cuerpo como en un templo. El cristiano no desprecia el cuerpo y la sexualidad, sino todo lo contrario. Es tal la dignidad de mi cuerpo – templo de la Santísima Trinidad – que tengo que esmerarme por mantenerlo digno y “ordenado”. Esto significa que el propio cuerpo se debe tocar con respeto y no desordenadamente. Tocarse sólo por motivos higiénicos, para asearlo y poco más.
- Cuidado de las personas: no hemos de ser ingenuos en el tema de la castidad. No todos piensan que la continencia sexual es un bien deseable. Se podría decir que sólo una mínima parte de los hombres y mujeres de hoy ven con buenos ojos la castidad. Quien quiere ser célibe tiene que luchar constantemente contra las trampas y asechanzas que otros pondrán a la vivencia de la virtud. Habrá personas que rechazarán nuestro deseo de castidad porque este testimonio les hiere profundamente. Por lo tanto:
- Atento a los amigos que ridiculizarán nuestros propósitos y nos invitarán a transgredir la norma moral, a echar “una cana al aire”. Es necesario ser firmes en las propias convicciones y perseverar. Cuando vean que somos inflexibles, nos dejarán en paz.
- Atención a aquella persona que se me cruzará en el camino. Si yo ya soy casado, la castidad me llevará a evitar el trato demasiado íntimo con quien no me has comprometido de por vida. Ya lo dice el refrán: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla”. Simplemente no te acerques al fuego. Si soy consagrado, vale lo mismo. El orden sacerdotal o los votos religiosos no quitan las tendencias, no convierten al hombre en ángel: hay que vigilar y no exponerse a la tentación manteniendo un trato afectivo poco conveniente con personas de otro sexo. El sacerdote no debería estar abrazando o besando a mujeres, por muy “santo” que éste sea y por muy piadosa que sea la “feligresa”, y lo mismo dígase de la religiosa o monja. Porque de una relación puramente espiritual se puede llegar a situaciones lamentables por falta de cuidado. La recomendación de origen agustiniano vale para todos: “el amor espiritual conduce al afectuoso, el amor afectuoso conduce al obsequioso, el obsequioso al familiar y el familiar conduce al amor carnal. 5. Cuidado con los pensamientos: Finalmente para proteger la castidad, tengo que velar sobre mis pensamientos. La imaginación es la “loca de la casa” como decía santa Teresa. La divagación mental, el desorden interior, lleva muchas veces indefectiblemente a los pensamientos impuros. Ahora bien, dado que vivimos en una sociedad en la que casi todo nos habla de sexo, podemos sufrir los embates de la cultura imperante y ser golpeados por imágenes, recuerdos, imaginaciones, deseos bajos, etc. A veces estos pensamientos pueden ser muy insistentes. Aquí la solución es la sugerida un poco más arriba: estas tentaciones se vencen huyendo. Más que reprimir esos pensamientos, tenemos que distraerlos e ignorarlos. Ocurre como cuando nos asaltan las moscas un día de calor. Rondan las moscas, por la cara, las manos, de nuevo la cara, la nariz, la cabeza y de nuevo la cara... Uno normalmente no entra en crisis existencial porque le fastidia una mosca. Si lo que hago copa mi atención, espantaré a las moscas sin darle mayor importancia. Así también cuanto noa asalten las imaginaciones impuras: distraernos con algo que nos guste. Muchas veces no será algo espiritual. Puede ser el fútbol, el deporte, repasar los estudios, hacer ecuaciones matemáticas, etc. Lo que sea, con tal de que sea honesto y nos distraiga de los pensamientos impuros.La castidad no es una virtud de ángeles, sino de hombres. No desnaturaliza a la persona, sino que encauza las tendencias para que el ejercicio de las mismas conduzca al verdadero bien del hombre. La castidad no es una virtud sólo de los consagrados, sino un modo de vivir de todo cristiano y de todo hombre cabal. No es más feliz quien rechaza la castidad, sino quien la vive de acuerdo con su estado de vida. Llevada – a veces sufrida – con sentido sobrenatural es fuente de amor y de entrega generosa. El hombre casto, la mujer casta, cuando viven la castidad “en cristiano”, alcanzan la plenitud del amor, porque la castidad no es otra cosa que el amor, vivido con totalidad. Vale la pena, pues, ser castos, ya sea en el matrimonio, ya sea en la vida consagrada, ya sea en el noviazgo... La castidad es la virtud que integra la sexualidad en el grande horizonte del amor verdadero que tiende a Dios como Objeto y fin último, y que permite amar al prójimo ordenadamente, como a uno mismo, e incluso mejor: como Cristo nos amó.
Enviado por Estanislao León
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Oración al San Pio de Pietrelcina por Juan Pablo II

"Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.
"Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
"Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
"Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra".
"Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
SAN PÍO DE PIETRELCINA: SACERDOTE Y VÍCTIMA
Fraile Pio quiere ser sacerdote. Y tan más lo desea, cuanto más siente su salud deteriorarse. Él ha sabido que, por graves motivos de salud, puede estar ordenado sacerdote. También favorecido por los superiores que están en fuerte aprensión para su salud, el Fraile de Pietrelcina formula la solicitud de ser ordenado sacerdote en antelación. Conseguida una respuesta favorable, está examinado por la curia arcivescovile de Benevento y es, pues, admitido al sacerdocio.Por fin, el 10 agosto del 1910, en la catedral de Benevento, presentes: la mamá, el hermano y don Salvatore Pannullo, arcipreste de Pietrelcina, Fraile Pi es consagrado sacerdote por monseñor Paolo Schinosi.
Cuatro días después, la víspera de Maria Asumida, Padre Pio canta su primera misa en la Iglesia de Pietrelcina, al altar de la Virgen de la Libera.
En este día padre Pio escribe un breve ruego que representa ya expresa su programa de vida:
"O Jesús, mi suspiro y mi vida, mientras hoy te elevo en un misterio de amor, te pregunto de poder ser, para tí, un sacerdote santo y una víctima perfecta".
¿Pero, cuáles son los sentimientos del novicio sacerdote Padre Pio de Pietrelcina en aquellos días? Podemos argüirlo leyendo la carta que él, el 17 agosto del 1910, escribe a su director a espiritual Padre Benedetto de San Marco en Lamis:
"Mi querido padre, por varios días he sido mal; quizás la causa principal de eso ha sida la demasiada conmoción a que el espíritu en estos días ha ido sujeto.... mi corazón está rebosante de alegría y se siente cada vez más fuerte a encontrar cualquiera aflicción, en caso de que se trate de obedecerle a Jesús".
El 4 de septiembre, bajo el peso de sus sufrimientos físicos, así le escribe a Padre a Benedetto:
"Ay sí, padre, cuánto es bueno Jesús conmigo! ¡Ay! qué preciosos momentos son éstos; es una felicidad que no sé a que compararla; es una felicidad que casi sólo en las aflicciones el Dios me da a gustar. ...... querer y servir. También entre muchos sufrimientos, soy feliz porque me pareces de sentir mi corazón palpitar con el de Jesús".
Después del la ordenación sacerdotal, Padre Pio queda en Pietrelcina por casi seis años. Los primeros años de sacerdocio pasan mientras él es circundado por el cariño de su familia, de los parientes y de los paisanos. Su enfermedad misteriosa lo obliga, cada vez que los superiores lo mandan al convento, volver a casa por motivos de salud. Y en efecto sólo a Pietrelcina él que él logra recobrar poca salud, pero no a recobrar el total bienestar.
El 29 noviembre del 1910, Padre Pio escribe así a Padre Benedetto:
"De varios días en acá me siento muy más mal con la salud. Pero lo que en ispecial modo me atormenta, son la tos y los dolores de tórax. La tos luego es tan fuerte y en las horas nocturnas, que poco falta que no se parte el pecho; y muchas veces, por temor, voy repitiéndome el acto de dolor"
En Pietrelcina, habitando sobre la "Torretta" en vico Storto Valla, Padre Pio vive su vida sacerdotal. Ante todo, hay el tiempo dedicado al ruego. A menudo se hace cerrar en la iglesia de Sant'Anna o en la parroquia de Santa Maria degli Angeli, para sólo quedar en adoración delante de Jesús Sacramentado. Una vez el sacrestano llega en iglesia y lo encuentra casi desmayado, extendido por tierra. Preocupado, va a llamar el cura y le dice que Padre Pio ha muerto". Don Salvatore Pannullo, que conoce Padre Pio muy bien, así contesta: no preocuparte: tú a mediodía tocas las campanas y luego vas a comer a casa..... que el muerto resucita".
El 29 marzo del 1911 Padre Pio escribe así a a Padre Benedetto de San Marco en Lamis:
"... pero lo que más me hiere, padre, es el pensamiento de Jesús sacramentado. El corazón se siente como atraído por una fuerza superior antes de unirse a la mañana en sacramento. Tengo tal hambre y sed antes de recibirlo, que poco falta que no muero de preocupación. Y precisamente porque no puedo no unirme a Él, y a las veces cola fiebre encima soy obligado a ir a nutrirme de sus carnes".
Padre Pio colabora activamente, por el ministerio sacerdotal, con don Salvatore Pannullo. Celebra las funciones religiosas y administra los sacramentos. Pero también tiene el tiempo de estudiar teología, de curar la catequesis a los pequeños, sea a Pietrelcina que a Piana Romana, de vivir momentos de intimidad con su familia, los parientes y los amigos; sobre todo la comunidad de su barrio, el burgo "Castello". Él se entera de que don Domenico Tizzani, ex sacerdote ahora exclaustrado que fue su primer profesor, está a punto de morir y nadie tiene el ánimo de acercarse a él. La hijuela, casi desgraciada, ve pasar a Padre Pio su anterior casa y lo llama, preguntándole de visitar al papá. Padre Pio entra y reconcilia, el suyo primer maestro, con el amor y la misericordia del Padre Celeste, entre las lágrimas de arrepentimiento de Tizzani y de la hija, y de su intensa conmoción.
Dios omnipotente y eterno que,
con gracia singular
concediste al sacerdote san Pío
participar en la cruz de tu Hijo y,
por medio de su ministerio has renovado
las maravillas de tu misericordia,
concédenos, por su intercesión,
que unidos constantemente a la pasión de Cristo
podamos llegar felizmente a la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 22 de septiembre de 2009
Preces sacerdotales (VIII)

A los Obispos,
lunes, 21 de septiembre de 2009
Oración del sacerdote a San Mateo, apóstol y evangelista
Oh glorioso san Mateo, “don de Dios”,apóstol y evangelista, elegido por Jesús.
Cuando estabas sentado cobrando impuestos
escuchaste la llamada del Señor: Sígueme.
A pesar de ser para los de tu pueblo,
un ladrón, injusto, y adúltero;
el Señor puso los ojos en ti
El Señor puso lo ojos en ti,
porque no he venido a llamar a justos,
te has convertido para todos los hombres
en un modelo de acogida de la misericordia de Dios.
Tal grande fuel el “Don de Dios” en tu vida,
que abadonando tu oficio, injusto e inmoral,
seguiste a Jesús, tu única riqueza,
y haberlas dejado a la Iglesia
la voz de Jesús resuene en los corazones
para que los enfermos encuentren curación
y los pecadores misericordia.
Te pido en este día de tu fiesta,
que me ayudes a ser sacerdote
que me convierta cada día de mis pecados,
que me desapegue del dinero,
que siga con prontitud
que proclame la Buena Nueva del Evangelio
que medite la palabra de Dios cada día,
que tenga el santo deseo
especialmente a los que están más necesitados
Te pido, San Mateo,
que como sacerdote reconozca
y que no me canse de administrar
para que muchas almas
al encontrarte con Jesús misericordioso.
Glorioso Apóstol San Mateo,
ruega por mí y por todos los sacerdotes del mundo.
Amén.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Teresa Sanga: Poema-homenaje a todos los sacerdotes del mundo

Cartago, Costa Rica
Escrito el 13 de julio de 2008
viernes, 18 de septiembre de 2009
Discurso a los obispos de la Región Nordeste de Brasil (17-9-09)

Como el apóstol Pablo en la Iglesia primitiva , habéis venido, amados Pastores de las provincias eclesiásticas de Olinda y Recife, Paraíba, Maceió y Natal, a visitar a Pedro (cf. Gal 1, 18). Acojo y saludo con afecto a cada uno de vosotros, empezando por Dom Antônio, arzobispo de Maceió, a quien agradezco los sentimientos que ha manifestado en nombre de todos haciéndose intérprete también de las alegrías, dificultades y esperanzas del pueblo de Dios peregrino en la Región Nordeste 2. En la persona de cada uno de vosotros, abrazo a los presbíteros y a los fieles de vuestras comunidades diocesanas.
En sus fieles y en sus ministros, la Iglesia es sobre la Tierra una comunidad sacerdotal estructurada orgánicamente como Cuerpo de Cristo, para desempeñar eficazmente, unida a su Cabeza, su misión histórica de salvación. Así nos lo enseña san Pablo: "vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte" (1 Cor 12, 27). En efecto, los miembros no tienen todos la misma función: esto es lo que constituye la belleza y la vida del cuerpo (cf. 1 Cor 12, 14-17). Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos. En esa perspectiva, por tanto, los fieles laicos deben comprometerse en expresar en la realidad, incluso a través del compromiso político, la visión antropológica cristiana y la doctrina social de la Iglesia. Diversamente, los sacerdotes deben permanecer apartados de un compromiso personal con la política, a fin de favorecer la unidad y la comunión de todos los fieles, y así podrán ser una referencia para todos. Es importante hacer crecer esta conciencia en los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, animando y vigilando para que cada cual se sienta motivado a actuar según su propio estado.
La profundización armónica, correcta y clara de la relación entre sacerdocio común y ministerial constituye actualmente uno de los puntos más delicados del ser y de la vida de la Iglesia. Por un lado el número exiguo de presbíteros podría llevar a las comunidades a resignarse a esta carencia, consolándose con el hecho de que ésta pone de manifiesto mejor el papel de los fieles laicos. Pero la falta de presbíteros no justifica una participación más activa y numerosa de los laicos. En realidad, cuanto más los fieles se vuelven conscientes de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresalen la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo-Cabeza, de los misterios de la salvación.
Sabemos que la "misión de salvación", confiada por el Padre a su Hijo encarnado, "se confió a los Apóstoles y, por ellos, a sus sucesores; estos reciben el Espíritu de Je´sus para actuar en su nombre y en su persona. Así, el ministro ordenado es el lazo sacramental que une la acción litúrgica a aquello que dijeron e hicieron los Apóstoles y, por ellos, a lo que dijo e hizo el mismo Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1120). Por eso, la función del presbítero es esencial e insustituible para el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, memorial del Sacrificio supremo de Cristo, que entrega su Cuerpo y su Sangre. Por eso urge pedir al Señor que envíe obreros a su Mies; además de eso, es preciso que los sacerdotes manifiesten la alegría de la fidelidad a la propia identidad con el entusiasmo de la misión.
Amados Hermanos, tengo la certeza de que, en vuestra solicitud pastoral y en vuestra prudencia, procuráis con particular atención asegurar a las comunidades de vuestras diócesis la presencia de un ministro ordenado. En la situación actual en que muchos de vosotros os veis obligados a organizar la vida eclesial con pocos presbíteros, es importante evitar que semejante situación sea considerada normal o típica del futuro. Como recordé al primer grupo de obispos brasileños la semana pasada, debéis concentrar los esfuerzos en despertar nuevas vocaciones sacerdotales y encontrar los pastores indispensables a vuestras diócesis, ayudándoos mutuamente para que todos dispongan de presbíteros mejor formados y más numerosos para sustentar la vida de fe y la misión apostólica d ellos fieles.
Por otro lado, también aquellos que recibirán las Ordenes sagradas están llamados a vivir con coherencia y plenitud la gracia y los compromisos del bautismo, esto es, a ofrecerse a sí mismos y toda su vida en unión con la oblación de Cristo. La celebración cotidiana del Sacrificio del Altar y la oración diaria de la Liturgia de las Horas deben ir siempre acompañadas del testimonio de toda la existencia que se hace don a Dios y a los demás y que se convierte así en guía para los fieles.
A lo largo de los meses que siguen, la Iglesia tiene ante los ojos el ejemplo del Santo Cura de Ars, que invitaba a los fieles a unir sus vidas al Sacrificio de Cristo y se ofrecía a sí mismo exclamando: "¡Qué bien hace a un padre ofrecerse en sacrificio a Dios todas las mañanas!" (Le Curé d'Ars. Sa pensée - son cœur, coord. Bernard Nodet, 1966, pág. 104). Él sigue siendo un modelo actual para vuestros presbíteros, especialmente en la vivencia del celibato como exigencia del don total de sí mismos, expresión de aquella caridad pastoral que el Concilio Vaticano II presenta como centro unificador del ser y del actuar sacerdotal. Casi contemporáneamente vivía en vuestro amado Brasil, en São Paulo, fray Antônio de Sant'Anna Galvão, a quien tuve la alegría de canonizar el 11 de mayo de 2007: también él dejó un "testimonio de adorador fervoroso de la Eucaristía (...), [viviendo] en laus perene, en constante actitud de oración" (Homilía en su canonización, n. 2). De este modo ambos procuraron imitar a Jesucristo, haciéndose cada uno de ellos no sólo sacerdote, sino también víctima y oblación como Jesús.
Amados Hermanos en el Episcopado, ya se manifiestan numerosas señales de esperanza para el futuro de vuestras Iglesias particulares, un futuro que Dios está preparando a través del celo y de la fidelidad con que ejercéis vuestro ministerio episcopal. Quiero aseguraros mi apoyo fraterno al mismo tiempo que pido vuestras oraciones para que me sea concedido confirmar a todos en la fe apostólica (cf. Lc 22, 32). Que la bienaventurada Virgen María interceda por todo el pueblo de Dios en Brasil, para que los pastores y fieles puedan, con valor y alegría, "anunciar abiertamente el misterio del Evangelio" (cf. Ef 6, 19). Con esta oración, concedo mi Bendición Apostólica a vosotros, a los presbíteros y a todos los fieles de vuestras diócesis: "La paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).
Reflexión mensual de Mons. Mauro Piacenza (II), secretario de la Congregación para el Clero

Editio typica altera, Typis Polyglottis Vaticanis 1990
Queridos hermanos en el Sacerdocio,
La disponibilidad para el “servicio de la palabra” no puede ser simplemente de algunos sacerdotes, particularmente sensibles a esta dimensión. Es característica propia e irrenunciable del mismo ministerio presbiteral, constituyendo parte esencial de aquel munus docendi recibido del Espíritu en el sacramento del Orden.
El rito prevé el empeño por cumplir este servicio de manera “digna” y “sabia”. La dignidad nos reenvía inmediatamente al objeto del anuncio: Jesucristo Salvador. Ningún presbítero se anuncia a sí mismo o sus propias ideas, ni interpretaciones personales o subjetivas del único eterno Evangelio. Somos llamados a reconocer la suprema “dignidad” de Aquel del Cual hemos sido hechos portadores y, en consecuencia, a cumplir de manera “digna”, este servicio. Esta conciencia no puede no traducirse en el esfuerzo por una profundización constante de la Sagrada Escritura, “Palabra de Dios en cuanto […] puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Divino” (Dei Verbum, 9); profundización que tiene que ser ciertamente exegético-teológica, pero sobre todo espiritual. El verdadero conocimiento de la Escritura es aquel del corazón, que nace de la intimidad diaria con ella, de la Lectio divna, hecha según la Tradición de los Padres, de la meditación profunda que, gradualmente pero eficazmente, conforma el alma al Evangelio, transformando a cada sacerdote en un “evangelio viviente”. Sabemos bien que “el Evangelio no es solo palabra, Cristo mismo es el Evangelio” (Benedicto XVI, Homilía, 12/09/09) y a Él estamos llamados a conformarnos, también a través del ejercicio del ministerio del anuncio.
Junto a la dignidad de este servicio, la sagrada liturgia indica la “sabiduría” como característica. Esta presupone la prudencia y la capacidad de mirar la realidad, tendencialmente, según la totalidad de sus factores, no absolutizando algún punto de vista humano, sino refiriéndolo siempre todo al único Absoluto que es Dios. Una predicación sabia tiene en cuenta sobre todo las exigencias reales de aquellos a los que se dirige, no imponiendo jamás interpretaciones arbitrarias e insuficientes, sino favoreciendo siempre la única cosa verdaderamente necesaria: el encuentro real con Dios de los hermanos encomendados a nuestro cuidado. La sabiduría es capaz de distinguir circunstancias, tiempos y modos, es humilde y no hace sobresalir al anunciador por encima de Aquel al que debe anunciar, ni tampoco sobre la Iglesia que, desde hace dos mil años, custodia vivamente el Evangelio. En fin, cumplir de manera sabia “el ministerio de la palabra” significa ser siempre lúcidamente conscientes de la obra de Dios en todo anuncio: es él quien prepara los corazones, es él quien encuentra a los hombres, es él quien hace germinar las flores de conversión y madura los frutos de caridad. El único “relativismo” admitido es aquel hacia si mismo: ¡debemos ser, como predicadores, totalmente “relativos a Dios”!
Descubriremos, de este modo, la eficacia y la belleza del ministerio que se nos ha confiado a través del anuncio de la Palabra, sentiremos aquella íntima compañía del Señor, que ama a quien da con alegría y no deja jamás solo a su siervo, contemplaremos, conmovidos, los frutos que Él permitirá y notaremos su compañía también en el momento de la Cruz.
Arzobispo titular de Vittoriana
Secretario
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Beato Marcelo Spinola: El corazón del Sacerdote (IV)
La humildad es bella; las simpatías del humilde lo demuestran. Es tan bella que acrecienta la belleza de lo bello, que da belleza a lo deforme. En el Sacerdote se ve; el corazón de ese hombre enamora, es la humildad, a ella debe el ser accesible; no es monte escarpado, no es ciudad amurallada, no es edificio cerrado, es campo llano.
[...] El corazón del Sacerdote, del verdadero Sacerdote, es una maravilla de la divina gracia. Las obras de ésta son admirables. «Mirabilis Deus in sanctis suis.» Las transformaciones que realiza, conversiones; la fuerza que infunde, martirio; las luces que comunica, doctores; pero con todas compite lo que hace en el Corazón del Sacerdote. Corazón sufrido, resignado, paciente.
Los dolores y agonías del Sacerdote son muchos. El Apóstol San Pablo contaba sus trabajos, añadía: «sollicitudo omnium ecclesiarum; quis infirmatur», concluía, «et ego nom infirmur» El Sacerdote halla guerra en todas partes; marcha como los israelitas en el desierto; las almas, la Iglesia, la Sede Apostólica le interesan mucho, y no hay dolor que no comparta. ¿No es un gran corazón el que así siente? Copia perfectísima del Corazón de Jesús.
martes, 15 de septiembre de 2009
Dolores de Nuestra Señora ofrecido por la santificación de los sacerdotes

lunes, 14 de septiembre de 2009
Pensamientos sobre la cruz
domingo, 13 de septiembre de 2009
Viacrucis por los sacerdotes (II)

I ESTACIÓN
Por los sacerdotes calumniados, que Cristo les conceda la gracia de la fortaleza y el ánimo de la bienaventuranza prometida a los perseguidos por su amor a Dios.
II ESTACIÓN
JESÚS CARGA CON LA CRUZ
III ESTACIÓN
IV ESTACIÓN
V ESTACIÓN
VI ESTACIÓN
VII ESTACIÓN
El Señor, bajo el peso abrumador de la cruz, vuelve a caer.
VIII ESTACIÓN
IX ESTACIÓN
X ESTACIÓN
XI ESTACIÓN
JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
XII ESTACIÓN
XIII ESTACIÓN
XIV ESTACIÓN
Ideas para el Año Sacerdotal en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

"El Hijo de Dios, desde el primer instante de su Encarnación en el seno de la Virgen, fue constituido Único, Sumo y Eterno Sacerdote por la unción del Espíritu Santo, instaurando el sacerdocio de la Nueva y Eterna Alianza.
Cristo cumplió en sí mismo todos los requisitos del sacerdocio. “Tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”
Fue instituido sacerdote por solemne juramento de Dios y posee un sacerdocio imperecedero; es Santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores, pero tiene en común con nosotros la naturaleza humana de suerte que puede sentir compasión por nuestras flaquezas. Es el Hijo de Dios, perfecto para siempre, y por el sacrificio de sí mismo, que ofreció una sola vez en la cruz y que actualiza en la Santa Misa de una forma incruenta, ha redimido los pecados de los hombres.
Es el mismo Cristo quien “con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión". Los sacerdotes, en virtud de la sagrada Ordenación son configurados con Cristo, Cabeza y Pastor de su Pueblo. La principal potestad y la razón del oficio de estos es ofrecer el único y muy excelso sacrificio del Sumo y Eterno Sacerdote."
- La misma celebración de la Santa Misa teniendo presente esta inteción mediante una monición ambiental o en la oración de los fieles o en la homilía.
- Otro acto de piedad para orar por los sacerdotes sería rezar el viacrucis que se encuentra ya publicado en nuestro blog u otros.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Oración a Jesucristo, Sumo Sacerdote, por los sacerdotes
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Vive en tus Sacerdotes, transfórmalos en Ti, hazlos por tu gracia, instrumentos de tu misericordia. Obra en ellos y por ellos y que, después de haberse revestido totalmente de Ti, por la fiel imitación de tus adorables virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizaste para la salvación del mundo.
Divino Redentor de las almas, ved qué grande es la multitud de los que aún duermen en las tinieblas del error, cuenta el número de las ovejas descarriadas que caminan entre precipicios, considera la turba de pobres, hambrientos, ignorantes y débiles que gimen en el abandono.
Vuelve Señor a nosotros, por tus sacerdotes, revive verdaderamente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo, enseñando, perdonando, consolando, sacrificando y renovando los lazos sagrados del amor, entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre.
Amén.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Discurso a los obispos de Brasil en visita ad limina
Aunque Dios sea el único capaz de sembrar en el corazón humano la llamada al servicio pastoral de su pueblo, todos los miembros de la iglesia deberían preguntarse sobre la íntima urgencia y el compromiso real con que sienten y viven esta causa. Un día, cuando algunos de los discípulos contemporizaban observando que faltaban "aún cuatro meses" para la cosecha, Jesús rebatió: "Pues bien, yo os digo: alzad vuestros ojos y ved los campos, que ya blanquean para la siega" (Jn 4, 35). ¡Dios no ve como el hombre! La prisa del buen Dios está dictada por su deseo de que "todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2, 4). Hay muchos que parecen querer consumir la vida entera en un minuto, otros que vagan en el tedio y la inercia, o se abandonan a violencias de todo género. En el fondo, no son más que vidas desesperadas que buscan esperanza, como lo demuestra una extendida, aunque a veces confusa, exigencia de espiritualidad, una renovada búsqueda de puntos de referencia para retomar el camino de la vida.
Apreciados hermanos, en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II, algunos interpretaron la apertura, no como una exigencia del ardor misionero del Corazón de Cristo, sino como un paso a la secularización, vislumbrando en ella algunos valores de gran densidad cristiana como la igualdad, la libertad, la solidaridad, mostrándose disponibles a hacer concesiones y a descubrir campos de cooperación. Se asistió a intervenciones de algunos responsables eclesiales en debates éticos, que respondían a las expectativas de la opinión pública, pero que dejaban de hablar de ciertas verdades fundamentales de la fe, como del pecado, de la gracia, de la vida teologal y de los novísimos. Sin darse cuenta se cayó en la auto secularización de muchas comunidades eclesiales; éstas, esperando agradar a los que no venían, vieron partir, defraudados y desilusionados, a muchos de los que formaban parte de ellas: nuestros contemporáneos, cuando vienen a nosotros, quieren ver lo que no ven en otro sitio, es decir, la alegría y la esperanza que brotan del hecho de que estamos con el Señor resucitado.
Actualmente hay una nueva generación ya nacida en este ambiente eclesial secularizado que, en lugar de buscar apertura y consensos, ve cómo, en la sociedad, el foso de las diferencias y contraposiciones al Magisterio de la Iglesia, sobre todo en el campo ético, se hace cada vez más grande. En este desierto de Dios, la nueva generación siente una gran sed de trascendencia.
Son los jóvenes de esta nueva generación los que llaman a la puerta del Seminario, y que necesitan encontrar formadores que sean verdaderos hombres de Dios, sacerdotes totalmente dedicados a la formación, que den testimonio del don de sí mismos a la Iglesia, a través del celibato y de la vida austera, según el modelo de Cristo el Buen Pastor. Así, estos jóvenes aprenderán a ser sensibles al encuentro con el Señor, en la participación diaria en la Eucaristía, amando el silencio y la oración, procurando en primer lugar la gloria de Dios y la salvación de las almas. Amados hermanos, como sabéis, es tarea del obispo establecer los criterios esenciales para la formación de los seminaristas y de los presbíteros en la fidelidad a las normas universales de la Iglesia: en este espíritu deben desarrollarse las reflexiones sobre este tema, objeto de la asamblea plenaria de vuestra Conferencia Episcopal el pasado mes de abril.
Seguro de poder contar con vuestro celo en lo relativo a la formación sacerdotal, invito a todos los obispos, a sus sacerdotes y seminaristas, a reproducir en la vida la caridad de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, como hizo el Santo Cura de Ars. Y, con él, tomen por modelo y protección de su propia vocación a la Virgen Madre, que respondió de un modo único a la llamada de Dios, concibiendo en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para entregarlo a la humanidad. A vuestras diócesis, incluyendo la diócesis de Rondonópolis, cuyo pastor se ha visto imposibilitado para realizar esta visita, les envío un cordial y solidario saludo, y la certeza de mi oración, junto con una paternal Bendición Apostólica.
